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Agosto 31, 2007

Buena suerte, por cinco euros

Los chinos se las saben todas, no hagan caso del dicho ése. Como turista te intentan timar muchas veces, pero cuando les das una pequeña muestra de que estás bien informada, reculan rápido. Había pensado titular este post "no sin mi libreta", en alusion al popular best-seller basado en una historia real que luego se convirtió en una película de las tres y media de Antena3. Lo de la libreta es porque compré una antes de venir a China. La mejor inversión de mi vida. Cuando pillo a algun chino que sabe hablar inglés le pido que me apunte cosas en su idioma y así, como quien no quiere la cosa, me voy moviendo sin problemas.

Hoy estuve en Zhujiajiao, un pueblito surcado de canales que está a un par de horas en transporte público de Shanghai. Es un sitio hermoso, con templos chinos un poco antiguos, callejuelas estrechas llenas de tienditas donde se vende de todo (incluso unos rollos de comida que preparan unas mujeres ahí mismo, los envuelven en una especie de hojas). El río o canal se puede navegar con las típicas barquitas que todos hemos visto en las pelis. Limpio, lo que se dice limpio, no lo es mucho, pero estaba lleno de turistas chinos y algún que otro grupo de extranjeros.
Cuando pregunté en el hotel que cuál era la guagua que tenía que coger, primero me dijeron que no había y que podía contratar el servicio en el hotel. Les contesté que sí había, que lo había leído y, entonces sí, me explicaron que la parada de la guagua estaba justo en la misma puerta del hotel. Me apuntaron el nombre en chino del bus y así viaje hacia Zhujiajiao, en una guagua donde nadie hablaba inglés y todos eran chinos menos yo. Oye, pues señalando en mi libreta, sin ningún problema.
Luego, al entrar en un templo en Zhujiajiao, me pidieron 50 yuanes (cinco euros) por una pegatina con mi nombre que iban a colgar en un árbol para que tuviera 'good luck'. Les dije que de buena suerte andaba sobrada y que no se preocuparan.
Logro entender y que me entiendan gracias a un diccionario de español-chino conciso, un poco de inglés y mucha insistencia. Al final, termino mezclando palabras en chino, en inglés y en español. Creo que soy un poco espectáculo, pero no lo pienso mucho. Los chinos son amables, pero no serviles, lo que me parece muy bien.
¡Ah! Por cierto, he descubierto que no soy una tronca hablando inglés (bueno, sí lo soy un poco, pero no tanto). Es que los chinos no pronuncian la erre, como saben, por eso un 'morning' que me dijo un taxista se quedó en un 'moning' y, claro, yo creí que me estaba pidiendo dinero. (Por cierto, ese taxista era clavaíto, clavaíto, al taxista guay de Eva H. Me entró un ataque de risa y el pobre hombre acabó riendo también sin saber por qué).
La comida, por ahora, la llevo bien. Soy un hacha con los palillos y es muy barata (te puedes poner hasta las cejas por tres euros). Mañana viajo a Nanjing, donde un canario que trabaja allí me ha buscado alojamiento. Por si hay una porra, les informo de que todavía no he estrenado el Fortasec.


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Una vista de Zhujiajiao.

Agosto 30, 2007

Versión original sin subtítulos

Madre mía, esto es mu fuerte. Imaginen todos los chinos de la calle La Naval multipliquen por un número cercano a infinito y les dara una cifra aproximada tirando por lo bajo de la población de Shanghai ( 19 millones de habitantes, ahí es na). Lo primero, disculpen pero este teclado no tiene tildes, asi es que tendrán que hacer un poco la vista gorda. Llegué ayer a mediodía a Shanghai, donde hace un calor y un bochorno que estoy empezando a echar de menos el ambiente ardiente de Madrid.

