EELS
End times (Nuevos Medios)
Atención, que Mark Oliver Everett nos va a hablar de las relaciones humanas:
«Todo es maravilloso y libre... al principio» (The beginning).
Por supuesto, tratándose del mundo de Everett y de sus Eels (cada vez más claramente un proyecto unipersonal), ese bonito comienzo no es sino una situación contextual para dejarnos claros por qué los finales son tan devastadores. Los discos sobre rupturas emocionales son casi un subgénero dentro del rock, desde el Blood on the tracks (1975) de Dylan hasta el Heartbreaker (2000) de Ryan Adams. Teniendo en cuenta su probado talento para convertir sus numerosas miserias personales en conmovedoras melodías de pop herido, Everett tenía todos los boletos para, a la mínima que su vida le pusiera en la tesitura, entregar un «disco de divorcio» de los que dejan huella. End times es precisamente eso.
En su fascinante autobiografía, Cosas que los nietos deberían saber (publicada en castellano por Blackie Books), Everett nos da algunas claves sobre el origen de su sonido, y sobre por qué muchas de sus interpretaciones comparten el aire áspero de Plastic Ono Band (1970), el debut en solitario de Lennon:
«Lo que me encanta de John Lennon (y de Elvis Presley, ya que estamos) es que era gente muy insegura, y eso para mí es lo que los hace artistas absolutamente humanos. Por más aplomo que le echasen, al final siempre tenías la sensación de haber experimentado algo real».
Si pensamos, por tanto, que gran parte de la carrera de Eels tiene como objetivo encontrar encarnaciones musicales de nuestra fragilidad, bien podríamos considerar que éste es su disco más logrado.
No es que a nuestro protagonista le estén dejando ahora por primera vez, pero las heridas tardan más en sanar ahora que se acumulan los años y crece el miedo a una soledad indefinida. Así lo canta en torno a la hermosa melodía de In my younger days:
«En mis años mozos, esto no me habría afectado tanto / pero ahora se me hace muy duro, cada vez me quedan menos salidas».
No todo son lamentaciones en forma de balada; también hay espacio para la rabia, que en Everett se manifiesta en Gone man y en Paradise blues, dignas continuaciones del rock and roll primitivo que dominaba su anterior trabajo, Hombre lobo (2009).
Que nadie confunda End times com un disco triste. Más bien es todo lo contrario. Si hay algo que distingue a Eels de otros profesionales de la miseria, es ese aire reconfortante que se esconde en la rugosa voz de Everett, así como su capacidad para encajar alivio cómico incluso en la más patética de las situaciones. Es aquello que el escritor Rodrigo Fresán ha definido como «la inamovible voluntad de entristecer con la tristeza hasta conseguir en el oyente una rara forma de euforia».
Sirva de ejemplo la insuperable imagen con la que se abre el primer single A line in the dirt: «Ella se ha vuelto a encerrar en el baño / así que estoy meando en el jardín».
Este 2010 contó con un segundo disco de Eels, Tomorrow morning, mucho más luminoso, y electrónico, aunque casi igual de recomendable.
FOALS
Total life forever (Warner)
Antidotes (2008) fue un debut audaz, conectado con el zeitgeist del momento a través de sus ritmos bailables (a lo Franz Ferdinand), sus guitarras de lejana inspiración africana (a lo Vampire Weekend), y su pose arty con miras a Nueva York (a lo TV on the Radio). Pues ahora toca olvidarnos de todo eso. En su esperado segundo disco, la banda de Oxford ha dado un salto tan grande como el que dieron sus paisanos de Radiohead cuando pasaron del Pablo Honey (1992) al The Bends (1995). Con Yannis Philippakis explorando matices vocales que no esperábamos de él (pensábamos que era un simple gemidor resultón), y con unas composiciones cuya mezcla de influencias ha dejado de ser discernible, Foals son ahora una fuerza a ser seriamente considerada. Te harán bailar, te harán pensar, y te conmoverán. Esto, definitivamente, ya no es simple y frío math rock.
