Siempre me ha gustado caminar, ya fuera por la ciudad o por el campo. Cuando vivía en Madrid, donde dependía exclusivamente del transporte publico, muchas veces prefería andar por sus calles para ir de un sitio a otro, en lugar de usar el metro o la línea de guagua que correspondiera, siempre que, eso sí, la distancia fuera razonable.
En Santo Domingo, en cambio, me he dado cuenta de que esto es casi imposible, ya que, como escribía hace unas semanas, en ocasiones, pasear por esta puede casi equipararse a practicar un deporte de riesgo, sobre todo a la hora de cruzar cualquier calle de intenso tráfico.
Existen los pasos de cebra, como en cualquier otro lugar, cierto, pero también lo es que los conductores los ignoran. Incluso en los semáforos hay que mirar bastante bien a la hora de cruzar, ya que es posible que el vehículo que gira hacia la calle que cruzas lo haga sin intención de detenerse.
En estas circunstancias, la estrategia de mi hermano, consistente en decir "yo cruzo porque es un paso de peatones, tengo la preferencia y ya parará" -que ya es arriesgada en España-, sólo puede llevarte al hospital, después de ser atropellado.
Supongo que estos inconvenientes deben ser consecuencia de la forma tan acelerada que tienen de conducir y que tanto contrasta con su relajado estilo de vida.
Sin embargo, en medio del caos circulatorio de Santo Domingo existe un oasis en el que caminar es un verdadero placer. Se trata de las calles de la Zona Colonial, bien controladas por la Politur (la policía turística), sobre todo en las principales, como El Conde o Las Damas.
A los dominicanos, por el contrario, estos inconvenientes no parecen afectarles demasiado, puesto que cruzan en medio del tráfico, por donde ningún español lo haría sin salir bastante perjudicado, como si lo hicieran en una calle desierta.
También es cierto que no caminan demasiado, lo que resulta muy curioso en una ciudad en la que prácticamente no existe una red de transporte público.
Por lo demás, pasear por Santo Domingo resulta muy agradable siempre que el calor lo permita y uno esté algo atento a para no meter el pie en alguna de las profundas acequias que suelen separar las aceras de la calzada, elemento, por otra parte, muy necesario en los momentos de lluvias intensas -que son muchos- y que sirve también para dar más emoción a este nuevo deporte de riesgo en el que se ha convertido caminar.
[Fotografía de una calle de la Zona Colonial de Santo Domingo]

