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Como comentábamos en la anterior entrada de este blog, los grancanarios llevaban demasiado tiempo sin echarse un artista "multinacional" a la boca (el conciertazo de Patti Smith este año debería de contar, pero me temo que su magnetismo sólo funciona entre las grandes minorías, nada suficiente como para llenar un estadio). Por tanto, el peso específico de Sting ensombrece cualquier pega que se le pudiera poner pegas al formato con el que nos visitó.

Admitámoslo, esto de incorporar una orquesta sinfónica a un repertorio pop -por muy variados que sean los ejercicios de estilo que ha realizado Sting a lo largo de su carrera- no deja de ser un capricho que le estamos pagando al contado número de artistas que pueden permitírselo. Lo hicieron en su día los jevis Metallica, y el pasado año pudimos ver cómo se lanzaban a ese campo Peter Gabriel (con una aproximación más oscura y profunda, y por tanto menos vendible) y nuestro ya amigo Sting. Mientras tanto, tenemos que comprobar como muchos artistas indies, o de alcance medio se tienen que resignar a reducir bandas, o a hacer giras acústicas en solitario para que los programadores se animen a costear sus conciertos en estos tiempos de crisis. Parece que la ley de los mercados también se aplica al mundo pop.


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La Orquesta Filarmónica de Gran Canaria realizó un trabajo impecable, reconocido por el propio Sting, según cuentan quienes hablaron con él. Pero eso no quita que el invento resultaba infernal e innecesario en muchas ocasiones, con arreglos que no distaban mucho de esos infames discos de arreglos orquestales de éxitos que podemos escuchar en ascensores y en restaurantes chinos con crisis de identidad. Sólo que, amigo, al frente de esos arreglos está un Sting impecable en el apartado vocal, y encima estamos hablando de un puñado de canciones que se han ganado justamente un hueco mayúsculo en la cultura popular internacional.

Vamos, que si se pudiera elegir, hubiese preferido ver al señor Summers con cualquiera de las formaciones que le acompañó en previas giras (me viene a la mente esa en la que le acompañaban el inmenso Vinnie Colaiuta a la batería, David Sancious al teclado, y Dominic Miller -este sí que vino a Gran Canaria- a la guitarra). y no me pido a los otros dos miembros de The Police para no pecar de ambicioso.

Funcionaron los temas que ya tenían ADN orquestal:La versión de Russians rescató de forma impactante las melodóas de Serguéi Prokófiev que le sirvieron de inspiración; los pizzicatos que sujetan la muy celebrada Englishman in New York sonaron más solemnes que nunca (no dejaba de resultar curioso escuchar cómo las improvisaciones jazzísticas al saxo soprano que realizaba Brandford Marsalis en la versión original, eran aquí sustituidas por una más académica interpretación de un clarinetista de la orquesta); Moon over Bourbon Street se las arregló para conservar su aire nocturno y sugerente; la sección de cuerdas supo imprimir las esencias orientales que precisaba Desert rose; y las bonitas Fields of gold y Shape of my heart (en la que lució a sus anchas la guitarra acústica de Dominic Miller) se dejaron envolver por un colchón orquestal que les venía muy bien.

Otros momentos fueron mucho menos lucidos en la transición hacia el formato sinfónico, sobre todo cuando se trataba de abordar el sacrosanto repertorio de The Police No convenció lo de poner a prueba el sentido rockero de la orquesta, ni más ni menos que con Next to you el punkarra tema que abría el disco de debut del oxigenado trío; Roxanne salió adelante por su condición de clásico indiscutible, pero su energía original quedó diluida entre demasiada floritura orquestal innecesaria (eso sí, le alabo el detalle al diseñador de luces, que optó por hacer caso al estribillo de la canción, tiñendo de rojo el escenario. "Put on a reeeeed light!").

Luego están los temas que ya tenían poca salvación de entrada. Sting nos ha regalado composiciones de oro en sus más de tres décadas de carrera, pero también ha cometido algún que otro atentado contra el rock and roll, y en su concierto grancanario decidió rescatar dos de los más imperdonables: When we dance y This cowboy song (esta última con algún baile celta incluido, para más inri).

Pero nada de esto nos podía preparar para el momento más matador de la noche. ese dueto con la corista Jo Lawry en Whenever I say your name al que no le faltó ni uno solo de los peores tics de la escuela Operación Triunfo (impecablemente interpretado, eso sí). Y es que el bueno de Sting, cuando no tiene a alguien como Stewart Copeland vigilando sus espaldas, puede tener irreprimibles tendencias a perderse en el horterismo ilustrado.

No se quejará Sting del entusiasmo del respetable. Coreó cuando fue invitado a ello, y saludó con gritos de aprobación los primeros acordes de cada una de las canciones célebres (casi todas). he leído y escuchado algún que otro comentario en contra de este comportamiento. ¿Qué esperaban?. Aunque estuviera la gente sentada, y a pesar del caracter sinfónico de la cita, estábamos en un estadio celebrando el repertorio de alguien que se labró su fama en el marco del rock. Si quitamos ese tipo de respuesta y obviamos esas circunstancias, poco nos quedaría para acordarnos de por qué le rendimos tanta pleitesía a Sting en su momento.

Al final, cuando los aplausos forzaron un ultimísimo bis, cayó un Message in a bottle en versión a solas con la acústica. Y funcionó, vaya si funcionó. Porque cuando se tiene voz, carisma, y una buena canción, hasta con un acompañamiento de zambombas puede funcionar la cosa.

Pues ya vino Sting, tocó, y a tenor de la reacción de las 12.000 almas que acudieron al Estadio de Gran Canaria, venció.

Como por desgracia las figuras de relumbrón mundial no se dan codazos por tocar en Gran Canaria (es más, hay que pagarles bien por encima de su caché para que se dignen a buscarnos en el mapa, pero eso es otra historia), el público isleño se toma este tipo de conciertos como si de un evento social se tratase. Da igual si el artista es de tu devoción o no, la cosa es ir, que lo de no ser visto en la "gran noche musical del año" sería imperdonable. Esto era especialmente notorio en la zona del cesped, donde se dispusieron nueve barras que no paraban de servir copas, y donde esas pistas de atletismo que tanto enfrían los partidos del "equipillo amarillo" servían de gran salón para el esparcimiento general en la previa del concierto y en el intermedio. Tan bien se lo estaban pasando todos, que casi se diría que no les importó la media hora de retraso que sufrió el inicio del concierto.

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Menos llevadera era la cosa para los que estaban en las gradas, que al ser más y tener menos bares tuvieron que soportar largas colas para adquirir una cervecita que saciara su sed de una noche de verano. Esas colas, el mentado retraso, y las congestiones generadas en los limitados accesos han llevado a muchos a enmendarle la plana a la organización. Como cada cual juzga el concierto que vive, yo he de decir que la organización vista desde la zona del cesped fue mucho más loable. Los que accedíamos por la zona de los medios de comunicación pudimos pasar por el siempre engorroso proceso de las acreditaciones sin apuros y en un clima de total cordialidad. Además, la cantidad de facilidades ofrecidas a los redactores para que pudieran ejercer su labor fue muy superior a lo que suele ser moneda de cambio en los conciertos de pop (las mayores restricciones las tuvieron los periodistas gráficos, que tuvieron que estar delimitados en sus jaulas y que sólo tuvieron dos canciones para disparar sus objetivos, pero eso es exigencia habitual de muchos artistas).

En las gradas era donde estaba el grueso más entusiasta del público. Más de uno había decidido celebrar la ocasión vistiendo con orgullo su mejor camiseta de The Police. No ví a nadie portando camisetas del disco Symphonicities, o de ese engendro de canciones "invernales" llamado If on a winter´s night, lo cual viene a desvelar que 1) el señor Sting no nos llega en su mejor momento artístico (si me preguntan, estimo que no ha firmado un disco decente en estudio desde hace 12 años) ; y 2) que los que allí estaban no le iban a echar en cara los pecados musicales recientes.

Y ya que hablamos de música... ¿Cómo fue el concierto?


Continuará

GRINDERMAN
Grinderman 2 (Mute / Pias)

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Justo cuando sus Bad Seeds estaban sonando mejor y más centrados que nunca, Nick Cave sorprendió a propios y extraños montándose un proyecto paralelo. Lo gracioso es que, siendo una versión reducida de los Bad Seeds, Grinderman hacen el doble de bulla. Esa es, precisamente, la idea: dejar atrás la contención y el miedo al ridículo (lo cual explica los disfraces de antiguos soldados griegos que lucen en el videoclip de Heathen child), y salir de la zona de confort, enseñando los colmillos a base de blues primigenio, cuerdas perversas (el violín de Warren Ellis en el tema inicial, Mickey Mouse and the Goodbye Man, parece un ejército de uñas deslizándose sobre una pizarra), y distorsiones inquietantes.

