La amaba con toda su alma. No quería seguir adelante. Habían vivido juntos cincuenta años. Solo quería volver hacia atrás para no olvidarla. Cada mañana se despertaba y retrocedía un día en su memoria. Le costaba recordar; pero sabía que solo rehaciendo el tiempo que vivió con ella podría mantenerla a salvo. Cuidaba su salud y caminaba un rato cada día cerca de la costa para mantenerse en forma. Celebraba los cumpleaños de sus nietos, acudía a los funerales de sus amigos y veía los partidos de fútbol de su equipo. Todo eso era la vida rutinaria; la otra, la que acontecía más allá de la memoria, se la dedicaba solo a ella. Se pasaba las horas tendido en el sillón recordándola. Volvió al primer beso, a cada uno de sus viajes, a las playas, a los restaurantes y a los paseos casi diarios que daban juntos a última hora de la tarde. En su casa, cuando no lo veía nadie, le gustaba caminar hacia atrás por el pasillo. No paraban de repetirle que tenía toda la vida por delante. Él los miraba y sonreía. Sabía que no le quedaba mucho tiempo. Y todo el que el que le quedara se lo quería seguir dedicando a ella. No creía en cielos ni en reencuentros. Al morir sabía que a los dos los terminarían olvidando para siempre en todas partes. Pronunciaba su nombre desde que salía de la cama y no dejaba de repetirlo mentalmente todo el rato hasta que se acostaba. Incluso en los sueños seguía sintiendo su mano.
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Hay lunas que alteran nuestras propias corrientes. Los animales conocen lo que nosotros ya ni siquiera presentimos. Ellos todavía saben cuándo llegan las plumas nuevas a sus alas o cuándo hay que cambiar de lugar para que el frío no acabe congelando esas alas. Casi todas las aves sabias son itinerantes y han aprendido que los nidos son casi siempre más efímeros que los árboles. Hay días en que a nosotros también nos atraviesan mareas de tristeza sin que sepamos de dónde provienen. Posiblemente sean atávicos avisos de cambios de estación o de vida, o alguna luna malhadada que remueve ausencias y nostalgias. Pero siempre escampa y no hay luna que no termine pasando. A nosotros también nos salen metáforicas alas diarias para que podamos seguir volando. A veces solo hay que extender los sueños para que se abran.
No hay nada. Cuando abres los ojos solo encuentras un vacío que comienza a llenarse de recuerdos. Desde el momento en que atisbas la primera luz del día hasta que te acuestas todo está por escribir y por suceder. Cabe todo en un día como mismo cabe todo en un sueño. El ruido de los primeros coches te anuncia que la ciudad ya se está despertando. Tampoco saben las calles de los amores o de las decepciones que encontrarán los peatones cuando transiten por sus aceras. Hay un pintor que ahora mismo está mirando hacia el vacío de un lienzo en blanco. Ni siquiera él sabe adónde le acabarán llevando cada uno de sus próximos trazos.
Cuando nos despertamos una mañana Internet ya estaba aquí. Qué hubieran hecho Cervantes, Galdós, Stendhal o James Joyce si una mañana se hubieran levantado y hubieran encontrado, como nosotros, que Internet ya estaba aquí, y que había nuevas formas de contar, nuevos formatos, y todo el público del planeta al alcance de las pantallas.
Kafka decía que se escribía entre sombras, rebuscando, tratando de dar con los argumentos y con la mejor manera de contarlos. Creo que siempre escribiremos entre esas sombras, y que Internet es esa habitación en la que nos adentramos tratando de orientarnos para seguir haciendo lo que más nos gusta, que es escribir y leer, solo eso, escribir y leer aquello que nos emocione y que nos engrandezca.
La periodista Davinia Suárez contaba que Cortázar, de haberse despertado como nosotros y haberse encontrado Internet como se encontró el dinosaurio el durmiente de Monterroso, hubiera escrito Rayuela aprovechando todas las ventajas digitales, los saltos aleatorios de capítulos, o los recorridos virtuales a través de enlaces; y no digamos, por seguir con escritores argentinos, lo que hubiera hecho Borges si hubiera contado con esta inabarcable biblioteca para poder contar historias.
Ni Galdós escribía como Cervantes, ni Baroja como Galdós, ni Delibes como Baroja, ni Vila-Matas como Delibes: cada escritura es hija de su tiempo y de sus influencias, de la tecnología que tenga a mano el escritor, de los riesgos que asuma y del idioma que se encuentre. Lo que sí que no cambiará nunca es nuestro deseo de que nos cuenten historias para entretener a nuestros propios sueños.
Estás donde llegue tu imaginación, en ciudades que ni siquiera conoces, en playas en las que solo escuchaste una vez el rumor de la marea, en bosques que solo habitaste en sueños o en la casa de la infancia que ya no existe. Si lees viajas por paisajes remotos en los que no hace falta estar respirando para sobrevivir. Puedes salir de ti siempre que te plazca. La belleza es al final el único destino, y la felicidad, la búsqueda de placeres sencillos que no dependan más que de tus intenciones. La realidad también es bella si sabes hacia dónde dirigir la mirada. Hay que conseguir que la imaginación sea como esas ascuas que nadie logra nunca apagar del todo. Su calor cercano, aun en medio de los glaciares, será lo único que logre mantenerte a salvo.
