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Los viejos del lugar recordarán aquella desternillante obra de teatro en verso de Pedro Muñoz Seca titulada La Venganza de don Mendo, que cuando había Estudio Uno en TVE -con Manuel Galiana y los Gutiérrez Caba de internos- la representaban cada dos por tres, y que incluso fue al cine en versión -bastante casposilla, a qué negarlo- de la época y protagonizada por Manolo Gómez Bur. Claro que podría bucear ahora en internet y vincularos vídeos, fechas y críticas, pero para ser sinceros me da una pereza del carajo, el que quiera lapas que se moje el culo, con perdón

Lo que aquí nos interesa de la obra en sí -aparte de aprovecharla yo mismo para colar un emotivo recuerdo a mi padre, que lo pasaba en grande con aquella farsa en la grunding en blanco y negro, a ver por qué no voy a darme el gusto- era el chispeante verso del libreto, entre otros aquel que -sin mucho sentido, la verdad- cuela en escena a tres primos asturianos del conde Nuño que, al aparecer sobre las tablas, explicaban algo así como que "para lavar la mancha que agravia a Nuño, henos aquí, henos de Pravia" (la obra es de principios del siglo XX, cuando ya se comercializaba el agradable...¿cosmético? ¿ambientador? ¿jabón? vosotros mismos).

Bueno, tan largo introito viene a servir, aparte de para avivar los recuerdos de mis ancestros y de mi familia -que mas de uno/a se descojonará con el asunto-, para presentar unas fabes de pravia que desde hoy viernes se pueden comer en el hotel escuela de Santa Brígida y que el otro día probamos en "comida piloto" en Casa Jorge.

Me sirvió la comida para conocer a varios simpáticos amigos de Gijón, y mira tú, de percha para presentar en vídeo el nuevo local de mi amigo Jorge, donde triunfa a diario con su buen hacer culinario y su inmejorable mano para el trato con el público. Los de Gijón vinieron en nombre de la concejalía de Turismo de aquella ciudad, nos hablaron del tirón que le están dando a la apuesta del gastroturismo y dejaron tarjetas de visita, sidras de nuevo cuño, quesos con trato de usía y unas fabes de pravia que, ya se ve en el vídeo, te hacen olvidarlo todo. Y mira, a callar y al turrón, que es de lo que se trata.

Fabada madrina (jornadas gastrónomicas de Gijón en Las Palmas) from antonio f. de la gandara on Vimeo.

Musiquita? Claro que sí, claro que Bruce, que ya tengo la entrada. Aquí viene con unos amiguetes, yo creo que sobran presentaciones.



IMPORTANTE. Me informan de Hecansa que me confundí en el teléfono de reservas del hotel escuela. A estas alturas no puedo modificarlo en el vídeo, y como esstá en vimeo ni siquiera puedo agregar una corrección sobre la marcha. El fetén es el 928 478412. Disculpas (a ver si lo cambiamos un poquito menos)


Tiene su historia, este restaurante que os presento hoy. Lo montó a mediados de 2009 el tokiota Takao Kondo, un personaje casi de cómic manga que llegó a Gran Canaria en un velero en el que daba la vuelta al mundo, se enamoró de la isla y decidió crear en su capital un restaurante japonés sin la más mínima concesión a las tendencias europeas, en el que sus paisanos se sintieran verdaderamente como en su país. Para ello, se trajo de allá a un cocinero experto en sushi y en otras artes que luego les comento, el paciente Tomokazu, y contrató a un magnífico estudio de arquitectos que le montó el que a mi gusto es uno de los locales más originales de la capital grancanaria, tan minimalista que parece una sala de multicine, con los detalles mínimos para que el comensal esté a lo que hay que estar.