Para Cave, eso significa cambiar su bien documentada disciplina creativa por la improvisación ante el micrófono; y ya se sabe que cuando se deja rienda suelta al subconsciente, se corre el riesgo de despertar a nuestro lado más perverso. O sea, que en lugar de hablarnos sobre Dios, el Cave de Grinderman prefiere poner voz a una especie de diablo que disfruta asustando a sus víctimas y bordeando el acoso sexual («Escucha a través del teléfono / una voz que te viene desde la distancia / su respiración suena fuertemente y tú estás sola / hay algo que te quiere decir», canta en Evil).

Todo eso produciría hasta rechazo, si no estuviera, como está, presentado con extrema inteligencia y el inconfundible sentido del humor del australiano. Casi dan ganas de ceder a las tentaciones de alguien que trata de seducirnos con argumentos como éste:

«¿Qué es lo que te ha dado ese marido que tienes? / Oprah Winfrey en una pantalla de plasma / y una manada de imbéciles con orejas de soplillo y dientes torcidos / los niños más feos que he visto en mi vida» (Kitchenette).

Musicalmente, la segunda entrega de la saga Grinderman perfecciona y radicaliza su fórmula, mostrando a una banda completamente cómoda en su papel, y con unas canciones que, con la salvedad de algún que otro relleno (Bellringer blues se parece a decenas de canciones ya compuestas por Cave), se muestran más sólidas que las del debut.

Incluso cuando la banda quita el pie del acelerador, un aire de amenaza planea constantemente en el ambiente. When my baby comes parece estar a punto de estallar constantemente, hasta que, en su recta final, lo hace con un mastodóntico riff de guitarras sucias. What I know, por su parte, se desarrolla en una atmósfera de aparente calma, pero más bien parece el susurro de un asesino en potencia antes de perpetrar su crimen maestro.

El único respiro real, casi hasta el punto de resultar ajena a este disco, está en Palace of Montezuma, una canción que casi podría definirse como popera, en la que Cave ofrece a su amada todo tipo de parabienes. Claro que, estando donde estamos, se le va la mano con la generosidad:

«Te daré la espina dorsal de JFK / envuelta en el salto de cama de Marilyn Monroe»


TEENAGE FANCLUB
Shadows (Pema)

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Lo que pone su etiqueta suena a engaño. Ni ya ton tan teenagers como para montar un club de fans, ni dan muestras de la oscuridad que insinúa el título de su octavo disco, Shadows. Y sin embargo, a estas alturas del juego, su propuesta es transparente y maravillosamente predecible. Lejos de las afiladas distorsiones de sus primeros discos (con los que llegaron incluso a ser aceptados dentro de la marea grunge de los 90), los escoceses se han abonado a un impoluto pop de guitarras rasgueantes, donde la única diferencia entre disco y disco la marca la inspiración de sus tres compositores. Y esta vez sí que andan inspirados, casi tanto como en su último gran disco, Songs from Northern Britain (1997).

Siguen repartiéndose ordenadamente el micrófono y la pluma: una de Norman Blake, una de Gerard Love, una de Raymond McGinley, todos armonizan en las de todos, y vuelta a empezar; así hasta llegar a doce canciones, cuatro por cabeza.

Cuando hay variedad, entran los gustos, así que he de admitir mi debilidad por el clasicismo elegante de Norman Blake (especialmente excelentes sus Baby Lee y When I still have thee), aunque a Gerard Love hay que concederle el mérito de abrir el disco con Sometimes I don´t need to believe in anything, desde ya parte de lo más lustroso del repertorio de esta auténtica institución del pop británico.


CROWDED HOUSE
Intriguer (Universal)

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Éste es realmente el disco que esperábamos de la reunión de Crowded House tras más de diez años de silencio. Sabemos que el regreso se confirmó oficialmente con Time on Earth (2007), pero ese era un disco originalmente concebido con la intención de ser un disco en solitario del líder indiscutible del proyecto, Neil Finn. La repentina muerte del ex -batería de Crowded House, Paul Hester, rescató lazos entre el resto de componentes, y Finn optó por invitarles a terminar el trabajo que tenía entre manos. Sin tratarse de un mal disco, el peso de la tragedia reciente se notaba, y carecía del espíritu aventurero que caracterizaba todos los trabajos de la legendaria formación neozelandesa. Nos merecíamos una revancha.

Ojo, porque tenerlos de vuelta no quiere decir que se hayan dedicado a facturar como churros piezas del gancho comercial de sus viejos éxitos Don´t dream is over o Weather with you. Hace tiempo que Neil Finn optó por no apoyarse exclusivamente en su don para las melodías cautivadoras. Su carrera reciente es una lucha entre la experimentación moderada y los estribillos tarareables (recordemos que su primer disco en solitario se titulaba «Intenta silbar esto», casi a modo de desafío a lo que se esperaba de él). No le ha ido mal así. Quizás su público se haya visto reducido respecto a los días en los que su música dignificaba las radiofórmulas, pero ha conseguido mantener una carrera sólida, y granjearse el respeto de la creme del pop contemporáneo, como Wilco y Radiohead, con quienes ha colaborado en varias ocasiones.

Intriguer es consecuente con las inquietudes del Finn actual: alterna canciones como Isolation -un dúo con su esposa Sharon que pasa de la ensoñación delicada al descargue psicodélico-, con la urgencia rockera (siempre endiabladamente melódica) de Twice if you´re lucky, o con un medio tiempo "a lo McCartney" como Falling dove.

La banda responde con solvencia e imaginación a los envites que Finn lanza en sus canciones. De la formación original sólo queda el bajista Nick Seymour, aunque el multi-instrumentista Mark Hart lleva el suficiente tiempo en el proyecto como para ser considerado un Crowded House de derecho, y el baterista Matt Sherrod se ha ganado ya los galones con sus aportaciones rítmicas.

Tan sólo faltaba la guinda que ha puesto el veterano productor Jim Scott, cuyas atmósferas cuidadosamente desplegadas a lo largo de cada canción convierten este trabajo en uno de los más interesantes a nivel sonoro de la carrera de la banda. Una carrera que, aleluya, ha vuelto para quedarse. Ahora sí.

THE DRUMS
The Drums (Universal / Coop)

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Para ser la última sensación del pop de guitarras, estos neoyorquinos (vía Florida) se apoyan con bastante alegría en los teclados; y, para llamarse The Drums, sus baterías suenan sospechosamente a ritmos programados sin grandes alardes de imaginación.
Entonces, ¿qué es lo que ha puesto a The Drums en boca de todos, para bien y para mal? Probablemente tenga que ver su cuidada imagen de "nuevos-nuevos románticos", o que el auto-martirio a lo Morrissey puesto en boca de un artista joven siempre queda muy resultón, o que han bordado su intención de inyectar alegría a los argumentos musicales de Joy Division y New Order, o que cuentan con el aliciente infalible de canciones inmediatas y frescas como Let´s go surfing (a lo mejor, hasta demasiado inmediatas y frescas, ya que letras como "Mama, quiero surfear, no me importa nada más" suenan a anacronismo en el escéptico nuevo milenio).
Su debut discográfico escapa gracias a todo lo mencionado, aunque en la recta final de sus ajustados 40 minutos se empieza a acusar la falta de ambición de estos chicos (manifestada con orgullo en cada una de sus entrevistas), y la cosa empieza a atragantarse por repetitiva. De ellos depende que en el futuro no pasen de moda a broma.


BUNBURY
Las consecuencias (EMI)

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Nadie como Bunbury para encarnar al artista comprometido con su musa, solo contra un mundo que no termina de acogerle del todo. Hay algo de impostado en esa pose, ya que no estamos ante un creador maldito, sino ante alguien que se ha ganado el respeto de compañeros de profesión, de un sector de la crítica (otro lo tendrá que dar por perdido para siempre), y de un público que, si bien nunca será tan numeroso como el que seguía a Héroes del Silencio, es suficiente para permitirle una libertad artística de la que gozan pocos en nuestro rock.

«Que no me atrape lo mundano, si prefiero no estar quieto», canta en De todo el mundo, toda una declaración de intenciones (sus canciones, casi todas en primera persona, están plagadas de ellas). Por no estar quieto, el maño ha ido cambiando el paso con cada disco.

Si Hellville de luxe (2009) era su trabajo más exuberante y rockero desde aquellos lejanos días heroicos, Las consecuencias nos ofrece su reverso calmo, acústico y oscuro. El autor nos revela que ambos trabajos, junto a su disco compartido con Nacho Vegas, El tiempo de las cerezas (2007), conforman lo que él llama la trilogía de «canciones desde el puerto», donde el eterno viajero ha detenido su rumbo para madurar desde la paz del hogar una serie de composiciones de profunda raíz norteamericana.