JORGE DREXLER
Amar la trama (Warner)
Que nadie piense que el artista sólo puede crear obras de peso cuando está desolado o atormentado. En Amar la trama nos encontramos con un Jorge Drexler esencialmente feliz, atrevido, y envuelto en una «ilusión infantil que dura hasta hoy», como confiesa en una de sus nuevas canciones. Por más que en la alegre rumba Las transeúntes nos insinúe que no siempre la inspiración le queda a mano («Las musas huyen si las asedias / y otra canción que va a quedar a medias»), la sensación que deja es la de un cancionista que siempre va a saber sacar jugo de la más minúsculas de sus reflexiones. Prueba de ello está en el primer single, La trama y el desenlace, cuya temática se reduce a algo tan insignificante, y a la vez tan sublime, como un paseo por la calle junto a su chica. Los versos de esa canción fluyen con verbo ágil, describiendo aquellos factores intangibles que hacen que la feliz pareja acabe caminando al unísono:
«Y sin plantearlo tú, acaso / como quien sin quererlo, va y lo hace / Te vi cambiar tu paso hasta ponerlo en fase / en la misma fase que mi propio paso».
Cabe deducir, por cierto, que quien camina en fase con él es Leonor Watling, quien, además de dejar su voz en el disco en ese hipnotizante tango llamado Toque de queda, es madre del hijo al que Drexler dedica Noctiluca, una pieza que refleja con delicada poética todos aquellos miedos que asaltan a cualquier pre-papá:
«La noche estaba cerrada y las heridas abiertas / y yo que iba a ser tu padre buscaba sin encontrarme en una playa desierta».
Es tanto el positivismo que rodea a este disco, que su autor llega a buscar la manera de canalizar su agradecimiento por todas las circunstancias que han influido en su estado actual. Eso es Una canción me trajo hasta aquí, dedicada a Ana Belén y a Víctor Manuel, probablemente por esa canción en una maqueta que, «varias primaveras atrás», hizo que la pareja moviera sus hilos para que ese talentoso uruguayo encontrase cobijo en la escena musical española.
Después del marco sonoro, a medio camino entre lo acústico y lo electrónico, que Drexler había sabido tejer en sus últimos trabajos, siempre tutelados por el productor Juan Campodónico, parece hasta una temeridad que haya cambiado de rumbo hacia un festín de lo orgánico y de lo inmediato. Amar la trama está tocado casi íntegramente en directo, frente a un silente público que hace las veces de diana y emisor de vibraciones, ya que Drexler había percibido que hay un extra de implicación en la manera en que un músico toca cuando sabe que le está observando alguien.
Con una banda tan bien ajustada y tan rica en instrumentaciones, enseguida asumimos que éste es el ambiente natural en el que han de respirar las canciones; o al menos las canciones de un Drexler que, al estar tan feliz, contribuye a que nosotros queramos estarlo con él.
BIGOTT
This is the beginning of a beautiful friendship (Grabaciones en el Mar)
El zaragozano Borja Laudo es único en lo suyo, y sus discos son todo un ejemplo de imaginación, belleza, excentricidad, y sensibilidad melódica. This is the beginning of a beautiful friendship es su cuarta llamada a la puerta de la genialidad, en la que ha llevado hasta el extremo la complicidad que ha ido tejiendo con el productor Paco Loco. En comparación con trabajos anteriores, nos encontramos con un Bigott menos eléctrico, ajeno a los encasillamientos instrumentales propios de una banda convencional (es Paco Loco el que se hace cargo de casi todos los arreglos e instrumentos), y capaz de echarle un pulso creativo a artistas reconocidos del freak folk contemporáneo, como Devendra Banhart. A pesar de lo adictivas que son las canciones más alegres (coros como los de Honolulu, o los de The jingle swing se clavan instantáneamente en la memoria), la verdadera joya de este breve y embriagador disco es My my love, una balada minimalista que se las arregla con una guitarra y un slide para desarmar nuestras defensas.
VAMPIRE WEEKEND
Contra (XL / ¡Pop Stock!)
La revolución comenzó con Graceland (1986). Y no me refiero a la sensación que causó Paul Simon -uno de los cantautores más blancos que podamos imaginar- con su acercamiento literal a África en ese ya histórico disco, sino a la que se armó hace un par de años cuando Vampire Weekend -la banda más blanca que uno pueda encontrar en el efervescente barrio de Brooklyn- usó parámetros similares para su debut (Vampire Weekend, 2008), provocando una onda expansiva que ha soldado indefinidamente los sonidos del indie actual con los del continente negro.