Vino pues Takao con su Benkei, antes de abrirlo lo presentó en un almuerzo con periodistas en el Hotel Escuela de Santa Brígida en el que Tomokazu hizo filigranas con su sushi, nos vaticinó una auténtica revolución...y no pasó nada.

takao.jpgBueno, si pasó, yo creo que lo que pasó fue que el bueno de Takao no entendió a los del país o se creyó que podía subirse a la parra sin conocer a nadie ni saber una palabra de español. Con una mentalidad casi de samurai, se empeño en elaborar una carta cerrada al gusto de su tierra a precios prohibitivos y no se bajó de la burra, y dicen que al pobre Tomokazu lo trajo por la calle de la amargura con sus exigencias (la foto es de cuando se presentó en el hotel escuela; ahí podemos ver a Takao de corbata y al bueno de Tomokazu a la izquierda, minutos antes de hacerse en hara-kiri). A los seis meses de la apertura o así fuimos por allí Mario Hernández Bueno, Luz Cappa y yo por mediación de un relaciones públicas que intentaba echar una mano al tokiota y nos encontramos el local vacío y a Takao, atacao. Que nada, que no sabía que hacer con el negocio para que marchara. Por cierto, el único cliente que había aquel día era un nipón de cerca de ochenta años que nos contó que había sido kamikaze en la segunda guerra mundial (fracasado, se entiende, ¿no? a ver cómo iba a contrarlo si no...).

Bueno, consolamos a Takao como pudimos, Mario le dio algunos consejos como técnico que es en materia de hostelería y la verdad es que no volvimos a saber nada del Benkei ni de su peculiar propietario hasta que el otro día un buen amigo, abogado de la isla, me dijo que el restaurante había cambiado de manos y ahora lo regentaba otro letrado, el madrileño José Antonio Infiesta, casado con una japonesa especialista en sushi.

Lo primero que hizo Infiesta, un tipo tranquilo, culto, viajado y muy agradable, ha sido confirmar en su puesto a Tomokazu y dejarle hacer como él sabe, y al pobre cociinero fue como si le hubiera venido a ver Dios de lo mobbingizado (palabro que me acabo de inventar) que estaba con su anterior patrón. Ha bajado los precios (viene a salir por unos 30 euros el cubierto, puede ser menos y puede ser más, claro) y mantiene la alta calidad del producto. A mí me fascina lo que me suele fascinar en todos los restaurantes japoneses de alta gama, el maguro (atún toro) que parece pata negra, con sus sublimes infiltraciones de grasa sana, pero también me gusta dejarme llevar por Tomokazu y que me sorprenda con sus platos tan ricos como visuales. Bueno, basta de cháchara y al turrón.

PD: Creo que Takao se ha dejado melena y anda navegando por el mundo. Espero que le vaya bien donde quiera que esté

PD 2: Me olvidaba de apuntarlo: Tomokazu está licenciado para preparar el fugu (tamboril), ese famoso pez globo letal si no se sabe trabajar, lo que pasa es que aún no ha dado con la forma de traerlo. Mario dice que el fugu es el tamboril, sí que se parecen, pero a saber. Yo, por si acaso, kioto parau.

Restaurante Benkei en Las Palmas from antonio f. de la gandara on Vimeo.

No acostumbro hacer "corta y pega" en este blog. Sólo lo hice una vez, para adherirme a una campaña contra la censura en Internet. Pero lo voy a volver a hacer y, os lo juro, no porque esté falto de ideas -que también podría ser, también; aún así, anuncio que tengo un vídeo en preparación-, sino porque esta mañana recibí un mensaje de mi querida hermana Elia que me dejo absolutamente...seré cursi: conmovido, emocionado y maravillado, y que creo que debo difundir por todos los medios a mi disposición. Contenía, aparte de las habituales dosis de cariño que me dispensa Elia, un artículo del muy solvente periodista gallego Eduardo Rolland (antes firmaba en Faro de Vigo, ahora, según veo, en La Voz de Galicia, lo que me alegra) sobre.... bueno, sobre lo maravillosa que puede ser la solidaridad a veces, sobre las flores que en ocasiones emergen de la basura, o sobre lo que ocurre cuando la realidad supera a la ficción y se materializan fábulas como "La vida es bella" de Roberto Benigni, o aquella fantástica historia sobre la vida de un frac en distintos cuerpos que protagonizaba Edward G. Robinson y que se perdió en el camposanto del celuloide.

Lo he colgado en mi muro en facebook y en la versión en la red social de Entremesas, y ahora lo reproduzco aquí citando por supuesto la fuente, Eduardo Rolland en La Voz de Galicia, estas navidades. Se titula...

