los blogs de Canarias7

Archivos Diciembre 2010

EELS
End times (Nuevos Medios)

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Atención, que Mark Oliver Everett nos va a hablar de las relaciones humanas:

«Todo es maravilloso y libre... al principio» (The beginning).

Por supuesto, tratándose del mundo de Everett y de sus Eels (cada vez más claramente un proyecto unipersonal), ese bonito comienzo no es sino una situación contextual para dejarnos claros por qué los finales son tan devastadores. Los discos sobre rupturas emocionales son casi un subgénero dentro del rock, desde el Blood on the tracks (1975) de Dylan hasta el Heartbreaker (2000) de Ryan Adams. Teniendo en cuenta su probado talento para convertir sus numerosas miserias personales en conmovedoras melodías de pop herido, Everett tenía todos los boletos para, a la mínima que su vida le pusiera en la tesitura, entregar un «disco de divorcio» de los que dejan huella. End times es precisamente eso.
En su fascinante autobiografía, Cosas que los nietos deberían saber (publicada en castellano por Blackie Books), Everett nos da algunas claves sobre el origen de su sonido, y sobre por qué muchas de sus interpretaciones comparten el aire áspero de Plastic Ono Band (1970), el debut en solitario de Lennon:

«Lo que me encanta de John Lennon (y de Elvis Presley, ya que estamos) es que era gente muy insegura, y eso para mí es lo que los hace artistas absolutamente humanos. Por más aplomo que le echasen, al final siempre tenías la sensación de haber experimentado algo real».

Si pensamos, por tanto, que gran parte de la carrera de Eels tiene como objetivo encontrar encarnaciones musicales de nuestra fragilidad, bien podríamos considerar que éste es su disco más logrado.

No es que a nuestro protagonista le estén dejando ahora por primera vez, pero las heridas tardan más en sanar ahora que se acumulan los años y crece el miedo a una soledad indefinida. Así lo canta en torno a la hermosa melodía de In my younger days:

«En mis años mozos, esto no me habría afectado tanto / pero ahora se me hace muy duro, cada vez me quedan menos salidas».

No todo son lamentaciones en forma de balada; también hay espacio para la rabia, que en Everett se manifiesta en Gone man y en Paradise blues, dignas continuaciones del rock and roll primitivo que dominaba su anterior trabajo, Hombre lobo (2009).

Que nadie confunda End times com un disco triste. Más bien es todo lo contrario. Si hay algo que distingue a Eels de otros profesionales de la miseria, es ese aire reconfortante que se esconde en la rugosa voz de Everett, así como su capacidad para encajar alivio cómico incluso en la más patética de las situaciones. Es aquello que el escritor Rodrigo Fresán ha definido como «la inamovible voluntad de entristecer con la tristeza hasta conseguir en el oyente una rara forma de euforia».

Sirva de ejemplo la insuperable imagen con la que se abre el primer single A line in the dirt: «Ella se ha vuelto a encerrar en el baño / así que estoy meando en el jardín».

Este 2010 contó con un segundo disco de Eels, Tomorrow morning, mucho más luminoso, y electrónico, aunque casi igual de recomendable.


FOALS
Total life forever (Warner)

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Antidotes (2008) fue un debut audaz, conectado con el zeitgeist del momento a través de sus ritmos bailables (a lo Franz Ferdinand), sus guitarras de lejana inspiración africana (a lo Vampire Weekend), y su pose arty con miras a Nueva York (a lo TV on the Radio). Pues ahora toca olvidarnos de todo eso. En su esperado segundo disco, la banda de Oxford ha dado un salto tan grande como el que dieron sus paisanos de Radiohead cuando pasaron del Pablo Honey (1992) al The Bends (1995). Con Yannis Philippakis explorando matices vocales que no esperábamos de él (pensábamos que era un simple gemidor resultón), y con unas composiciones cuya mezcla de influencias ha dejado de ser discernible, Foals son ahora una fuerza a ser seriamente considerada. Te harán bailar, te harán pensar, y te conmoverán. Esto, definitivamente, ya no es simple y frío math rock.

