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Archivos Mayo 2011

El Festival de cine de Cannes es enorme y, por momentos, inabarcable. Pero sobre él (bueno, técnicamente "bajo él"), respira un monstruo aun mayor: El mercado, ese lugar de encuentro y desencuentro de todos los profesionales que llegan a Cannes a comprar y vender proyectos, obras en curso e, incluso, alguna película.


A todas horas hay actividad en el mercado. El movimiento es continuo. Desayuno de trabajo en el Marriot, un brindis a media mañana en alguno de los yates del puerto, una comida aquí, una cena allá... Y claro, una fiesta exclusiva para terminar la jornada. Vendo, vendo, vendo... Un día tras otro. Y claro, tanto vender, tanto vender, al final uno se distrae y en vez de vender su película se vende a uno mismo.


¿Un ejemplo? Vale. El sol se está poniendo. El paseo que rodea a la playa de La Croisette está lleno de gente. A uno de los quioscos que salpican ese agradable paseo llega una curiosa pareja. Ella quizás haya cumplido los 18 años. Por su acento parece americana. El debe estar cerca de los 70 y por la forma tan peculiar que tiene de hablar en inglés, parece francés. Mientras deciden qué helado pedir, él la rodea con sus brazos y ella le sonríe. Mientras se encaminan hacia la arena, ella le dice: "Me encanta que me mimen. ¿Tienes ganas de mimarme?". Esto es Cannes. Bienvenidos al mayor mercado del mundo, tan grande que a veces incluso es posible ver películas tan buenas como la de los hermanos Dardenne, o la de Kaurismaki, o la de Malick...

En la pequeña Sala Bazin está a punto de comenzar la proyección. Los espectadores van apagando sus teléfonos móviles. Un espectador rezagado entra en la sala a toda velocidad. Pero no busca asiento. Quedan plazas libres, pero no se sienta. Se dirige a un extremo de la primera fila, mira hacia los espectadores y se pone a hablar. No estaba prevista ninguna presentación y ningún responsable del Festival de Cannes aparece por allí. No hay micrófono. El hombre en cuestión se disculpa por no estar a disposición de la prensa para hablar de su película, la que vamos a ver en unos momentos. No da muchas explicaciones, y pide nuestra comprensión: "A causa de las películas que hago, debo mantener mucha prudencia sobre mis movimientos". Y desaparece a toda velocidad. Ese señor es Rithy Panh, director de la producción camboyana "Duch, le Maître des Forges de l´Enfer"


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Dicen que durante la segunda mitad de los años 70, el caos generado por el Jemer Rojo en Camboya acabó con la vida de 1.800.000 personas. Eso equivale aproximadamente a un cuarto de la población del país. Uno de los principales ideólogos del maquiavélico sistema de asesinatos selectivos implantado en ese país está ahora en prisión. Se llama Kaing Guek Eav, pero todavía se le recuerda por su nombre de guerra: "Duch". Rithy Panh se presenta ante él y le pide que recuerde.

"Hay tantas historias. Pero algunas las he olvidado. ¿Por qué? Quizás porque así sufriré menos"

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Sin embargo, la forma en que Panh se acerca a Duch en su cautiverio, sin presionarle, sin agobiarle con un interrogatorio inquisitivo, parece vencer las reticencias del recluso, y le hace hablar. Comienza así un monólogo desbordante, pleno de contradicciones morales, de afirmaciones desoladoras y de algo parecido al remordimiento. Un muy acertado uso de escalofriantes imágenes de archivo y el revelador testimonio de algunos supervivientes terminan por condimentar una de esas obras de obligado visionado para quien tenga interés en cuestionar si el ser humano está inevitablemente destinado a generar el mal a su alrededor.


Eso nos grita desde la pantalla el director coreano Kim Ki Duk. "Arirang", su primer trabajo después de tres años de silencio, es un autorretrato doloroso y descarnado que se ha incluido dentro de "Un certain regard", sección paralela del Festival de Cannes. Decir que en realidad no se trata de una película es acercarse mucho a la realidad. El propio director nos lo anticipa, diciendo que ya no puede hacer más películas. Desgraciadamente para sus admiradores parece que eso es cierto, que Duk ya no es capaz de hacer otra película "como las que hacía antes".


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Mimado por la crítica, elevado a los altares por los festivales más importantes, Kim Ki Duk se ha convertido en un ermitaño, un tipo solitario que vive en una casucha de madera en medio de la nada, sin comodidades, sin agua corriente y sin gente alrededor. Se alimenta, se asea y sobrevive. Nada más. No parece tener ningún deseo, ninguna ilusión y ninguna esperanza. Pero como él nos dice, aunque ya no puede hacer películas, necesita filmar, lo necesita como el respirar, y por eso agarra con fuerza una pequeña cámara digital y se filma. Se desnuda emocionalmente y se filma. Se desgarra y se filma. Sin equipo, sin actores, sin nada más.

