Lo de que la música amansa a las fieras es un poco bestia para aplicar a una criaturita de pocas semanas o meses de vida, pero lo cierto es que hay bebés que son auténticos guerreros del llanto.
Ahora que tenemos el Día de la Madre a la vuelta de la esquina, me gustaría llamar la atención sobre un producto creado para que las mamás más sufridas puedan proporcionar un entorno ensoñador a sus fierecillas.
La cadena de tiendas Baby Deli ha lanzado una gama de discos que adaptan músicas populares al tipo de sonidos que imaginamos adecuados para esas edades (teclados delicados, ritmos casi imperceptibles, xilófonos, ...). Hay bastante para elegir, desde Bach hasta a las canciones de la movida. Por afinidad personal, me decanto por la selección dedicada a The Beatles.
Uno quiere creer que el gusto musical se desarrolla desde que estamos en el vientre materno, así que un disco como éste puede ser el primer paso a seguir para aquellos melómanos que se estremecen al pensar que les puede salir un hijo amante de la pachanga.
Tan sólo le pongo una pega a este Beatles songs for babies: Ya que estamos ante música para garantizar dulces sueños a los bebés, es una pena que sus responsables no hayan tenido el olfato para incluir Good night, la nana real que compuso Lennon para su hijo Julian, originalmente cantada por Ringo en el White album (1968).
Para acabar, y por añadir todas las perspectivas, les dejo con una imagen que choca frontalmente con ese mundo de polvos de talco y sonajeros de colores que nos deja este post. ¿The Beatles, carniceros come-niños?
¡Atención, que regresa la máquina neozelandesa de hacer pop perfecto!
Míralos aquí, qué sonrientes y maduritos están.
Vale, ya no está Tim Finn para jugar al "a ver quién compone mejor" con su hermano Neil, y la muerte del carismático batería Paul Hester dejó un vacío que no podrá llenar ningún músico de sesión al que acudan. Además, el anterior disco -Time on earth (2007)- no terminó de cumplir las altísimas expectativas que ponemos en cualquier cosa que lleve la marca de Crowded House. Pero eso no quita que haya que abrir bien las orejas ante cualquier cosa que nos quieran ofrecer el bajista Nick Seymour y el gran Neil Finn (cuyo proyecto más reciente, 7 worlds collide, merecería un post aparte).
Su nuevo disco se llamará Intriguer, y ya está anunciada su salida para junio. Si nos dejamos llevar por el primer single, Saturday sun, puede que estemos ante el verdadero disco que nos sirva para recordar aquellos días en los que nos perdíamos durante horas en las melodías de Woodface (1991) y Together alone (1993).
Me uno al homenaje que realiza la edición digital de la Rolling Stone al recientemente fallecido Jim Marshall
Este fotógrafo pasará a la historia por sus fantásticas fotografías a casi todas las leyendas del rock, y sobre todo por esa instantánea irrepetible que captura a un pletórico Johnny Cash enseñándonos su dedo corazón en pleno acto de rabia y rebelión rockera.
El valor histórico de la foto crece al saber que está tomada en uno de los incendiarios conciertos que Cash ofreció a los reclusos de San Quintín.
Hay una anécdota final relacionada con esta foto. En 1998 Cash acababa de hacerse con un Grammy por su primera grabación para el sello American Recordings junto al productor Rick Rubin. Era el comienzo de una colaboración que daría un nuevo halo de leyenda al hombre de negro, facilitando que las nuevas generaciones accedieran a su increíble talento. Como el disco no había respondido a los estrictos códigos de los guardianes de la industria del country, las radios dedicadas al género lo ningunearon y hasta hicieron burla de él. Al día siguiente de la entrega de premios, la foto apareció a toda página en un anuncio de la revista Billboard, acompañada del siguiente texto:
"American Recordings y Johnny Cash quieren agradecer a los poderes musicales de Nashville y a la radio country por su apoyo"
Un icónico dedo que era levantado, una vez más, ante el inmovilismo más retrógrado.
El jazz no es el ingrediente principal de mi dieta musical, pero siempre procuro bucear entre la gran cantidad de lanzamientos que se publican dentro de ese género, para asegurarme de que no me pierdo las cosas realmente notorias. Y Yesterday you said tomorrowmerece, sin duda estar situado entre los grandes acontecimientos jazzísticos del presente año. Su responsable es Christian Scott, un trompetista que, con tan sólo 26 años, se está encargando de revolucionar el panorama, tanto con sus declaraciones, como con argumentos puramente musicales.
El trompetista de Nueva Orleans tiene clarísimo que los de su generación no se pueden conformar recrear de caminos transitados. Por eso no parece pesarle esa etiqueta de «nuevo Miles» con la que inevitablemente se ha topado (cualquier joven trompetista que despunte tiene que lidiar con esa carga), por eso se pronuncia públicamente en contra del neoclasicismo que representa el intocable Wynton Marsalis, y por eso ha tratado que su nuevo disco suene como «el espíritu del cuarteto clásico de John Coltrane, tocado por una banda indie». Efectivamente, la huella de Radiohead y bandas similares se deja notar en muchos momentos del disco, y no lo digo sólo por la hipnótica versión del The Eraser de Thom Yorke. Está en la manera en que el piano de Milton Fletcher Jr. se mueve entre las armonías, o en los guitarrazos cargados de poética y distorsión, cortesía de Matthew Stevens.
