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Novedades en la categoría Curiosidades

Como todos los aspectos curios0s de este país no van a ser negativos, hoy toca destacar la gran variedad de zumos -que aquí, como en Tenerife, son jugos- naturales, elaborados a base de de toda clase de frutas tropicales, como piña, toronja con avena o chinola, que venden en casi cualquier restaurante y a precios muy económicos.

JuiceglassA algunos, como el de toronja, que resultó ser una variedad de pomelo y el de piña, les ponen demasiado azúcar y hielo para mi gusto. En los zumos, cuanto menos se le añada -y más natural sea, por tanto- mejor.

Sin embargo, el que más me ha gustado ha sido el jugo de chinola, aunque no supiera de qué fruta se trataba hasta que lo probé. Porque el principal problema con este tipo de frutas es averiguar si es conocida o no antes de probarla.

En el caso de la chinola, cuando pregunté qué clase de fruta se trataba me dijeron que era una especie de cítrico, algo ácido. Como es una clase de sabor que me gusta -y, además, hay que probar cosas nuevas- lo pedí. Me trajeron un zumo de color rojizo, cuyo sabor me resultó familiar. "Juraría que es maracuyá", dije a quien comía conmigo -que también era español-, que me respondió que, ahora que lo pensaba, creía que sí.

En efecto, la chinola resultó ser maracuyá, la famosa fruta de la pasión.

Días más tarde, descubrí en el supermercado un yogur cremoso -igual que el de guineo- de chinola. Y, por cierto, está bastante bueno.

[Fotografía de lisasolonynko/Morguefile]

Detalle del semáforoAún a riesgo de seguir recibiendo críticas -unas mejor intencionadas que otras- por comentar las curiosidades que he ido encontrando en esta caótica ciudad, hoy quiero mostrar el curioso cartel -que pueden ver a la derecha- que cuelga de uno de los semáforos que hay en la Avenida José Ortega y Gasset de Santo Domingo.

Mirado con ojos europeos, resulta bastante curioso que un establecimiento comercial done la electricidad con la que se alimentan los semáforos que rigen la circulación del cruce en el que se encuentra su tienda. Sin embargo, en una ciudad en la que los cortes de luz son más que habituales -siento la vuelta del tópico, pero la realidad es tozuda- y las plantas eléctricas e inversores son los recursos habituales para mantener el normal funcionamiento de cualquier aparato eléctrico, el hecho de que una empresa ceda la electricidad para el correcto funcionamiento de un elemento público y que esa cesión se le reconozca no debería ser llamativo.

Pero, cuando uno llega de un país en el que estas cosas no pasan, no puede dejar de ir fijándose en esas placas que, colgadas de algunos semáforos, rezan "Energía donada por...".

Semaforo_general.jpg

El semáforo, visto desde un poco más lejos.

Una de las primeras cosas que aprendes ya desde antes de llegar a este país es que en República Dominicana el agua corriente es cualquier cosa menos potable. Desde los médicos hasta las agencias de viajes, pasando por cualquiera que haya estado diez días en Punta Cana en régimen de todo incluido, se encargarán de darte cientos de consejos sobre cómo consumir el líquido elemento.

morguefile_agua_mineral.jpgLa regla de oro es, por supuesto, beber sólo agua embotellada y ser siempre uno mismo el que abra la botella, para poder comprobar que nadie ha manipulado el precinto. Para alguien que procede de Canarias, tener que tomar agua embotellada en lugar de beber la del chorro no es ninguna novedad, ya que en la mayor parte de los municipios de las Islas el agua tampoco es apta para consumirla directamente desde el grifo.

Sin embargo, otras precauciones sí son nuevas, como el tener que lavar todas las frutas y verduras en agua a la que previamente se le haya añadido unas gotas de un desinfectante llamado Purísima y que, según pude leer en la etiqueta de una botella, viene a ser cloro.

Por ello, uno puede encontrarse por las calles de Santo Domingo con gran cantidad de botellones, que, a diferencia de lo que ocurre en España, no se trata de gente joven consumiendo bebidas alcohólicas, armando escándalo y generando residuos a altas horas de la noche, sino de garrafones de agua, almacenados en el exterior de algunos comercios, en espera de ser adquiridos por sus potenciales clientes.

De lo que cuestan los botellones, las garrafas y las botellas, no he querido enterarme, ya que, como aquí usan galones y no litros, me temo que tener que lavarse los dientes con agua mineral va a resultar un verdadero despilfarro.

[Fotografía de o0o0xmods0o0o/Morguefile]

Ya he dicho en más de una ocasión que Santo Domingo, al menos desde mi punto de vista, es una ciudad que destaca por sus contrastes. Es muy habitual, por ejemplo, encontrar un puesto de comida en cualquier esquina, justo al lado de establecimientos que nos resultan tan familiares como Pizza Hut, Baskin Robbins o McDonald's.

Me encantaY es precisamente un anuncio de los nuevos desayunos que ofrece esta última cadena de comida rápida -que me encontré en una marquesina mientras paseaba- el que ha puesto en evidencia, una vez más, que ésta es una ciudad de contrastes.