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Salir a comer fuera

Hay niños de Vigo que creen que salen a comer de restaurante todos los fines de semana. Van con sus padres a un establecimiento situado en Teis, que un día fue un asador llamado Mautte Grill. Hoy es un comedor de caridad, pero no lo parece. Porque se mima hasta el último detalle para que los comensales se sientan a gusto y, sobre todo, para que los niños no sepan que les da de comer una institución benéfica.

Me lo cuenta mi amigo Ricardo, que es el vicepresidente de Vida Digna, la heroica ONG que gestiona este comedor, donde cada fin de semana almuerzan no menos de quinientas personas sin recursos, que son, cada día más, vigueses de clase media empobrecidos por el desempleo.

El menú, ayer sábado, estaba compuesto por entremeses variados, conejo a la cazuela y, de postre, melocotón en almíbar.

El restaurante ha sido dividido en dos partes. En la zona general, comen los que van solos. Pero el antiguo espacio para fumadores ha sido habilitado especialmente para familias. Todo allí tiene que parecer idéntico a un restaurante. Los niños no deben saber que están comiendo en un local de caridad.

Para conseguirlo, los voluntarios actúan como camareros. Se sirve y retira cada plato en todas las mesas. Se acude a consultar si la comida es de su gusto. Y, en lugar del melocotón de lata, a los postres se les canta una modesta carta, para que los chavales puedan escoger entre helado, yogur, piña, flan, fruta o cualquier otra lambonada, que se reservan para esta zona entre las donaciones que hacen empresas de la ciudad.

Me lo cuenta ayer mi amigo Ricardo, mientras tomamos una cerveza, y me parece emocionante. La historia tiene algo literario. Y supongo que esos niños vigueses algún día entenderán, ya mayores, dónde iban a comer con sus padres. Y lo dura que es la vida. Y lo jodida que es esta crisis.

Vida Digna, que pertenece a la Iglesia Evangélica situada en Vázquez Varela, moviliza cada fin de semana a dos docenas de voluntarios para atender el restaurante. El personal son profesionales solidarios de diversos sectores. Que, cuando toca, se reconvierten en camareros. Tengo el honor de conocer a un cirujano de mucho prestigio que se pone el mandil y coge la bandeja como si tuviera el título de la Escuela de Hostelería. No vamos a decir que parezca de El Bulli, pero se da un xeito.

El próximo fin de semana, Vida Digna tiene un nuevo reto. El sábado, habrá de dar comida y cena, porque la Navidad cae en ese día. Tendrán que redoblar sus esfuerzos. Para esa noche, están ultimando el menú: entremeses, langostinos, ternera al horno, postres y delicias navideñas.

Me gustaría decir qué empresa dona los mariscos, pero no me dejan. Aquí todo es anónimo y desinteresado. Porque unos niños de Vigo saldrán a cenar esta Nochebuena a ese restaurante donde, cada fin de semana, sus padres los llevan a comer fuera.

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Postscript: Escribí a Rolland para felicitarle por el magnífico artículo, y además de informarme de que había vivido un año en Güimar, me comentó que había tenido unas repercusiones que no esperaba ni de lejos. Pieza más leída de La Voz en 2011, reacciones de todas las esquinas del globo...se lo merece, ¿no creen?

Postscript 2: Me cuenta un amigo que la Sexta emitió el martes pasado un reportaje sobre este asunto, con imágenes del comedor.

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Suelo decir que desde que nacieron mis hijas voy poco al cine y que el último estreno que vi fue Ben-Hur, pero ahora sí que es en serio que este Tintín de Spielberg va a ser la primera película en 3-D que vea, si no tenemos en cuenta -que no debemos, por casposa- Crímenes en el museo de cera (1953).


Tengo verdaderas ganas, ilusión casi infantil, por ver qué ha hecho Spielberg con el héroe de mi infancia -que por supuesto no es Tintín, sino Haddock- máxime si tenemos en cuenta que lo que mañana se estrena viene de largo, es el resultado de una negociación que se inició en 1983, con Hergé en vida, y que éste, tras hacer concesiones hasta entonces inimaginables -los derechos del merchandising, por ejemplo- y tras casi 30 meses de pourparler, acabó rechazando.


