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La dieta del pollo frito. (Bolivia 2)

Con la que está cayendo en Bolivia, parece mentira que se trate del mismo país en ebullición y con tantas ganas de cambio que conocí hace un par de años. Elegí ese país por la elección democrática del primer presidente indígena y lo interesante que resultaba la persectiva de una vuelta de tortilla con la garantía de los votos del pueblo. Un pueblo pobre, sí, con muchas necesidades, sí, pero lleno de ganas de hacer cosas. Con una capacidad asombrosa de mantenerse unidos para luchar por lo que creen que es suyo. Deseo lo mejor a ese país y ahí les mando la segunda rememoración de mi viaje, la primera que le mandé a mi familia, a la que intentaba ocultarla ciertas cosas para que no sufrieran demasiado.

Les escribo desde un cíber de Cochabamba, una ciudad del altiplano boliviano donde hace mucho frío. Llegué bien a Bolivia. El avión se retrasó un montón y del aeropuerto fui a un hotel con otro boliviano afincado en Gandía que muy amablemente me enseñó la ciudad el domingo. Menos mal que mi madre me hizo dos bocatas antes de irme, porque el domingo estaba aquí todo cerrado. Eran las elecciones para la asamblea constituyente y también se votaba un referendum por el sí o el no a las autonomías. En Santa Cruz (donde yo estaba y hacía mucho calor, por cierto) ganó el sí, e hicieron una mega fiesta en la plaza.
Ayer, a primera hora, cogí un bus para Cochabamba que tardó 10 horas en llegar. Hizo una parada a mediodía para comer en un sitio que un inspector de sanidad a un kilómetro, con los ojos vendados y de espaldas hubiera cerrado por insalubre. Yo comí pollo frito. Lo mismo que había cenado la noche anterior y que cené ayer. Además, no se lo van a creer, pero aquí los chinos tienen el monopolio de los restaurantes de pollo... Colocan unas lámparas de papel redondas de esas rojas en el techo, una superpantalla (una tele de esas gigantes que tiene los altavoces debajo) y a servir pollo a granel. Estos chinos son listos en todos sitios... Yo no he comido en ninguno de ellos porque, la verdad, huele mal desde fuera.
Que no se preocupen, que estoy comiendo, lo estoy pasando en grande y éste es un país precioso. Con mucha pobreza, pero precioso. Ayer viajé en una guagua que tenía encima cerca de 10 años de mierda. Tres vendedores ambulantes se subieron a echarnos charlas y vender libros, cremas milagrosas o un blanqueante para los dientes. La guagua no salió hasta que estaba cargada hasta los topes y hubo un conato de motín. "¡Maestro, que yo pagué para salir a las nueve!" Salimos casi a las diez.
La verdad es que me tiro más tiempo con la boca abierta, asombrada de todo lo que veo, que haciendo algo productivo. Supongo que de eso se trata estar de vacaciones.

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