El otro día, Temujin, un visitante habitual del blog (por cierto, sigo sin saber quién coño es), me pidió que publicara una receta de arroz negro, bueno, mi receta de arroz negro, mostrando de antemano su rechazo por esas variantes tan habituales hoy en día que le añaden gambas y no sé que leches más. Probablemente acaben agregándoles gulas o otro surimi apestoso en cualquiera de sus modalidades. Aclaro que las gulas no me disgustan especialmente, sólo que me fastidia verlas por todos lados (ya no te digo cuando anuncian que son...¡frescas!).
He hecho el arroz negro tal y como lo he comido en restaurantes de gente solvente, Aproveché mi paseo matutino y dominical en bici con Jorge Murillo, mi chef de cabecera, para documentarme un poco más. Según me dice Jorge, si lo quería hacer en la pura ortodoxia catalana debería haberle agregado alcachofas, pero esto me lo dijo a golpe de domingo por la mañaña y, teniendo en cuenta que hablaba de alcachofas frescas, no estaba la cosa como muy fácil.
Ahí va mi arroz negro. Podía y debía llevar, además de calamar, sepia, que es una variante que chifla a los catalanes, pero a mí, lo siento, me gusta más así, únicamente con calamares. Si me lee Soraya, debo de decirle que no me olvido del arroz caldoso que me pidió un día en el Canguro (hoy Gambrinus), que está en lista de espera y que, aprovechando el mensaje, espero que le vaya bien.
No me resisto a contaros una anécdota que no tiene nada que ver con el arroz negro (por cierto, no se tomen el chiste de la introducción del vídeo como racista, por favor, que ya lo hicieron Les Luthiers hace mil años y nadie les dijo nada), pero sí con el calor acojonante que hace estos días en Las Palmas y... con la vida misma:
Fue el viernes pasado, a eso de las 10 de la mañana. Salí de casa en bicicleta, como siempre, y paré en el semáforo de Bravo Murillo, el de el Cabildo, para cruzar hacia Pérez Galdós. Como mi bici es grande y yo desde que dejé de fumar peso lo mío, montado en ella y esperando la luz verde debería parecer un punto de apoyo sólido y fiable. Tan debía ser así, que de pronto una ancianita de 1,50 de estatura que venía caminando despacito se pone a mi lado y le espeta:
-Me voy a apoyar encima de tí, mi niño, no vaya a ser que me caiga redonda.
-Faltaría más, señora -le respondí
La mujer apoyó timidamente el hombro sobre mí, pero se fue encontrando a gusto y acabó apoyando la cabeza entera contra mi brazo. De una bolsa que lleva colgada del brazo (no un bolso, sino una bolsa de tienda de papel maché, brillante) sacó un abanico de entre varios bultillos envueltos en servilletas de papel y empezó a airearse mientras suspiraba. Para darle un poco de charla, pero intentado no ser demasiado bruto, le comenté.
-Y encima del calorazo, este semáforo, que es mas lento que....
-...Que la madre que lo parió, sí, hijo, dilo -completó la mujer
Cuando el semáforo se puso en verde, esperé a que se pusiera erguida para poner el marcha la bici, y me despedí de ella:
-Adiós, señora, que tenga buen día
-Adiós, mi amor -me respondio.
Seguí camino al Palacio de Justicia sudando, sí, pero con una gran sonrisa dibujada en la cara.
¿Dónde estábamos? Ah, sí, con un arroz negro en el fuego. Aquí va, espero que os guste. Salud...
PD; Para el caldo corto usé, además de la cebollita, zanahoria, puerro y tomate, tres cabezas de dorada, lo que tenía en el congelador. Chau chau.