JORGE DREXLER
Amar la trama (Warner)


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Que nadie piense que el artista sólo puede crear obras de peso cuando está desolado o atormentado. En Amar la trama nos encontramos con un Jorge Drexler esencialmente feliz, atrevido, y envuelto en una «ilusión infantil que dura hasta hoy», como confiesa en una de sus nuevas canciones. Por más que en la alegre rumba Las transeúntes nos insinúe que no siempre la inspiración le queda a mano («Las musas huyen si las asedias / y otra canción que va a quedar a medias»), la sensación que deja es la de un cancionista que siempre va a saber sacar jugo de la más minúsculas de sus reflexiones. Prueba de ello está en el primer single, La trama y el desenlace, cuya temática se reduce a algo tan insignificante, y a la vez tan sublime, como un paseo por la calle junto a su chica. Los versos de esa canción fluyen con verbo ágil, describiendo aquellos factores intangibles que hacen que la feliz pareja acabe caminando al unísono:

«Y sin plantearlo tú, acaso / como quien sin quererlo, va y lo hace / Te vi cambiar tu paso hasta ponerlo en fase / en la misma fase que mi propio paso».

Cabe deducir, por cierto, que quien camina en fase con él es Leonor Watling, quien, además de dejar su voz en el disco en ese hipnotizante tango llamado Toque de queda, es madre del hijo al que Drexler dedica Noctiluca, una pieza que refleja con delicada poética todos aquellos miedos que asaltan a cualquier pre-papá:

«La noche estaba cerrada y las heridas abiertas / y yo que iba a ser tu padre buscaba sin encontrarme en una playa desierta».

Es tanto el positivismo que rodea a este disco, que su autor llega a buscar la manera de canalizar su agradecimiento por todas las circunstancias que han influido en su estado actual. Eso es Una canción me trajo hasta aquí, dedicada a Ana Belén y a Víctor Manuel, probablemente por esa canción en una maqueta que, «varias primaveras atrás», hizo que la pareja moviera sus hilos para que ese talentoso uruguayo encontrase cobijo en la escena musical española.

Después del marco sonoro, a medio camino entre lo acústico y lo electrónico, que Drexler había sabido tejer en sus últimos trabajos, siempre tutelados por el productor Juan Campodónico, parece hasta una temeridad que haya cambiado de rumbo hacia un festín de lo orgánico y de lo inmediato. Amar la trama está tocado casi íntegramente en directo, frente a un silente público que hace las veces de diana y emisor de vibraciones, ya que Drexler había percibido que hay un extra de implicación en la manera en que un músico toca cuando sabe que le está observando alguien.

Con una banda tan bien ajustada y tan rica en instrumentaciones, enseguida asumimos que éste es el ambiente natural en el que han de respirar las canciones; o al menos las canciones de un Drexler que, al estar tan feliz, contribuye a que nosotros queramos estarlo con él.

BIGOTT
This is the beginning of a beautiful friendship (Grabaciones en el Mar)

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El zaragozano Borja Laudo es único en lo suyo, y sus discos son todo un ejemplo de imaginación, belleza, excentricidad, y sensibilidad melódica. This is the beginning of a beautiful friendship es su cuarta llamada a la puerta de la genialidad, en la que ha llevado hasta el extremo la complicidad que ha ido tejiendo con el productor Paco Loco. En comparación con trabajos anteriores, nos encontramos con un Bigott menos eléctrico, ajeno a los encasillamientos instrumentales propios de una banda convencional (es Paco Loco el que se hace cargo de casi todos los arreglos e instrumentos), y capaz de echarle un pulso creativo a artistas reconocidos del freak folk contemporáneo, como Devendra Banhart. A pesar de lo adictivas que son las canciones más alegres (coros como los de Honolulu, o los de The jingle swing se clavan instantáneamente en la memoria), la verdadera joya de este breve y embriagador disco es My my love, una balada minimalista que se las arregla con una guitarra y un slide para desarmar nuestras defensas.

VAMPIRE WEEKEND
Contra (XL / ¡Pop Stock!)

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La revolución comenzó con Graceland (1986). Y no me refiero a la sensación que causó Paul Simon -uno de los cantautores más blancos que podamos imaginar- con su acercamiento literal a África en ese ya histórico disco, sino a la que se armó hace un par de años cuando Vampire Weekend -la banda más blanca que uno pueda encontrar en el efervescente barrio de Brooklyn- usó parámetros similares para su debut (Vampire Weekend, 2008), provocando una onda expansiva que ha soldado indefinidamente los sonidos del indie actual con los del continente negro.

