Recuerdo pasar muchas tardes de julio en casa de mi abuelo en Tenteniguada (Valsequillo). Rutinariamente a eso de las cuatro y media Paco Suárez, así se llamaba, encendía la tele y se disponía a ver los toros. Me decía que me sentara por allí para verla, pero aquel chiquillo que hoy escribe prefería salir al inmenso patio que era el campo y pisar las ciruelas que enrojecían los senderos de alrededor.
Algún tiempo después, y quién sabe si por aquel trauma, me alegro de ver muchas menos corridas de toros en televisión, y sobre todo en TVE. No me gusta un espectáculo animal en el que la sangre, la muerte y el orgullo de asesinar son referentes.
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