Hace algunos meses, tal vez en el invierno pasado, una noche, al salir de una cena con un excelente grupo de amigos en el restaurante del Cuyás, hice un pis en el patio.
Aquello fue una auténtica cochinada, merecedora de todos los reproches. Habíamos bebido en abundancia, era una reunión de matrimonios con grandes lazos de amistad y muchos años de vivencias comunes, Jorge nos había atendido como siempre, maravillosamente, y yo... le correspondí con ese feo. Cero en conducta, por supuesto. Nada de lo que sentirse orgulloso.
Al día siguiente me levanté recordando la jugada perfectamente. Maldije las copas y mi deleznable conducta, primera y última vez, y mi primera reacción fue coger el teléfono a las nueve de la mañana, llamar a Jorge y pedirle mil disculpas. A continuación, salí de casa, me fui a la pastelería Morales, compré una caja de bombones de muy buen tamaño -tras comentar con pesar lo que había ocurrido a Fernando, el dueño del establecimiento- y la mandé al restaurante, con un mensaje de disculpas.
Como ya saben los que siguen este blog, no he dejado de ir al Cuyás por aquel incidente, del que Jorge me disculpó desde el primer momento, así como los camareros, con los que tengo una fantástica relación (Ramón, Mauro, Pili, sois los mejores), y que me tratan como si estuviera en mi casa. El lunes sin ir más lejos disfruté de unos maravillosos callos con morro y pata en excelente compañía.
Se preguntarán ustedes por qué les cuento esto. Pues porque el otro día, hace como mucho una semana, recibí un mensaje anónimo en el blog de alguien que, según asegura, había visto aquella escena desde el interior del restaurante y que, además de llamarme hediondo, me reprochaba que tuviera la cara de seguir hablando del Cuyás. Añadía algunos insultos cáusticos.
No publiqué el comentario porque destilaba odio, mal rollo, amenazas y enemistad manifiesta por motivos desconocidos o, más que desconocidos, ajenos por completo al episodio de marras. Si se hubiera dirigido a mí afeándome la conducta de un modo un poco más amigable y con nombre y apellidos, lo hubiera hecho, pero el tono era de auténtica inquina. En lugar de ello, copié la la dirección de correo y le mandé un mail explicándole en tono absolutamente conciliador lo que ahora les estoy contando a ustedes, pero el servidor me devolvía el correo diciendo que no existía tal dirección. Aún así, y a pesar de que estaba claro que el anónimo remitente se las había ingeniado para que no diera con él, colgué un comentario en el post a donde había mandado el mensaje, diciéndole "a quien me mando el mensaje con el nombre uno que sabe" que me gustaría tener la oportunidad de explicarle las cosas (a pesar de que no creo que tenga que darle ninguna explicación a nadie por el incidente más que a Jorge Murillo y a su personal, y ya lo había hecho al día siguiente, de forma inmediata y dando la cara) y que no negaba que mi conducta hubiera sido censurable. "Si me manda un correo que funcione, le escribiré", puse, más o menos.
Hoy recibí un nuevo mensaje del anónimo diciéndome que no tenía nada que escuchar de mí, repitiendo sus insultos y diciéndome, "ya me voy a encargar de que se sepa por otro lado que uno que escribe de comida se mea en los restaurantes".
Pues mire, señor amargado, cibernético cabroncete anónimo, no le voy a dar el gusto. Ya lo estoy contando yo. Pero la historia entera. No la que usted pretendía colar con datos que no sabía, ni quiso saber, para juzgarme sin opción a abogado. Datos que fácilmente se pueden contrastar con el propietario del restaurante, mi buen amigo Jorge Murillo, o con Fernando Morales, también muy buen amigo.
Y le contaré más, gratis: cuando salgo a divertirme soy bastante escandaloso, y me gusta cantar, tomar copas y reirme con mis amigos, todo el mundo lo sabe. Y, respecto a su rasgado de vestiduras, apuntaré que nunca he dicho o escrito que sea un Fernando Point o un Caius Apicuis, sino que soy un aficionado al que le gusta contar cómo cocina, exponerlo para que la gente se divierta y se ría conmigo, y hablar de música. Si quiere usted a gastrónomos excelsos, váyase a la guia Penin o a la Michelín.
Y ahora, finalmente, doña-Perfecta-de-la-espada-flamígera, desclasificado su tremendo secreto, con el que amenazaba con acabar con mis días de bloguero y mi prestigio, ahora y no antes, ahora va a venir la parte en la que yo le mando a usted a tomar por el culo con su puta hiel y sus amenazas de resentido. Y espero que le guste mucho.
Fotografía del menekken, cortesía de Pablo C.
Postscript: Me dice mi querida Carlotilla, con razón, que echa de menos un video ilustrativo. Aquí meto uno para quitarle plomo al asunto.


