A Benita la casualidad la dejó trastocada esta semana, el mismo día que había previsto reunirse con un periodista para contar que hace 37 años viajó a Barcelona, con sólo 15 añitos de edad, para parir un bebé que jamás vio y que lleva buscando mucho tiempo. El destino quiso que la misma mañana de esta entrevista descubriera, publicada en un periódico canario, la esquela de quien fue el padre de esa recién nacida. "Me he quedado muerta", reconoce antes de pasar a contar que "cuando él y yo nos conocimos teníamos 18 y 13 años", respectivamente. "Nunca quiso hacerse responsable de la criatura y mi madre me obligó a marcharme al convento de Santa Isabel, en Barcelona, para parir en secreto y regresar a Gran Canaria yo sola. En casa recuerdo que me decía 'si vuelves de Barcelona, vuelves tú sola", cuenta esta mujer de 52 años mientras muestra las cartas que años más tarde le enviaron algunas de las monjas de dicha congregación con datos sobre aquella hija que ni siquiera pudo abrazar.
Benita pide dos condiciones para hacer este reportaje: ni quiere fotos ni desea que se publiquen sus apellidos. "Todo sucedió hace tanto tiempo que no sé si servirá de algo contar mi historia, porque en Canarias la justicia no se ha implicado, pero me he animando viendo todo lo que ha ido saliendo en los últimos meses sobre bebés robados y el negocio de las adopciones", explica.
Su historia arranca en la capital grancanaria en 1975, cuando se queda embarazada de un noviete de adolescencia. Su madre, admite la protagonista, "me obliga a abortar y hoy entiendo que sólo buscaba mi bien. ¿Qué hacía una chiquilla de 15 años, en aquella época, soltera y con un recién nacido?", se pregunta.

(Recuerdos que Benita atesora de su experiencia en Barcelona, en 1976).
Lo duro es que hoy la sociedad sabe qué se hacía exactamente en aquellos casos. "Mi hermana se entera que existe un convento y un hospital en Barcelona, la clínica Nuestra Señora de Lourdes, donde podía pasar mi embarazo sin llamar la atención, parir y dejar luego en manos de las religiosas al bebé... y para allá me mandaron".
Esa recién nacida llega al mundo el 25 de mayo de 1976 "pero no la vi nunca porque te dormían para el parto, quizá para que las madres no sufriéramos cuando se las llevaban".
Unos días más tarde, Benita regresa a Gran Canaria como le había sugerido su madre: sola. "No lo pasé bien después de parir", reconoce. "Me acuerdo de pensar, antes de dar a luz, que sería feliz cargado con mi barriga eternamente o hasta criando yo a la criatura aunque como eran cosas de chiquilla, al poco me auto convencía con que había hecho lo mejor".


(En las fotos, una de las cartas que recibió Benita de las monjas con información de su hija).
Con los años, Benita emprendió otras dos aventuras sentimentales serias, y con la segunda vuelve a quedarse embarazada. Ese chiquillo hoy tiene nueve años "y sabe que en algún lugar tiene una hermanita", cuenta ella.
Reconoce que su caso es de compleja solución "porque se entiende que yo entregue la niña a las monjas por voluntad propia". Sin embargo, advierte que ni ella "ni nadie de mi familia firmó ningún papel de consentimiento, por lo que la adopción de esa bebé es irregular".
Esa matraquilla, que la atormentó durante años, se vio también alimentada por las cartas enviadas por algunas de las religiosas que la atendieron en la clínica y el convento, a quienes recurrió para saber más de la niña. "No quería plantarme en la vida de mi hija como un chorro de agua fría. No creo que tuviera derecho a hacerle eso a la niña aunque sí di mi permiso para que, en el caso de que ella tratara de localizar a su madre biológica, yo accedería a conocerla sin problemas ni compromisos", cuenta Benita.
Internet se convirtió finalmente en el único recurso a su mano para tratar de localizar a su pequeña "y hace unos meses, a través de una web sobre niños robados, localicé en Tarragona a una chica de 37 años cuyos padres le habían reconocido que era adoptada. Lo curioso es que está inscrita en Barcelona, el 9 de junio de 1976, y figura como bautizada en Tarragona el mismo día del mismo año, y sólo quince días después de mi parto. Fueron muchas casualidades y decidimos intercambiar fotos", recuerda ilusionada.
El parecido, según cuenta, entre la joven y la hermana de Benita "es enorme" y "parece que uno de sus hijos tiene los ojos claros, que nadie por parte de la familia de su marido los tiene", explica.
- ¿Y de quién cree usted que ha sacado los ojos ese niño?
- "De su abuelo", responde sosteniendo entre sus manos la esquela que esa mañana tanto la impresionó y en la cual hay una foto de un hombre con unos enormes ojos verdes.
Benita y esta chica no se han encontrado aún "pero no descartamos hacernos las pruebas de ADN para salir de dudas y ponerle fin a esta historia", concluye.

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