Entre cada alabanza dedicada a esta joven formación con pinta de empollones en una universidad cara alguien les mencionaba, claro, el disco de Paul Simon. Ellos, sin levantar mucho la voz, preferían marear la perdiz y mirar hacia otro lado. De hecho, pese a que la oreja se nos iba a canciones de corte tribal como One (Blake´s got a new face), o la irresistible Cape Cod Kwassa Kwassa (con alusiones a Peter Gabriel en su estribillo), la gran mayoría de sus canciones primerizas apuntaban a otro tipo de influencias, como el pop barroco o las ensoñaciones melódicas de, por ejemplo, Ray Davies.

Ha llegado el esperado momento de la reválida y nos encontramos con una curiosa evolución hacia sonidos y ritmos mucho más elaborados, cosa que han hecho sin sacrificar la frescura que les caracteriza (probablemente nunca la perderán, al menos mientras mantengan a un cantante tan candoroso como Ezra Koenig). Si en la anterior entrega ya brillaban las coloridas teclas del también productor y guitarrista Rostam Batmanglij, ahora ocupan el papel principal y multiplican su capacidad mutante, propiciando una sana apropiación de discursos de la electrónica (algo que ya podríamos haber intuido, a juzgar por el disco que Rostam publicó junto a su proyecto paralelo Discovery). Lo raro es que, lejos de dejar atrás la maldición de Graceland, se han abrazado aún más a ella, con canciones como White sky, o California English (con una voz que usa auto-tune sin que, sorpresa, nos dé vergüenza ajena), que suenan como si alguien hubiese decidido remezclar canciones inéditas de las sesiones de aquel disco de Simon.

Aún así, ni el Simon más pletórico habría sido capaz de firmar una canción como Cousins, con la que se abren nuevas posibilidades de insuflar energía a las composiciones de la banda.

Como éste es un trabajo de contrastes, entre los momentos más sorprendentes fuera del área de influencia africana, encontramos piezas que hacen de la desnudez y la delicadeza sus armas principales, como Taxi cab (con un discreto arreglo de cuerdas y un piano que parece zigzaguear de puntillas a lo largo de toda la canción) o una sugerente I think you´re a contra que sirve de insuperable cierre.

A la vista de la evolución que han experimentado Vampire Weekend, ahora sólo faltaría que Paul Simon, un hombre que sigue con ganas de subirse a carros vanguardistas, les escogiera como productores y banda de acompañamiento de su próximo trabajo. Sería una bonita manera de completar el círculo.


DRIVE-BY TRUCKERS
The big to do (ATO / Pias)

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El título del disco nos habla de un deber, de una responsabilidad que descansa sobre los hombros colectivos de la más inteligente banda del rock sureño actual. Ellos llevan ya varios años convirtiendo en febriles canciones las miserias de la América de a pie de calle, con unos discos y directos que derrochan energía y actitud rockera de la que no abunda. En su octavo disco, esa misión se acrecienta al ponerles en el epicentro de una recesión que ha multiplicado las tragedias a las que ponerles música.
Así, a This fucking job (sobre los que se ven confinados de por vida en un trabajo-basura) le sucede Get downtown (en el que una mujer pide a su marido que deje el sofá de una vez e intente conseguir un empleo), ambas poseedoras de una garra que no abundaba en la obra reciente de la banda. Tampoco faltan otras odas a perdedores de todo tipo (The fourth night of my drinking da cuenta, estrofa a estrofa, de la decadencia de un alcoholico), ni las habituales crónicas criminales basadas en hechos reales (The wig he made her wear, en la que también suenan algunos de los mejores solos de guitarra del disco), ni las piezas sobre corazones rotos (la emocionante You got another, uno de los dos temas aportados por Shonna Tucker, totalmente integrada como tercera cantante y compositora).



JOANNA NEWSOM
Have one on me (Drag City / Pop Stock!)