Aunque en el aeropuerto me esperaba una chinita encantadora que hablaba español, una vez depositada en el hotel he quedado abandonada a mi propia suerte. Muchos chinos hablan o chapurrean inglés, pero su acento mandarín y mi pronunciación vallecana está haciendo muy, muy difícil la comunicacion. Me siento como si estuviera en el Festival de Cine de Las Palmas, viendo una peli en versión original y sin subtitulos, pero ¡conmigo dentro! Cada vez que tengo que preguntar algo, respiro hondo, me armo de valor y me preparo para al menos 20 minutos de diálogo de besugos hasta que la recepcionista del hotel y yo logramos entendernos. Con decirles que esta mañana me preguntó el número de habitación y le entendí que cuál era mi nombre... Un desastre.
No obstante, yo no me desanimo. Me he comprado un diccionario español/chino con la pronunciación, me acompaña a todos los lados una libretita con cosas apuntadas en mandarín y esta tarde voy a visitar unos jardines y tres cosas más de Shanghai, que viene a ser como cualquier gran ciudad pero con un montón de chinos en bicicleta que, como te descuides, te atropellan.
Ayer decidí cenar por ahí. Caminé todo recto por donde me lo dijeron en el hotel y después torcí por propia decision. Pasé por algunos restaurantes con pinta de lujosos y caros, pero entré en uno que tenia pinta de ser un modesto lugar, que estaba lleno de chinos. Tenían una carta traducida al inglés de manera escueta, pero yo no me aclaraba mucho. Ya saben, los nervios, el viaje, el jet-lag... Finalmente pedí algo que empezaba por Fried potatoes y seguía con otra cosa que no sabía lo que era. Cuando el camarero me puso el plato delante debí poner una cara tal que me preguntó: Ok? Dije que sí con la cabeza. Eran papas fritas y algo así como judias o habichuelas nadando en una salsa parduzca y densa. Desenfundé mis palillos y me encomendé a todas las virgenes chinas (si hubiera o hubiese) para no hacer mucho el ridículo, porque sólo he comido con palillos una vez en mi vida. No lo hice tan mal porque nadie se rió, pero me abrasé el paladar, porque una vez que tenía cogida una pieza no iba a soltarla porque estuviera quemando.
El plato estaba bueno. Lástima no saber su nombre. Eso si, se admiten apuestas para ver cuanto tardo en estrenar mi caja de Fortasec.

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Una calle comercial, a la entrada de un jardín en Shanghai.

Agosto 27, 2007

Algo se muere en el alma...

Aaalgo se muere en el aaalma, cuando un amigo se va (aquí castañuelas, palmas y esa musiquilla que nos sabemos todos). Pues eso, que ya estoy en Madrid, cociéndome de calor (si estuviera en Las Palmas estaría sancochándome). Salí el lunes de madrugada en uno de esos aviones-patera y, cuando esperaba en el aeropuerto se me coló en la cabeza esa sevillana archiconocida. Y es que, lo reconozco, me encanta viajar, pero lo que más me gusta es regresar.

Una se va y sabe que el martes cogerá un avión y llegará el miércoles a Shanghai. Una ya se ve recorriendo la ciudad, tirando fotos, comprando comida en un puesto callejero... Y piensa: "Lo que voy a echar de menos Las Canteras, madre mía". Pero no sólo la playa. Añoraré también los desayunos en Farray, las cañas en La Guarida, las risas con mi vecino Francis, las historias de la barra del Txiki e incluso a algunos compañeros de trabajo. (Ojo, pero no al propio centro de trabajo. No se vayan a creer que soy tonta, ¿eh?).
Incluso a mi familia de Madrid, a la que les he hecho una mis speed-visitas. Hacía tiempo que no hablaba con mi abuela Mari y escuchándola recordé por qué siempre los mayores llevan razón. No recuerdo exactamente cómo, pero la charla derivó a una de esas parejas que se han separado después de años. "Él nunca la quiso bien. La quería por encima, como yo digo". Al principio, esa frase me provocó hilaridad y le pregunté cómo era eso de querer a alguien por encima, si era algo así como limpiar sólo lo que vea la suegra. Mi abuela, paciente, me explica: "Él se iba por ahí solo cada dos por tres, no la sacaba a cenar ni a ningún sitio. Por eso te digo que la quería por encima, no cómo se tiene que querer a una mujer".
Una, un poco sobrada, contradice a su magna abuela y le comenta que ahora las cosas no son así. Que las relaciones son modernas y que hay más libertad. "¿Sí?", dice, intentando entender, pero en sus ojos se lee cierto escepticismo. Y lleva razón. Si no te apetece hacer casi nada con tu pareja es que no la amas. Puedes tenerla aprecio, quererla "por encima" (lo siento, pero me ha encantado la expresión y la voy a hacer mía), pero no como Dios manda.
Por eso, una que quiere a su Gran Canaria con amor verdadero y de ley, sabe que se va a acordar mucho de ella y que lamentará que no pudiera venir en el viaje. Pensará, 'mira a este chino (o a estos dos millones) lo que se parecen al del Buffet que hay en la playa'. Cuando me tome una cerveza a 20 céntimos de euro la unidad, no podré evitar recordar al Borracho Melancólico, que hubiera sido feliz sólo con eso. Y así con un millón de cosas que no puedo prever porque todavía no han pasado (para más información consultar un tarot telefónico, o no).
En realidad, lo que quiero decir es que una sabe lo que le importa todo lo que rodea su vida cuando ya está echando de menos un olor o un ronquido profundo, casi inhumano, martilleándole las orejas.