Porque resulta cuando menos curioso que en un lugar en el que son tan dados a los anglicismos, el eslogan de McDonald's no sea I'm lovin' it, como en España, sino Me encanta. Frase que, por otra parte, no es más que la traducción de la anterior.

[Lamento no poder dejar constancia gráfica del anuncio, pero tuve la mala suerte de encontrármelo el único día que salí sin la cámara. Por fortuna, Alvimann encontró un restaurante y colgó su foto en Morguefile]

Cuando, paseando por la zona Colonial de Santo Domingo, me encontré con la imagen que se reproduce al pie de esta entrada, no pude dejar de preguntarme qué sentido tiene camuflar una antena de telefonía móvil de esta manera en una ciudad en la que gran parte de sus edificios alojan todo tipo de estos ingenios en sus azoteas -de hecho, he visto carteles del tipo "se alquila esta azotea para antena"- y sus fachadas se encuentran cubiertas por toda clase de cables, que forman auténticas telarañas. Intuyo que para evitar reclamaciones por daño a la salud, por tanto, no será.

Salvo que el motivo sea estético, esto es, que no desentone demasiado en la parte más turística de la ciudad, no le veo sentido. Y, aún así, en esa zona de Santo Domingo, los cables siguen campando a sus anchas. Como, por otra parte, también puede comprobarse en la misma foto.

Antena_camuflada.jpg

Como no lo tengo nada claro, espero sus teorías acerca del porqué del camuflaje.

I. Las caídas de Internet: Lo primero que debo hacer hoy es pedir disculpas por no mantener una regularidad en la publicación de entradas, aunque aclaro que la mayor parte de las veces esta situación se produce por causas de fuerza mayor, en este caso, las frecuentes caídas de Internet.

En estos días la secuencia ha sido alerta por lluvias, lluvia, cortes de luz, corte en el wi-fi, encendido de los generadores, conexión a la red wi-fi, pero Internet no da señales de vida, hasta el día siguiente. Si hay suerte, aguantará. Si no, a esperar.

II. Salvado por los pelos: Precisamente de sufrir de forma directa las inesperadas consecuencias de esa lluvia escapé por los pelos el domingo por la mañana.

Eran poco más de las nueve de la mañana y me debatía entre bajar a desayunar o seguir un rato más en la cama. Al final, pudo más el hambre y me levanté. Apenas había andado tres pasos hacia el baño cuando escuché un ruido a mi espalda. Me di la vuelta y vi un chorro de agua cayendo sobre el centro de la cama.

Al parecer habían hecho obras en la azotea y se habían atascado los desagües, con lo que el agua se acumuló en el falso techo y acabó filtrándose justo encima de donde dormía.

Me cambiaron de habitación. Lo malo es que, a la nueva, la señal del wi-fi llega bastante debilitada.

III. Guerra y Naim Thomas: Ese mismo día pasé por delante de una tienda de discos y decidí entrar a ver si encontraba un cd con algunos de los grandes éxitos de Juan Luis Guerra en versión instrumental, que había escuchado en un restaurante mientras comía. Resultó que quien los tocaba era la Orquesta Filarmónica de Santo Domingo y, por supuesto, lo tenían.

Ya que estaba allí, decidí echar un ojo por las distintas secciones, para descubrir que, aunque con más salsa, merengue, bachata y reggaeton, tampoco difería tanto de lo que uno puede encontrarse en las escasas tiendas de discos que quedan en España. Tan poco se diferencian, que en la sección de pop español masculino, descubrí con sorpresa un disco de Naim Thomas.

Al verlo, no pude evitar preguntarme si sería cruel si dijera que habría esperado encontrarlo en la sección de outlets.

Al igual que hoy, el pasado domingo unos negros nubarrones amenazaban con descargar con fuerza sobre Santo Domingo. Sin embargo, no me apetecía pasarme el día encerrado en el hotel, por lo que decidí arriesgarme y salir a hacer algo de turismo por la Zona Colonial de la ciudad.

Al principio, mientras empezaba a callejear por el barrio histórico de la capital, parecía que el tiempo iba a acompañar y el sol hacía tímidos intentos por atravesar la densa capa de nubes. Sin embargo, al llegar a la Plaza de España, después de recorrer las calles El Conde y Las Damas, el horizonte que se dibujaba tras el Alcázar de Colón no era muy halagüeño.

Alcazar de Colón 01

Comoquiera que parecía que iba a caer una buena, decidí pagar los 60 pesos que cuesta la entrada (alrededor de 1,30 euros) y visitar el palacio construido por Diego Colón, el hijo de Cristóbal Colón, a comienzos del siglo XVI.

Justo cuando cruzaba la plaza, camino del palacio, desde el edificio donde se compran las entradas, comenzó a llover, atrapándome en el edificio, junto a otra decena de turistas, durante la siguiente hora y media.