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A cualquier artista le suelen caer etiquetas. Forma parte del juego mediático, y, por más que le pese a algunos, sigue siendo de gran utilidad a la hora de describir con palabras un sonido a alguien que no haya podido escucharlo aún. Los artistas que sólo se quedan en la etiqueta suelen ser prescindibles. Luego están los que realmente valen la pena; esos acaban aposentando su música entre nosotros hasta que el uso de cualquier etiqueta resulte redundante. Por último, tenemos a una élite de artistas tan sobrenaturales, y con una capacidad de evolución tan bestia, que cualquiera que ose etiquetarlos corre el riesgo de quedar como un simplón sin recursos. A ese selecto grupo pertenece Joanna Newsom, quien en sólo tres discos se ha consolidado como dama intocable e inclasificable de la música contemporánea.

Con su debut, The milk-eyed mender (2004), nos apresuramos a situarla a medio camino entre la tribu del nuevo folk que capitaneaba Devendra Banhart, y el clan de excéntricas aniñadas como CocoRosie. No tardó en llegar su segundo disco, Ys (2006), para empequeñecer la idea que teníamos de ella. Se trataba de un ciclo de cinco canciones larguísimas en el que Joanna se valía de su arpa y de unas exquisitas orquestaciones de Van Dyke Parks para saltarse todo tipo de estructuras convencionales. Tocaba buscar nuevos calificativos: que si Björk de la pradera, que si neo-medievo, que si hada cuentacuentos... Por supuesto, lo que está ofreciendo esta californiana de edad tan insultante (¡aún es veinteañera!) es mucho más profundo y apabullante que eso, y lo ha vuelto a demostrar abriéndose nuevas posibilidades con su tercer disco.

Aquellos que encontraban Ys demasiado intrincado para ser disfrutado, correrán despavoridos ante los fríos datos de Have one on me: tres discos, más de dos horas de duración, una media de siete minutos por canción, letras que son auténticas parrafadas y que vuelven a sumergirnos en un mundo de arañas, osos e ininteligibles diatribas sobre el amor. No voy a decir que se trata de una obra de acceso inmediato. La mera cantidad de información e ideas que contiene parece incompatible con el ritmo con el que solemos degustar las novedades musicales hoy en día. Sin embargo, la distribución en tres discos separados facilita su digestión, y las estructuras totalmente abiertas e impredecibles de Ys han dado paso a un cierto orden que, sin caer en fórmulas probadas tipo estrofa/estribillo/estrofa, podría responder a lógicas aplicadas dentro del folk más atrevido. Además, Joanna ha pulido sus facultades vocales hasta hacer desaparecer casi del todo ese punto élfico que tanto podía llegar a irritar a sus detractores.

La instrumentación, supervisada por su compañero de banda Ryan Francesconi, es variada sin pasarse de ambiciosa: orquestaciones de perfil bajo, alusiones al barroco, pellizcos orientales, percusiones puntuales, y la presencia de una kora que ejerce de lógica respuesta africana a las digitaciones de nuestra arpista.

Por cierto, que la Joanna Newsom de 2010 tiene, entre sus muchas facetas, un punto a la Joni Mitchell de los 70 (la más sugerente, si me preguntan). Se puede percibir en temas como 81' o la contagiosa Good intentions paving Co. Pero claro, eso nos llevaría de nuevo a las temibles etiquetas...


KIKO VENENO
Dice la gente (Warner)

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«Dímelo otra vez, que te he escuchao muy bien / pero me gusta oir cómo lo dices». Nos lo canta Kiko en Andalucía, incluida en este trabajo. Efectivamente, a él le tenemos ya muy escuchado, tanto que es difícil que llegue a sorprendernos, pero es que nadie dice las cosas como él. Y eso que imitadores y seguidores no le han faltado. Además, en Dice la gente no sólo recupera la frescura y la inspiración de discos tan bien recordados como Echate un cantecito (1992), sino que además se saca algún as inesperado en la manga como el zapateado jondo en El duende, o los aires flamenco-africanos del tema titular (con un estribillo que es pura poesía kikoveneniana: «Dice la gente que de algo hay que vivir / que sólo se muere una vez / yo creo que no es así / Se muere uno muchas veces / yo siempre muero por ti»). El G-5 (Muchachito, Tomasito y Los Delinqüentes) suben la cuota de cachondeo en El mosquito suicida. Y es un placer volver a escuchar una de las inimitables adaptaciones de temas clásicos (¿cómo olvidar ese Atrapado por el blues de Memphis, original de Dylan?). En este caso, le toca el turno al Bird on a wire, de Leonard Cohen, transformada aquí en Pájaro en el cable.