Agosto 22, 2007

Hay otros mundos, pero todos están en Las Canteras (y 3)

Dentro de la ruta lúdico-festiva que nos lleva de bares por Las Canteras no podía faltar un histórico lugar de encuentro: el Txiki. Desde su nueva ubicación en la calle Diderot ya lleva un par de años largos dando de beber y de comer a los noctámbulos, juerguistas y solitarios que nos acodamos en la barra como si fuera el salón de nuestra casa. Un poco más incómodo que el sofá de mi apartamento de alquiler (no mucho más, que Ikea me tiene destrozás las cervicales), pero con una compañía variopinta que siempre tiene ganas de polemizar.

En la barra y las mesas del Txiki se charla relajadamente, pero también se discute. ¿Sobre qué? Pues eso es lo de menos. Sobre algún tema que uno de los contertulios fijos acabe de leer en El País, que a diario está disponible para la clientela. O bien sobre algo que esté de actualidad: los incendios, las elecciones... En fin, vaya usted a saber. La última gran discusión que recuerdo versaba sobre la importancia histórica de las revoluciones Francesa y Rusa, que ahí es . Todo eso, con cuatro, cinco, seis cervezas, que es cuando uno se siente imbuído por una razón y una sabiduría de la que en realidad carece. Claro, que de eso te vienes a dar cuenta al día siguiente por un leve pero insistente dolor de cabeza.
Jose lleva toda la vida detrás de la barra del Txiki. Conoce a las viejas y nuevas generaciones de clientes y, a su manera, tiene cariño a todas. Eso sí, cuando llegas a veces tienes que esperar a que termine su réplica en una conversación con otro cliente antes de pedirle tu consumición. Lo bueno es que como casi todos los que paramos por allí nos conocemos siempre puedes saludar a unos y otros hasta que te ponen la caña.
En el Txiki también dan de cenar. Lo más popular son las enchiladas, aunque ahora hay una nueva moda de hamburguesas de algas y champiñones, que, la verdad, están muy buenas. Pablo (sin comentarios) y Manolo son los camareros que se turnan en el duro arte de darnos de cenar a todos los que pasamos por allí.
En realidad, lo mejor de este bar es que somos muchos grupos diferentes y personas solitarias, pero todos nos conocemos desde hace tiempo. No sólo nos saludamos, sino que interactuamos. Es decir, que un lunes que yo esté aburrida puedo sentarme a hablar con la Sección Brasileña. Éste es un grupito de mujeres del país suramericano que dan una vidilla al bar que ni se la cuento. A veces Jose se molesta porque dice que son muy escandalosas, pero lo cierto es que son la sal del local. Y atraen a más de un solitario de la barra que, sólo mirándolas de lejos, sienten que el mundo es un lugar mejor.
Por supuesto, también está el grupo de periodistas más o menos fijo; Marco, Julio (léase con "ll" al principio, que es nombre italiano) y consorte que llegan después de cerrar La Guarida; El Irlandés; Jorge, el de las caricaturas; las Psicólogas; mi vecino Francis, y el Borracho Melancólico (que es el mismo que el Dipsómano Sensible, pero dice que prefiere este apodo). Hay muchos más, pero no quiero alargarme.
¿Por qué vamos todos al Txiki? Supongo que porque es difícil sentirse solo en un local donde cualquiera te conoce y está dispuesto a darte conversación, a aceptarte en su mesa con su grupo de amigos sin preguntarte nada. Parece que, cuando estamos dentro, todos nos volvemos un poco más humanos. Nos contamos la vida sin conocernos mucho. Confesamos temores o alguien nos escucha al narrar un horrible día de trabajo. Puede que también sean las copas, la costumbre o la falta de oferta de otros garitos en la zona donde nos den de comer y beber a esas horas.
Jose dice que no se puede quitar el Txiki a los clientes. Que es donde mucha gente que nunca se llama, pero se tiene aprecio, se reúne sin concertar cita. También asegura que en el Txiki se liga "pero con calidad". Sobre eso, ejem, ejem, hay opiniones encontradas.

