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De Londres a Río en un carro de fuego

Lo reconozco. Soy un enfermo de los Juegos Olímpicos. En condiciones normales también me encanta disfrutar de determinadas retransmisiones deportivas, pero durante los Juegos es que no me pierdo ni un partido de bádminton. Es un momento especial, el resumen de cuatro años (o más) de trabajo, de esfuerzo, de dedicación. Cientos de miles de atletas de todo el mundo acuden a una misma ciudad a competir. Solamente unos pocos volverán a casa con una medalla entre las manos, pero todos se habrán sentido partícipes de una experiencia compartida que no olvidarán jamás.


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Si alguno o alguna de ustedes teme el vacío que va a dejar en su televisor el final de los Juegos Olímpicos de Londres, quizás sea una buena idea la de rebuscar en el estante de los DVD, a ver si se encuentra algún buen sustitutivo. El deporte se presta con facilidad a la gesta, eleva con facilidad a los atletas a la categoría de héroes, y atesora dramas de intensidad superlativa. Pero no hay tantas buenas películas sobre los Juegos. Quizás la memoria me juegue ahora una mala pasada, pero me resulta curioso que, habiendo tal cantidad de películas sobre deporte y deportistas, no hayan sido los Juegos un escenario especialmente transitado.


Se me ocurre recurrir a la apabullante proclama filmada a mayor gloria del nazismo por Leni Riefenstahl en 1938 ("Olimpiada"), o a la intensa (y controvertida) "Munich", con la que Spielberg revisitó los terribles hechos acaecidos durante los Juegos de 1972. Incluso, en plan cachondo, hasta les invito a ver "Elegidos para el triunfo" (1993). Seguro que Usain Bolt se parte de risa viéndola (bueno, realmente creo que Bolt se parte de risa todo el rato...). Pero si quiero pensar en una obra de ficción más o menos relevante que tenga a los deportistas y sus retos olímpicos como eje de la acción, hay una sola película de cierta calidad que me viene a la memoria: "Carros de fuego".


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Esta película, dirigida por Hugh Hudson en 1981, se centra en las vidas paralelas de dos atletas británicos, Harold Abrahams y Eric Liddlell, mientras encaminan sus destinos hacia los Juegos Olímpicos de París en 1924. Abrahams era londinense, hijo de emigrantes rusos y polacos. Desde niño tuvo que sufrir ataques más o menos velados por su origen judío, sobre todo cuando consiguió ser aceptado en la prestigiosa Universidad de Cambridge gracias, en gran parte, a sus habilidades atléticas. Allí se le empezó a ver como una celebridad al ser el primer hombre en ser capaz de completar una carrera alrededor del patio interior del Trinity Collegue mientras sonaban las doce campanadas del mediodía.

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Liddell, por su parte, era escocés, aunque había nacido en China, donde sus padres desarrollaban una intensa actividad misionera. Fuertemente marcado por una estricta educación religiosa, no contó con el apoyo de su familia a la hora de dedicarse al atletismo. Le instaban a centrarse en su actividad religiosa y a abandonar el deporte, pero aquel escocés tozudo estaba convencido de que corriendo más rápido que nadie conseguía glorificar al Todopoderoso: "Pienso que Dios me creó para servirle y para difundir su palabra. Pero también me hizo rápido, y cuando corro, siento que Él está contento"


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Tal y como es costumbre en las Islas Británicas, escoceses, norirlandeses, galeses e ingleses compiten juntos bajo la "Union Jack" en los Juegos Olímpicos. Esto permitió que los dos rivales, Abraham y Liddell, pudiesen participar en Paris´24 como compañeros y rivales. El escocés tenía plaza en el relevo 4 x 100 metros, y en los 100 y 200 metros lisos. Liddell participaría en los 100 y 200 metros donde tenía muchas posibilidades, y también donde le esperaba su gran rival. Sin embargo, en el momento de tomar el barco que les llevaría a los juegos, Liddell se enteró de que la final de los 100 metros se disputaría en domingo, el día del Señor. A pesar de las presiones de todo el equipo británico, el escocés renunció a correr su prueba. No correría en domingo.