¿Qué le ocurrió? ¿Por qué lo dejó todo? ¿Qué le ha hecho traspasar los límites de eso que algunos llaman cordura? Espero que la película se estrene alguna vez (bueno, en realidad, creo que eso es una utopía, lo del estreno...) y lo averigüen por ustedes mismos. "Arirang" se explica por sí misma, al mismo tiempo que nos hace entender mejor la inmensa vinculación existente entre cada una de sus películas y el propio director. Pero sobre todo, espero que "Arirang" sirva de catarsis para que algún día volvamos a ver una película de Kim Ki Duk.

¿Por qué? ¿Qué necesidad hay de hablar sobre una película tan previsible como insustancial? Arrancó aplausos en el pase reservado por el Festival de Cannes a la prensa, y como diría ese que ustedes saben: "¿Por qué?"

Como habrán podido adivinar, no me ha gustado esta película y no me apetece nada hablar sobre ella. En vez de eso, prefiero trasladarles la tristeza que provocó en quien esto escribe una situación vivida ayer por la tarde. A la salida de la sala de prensa, en el corazón del Palais, varios fornidos hombres de negro impedían el paso a los allí presentes. Era una doble fila de seguridad: una para recibir en rueda de prensa a los integrantes del jurado internacional, y otra para despedir al homenajeado Bernardo Bertolucci.

Tal despliegue intentaba impedir que el batallón de periodistas que pulula por Cannes se comportase como grouppies nada más ver al famoso de turno. Se podrían haber ahorrado la mitad de los efectivos. Todo el mundo estaba pendiente de las estrellas del jurado: Robert De Niro, Jude Law, Uma Thurman, etc. Una distinguida dama de la prensa, emocionada cual quinceañera, gritaba de emoción al ver de frente a Robert De Niro: "¡He visto todas sus películas! ¡Estoy enamorada de usted!". Un par de segundos después, un hombre triste, avejentado, casi hundido en su silla de ruedas, abandonaba la sala de prensa entre la más absoluta indiferencia.

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La distinguida señora, ya repuesta de su sofoco, preguntaba por el nombre del anciano. "Es Bernardo Bertolucci, señora". Y ella ponía la misma cara que pone la vaca cuando ve pasar el tren. Tanta emoción seguramente le impedía recordar que, por ejemplo, su amado De Niro fue el protagonista de una de tantas joyas que llevan la firma del maestro italiano, "Novecento". Malos tiempos para la lírica.


Suenan las campanas. Cenicienta debe regresar a su vida gris y sin futuro. Pero Woody Allen prefiere pervertir el cuento y convierte esa hora mágica en un puente hacia lo contrario: la luz y la felicidad que se esconden en algún lugar del pasado.

"Midnight in Paris" ha abierto la 64ª edición del Festival de Cine de Cannes. Una canción de amor a París, se oía por los pasillos de la sala Debussy. Vale, me sirve. Un poco obvio, pero me sirve. Allen ama con locura esa ciudad, o mejor dicho, ama con locura la idea, el cliché que muchos tienen (tenemos) de la capital francesa. Y lo deja bien claro desde un prólogo que parece subvencionado por la Oficina de Turismo de París. Durante esos minutos iniciales se suceden con precisión de publirreportaje diversas imágenes de los lugares más típicos de la ciudad de la luz, al son de la misma suave música que nos acompañará durante el resto del metraje. Una postal preciosista que despierta en la memoria los peores recuerdos de "Vicky Cristina Barcelona", esos que hablan de una Ciudad Condal obvia y excesivamente subrayada en lo que a sus encantos se refiere.


Pero tras el prólogo se disipan nuestros temores. La trama, hay que amar la trama, y a eso se ha agarrado Allen, a una buena historia sobre aquello de que "cualquier tiempo pasado fue mejor". Los lugares por los que transcurre esa historia son los típicos, pero forman parte de una fábula. Y aquí, y en esa forma, son necesarios. ¿Cuántas veces no hemos oído eso de "me habría encantado vivir en los 60"? Ya saben, andar por una callejuela de París, encontrarte con Jean Seberg, irte a dar un paseo con ella, enamorarte locamente... y cuando estás pensándote seriamente abandonar el siglo XXI y quedarte por allí ...la Seberg te suelta que a ella, lo que le gustaría, es vivir en los locos años 20...

