Se cumplieron las expectativas. El sentido común imperó. Messi mejor jugador del mundo y Guardiola mejor entrenador. ¿Había alguien que lo dudaba? Claro que sí, bonito fuese. Y mejor que los títulos de mejores del año y del mundo fueron las lecciones que se dieron desde el atril donde se recogieron los premios.
Messi reconoció, Balón de Oro FIFA en mano, que sin Xavi y sin el equipo no sería nada. Que gracias a él (y al resto) se ha erigido en el mejor del mundo. Gracias a un Xavi que ha quedado tercero en la votación. Mejor ganar una Copa del Rey y una Bota de Oro a ser el mejor organizador del mundo y contribuir a una Liga y una Champions. Claro que sí. Messi (ha quien le gritaron en los momentos previos a la gala el nombre de Cristiano, sin inmutarse ni decir fanfarronadas) dejó claro que por ser el número uno no tienes que ir levitando y mirando a los demás por encima del hombro, dando toda una lección de humildad.
La misma que dio Pep al recoger su galardón. Quedó por delante de Ferguson (finalista de la Champions con el otro gran equipo europeo, el Manchester United) y de Mourinho. Subió al atril y se acordó de todos aquellos que han estado durante más de cien años cuidando del Barça para hacerlo lo que es hoy en día. Y de su amigo y mano derecha, Tito Vilanova, tan merecedor del premio como él. Ferguson debería ser el ejemplo de Pep. Perpetuar un estilo, una filosofía. Pero no es lo mismo Inglaterra que España. Ni el Manchester United que el Barça.
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La Liga vuelve a entrar en su semana clave. En una Liga en la que optan al título solamente dos de sus 20 participantes (por desgracia), está claro que los enfrentamientos directos entre esos dos equipos son el 80% del título en juego. Y esta semana se juega el primer 40%. El Real Madrid - Barça llega en un momento dulce para ambos equipos, pero más para los merengues que para los culés.