Agosto 20, 2007

Gente Etérea

Dicen que yo me relaciono con cualquiera y puede que sea verdad. La vida está llena de gente que siempre te aporta un punto de vista diferente, sea o no interesante, y es curioso pensar cuántas realidades diferentes existen en un mismo espacio físico según quién sea la persona que las perciba. En fin, que quiero hablar de la Gente Etérea, un tipo urbano que me despierta tanta hilaridad que, a veces, me siento más perversa que la madrasta de Blancanieves.

Una Etérea es una de esas chicas o mujeres que parece que va levitando por la calle. Están elevadas en un plano existencial más profundo que el resto de los mortales y sus pensamientos son siempre trascendentales. Su estética suele ser de lo más hippie, pero no casual. La falda de flecos puede haberles costado mucho más que mis vaqueros marca "nisu" ('ni su padre la conoce'), aunque jamás lo reconocerán. Las Etéreas hablan siempre en un susurro, parecen estar a punto de romperse y están constantemente rodeadas de un halo de misterio/misticismo que llama la atención a muchos.
En el tema alimenticio, se decantan siempre por la comida ecológica y son capaces de hablar durante horas de la cantidad de pesticidas que nos comemos los simples mortales por no ser etéreos. Por supuesto, prefieren todo lo natural aunque a más de una me gustaría a mi verla duchándose con agua fría para ahorrar energía o lavando toda su ropa a mano por no desperdiciar el líquido elemento.
Las Etéreas practican Yoga, o Tai-Chi, o son budistas. Nunca irían a un gimnasio como todo el mundo ni se dedicarían a algo tan normal como la natación porque, hasta en eso, tienen que demostrar que pertenecen a un plano de existencia superior al nuestro.
Esta categoría de Gente Etérea también se da en la vertiente masculina. Suelen ser hombres sensibles, hippiosos, trascendentales... Una versión fofa de lo que una entiende por un hombre masculino de esos que te cogen así de repente cuando estás fregando los platos en la cocina y... Bueno, mejor se imaginan el resto que no me quiero emocionar demasiado. Lo que quiero decir es que están llenos de miradas a los ojos y largos silencios lleno de significado (ay, ay, que me aburro...)
Toda esta Gente Etérea pasa por la vida como si ellos no tuvieran que ver nada con las cosas mundanas. Da la impresión de que nunca tienen gases ni van al baño a aliviarse (y con tanta comida sana digo yo que no pararán de hacer visitas a Roca). No dejan, en el fondo, de ser ridículos en su afán por considerarse especiales. Conozco a tantos Etéreos que podría formar una federación y darles un carné con su numerito.
Yo, aún temiendo quedar como una tía de lo más básica, prefiero lo natural, aunque no sea perfecto. Y en el plano masculino, lo que les decía, donde esté ése que te coge cuando menos te lo esperas, que se quite el que te escribe poesías. Ni punto de comparación, dónde va a parar.

Agosto 16, 2007

El viaje de Mohamed

Hay algunos viajes que no son de placer. Me refiero a los que realizan los inmigrantes que llegan en patera hasta nuestras costas, pero también a otros. A los que se quedan después aquí y tienen que hacer frente a una burocracia que asusta, porque es complicada incluso para los que dominamos el español. Lo siento, pero hoy me toca ponerme seria porque hace pocos días conocí a un joven marroquí que se llama Mohamed y no me resisto a contar lo poco que sé de su presente y de su futuro. De lo que quiere para su vida cuando sea mayor.

