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Al final la vida se parece más a una serie que a una película. Antes decíamos que nuestra existencia se asemejaba a una novela, y es cierto porque las novelas no son más que invenciones con personajes que a veces alcanzan los sueños que a nosotros nos roban los años. Sin embargo en estos tiempos de redes sociales, decenas de canales de televisión y ataduras a tantos aparatos que, al paso que vamos, acabarán por robarnos el alma, la duración de las series se ajusta mejor a nuestros ritmos y a nuestras necesidades de asimilar ficciones e imágenes. Y todos tenemos nuestra serie de culto, o nuestros personajes más cercanos. Yo soy de Mad Men. Hace años que la recomiendo, tal vez porque en esa serie se entremezclan el cine, la literatura y el mundo de la publicidad y del periodismo. Y porque en el fondo todos nos acabábamos pareciendo un poco a Don Draper.
En un mundo en el que todo se vende y todo se termina comprando si viene acompañado de eslóganes y de campañas publicitarias, esta serie nos ayuda a entender de dónde venimos y hacia dónde podemos encaminarnos. Y es que ese origen de todo lo que vivimos tiene su comienzo en los años cincuenta y sesenta que retrata la serie. No bebemos ni fumamos como ellos, pero nuestras relaciones de pareja, nuestras ambiciones, los golpes de la vida o el humor que ayuda a saltar todas las barreras están presentes todo el tiempo. En los últimos premios Emmy, solo se alzó con el máximo galardón el actor protagonista, Jon Hamm. Es cierto que la serie se sostiene casi siempre con sus interpretaciones, pero lo bueno de esa sociedad que recrea es la multiplicidad de personajes y, sobre todo, ese acierto de convertir cada capítulo en una historia cerrada que, a su vez, se va complementando con el devenir de la propia serie. Hace unas semanas pude ver la séptima y última temporada y, evidentemente, no les voy a desvelar el final; pero se ajusta a lo que uno espera de los finales, que es precisamente lo más inesperado. Y ya decía que se parecía mucho a la vida, porque también la protagonizamos con capítulos diarios que forman parte de la novela que decía Galdós que lleva el hombre por doquiera que vaya. Al fin y al cabo, Mad Men parte de una novela titulada El hombre del traje gris, que escribió Sloan Wilson en los años cincuenta. Las canciones, los grandes sucesos de hace unas décadas, la moda o los anuncios nos ayudan a entender un poco mejor este mundo que estamos inventando sin saber si queremos ser virtuales o reales, o si finalmente solo deseamos vivir con la conciencia de que estamos andando por un planeta que no creo que nos fuera dado para complicarnos tanto con las fronteras, las religiones y las razas. Aquí las tramas las tenemos que cerrar cada uno de nosotros. Y nuestro capítulo diario. Y también esa vida que a veces parece que alguien está viendo desde una pantalla lejana.

El médico le pedía que no le mintiera. Tosía sin parar mientras trataba de explicarle que decía la verdad, aunque luego las radiografías le dejaran en evidencia. Tenía los pulmones negros de alquitrán y nicotina y el hígado a las puertas de una cirrosis incurable. Él juraba que jamás había fumado y que solo se tomaba una cerveza de vez en cuando. Se había encerrado durante las vacaciones con las siete temporadas de Mad Men. Le decía a todo el mundo que era la mejor serie que había visto en su vida. Lo que no sabía es que el humo de los protagonistas se acababa colando en sus pulmones mientras él seguía la trama sin darse cuenta de nada. Por eso los personajes aparecían siempre radiantes.

También los electrodomésticos tienen sus cartas astrales. No son todos iguales ni funcionan de la misma manera. Las lavadoras Leo lavan con más velocidad que las Acuarios, y no enfría igual una nevera Géminis que una Sagitario. Todo eso me lo contaba siempre un amigo astrólogo que estaba buscando nuevos nichos de mercado. Yo le pregunté por el momento en que cada uno de esos aparatos se ve condenado a ser como quieran las estrellas y sus intérpretes. Me contestó que todo empieza cuando los encendemos, y para ello me comparó con mi termo y mi batidora recordándome que nosotros tampoco tenemos signos zodiacales hasta que nacemos. El pasado sábado compré una tele nueva. Aún no la he encendido. Estos días había luna llena, y según mi amigo la luna también termina afectando a los circuitos electrónicos tanto como a los neuronales. A estas alturas no estoy para soportar una tele lunática y, ya puestos, prefiero que sea Aries como yo para ver si algún día puedo llegar a entenderla. Esperaré hasta el 21 de marzo.