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Pues eso, o algo parecido, es lo que le pasa al protagonista de esta película. Y quizás sea lo que le pase a Woody Allen, que cada vez ve más complicado entender el tiempo que le ha tocado vivir y prefiere resguardarse en la trinchera de la nostalgia. Parece un poco cansino decir que "no es de las mejores de Woody Allen" (aunque sea verdad). Pero es que esas "mejores películas de Allen" están sin duda entre las mejores películas de la historia del cine. Ésta es lo suficientemente ligera, divertida e inteligente como para animarte a seguir yendo al cine.



Suenan las campanas. Cenicienta debe regresar a su vida gris y sin futuro. Pero Woody Allen prefiere pervertir el cuento y convierte esa hora mágica en un puente hacia lo contrario: la luz y la felicidad que se esconden en algún lugar del pasado.

"Midnight in Paris" ha abierto la 64ª edición del Festival de Cine de Cannes. Una canción de amor a París, se oía por los pasillos de la sala Debussy. Vale, me sirve. Un poco obvio, pero me sirve. Allen ama con locura esa ciudad, o mejor dicho, ama con locura la idea, el cliché que muchos tienen (tenemos) de la capital francesa. Y lo deja bien claro desde un prologo que parece subvencionado por la Oficina de Turismo de París. Durante esos minutos iniciales se suceden con precisión de publireportaje diversas imágenes de los lugares más típicos de la ciudad de la luz, al son de la misma suave música que nos acompañará durante el resto del metraje. Una postal preciosista que despierta en la memoria los peores recuerdos de "Vicky Cristina Barcelona", esos que hablan de una Ciudad Condal obvia y excesivamente subrayada en lo que a sus encantos se refiere.


Pero tras el prólogo se disipan nuestros temores. La trama, hay que amar la trama, y a eso se ha agarrado Allen, a una buena historia sobre aquello de que "cualquier tiempo pasado fue mejor". Los lugares por los que transcurre esa historia son los típicos, pero forman parte de una fábula. Y aquí, y en esa forma, son necesarios. ¿Cuántas veces no hemos oído eso de "me hubiera encantado vivir en los 60"? Andar por una callejuela de París, encontrarte con Jean Seberg, irte a dar un paseo con ella, enamorarte locamente... y cuando estás pensándote seriamente abandonar el siglo XXI y quedarte por allí ...la Seberg te suelta que a ella, lo que le gustaría, es vivir en los locos años 20...

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Pues eso, o algo parecido, es lo que le pasa al protagonista de esta película. Y quizás sea lo que le pase a Woody Allen, que cada vez ve más complicado entender el tiempo que le ha tocado vivir y prefiere resguardarse en la trinchera de la nostalgia. Parece un poco cansino decir que "no es de las mejores de Woody Allen" (aunque sea verdad). Pero es que esas "mejores películas de Allen" están sin duda entre las mejores películas de la historia del cine. Ésta es lo suficientemente ligera, divertida e inteligente como para animarte a seguir yendo al cine.



En muchas de las facetas de la cultura en Canarias, se ha tendido (y se tiende) a focalizarlo todo en Tenerife y Gran Canaria. Esta malsana tradición ha provocado que numerosos artistas no capitalinos hayan terminado por desvanecerse en la nada o por emigrar en busca del reconocimiento negado en casa. Pero por fortuna siempre hay quien consigue ser reconocido sin tener que dejar su casa atrás. Es el caso de Jorge Lozano Vandewalle.

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Nació el 5 de abril de 1946 en Santa Cruz de La Palma, y tras la temprana muerte de su madre, es enviado a Tenerife a estudiar el bachillerato en el internado del Colegio de San Ildefonso. En esos años desarrolla su pasión por el cine, participando en la fundación de la asociación de cine amateur "Palma Films". Allí coincidió con un grupo de entusiastas entre los que encontró a su gran amor y eterna compañera profesional, Loló Fernández (ver foto).


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Sus primeros trabajos se remontan a principios de los 60, pequeñas tomas de contacto con el lenguaje cinematográfico. En 1969 presentó en el Certamen de Cine Amateur de Alcalá de Henares una pieza pop art titulada "Diciembre69", con la que alcanza el tercer premio en dicho festival. Esto fue un aliciente en su carrera, redoblando su actividad al mismo tiempo que continuaba recibiendo distinciones. Otro corto, "Fantasía de mi mente", recibe en ese mismo evento el "Quijote de Plata", en 1972.


Con el largometraje "La pared de Roberto" inicia en 1977 una etapa denominada "Cuentos y leyendas de La Palma", dentro de la que se incluye "Benahoare", galardonada en el certamen del Círculo Mercantil de Las Palmas de Gran Canaria en 1978. Nada más arrancar los 90 crea "Luz 15", un proyecto multidisciplinar bajo el que ha creado una larga lista de trabajos muy vinculados a la isla de La Palma y que han mantenido activo a este "cineasta multidisciplinar", tal y como lo ha definido el catedrático de Historia del Cine de la Universidad de San Fernando de La Laguna, Fernando Gabriel Martín.