Es hora de darle un poco de nueva vida a este blog. No podía ver cómo se consumían los últimos días de este 2010 sin intentar poner en pie una lista con los mejores discos que han pasado por mis orejas.

Buena música ha habido, como cada año (todo es cuestión de saberla buscar), pero ahora que me he puesto retrospectivo, me quedo con la impresión de que hemos estado ante una cosecha más floja de lo que venía siendo costumbre. Lo curioso es que algunos artistas veteranos como Paul Weller o Neil Young han elevado el listón con discos rompedores, que además de tener calidad objetiva, venían a añadir algo geniunamente nuevo a unas carreras que parecían haberlo dicho ya casi todo.

Aquí va la primera tanda de discos, acompañados de las críticas que publiqué en su momento en el añorado Perinqué, más alguna de nueva cosecha para este blog.


HOT CHIP
One life stand (EMI)

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Pocas bandas incluidas dentro de la escena de baile, o de la música electrónica, pueden permitirse apelar a la honestidad y al sentimentalismo. Para hacer algo así, tendrían que saber anteponer férreas composiciones a cualquier otro recurso anexo como los ritmos, los efectos de producción, y la obsesión por los BPM. Los londinenses Hot Chip poseen tanto lo primero como todo lo demás, y aún así en los tres discos anteriores -con los que merecidamente se encumbraron como una de las mejores bandas que han sonado en una pista de baile en este siglo- sentían la necesidad de escudarse bajo un manto de ironía y de ingenio sonoro. One life stand representa la consagración de Hot Chip a corazón abierto, un quinteto que suena como tal -sin tanta concesión al laboratorio-, y que siguen siendo capaces de hacernos menear el esqueleto. De hecho, pese a que la voz de Alexis Taylor tiñe todo de un sobrecogedor aire de melancolía, el disco sólo se permite bajar el ritmo en Slush, una balada de corte casi clásico en la que el steel drum, ese instrumento tan asociado a alocadas noches tropicales, nos pone los pelos de punta. Puede que discos anteriores contuvieran piezas aisladas más brillantes, pero como obra completa One life stand representa un paso hacia la madurez bien entendida.


ARCADE FIRE
The suburbs (Universal

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ARCADE FIRE
The suburbs
Universal

Podría decirse que Arcade Fire están ahora en una posición similar a la que ocupaba Radiohead a finales de la década pasada, cuando todos esperaban la continuación de su OK Computer (1997) como si se tratase de la respuesta a todas las cuestiones de la existencia. No en vano, la banda canadiense ha creado todo un molde a seguir dentro de gran parte de la música independiente reciente, y han conseguido que sus canciones resuenen como himnos comunales, tan indicados para ser cantados en la soledad de un cuarto como en el más grande de los escenarios festivaleros. La culpa la tiene, sobre todo, su disco de debut, Funeral (2004), que conseguía conjugar euforia y sensibilidad desde unos planteamientos totalmente modestos. La mencionada presión se dejó notar en su siguiente disco, Neon bible (2007), una obra meritoria que, sin embargo, podía llegar a parecer forzadamente hinchada en ocasiones.
The suburbs es el tercer disco, el de la auténtica encrucijada. ¿Ahondan en el camino que les ha ido labrando de forma automática su propia gloria, o intentan reafirmarse como artistas siguiendo sus propios instintos? Han optado por lo segundo, y aunque han dividido opiniones entre los viejos fans, a la larga puede que sea recordado como el disco que salvó sus carreras.
The suburbs surgió a partir de unas viejas fotos que recibió en su correo electrónico el líder de la banda, Win Butler. En estas nuevas 16 canciones podemos adivinar un viaje a la vida suburbial que los miembros de la banda recuerdan en sus infancias, o a través de la infancia de sus padres.
Lo llegaron a decir en varias entrevistas promocionales. Estaban hartos de la épica de piloto automático. Tal vez por eso, la tarjeta de presentación sea el tema titular, una obra de puro country alternativo que nos remite al Neil Young de Harvest (1975). Efectivamente, el tono es más contemplativo y -con perdón- maduro, pero la épica les puede, aunque huyan de ella, tal y como queda evidente en temas de potente calado como Rococo, Empty room (con sus preciosos y frenéticos violines), o en la parte final de Suburban war.
Algún tema de Neon bible delató que, por encima de todo el halo de tendencias a la última que le colgaban al grupo, Butler era un tradicionalista que guardaba un hueco en su corazoncito para Bruce Springsteen. La historia se repite aquí con Month of may, un rock and roll sorprendentemente convencional que rompe el ritmo del disco. También sorprenderán -para bien, en este caso- los toques sintetizados al más puro estilo Blondie de Sprawl II (Mountains beyond mountains), una de las contadas ocasiones en las que podemos disfrutar de Régine Chassagne a la voz principal.