Los árboles de la inmediatez nos impiden ver el bosque que está más allá de nuestras turbulencias cotidianas. Cuando lees a Séneca, a Montaigne o a Nietzsche descubres que en lo esencial no hemos cambiado prácticamente nada. Seguimos siendo apocalípticos con nuestro propio tiempo y nos solemos comportar como si (parafraseando a Brodsky) viniera el diluvio tras nosotros. Creemos que morirá el libro de papel, el periódico de papel, las cartas de papel y hasta las cometas, también de papel, que aún sobrevuelan luminosas los cielos de nuestra infancia. Pero todo ese papel puede dar un vuelco mañana mismo, o dentro de ochenta años, y regresar con más fuerza que hace cuatro lustros. Ya sé, y soy el primero en disfrutarlo, que vivimos en lo digital y que el futuro pasa por las pantallas; pero me niego a seguir asegurando lo que nunca podremos saber que acabará pasando. Y si no, ahí tenemos el teatro todavía vivo a pesar de la tele o Internet; y también está el cine en blanco y negro, más visto que nunca porque en los años cuarenta no se veía la imagen de Humphrey Bogart como se ve ahora en miles de canales de televisión o en las distintas páginas que encuentras en la Red. Ya hace tiempo que prefiero sentarme y esperar a ver qué pasa antes que ponerme a teorizar sobre lo que no tengo ni idea. He asistido a tantos vuelcos del destino en tan poco tiempo que si no hiciera eso estaría desacreditando todo lo que me ha ido enseñando la vida. La historia actual no se parece nada a la que vivíamos hace solo treinta años sin Internet, con el Telón de Acero o con las Torres Gemelas coronando Manhattan. Lo que sí sigue igual es la indefensión del hombre ante su propia muerte, y también la sensación de que uno puede contribuir a cambiar su espacio cambiando primero lo que acontece en sus adentros. Al final todo depende de la perspectiva, siempre individual -¡nunca dogmática e innegociable!-, con la que queramos mirar lo que tenemos delante.

Si miras una televisión apagada verás la noche. Hay hogares en donde la gente, en lugar de mirar al cielo, no aparta en ningún momento la mirada del televisor. No anochece hasta que no apagan el aparato que les mantiene alejados de sí mismos, o por lo menos entretenidos mientras despistan sus respectivas soledades. Pueden amanecer a las dos de la tarde y tener su ocaso a las seis de la mañana viendo abdominales de cuerpos hormonados. Hay familias que solo se reconocen en el reflejo de las pantallas, casas en donde lo único que se escucha es la estridencia de gritones histéricos que acaban despellejándose a sí mismos. También hay hogares con varias teles para que cada cual pueda matar la soledad a su manera, unos con goles en competiciones de cualquier país exótico y otros viendo cómo se les escapan los sueños en los coches de alta gama que salen en los anuncios. No toda la vida discurre debajo del cielo. Hay miles de personas que se han encerrado dentro de las pantallas para escaparse del mundo, o que una vez expulsados de la vida laboral y del futuro han decidido mirar al vacío de los programas televisivos antes que afrontar su propio abismo. Alguna vez atisban un rayo de sol entre las persianas. Quizá sea ese destello de luz inesperado su única señal de esperanza.

Yo me quisiera levantar todos los días siendo capaz de ver azules como los de las piscinas californianas que pintaba David Hockney. Pero lo que me encuentro son los mismos titulares de prensa que van variando los números según el gusto de los especuladores y de los mercachifles. Y además tienes la sensación de que hagas lo que hagas con tu economía, la economía de tu región o la de tu país no conseguirás absolutamente nada porque todo depende de un par de tipos que, sin saber dónde queda Canarias o España, evalúan en función de sus intereses. Lo peor es que han aprovechado para quitarnos (y aún pretenden seguir quitándonos) lo que se tardó siglos en conseguir. Seguiremos inmersos en la crisis, pero con peores condiciones sociales, con menos solidaridad, con pésimos servicios sanitarios y, sobre todo, con mucha menos igualdad (porque la igualdad se sustenta en que todos tengamos, de salida, las mismas oportunidades a partir de una educación de calidad libre y gratuita). Y, mientras, Alemania sigue creciendo y encontrando cada vez más baratas las cervezas y las hamacas de nuestras playas, supongo que porque han contado con gobernantes menos atolondrados e irresponsables. Ayer, cuando veía las imágenes de la intervención del ministro de Educación, Cultura y Deportes en el parlamento mientras se debatían los recortes en Educación, sacaron un plano general con casi todo el hemiciclo vacío. No son esos vividores los que nos van a sacar del atolladero. Se les está dejando hacer con esa dejación latina de quien espera a la Providencia o a que un milagro inesperado lo solucione todo. Tampoco nadie nos devolverá lo que hemos ido perdiendo. Incluso Hockney ha cambiado en sus últimos cuadros el azul californiano por las brumas británicas. Nosotros, de alguna manera, también estamos pintando la mañana con los colores de unas cifras que solo ofrecen tonos cada vez más sombríos. Prefiero mirar al cielo o al mar para concebir alguna esperanza. O mirar a los ojos de los que hablan para saber que no me están mintiendo. Cuando escucho a los políticos dando explicaciones siempre noto cómo en la pantalla aparece una sombra negra y borrosa justo delante de sus ojos. Hasta los televisores ya se están dando cuenta de que todos nos están mintiendo.


