Aquí les presento a las que fueron mis tres hadas marinas durante el pasado agosto: Puri la rubia, Puri la morena y Begoña, atendiendo el puesto Puri Peixe (Pescado de Puri) del mercado de La Ramallosa (Nigrán, Pontevedra) el pasado 2 de septiembre.
Puri la rubia, la de la izquierda, es la dueña del negocio. Su apellido, se lo juro, es Leyenda. Puri Leyenda. Le viene que ni pintado, porque es todo un personaje, una mujer chispeante, alegre, con los ojos llenos de vida y una sonrisa enorme, al frente de la pescadería más boyante de La Ramallosa. Hombre, me imagino que la Leyenda también tendrá sus zonas oscuras y sus momentos de mala hostia, como todo Dios, pero cuando yo la veo siempre esta de buen humor. La que está a su lado es Puri la morena, Puri González, otra guaporra de acento cantarín que parece no apearse la sonrisa de la cara en todo el día, segunda de a bordo, y la tercera es Begoña, que -al menos en el pasado agosto- se encargaba de manipular el género y entregárselo al cliente limpito-. Ya no trabaja allí (supongo que estaría de refuerzo veraniego) y me resultó imposlble dar con alguien que recordara su apellido. Pero también lo hacía todo con una sonrisa.
Yo no siempre amé el pescado. Mi padre trabajaba en Pescanova -fue el médico de la empresa desde sus inicios hasta el 90, cuando se jubiló- y los viernes siempre traía una merluza congelada que nos comíamos el sábado. No sé si es que en casa la descongelaban mal o si era que nuestra cocinera no tenía buena mano para guisarla, pero a mí nunca me gustaba. Y este verano, charlando con mi madre y con mis hermanos, nos vinimos a dar cuenta que no nos gustaba a ninguno, pero todos callábamos y nos tragábamos sábado tras sábado aquella puta merluza cocida, que engullíamos camuflada bajo un engrudo de mayonesa para que pasara el gaznate lo más disfrazada posible. La cocinera, Esther, llevaba 20 años en casa y no había quien le tosiera. Diré en su descargo que la mayoría de las cosas las hacía de puta madre, pero está claro que la merluza no era lo suyo.
Comencé a amar verdaderamente el pescado, todo tipo de pescados, ya talludito, cuando salí del nido, a los 22 o o así. Lo confieso, hasta entonces fui bastante rarito con la cocina.
Hoy en día considero la visita al mercado como uno de los mayores placeres de la vida, y especialmente, la visita al mercado de La Ramallosa durante las vacaciones. Y más concretamente la visita a a las puris de Puri Peixe. Que no se interprete mal lo que voy a decir, pero es un secreto a voces: la veda derivada de la marea negra del Prestige, que por supuesto que me cago en su la madre que lo parió, fue una bendición para la fauna marina en las Rías Bajas. Estuvo prohibida la pesca unos meses, y cuando volvieron a echar los anzuelos, las merluzas, las nécoras, las centollas y las cigalas llegaban hasta la isla de Toralla, lo nunca visto.
En Puri Peixe me dejaba yo los cuartos, bien pocos para lo que recibía, todos los días laborales. Pescado fresco y marisco para siete personas por unos 25 euros al día. La primera merluza que me llevé, a 11,90 euros el kilo (exactamente el mismo precio al que estaba ayer en la pescadería Artiles de El Sebadal), aún tenía dentro de la boca el anzuelo que la certificaba como merluza del pincho. Y quien dice merluza dice rapantes (gallo aquí), fanecas (no he encontrado el equivalente), rape, xoubas (sardina pequeña), xurelos, castañeta (palometa), almejas, pulpo, cigalas, nécoras (pocas, no es la temporada), navajas...
Ir a Puri Peixe en bicicleta, temprano por la mañana, es una auténtica fiesta.
(He dejado para el final un anuncio para que sólo lo lean los más habituales: mañana me someto a una operación quirúrgica. Cambio de sexo, en Tánger. No, en serio, me operan de una hernia inguinal, una chorrada, pero voy a estar unos días out, así que perdonen este regreso de vacaciones en falso. Espero estar de vuelta en una semana, pero esto no es una ciencia exacta, así que, hasta cuando pueda).
Un video verdaderamente chusco de una banda de Vigo, Golpes Bajos, para esta entrada morriñosa.