Entre cada alabanza dedicada a esta joven formación con pinta de empollones en una universidad cara alguien les mencionaba, claro, el disco de Paul Simon. Ellos, sin levantar mucho la voz, preferían marear la perdiz y mirar hacia otro lado. De hecho, pese a que la oreja se nos iba a canciones de corte tribal como One (Blake´s got a new face), o la irresistible Cape Cod Kwassa Kwassa (con alusiones a Peter Gabriel en su estribillo), la gran mayoría de sus canciones primerizas apuntaban a otro tipo de influencias, como el pop barroco o las ensoñaciones melódicas de, por ejemplo, Ray Davies.
Ha llegado el esperado momento de la reválida y nos encontramos con una curiosa evolución hacia sonidos y ritmos mucho más elaborados, cosa que han hecho sin sacrificar la frescura que les caracteriza (probablemente nunca la perderán, al menos mientras mantengan a un cantante tan candoroso como Ezra Koenig). Si en la anterior entrega ya brillaban las coloridas teclas del también productor y guitarrista Rostam Batmanglij, ahora ocupan el papel principal y multiplican su capacidad mutante, propiciando una sana apropiación de discursos de la electrónica (algo que ya podríamos haber intuido, a juzgar por el disco que Rostam publicó junto a su proyecto paralelo Discovery). Lo raro es que, lejos de dejar atrás la maldición de Graceland, se han abrazado aún más a ella, con canciones como White sky, o California English (con una voz que usa auto-tune sin que, sorpresa, nos dé vergüenza ajena), que suenan como si alguien hubiese decidido remezclar canciones inéditas de las sesiones de aquel disco de Simon.
Aún así, ni el Simon más pletórico habría sido capaz de firmar una canción como Cousins, con la que se abren nuevas posibilidades de insuflar energía a las composiciones de la banda.
Como éste es un trabajo de contrastes, entre los momentos más sorprendentes fuera del área de influencia africana, encontramos piezas que hacen de la desnudez y la delicadeza sus armas principales, como Taxi cab (con un discreto arreglo de cuerdas y un piano que parece zigzaguear de puntillas a lo largo de toda la canción) o una sugerente I think you´re a contra que sirve de insuperable cierre.
A la vista de la evolución que han experimentado Vampire Weekend, ahora sólo faltaría que Paul Simon, un hombre que sigue con ganas de subirse a carros vanguardistas, les escogiera como productores y banda de acompañamiento de su próximo trabajo. Sería una bonita manera de completar el círculo.
DRIVE-BY TRUCKERS
The big to do (ATO / Pias)
El título del disco nos habla de un deber, de una responsabilidad que descansa sobre los hombros colectivos de la más inteligente banda del rock sureño actual. Ellos llevan ya varios años convirtiendo en febriles canciones las miserias de la América de a pie de calle, con unos discos y directos que derrochan energía y actitud rockera de la que no abunda. En su octavo disco, esa misión se acrecienta al ponerles en el epicentro de una recesión que ha multiplicado las tragedias a las que ponerles música.
Así, a This fucking job (sobre los que se ven confinados de por vida en un trabajo-basura) le sucede Get downtown (en el que una mujer pide a su marido que deje el sofá de una vez e intente conseguir un empleo), ambas poseedoras de una garra que no abundaba en la obra reciente de la banda. Tampoco faltan otras odas a perdedores de todo tipo (The fourth night of my drinking da cuenta, estrofa a estrofa, de la decadencia de un alcoholico), ni las habituales crónicas criminales basadas en hechos reales (The wig he made her wear, en la que también suenan algunos de los mejores solos de guitarra del disco), ni las piezas sobre corazones rotos (la emocionante You got another, uno de los dos temas aportados por Shonna Tucker, totalmente integrada como tercera cantante y compositora).
JOANNA NEWSOM
Have one on me (Drag City / Pop Stock!)
