Minnie nació en 1864 en un pequeño pueblo de la Baja Sajonia, Alemania. Como tantos otros europeos de la época, en cuanto pudo se embarcó en un viaje hacia la nueva tierra prometida, los Estados Unidos. Allí, en la Gran Manzana, sintió la llamada del espectáculo y decidió tomar clases de baile. Su profesor, Simon, cinco años mayor que ella, era otro europeo errante, originario de Alsacia, en Francia. El que ambos fueran judíos facilitó la rapidez con la que su relación se convirtió en matrimonio, celebrado en 1884, y del que nació un bebé llamado Manfred, que no superó la dureza de la infancia que le tocó vivir.
Más suerte tuvieron los otros cinco hijos del matrimonio. Las habilidades del bueno de Sam como sastre permitieron que Leonald, Adolph, Julius, Milton y Henry sobreviviesen a la dureza del Upper East Side, en una zona del barrio en la que los judíos como ellos tenían que pelear cada palmo de terreno con sus vecinos irlandeses, italianos y alemanes. Aquello les forjó, como a tantos otros hijos de emigrantes. La familia Marx siempre se mostró unida, orgullosa de sus orígenes y siempre dispuesta a encarar la vida con una sonrisa como arma arrojadiza de defensa o ataque, según se terciara. Los niños, más adelante, decidieron cambiar sus nombres pero nunca su apellido. El show business requería quizás otras cartas de presentación. Los orígenes de los mismos son explicados de forma diferente según quien lo cuente, pero lo cierto es que Chico, Harpo, Groucho, Gummo y Zeppo Marx (esos fueron sus nombres artísticos) consiguieron que nadie a quien le guste el cine olvidara esa nueva identidad.

Harpo tocaba el piano con un dedo de cada mano, pero como sabía que de eso no iba a vivir, se las apañó para deslumbrar con el manejo de su arpa. A Chico se le daba mejor lo del piano y a Groucho la guitarra. Zeppo tenía algo de voz, y Gummo..., bueno, era Gummo. Un hermano de su madre, Alfred, les introdujo en el mundo del vodevil neoyorkino, primero poco a poco (Groucho fue el pionero), pero finalmente en forma de troupe familiar en la que incluso tuvieron cabida la madre Minnie y una tía de nombre Hannah. Se hacían llamar "Las seis mascotas", y recorrieron la América profunda sin descanso. La habilidad de Groucho para improvisar con la audiencia, rompiendo los férreos guiones iniciales de la troupe fue bien recibida allá por donde fueron. Esto incitó a los hermanos a adentrarse por esos vericuetos, afilando cada vez más sus lenguas y potenciando una forma de entender el humor muy deudora de su tradición judía pero también preñada de la inocencia y atrevimiento de ese país que se estaba construyendo entre gentes de tan distintas procedencias.

Su salto a Broadway era inevitable. Allí forjaron sus respectivas personalidades y dieron cuerpo a su surrealista sentido del humor, a su gusto por la sátira y, fundamentalmente, a su deseo de atreverse con todo y con todos. En los años 20 eran una celebridad en toda América, y sus estrenos se convertían en eventos sociales de gran relevancia. Una de sus más famosas obras fue "The Cocoanuts", presentada en Boston el 26 de octubre de 1925. Después de pulir ciertos detalles en varios teatros "de provincias", se estrenó en Broadway el 8 de diciembre de ese año. Los números musicales eran de altura (tenían la firma nada menos que de Irvin Berling) y eso contribuyó al enorme éxito de la obra, algo que terminó por convencer a la pujante industria del cine de que esos hermanos eran un filón. En 1921 ya habían rodado un pequeño cortometraje (hoy dado por perdido) titulado "Humor risk", pero su debut oficial se produjo al ficharles la Paramount, para la que debutaron en 1929 con una adaptación de "The Cocoanuts".

En la película, al igual que en casi toda su filmografía, el argumento es lo de menos. La sana locura con la que encararon esta y todas sus obras, el humor tan extraño y tan potente que siempre supieron cultivar, la brillantez absurda de sus diálogos..., todo esto y mucho más hace que hoy los Hermanos Marx no solamente sean estrellas del cine. Se acercan más a iconos de una era, de un siglo. Una forma diferente de entender el marxismo.
Dentro de un ciclo que la Asociación de cine Vértigo dedica durante el mes de junio a los primeros años de su carrera cinematográfica, el lunes 7 se proyecta en el CICCA, a partir de las 19:30 horas "Los cuatro cocos", título en español de ese su debut en la Paramount. El resto de películas del ciclo son las siguientes:
14 de junio: El conflicto de los Marx, de Victor Heerman. (USA, 1930, 97´).
28 de junio: "Programa doble"
- Pistoleros de agua dulce, de Norman Z. McLeod. (USA, 1931, 77´).
- Sopa de ganso, de Leo McCarey. (USA, 1933, 68´).

A veces he pensado por qué me hacen tanta gracia los Hermanos Marx, no es que quiera hacer una tesis sobre este asunto pero sí que lo he pensado. Lo más que me gusta de ellos son los juegos de palabras, y esos diálogos absurdos o ilógicos que tienen. Pero lo peor de todo es que me siento a verlas y me río con toda su "gags" que se centran en lo físico, en sus movimientos, en sus caras y mira que son repetitivos. Las películas de los Hermanos Marx tienen guión, tienen música..., pero "las películas son ellos". Y entiendo perfectamente, con todo lo que me gustan, a las personas que no los soportan.
A mí me cuesta tanto reír en el cine...,y ellos siempre lo logran. Incluso cuando los recuerdo.
Saludos.
Sí, a veces se me olvida que el cine es una obra colectiva.
Hola, Sang. Y tan increible es el hecho de que habiendo visto sus películas mil veces, uno se siga riendo a carcajadas. Por algo será.