La placidez instrumental de Las consecuencias (guitarras acústicas, harmónicas, órgano Hammond, y arreglos de cuerda que lucen especialmente en la muy Beatle Ella me dijo que no) es sólo una máscara para hacer más llevaderas unas letras especialmente profundas y dolorosas, centradas en nuestra incapacidad compulsiva de comunicarnos y entendernos entre nosotros (un ejemplo, de Lo que más te gustó de mí: «Me dices que soy un tipo particular / cuando esas pequeñas bromas te hacían reír hasta llorar / y ahora las odias, aunque no me conozcas»).

El disco está pensado para calar en el oyente a partir de dos caras diferenciadas, como los vinilos a los que tanta pasión profesa Bunbury. En lo que sería la cara B hay huecos para la electricidad, tanto en la épica Los habitantes (que podría servir para enganchar a nostálgicos de Héroes, y que incluye un fantástico final instrumental para lucimiento de toda la banda), como en la canción estrella Es hora de hablar, una apabullante interpretación vocal que empieza desde el susurro para finalizar con su grito más desgarrado («Que quiero hacer muchas cosas por ti, las más posibles», una hermosa frase, incluso cuando se berrea a pleno pulmón).

Para redondear este gran disco -de los más coherentes y completos de la carrera de la carrera de Bunbury-, llega una inesperada versión de Jeanette, Cara a cara, a dúo con Miren Iza (Tulsa). Lo extraño, y es ahí donde reside el mérito de la elección, es que esta canción de 1981 encaja a la perfección con el universo de este disco, tan desolador, y a la vez lleno de fragilidad y belleza.


ISOBEL CAMPBELL & MARK LANEGAN
Hawk (V2 / Nuevos Medios)


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Ya van tres colaboraciones entre Isobel Campbell y Mark Lanegan. Algo de intangible encanto tiene la combinación de la inocente voz de la escocesa con el rasposo barítono del norteamericano. La bella y la bestia, la buena y el canalla. Es la fórmula secreta para un tipo de química que no se vivía en el mundo de los duetos musicales desde los tiempos de Nancy Sinatra y Lee Hazlewood (innegable referencia estética y sonora para la pareja que nos ocupa).

La primera que sabe lo bien que funciona esto es Isobel, y por eso traga con ceder parte de la gloria, a pesar de que es ella la que se pega meses componiendo las canciones y haciendo los arreglos; luego viene el amigo Mark, refunfuñando, y graba sus partes en un par de horas. ¡Pero qué partes, oiga! Encima, el hombre se niega a cantar más de una canción de Townes Van Zandt para no encasillarse. No pasa nada; Isobel -que había escogido dos versiones del malogrado cantautor- traga saliva y remueve cielo y tierra para encontrar un compañero ocasional con el que cantar No place to fall (el oyente no sale perdiendo: Willy Mason sabe estar a la altura).

A ella al menos le queda el consuelo de saberse al volante del vehículo (¿creen que la portada es casual?), y el gustazo de ofrecer algo que es mucho más que la suma de sus elementos. Hablando de darnos el gustazo, apunten Come undone entre las candidatas a canción del año 2010.

SEABEAR
We built a fire (Morr / Pop Stock!)

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Más música de alto calibre que nos llega desde Islandia. Esta vez no es ni una excéntrica visionaria -a lo Björk-, ni un reflexivo compositor de neoclásica -a lo Daníel Bjarnason-, ni unos expertos en traducir a códigos de post rock el paisaje eterno de su país -a lo Sigur Ros-. Lo que aquí tenemos es un septeto de folk rock construido para acomodar la visión de su líder, Sindri Már Sigfússon.

We built a fire es su segundo trabajo, el que les ha llevado a ser definidos como un cruce entre Sufjan Stevens y una versión desenchufada de Arcade Fire. El símil se las trae, pero resulta exactamente lo que a uno le viene a la mente en cuanto escucha la susurrante voz de Sigfússon, unas melodías que se mueven entre la euforia y la exaltación de la belleza, y unas orquestaciones de aroma casero.

LCD SOUNDSYSTEM
This is happening (DFA / EMI)

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Rompiendo las normas habituales en la música bailable, James Murphy alcanzó el estrellato cuando ya andaba bien entrado en sus treinta. Esto tiene su parte buena, porque usó todos sus años acumulados como melómano obsesivo para colar como tendencias novedosas una serie de ritmos y melodías heredados de bandas curadas por el tiempo como Kraftwerk, The Fall, Talking Heads o Can.

El inconveniente está en que su mecha como artista en el sentido convencional de la palabra (discos, giras, entrevistas promocionales) es más corta de lo deseable. De hecho, si hemos de creerle, estamos ante el último disco de LCD Soundsystem. Al fin y al cabo, este era un proyecto en el que Murphy fue desarrollando un discurso muy concreto, una aventura que comenzaba hace ocho años con la pura ironía de Losing my Edge, un contagioso single en el que Murphy ya se lamentaba por ser demasiado viejo como para seguir el paso musical que marcaban las nuevas generaciones.

Después de tres discos que han servido para contradecir semejante confesión, llega el momento de la retirada. Eso no tiene por qué significar que le vayamos a perder de vista. Seguro que en el futuro seguirá vinculado a actividades musicales, ya sea como capo del sello DFA, como mezclador, o incluso como artista en solitario más desvinculado de la tiranía del baile (un ejemplo de ese posible camino lo podemos encontrar en su reciente banda sonora para la película Greenberg).

Como canto de cisne discográfico, This is happening cumple con todo lo que ya habíamos llegado a esperar de LCD Soundsystem. El pulso sigue siendo eminentemente brioso, sólo roto casi al final con Somebody´s calling me, cuyas voces lánguidas, líneas de piano enfrentadas y fraseos psicodélicos de voz y sintetizador conforman un cuadro inquietante.

Muchas de las composiciones contagian no sólo por sus ritmos, sino también por sus melodías (interpretadas con convicción por un Murphy que cada vez domina más registros vocales), aunque resulte complicado adivinar si alguno de los nueve cortes incluidos podría convertirse en un éxito (una circunstancia abordada directamente en la fantástica You wanted a hit: «Querías un éxito, pero tal vez nosotros no hacemos éxitos / Por más que ,o intento, la cosa nunca acaba de salirme del todo bien»).

De hecho, Drunk girls -un frenético punk rock que ha sido definido con acierto como un cruce entre el Girls & boys de Blur y el White light / White heat de la Velvet- puede haberse ganado el honor de ser el primer single por su cómoda duración (apenas cuatro minutos en un disco en el que la media por canción es de siete minutos), no por ser especialmente representativa.

También planea en todo momento la influencia del Bowie de Berlin, el producido por Brian Eno, algo que llega a homenaje directo en All I want, donde las guitarras parecen una extensión de las de Heroes. La cuota de piloto automático llega con Pow pow, donde Murphy vuelve a hablar más que cantar sobre una base saltarina, al más puro estilo de la mencionada Losing my Edge.

Tal vez la mejor canción sea Dance yrself clean, con las dinámicas perfectamente divididas entre la calma sugerente del principio y el tecno cortante de la segunda parte. Su hipnótico estribillo vuelve a hacer acto de presencia para cerrar el último tema, Home, lo que le da al disco -y a la carrera de LCD Soundsystem- un agradable tono circular.


EELS
End times (Nuevos Medios)

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Atención, que Mark Oliver Everett nos va a hablar de las relaciones humanas:

«Todo es maravilloso y libre... al principio» (The beginning).

Por supuesto, tratándose del mundo de Everett y de sus Eels (cada vez más claramente un proyecto unipersonal), ese bonito comienzo no es sino una situación contextual para dejarnos claros por qué los finales son tan devastadores. Los discos sobre rupturas emocionales son casi un subgénero dentro del rock, desde el Blood on the tracks (1975) de Dylan hasta el Heartbreaker (2000) de Ryan Adams. Teniendo en cuenta su probado talento para convertir sus numerosas miserias personales en conmovedoras melodías de pop herido, Everett tenía todos los boletos para, a la mínima que su vida le pusiera en la tesitura, entregar un «disco de divorcio» de los que dejan huella. End times es precisamente eso.
En su fascinante autobiografía, Cosas que los nietos deberían saber (publicada en castellano por Blackie Books), Everett nos da algunas claves sobre el origen de su sonido, y sobre por qué muchas de sus interpretaciones comparten el aire áspero de Plastic Ono Band (1970), el debut en solitario de Lennon:

«Lo que me encanta de John Lennon (y de Elvis Presley, ya que estamos) es que era gente muy insegura, y eso para mí es lo que los hace artistas absolutamente humanos. Por más aplomo que le echasen, al final siempre tenías la sensación de haber experimentado algo real».

Si pensamos, por tanto, que gran parte de la carrera de Eels tiene como objetivo encontrar encarnaciones musicales de nuestra fragilidad, bien podríamos considerar que éste es su disco más logrado.

