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Cada día tenía su propio paso de baile. Le gustaba improvisar justo antes de salir a escena; pero jamás lo hacía cuando ya estaba sobre el escenario: en ese momento la música parecía que formaba parte de su propio cuerpo. También bailaba en silencio, lentamente, como si recorriera las sombras de otras siluetas que danzaran junto a ella. Desde niña entendió mucho mejor la vida delante de la barra y de los espejos que cuando salía a la calle y todo perdía la armonía y el trazado casi perfecto de los brazos y de las piernas moviéndose cadenciosamente por el aire. Para ella todo era un baile, y lo que veía cuando andaba por las aceras o por los parques no era más que una gran coreografía de hombres y mujeres que ni siquiera saben que están bailando al son de la nada. Últimamente también están empeñados en acabar con la danza. No paran de repetir que una representación cuesta mucho dinero y prefieren montar musicales o llenar las carteleras con los caretos de cualquiera de los que salen por la tele. Ella baila y a veces cierra los ojos cuando camina de puntillas sobre el escenario. Los otros nunca entienden cómo se puede volar tan alto. Solo sigue los acordes y se deja llevar por la música que sale de su propia alma. Si no bailara, la vida solo sería ese páramo gris que suele encontrar casi todos los días antes de llegar al teatro. No te lo puede explicar con palabras.

No me interesa nada de lo que ocurre ahí detrás. Yo levanto el telón y luego me pongo a comer pipas. Me quedo por aquí por si me llaman; pero pensando en mis cosas y sin escuchar lo que dicen esos pesados en el escenario. Entré por mi padre, que también se dedicaba a esto. A él sí le gustaba un poco más y seguía las obras los días de estreno, pero tampoco se entusiasmaba mucho. Mi abuelo sí entró por vocación. Se volvía loco con el teatro. A mí casi me gustaría más que pusieran un cine y que me metieran a vender las entradas, así no me aburriría tanto. Es muy fácil, mire, solo hay que apretar este botón de aquí, aunque primero hay que regular la velocidad. Antes era un trabajo más duro y requería mucha fuerza, sobre todo cuando la obra tenía éxito y había que estar cuatro o cinco veces subiendo y bajando el telón. Ahora está todo medido. Yo lo vuelvo a levantar cuando aplauden más de un minuto seguido, y me da igual las veces que tenga que darle al botón. No me ando con tonterías: cuando miro el telón veo un telón, no ese mundo de sueños que usted dice que se puede esconder detrás de él. A mí no me enseñaron nunca a soñar. Quise poner una tele pequeña pero no me dejaron. Tampoco me dejan escuchar la radio. Una vez una actriz repipi se quejó porque decía que estaba escuchando cantar goles mientras recitaba no sé qué monólogo coñazo que hacía llorar al público. Trato de no hacer ruido cuando abro las pipas para que no se vuelva a quejar nadie. Usted sigue haciendo unas preguntas rarísimas, ya le dije que no me planteo esas cosas por levantar una cortina. Si todos pensaran lo que están haciendo en los trabajos a lo mejor los dejaban sobre la marcha. Casi todos hacemos lo que nos mandan aunque no sirva para nada porque tenemos que pagar muchos gastos de otras muchas cosas que tampoco valen para nada. Así está montado el mundo. Yo por lo menos puedo comer pipas. No me quejo.