Mohamed tiene los ojos oscuros, grandes y algo asustados. Aunque viste con gorra ladeada y tiene andares de moderno es un niño que roza la mayoría de edad. No está muy claro por qué Mohamed se quedó en la calle hace pocos días. Sus explicaciones son la punta del iceberg de un conjunto de factores tan complicados de mezclar como son las pruebas óseas, los papeles y la cabezonería de la adolescencia, que a todos nos atacó y a este chico también.
Me cuentan que el chico ha dormido varios días en la calle, que lo está pasando mal, pero que es un buen chaval. Tiene cara de buena gente. Algunos conocidos suyos le han ofrecido un sofá para que, al menos, pueda dormir bajo techo. El propio Mohamed me cuenta su historia con tanta normalidad que casi siento escalofríos.
Llegó en patera a una de nuestras Islas. Estuvo tres días sin comer ni beber, con las olas "así" (y me hace aspavimientos con los brazos y casi veo unas olas enormes que hacen temblar la embarcación) y los delfines saltando a los lados de la patera. Cuando llegaron, las carreras. Se escondió en una cueva y estuvo durmiendo muchas horas seguidas. Al bajar al pueblo fue cuando la Policía le vio y Mohamed corrió y corrió, pero le cogieron. Desde entonces ha estado viviendo en varios centros de menores hasta hace pocos días.
El chaval también me cuenta que su madre murió cuando tenía 42 años y que su padre simplemente "se fue lejos". Me dice que lo único que quiere para su vida es un trabajo, una novia y una tele, como el colmo de la felicidad más absoluta.
No quiero entrar en cuestiones de fondo, porque no soy una experta en leyes ni conozco mucho a Mohamed. Sólo quería hacerles partícipes de lo estúpida que me he sentido con mis problemas de mercadillo cuando escuché el relato de la atropellada vida de Mohamed. Un adolescente que no se puede permitir comportarse como otros porque tiene todo el peso de su vida encima de los hombros. Hacer una tontería (que, seamos sinceros, todos las hemos hecho a esas edades) puede suponer un giro dramático en su existencia.
Como se suele hacer normalmente cuando una persona duerme en un sofá, le pregunté a Mohamed si había descansado bien, si no era muy incómodo. "Es mejor que la calle", contestó. En ese momento me di cuenta de que yo nunca he tenido la necesidad de dormir en la calle y de que nunca podré acercarme ni a intuir cómo es la vida de Mohamed.

Agosto 14, 2007

Hay otros mundos, pero todos están en Las Canteras (2)

No me resisto a seguir describiéndoles los bares de mi barrio, aunque a alguno le pueda parecer que tengo demasiada afición a cualquier lugar que cuente con una barra y que sirva alcohol. Uno de mis preferidos (y un clásico de la zona) es La Rosa. Esa terraza de la Plaza de Farray que se encuentra solitaria, a un extremo, y que siempre luce un llenazo casi molesto para los que llegamos a última hora a desayunar.

La Rosa es una esperanzadora muestra de convivencia del barrio. Por las mañanas, sus mesas están llenas de personas de tercera, mediana y hasta primera edad disfrutando de un desayuno o de la primera cerveza del día. También, de vez cuando, nos encontramos algunos noctámbulos que hemos sido capaces de despertarnos a una hora semidecente para disfrutar del día. Los últimos nos distinguimos del resto por las gafas de sol que ocultan unos ojos aún doloridos por la luz o por mostrar sin vergüenza alguna el cerco azulado de unas ojeras que ya casi son como tatuajes.
Lo que une a unos y otros es el espacio físico y la buena disposición de los camareros, siempre atentos. Mi preferido es Santi, un rubio que lo mismo te hace un giro seductor en la barra de una farola, que se fija en que has adelgazado un par de kilos y te lo dice (a una se le arregla el día, que quieren que les diga).
Por la noche, la concurrencia de la terraza cambia. Aparecémos los noctámbulos y casi todos nos conocemos. Entre ellos un grupito de selectos periodistas que normalmente prefieren el interior del bar, la barra, aunque a veces se dejan persuadir de que hace una noche buena y se sientan fuera. Las conversaciones giran y giran sobre la actualidad isleña, salpicada de anécdotas que en la mayoría de las ocasiones no llegan a salir publicadas, la política internacional y mil y un cotilleos del gremio.
A veces, incluso, se puede charlar con Rosa, dueña y verdadera alma del local, que te cuenta historias de los personajes del barrio, intercaladas con consejos culinarios y sugerencias sobre algún libro de filosofía (poniendo siempre un gran énfasis en todo lo que sea oriental).
Desde la terraza de La Rosa, la siguiente parada obligada es el Txiki, pero éste se merece su propio texto.

Agosto 13, 2007

El día en que creí que me iban a secuestrar

Al hilo de mis cinco minutos diarios de histeria he recordado recientemente el día en que creí que me iban a secuestrar. Ocurrió durante mi estancia en Bolivia y cada vez que pienso en ese momento me da la risa por lo estúpida que fui. Ojo, que cualquiera en mi lugar no se hubiera limitado a quedarse blanco con la pared. Otro/a seguro que habría comenzado a gritar como un poseso/a cuando hubiera visto el percal. Pero yo no. Yo me limité a abrir mucho los ojos y sentir un momentáneo aflojamiento del vientre.