No es que a nuestro protagonista le estén dejando ahora por primera vez, pero las heridas tardan más en sanar ahora que se acumulan los años y crece el miedo a una soledad indefinida. Así lo canta en torno a la hermosa melodía de In my younger days:

«En mis años mozos, esto no me habría afectado tanto / pero ahora se me hace muy duro, cada vez me quedan menos salidas».

No todo son lamentaciones en forma de balada; también hay espacio para la rabia, que en Everett se manifiesta en Gone man y en Paradise blues, dignas continuaciones del rock and roll primitivo que dominaba su anterior trabajo, Hombre lobo (2009).

Que nadie confunda End times com un disco triste. Más bien es todo lo contrario. Si hay algo que distingue a Eels de otros profesionales de la miseria, es ese aire reconfortante que se esconde en la rugosa voz de Everett, así como su capacidad para encajar alivio cómico incluso en la más patética de las situaciones. Es aquello que el escritor Rodrigo Fresán ha definido como «la inamovible voluntad de entristecer con la tristeza hasta conseguir en el oyente una rara forma de euforia».

Sirva de ejemplo la insuperable imagen con la que se abre el primer single A line in the dirt: «Ella se ha vuelto a encerrar en el baño / así que estoy meando en el jardín».

Este 2010 contó con un segundo disco de Eels, Tomorrow morning, mucho más luminoso, y electrónico, aunque casi igual de recomendable.


FOALS
Total life forever (Warner)

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Antidotes (2008) fue un debut audaz, conectado con el zeitgeist del momento a través de sus ritmos bailables (a lo Franz Ferdinand), sus guitarras de lejana inspiración africana (a lo Vampire Weekend), y su pose arty con miras a Nueva York (a lo TV on the Radio). Pues ahora toca olvidarnos de todo eso. En su esperado segundo disco, la banda de Oxford ha dado un salto tan grande como el que dieron sus paisanos de Radiohead cuando pasaron del Pablo Honey (1992) al The Bends (1995). Con Yannis Philippakis explorando matices vocales que no esperábamos de él (pensábamos que era un simple gemidor resultón), y con unas composiciones cuya mezcla de influencias ha dejado de ser discernible, Foals son ahora una fuerza a ser seriamente considerada. Te harán bailar, te harán pensar, y te conmoverán. Esto, definitivamente, ya no es simple y frío math rock.

JORGE DREXLER
Amar la trama (Warner)


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Que nadie piense que el artista sólo puede crear obras de peso cuando está desolado o atormentado. En Amar la trama nos encontramos con un Jorge Drexler esencialmente feliz, atrevido, y envuelto en una «ilusión infantil que dura hasta hoy», como confiesa en una de sus nuevas canciones. Por más que en la alegre rumba Las transeúntes nos insinúe que no siempre la inspiración le queda a mano («Las musas huyen si las asedias / y otra canción que va a quedar a medias»), la sensación que deja es la de un cancionista que siempre va a saber sacar jugo de la más minúsculas de sus reflexiones. Prueba de ello está en el primer single, La trama y el desenlace, cuya temática se reduce a algo tan insignificante, y a la vez tan sublime, como un paseo por la calle junto a su chica. Los versos de esa canción fluyen con verbo ágil, describiendo aquellos factores intangibles que hacen que la feliz pareja acabe caminando al unísono:

«Y sin plantearlo tú, acaso / como quien sin quererlo, va y lo hace / Te vi cambiar tu paso hasta ponerlo en fase / en la misma fase que mi propio paso».

Cabe deducir, por cierto, que quien camina en fase con él es Leonor Watling, quien, además de dejar su voz en el disco en ese hipnotizante tango llamado Toque de queda, es madre del hijo al que Drexler dedica Noctiluca, una pieza que refleja con delicada poética todos aquellos miedos que asaltan a cualquier pre-papá:

«La noche estaba cerrada y las heridas abiertas / y yo que iba a ser tu padre buscaba sin encontrarme en una playa desierta».

Es tanto el positivismo que rodea a este disco, que su autor llega a buscar la manera de canalizar su agradecimiento por todas las circunstancias que han influido en su estado actual. Eso es Una canción me trajo hasta aquí, dedicada a Ana Belén y a Víctor Manuel, probablemente por esa canción en una maqueta que, «varias primaveras atrás», hizo que la pareja moviera sus hilos para que ese talentoso uruguayo encontrase cobijo en la escena musical española.

Después del marco sonoro, a medio camino entre lo acústico y lo electrónico, que Drexler había sabido tejer en sus últimos trabajos, siempre tutelados por el productor Juan Campodónico, parece hasta una temeridad que haya cambiado de rumbo hacia un festín de lo orgánico y de lo inmediato. Amar la trama está tocado casi íntegramente en directo, frente a un silente público que hace las veces de diana y emisor de vibraciones, ya que Drexler había percibido que hay un extra de implicación en la manera en que un músico toca cuando sabe que le está observando alguien.

Con una banda tan bien ajustada y tan rica en instrumentaciones, enseguida asumimos que éste es el ambiente natural en el que han de respirar las canciones; o al menos las canciones de un Drexler que, al estar tan feliz, contribuye a que nosotros queramos estarlo con él.

BIGOTT
This is the beginning of a beautiful friendship (Grabaciones en el Mar)

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El zaragozano Borja Laudo es único en lo suyo, y sus discos son todo un ejemplo de imaginación, belleza, excentricidad, y sensibilidad melódica. This is the beginning of a beautiful friendship es su cuarta llamada a la puerta de la genialidad, en la que ha llevado hasta el extremo la complicidad que ha ido tejiendo con el productor Paco Loco. En comparación con trabajos anteriores, nos encontramos con un Bigott menos eléctrico, ajeno a los encasillamientos instrumentales propios de una banda convencional (es Paco Loco el que se hace cargo de casi todos los arreglos e instrumentos), y capaz de echarle un pulso creativo a artistas reconocidos del freak folk contemporáneo, como Devendra Banhart. A pesar de lo adictivas que son las canciones más alegres (coros como los de Honolulu, o los de The jingle swing se clavan instantáneamente en la memoria), la verdadera joya de este breve y embriagador disco es My my love, una balada minimalista que se las arregla con una guitarra y un slide para desarmar nuestras defensas.

VAMPIRE WEEKEND
Contra (XL / ¡Pop Stock!)

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La revolución comenzó con Graceland (1986). Y no me refiero a la sensación que causó Paul Simon -uno de los cantautores más blancos que podamos imaginar- con su acercamiento literal a África en ese ya histórico disco, sino a la que se armó hace un par de años cuando Vampire Weekend -la banda más blanca que uno pueda encontrar en el efervescente barrio de Brooklyn- usó parámetros similares para su debut (Vampire Weekend, 2008), provocando una onda expansiva que ha soldado indefinidamente los sonidos del indie actual con los del continente negro.

Entre cada alabanza dedicada a esta joven formación con pinta de empollones en una universidad cara alguien les mencionaba, claro, el disco de Paul Simon. Ellos, sin levantar mucho la voz, preferían marear la perdiz y mirar hacia otro lado. De hecho, pese a que la oreja se nos iba a canciones de corte tribal como One (Blake´s got a new face), o la irresistible Cape Cod Kwassa Kwassa (con alusiones a Peter Gabriel en su estribillo), la gran mayoría de sus canciones primerizas apuntaban a otro tipo de influencias, como el pop barroco o las ensoñaciones melódicas de, por ejemplo, Ray Davies.

Ha llegado el esperado momento de la reválida y nos encontramos con una curiosa evolución hacia sonidos y ritmos mucho más elaborados, cosa que han hecho sin sacrificar la frescura que les caracteriza (probablemente nunca la perderán, al menos mientras mantengan a un cantante tan candoroso como Ezra Koenig). Si en la anterior entrega ya brillaban las coloridas teclas del también productor y guitarrista Rostam Batmanglij, ahora ocupan el papel principal y multiplican su capacidad mutante, propiciando una sana apropiación de discursos de la electrónica (algo que ya podríamos haber intuido, a juzgar por el disco que Rostam publicó junto a su proyecto paralelo Discovery). Lo raro es que, lejos de dejar atrás la maldición de Graceland, se han abrazado aún más a ella, con canciones como White sky, o California English (con una voz que usa auto-tune sin que, sorpresa, nos dé vergüenza ajena), que suenan como si alguien hubiese decidido remezclar canciones inéditas de las sesiones de aquel disco de Simon.

Aún así, ni el Simon más pletórico habría sido capaz de firmar una canción como Cousins, con la que se abren nuevas posibilidades de insuflar energía a las composiciones de la banda.

Como éste es un trabajo de contrastes, entre los momentos más sorprendentes fuera del área de influencia africana, encontramos piezas que hacen de la desnudez y la delicadeza sus armas principales, como Taxi cab (con un discreto arreglo de cuerdas y un piano que parece zigzaguear de puntillas a lo largo de toda la canción) o una sugerente I think you´re a contra que sirve de insuperable cierre.