Jamás te puedes dar por derrotado. Ni siquiera cuando parece que todo está en tu contra o cuando las posibilidades de que salgas adelante son tan escasas que hasta tú mismo eres el primero en renegar de tu suerte. En una milésima de segundo todo se puede disipar como se aclara el cielo después de días de lluvia en los que solo cabría esperar un gran diluvio. Cualquiera de nosotros tiene que tener claras esas premisas. Estamos aquí tras el cruce de millones de azares, y esos azares casi prodigiosos seguirán aconteciendo aunque a veces nos parezca imposible encontrar una salida. Basta un aleteo de un pájaro para variar todo el equilibrio del planeta. Donde menos lo esperas encuentras el amor de tu vida o el paisaje que buscabas desde que tenías edad para soñar con paraísos. Algo parecido es lo que está pasando con la televisión. Renegábamos de ella, censurábamos su amarillismo y su falta de respeto a los valores, y solo concebíamos una caída cada vez más vergonzante en esa deriva que solo enseñaba lo peor de los seres humanos. Así estábamos, tratando de alejarnos de ella todo lo que podíamos -o por lo menos de esos programas que habían perdido el norte de cualquier decencia-, hasta que nos encontramos que será el propio negocio que ha llevado a ese caos el que terminará poniendo orden. Se buscaba la audiencia para conseguir más publicidad, y en esa carrera se habían dejado atrás todas las reglas; pero al final va a ser esa misma publicidad la que detendrá el escarnio. Ha pasado con La Noria o con Sálvame. Iban a por todas y les van a terminar cortando las alas. Si usted le paga a quienes no deberían salir de la puerta de su casa, o si usted se empeña en llenar de casquería y de insidias los salones familiares, la leche, las galletas, los centros comerciales o los embutidos que se anuncien en su programa quedarán manchados por su misma porquería morbosa. Y seremos nosotros, los consumidores que pagamos por sus productos, los que nos alejaremos de esas marcas que ensucian lo cotidiano o que contribuyen a crear una sociedad cada día menos habitable. Y cuando hacemos eso, a los mandamases de esas empresas les entra el canguelo y reniegan de esos programas para no acabar en la ruina, y al final, desde dentro, justo desde donde comenzaba a salir el olor a basura, se para todo cortando la guita que siempre anda revoloteando entre la mugre especulativa. Si miráramos a la naturaleza encontraríamos mil ejemplos parecidos. Las flores en medio del fango o de los estercoleros, por ejemplo, no son más que luminosas esperanzas donde aparentemente solo cabría lo abyecto y lo putrefacto.

El entendimiento de la realidad se parece cada vez menos a los autodefinidos. Aquí no importan las palabras, no las quieren entender y no dejan que ayuden a dar con las respuestas que tanto buscamos. La realidad está funcionando justo al revés que el entretenimiento de marras: cuanto más se habla y se escribe más se complican los asuntos. Uno querría que el mundo fuera tan perfecto como esos autodefinidos que se van rellenando hasta dar con todas las respuestas, y que además se pudiera llegar a unas respuestas tirando de las iniciales de las otras. Aquí estamos dejando muchas casillas en blanco o acudiendo cada dos por tres a las páginas de las soluciones para intentar no hacer el ridículo. No hay manera de dar con las palabras necesarias para que todo parezca más habitable. Desde que sales de la cama te encuentras decenas de noticias empeñadas en desmoralizar a la mañana.

Lo bueno de los autodefinidos era que siempre te aparecía la foto de alguien relevante que te ayudaba a rellenar muchas de las casillas o a dar con las iniciales necesarias para que apareciera la definición que estabas buscando. No sé a ustedes, pero a mí últimamente lo que me está pareciendo más complicado es conocer a esa famosa que me sonríe en medio de las cuadrículas o a ese famoso que no me suena de nada. Hace un tiempo te ponían a Sofía Loren, a Lennon, a Kubala o a Delibes. No te hacía falta ni poner en marcha el magín para rellenar toda la zona central del autodefinido. Ahora, con tanto famoso de paso, te sacan fotos que te hacen sentir extraño en el mundo que habitas, como si te hubieras marchado unos años y hubieras regresado sin conocer siquiera a esos que se supone que debe conocer todo el mundo. Pero lo peor es que incluso cuando miras las respuestas o cuando logras sacarlos con las letras de las otras palabras, tampoco sabes quiénes son ni qué hacen en medio de un autodefinido. Un amigo me dijo hace poco que los ponen ahí cuando quieren promocionar una serie de televisión o una película, o sea justo para todo lo contrario: tienes que ser tú el que lo descifres para luego saber quién es y sumarlo a esa lista de divos cada día más fungible. Lo más lamentable es que en la realidad también nos está pasando prácticamente lo mismo que en esos autodefinidos. Te separas dos o tres días de la tele y no conoces al hombre o a la mujer que ves en todos los canales. No sabes cómo ha llegado ahí. Y no lo sabes porque probablemente no haya hecho absolutamente nada en su vida. Decía Milosz que la falsedad de los sentimientos se adivinaba por la falsedad de la frase. Creo que también la falsedad del mundo que nos quieren mostrar se adivina por la falsedad de quienes nos enseñan a todas horas en las pantallas y en los autodefinidos.