Bueno, pues estaba yo en Chimoré, un pequeño y polvoriento pueblito situado en El Chapare que es una importante zona de cultivo de coca del departamento de Cochabamba (Bolivia). Había logrado ponerme de acuerdo con un fotógrafo boliviano para que me acompañara al lugar e hiciera una serie de fotos para tratar, a la vuelta de mis vacaciones, de vender el reportaje a alguna publicación española.
Después de un viaje de pesadilla en un trasnporte semipúblico que consistía en un monovolumen en el que nos montamos con cinco o seis desconocidos llegamos a Chimoré, donde se estaba celebrando una reunión de cocaleros. Localizamos en seguida a unos cuantos para que nos echaran una mano y uno de ellos se ofreció a llevarnos a una plantación de coca.
El líder cocalero, el fotógrafo y yo cogimos un taxi y el oriundo del lugar le dio las indicaciones pertinentes tras acordar el precio del viaje y que nos debía esperar para traernos de vuelta. Recorrimos brevemente la explanda de El Chapare hasta que llegamos a un lugar donde la carretera se ensanchó. Yo, sentada de copiloto con el taxista, vi a la izquierda una serie de coches aparcados y tres o cuatro hombres que se acercaban a nuestro vehículo. Tenían duros rostros indígenas, curtidos por el sol, y portaban unos listones de madera sembrados de clavos. Ahí fue donde me quedé blanca como la pared y pensé: "Ya está, ahora es cuando me secuestran". También me cruzaron otras ideas por mi cabeza, tales como "quién me manda a mí meterme en estos berenjenales", "a mí no se me había perdido nada en El Chapare" o "ya verás que bronca me va a echar mi madre por el susto...".
El taxista aminoró la marcha y habló con uno de los malencarados del listón de madera. "Es una periodista española. Vamos a San Isidro y volvemos". Respiré aliviada, pero sólo durante unos segundos. El líder cocalero salió del taxi y comenzó a increpar a esos hombres. Les repetía que qué era eso, que él era un líder cocalero. Volvió a subirse al vehículo justo cuando uno le echaba en cara que sólo por ser cocalero no podía hacer lo que le diera la gana y terminó con un: "¡A la vuelta les pinchamos las ruedas!".
La explicación que me dieron a este episodio tan surrealista fue que los hombres armados con maderas eran taxistas que protegían así el lugar donde ellos trabajaban de otros compañeros del sector. Algo así como los taxistas que pueden llevar a gente desde el aeropuerto de Gran Canaria y los que no tienen ese permiso, pero a lo heavy. De todo esto no decía nada mi guía de Bolivia...
Gracias a Dios, todo se quedó en un susto. Nadie nos pinchó las ruedas a la vuelta y yo pude concluir mi reportaje con éxito. Me lo compró la revista Cáñamo y se publicó en el número de Mayo de este año. Ellos quedaron contentos y yo también. Ahora, después del susto no sé yo si tengo madera para reportera de guerra.

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Unos campesinos cocaleros masticando coca en Chimoré. (Foto de Fernando Garvizú).

Agosto 10, 2007

Cinco minutos de histeria

Mi paso por Medicina Tropical este año ha sido menos traumático de lo que yo esperaba. Me despacharon pronto con un refuerzo de la Hepatitis A y pastillas para prevenir la malaria que odio con toda mi alma porque me destrozan el estómago. Las enfermeras me preguntaron dónde iba este año y me pidieron que me acordara de ellas cuando estuviera recorriendo el país. "No se preocupen", les dije, "cuando esté hasta los ojos de comer arroz me voy a acordar de mi madre, de toda mi familia, de ustedes y de la bendita hora en que decidí viajar a China".

Todo parece indicar que finalmente me voy a ir sola a China, donde permaneceré durante 24 días. Sólo tengo un billete de ida y vuelta y las primeras tres noches de hotel en Shangai por cortesía de mi tía Pili que tiene un touroperador y es mi mayor mecenas en cuestión de viajes (esa tía, oé, oé).
A pesar de las ganas que tengo de estar allí y empezar a ver cosas, mi paso por Medicina Tropical me devolvió a los viejos temores (corregidos y aumentados) que me asaltaron antes de viajar a Bolivia. El peor y novedoso en esta cuestión es cómo voy a hacerme entender. No hablo una palabra de chino en ninguna de sus variantes, me defiendo a duras penas en inglés (dialecto vallecano) y domino completamente el español-madrileño-canario-con-sin-tacos. Me asalta la duda de cómo me expresaré cuando quiera comer y, más difícil aún, cómo voy a saber lo que estoy comiendo. Para comprar un billete de tren, desplazarme, preguntar por un sitio... Al parecer, en el interior de China no se habla otra cosa que no sea chino y los carteles todos, o casi todos, están en pictogramas. Vamos, que no voy a saber ni en qué baño entrar hasta que no vea a una mujer traspasar la puerta del de las féminas.
Sé por experiencia que tampoco tengo que preocuparme mucho. Son los típicos cinco minutos de histeria al día que me dan cuando voy a emprender un viaje de estas características. Miedo a lo desconocido, a lo que te pueda ocurrir en un país en el que no conoces a nadie. También creo en la bondad del género humano. El pasado año muchos bolivianos que no me conocían de nada me echaron una mano, me guiaron en mi peregrinar por el país e incluso me abrieron las puertas de sus casas.
En China será un poco más duro, pero no imposible. El recorrido provisional que tengo previsto es: Shanghai, Hangzhou, Wuzlen, Suzhou, Nanjug, Louyang, Xian, Pingyao, Taiyuan y Pekín. Casi todos estos lugares me suenan a chino (perdonen el chiste fácil) y acepto todo tipo de sugerencias y consejos. No sé por qué pero intuyo que me harán falta.

