Permitanme un post. Me entero por la columna de opinión Del Director de la muerte de un periodista salvadoreño. Un periodista que conocía. Un tipo valiente. Se me ponen los pelos como escarpias y me tiembla el cuerpo.
Les cuento que este jóven que escribe emigró a El Salvador a trabajar hace un tiempo. Un día cualquiera me atracaron a punta de pistola posándome un gélido tubo negro en la base del cuello y exigiéndome todo lo que tenía. Escribí la crónica del suceso y de como terminó. El periodista que ayer murió puede ser cualquiera en El Salvador.
La crónica la titulé 'La vida no vale nada' y comienza así:
Llevaba un día de trabajo bastante largo; era lunes y estaba cansado. Al fin terminé y me dispuse a tomar el transporte público en la parada de al lado de la embajada de Estados Unidos
Es algo que suelo hacer con normalidad, a diario dos veces, al menos. El microbús de la ruta 44 es el que tomo con frecuencia para que me traslade hasta casa. Entré, le di la “cora” al cobrador y me senté en el único asiento que había libre.
Al lado iba una señora que jugaba con su hijo a esconderle el celular para que lo buscara. Mi mirada cayó en ellos, inconscientemente. Es algo que me suele pasar.
Luego, quedé absorto en la lectura de “El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde. Decía Harry, uno de sus personajes, que el único fin de la vida es buscar la independencia y disfrutar de las pasiones naturales de cada uno de nosotros. Esta frase me hacía pensar mientras, divagando, volví a caer en el divertimento de la señora con su hijo. Ella me miró y esbozó una amable y simpática sonrisa que con gusto correspondí, y volví a dirigir mi mirada a la lectura.
Poco después escuché un suave alboroto en el microbús, pero, maniático ante mi lectura, decidí no levantar la cabeza hasta el siguiente punto, como siempre hacía, para poder retomarla. Lo siguiente que sentí fue algo gélido y duro que me presionaba la nuca y una voz juvenil que me decía: “Hey, gringo, dame todo lo que tengás”.
A pesar de que siempre pensé que en un momento así vendrían a la cabeza los tópicos que dicen todos, que se te pasa la vida en imágenes y demás, lo primero que pensé fue: “¡Hostia, no soy gringo! Pero le voy a dar lo que él quiera”.
Eran las 6:30 de la tarde aproximadamente y acababa de dejar atrás la UCA. En la parada que le correspondía hacer en La Ceiba ya no se detuvo, los ladrones le decían al motorista que no parara.
Momentos después mi celular estaba en la mano del joven. Yo quedé abrazado a mi habitual mochila gris, que ni siquiera tentó. Aun así, no habría encontrado mucho. La señora había puesto a su hijo en el suelo y se buscaba en los bolsillos algo que sacar para contentar a un joven al que no me atreví más que a mirar un instante, pero cuya mirada directa se me quedó grabada para siempre. Mirada de rabia y de tristeza. Insegura, quizás.
El microbús iba por el bulevar Los Próceres mientras el pandemónium aumentaba por momentos. El motorista dejó la ruta usual y evitó hacer paradas. Mientras tanto, los asaltantes iban limpiando y apropiándose de todo aquello que creían que les pertenecía por el hecho de ser ladrones.
La noche ya había caído en San Salvador. La oscuridad guiaba al autobús. El cobrador había recibido un golpe con la pistola en la cara por presentar resistencia y, con el ojo hinchado, sentado se daba un baño en lágrimas. La tensión crecía por momentos.
Los ladrones estaban agolpados al lado de la puerta como dispuestos a bajar del vehículo. Tras de mí, un chico con gorra roja comenzó a hacer aspavientos, mientras su compañera le decía que se estuviera tranquilo, que ya había pasado. “No soporto a los mañosos”, insistía él, indignado, humillado y con la cara completamente desencajada.
Los raptores finalmente bajaron del vehículo en la 49.ª avenida sur y los hechos se precipitaron. El de gorra roja consiguió acercarse a una ventana y la abrió. Estaba cada vez más nervioso. Su novia miraba a otro lado. Súbitamente se levantó y gritó: “¡Todos al suelo!”. Pistola en mano se dirigió a la ventana que había abierto.
No me agaché. Fue una reacción natural. Tan solo me quede mirando. No entraba en mi cabeza que intentara disparar a los ladrones. Lo recuerdo como en cámara lenta. Lo miré y le vi el ensañamiento en la cara. Sus ojos afilados. La lengua mordida. Miré la pistola. Salió como fuego de ella. En ese momento
reaccioné y como loco me agaché.
Escuché cinco disparos más por su parte y uno que devolvió uno de los ladrones, quizá con la pistola que minutos antes había acariciado sutilmente la parte trasera de mi cuello. Así fue el breve pero cruel intercambio que se produjo en la 49.º avenida sur.
“¡Dele, dele!”, apremiaban los pasajeros con voces atronadoras al motorista, urgidos de huir del lugar del crimen. Me dio tiempo de echar un vistazo atrás, y ahora me arrepiento. Dos cuerpos permanecían en el suelo; supongo que fueron alcanzados por las balas del pasajero. Otra imagen para la galería de la retina.
Algunos de los viajeros mostraban su alegría: “Se lo merecen, así se ahuevan para la próxima”, decía una joven, en un tono elevado.
El motorista aceleró. Unas cuadras más adelante, cerca del estadio, el pistolero y su novia pedían que parara, que los dejaran bajar, y algunos pasajeros gritaban “dele chance, dele chance”. El pistolero bajó y salió corriendo.
La 44 llegó a Metrocentro. Ahí la Policía anduvo preguntando a algunos pasajeros sobre lo sucedido. Hablaron con el cobrador sobre los hechos. En las siguientes paradas el cobrador, ojo hinchado y colgado de la puerta, volvía a gritar: “Zacamil, proyectos, a ‘cora’”, como si nada hubiera pasado.
Bajé del microbús, caminé los cinco minutos que tengo hasta llegar a casa, me senté y, antes de hablar, rompí a llorar, porque a veces siento que la vida no vale nada.