Desde que, a mediados de julio, me comunicaron que mi destino para 2009 iba a ser la República Dominicana, una de las cosas que tuve que escuchar en más ocasiones fue que debía armarme de paciencia a la hora de tramitar el visado y, además, hacerlo cuanto antes, ya que la burocracia caribeña suele tomarse todos sus trámites con paciencia.
Durante los más de dos años que he vivido en Madrid he tenido que soportar a algún que otro peninsular que, intentando hacerse el gracioso, comentaba que en Canarias nos lo tomamos todo con calma y trabajamos mucho menos que en el resto de España, porque el calor nos deja aplatanaos. Nada más lejos de la realidad. Es cierto que, por lo general, nos tomamos la vida de forma más tranquila; con menos estrés, pero ello no tiene por qué implicar un aplatanamiento y una menor productividad.
Y pensé que algo de eso debía haber en el tópico de la lentitud de la burocracia caribeña. Sobre todo, cuando a finales de septiembre, en el Consulado General de la República Dominicana me informaron de la documentación necesaria y los plazos para la obtención del visado, cuyo tiempo máximo de tramitación oscilaba entre los 15 y 20 días, tal y como aseguraban en su web.
A pesar de que aún disponía de casi tres meses, empecé a recopilar la documentación necesaria para ir ganando tiempo. Hice bien, porque tardé más de tres semanas en conseguir un certificado de antecedentes penales y legalizar su firma. Para ello, tuve que ir dos veces a las oficinas del Ministerio de Justicia -aunque sólo fuera para llevar el papel de una mesa a la de al lado y que le pusieran un sello- y una tercera al de Asuntos Exteriores, donde, aunque es necesario tener cita previa, pasé más de tres horas -una de ellas bajo la lluvia- para cumplimentar un trámite de menos de un minuto.
En cambio, al día siguiente de presentar toda la documentación en el Consulado me llamaron para decirme que tenía que necesitaba un documento más. Diez días después de entregarlo, ya tenía el visado aprobado y estampado en mi pasaporte.
Al final resultó que sí tenía que armarme de paciencia, pero no por la burocracia dominicana, sino por la española, lo que me hizo recordar unos viejos anuncios que proponían un Caribe contagiado del estrés del mundo occidental y llegar a la conclusión de que los tópicos casi nunca aciertan y que la ausencia de prisas por todo no significa incompetencia, sino una mayor calidad de vida, algo en lo que me parece que coincidimos la inmensa mayoría de los habitantes de tierras cálidas.
[Fotografía de kconnors/Morguefile]