Agosto 9, 2007

El Becario Listillo

Una sabe que ha llegado el verano cuando en la redacción comienzan a aparecer caras nuevas. Son los becarios. Jóvenes con caritas de crío que se sientan con gesto grave delante de las pantallas de los ordenadores de CANARIAS7. Suelen permanecer bastante callados y modositos. Pero no siempre es así. Te puede tocar el Becario Listillo, una subespecie de imberbe en prácticas que nos alegra el día al convertirse en el blanco fácil de todas nuestras bromas.

Una se siente un poco mayor, aunque disculpa las pequeñas muestras de edad con las que no puede la crema DailyPlus porque cada vez mandan a universitarios más críos a jugar a ser periodistas. El Becario Listillo en concreto es jovencísimo, lo que no le impide expresar su opinión siempre que cree que puede aportar algo.
Gracias a él me he enterado de que los chinos pueden hacer que llueva en la tercera parte de su territorio. La explicación que me dio es que, al parecer y siempre citando como fuente al Becario Listillo, los chinos bombardean las nubes para provocar precipitaciones. Y yo pienso que con la que está cayendo ahora en el Lejano Oriente se les debe haber ido un poco la mano con los disparos. Lo que no supo aclarar este joven de prácticas es con qué bombardean las nubes y, mucho más importante, ¡por qué!. "Pues para hacer que llueva, ya te lo he dicho", me contestó él, muy sobradito. Ahora que ya le dije (le amenacé): "te voy a sacar en mi blog, por listo".
Supongo que el pobre becario firmó su sentencia de muerte el día que intentamos (Darriba, Estefanía y yo misma) mandarle a por agua. Nos pasábamos la pelota entre los tres para ir a la tienda de la esquina a comprar el líquido elemento hasta que se nos ocurrió: "Que vaya el becario, que para eso está, ¿no?". No sólo se negó en redondo, sino que contestó con un sobrado: "Sí, hombre..." Llevamos cerca de una semana repitiéndole todos los días que la función de un buen niño de prácticas es ir a comprar agua (e incluso pagarla) cuando se lo pidan los señor@s redactor@s, pero no hay forma.
He de reconocer, para no cargar mucho las tintas sobre él, que sirve igual para un roto que para un descosío. Un día lo tenemos buscando pinocha en Tamadaba y otro le mandamos a una manifestación en Escaleritas. No lo hace mal, pero no se lo digan. Lo que le faltaba para creerse aún más listillo.

Agosto 6, 2007

Hay otros mundos, pero todos están en Las Canteras (1)

Yo no sé. Tanto afán por viajar y viajar y sólo una vuelta a la manzana por mi barrio, Guanarteme, ya me deja con la boca abierta. Tengo que contenerme para no sacar el móvil y ponerme a tirar fotos como una turista japonesa para tener al menos un documento gráfico de lo que ocurre aquí, cerquita de la playa de Las Canteras.