WOLF PARADE
Expo 86 (Sub Pop / Pop Stock)

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Teniendo en cuenta que los dos co-líderes de Wolf Parade tienen sus respectivos proyectos paralelos de éxito (los Handsome Furs, del teclista Dan Boeckner, y Sunset Rubdown, del guitarrista Spencer Krug), podríamos pensar que esta banda ha quedado reducida a un entretenimiento ocasional formado por material sobrante. Los lánguidos y autocomplacientes pasajes de su segundo disco, At Mount Zoomer (2008), casi corroboran esta sospecha. La cosa cambia desde los primeros y explosivos acordes de este Expo 86. Los canadienses han energetizado su propuesta, poniendo al día su evidente talento para invocar el lado más maniático de Bowie. Aunque Boeckner y Krug se van alternando el protagonismo en el micrófono y en las composiciones, sus instrumentos se cruzan con soltura y se funden en uno solo dentro del sonido maximalista al que apuntan.

NEIL YOUNG
Le Noise (Warner)

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No se puede decir que Neil Young haya sido un artista acomodado en ningún momento de su vida. Es más, le define su carácter indomable, abierto a cualquier capricho artístico que se le cruce por la cabeza. Su único punto flaco al respecto está en el sentido casi familiar que le le da a su ética de trabajo, algo que le ha llevado a orbitar en torno al mismo grupo de músicos, técnicos y productores durante casi toda su carrera. De ahí que su unión con un productor-estrella como Daniel Lanois se antojase bastante apetecible. Además de sus archiconocidos trabajos junto a U2, Lanois ha sido responsable de sacar oro puro de artistas veteranos que supuestamente ya habían mostrado su mejor cara en el pasado, a menudo indagando en sus lados más oscuros e intensos (sus producciones para Willie Nelson, Bob Dylan, Robbie Robertson, o Emmylou Harris son vistas como puntos y a parte en las carreras de cada uno de ellos).

Young no se ha andado con medias tintas a la hora de ceder terreno a su flamante productor, a quien ya referencia en un título -Le noise, La-nois... ¿lo pillan?-, que de paso sirve para avisarnos de las grandes cantidades de ruido empleadas. Aunque parezca mentira, todo ese ruido parte exclusivamente de la voz de Young y su guitarra, a las que Lanois añadió efectos varios que hacen que la escucha de algo tan primigenio se convierta en una interesante experiencia auditiva.

Uno de los momentos más logrados está en el tema de apertura, Walk with me, una bomba sonora que cabalga a lomos de rabiosos rasgueos de guitarra. Al final del tema, aparecen las lanoisadas ofreciendo su mejor cara, con unos feedbacks de guitarra manipulados que hasta parecen estar hablándonos. Si todo Le noise hubiese mantenido este listón inicial, estaríamos ante una obra maestra de las mayúsculas, pero el nivel compositivo no responde en todo momento a lo que le pedimos a Neil (muchos de los temas parecen compuestos con el piloto automático, y luego hinchados con las mentadas ideas de producción), y además hay ocasiones en el que el uso del efecto de delay -eco, para los no iniciados- llega a resultar un poco irritantes. Hitchhicker y Angry world son buenos temas, aunque su estructura convencional bien se habría podido beneficiar de la compañía de Crazy Horse, una señal de que el rigor casi dogmático que aplicaron Young y Lanois en este disco no siempre es beneficioso.