Su relevancia dentro de la Historia del cine en Canarias se complementa con la enorme cantidad de documentos y material relacionados con el cine canario que atesora en su casa de La Palma (como por ejemplo una de las primeras películas rodadas en La Palma en 1930), o con el archivo del fotógrafo palmero Miguel Brito (considerado por muchos como el primero que trajo el cine a Canarias, a finales del siglo XIX).

El ciclo de cine canario organizado por la Asociación de cine Vértigo en el CICCA acogerá cuatro de las principales obras de este cineasta palmero. Dichas obras forman parte de los títulos recuperados por filmoteca Canaria, coorganizadora de este ciclo:

DE TOPO EN TOPO. 1973. 23 minutos.
Sinopsis: Asistimos al devenir de dos mujeres en un pago solitario del norte de la isla de La Palma.


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MORIR SIN CAMPANAS. 1974. 24 minutos.
Sinopsis: Soledad y lejanía en un mundo que se ha ido desvaneciendo en el tiempo.

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EL SALTO DEL ENAMORADO. 1978/79. 58 minutos.
Sinopsis: La tradición oral y escrita sitúa esta leyenda en Puntallana, en la isla de La Palma. Un joven pastor, diestro en el salto con lanza o regatón, apuesta un salto al vacío desde un precipicio para ganarse a su amada.


Esta proyección tendrá lugar en el CICCA el lunes 9 de mayo a partir de las 19:30 horas, y está previsto que el propio director esté presente en la misma. El resto de proyecciones del ciclo tendrán los siguientes protagonistas:

16 de mayo: Roberto Rodríguez del Castillo (La Palma)
23 de mayo: Abesinio Beltrá García (Gran Canaria)


Negar que vivimos bajo el patrón del dinero, puede ser un acto romántico digno de alabanza, pero también podría verse como una especie de brindis al sol. Hoy en día, nos guste o no, casi todo tiene un precio. Un piso en primera línea de playa o un coche deportivo lo tienen. La integridad de una persona también. Mientras haya quien lo fije y quien lo pague, claro.

Vamos a hablar de sexo. Imaginen que cualquiera de ustedes, estimados lectores, desea pasar unas horas en compañía de una prostituta (lo mismo podría sugerir a las lectoras, pero este ejemplo me viene mejor para llegar a donde quiero llegar). El cliente paga por mantener una relación sexual. Se establece un pacto entre las partes, se acuerdan unos "servicios", se fija un "plazo" y se concreta un pago. ¿Frío? Puede ser. No es mi intención entrar en valoraciones morales sobre la prostitución, espero sepan entenderme. Es una realidad que nos acompaña desde tiempos inmemoriales, y que ha sido debatida y analizada por mentes mucho más instruidas que la mía. La variedad de servicios es realmente enciclopédica, pero vamos a centrarnos en uno de ellos. En inglés se le conoce como "girlfriend experience" y consiste fundamentalmente en ampliar el servicio fuera del marco estrictamente sexual: el cliente paga por contar a su lado con alguien que durante unas horas se "comporta" como su novia. Es posible que se mueva con ella por la ciudad, sin esconderse, acudiendo al teatro o a un restaurante de moda. Y llegado el momento de mayor intimidad, la complicidad será la misma que se tendría con la pareja habitual, sin limitaciones previas. Ese es el punto de partida de "The girlfriend experience", película dirigida por Steven Soderbergh en 2009, después de la brutal aventura en que se convirtió el rodaje de "Che".


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Este director, nacido en Atlanta en 1963, fijó su mirada curiosa en el mundo de las prostitutas de lujo de Manhattan, tomando como ejemplo a Christine, una joven de 22 años que por 2.000 € a la hora se convierte en la novia ficticia de acaudalados ejecutivos neoyorquinos. La acción se ubica en 2008, en los momentos previos a la campaña electoral que llevó a Obama a la Casa Blanca. La crisis económica azota sin piedad a un mundo rendido a los pies del dios dólar, y la Gran Manzana es, en manos de Soderbergh, el epicentro perfecto para hablar del precio de las cosas y del precio de la gente.


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Esta película se podrá ver en Ámbito cultural de El Corte Inglés (Mesa y López, 15, 7ª planta) el jueves 5 de mayo a partir de las 19.00 horas, en V.O.S.E y con entrada gratuita. Tras la proyección tendrá lugar un coloquio ya habitual en este foro cultural.



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