Poco debió de importarle al director de E.T. la negativa del belga; al tris de cerrar conversaciones con Bruselas estrenó Indiana Jones y el templo maldito, en donde se cocía: un arqueólogo audaz que sale ileso de las situaciones más inverosímiles, un joven chino especialmente espabilado, sacrificios humanos rituales oficiados por un sumo sacerdote.. .vaya, carajo, ¿dónde habré visto yo esto? ¿tan vez el Los Cigarros del faraón, El loto Azul o El templo del sol? La segunda entrega de Indiana era Tintín sin tintín o Hergé sin Tintín, como afirma Pierre Assouline en su biografía sobre el dibujante. Han tenido que pasar 30 años para que el sueño de Spielberg y la ilusión de Hergé -que alguien hiciera algo digno en el cine con su criatura- se fusionen en un gran proyecto.


«¿Y si el Tintín vivo, el de la película, no se pareciera bastante al dibujado?», escribía Hergé a un lector en 1955, «¿Y si tú, si todos, no pudieseis reconocer a vuestro Tintín en el actor?», se atormentaba. Proféticas palabras; seis años después se rodó El misterio del toisón de oro, y tres después de ésta, Tintín y las naranjas azules , ambas con actores reales, ambas malas malísimas de cine de barrio (la segunda se rodó en Valencia, por aquello de la naranjas). Sí parece que, al menos en este sentido, Spielberg ha dado con esa fórmula híbrida entre el actor y el dibujo animado. Sólo nos falta comprobar si salva la queja que mandó un niño a Hergé tras ver El templo del sol 250px-Adventures_of_Tintin_Cast.png(1970) , en dibujos animados: «No me gusta el capitán Haddock en el cine. No tiene la mísma voz que en sus álbumes».

Ya lo aviso en el vídeo, pero lo repito por si acaso: Tengo clarísimo que no estoy ofreciendo ninguna novedad a los gallegos, pero sí estoy seguro de que en estas latitudes a alguien aprovechará saber que en el mercado de Vegueta tienen pollos camperos de Coren.

Coren, (Cooperativa Orensana S.A.) es la red avícola y ganadera más importante de Galicia y en los últimos tiempos ha dado la campanada en todo el país con sus pollos camperos y sus huevos de gallina de corral, de los que luego hablo.

Es este que tenemos a punto de entrar en la sartén un pollo amarquesado que, lejos de pasar su vida en una jaula como el común de sus colegas, se ha dado sus buenos paseos diarios por el campo, se ha alimentado con productos naturales, principalmente maíz, y ha crecido sin la intervención de agentes metabolizantes extraños. Así, cada elemento parece el mismísmo gallo claudio, vamos, supera los tres kilos y tiene una carne sabrosísima, de intenso color amarillo, quizás un poco más dura de la que estamos acostumbrado a comer por ahí pero mucho más saludable.

En agosto, cuando estamos en Galicia, es muy habitual acudir a los "puestos Coren", donde te venden el pollo ya asado -sobre todo los domingos, claro-, y aquí yo sabía que los tenían crudos en el Corte Inglés, pero ahora mi chef de cabecera, Jorge Murillo, me ha llevado a una pollería en el mercado de Vegueta, que es el que me queda más a manos, donde no sólo tiene el pollo, sino también huevos del número 1 (ya les conté en otra ocasión que el primero de la larga lista de números que llevan impresos los huevos indica dónde vivio la gallina; dos y tres significa en jaulas, y 1 y 0 en campo abierto).

Así que ahí me tienen -hermanos Marrero se llama- fijo al menos una vez por semana, a llevarme mi pollo y mi docenita de huevos de corral, que no veas que delicia fritos y con beicon de pascuas a corpus. El pollo pesa el doble que los normales y, claro, cuesta casi el doble, pero es que cunde el doble. Normalmente pido de que me corten muslos, contramuslos y alas para hacer un arroz, que fileteen las pechugas para hacerlas empanadas y que me dejen la carcasa para sopa, o sea, que de un pollo saco cuando menos dos comidas completas. En fin, que como un niño con zapatos nuevos, aquí los saco a lustrarlos. Se lo propongo al ajillo, pero ustedes mismos.

