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Aterrizar de nuevo

Tengo algo dejado este blog, aunque prometo enmendarme. Sin intentar excusar mi falta de post en una semana les cuento que me ha costado reincorporarme al ritmo del trabajo diario. Eso sin mencionar que la nueva redacción de Canarias7 me desconcierta con su luminosidad y su blancura hasta tal punto que, en ocasiones, me siento en un puesto que no es el mío. No me voy a escudar en el jet-lag que ya pasó a la historia, pero por si fuera poco acabo de hacer un speed-viaje de trabajo a El Hierro.

Y es que eso de tener fama de viajera no se crean que es tan bueno. Cuando estaba comenzando a aterrizar en mi casa, en Gran Canaria, me avisan con menos de 24 horas de antelación de que me voy a El Hierro a hacer un reportaje. Para ser fieles a la verdad me preguntaron que si quería ir, pero sabían de antemano que les iba a decir que sí.
Ya conocía la isla pero confieso que, el pasado año, cuando me planté allí, no me gustó mucho. A parte del hecho de que también era un viaje de trabajo y curramos como negros, me pareció que era de un sosiego asfixiante. Toda esa tranquilidad me pareció más propia de un cementerio que de un lugar habitado, aunque fuera por unas pocas miles de personas.
Sin embargo, esta vez, vaya usted a saber por qué, me pareció un lugar maravilloso. Reconozco que el alojamiento también ayudó. El Parador de El Hierro. Un lugar que parece construido en el fin del mundo, al pie del mar, y con una enorme pared de roca en frente que impresiona, amenaza, como un hombre eterno que mira fijamente al mar.
La primera vez que estuve en el parador de El Hierro pensé que estaba aislado, era silencioso en exceso y tenía tal vez un parecido siniestro con la película de El resplandor. En esta ocasión la impresión que me llevé fue muy positiva. Estaba encantada con la paz reinante para dormir, la tranquilidad de la piscina, de la terraza, donde podías tomarte una coca-cola mirando al mar y escuchando de fondo un bolero.
El personal que trabaja allí es amable, pero no agobiante. No sé ustedes, pero yo no soporto esos camareros que están siempre encima de una, esperando para llenarte la copa como si una no tuviera dos manos para hacerlo, y, de paso, escuchando una conversación privada. Aquí, lo dicho, serviciales, pero no en exceso. Cercanos, pero no confianzudos. Me aconsejaron volver más tranquilita, no por trabajo sino por placer.
Conseguí relajarme y eso que siempre estoy cercana al ataque de histeria. De hecho la tranquilidad me embargó de tal manera que casi pierdo el avión de vuelta. Salía a las 16.40 y ahí me ven, a las cuatro menos cinco, saliendo del Parador. Esta visto que hay personas que no podemos disfrutar de la tranquilidad sin estar a punto de provocar una catástrofe

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Comentarios

  • Holaaa guapaaa!! que bien saber de ti despues de estos dias que nos tenias olvidados!! jeje Cuando tengas tiempo cualge algunas fotillos!! un saludooo