A la vista de la evolución que han experimentado Vampire Weekend, ahora sólo faltaría que Paul Simon, un hombre que sigue con ganas de subirse a carros vanguardistas, les escogiera como productores y banda de acompañamiento de su próximo trabajo. Sería una bonita manera de completar el círculo.


DRIVE-BY TRUCKERS
The big to do (ATO / Pias)

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El título del disco nos habla de un deber, de una responsabilidad que descansa sobre los hombros colectivos de la más inteligente banda del rock sureño actual. Ellos llevan ya varios años convirtiendo en febriles canciones las miserias de la América de a pie de calle, con unos discos y directos que derrochan energía y actitud rockera de la que no abunda. En su octavo disco, esa misión se acrecienta al ponerles en el epicentro de una recesión que ha multiplicado las tragedias a las que ponerles música.
Así, a This fucking job (sobre los que se ven confinados de por vida en un trabajo-basura) le sucede Get downtown (en el que una mujer pide a su marido que deje el sofá de una vez e intente conseguir un empleo), ambas poseedoras de una garra que no abundaba en la obra reciente de la banda. Tampoco faltan otras odas a perdedores de todo tipo (The fourth night of my drinking da cuenta, estrofa a estrofa, de la decadencia de un alcoholico), ni las habituales crónicas criminales basadas en hechos reales (The wig he made her wear, en la que también suenan algunos de los mejores solos de guitarra del disco), ni las piezas sobre corazones rotos (la emocionante You got another, uno de los dos temas aportados por Shonna Tucker, totalmente integrada como tercera cantante y compositora).



JOANNA NEWSOM
Have one on me (Drag City / Pop Stock!)

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A cualquier artista le suelen caer etiquetas. Forma parte del juego mediático, y, por más que le pese a algunos, sigue siendo de gran utilidad a la hora de describir con palabras un sonido a alguien que no haya podido escucharlo aún. Los artistas que sólo se quedan en la etiqueta suelen ser prescindibles. Luego están los que realmente valen la pena; esos acaban aposentando su música entre nosotros hasta que el uso de cualquier etiqueta resulte redundante. Por último, tenemos a una élite de artistas tan sobrenaturales, y con una capacidad de evolución tan bestia, que cualquiera que ose etiquetarlos corre el riesgo de quedar como un simplón sin recursos. A ese selecto grupo pertenece Joanna Newsom, quien en sólo tres discos se ha consolidado como dama intocable e inclasificable de la música contemporánea.

Con su debut, The milk-eyed mender (2004), nos apresuramos a situarla a medio camino entre la tribu del nuevo folk que capitaneaba Devendra Banhart, y el clan de excéntricas aniñadas como CocoRosie. No tardó en llegar su segundo disco, Ys (2006), para empequeñecer la idea que teníamos de ella. Se trataba de un ciclo de cinco canciones larguísimas en el que Joanna se valía de su arpa y de unas exquisitas orquestaciones de Van Dyke Parks para saltarse todo tipo de estructuras convencionales. Tocaba buscar nuevos calificativos: que si Björk de la pradera, que si neo-medievo, que si hada cuentacuentos... Por supuesto, lo que está ofreciendo esta californiana de edad tan insultante (¡aún es veinteañera!) es mucho más profundo y apabullante que eso, y lo ha vuelto a demostrar abriéndose nuevas posibilidades con su tercer disco.

Aquellos que encontraban Ys demasiado intrincado para ser disfrutado, correrán despavoridos ante los fríos datos de Have one on me: tres discos, más de dos horas de duración, una media de siete minutos por canción, letras que son auténticas parrafadas y que vuelven a sumergirnos en un mundo de arañas, osos e ininteligibles diatribas sobre el amor. No voy a decir que se trata de una obra de acceso inmediato. La mera cantidad de información e ideas que contiene parece incompatible con el ritmo con el que solemos degustar las novedades musicales hoy en día. Sin embargo, la distribución en tres discos separados facilita su digestión, y las estructuras totalmente abiertas e impredecibles de Ys han dado paso a un cierto orden que, sin caer en fórmulas probadas tipo estrofa/estribillo/estrofa, podría responder a lógicas aplicadas dentro del folk más atrevido. Además, Joanna ha pulido sus facultades vocales hasta hacer desaparecer casi del todo ese punto élfico que tanto podía llegar a irritar a sus detractores.

La instrumentación, supervisada por su compañero de banda Ryan Francesconi, es variada sin pasarse de ambiciosa: orquestaciones de perfil bajo, alusiones al barroco, pellizcos orientales, percusiones puntuales, y la presencia de una kora que ejerce de lógica respuesta africana a las digitaciones de nuestra arpista.

Por cierto, que la Joanna Newsom de 2010 tiene, entre sus muchas facetas, un punto a la Joni Mitchell de los 70 (la más sugerente, si me preguntan). Se puede percibir en temas como 81' o la contagiosa Good intentions paving Co. Pero claro, eso nos llevaría de nuevo a las temibles etiquetas...


KIKO VENENO
Dice la gente (Warner)

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«Dímelo otra vez, que te he escuchao muy bien / pero me gusta oir cómo lo dices». Nos lo canta Kiko en Andalucía, incluida en este trabajo. Efectivamente, a él le tenemos ya muy escuchado, tanto que es difícil que llegue a sorprendernos, pero es que nadie dice las cosas como él. Y eso que imitadores y seguidores no le han faltado. Además, en Dice la gente no sólo recupera la frescura y la inspiración de discos tan bien recordados como Echate un cantecito (1992), sino que además se saca algún as inesperado en la manga como el zapateado jondo en El duende, o los aires flamenco-africanos del tema titular (con un estribillo que es pura poesía kikoveneniana: «Dice la gente que de algo hay que vivir / que sólo se muere una vez / yo creo que no es así / Se muere uno muchas veces / yo siempre muero por ti»). El G-5 (Muchachito, Tomasito y Los Delinqüentes) suben la cuota de cachondeo en El mosquito suicida. Y es un placer volver a escuchar una de las inimitables adaptaciones de temas clásicos (¿cómo olvidar ese Atrapado por el blues de Memphis, original de Dylan?). En este caso, le toca el turno al Bird on a wire, de Leonard Cohen, transformada aquí en Pájaro en el cable.


Es hora de darle un poco de nueva vida a este blog. No podía ver cómo se consumían los últimos días de este 2010 sin intentar poner en pie una lista con los mejores discos que han pasado por mis orejas.

Buena música ha habido, como cada año (todo es cuestión de saberla buscar), pero ahora que me he puesto retrospectivo, me quedo con la impresión de que hemos estado ante una cosecha más floja de lo que venía siendo costumbre. Lo curioso es que algunos artistas veteranos como Paul Weller o Neil Young han elevado el listón con discos rompedores, que además de tener calidad objetiva, venían a añadir algo geniunamente nuevo a unas carreras que parecían haberlo dicho ya casi todo.

Aquí va la primera tanda de discos, acompañados de las críticas que publiqué en su momento en el añorado Perinqué, más alguna de nueva cosecha para este blog.


HOT CHIP
One life stand (EMI)

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Pocas bandas incluidas dentro de la escena de baile, o de la música electrónica, pueden permitirse apelar a la honestidad y al sentimentalismo. Para hacer algo así, tendrían que saber anteponer férreas composiciones a cualquier otro recurso anexo como los ritmos, los efectos de producción, y la obsesión por los BPM. Los londinenses Hot Chip poseen tanto lo primero como todo lo demás, y aún así en los tres discos anteriores -con los que merecidamente se encumbraron como una de las mejores bandas que han sonado en una pista de baile en este siglo- sentían la necesidad de escudarse bajo un manto de ironía y de ingenio sonoro. One life stand representa la consagración de Hot Chip a corazón abierto, un quinteto que suena como tal -sin tanta concesión al laboratorio-, y que siguen siendo capaces de hacernos menear el esqueleto. De hecho, pese a que la voz de Alexis Taylor tiñe todo de un sobrecogedor aire de melancolía, el disco sólo se permite bajar el ritmo en Slush, una balada de corte casi clásico en la que el steel drum, ese instrumento tan asociado a alocadas noches tropicales, nos pone los pelos de punta. Puede que discos anteriores contuvieran piezas aisladas más brillantes, pero como obra completa One life stand representa un paso hacia la madurez bien entendida.