Más acertadas son las dos piezas acústicas aquí incluidas, Love and war (a incluir entre las más emocionantes piezas antibélicas de Young), y la extensa Peaceful Valley Boulevard, gracias a las cuales el disco encuentra un punto de equilibrio que, además, da descanso a las orejas del oyente. Sólo el tiempo dirá si este Le noise queda como una anécdota, o como una referencia mediante la cual medir la etapa sexagenaria de nuestro hombre.


RETRIBUTION GOSPEL CHOIR
2 (Sub Pop / ¡Pop Stock!)

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Por más que la banda de sadcore Low haya recrudecido su sonido en sus últimos trabajos, nunca habríamos podido sospechar que su cabeza visible, Alan Sparhawk, escondía en su interior a un héroe rockero a la vieja usanza. Para que esa irrefrenable vocación alternativa saliera a la luz, ha sido necesario crear un proyecto alternativo, Retribution Gospel Choir (un nombre acorde con la elevada espiritualidad de Sparhawk). Después de contar en sus filas con Mark Kozelek (Red House Painters) y de foguearse en directo con versiones amplificadas de temas de Neil Young, o de los propios Low, su propuesta se solidifica con un segundo disco de proporciones gigantescas, ahora en formato de trío (dos cuartas partes de Low, más el impactante batería Eric Pollard, toda una ametralladora de ritmos). Ecos de Crazy Horse, Pearl Jam, y los R.E.M. más enérgicos en una obra de rock que eleva a las alturas. Benditos sean.


EL GUINCHO
Pop negro (Young Turks / Pop Stock!)

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Que se vayan preparando nuestros políticos del 2040, porque a alguno de ellos les va a tocar dedicarle una calle, o un auditorio, a Pablo Díaz-Reixa, alias El Guincho. No en vano, a sus 26 años se ha convertido en el músico canario de alcance más internacional desde... ¿Alfredo Kraus, tal vez?

Partiendo de un terremoto creado entre las tribus blogueras independientes, el nombre de El Guincho es ahora mencionado con soltura en cualquier publicación musical del mundo. Esos mismos medios ya proclamaron que su debut (Alegranza, 2007) era la respuesta tropical a lo que andaban haciendo Animal Collective y su miembro más ilustre, Panda Bear. Nosotros, desde la ultraperiferia macaronésica, sólo podíamos hincharnos de orgullo al saber que el disco contenía algún que otro fragmento de un disco de Los Gofiones, y títulos tan nuestros como Kalise o Palmitos Park.

Ahora que llega el momento de la reválida, nos encontramos con un Guincho evolucionado, que casi parece renegar de muchas de las cosas que eran tenidas como virtudes de Alegranza. Para empezar, no hay sampleados que valgan, y las repeticiones obsesivas que conformaban gran parte de sus atmósferas han desparecido para dar paso a primorosas estrofas y estribillos que beben del pop en casi todas las mutaciones posibles del término. Por desgracia, también se han acabado las referencias a la cultura popular canaria, probablemente porque ya es más ciudadano del mundo que otra cosa. Escuchando este nuevo disco también podemos confirmar que el sonido casero no formaba parte de las intenciones estéticas de Díaz-Reixa, sino que obedecía a una cuestión de medios e inexperiencia. Grabado a medio camino entre Berlín y diversos estudios españoles, Pop negro no escatima en trucos de producción que cohesionan su multitud de sintetizadores, percusiones electrónicas, guitarras de vocación africanista, y unos bajos que podrían haber salido de los primeros discos de Jamiroquai (gran trabajo del co-productor Alejandro Mazzoni a las cuatro cuerdas).
Desde la seguridad del que sabe lo que se trae entre manos, Díaz-Reixa ha citado influencias tan poco probables como Mariah Carey, o las viejas producciones de Paco Trinidad para Luz Casal (aunque, ahora que él lo dice, muchos de sus temas nos traen a la memoria a Los Especialistas, otra banda que hace casi 20 años pasó por las manos de Trinidad). Sin llegar a ser un disco ochentero, la sombra de la música española de esa década planea por el disco (Muerte Midi llega incluso a hacer una cita más que explícita del Veneno en la piel de Radio Futura).