El nexo con el pasado lo personifica el octogenario ingeniero Rudy Van Helder, que ha salido de su semi-retiro para poner su firma en este disco. Por lo escuchado, aún conserva el secreto para hacer que sus micros capturen la magia del momento.
Anthem (2007) no bastó para que Scott purificara las heridas que le dejó el desastre del Katrina, con lo que estas nuevas canciones mantienen un espíritu político y contestatario, muy en la línea de lo que hicieron los grandes jazzistas afroamericanos de los 60 y 70 a través de sellos como Impulse!. Son piezas instrumentales, pero la trompeta de Scott es suficientemente expresiva, sobre todo cuando usa su intransferible técnica de susurros soplados. Además, los títulos hablan por sí solos: K.K.P.D. (siglas de Ku Klux Police Department, en clara referencia a las actitudes racistas de ciertos agentes de la ley en su país), American't, o Angola, LA & The 13th Amendment. De esta última ajunto un enlace youtubero, que sirva para abrir boca ante gran disco.
Aún no he tenido la ocasión de enfundarme las gafas bicolor para ver esa Alicia en el País de las Maravillas puesta al día por obra y gracia de Tim Burton. Por la expectación generada y las cifras iniciales (incluso por encima de las de Avatar, cosa que me daría cierto gustrrinin, ya que le tengo más cariño a Burton que al titánico James Cameron), queda claro que la nuevas técnicas de proyección en 3D han conseguido devolver al público a las salas a base de magnificar la técnica de "Películas-evento". No me parece mal; una vez más la industria del cine se ha roto los sesos para competir con los avances tecnológicos que le acechan. Ya lo hicieron cuando llegó la tele, y cuando llegó el vídeo, y cuando llegó el DVD. La batalla contra Internet era -y seguirá siendo- bastante más dura, pero de momento la reacción les está valiendo.
Claro que eso no se puede aplicar para las peliculitas pequeñas y de autor. Porque, o mucho me equivoco, o no hay demasiado aliciente en ver la última de Abbas Kiarostami en 3D.
Por eso, en plena fiebre aliciera, y para huir del aluvión de emisiones en televisión de dudosas versiones del clásico de Lewis Carroll, en casa optamos este pasado fin de semana por refugiarnos en otra Alicia, la que nos presentaba Woody Allen en su Alice(1990).
Ignoro si el bueno de Woody escribió este guión con los cuentos de Carroll en mente, pero es de suponer que lo de poner ese nombre a la protagonista, e incluso llegar hasta el punto de convertirlo en el título del filme no ha de ser una mera casualidad. Lo cierto es que el personaje que interpreta Mia Farrow comparte con la Alicia de las Maravillas el hecho de que ciertas "sustancias" le ayudan a ver las cosas con más claridad (recordemos que la obra de Carroll se convirtió en referencia indispensable para todos los que en los 60 predicaron los beneficios del ácido para expandir la mente).
La Alice de Allen es una mujer de clase alta neoyorquina, que tras más de quince años de matrimonio empieza a darse cuente de que para alcanzar una vida plena no basta con una tarjeta de crédito ilimitado. Su sombrerero loco particular es un misterioso médico chino que empieza a recetarle hierbas, a cada cual más prodigiosa: una que elimina las inhibiciones y la convierte en una super seductora; otra que la hace invisible, para poder "ver sin ser vista"; otra que le permite hablar con fantasmas de su pasado...
Una comedia ligera que se deja ver y que, sobre todo, posee un modesto encanto que quedaría fulminado en formato 3D.
Aquí les dejo con el trailer en inglés, que es lo único que he encontrado en la red del filme en cuestión. Vale la pena rescatarlo.
Estamos en el tercer sábado del mes de abril. Eso, desde hace tres años, significa que nos encontramos en el Día de la Tienda de Discos. Supongo que pocos de los que estén leyendo estas líneas se levantaron por la mañana con el impulso irrefrenable de celebrar tal efeméride. Es más, lo más probable es que en Canarias ni nos demos por enterados. Total, ¿para qué? Ya prácticamente no nos quedan espacios que merezcan ser definidos como tiendas de discos. Vale que, mas mal que bien, seguimos encontrando cubículos musicales en medio de grandes departamentos comerciales, pero nada de eso puede compararse con aquellos santuarios en los que los melómanos podíamos perdernos durante horas, echando dedos entre los mostradores en busca de alguna joya musical que nos arreglase el día.
Tampoco es que en Inglaterra y en Estados Unidos la cosa esté mucho mejor. Aquellas megastores, que fueron en su día visita obligada de cualquier turista con un mínimo de gusanillo consumista, han cerrado sus puertas o, en el mejor de los casos, cedido todo su espacio a la venta de ordenadores y gadgets informáticos. Sólo quedan unos pocos irreductibles que luchan desde la independencia, y son justo ellos los que han instigado la celebración de este día. Los artistas van a acudir a la cita, ofreciendo conciertos gratuitos en diversos establecimientos. Incluso las denostadas discográficas han cedido ante romanticismo de la ocasión, y tienen prevista la publicación de exclusivas ediciones limitadas (bravo por Blur, que hoy venderán mil copias en vinilo de la que es su primera canción inédita en siete años).
