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Los mejores discos del 2010 (3)

GRINDERMAN
Grinderman 2 (Mute / Pias)

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Justo cuando sus Bad Seeds estaban sonando mejor y más centrados que nunca, Nick Cave sorprendió a propios y extraños montándose un proyecto paralelo. Lo gracioso es que, siendo una versión reducida de los Bad Seeds, Grinderman hacen el doble de bulla. Esa es, precisamente, la idea: dejar atrás la contención y el miedo al ridículo (lo cual explica los disfraces de antiguos soldados griegos que lucen en el videoclip de Heathen child), y salir de la zona de confort, enseñando los colmillos a base de blues primigenio, cuerdas perversas (el violín de Warren Ellis en el tema inicial, Mickey Mouse and the Goodbye Man, parece un ejército de uñas deslizándose sobre una pizarra), y distorsiones inquietantes.

Para Cave, eso significa cambiar su bien documentada disciplina creativa por la improvisación ante el micrófono; y ya se sabe que cuando se deja rienda suelta al subconsciente, se corre el riesgo de despertar a nuestro lado más perverso. O sea, que en lugar de hablarnos sobre Dios, el Cave de Grinderman prefiere poner voz a una especie de diablo que disfruta asustando a sus víctimas y bordeando el acoso sexual («Escucha a través del teléfono / una voz que te viene desde la distancia / su respiración suena fuertemente y tú estás sola / hay algo que te quiere decir», canta en Evil).

Todo eso produciría hasta rechazo, si no estuviera, como está, presentado con extrema inteligencia y el inconfundible sentido del humor del australiano. Casi dan ganas de ceder a las tentaciones de alguien que trata de seducirnos con argumentos como éste:

«¿Qué es lo que te ha dado ese marido que tienes? / Oprah Winfrey en una pantalla de plasma / y una manada de imbéciles con orejas de soplillo y dientes torcidos / los niños más feos que he visto en mi vida» (Kitchenette).

Musicalmente, la segunda entrega de la saga Grinderman perfecciona y radicaliza su fórmula, mostrando a una banda completamente cómoda en su papel, y con unas canciones que, con la salvedad de algún que otro relleno (Bellringer blues se parece a decenas de canciones ya compuestas por Cave), se muestran más sólidas que las del debut.

Incluso cuando la banda quita el pie del acelerador, un aire de amenaza planea constantemente en el ambiente. When my baby comes parece estar a punto de estallar constantemente, hasta que, en su recta final, lo hace con un mastodóntico riff de guitarras sucias. What I know, por su parte, se desarrolla en una atmósfera de aparente calma, pero más bien parece el susurro de un asesino en potencia antes de perpetrar su crimen maestro.

El único respiro real, casi hasta el punto de resultar ajena a este disco, está en Palace of Montezuma, una canción que casi podría definirse como popera, en la que Cave ofrece a su amada todo tipo de parabienes. Claro que, estando donde estamos, se le va la mano con la generosidad:

«Te daré la espina dorsal de JFK / envuelta en el salto de cama de Marilyn Monroe»


TEENAGE FANCLUB
Shadows (Pema)

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Lo que pone su etiqueta suena a engaño. Ni ya ton tan teenagers como para montar un club de fans, ni dan muestras de la oscuridad que insinúa el título de su octavo disco, Shadows. Y sin embargo, a estas alturas del juego, su propuesta es transparente y maravillosamente predecible. Lejos de las afiladas distorsiones de sus primeros discos (con los que llegaron incluso a ser aceptados dentro de la marea grunge de los 90), los escoceses se han abonado a un impoluto pop de guitarras rasgueantes, donde la única diferencia entre disco y disco la marca la inspiración de sus tres compositores. Y esta vez sí que andan inspirados, casi tanto como en su último gran disco, Songs from Northern Britain (1997).

Siguen repartiéndose ordenadamente el micrófono y la pluma: una de Norman Blake, una de Gerard Love, una de Raymond McGinley, todos armonizan en las de todos, y vuelta a empezar; así hasta llegar a doce canciones, cuatro por cabeza.

Cuando hay variedad, entran los gustos, así que he de admitir mi debilidad por el clasicismo elegante de Norman Blake (especialmente excelentes sus Baby Lee y When I still have thee), aunque a Gerard Love hay que concederle el mérito de abrir el disco con Sometimes I don´t need to believe in anything, desde ya parte de lo más lustroso del repertorio de esta auténtica institución del pop británico.