Pasando un poco de largo por los personajes históricos que jalonan la playa (la Loca de las Pelotas o el Hippie de Barbas, por poner dos ejemplos), reivindico mi barrio como Espacio Natural Protegido lleno de especies vulnerables, que deben ser protegidas para evitar su extinción (y en algunos casos también para que no se multipliquen). Entre esos especímenes, lo reconozco, se encuentra la que escribe.
Los que vivimos en el barrio (entre la Peña La Vieja y Guanarteme) tenemos varios puntos de reunión semi improvisada de esos que genéricamente se conocen como bares o terrazas. Lugares donde casi nadie queda con nadie, pero donde nos juntamos todos.
Empiezo por explicar el misterio del agujero negro que rodea La Guarida, una terracita estratégicamente colocada en el Paseo de Las Canteras. Paso por delante de su puerta a diario, cuando voy a trabajar, y Marco y Julio me suelen saludar desde la puerta, mientras montan las mesas. Sin embargo, por la noche, ocurre algo digno de ser tratado por el mismísimo Iker Jiménez. Cuando regreso del periódico, al pasar por delante, oigo una voz que me llama: "Laraaaaaaaaa, Laraaaaaaaaaa..." Sin pensarlo me acerco y mi casa, que está tan cerca, se me vuelve lejana. Al final, lo tengo que confesar, acabo cerrando el garito.
La voz que me llama puede ser la de mi vecino Francis, la del Dipsómano Sensible o la de cualquiera de esos conocidos de la barra de bar a los que denomino genéricamente "cielo" porque me es imposible recordar todos sus nombres.
La Guarida, vista desde fuera tiene poco de especial, pero es única en su especie. Los dueños / camareros ya son como de otra galaxia. Amables y bromistas se conocen a casi toda su clientela por el nombre. Si les pides una caña "por favor", te dicen que no. Que prefieren un "por ejemplo". A veces te exigen un carné de socio y, entre risas, te dan un posavasos normal y corriente para que lo enseñes cada vez que quieras pedir algo... Los ejemplos son múltiples y variados pero el más llamativo es quizás la nueva moda de los domingos. Colocan un cartel que reza: "Estamos cerrados, coño. ¡Calidad de vida!". Ponerlo y que se llene la terraza es todo uno. Lo que yo les digo. Hay otros mundos, pero todos están en Las Canteras.


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Un atardecer en Las Canteras, visto desde la terraza de La Guarida.

El cercano Oriente

Me queda para irme de viaje a China. En poco más o menos de 20 días estaré volando hacia Shanghai y encomendándome a todos los santos y dioses paganos para volver de una pieza y que no me piquen muchos bichos. Este año me he saltado el momento previo de histeria y, me temo, que me va a pillar el toro. Es decir, que me iré a poner de los nervios el día de antes.

A parte de Shanghai, donde llega mi avión desde Madrid, y Pekín, de donde vuelo de regreso, el resto del viaje es una incógnita. Tengo mi superguía de China y a una tía (de pariente, no de tronca) elaborándome un recorrido y repitiéndome que no me preocupe.
Tampoco es seguro que viaje acompañada. El pasado año recorrí Bolivia durante 21 días sola, pero este año uno de mis primos me anunció su intención de venirse conmigo. Le advertí, no se crean. Ni hoteles contratados desde aquí ni lujos de ningún tipo. Le garanticé viajes inolvidables, largos y polvorientos, en los mismos transportes de la gente del país, un desarreglo estomacal y una caja de Fortasec para tratarlo. Se lo está pesando todavía.
Desembolsado el dinero del billete de avión ya no hay marcha atrás. Me voy, vaya que si me voy, el 28 de agosto. Pero, antes, es imprescindible que me vacune. El pasado año me puse tantas banderillas que cada vez que iba a Medicina Tropical salía de allí mareada y con la impresión de tener un millón y medio de virus debilitados corriendo por mis venas. Por eso pensé que esta vez iba a ser menos traumático. Nada, un par de inyecciones para renovar la de la Hepatitis B y lista. Mi superguía de viajes me hizo salir de ese sueño en el que una no empieza sufriendo por el viaje un mes antes. Al parecer en el país del Sol Naciente y las falsificaciones hay casi tantas enfermedades como naturales del país. La fiebre amarilla y las tifoideas (contra las que ya estoy inmunizada durante unos años) se quedan cortas ante la lista de virus que me pueden atacar en los 23 días que voy a pasar en China. Si voy a zonas rurales (que iré) debo inyectarme contra la Rabia y algo llamado Encefacilitis B Japonesa, que vaya usted a saber porque se llama Japonesa si la pillas en China. Además, advierten contra la gripe aviar, que no tiene vacuna, aunque sí un cierto glamour. Tengan en cuenta que sería la primera turista occidental en coger la enfermedad y sería portada de todos los diarios por poner en jaque a los servicios sanitarios españoles.
A pesar de la tentación de la fama, de mañana no pasa, me voy a vacunar. Y cuando vuele hacia China, a modo de mantra, iré repitiendo en voz baja: "Virgencita, virgencita, que me quede como estoy".