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El aguijón de Sting sobre Gran Canaria (y 2)

Como comentábamos en la anterior entrada de este blog, los grancanarios llevaban demasiado tiempo sin echarse un artista "multinacional" a la boca (el conciertazo de Patti Smith este año debería de contar, pero me temo que su magnetismo sólo funciona entre las grandes minorías, nada suficiente como para llenar un estadio). Por tanto, el peso específico de Sting ensombrece cualquier pega que se le pudiera poner pegas al formato con el que nos visitó.

Admitámoslo, esto de incorporar una orquesta sinfónica a un repertorio pop -por muy variados que sean los ejercicios de estilo que ha realizado Sting a lo largo de su carrera- no deja de ser un capricho que le estamos pagando al contado número de artistas que pueden permitírselo. Lo hicieron en su día los jevis Metallica, y el pasado año pudimos ver cómo se lanzaban a ese campo Peter Gabriel (con una aproximación más oscura y profunda, y por tanto menos vendible) y nuestro ya amigo Sting. Mientras tanto, tenemos que comprobar como muchos artistas indies, o de alcance medio se tienen que resignar a reducir bandas, o a hacer giras acústicas en solitario para que los programadores se animen a costear sus conciertos en estos tiempos de crisis. Parece que la ley de los mercados también se aplica al mundo pop.


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La Orquesta Filarmónica de Gran Canaria realizó un trabajo impecable, reconocido por el propio Sting, según cuentan quienes hablaron con él. Pero eso no quita que el invento resultaba infernal e innecesario en muchas ocasiones, con arreglos que no distaban mucho de esos infames discos de arreglos orquestales de éxitos que podemos escuchar en ascensores y en restaurantes chinos con crisis de identidad. Sólo que, amigo, al frente de esos arreglos está un Sting impecable en el apartado vocal, y encima estamos hablando de un puñado de canciones que se han ganado justamente un hueco mayúsculo en la cultura popular internacional.

Vamos, que si se pudiera elegir, hubiese preferido ver al señor Summers con cualquiera de las formaciones que le acompañó en previas giras (me viene a la mente esa en la que le acompañaban el inmenso Vinnie Colaiuta a la batería, David Sancious al teclado, y Dominic Miller -este sí que vino a Gran Canaria- a la guitarra). y no me pido a los otros dos miembros de The Police para no pecar de ambicioso.

Funcionaron los temas que ya tenían ADN orquestal:La versión de Russians rescató de forma impactante las melodóas de Serguéi Prokófiev que le sirvieron de inspiración; los pizzicatos que sujetan la muy celebrada Englishman in New York sonaron más solemnes que nunca (no dejaba de resultar curioso escuchar cómo las improvisaciones jazzísticas al saxo soprano que realizaba Brandford Marsalis en la versión original, eran aquí sustituidas por una más académica interpretación de un clarinetista de la orquesta); Moon over Bourbon Street se las arregló para conservar su aire nocturno y sugerente; la sección de cuerdas supo imprimir las esencias orientales que precisaba Desert rose; y las bonitas Fields of gold y Shape of my heart (en la que lució a sus anchas la guitarra acústica de Dominic Miller) se dejaron envolver por un colchón orquestal que les venía muy bien.

Otros momentos fueron mucho menos lucidos en la transición hacia el formato sinfónico, sobre todo cuando se trataba de abordar el sacrosanto repertorio de The Police No convenció lo de poner a prueba el sentido rockero de la orquesta, ni más ni menos que con Next to you el punkarra tema que abría el disco de debut del oxigenado trío; Roxanne salió adelante por su condición de clásico indiscutible, pero su energía original quedó diluida entre demasiada floritura orquestal innecesaria (eso sí, le alabo el detalle al diseñador de luces, que optó por hacer caso al estribillo de la canción, tiñendo de rojo el escenario. "Put on a reeeeed light!").

Luego están los temas que ya tenían poca salvación de entrada. Sting nos ha regalado composiciones de oro en sus más de tres décadas de carrera, pero también ha cometido algún que otro atentado contra el rock and roll, y en su concierto grancanario decidió rescatar dos de los más imperdonables: When we dance y This cowboy song (esta última con algún baile celta incluido, para más inri).

Pero nada de esto nos podía preparar para el momento más matador de la noche. ese dueto con la corista Jo Lawry en Whenever I say your name al que no le faltó ni uno solo de los peores tics de la escuela Operación Triunfo (impecablemente interpretado, eso sí). Y es que el bueno de Sting, cuando no tiene a alguien como Stewart Copeland vigilando sus espaldas, puede tener irreprimibles tendencias a perderse en el horterismo ilustrado.

No se quejará Sting del entusiasmo del respetable. Coreó cuando fue invitado a ello, y saludó con gritos de aprobación los primeros acordes de cada una de las canciones célebres (casi todas). he leído y escuchado algún que otro comentario en contra de este comportamiento. ¿Qué esperaban?. Aunque estuviera la gente sentada, y a pesar del caracter sinfónico de la cita, estábamos en un estadio celebrando el repertorio de alguien que se labró su fama en el marco del rock. Si quitamos ese tipo de respuesta y obviamos esas circunstancias, poco nos quedaría para acordarnos de por qué le rendimos tanta pleitesía a Sting en su momento.

Al final, cuando los aplausos forzaron un ultimísimo bis, cayó un Message in a bottle en versión a solas con la acústica. Y funcionó, vaya si funcionó. Porque cuando se tiene voz, carisma, y una buena canción, hasta con un acompañamiento de zambombas puede funcionar la cosa.

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