Hacía mucho, mucho tiempo que no oía esa frase. Es difícil saber a quién se le ocurrió inventar esa "gracia", pero imagino que sería a algún coetáneo del insigne actor. Jugando con la "españolización" de la pronunciación de los nombres de algunas estrellas de cine, era relativamente habitual en otros tiempos el popularizar frasecillas como "La cagaste Burt Lancaster» o «El hombre propone..., y Basil Rathbone». Se convirtieron en coletillas tan habituales que la gente terminó por utilizarlas sin saber quién era el personaje en cuestión.

Hoy 28 de agosto se cumplen ciento doce años del nacimiento de Charles Boyer, gran estrella de los años 30 y 40, años en los que alcanzó tres nominaciones a los Oscar por su trabajo en "María Walewska" (1937), "Argel" (1938) y" Luz que agoniza" (1944). Cuentan que con apenas 15 años se ganó unas monedas interpretando pequeños monólogos para los soldados heridos durante la Gran Guerra. Aquella fue la primera aproximación al arte de la interpretación de un actor que vistió de elegancia cada una de sus interpretaciones, convirtiéndose en uno de los galanes románticos y sombríos más reputados.
Como marca la ley del tiempo, su estrella se fue apagando poco a poco, deambulando entre series de televisión, poco afortunadas aventuras teatrales y apariciones esporádicas en mediocres películas de reparto multiestelar. Pero incluso en el ocaso de su carrera fue considerado como el último de los grandes galanes de la historia del cine. Quizás por eso siempre llamó la atención que su vida privada fuese inmaculada, desde que en 1934 se casase con la actriz británica Pat Petterson.

Pero todo tiene un final. Dos días antes de cumplir los 79 años, Boyer se suministró una sobredosis letal de barbitúricos que acabó con su vida. Su mujer había fallecido de cáncer dos días antes. Ambos fueron enterrados en una misma tumba del Holy Cross Cemetery de Culver City, en California.


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