Ah, la canción, popular mexicana, está aquí cantada por Joan Baez, y es porque no encuentro la versión que cantaba Julie Carmen en Un lugar llamado milagro. Pero sirve igual, ¿no? buen provecho.


No me lo digas, no me lo digas: las vacaciones, cojonudas pero cortas, ¿verdad?

Es que, entre nosotros -y no creo que os derribe ningún mito, mis viejos forajidos- eso de que vuelves con las pilas cargadas es un puto bluff. Vale, a lo mejor eso sucedía durante los 20 primeros años. Ahora, amiguitos, lo cierto es que vuelves al tajo jodido y resignado, y da igual que te hayas pasado un mes en el mejor de los paraisos. Ni pilas cargas ni pollas en vinagre, vamos. A sobrellevarlo durante los próximos 11 meses lo mejor que puedas, y encima con la cosa cada vez más jodida, dando gracias por estar como estás ¿es o no es? Pues ya está dicho.

Bueno, pues ya metidos en harina (algún amigo me ha dicho que vaya jeta tengo, que cómo es que tengo el blog de vacaciones, si llevo casi tres semanas currando: veamos, en el blog soy mi patrón y lo tengo de vacaciones el tiempo que me da la gana; cuando saea una obligación dejaré de hacerlo), metidos ya en harina, digo, empiezo la temporada con un plato que tenía muchas ganas de plasmar en vídeo, pero que hasta ahora no he tenido tiempo, el steak tartar "civilizado" que nos enseña el bueno de Falsarius en su interesantísmo y divertidísimo blog, y, sí, le estoy dando coba para que me perdone que le fusile las recetas. Y ya lo dije una vez, no creo que le moleste que se las fusilen, pues entiendo que para eso las enseña. ¿no?

Desde que vi la receta, creo que allá por abril o mayo, lo he hecho al menos tres o cuatro veces, quizás esta sea la quinta, y sigue siendo un fondo de armario cojonudo que igual te aregla un aperitivo que un primer plato, un mediodía en la playa o un almuerzo familiar de traje (yo traje tortilla, yo empanada). És todoterreno, siempre sorprende a los comensales y encima es barato de cojones, ¿que más quereis? ahí va, dedicado al bueno de mi sobrino Jaime en su nueva aventura de piso de estudiante.

PD: he comprado entradas para Maná. Ya, ya, a mí también me empalagan un huevo, pero esta vez traen un gran espectáculo visual y encima va a tocar con ellos mi querido Ginés. Y no tenemos una agenda como para hacele ascos a dos horitas mastodónticas, ¿no, queridos? será cuestión de hacer estómago, que algunas canciones resultonas tenían y siempre emociona oirlas coreadas por las masas y con efectos especiales. Ya sus contaré.

Pues eso, bienhallados, queridos y tomaros mis palabras de inicio con el humor que necesitamos ahora más que nunca.


Vuelvo a mediados de septiembre con nuevas propuestas. Abrazos y besos para todos.

He decidido pasarme al mundo de las superproducciones. O no. O sí. O ya veremos, o yo que sé, como dice Arguiñano al final de Airbag.

Bueno, aquí tenemos, sin sobreprecio para vuestro exprimido bolsillo, dos fantásticas fórmulas, dos, para hacer kokotxas, una a cargo de uno de los mejores chefs de Las Palmas y otro de la mano de vuestro cocinillas de cabecera.

Es posible que alguno no sepa qué carajo son exactamente las kokotxas o cocochas, porque por estas latitudes no se comen mucho. No pasa nada por no saberlo, el pecado comienza cuando las conocemos y no queremos probarlas. La kokotxa es, para explicarlo rápido, la barbilla de la merluza, un pequeño triángulo recortado por debajo de su boca que esconde el sabor primigenio del mar, la esencia misma de los océanos, en sabor y exquisita textura.