CROWDED HOUSE
Intriguer (Universal)

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Éste es realmente el disco que esperábamos de la reunión de Crowded House tras más de diez años de silencio. Sabemos que el regreso se confirmó oficialmente con Time on Earth (2007), pero ese era un disco originalmente concebido con la intención de ser un disco en solitario del líder indiscutible del proyecto, Neil Finn. La repentina muerte del ex -batería de Crowded House, Paul Hester, rescató lazos entre el resto de componentes, y Finn optó por invitarles a terminar el trabajo que tenía entre manos. Sin tratarse de un mal disco, el peso de la tragedia reciente se notaba, y carecía del espíritu aventurero que caracterizaba todos los trabajos de la legendaria formación neozelandesa. Nos merecíamos una revancha.

Ojo, porque tenerlos de vuelta no quiere decir que se hayan dedicado a facturar como churros piezas del gancho comercial de sus viejos éxitos Don´t dream is over o Weather with you. Hace tiempo que Neil Finn optó por no apoyarse exclusivamente en su don para las melodías cautivadoras. Su carrera reciente es una lucha entre la experimentación moderada y los estribillos tarareables (recordemos que su primer disco en solitario se titulaba «Intenta silbar esto», casi a modo de desafío a lo que se esperaba de él). No le ha ido mal así. Quizás su público se haya visto reducido respecto a los días en los que su música dignificaba las radiofórmulas, pero ha conseguido mantener una carrera sólida, y granjearse el respeto de la creme del pop contemporáneo, como Wilco y Radiohead, con quienes ha colaborado en varias ocasiones.

Intriguer es consecuente con las inquietudes del Finn actual: alterna canciones como Isolation -un dúo con su esposa Sharon que pasa de la ensoñación delicada al descargue psicodélico-, con la urgencia rockera (siempre endiabladamente melódica) de Twice if you´re lucky, o con un medio tiempo "a lo McCartney" como Falling dove.

La banda responde con solvencia e imaginación a los envites que Finn lanza en sus canciones. De la formación original sólo queda el bajista Nick Seymour, aunque el multi-instrumentista Mark Hart lleva el suficiente tiempo en el proyecto como para ser considerado un Crowded House de derecho, y el baterista Matt Sherrod se ha ganado ya los galones con sus aportaciones rítmicas.

Tan sólo faltaba la guinda que ha puesto el veterano productor Jim Scott, cuyas atmósferas cuidadosamente desplegadas a lo largo de cada canción convierten este trabajo en uno de los más interesantes a nivel sonoro de la carrera de la banda. Una carrera que, aleluya, ha vuelto para quedarse. Ahora sí.

THE DRUMS
The Drums (Universal / Coop)

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Para ser la última sensación del pop de guitarras, estos neoyorquinos (vía Florida) se apoyan con bastante alegría en los teclados; y, para llamarse The Drums, sus baterías suenan sospechosamente a ritmos programados sin grandes alardes de imaginación.
Entonces, ¿qué es lo que ha puesto a The Drums en boca de todos, para bien y para mal? Probablemente tenga que ver su cuidada imagen de "nuevos-nuevos románticos", o que el auto-martirio a lo Morrissey puesto en boca de un artista joven siempre queda muy resultón, o que han bordado su intención de inyectar alegría a los argumentos musicales de Joy Division y New Order, o que cuentan con el aliciente infalible de canciones inmediatas y frescas como Let´s go surfing (a lo mejor, hasta demasiado inmediatas y frescas, ya que letras como "Mama, quiero surfear, no me importa nada más" suenan a anacronismo en el escéptico nuevo milenio).
Su debut discográfico escapa gracias a todo lo mencionado, aunque en la recta final de sus ajustados 40 minutos se empieza a acusar la falta de ambición de estos chicos (manifestada con orgullo en cada una de sus entrevistas), y la cosa empieza a atragantarse por repetitiva. De ellos depende que en el futuro no pasen de moda a broma.