A cualquier artista le suelen caer etiquetas. Forma parte del juego mediático, y, por más que le pese a algunos, sigue siendo de gran utilidad a la hora de describir con palabras un sonido a alguien que no haya podido escucharlo aún. Los artistas que sólo se quedan en la etiqueta suelen ser prescindibles. Luego están los que realmente valen la pena; esos acaban aposentando su música entre nosotros hasta que el uso de cualquier etiqueta resulte redundante. Por último, tenemos a una élite de artistas tan sobrenaturales, y con una capacidad de evolución tan bestia, que cualquiera que ose etiquetarlos corre el riesgo de quedar como un simplón sin recursos. A ese selecto grupo pertenece Joanna Newsom, quien en sólo tres discos se ha consolidado como dama intocable e inclasificable de la música contemporánea.
Con su debut, The milk-eyed mender (2004), nos apresuramos a situarla a medio camino entre la tribu del nuevo folk que capitaneaba Devendra Banhart, y el clan de excéntricas aniñadas como CocoRosie. No tardó en llegar su segundo disco, Ys (2006), para empequeñecer la idea que teníamos de ella. Se trataba de un ciclo de cinco canciones larguísimas en el que Joanna se valía de su arpa y de unas exquisitas orquestaciones de Van Dyke Parks para saltarse todo tipo de estructuras convencionales. Tocaba buscar nuevos calificativos: que si Björk de la pradera, que si neo-medievo, que si hada cuentacuentos... Por supuesto, lo que está ofreciendo esta californiana de edad tan insultante (¡aún es veinteañera!) es mucho más profundo y apabullante que eso, y lo ha vuelto a demostrar abriéndose nuevas posibilidades con su tercer disco.
Aquellos que encontraban Ys demasiado intrincado para ser disfrutado, correrán despavoridos ante los fríos datos de Have one on me: tres discos, más de dos horas de duración, una media de siete minutos por canción, letras que son auténticas parrafadas y que vuelven a sumergirnos en un mundo de arañas, osos e ininteligibles diatribas sobre el amor. No voy a decir que se trata de una obra de acceso inmediato. La mera cantidad de información e ideas que contiene parece incompatible con el ritmo con el que solemos degustar las novedades musicales hoy en día. Sin embargo, la distribución en tres discos separados facilita su digestión, y las estructuras totalmente abiertas e impredecibles de Ys han dado paso a un cierto orden que, sin caer en fórmulas probadas tipo estrofa/estribillo/estrofa, podría responder a lógicas aplicadas dentro del folk más atrevido. Además, Joanna ha pulido sus facultades vocales hasta hacer desaparecer casi del todo ese punto élfico que tanto podía llegar a irritar a sus detractores.
La instrumentación, supervisada por su compañero de banda Ryan Francesconi, es variada sin pasarse de ambiciosa: orquestaciones de perfil bajo, alusiones al barroco, pellizcos orientales, percusiones puntuales, y la presencia de una kora que ejerce de lógica respuesta africana a las digitaciones de nuestra arpista.
Por cierto, que la Joanna Newsom de 2010 tiene, entre sus muchas facetas, un punto a la Joni Mitchell de los 70 (la más sugerente, si me preguntan). Se puede percibir en temas como 81' o la contagiosa Good intentions paving Co. Pero claro, eso nos llevaría de nuevo a las temibles etiquetas...
KIKO VENENO
Dice la gente (Warner)
«Dímelo otra vez, que te he escuchao muy bien / pero me gusta oir cómo lo dices». Nos lo canta Kiko en Andalucía, incluida en este trabajo. Efectivamente, a él le tenemos ya muy escuchado, tanto que es difícil que llegue a sorprendernos, pero es que nadie dice las cosas como él. Y eso que imitadores y seguidores no le han faltado. Además, en Dice la gente no sólo recupera la frescura y la inspiración de discos tan bien recordados como Echate un cantecito (1992), sino que además se saca algún as inesperado en la manga como el zapateado jondo en El duende, o los aires flamenco-africanos del tema titular (con un estribillo que es pura poesía kikoveneniana: «Dice la gente que de algo hay que vivir / que sólo se muere una vez / yo creo que no es así / Se muere uno muchas veces / yo siempre muero por ti»). El G-5 (Muchachito, Tomasito y Los Delinqüentes) suben la cuota de cachondeo en El mosquito suicida. Y es un placer volver a escuchar una de las inimitables adaptaciones de temas clásicos (¿cómo olvidar ese Atrapado por el blues de Memphis, original de Dylan?). En este caso, le toca el turno al Bird on a wire, de Leonard Cohen, transformada aquí en Pájaro en el cable.




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