ARCADE FIRE
The suburbs (Universal

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ARCADE FIRE
The suburbs
Universal

Podría decirse que Arcade Fire están ahora en una posición similar a la que ocupaba Radiohead a finales de la década pasada, cuando todos esperaban la continuación de su OK Computer (1997) como si se tratase de la respuesta a todas las cuestiones de la existencia. No en vano, la banda canadiense ha creado todo un molde a seguir dentro de gran parte de la música independiente reciente, y han conseguido que sus canciones resuenen como himnos comunales, tan indicados para ser cantados en la soledad de un cuarto como en el más grande de los escenarios festivaleros. La culpa la tiene, sobre todo, su disco de debut, Funeral (2004), que conseguía conjugar euforia y sensibilidad desde unos planteamientos totalmente modestos. La mencionada presión se dejó notar en su siguiente disco, Neon bible (2007), una obra meritoria que, sin embargo, podía llegar a parecer forzadamente hinchada en ocasiones.
The suburbs es el tercer disco, el de la auténtica encrucijada. ¿Ahondan en el camino que les ha ido labrando de forma automática su propia gloria, o intentan reafirmarse como artistas siguiendo sus propios instintos? Han optado por lo segundo, y aunque han dividido opiniones entre los viejos fans, a la larga puede que sea recordado como el disco que salvó sus carreras.
The suburbs surgió a partir de unas viejas fotos que recibió en su correo electrónico el líder de la banda, Win Butler. En estas nuevas 16 canciones podemos adivinar un viaje a la vida suburbial que los miembros de la banda recuerdan en sus infancias, o a través de la infancia de sus padres.
Lo llegaron a decir en varias entrevistas promocionales. Estaban hartos de la épica de piloto automático. Tal vez por eso, la tarjeta de presentación sea el tema titular, una obra de puro country alternativo que nos remite al Neil Young de Harvest (1975). Efectivamente, el tono es más contemplativo y -con perdón- maduro, pero la épica les puede, aunque huyan de ella, tal y como queda evidente en temas de potente calado como Rococo, Empty room (con sus preciosos y frenéticos violines), o en la parte final de Suburban war.
Algún tema de Neon bible delató que, por encima de todo el halo de tendencias a la última que le colgaban al grupo, Butler era un tradicionalista que guardaba un hueco en su corazoncito para Bruce Springsteen. La historia se repite aquí con Month of may, un rock and roll sorprendentemente convencional que rompe el ritmo del disco. También sorprenderán -para bien, en este caso- los toques sintetizados al más puro estilo Blondie de Sprawl II (Mountains beyond mountains), una de las contadas ocasiones en las que podemos disfrutar de Régine Chassagne a la voz principal.

WOLF PARADE
Expo 86 (Sub Pop / Pop Stock)

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Teniendo en cuenta que los dos co-líderes de Wolf Parade tienen sus respectivos proyectos paralelos de éxito (los Handsome Furs, del teclista Dan Boeckner, y Sunset Rubdown, del guitarrista Spencer Krug), podríamos pensar que esta banda ha quedado reducida a un entretenimiento ocasional formado por material sobrante. Los lánguidos y autocomplacientes pasajes de su segundo disco, At Mount Zoomer (2008), casi corroboran esta sospecha. La cosa cambia desde los primeros y explosivos acordes de este Expo 86. Los canadienses han energetizado su propuesta, poniendo al día su evidente talento para invocar el lado más maniático de Bowie. Aunque Boeckner y Krug se van alternando el protagonismo en el micrófono y en las composiciones, sus instrumentos se cruzan con soltura y se funden en uno solo dentro del sonido maximalista al que apuntan.

NEIL YOUNG
Le Noise (Warner)

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No se puede decir que Neil Young haya sido un artista acomodado en ningún momento de su vida. Es más, le define su carácter indomable, abierto a cualquier capricho artístico que se le cruce por la cabeza. Su único punto flaco al respecto está en el sentido casi familiar que le le da a su ética de trabajo, algo que le ha llevado a orbitar en torno al mismo grupo de músicos, técnicos y productores durante casi toda su carrera. De ahí que su unión con un productor-estrella como Daniel Lanois se antojase bastante apetecible. Además de sus archiconocidos trabajos junto a U2, Lanois ha sido responsable de sacar oro puro de artistas veteranos que supuestamente ya habían mostrado su mejor cara en el pasado, a menudo indagando en sus lados más oscuros e intensos (sus producciones para Willie Nelson, Bob Dylan, Robbie Robertson, o Emmylou Harris son vistas como puntos y a parte en las carreras de cada uno de ellos).

Young no se ha andado con medias tintas a la hora de ceder terreno a su flamante productor, a quien ya referencia en un título -Le noise, La-nois... ¿lo pillan?-, que de paso sirve para avisarnos de las grandes cantidades de ruido empleadas. Aunque parezca mentira, todo ese ruido parte exclusivamente de la voz de Young y su guitarra, a las que Lanois añadió efectos varios que hacen que la escucha de algo tan primigenio se convierta en una interesante experiencia auditiva.

Uno de los momentos más logrados está en el tema de apertura, Walk with me, una bomba sonora que cabalga a lomos de rabiosos rasgueos de guitarra. Al final del tema, aparecen las lanoisadas ofreciendo su mejor cara, con unos feedbacks de guitarra manipulados que hasta parecen estar hablándonos. Si todo Le noise hubiese mantenido este listón inicial, estaríamos ante una obra maestra de las mayúsculas, pero el nivel compositivo no responde en todo momento a lo que le pedimos a Neil (muchos de los temas parecen compuestos con el piloto automático, y luego hinchados con las mentadas ideas de producción), y además hay ocasiones en el que el uso del efecto de delay -eco, para los no iniciados- llega a resultar un poco irritantes. Hitchhicker y Angry world son buenos temas, aunque su estructura convencional bien se habría podido beneficiar de la compañía de Crazy Horse, una señal de que el rigor casi dogmático que aplicaron Young y Lanois en este disco no siempre es beneficioso.

Más acertadas son las dos piezas acústicas aquí incluidas, Love and war (a incluir entre las más emocionantes piezas antibélicas de Young), y la extensa Peaceful Valley Boulevard, gracias a las cuales el disco encuentra un punto de equilibrio que, además, da descanso a las orejas del oyente. Sólo el tiempo dirá si este Le noise queda como una anécdota, o como una referencia mediante la cual medir la etapa sexagenaria de nuestro hombre.


RETRIBUTION GOSPEL CHOIR
2 (Sub Pop / ¡Pop Stock!)

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Por más que la banda de sadcore Low haya recrudecido su sonido en sus últimos trabajos, nunca habríamos podido sospechar que su cabeza visible, Alan Sparhawk, escondía en su interior a un héroe rockero a la vieja usanza. Para que esa irrefrenable vocación alternativa saliera a la luz, ha sido necesario crear un proyecto alternativo, Retribution Gospel Choir (un nombre acorde con la elevada espiritualidad de Sparhawk). Después de contar en sus filas con Mark Kozelek (Red House Painters) y de foguearse en directo con versiones amplificadas de temas de Neil Young, o de los propios Low, su propuesta se solidifica con un segundo disco de proporciones gigantescas, ahora en formato de trío (dos cuartas partes de Low, más el impactante batería Eric Pollard, toda una ametralladora de ritmos). Ecos de Crazy Horse, Pearl Jam, y los R.E.M. más enérgicos en una obra de rock que eleva a las alturas. Benditos sean.


EL GUINCHO
Pop negro (Young Turks / Pop Stock!)

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Que se vayan preparando nuestros políticos del 2040, porque a alguno de ellos les va a tocar dedicarle una calle, o un auditorio, a Pablo Díaz-Reixa, alias El Guincho. No en vano, a sus 26 años se ha convertido en el músico canario de alcance más internacional desde... ¿Alfredo Kraus, tal vez?

Partiendo de un terremoto creado entre las tribus blogueras independientes, el nombre de El Guincho es ahora mencionado con soltura en cualquier publicación musical del mundo. Esos mismos medios ya proclamaron que su debut (Alegranza, 2007) era la respuesta tropical a lo que andaban haciendo Animal Collective y su miembro más ilustre, Panda Bear. Nosotros, desde la ultraperiferia macaronésica, sólo podíamos hincharnos de orgullo al saber que el disco contenía algún que otro fragmento de un disco de Los Gofiones, y títulos tan nuestros como Kalise o Palmitos Park.

Ahora que llega el momento de la reválida, nos encontramos con un Guincho evolucionado, que casi parece renegar de muchas de las cosas que eran tenidas como virtudes de Alegranza. Para empezar, no hay sampleados que valgan, y las repeticiones obsesivas que conformaban gran parte de sus atmósferas han desparecido para dar paso a primorosas estrofas y estribillos que beben del pop en casi todas las mutaciones posibles del término. Por desgracia, también se han acabado las referencias a la cultura popular canaria, probablemente porque ya es más ciudadano del mundo que otra cosa. Escuchando este nuevo disco también podemos confirmar que el sonido casero no formaba parte de las intenciones estéticas de Díaz-Reixa, sino que obedecía a una cuestión de medios e inexperiencia. Grabado a medio camino entre Berlín y diversos estudios españoles, Pop negro no escatima en trucos de producción que cohesionan su multitud de sintetizadores, percusiones electrónicas, guitarras de vocación africanista, y unos bajos que podrían haber salido de los primeros discos de Jamiroquai (gran trabajo del co-productor Alejandro Mazzoni a las cuatro cuerdas).
Desde la seguridad del que sabe lo que se trae entre manos, Díaz-Reixa ha citado influencias tan poco probables como Mariah Carey, o las viejas producciones de Paco Trinidad para Luz Casal (aunque, ahora que él lo dice, muchos de sus temas nos traen a la memoria a Los Especialistas, otra banda que hace casi 20 años pasó por las manos de Trinidad). Sin llegar a ser un disco ochentero, la sombra de la música española de esa década planea por el disco (Muerte Midi llega incluso a hacer una cita más que explícita del Veneno en la piel de Radio Futura).