BUNBURY
Las consecuencias (EMI)

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Nadie como Bunbury para encarnar al artista comprometido con su musa, solo contra un mundo que no termina de acogerle del todo. Hay algo de impostado en esa pose, ya que no estamos ante un creador maldito, sino ante alguien que se ha ganado el respeto de compañeros de profesión, de un sector de la crítica (otro lo tendrá que dar por perdido para siempre), y de un público que, si bien nunca será tan numeroso como el que seguía a Héroes del Silencio, es suficiente para permitirle una libertad artística de la que gozan pocos en nuestro rock.

«Que no me atrape lo mundano, si prefiero no estar quieto», canta en De todo el mundo, toda una declaración de intenciones (sus canciones, casi todas en primera persona, están plagadas de ellas). Por no estar quieto, el maño ha ido cambiando el paso con cada disco.

Si Hellville de luxe (2009) era su trabajo más exuberante y rockero desde aquellos lejanos días heroicos, Las consecuencias nos ofrece su reverso calmo, acústico y oscuro. El autor nos revela que ambos trabajos, junto a su disco compartido con Nacho Vegas, El tiempo de las cerezas (2007), conforman lo que él llama la trilogía de «canciones desde el puerto», donde el eterno viajero ha detenido su rumbo para madurar desde la paz del hogar una serie de composiciones de profunda raíz norteamericana.

La placidez instrumental de Las consecuencias (guitarras acústicas, harmónicas, órgano Hammond, y arreglos de cuerda que lucen especialmente en la muy Beatle Ella me dijo que no) es sólo una máscara para hacer más llevaderas unas letras especialmente profundas y dolorosas, centradas en nuestra incapacidad compulsiva de comunicarnos y entendernos entre nosotros (un ejemplo, de Lo que más te gustó de mí: «Me dices que soy un tipo particular / cuando esas pequeñas bromas te hacían reír hasta llorar / y ahora las odias, aunque no me conozcas»).

El disco está pensado para calar en el oyente a partir de dos caras diferenciadas, como los vinilos a los que tanta pasión profesa Bunbury. En lo que sería la cara B hay huecos para la electricidad, tanto en la épica Los habitantes (que podría servir para enganchar a nostálgicos de Héroes, y que incluye un fantástico final instrumental para lucimiento de toda la banda), como en la canción estrella Es hora de hablar, una apabullante interpretación vocal que empieza desde el susurro para finalizar con su grito más desgarrado («Que quiero hacer muchas cosas por ti, las más posibles», una hermosa frase, incluso cuando se berrea a pleno pulmón).

Para redondear este gran disco -de los más coherentes y completos de la carrera de la carrera de Bunbury-, llega una inesperada versión de Jeanette, Cara a cara, a dúo con Miren Iza (Tulsa). Lo extraño, y es ahí donde reside el mérito de la elección, es que esta canción de 1981 encaja a la perfección con el universo de este disco, tan desolador, y a la vez lleno de fragilidad y belleza.


ISOBEL CAMPBELL & MARK LANEGAN
Hawk (V2 / Nuevos Medios)


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Ya van tres colaboraciones entre Isobel Campbell y Mark Lanegan. Algo de intangible encanto tiene la combinación de la inocente voz de la escocesa con el rasposo barítono del norteamericano. La bella y la bestia, la buena y el canalla. Es la fórmula secreta para un tipo de química que no se vivía en el mundo de los duetos musicales desde los tiempos de Nancy Sinatra y Lee Hazlewood (innegable referencia estética y sonora para la pareja que nos ocupa).

La primera que sabe lo bien que funciona esto es Isobel, y por eso traga con ceder parte de la gloria, a pesar de que es ella la que se pega meses componiendo las canciones y haciendo los arreglos; luego viene el amigo Mark, refunfuñando, y graba sus partes en un par de horas. ¡Pero qué partes, oiga! Encima, el hombre se niega a cantar más de una canción de Townes Van Zandt para no encasillarse. No pasa nada; Isobel -que había escogido dos versiones del malogrado cantautor- traga saliva y remueve cielo y tierra para encontrar un compañero ocasional con el que cantar No place to fall (el oyente no sale perdiendo: Willy Mason sabe estar a la altura).

A ella al menos le queda el consuelo de saberse al volante del vehículo (¿creen que la portada es casual?), y el gustazo de ofrecer algo que es mucho más que la suma de sus elementos. Hablando de darnos el gustazo, apunten Come undone entre las candidatas a canción del año 2010.