Las nubes nunca pasan de largo. Somos nosotros los que dejamos de mirarlas cuando dibujan formas sobre nuestras cabezas. Tampoco desaparecen las voces de quienes nos precedieron, ni esa energía que vamos dejando por todas partes en cada una de nuestras palabras y en cada uno de nuestros gestos. No hace falta hacer ruido para dejar huella. Probablemente sea la sutileza la que logre afianzar más nuestra presencia. Al final, estés donde estés y hagas lo que hagas, terminarás viendo pasar intangibles nubes por todos los cielos, y verás que en Nueva York o en Lanzarote pasan igual de silenciosas entre la gente. A veces solo hay que encaramar la mirada hacia el cielo para aprender a poner los pies sobre la tierra. Una nube no renuncia nunca a darle forma a un sueño; pero son nuestros ojos los que lo tienen que terminar viendo.
No te canses nunca de buscar un sueño. Tampoco te pierdas en esa guerra absurda en la que quieren que caigas todos los canallas. Descubrirás que efectivamente hay mucha gente malvada por el mundo, te quedarás atónito ante las injusticias, los robos, los abusos y la persistencia de todos esos sinvergüenzas que encima suelen ir escalando cada vez más arriba hasta llegar, en muchos casos, a gobernarte. No bajes nunca la mirada ante ellos, tampoco te resignes. Sigue luchando aunque a veces parezca que esa lucha no te va a llevar a ninguna parte.
La vida, como decían nuestras abuelas, da muchas vueltas, y ellas lo sabían porque habían contado con años para poder comprobarlo. No se trata de ganar sino de ser un ejemplo diario de bondad, honradez y solidaridad con quienes han tenido menos suerte que tú. Hay que cambiar esta sociedad; pero esos cambios hay que conseguirlos venciendo a los pequeños malvados desde abajo. Si les miras a los ojos solo verás a un niño desolado que no fue feliz en su infancia. Nadie que fuera feliz de niño puede ser luego un canalla. No se olvida nunca la esencia de la felicidad ni dónde está lo que realmente vale. No te vengas abajo. Tampoco te consueles diciendo que ya pagarán todas sus maldades. Trata de buscar un motivo para esbozar una sonrisa y no dejes de creer nunca en la compensación que suele regalar el destino con el paso de los años. Quien siembra maldades solo recogerá úlceras e insomnios y a ti no habrá nadie que te robe el brillo de tu mirada.
Cuando tienes un niño de pocos años delante has de estar pendiente de todos tus gestos y de todas tus palabras. Te restriegas los ojos y te lo encuentras restregándose los suyos como si los ojos y los dedos existieran solo para eso. Se aprende de lo que se ve, de lo que se intuye y de lo que se presiente. Por eso también has de tener mucho cuidado con cada uno de tus gestos, de tus pasos y de tus palabras. En nuestro caso se suele provocar una especie de efecto rebote incontrolado. Si tú te empeñas en enfadarte acabarás enfadado, si sonríes aun a pesar de las inclemencias diarias terminarás durmiendo relajado y si odias lo más probable es que acabes consumiéndote por dentro como esos seres a los que de repente se les borra todo el brillo que tenían en la mirada. Nuestro estado de ánimo no ha dejado de ser el niño que en su día aprendía de todo lo que iba mirando. Si quieres que tus sueños no te traicionen, tienes que lograr que tus vivencias se ajusten a lo que realmente quieras terminar imitando.
Las llamadas perdidas son eufemismos tecnológicos. Son solo números o nombres que quedan registrados en un fondo de pantalla. No se pierde donde no habido nada: o estás o no estás, o hablas o no hablas. Tampoco valen los sueños perdidos, sobre todo cuando esos sueños ni siquiera hemos llegado a tocarlos con la punta de los dedos. Ya llamarán otras veces a nuestra puerta, o aparecerán con otros nombres o con otras ilusiones. Cada uno tiene su momento, y a veces solo hay que saber esperar pacientemente a que llegue; pero en esa espera es cuando te estás jugando todo lo que sueñas. No te puedes quedar cruzado de brazos. Son esos días aparentemente infructuosos los que están escribiendo todo lo que recogerás luego. Por eso a veces es mejor recoger tarde, o casi al final, cuando el premio sea el trabajo que uno ha ido haciendo sin saber que estaba triunfando con ese esfuerzo diario. Todos recordamos el destino de muchos ganadores precoces: triunfaron demasiado pronto y se dejaron ir hasta quedarse sin hacer nada. Desde Ulises, y más tarde desde Kavafis, sabemos que todo lo bueno está siempre en el camino. También las utopías se ven mejor cuando las atisbamos al final del horizonte y nos ayudan a seguir andando.
Entre hoy y mañana viajarán millones de maletas con regalos de un lado a otro del mundo. Otros inventarán juguetes con lo poco que tengan a mano. Y no hay nada malo en querer ser feliz por unas horas, o en ver la cara de unos niños que aún mantienen a salvo la magia. Me gusta viajar estos días porque la gente deja que se refleje la emoción en su mirada. Cuando ves cómo se mueven las maletas por la cinta portaequipajes notas que llevan algo más que ropa o paquetes envueltos con mucho cuidado. Realmente lo que giran son los sueños de todos los que esperan. Esa transformación momentánea de los viajes me vuelve siempre optimista. No hay destino que no nos cambie. Un día cualquiera, al bajar de un avión, te puedes encontrar una nueva vida delante de tus ojos. También al salir de la cama, o si te llama alguien con una noticia que no esperabas. Somos viajeros, casi siempre desorientados, que tenemos que aprender a sobrevivir con lo que vayamos encontrando a diario. A veces ni siquiera importa el nombre del aeropuerto de llegada. Siempre estás donde tenías que haber estado.