Pero limitar Pop Negro a sus especificidades sónicas sería infravalorar el floreciente talento de el Guincho. Lo más notorio está en la factura de unas canciones que consiguen ser pegadizas sin escoger en ningún momento el camino fácil. Las letras -ininteligibles en el debut- han pasado a convertirse en otro elemento esencial, sugerentes, y con un sentir muy contemporáneo.


JAMIE LIDELL
Compass (Warp / Pias)

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El Jamie Lidell que se dio a conocer (nunca tanto como merecería) con los discos de soul-funk Multiply (2005) y Jim (2008) apenas guardaba relación con ese joven que revolucionó el panorama de la electrónica más experimental dentro del dúo Super_Collider. Eran trabajos condenadamente buenos, pero casi siempre jugaban sobre seguro, sin excesivas provocaciones sonoras. Las cosas cambian con este Compass, en el que ha conseguido radicalizar las ideas de producción (le ayuda Beck, todo un experto en pervertir sonidos), sin por ello sacrificar ese don natural para recrear la magia de genios como Stevie Wonder. Como todo lo revolucionario tarda en asimilarse, a Compass hay que darle al menos cinco escuchas antes de emitir veredicto. Es sí, la voz de Lidell (una especie de mezcla entre Chris Cornell y Terence Trent D´Arby), impresiona a la primera.

THE DEAD WEATHER
Sea of cowards (Warner)

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En los resúmenes de obligado cumplimiento al finalizar el pasado 2009, muchos medios especializados en esto de rock coincidieron en señalar a Jack White como la figura más relevante de la década. Pocas objeciones se le pueden poner al nombramiento, aunque sea por pura estadística. Primero, White elevó a las alturas a The White Stripes, una propuesta radical y atrevida a la que casi nadie hubiese podido augurar en sus comienzos un futuro más allá de los círculos de culto. Luego se juntó a Brendan Benson, uno de los más notorios artistas de power pop, para dar forma al supergrupo The Raconteurs, con los que ya lleva dos discos, a cual más bueno. Todo esto, mientras hacía pinitos como actor en Cold mountain (2003), hacía dueto con Alicia Keys en los créditos de la última de James Bond, y ganaba un Grammy como productor de la veterana artista de country Loretta Lynn

Ante semejante sobrecarga de proyectos, resultaba natural que alguna suspicaz ceja se levantase el año pasado, cuando White nos daba a conocer la que ya contabilizaba como su tercera banda oficial: The Dead Weather. Esta vez, iba a ocupar el sillín de la batería y dejar el grueso del protagonismo a la vocalista Alison Mosshart (que ya conocía las mieles del éxito en su carrera con The Kills), lo que podía hacernos pensar que estas eran las vacaciones musicales de White, un lugar en el que podía quitarse responsabilidades y desfogarse a base de machacar unos cuantos parches y platos. La realidad es que su irreprimible personalidad también marcó el debut de The Dead Weather; y en su reciente segundo trabajo, la cosa ya llega a niveles de abducción en toda regla. Si los resultados no fueran tan exageradamente atractivos para el aficionado del rock de ayer y de hoy, hasta le denunciaríamos, por abusador.

Sea of cowards es una explosión de potentes riffs y de apasionadas melodías de rock duro que exploran el lado oscuro del deseo y de la devoción (Old Mary, que sirve para cerrar el disco, es casi una oración siniestra). Aparte de baquetear con sorprendente fluidez, White se lanza al micrófono en numerosas ocasiones. Y cuando no es él el que canta, tenemos a una Alison Mosshart que casi se ha convertido en su alter ego femenino, tanto que a veces hay que poner mucho oído para distinguir a uno de la otra (I´m mad, por ejemplo, podría haber salido de los momentos más febriles de los conciertos de The White Stripes). Tampoco habría que desdeñar la labor de Dean Fertita (antiguo colaborador de Queen of the Stone Age), al que se le supone la autoría de todos los teclados y guitarras, aunque en temas como la bluesera I can´t hear you, juraríamos que, una vez más, el amigo Jack se ha permitido un descargue con las seis cuerdas.

Lo dicho, si quieres que tu grupo realice una obra relevante y cautivadora, puedes intentar convencer a Jack White para que se implique; pero asume que pasarás a ser un gregario; feliz y realizado, pero gregario al fin y al cabo.


En algún rincón de Canarias todavía resuenan los ecos de veteranos womeros (neologismo válido para referirse a los asistentes asiduos al WOMAD) cantando las alabanzas de Yat-Kha, la banda liderada por esa especie de Jimi Hendrix siberiano llamado Albert Kuvezin.

Aparte del rock huracanado y exótico del que eran capaces, lo que cautivó a los asistentes fue una técnica vocal conocida como throat singing (canto de garganta), atribuida a los mongoles, mediante la cual un cantante puede emitir dos sonidos diferentes a la vez.

Pues prepárense, porque Hanggai han llegado al inminente WOMAD grancanario desde Mongolia para volver a poner el throat singing en un contexto rockero (incluso han promovido un concurso de esta técnica a través de youtube).

Es más, este sexteto parece llamado a altas glorias en el mundillo musical, ya que en su segundo disco se las han arreglado para contar con la producción de Ken Stringfellow (toda una eminencia del indie norteamericano, gracias a sus trabajos como miembro de The Posies y como colaborador habitual de R.E.M.), y con la guitarra invitada del mismísimo Marc Ribot (el mismo al que podemos escuchar habitualmente junto a Tom Waits y Elvis Costello).

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Todo este empaque no debe apartarnos de lo que verdaderamente importa, que es la manera en la que esta banda combina instrumentos milenarios con guitarras eléctricas para darle renovado impulso a melodías que, en su mayor parte, surgen de la tradición china. A veces saltarines, otras apabullantes, y otras emocionantes, sus canciones tienen lo que hay que tener para seducir tanto a los aficionados a las músicas del mundo, como a los fans de Radiohead o Metallica.

Hanggai estarán actuando en WOMAD Las Palmas de Gran Canaria el viernes 12 (Escenario Boulevard, 22:30)

Que se vayan preparando nuestros políticos del 2040, porque a alguno de ellos les va a tocar dedicarle una calle, o un auditorio, a Pablo Díaz-Reixa, alias El Guincho. No en vano, a sus 26 años se ha convertido en el músico canario de alcance más internacional desde... ¿Alfredo Kraus, tal vez? Partiendo de un terremoto creado entre las tribus blogueras independientes, el nombre de El Guincho es ahora mencionado con soltura en cualquier publicación musical del mundo. Esos mismos medios ya proclamaron que su debut (Alegranza, 2007) era la respuesta tropical a lo que andaban haciendo Animal Collective y su miembro más ilustre, Panda Bear. Nosotros, desde la ultraperiferia macaronésica, sólo podíamos hincharnos de orgullo al saber que el disco contenía algún que otro fragmento de un disco de Los Gofiones, y títulos tan nuestros como Kalise o Palmitos Park.

Ahora que llega el momento de la reválida, nos encontramos con un Guincho evolucionado, que casi parece renegar de muchas de las cosas que eran tenidas como virtudes de Alegranza.

Para empezar, en Pop Negro no hay sampleados que valgan, y las repeticiones obsesivas que conformaban gran parte de sus atmósferas han desparecido para dar paso a primorosas estrofas y estribillos que beben del pop en casi todas las mutaciones posibles del término. Por desgracia, también se han acabado las referencias a la cultura popular canaria, probablemente porque ya es más ciudadano del mundo que otra cosa. Escuchando este nuevo disco, también podemos confirmar que el sonido casero no formaba parte de las intenciones estéticas de Díaz-Reixa, sino que obedecía a una cuestión de medios e inexperiencia. Grabado a medio camino entre Berlín y diversos estudios españoles, Pop negro no escatima en trucos de producción que cohesionan su multitud de sintetizadores, percusiones electrónicas, guitarras de vocación africanista, y unos bajos que podrían haber salido de los primeros discos de Jamiroquai (gran trabajo del co-productor Alejandro Mazzoni a las cuatro cuerdas).