Alcazar de Colon 02

Del Alcázar hay que destacar que no se trata de edificación original, sino de una reconstrucción a partir de las ruinas a que había quedado reducido el palacio, tras sufrir diferentes usos y el abandono durante cuatro siglos. Sin embargo, después de tres restauraciones, el resultado es bastante aceptable.

Además, la amplia colección de utensilios de la época colonial que alberga es bastante impresionante y bien merece la visita.

Sin embargo, hay que reconocer que ver llover desde esa balconada, tal y como, seguramente, lo hicieron los primeros españoles que llegaron a América, no deja de tener su encanto, aunque una hora y media de contemplación se le hace demasiado larga a cualquiera.

Sobre todo, si ya pasan de las tres de la tarde y uno aún no ha comido.

Alcazar de Colon 03

Una de las primeras cosas con las que me encontré al llegar a este país es la gran presencia que tienen la música en general y los artistas locales en particular en los medios de comunicación.

Así, el primer día que hojeé alguno de los periódicos locales descubrí que Juan Luis Guerra está a punto de dar un gran concierto junto a sus inseparables 440 en el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte y que el grupo Aventura, aquellos que alcanzaron gran popularidad en España a fuerza de machacarnos con su Obsesión, opta a alzarse con hasta cuatro galardones en la próxima edición de los premios Lo Nuestro, reconocen a lo mejor de la música latina, según sus organizadores.

Por cierto, entre los candidatos tampoco faltan Juan Luis Guerra o Luis Fonsi, que aunque no es dominicano, es el máximo favorito.

Supongo que por eso no me sorprendió demasiado que, mientras desayunaba en el hotel la mañana siguiente, la camarera cantase dos veces la susodicha Obsesión, ni escucharla por la radio en el restaurante en el que almorcé ese día, justo antes de que sonara un tema de Raphael, al que siguió una canción que no acerté a identificar, aunque quien la cantaba era Braulio, un cantante que, estoy casi convencido, nunca habría escuchado en ninguna radio en Madrid.

En fin, espero que a ningún inspector de la SGAE le dé por venirse a Santo Domingo a intentar cobrar por cada artista español que suene más allá del ámbito privado. Lo tendría muy difícil porque aquí la música suena por todas partes.

No tengo más que decirles que el domingo, mientras paseaba por la zona Colonial, me crucé con un coche del que salía a gran volumen el Resistiré del Dúo Dinámico, sólo que a ritmo de bachata.

Pd: Soy consciente de que no estoy prestando la atención debida a este blog, pero el aterrizaje está resultando más duro de lo esperado.

Tras haber pasado algo más de cuarenta y ocho horas en la República Dominicana, creo que ya se puede llevar a cabo una breve valoración del inicio de esta aventura que, al igual que la primera impresión que me ha causado Santo Domingo, sólo puede ser calificada como contradictoria.

Avenida 27 de febreroHasta ahora, lo poco que he podido ver, me sugiere que en Santo Domingo viven dos ciudades superpuestas. Así, junto a coches al borde del desguace, circulan todo tipo de todoterrenos, Audis, Toyotas o Mercedes, último modelo, full extras y, por supuesto, cristales tintados, formando un verdadero caos circulatorio, porque en un país en el que, supuestamente, nadie tiene prisa y el estrés sólo se conoce de oídas, el tráfico en su capital es infernal y la distancia de seguridad entre vehículos no existe: si la dejas, alguien vendrá y ocupará el hueco.

El paisaje de la ciudad está salpicado de construcciones modernas, en forma de torres de viviendas y oficinas, que se mezclan con chalés de una planta y edificios no demasiado bien conservados. No se trata de que existan construcciones nuevas y viejas, es que conviven mezcladas en la misma calle.

Santo Domingo es tan contradictoria que te permite hacerte con un móvil (aquí los llaman celulares) made in china por 490 pesos (algo más de 10 euros), con 300 en llamadas, mientras en el expositor de al lado exponen el iphone 3G, con cargador de 110 voltios y clavija americana, eso sí.

Porque resulta curioso que, en un lugar en el que los cortes de luz suelen ser habituales, estén a punto de inaugurar oficialmente su primera línea de metro, que vendrá a competir, bajo tierra, con conchos y voladoras por convertirse en el medio de transporte más rápido.

En fin, que me llama la atención que el apartahotel en el que me alojo mientras encuentro piso ofrezca wi-fi gratis (léase wai-fai) en todo el complejo y que la tele por cable se vea con interferencias.

Así que no debo extrañarme si en medio de este caos caribeño que es Santo Domingo me resulta más difícil de lo que pensaba encontrar un apartamento decente y razonablemente bien situado en el que poder vivir.

Aunque, pareciéndome una ciudad de tantos contrastes, igual me lo encuentro en el momento o lugar más inesperado y, por tanto, contradictorio.

[Fotografía del tráfico en la Avenida 27 de febrero, una de las principales arterias de Santo Domingo, que cruza la ciudad de este a oeste, tomada el 14 de enero a las 19:20 hora local (23:20 en Canarias), cerca de su intersección con la avenida Ortega y Gasset]

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