Hay un momento en que uno no es nada. Es entonces cuando aparece la angustia, la ansiedad y el miedo a quedarme sin palabras delante de toda la gente. Nadie me lo dijo nunca, pero uno aprende que muchas veces tienes que dejar de ser el que eres para convertirte en el que todos quieren que seas. En ese trance, cuando tienes que olvidar tu nombre, tu procedencia, tus sueños y hasta tus propias nostalgias, es cuando te quedas como si estuvieras vacío por dentro o como si nunca más pudieras volver a ser quien eres. Cada nuevo día, cuando despierto, me siento como estoy ahora, o tal vez, por la propia costumbre de despertarme y de buscar rápido un asidero, ni siquiera me llego a dar cuenta conscientemente de ese vacío. De niño tenía miedo a olvidarlo todo al despertarme, o a no encontrar a mis padres cuando volviera a abrir los ojos. No recuerdo cómo era en los primeros meses, pero supongo que debía ser angustioso despertar sin saber dónde estabas y sin apenas reconocer a quienes te acunaban y trataban de entretenerte con toda clase de carantoñas.
Cada nuevo día, cuando voy camino del cuarto de baño, o cuando enciendo la cafetera medio somnoliento, aún no recuerdo del todo el papel que tengo que interpretar. Luego van apareciendo las citas que te ilusionan y las que te entristecen, y también los nombres que buscas y los que maldecirías si pudieras hacerlo. Ya entonces eres el que te reconoces en el espejo y el que los otros esperan encontrar cuando te ven paseando a tu perro o diciendo buenos días en la oficina o en el colegio.
Aquí he llegado a vomitar muchas veces. Incluso he tenido miedo hasta de ponerme los zapatos y no recordar cómo se andaba con ellos. Siempre tengo cerca una caja de tranquilizantes y me sé de memoria todos los métodos de relajación y todos los remedios naturales para calmar los nervios. No hay nada que valga cuando uno está vacío por dentro. Escucho el runrún de la gente en el patio de butacas, las primeras toses y los gritos de los tramoyistas; pero todos ellos están emboscados en la multitud, a salvo entre los otros. Yo tengo que salir a escena solo. Y si no salgo no hay obra. Esa es la responsabilidad que me angustia a diario, el miedo a no recordar ni una sola de las palabras que he memorizado y repetido día tras día durante muchos meses. No solo me sucede el día del estreno. Todas las veces que uno sube al escenario está estrenando su propio miedo. Luego sales y te sientes el ser humano más grandioso que pueda haber sobre la tierra. Disfrutas siendo otro, te nutres del brillo de la mirada de la gente y no tienes tiempo para dudar si eres o no eres el que repite lo que alguien dejó escrito para que tú lo dijeras. Los aplausos te suben al séptimo cielo y pasas de la angustia a ese respirar profundo y placentero que te regala el éxito. Luego regresaré al camerino y me marcharé caminando feliz por las calles, aún confundido con mi personaje.
Pero todo eso será luego. Ahora solo desearía salir corriendo lejos donde nadie me reconociera. Algunas mañanas también he sentido esa tentación de la huida, o más que de la huida del comienzo de una nueva vida en un lugar donde nadie esperara verme representar el mismo papel cada día, esa rutina que se echa a andar cuando la dejas transitar peligrosamente a tu lado. Toco madera, digo mierda y busco que no haya amarillos por ninguna parte. Me agarro a lo que sea para no caer al abismo. No soy nadie hasta que comience a hablar de nuevo.

La entrevisté hace años. Rodaba una película en el Muelle Deportivo de Las Palmas de Gran Canaria. Quería mirar de cerca unos ojos que siempre me habían fascinado desde la pantalla. La había visto alguna vez, de lejos, rodeada de escritores, actores y actrices, en las madrugadas del Óliver de Madrid. María Asquerino murió ayer y no había nadie que se hiciera cargo de sus restos mortales. Falleció después de haber estado los últimos meses en una residencia prácticamente sola. No sé qué pasaría por su cabeza en esos días, ni si recordaría las noches interminables, los amores grandiosos que vivió o sus días de gloria. En este país siempre hay una querencia por el juguete roto y por quien cae delante de nuestros ojos. Parece como si con esas caídas la gente fuera más feliz y casi agradeciera la vida gris que reconoce a diario. Ella hubiera soltado una de sus desafiantes carcajadas si hubiera visto los titulares que destacan ese abandono de sus huesos. Hizo lo que le dio la gana a lo largo de su existencia. Sabía el riesgo que asumía siendo un espíritu libre y haciendo de su capa un sayo. No siempre se llega a los finales deseados, y uno no sabe nunca dónde le sorprenderá ese epílogo ni en qué circunstancia. Lo que sí recuerdo es su ironía, la fuerza de su mirada (aquellos ojos también te atravesaban profundamente cuando los veías de cerca) y su saber vivir sin estridencias y sin grandes alharacas. Da lo mismo lo que hagan con sus restos mortales. Ella estaría tomándose unas ginebras y observando de lejos una escena tan patética y surrealista. No hemos dejado de ser el país de las películas de Berlanga. Nos han vestido un poco mejor, pero el desprecio al arte sigue siendo casi el mismo. No sé qué me respondería María Asquerino ante la pregunta de la vida (me imagino que le preguntaría entonces, pero habría de ir a las hemerotecas de papel para encontrar la respuesta). La imagino diciendo que al final, pase lo que pase, aquí estamos solo para vivir con lo que nos vamos encontrando cada día en el escenario. También añadiría que la mayoría de las veces no valen de nada los ensayos. El final, se acabe como se acabe, será siempre un drama.