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Desde la seguridad del que sabe lo que se trae entre manos, Díaz-Reixa ha citado influencias tan poco probables como Mariah Carey, o las viejas producciones de Paco Trinidad para Luz Casal (aunque, ahora que él lo dice, muchos de sus temas nos traen a la memoria a Los Especialistas, otra banda que hace casi 20 años pasó por las manos de Trinidad). Sin llegar a ser un disco ochentero, la sombra de la música española de esa década planea por el disco (Muerte Midi llega incluso a hacer una cita más que explícita del Veneno en la piel de Radio Futura).
Pero limitar Pop Negro a sus especificidades sónicas sería infravalorar el floreciente talento de el Guincho. Lo más notorio está en la factura de unas canciones que consiguen ser pegadizas sin escoger en ningún momento el camino fácil. Las letras -ininteligibles en el debut- han pasado a convertirse en otro elemento esencial, sugerentes, y con un sentir muy contemporáneo.


Nos vemos en la Calle Ell Guincho, dentro de unos añitos.

Es inevitable que miremos a nuestras generaciones más jóvenes con una mezcla de envidia por la facilidad con la que han integrado en sus vidas un montón de cosas que nunca tuvimos (¡La de maravillas y perrerías que habríamos hecho de pequeñajos si hubiésemos tenido Internet!), y lástima por la de cosas que se están perdiendo.

Entre estas últimas, considero que los niños de hoy en día serían un poco más felices si tufviesen el aliciente de ir al kiosko cada semana a por una publicación en la que pudiera encontrarse con nuevas aventuras de Rompetechos, Las Hermanas Gilda, Zipi y Zape, Anacleto, Mortadelo y Filemón, el Botones Sacarino, Sir Tim O´Theo etc.

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Aquellas revistas tenían todas un denominador común, venían publicadas por la Editorial Bruguera. Al ver ese icónico logo del gato negro, sabíamos que teníamos por delante la garantía de una diversión a nuestra medida (ni demasiado simplona, ni excesivamente pretenciosa), a cargo de algunos de los mejores artistas del cómic de nuestro país.

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Han pasado los años, y de aquellos días de gloria apenas perviven los cómics de Mortadelo y Filemón y alguno que otro de Super López (todos ellos publicados en álbumes completos de publicación más esporádica). Los méritos de todos aquellos artistas siguen sin estar del todo reconocidos, como si su puesto fuera una eterna segunda división del cómic, muy por debajo de los que se dedican a dibujar cosas "más serias". Con el tiempo, también hemos aprendido que Bruguera no era esa Disneylandia cañí que todos los niños queríamos imaginar, y que algunas de sus maniobras empresariales eran, cuando menos, singulares (aún recuerdo el shock de ver cómo desaparecían de repente todas sus publicaciones, tras el cierre inesperado de la editorial, y la de meses que tuvimos que estar esperando a que alguien como Francisco Ibañez recuperase el derecho de volver a dibujar a Mortadelo y a otros personajes que él había creado).

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Por eso hay que tomarse como un pequeño milagro el hecho de que el cineasta Óscar Aibar se haya atrevido a recrear en una película algunos de los entresijos de aquella editorial, centrándose en uno de sus empleados más fascinantes, Manuel Vázquez (al que da vida Santiago Segura, en un acierto total de casting).

En El Gran Vázquez descubrimos que el artista era tan fascinante como sus inmortales personajes. Un hombre que era un ejemplo andante de la picaresca española, y de la anarquía en el más amplio sentido del término: acumulaba esposas e hijos, era un moroso profesional, y llegó a "matar a su padre" dos veces para conseguir adelantos económicos de la editorial. Por algunas de esas pillerías llegó a pisar la cárcel en un par de ocasiones, pero su genio y carisma era tal, que al salir los propios que le denunciaban estaban dispuestos a acogerle en su seno dándole la enésima oportunidad. Él, con todos sus defectos y todas sus virtudes, podría ser el auténtico gato negro de Bruguera.

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La película no tiene desperdicio para los que recordamos con cierto cariño aquellos cómics, y además nos obsequia con un retrato adicional de Francisco Ibañez, como personaje secundario, cuya amistad con Vázquez queda plasmada con gran ternura. Tan embobado estaba al ver en la gran pantalla a todos esos artistas y personajes que marcaron mis años mozos, que ni me dio tiempo para valorar si se trata de una buena película o no. Si el grado de felicidad con el que se sale del cine es el baremo, entonces se trata de un auténtico peliculón.

Una joven pareja oriental charla en una cafetería a la salida del cine:

Chico: ¿Te ha gustado la película?
Chica: No sé, demasiado seria.
Chico: ¿Prefieres las comedias?
Chica: Bueno, no, pero no tenía por qué ser tan triste.
Chico: La vida es una mezcla de cosas tristes y alegres. El cine es como la vida, por eso nos gusta tanto.
Chica: Entonces, ¿Para qué ir al cine? Es mejor quedarse en casa y vivir la vida.
Chico: Mi tío dice: "Desde que se inventó el cine, vivimos tres veces más"
Chica: ¿Qué quiere decir eso?
Chico. El cine nos da el doble de lo que sacamos de la vida. mira el asesinato, nunca hemos matado a nadie, pero todos sabemos lo que es matar gracias a las películas.
Chica: ¿Y a mí, de qué me sirve eso? Si la vida es tan horrible, ¿para qué vivir? si somos buenos con la gente, ellos nos tratarán bien. ¿Quién quiere matar a nadie?
Chico: Sólo era un ejemplo. Hay otras cosas. Mi tío también dice: "No hay nube, no hay árbol que no sea bello. también nosotros deberíamos serlo". cuando lo oí, me emocioné. Me cambió en muchos sentidos.


Sacado de la película Yi Yi (2000), del taiwanés Edward Yang.

Estos orientales...

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Habíamos oido hablar de lo mucho quese puede llegar a implicar Paco Loco en añgunas de sus grabaciones, pero lo cierto es que no teníamos ni idea de cuánto espacio iba a encontrar para modificar o enriquecer lo que traíamos bajo el brazo. Al fin y al cabo -con la excepción del caso, ya mencionado en una entrada previa, de La chanson (ahora rebautizada como Brouillon #1)-, uno suele tener confianza ciega en lo que lleva trabajando durante meses, y muchas de nuestras composiciones las figurábamos más que completas.

Nada más lejos de la realidad. Paco ha encontrado espacio para obrar su particular magia en cada una de las canciones, convirtiéndose durante estos días casi en un Birkin más. Lo mejor de todo es que lo que se escucha sigue siendo, en esencia, las canciones que trajimos aquí, pero cada nueva aportación de Paco ha representado un brochazo de color que ha dado un acabado insospechado a la grabación, aportando el toque extra que separa las buenas maquetas -o los buenos conciertos- de los DISCOS (así, en mayúsculas, porque la palabra todavía nos impone).

Nuestro productor quiere ser fiel al espíritu de la banda con la que trabaja, sin querer imponer su talento a la fuerza. Él deja que grabemos todas las ideas que traíamos desde casa, más alguna adicional que se nos haya podido ocurrir en el estudio, y sólo cuando hemos terminado es cuando decide si le queda espacio para rematar la faena con alguna guitarra adicional, o con algún instrumento sacado de su inagotable arsenal. Entre nuestros juguetes favoritos de todos los empleados en a grabación está el Auto-harp (un arpa que puede ser tocada hasta por quien no sepa poner un solo acorde en la guitarra), el Stylophone (un sintetizador minúsculo accionado a golpe de bolígrafo), y el Omnichord (otra especie de arpa, esta vez sintetizada, que aparece en casi todas las grabaciones de Paco que conozco).

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"No puedo dejar de tener ideas", "¡Detente cerebro!", y "Me he vacíado", son tan solo algunas de las frases más legendarias entre las que suelta Paco cada vez que anda grabando alguno de sus "Momentos-Paco". Él bromea, pero nosotros realmente estams dispuestos a reverenciar a ese cerebro que, efectivamente, no para de vaciarse... ¡en nuestras canciones! Todo un lujo.

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¿Y quién produce a Paco cuando él se está vaciando? Señoras y señores, es el momento de que haga acto de presencia en este diario-blog... ¡El increíble Hombre Asterisco!

Paco y el Hombre Asterisco.JPG

Por si no lo reconocen, el Hombre Asterisco no es otro que nuestro Dani, a quien Paco ha confiado la labor de pulsar el asterico y la barra espaciadora, para empezar y detener la grabación cada vez que Paco anda al otro lado de la mesa de controles. Puede parecer sencillo, pero estoy seguro de que pocos en el mundo pulsan esas teclas con el rigor, la sensibilidad, el sentido de la responsabilidad y el savoir faire de nuestro hombre. Los primeros días, por respeto, Dani ni siquiera osaba sentarse en la silla del productor, teniendo que hacer sus labores de tecleador desde una incómoda posición encorvada. Ahora, la confianza ya se ha instalado en el ambiente de grabación, y el propio Paco ha dado su permiso para que esa silla sea compartida ocasionalmente. ¡De aquí a ganar un crédito de co-producción hay tan solo unos pasos (y muchas teclas que pulsar)!

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