No es fácil, lo reconozco, encontrar kokotxas para cocinar en Las Palmas. Tras varios meses de investigación y prospecciones inútiles en mercados, supermercados e hipermercados (mi pescadero se ofrecía a irme dando de vez en cuando según despachaba merluzas, pero a ese paso podía tardar años en lograr medio kilo), mi amigo Fernando M. me agasajó el otro día con una caja de kokotxas de merluza congeladas que había comprado en Makro, de la marca Delfin.

No son, evidentemente, la quinta esencia kokotxil, pero voto a brios que sirven para aliviar el síndrome. La caja tiene una ventanita, y por ahí la casa Delfín muestra seis o siete espléndidas kokotxas. Las que están debajo, ocultas, ya son un poquito más famélicas. El producto en cuestión procede de merluzas chilenas, no del Atlántico norte, y la diferencia es notable. Pero les aseguro que el resultado final merece la pena, siempre teniendo muy presente que estamos ante un remedo de un plato superior.

No seré yo quien desvele dónde adquirió Murillo sus kokotxas, únicamente apuntaré que tenían algo más de calidad que las mías y que, por supuesto, le quedaron de rechupete. Duraron lo que un caramelo a la puerta de un colegio, a pesar de que lo que veis se filmó a las 12 de la mañana un día lectivo de la pasada semana.

Las mías, sinceramente, también quedaron muy ricas, aunque lógicamente, y más allá de las coñas que nos podemos gastar Jorge y yo, el maestro es él, y yo el aprendiz. Cuidado, hablo únicamente de esto de la cocina, ¿eh, Yorss?


Un último apunte, y con bastante mala baba: para confeccionar el plato compré en Rocasa una cazuela de barro que, me aseguraron, servía para cocinas de vitrocerámica. La curtí en agua, como ponía la etiqueta, durante 48 horas, y una vez al fuego, tardó 34 segundos exactamente en romperse y esparcir todo su contenido sobre el hornillo, que menos mal que era sólo un chorro de aceite y unas guindillas. Hube de regresar a la sartén de hierro. Timo a estribor, y ya lo saben, no compren estas cazuelillas en Rocasa.

Como apéndice práctico, os diré que hoy por hoy en la capital grancanaria uno se puede iniciar en esto de las kokotxas en varios sitios. La opción más económica es el restaurante Verol en el número 25 de la calle Sagasta, un gallego tipo familiar, bullicioso y divertido, que tiene la cocina abierta todo el día, una carta gigantesca y unos callitos muy ricos, entre otras cosas. Ideal tras una mañana en la playa. En plan más formal, las hace Berta en el Asturias (capitán Lucena), Iñaki en el Amaiur (San Bernardo), Agustín en la Casa Vasca (Avenida Marítima), Nicolás en La Casa de Galicia, Pepe en el Rías Bajas o Capdevila en el Ribera del Miño. Y, por supuesto -sólo jodería- en Casa Jorge, número 11 de la calle Malteses, 928 360 300. Todas ellas son muy recomendables, aunque yo me quedo con la de Jorge, claro. Seguro que hay otros sitios, y aquí abro el buzón de sugerencias.

Buen provecho.


Diría que una de las grandes alegrías de la vida reside en probar un plato nuevo (y que te guste, claro, nos ha jodido), y eso me ha ocurrido con el cebiche, que probé de forma privilegiada (sí, a estas alturas, soy asín de paleto) con el asesoramiento de Manolo, el propietario del restaurante peruano El Segundo Muelle, que está en el antiguo local de La Casita, ante el hotel Santa Catalina, y que os recomiendo vivamente. Bueno, pues Manolo me explicó a grandes trazos la receta que aquí os traigo y que he copiado (con el máximo cariño y respeto por una cocina tan grande como la del país andino) con alguna pequeña licencia. El original, por ejemplo, no llevaba leche de coco, yo se la he añadido para solventar un pequeño problema: el pescado se tiene que cocer en el zumo de la lima durante cuatro minutos casi exactos, y si a partir de entonces no nos lo comemos se pasará de cocción. Al agregarle la leche de coco detengo el proceso (ácido/base) de maceración y puedo comerlo más tarde, introduciéndolo incluso en la nevera un rato para que esté más fresquito. Creo que en Perú también lo hacen echándole hielo. Cada maestrico bla bla bla.