Pero limitar Pop Negro a sus especificidades sónicas sería infravalorar el floreciente talento de el Guincho. Lo más notorio está en la factura de unas canciones que consiguen ser pegadizas sin escoger en ningún momento el camino fácil. Las letras -ininteligibles en el debut- han pasado a convertirse en otro elemento esencial, sugerentes, y con un sentir muy contemporáneo.


JAMIE LIDELL
Compass (Warp / Pias)

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El Jamie Lidell que se dio a conocer (nunca tanto como merecería) con los discos de soul-funk Multiply (2005) y Jim (2008) apenas guardaba relación con ese joven que revolucionó el panorama de la electrónica más experimental dentro del dúo Super_Collider. Eran trabajos condenadamente buenos, pero casi siempre jugaban sobre seguro, sin excesivas provocaciones sonoras. Las cosas cambian con este Compass, en el que ha conseguido radicalizar las ideas de producción (le ayuda Beck, todo un experto en pervertir sonidos), sin por ello sacrificar ese don natural para recrear la magia de genios como Stevie Wonder. Como todo lo revolucionario tarda en asimilarse, a Compass hay que darle al menos cinco escuchas antes de emitir veredicto. Es sí, la voz de Lidell (una especie de mezcla entre Chris Cornell y Terence Trent D´Arby), impresiona a la primera.

THE DEAD WEATHER
Sea of cowards (Warner)

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En los resúmenes de obligado cumplimiento al finalizar el pasado 2009, muchos medios especializados en esto de rock coincidieron en señalar a Jack White como la figura más relevante de la década. Pocas objeciones se le pueden poner al nombramiento, aunque sea por pura estadística. Primero, White elevó a las alturas a The White Stripes, una propuesta radical y atrevida a la que casi nadie hubiese podido augurar en sus comienzos un futuro más allá de los círculos de culto. Luego se juntó a Brendan Benson, uno de los más notorios artistas de power pop, para dar forma al supergrupo The Raconteurs, con los que ya lleva dos discos, a cual más bueno. Todo esto, mientras hacía pinitos como actor en Cold mountain (2003), hacía dueto con Alicia Keys en los créditos de la última de James Bond, y ganaba un Grammy como productor de la veterana artista de country Loretta Lynn

Ante semejante sobrecarga de proyectos, resultaba natural que alguna suspicaz ceja se levantase el año pasado, cuando White nos daba a conocer la que ya contabilizaba como su tercera banda oficial: The Dead Weather. Esta vez, iba a ocupar el sillín de la batería y dejar el grueso del protagonismo a la vocalista Alison Mosshart (que ya conocía las mieles del éxito en su carrera con The Kills), lo que podía hacernos pensar que estas eran las vacaciones musicales de White, un lugar en el que podía quitarse responsabilidades y desfogarse a base de machacar unos cuantos parches y platos. La realidad es que su irreprimible personalidad también marcó el debut de The Dead Weather; y en su reciente segundo trabajo, la cosa ya llega a niveles de abducción en toda regla. Si los resultados no fueran tan exageradamente atractivos para el aficionado del rock de ayer y de hoy, hasta le denunciaríamos, por abusador.

Sea of cowards es una explosión de potentes riffs y de apasionadas melodías de rock duro que exploran el lado oscuro del deseo y de la devoción (Old Mary, que sirve para cerrar el disco, es casi una oración siniestra). Aparte de baquetear con sorprendente fluidez, White se lanza al micrófono en numerosas ocasiones. Y cuando no es él el que canta, tenemos a una Alison Mosshart que casi se ha convertido en su alter ego femenino, tanto que a veces hay que poner mucho oído para distinguir a uno de la otra (I´m mad, por ejemplo, podría haber salido de los momentos más febriles de los conciertos de The White Stripes). Tampoco habría que desdeñar la labor de Dean Fertita (antiguo colaborador de Queen of the Stone Age), al que se le supone la autoría de todos los teclados y guitarras, aunque en temas como la bluesera I can´t hear you, juraríamos que, una vez más, el amigo Jack se ha permitido un descargue con las seis cuerdas.

Lo dicho, si quieres que tu grupo realice una obra relevante y cautivadora, puedes intentar convencer a Jack White para que se implique; pero asume que pasarás a ser un gregario; feliz y realizado, pero gregario al fin y al cabo.