SEABEAR
We built a fire (Morr / Pop Stock!)

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Más música de alto calibre que nos llega desde Islandia. Esta vez no es ni una excéntrica visionaria -a lo Björk-, ni un reflexivo compositor de neoclásica -a lo Daníel Bjarnason-, ni unos expertos en traducir a códigos de post rock el paisaje eterno de su país -a lo Sigur Ros-. Lo que aquí tenemos es un septeto de folk rock construido para acomodar la visión de su líder, Sindri Már Sigfússon.

We built a fire es su segundo trabajo, el que les ha llevado a ser definidos como un cruce entre Sufjan Stevens y una versión desenchufada de Arcade Fire. El símil se las trae, pero resulta exactamente lo que a uno le viene a la mente en cuanto escucha la susurrante voz de Sigfússon, unas melodías que se mueven entre la euforia y la exaltación de la belleza, y unas orquestaciones de aroma casero.

LCD SOUNDSYSTEM
This is happening (DFA / EMI)

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Rompiendo las normas habituales en la música bailable, James Murphy alcanzó el estrellato cuando ya andaba bien entrado en sus treinta. Esto tiene su parte buena, porque usó todos sus años acumulados como melómano obsesivo para colar como tendencias novedosas una serie de ritmos y melodías heredados de bandas curadas por el tiempo como Kraftwerk, The Fall, Talking Heads o Can.

El inconveniente está en que su mecha como artista en el sentido convencional de la palabra (discos, giras, entrevistas promocionales) es más corta de lo deseable. De hecho, si hemos de creerle, estamos ante el último disco de LCD Soundsystem. Al fin y al cabo, este era un proyecto en el que Murphy fue desarrollando un discurso muy concreto, una aventura que comenzaba hace ocho años con la pura ironía de Losing my Edge, un contagioso single en el que Murphy ya se lamentaba por ser demasiado viejo como para seguir el paso musical que marcaban las nuevas generaciones.

Después de tres discos que han servido para contradecir semejante confesión, llega el momento de la retirada. Eso no tiene por qué significar que le vayamos a perder de vista. Seguro que en el futuro seguirá vinculado a actividades musicales, ya sea como capo del sello DFA, como mezclador, o incluso como artista en solitario más desvinculado de la tiranía del baile (un ejemplo de ese posible camino lo podemos encontrar en su reciente banda sonora para la película Greenberg).

Como canto de cisne discográfico, This is happening cumple con todo lo que ya habíamos llegado a esperar de LCD Soundsystem. El pulso sigue siendo eminentemente brioso, sólo roto casi al final con Somebody´s calling me, cuyas voces lánguidas, líneas de piano enfrentadas y fraseos psicodélicos de voz y sintetizador conforman un cuadro inquietante.

Muchas de las composiciones contagian no sólo por sus ritmos, sino también por sus melodías (interpretadas con convicción por un Murphy que cada vez domina más registros vocales), aunque resulte complicado adivinar si alguno de los nueve cortes incluidos podría convertirse en un éxito (una circunstancia abordada directamente en la fantástica You wanted a hit: «Querías un éxito, pero tal vez nosotros no hacemos éxitos / Por más que ,o intento, la cosa nunca acaba de salirme del todo bien»).

De hecho, Drunk girls -un frenético punk rock que ha sido definido con acierto como un cruce entre el Girls & boys de Blur y el White light / White heat de la Velvet- puede haberse ganado el honor de ser el primer single por su cómoda duración (apenas cuatro minutos en un disco en el que la media por canción es de siete minutos), no por ser especialmente representativa.

También planea en todo momento la influencia del Bowie de Berlin, el producido por Brian Eno, algo que llega a homenaje directo en All I want, donde las guitarras parecen una extensión de las de Heroes. La cuota de piloto automático llega con Pow pow, donde Murphy vuelve a hablar más que cantar sobre una base saltarina, al más puro estilo de la mencionada Losing my Edge.

Tal vez la mejor canción sea Dance yrself clean, con las dinámicas perfectamente divididas entre la calma sugerente del principio y el tecno cortante de la segunda parte. Su hipnótico estribillo vuelve a hacer acto de presencia para cerrar el último tema, Home, lo que le da al disco -y a la carrera de LCD Soundsystem- un agradable tono circular.


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