Abrahams tuvo unos grandes Juegos. Consiguió la plata con el equipo británico de relevos y besó la gloria en los 100 metros, al llevarse el oro, arrasando con todo el equipo americano. Mientras se disputaba la final, su gran rival acudió a la Church of Scotland de París y pidió leer unas palabras del Libro de Isaías: "Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen. Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas, levantarán alas como las águilas, correrán, y no se cansarán, caminarán, y no se fatigarán."


Muchos pensaron que había perdido su última oportunidad para alcanzar el triunfo. Ya se había tenido que conformar con el bronce en los 200 metros (donde por cierto Abrahams solamente pudo ser sexto), pero para un ganador como él, sólo valía el oro. Sin embargo, cuando nadie lo esperaba, ocurrió un hecho insólito. A pesar de no tener una marca apreciable en los 400 metros lisos, Liddell, fue consiguiendo pasar de ronda poco a poco, hasta plantarse en una final en la que, no obstante, los grandes favoritos volvían a ser los americanos. El mundo asistía perplejo a la trayectoria de aquel deportista, empeñado en alcanzar la gloria costara lo que costase. El día de la final, uno de sus principales rivales americanos le entregó una nota poco antes de la carrera. En ella le había escrito una inspiradora cita bíblica, con la que le quiso demostrar respeto y admiración: "Porque yo honraré a los que me honran". Aquel día Liddell voló, ganó el oro y batió el record del mundo.


Es cierto que la película se tomó un buen puñado de licencias, comenzando por la antelación con la que Liddell se enteró del calendario de pruebas, o continuando con la forma en la que consigue plaza en la final de 400 metros. Pero bueno, como creo que dijo una vez John Ford, no hay que dejar que la verdad arruine una buena historia. ¡Nos vemos en Río´16!



2 Reyes 2:11: "Y aconteció que yendo ellos y hablando, he aquí un carro de fuego con caballos de fuego que apartó a los dos, y Elías subió al cielo en un torbellino."

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6 comentarios

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Es casi más lindo la épica de los perdedores que la de los ganadores: el Coruña perdiendo la liga de penalti en el último segundo, Las Palmas bajando a 2ª en la última jornada cuando le valía el empate después de más de 20 años en primera, el último que entra destrozado en la maratón o medio lesionado en cualquier carrera. Como bien lo explica Juan Cruz (abajo), hay algo cansino en las mieles de la gloria de los ganadores, en el éxtasis de los periodistas, en el reparto de medallas, en el jolgorio colectivo con el ganador. No sé porqué, siempre me he sentido atraído por los perdedores, me parecen más normales, más humanos, y si quieres, más utópicos. Por cierto, las cosas del señor Bolt, a mí no me emocionan, aunque vuele en vez de correr. Lo suyo es casi un insulto. Algo parecido me pasa con los yanquis del baloncento, que sí, que son muy buenos, pero también descaradamente superiores y te matan cuando quieren, y si pierden es también porque quieren. De verdad, prefiero a los que están toda la vida intentándolo.
http://cultura.elpais.com/cultura/2012/08/12/television/1344793238_849611.html

Un abrazo.

David D.

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Hola, David. Gracias por tu aportación. Y es verdad, también hay una épica muy atractiva en los perdedores. Lo que ocurre es que esos que finalmente pierden, parten del mismo punto de partida: quieren ganar... ;-) Un abrazo!!

3

Touché, ahí me has dado. Sí, imagino que querrán ganar, aunque muchos en el fondo y en la superficie saben que eso es casi imposible,con lo que su participación, su entrega a pecho descubierto es más heróica.
Abrazote

4

Sí,hay mono!! ;-)

Lo que a mi no me termina de sorprender son las pequeñas historias que guardan los participantes...pero ahora comienzan los paraolímpicos...y para ellos no tengo palabras...

Un abrazo!!

5

Bien cierto, David. Lo bueno de este negocio es que siempre deja un espacio para el romanticismo! Un abrazo!

6

Si! Los Paralímpicos! Ahí son todos grandes!!! Un abrazo, Clio!

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