Da cierta rabia saber que por aquí no vamos ni a oler ese ambiente de camaradería y reivindicación. Y eso que, en el fondo, sabemos que esta jornada no deja de ser una llamada de auxilio que llega demasiado tarde. Algo habrá hecho mal la industria musical para que sus activos hayan caído tan en picado dentro del afecto del público. A todo el mundo le gusta la música, pero el acto de descubrirla está mucho menos valorado, y si ya hablamos de pagar por ella, ni te cuento. Y no creo que toda la culpa haya que echársela a Teddy Bautista y a Ramoncín (que sigue recibiendo palos aún cuando hace bastante que no forma parte de la junta directiva de la SGAE).
Ahí hay que quitarse el sombrero ante los libreros. En actos como la Feria del Libro, y en el Día del Libro consiguen que el mensaje se convierta en reclamo definitivo. En ocasiones como esas, casi todo el mundo siente el impulso de buscar el libro ideal para su ser querido. Puede que no leamos tanto como debiéramos, pero regalar literatura está siempre bien visto. Mucho tendrían que cambiar las cosas -y muchas pilas tendrían que ponerse algunos agentes implicados en el negocio de la música- para que un día como el de hoy representase un incremento notable de las ventas habituales de discos. Yo, por si acaso, tengo previsto hacer mono-campaña; me pondré mis mejores galas (una camiseta de The Beatles, probablemente), y me dirigiré a mi cubículo favorito a ver si encuentro algo antes de que terminen de quitar los dos mostradores que quedan activos.
El run-run se fue propagando por la rama canaria de las redes sociales y finalmente se convirtió en noticia: los irlandeses Two Door Cinema Club, una banda indie en la rampa de lanzamiento para un posible estrellato, habían usado Gran Canaria como flamante localización de su último videoclip. Y no digo flamante por haber caído víctima de un febril orgullo patrio, sino porque realmente parece que el director de este Something good can work es el mismísimo Roberto Moreno, o alguien con similar afán de promover los encantos de la isla. ¡Qué colorido! ¡Qué soleado todo! ¡Qué limpias están las calles de Vegueta! ¡Qué increiblemente paradisiacas se ven nuestras dunas!
Nada, que es una gran alegría saber que hay vida tras el Arena Mix y tras los disgustos jinameros de Callejeros. Lástima que el grupo y la canción no pasen de ser meramente divertidos (con esos guiños al sonido soleado que Vampire Weekend ha puesto tan en boga). De ahí que, para elevar un poco el tono artístico de esta entrada bloguera, me permito acudir a una menos conocida incursión de un gran músico sajón en la cultura canaria. Se trata del gran Randy Newman, todo un oscarizado compositor, que en su disco Bad love (1999) nos sorprendía con unos versos en los que se podría adivinar alguna visita al Museo Canario.
La canción se llama The great nations of Europe, versa sobre las conquistas sangrientas de Europa, y la estrofa en cuestión es ésta:
The Grand Canary Islands, first land to which they came
they slaughtered all the canaries there which gave the land its name
there were natives there called guanches, guanches by the score
bullet's, disease the portugese, they weren't there any more
now they're gone, they're gone, they're really gone you never seen anyone so gone there's pictures in a museum, some lines written in a book but you won't find a live one, no matter where you look
Para los que no tengan ganas de recordar sus clases de Inglés, me aventuro a una traducción rápida:
En las islas de Gran Canaria (sic), primera tierra a la que llegaron, se cargaron a todos los canarios que le daban a la tierra su nombre. Habían nativos allí llamados guanches, guanches a miles; las balas, las enfermedades y los portugueses
se encargaron de que no quedase ni uno
Ahora no están, realmente no están
Nunca has visto a nadie tan desaparecido
Son imágenes en un museo, algunas líneas escritas en un libro,
pero no encontrarás ni uno vivo dondequiera que mires
¡Quién iba a decir que el autor de la música de Toy Story iba a firmar un verso que suscribiría orgulloso cualquier independentista canario! En fin, antes de que le atribuyamos a la canción teorías políticas que no le corresponden, baste decir que el bueno de Randy pretendía tan sólo igualar el marcador demostrando que, históricamente, las viejas naciones europeas han sido igual de despiadadas y descerebradas que los Estados Unidos.
Para finalizar esta post, nada mejor que recuperar a otro ilustre y rockero visitante. Esto sucedió hace unos cuantos añitos, y podría verse como el reverso horterilla y nostálgico del vídeo de Two Door Cinema Club. Se trata, or supuesto, de la película Wonderful life (1964), en la que el marinerito Cliff Richard persigue a una bella muchacha por media ciudad de Las Palmas de Gran Canaria.
Recuerden que, en cualquier situación de apuro, siempre pueden acudir a las palabras mágicas: "Señó, follow that camel!"