El maestro Mario Hernández asegura que cebiche procede de la voz bereber as-sukkabāǧ, que viene a definir un método de conservación de alimentos parecido al escabeche y afirma que la palabra la habrían llevado al Perú las criadas moriscas de los conquistadores. La etimología no es en absoluto pacífica y hay decenas de teorías, a cada cual más curiosa, incluso alguna disparata como la que menciono en el vídeo. El cualquier caso, la polémica resulta un poco ociosa. Le auguro notable éxito a El Segundo Muelle, que aquí siempre hemos recibido con cariño a las cocinas de otros países, de hecho Las Palmas de Gran Canaria fue el primer lugar de España en el que se abrieron restaurantes chinos y japoneses (el mítico Fuji del señor Sato en la calle Guanarteme, qué maravilla) en los sesenta, cuando en el resto del país no salían de la tortilla de papas y los callos. No descarto un proyecto que hablé con Manolo, y por allí con el vídeo y filmar al cocinero del restaurante haciendo el Cebiche, que le sale de pinga, con perdón, pero si no lo largo Tere Hernández no va a poder afearme lo malhablado y malescrito que soy.

Vaya está entrada por mis queridos Aerolineas Federales, reunidos recientemente después de 20 años gracias al tesón de un productor música peruano que se los llevó para allá, donde tienen una buena legión de fans. Especialmente, para Luis Santamaría, batería y alegría de la casa, con el que felizmente me he vuelto a encontrar en el ciberespacio después de mil años.

Aquí teneis el revival de Aerolineas en Perú el otro día. Mirad qué ambientazo se gastan en Lima.


Lo digo completamente en serio: este es, al menos para mí, uno de los platos más ricos del mundo.

Si te los hacen en Casa Lucio, cobrándote del orden de los 12 euros la ración, sales encantando de contento y con cara de exquisito, así que, ¿por qué no empiezas a darte homenajes así en tu casa? Mi receta es un poco más elaborada que la de Lucio y por supuesto más rica, porque él no le pone ni pata negra (otro día os cuento donde compro el jamón, que también tiene su coña, ¿eh, Jorge Murillo?) ni ajo. Ni, por supuesto, las papas canarias que me suministra mi amigo Javier, al que -ya lo digo en el vídeo- le pido perdón de rodillas por haberle ponderado las spunta de Chipre, y le reitero que las que me suministró para este vídeo son King Edward (Quinegua) y no Valor como él dice. Peritolas -del verbo peritar- Jorge Murillo el viernes pasado y coincidió conmigo en estimarles el origen "real".

Dicho lo dicho, no quiero pasar al vídeo de la receta sin dar a los ciudadanos de la Gran Canaria toda un chivatazo que ya es vox populi. Todos los viernes desde hace unos cuantos, en el Tao (la terraza al lado del club natación Metropole), noches musicales con Tomy Roca (en la fotografía) y la Toca Toca Music Band: Voz, Tomy y (el tremendo) Fasur Rodríguez; Bajo: Fernando Poch - Batería: Yeray Rodríguez - Teclados: Lisandro Rodríguez . Pop rock, jazz, funky, swing y lo que se tercie (¿Raindrops keep fallin on my head, por ejemplo? ¿Moon River? ¡pues no se hable más!), siempre dentro de los cánones del buen gusto y a cargo de caballeros cultos y experimentados que saben tanto de la Motown como del escocés de 12 años. tomy.jpg
Lo digo como lo siento, porque he tenido la fortuna de dejarme caer por allí los dos últimos viernes, y ambos los dos lo he pasado teta. ¿Que Tomy es amigo mío? Pues sí, mira qué suerte que tengo. Por eso es un placer doble ver como triunfa y como se vuelve a subir a la cresta de la ola sin más esfuerzo que mostrar su carisma y lo musicazo que es. Por muchos años, Tomy, y yo que lo vea.

Y ahora, a lo de los huevos, que entre una cosa y otra me teneis hasta los cojones, queridos.

Postscript: Tomy, la foto te la he mangado de tu Facebook, me imagino que no pasa nada, ¿no? un abrazo

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