Lo rutinario se vuelve banal y pierde toda su grandeza. Respirar, por ejemplo, es un reflejo vital al que no damos importancia, como tampoco se lo damos a los afectos y a las pequeñas cosas que sustentan nuestra vida diaria. Hace cientos de años me imagino a un hombre o a una mujer soñando despiertos con un aparato que les permitiera visualizar esos sueños y saltar de un mundo a otro apretando un botón. Hoy nosotros tenemos ese aparato en las manos y cambiamos canales como quien abre un grifo (aunque abrir un grifo y tener agua, o tocar el interruptor y encender la luz, también fueron los sueños más deseados y los que aún anhelan millones de personas en el planeta). No nos paramos a pensar lo que supone estar viendo en directo lo que sucede en Estambul e inmediatamente después, saltando unos números en unos segundos, vivir esa inmediatez en Buenos Aires o en Berlín. Tampoco valoramos el hecho de tener el cine en nuestra propia casa con más películas al año que las que programaron durante décadas en el cine de nuestro pueblo, en aquel particular Cinema Paradiso en el que cada uno de nosotros fue recreando los colores de sus propias aventuras. Ese mando a distancia queda en la mesa junto a un periódico de papel atrasado. Si acaso reparamos en él cuando se agotan las pilas o cuando alguien lo ha movido de sitio. Es verdad que lo que estaba llamado a iluminar sueños y realidades distantes se ha convertido en la llave que abre paso a un mundo de astracanadas, sucesos sangrientos y chismorreos protagonizados por indeseables de la peor calaña. Pero eso ya no es culpa del mando: él, como el pianista en las películas del oeste, hace lo que puede. En lugar de darle la oportunidad de pasar canales que apelen a la inteligencia, a la imaginación o al entretenimiento, le estamos invitando a transitar por nuestras peores pesadillas.

225839-1g.jpgEse bastón sustentaba a una estatua que a su vez sustentaba el arte de una creadora y la memoria de quien se hizo merecedor de ese reconocimiento. Alguien llegó de madrugada y lo arrancó de cuajo, no sé si de una patada descomunal o presentándose con un soplete y con la toda la malandanza del mundo para dejar cojo el corazón de Vegueta. Néstor Álamo ha quedado a merced de los bárbaros, como aquella vez que se sentó en la Plazuela para salvar las palmeras canarias que iban a arrancar otros salvajes y que, gracias a su insistencia, aún nos recuerdan que en esos contornos del Guiniguada todo era edénico hace seis siglos. Néstor estaba justo delante de la Casa de Colón que él mismo impulsó cuando las utopías parecían imposibles en una sociedad pacata y desconfiada hasta de su propia historia. Comparto ancestros con Néstor y un mismo paisanaje, pero aunque no contara con esa cercanía me dolería igual esa barbarie que sigue campando a sus anchas por las ciudades de medio mundo. Dónde está ese bastón, qué diablos han terminado haciendo con él. Sólo desde la maldad se puede entender esa clase de salvajadas que se lleva por delante el arte, en este caso de Ana Luisa Benítez, y la memoria de alguien a quien seguro que ni siquiera conocen porque no lo nombran en sus teles entre lo escatológico y lo sangriento, entre el chismorreo y la última astracanada de Mourinho. Los que lo tienen están a tiempo de dejarlo cualquier madrugada de éstas donde mismo lo cogieron. No les pertenece. El arte nunca será patrimonio de los bárbaros. Lo podrán tener en su casa como un trofeo de sus guerras inmundas o de sus abyectas cacerías nocturnas, pero jamás podrán sentir nada ante la belleza. Néstor no se merece esa cojera ni esa estampa desolada que presenta su escultura.

Fotografía de Fernando Ojeda.


Nota: Leyendo la edición de papel de Canarias 7 (17 de agosto de 2011) acabo de encontrarme con la noticia de que el bastón fue encontrado ayer por un ciudadano, entregado al ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria y repuesto de inmediato.

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