La lucidez es un fogonazo que a veces nos sorprende en medio de la calle echándonos abajo toda la trama que creíamos que era nuestra vida. Es ese momento en que ves claro que aquí no queda nada y que no vale la pena perder el sueño por ningún drama ni por ninguna recompensa. Pero ese deslumbramiento que encontramos de vez en cuando todos los humanos lo solemos dejar aparcado en el olvido. Por eso casi siempre preferimos que esas evidencias no nos impidan ir en busca de lo que supuestamente eran los objetivos que teníamos marcados antes de darnos cuenta de que buena parte de lo que nos dijeron que teníamos que conseguir para ser felices no era más que una gran trola con la que aniquilaron la sabiduría hedonista de nuestra infancia. Muchas veces los lúcidos acaban viéndolo tan claro que terminan locos en medio de un mundo confundido de sí mismo. Anoche, en el teatro Cuyás, hablaron de esos sueños que vamos confundiendo con la realidad. Isabel Ordaz, Alberto Amarilla, Itziar Miranda y Tomás del Estal representaron Lúcido, de Rafael Spregelburd, bajo la dirección de Amelia Ochandiano. Uno no sabía a veces si estaba en un teatro o en una recreación onírica, que quizá sea lo que en el fondo es el teatro cuando logra trascender más allá del escenario: un sueño dentro de otro sueño. Los actores interpretaron maravillosamente sus respectivos papeles. Nosotros, los que veíamos pasar la vida contada por otros, aún andamos metidos dentro de una tragicómica obra que te cambia el argumento cada vez que te duermes como se dormían aquellos camarones que acababan arrastrados por la corriente. Alguna vez lo vemos claro; pero ese mismo fogonazo de clarividencia nos deslumbra tanto que preferimos mantenernos ciegos antes que afrontar que somos vulnerables y que la vida, como todas esas obras que nos cuentan en los escenarios, es esencialmente inasible, efímera, sin asideros de certeza a los que agarrarse.

No estamos locos, ni cuerdos, ni somos blancos o negros, altos o bajos, ensimismados o grupales, o más o menos vulnerables. Somos peculiares, cada uno a su manera, con su pasado, con sus sueños, con sus miedos y con la química que a veces nos salva y que otras veces nos deja al borde de la melancolía. Anoche vinieron a decir algo parecido en el teatro. Todo sigue sucediendo en un escenario, con público o con nuestro propio monólogo delante de un espejo que nos reconoce asombrados de nuestras ensoñaciones. En el escenario del teatro Cuyás estaban Carmelo Gómez, Jordi Aguilar, Rebeca Montero, Chema Adeva y al piano, poniéndole banda sonora a cada sentimiento que aparecía en escena, Mikhail Studyonov. A todos ellos los dirigía Andrés Lima. No quiero dejar a nadie atrás porque cada uno fue consiguiendo que nos creyéramos una historia por la que sobrevolaba la locura, la pasión, la poesía y todo esa panoplia de vivencias que solo se pueden vislumbrar cuando alguien las interpreta delante de nosotros, en directo, con la voz y con la energía que se concentre en un espacio siempre proteico e irrepetible. A los que estén por Gran Canaria les invito a que se acerquen a ver Elling al teatro Cuyás. Encontrarán reminiscencias de Rubén Darío, de Baudelaire o de Salinger. Les parecerá ver a Ignatius Reilly moviéndose entre una cama o un desasosiego y atisbarán todas esas locuras que alguna vez en la vida se acaban tropezando con cualquiera de nosotros. Contarán con una iluminación prodigiosa y con una música que ayudará a subliminar los silencios. A veces nos olvidamos mucho tiempo del teatro; pero al final siempre tenemos que volver al escenario para rebuscar lo que somos cuando nos quedamos frente a frente ante nosotros mismos. Hablan otros, gesticulan, lloran o ríen. Sin embargo cada escena será distinta porque eres tú quien la recreas mirando a través de tus propias peculiaridades. El teatro no es más que un medio que nos permite franquear esa misteriosa puerta que se esconde justo al lado de nuestras emociones más intensas.

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