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Había soñado con ella justo la noche anterior. Ahora le acababa de pedir amistad en Facebook. Habían sido amantes hacía unos años. Lo dejaron cuando ella se fue a dar clases a una universidad del extranjero. No había sabido nada de su vida en los últimos diez años. La noche anterior él había soñado que ella tenía mirada de lechuza. Hoy se encontró a esa misma lechuza que le había mirado en sueños. Era su foto de perfil en Facebook. No la aceptó. Ella creerá que la ha olvidado o que no quiere tener problemas con su nueva pareja. Nunca le contó que siempre ha sentido pavor cuando le mira fijamente una lechuza. No entiende por qué ella, que tenía los ojos más hermosos que jamás le han mirado, no se presenta tal como es en la pantalla. Ahora le tiene miedo, después de haberla querido tanto.

Se despertó de madrugada con unas ganas terribles de orinar. Conocía la penumbra de su casa casi tan bien como las calles que recorría cada día para ir al instituto. No tuvo que encender la luz para llegar hasta el cuarto de baño. Mientras orinaba repasaba mentalmente la última lección de Biología que había estudiado antes de acostarse. Volvió a la cama pero la encontró ocupada por un hombre que dormía y que hablaba en sueños. Le preguntó quién era y el hombre repitió varias veces su nombre. Tenía cuarenta y dos años, acababa de divorciarse y había vuelto a la casa de sus padres. El joven solo quería saber si aprobaría el examen del día siguiente. Aquel hombre le dijo que sacaría el curso en junio, que acabaría la carrera en cinco años, que se casaría, que tendría dos hijos y que a los cuarenta y dos años acabaría volviendo a la misma cama que había abandonado hacía solo unos minutos para ir al baño.

Hay historias que se quedan para siempre en los sueños, personajes remotos que una vez leímos o reconocimos en algunas madrugadas. Goethe pidió más luz cuando moría sin saber que posiblemente esa oscuridad que ya atravesaba no era más que la antesala de otro nuevo argumento que también acabaría olvidando.
Recuerdo un hombre obsesionado con las linternas. Las tenía de todos los colores y de todos los tamaños. Casi nunca las encendía. Si le preguntabas, te respondía que las iba guardando por si alguna vez se acababa la luz en el mundo. Decía que las velas no eran de fiar olvidando que las pilas y las baterías también se desgastan al paso de los años como mismo se apagan todas las miradas. No sé qué habrá sido de aquel hombre y de aquellas linternas. Tampoco sé en qué lugar del tiempo se habrán quedado tantos personajes que he soñado o leído en las madrugadas. Posiblemente nuestra propia sombra no sea más que un reflejo literario.

Se había apagado. Escuchaba otras voces en los despachos cercanos; pero él había perdido el brillo de su piel y de su mirada. Vio cómo entraron corriendo en su despacho y cómo lo sacaron en camilla. Él seguía sentado como si todo aquello fuera un sueño. No se había movido de su sitio y ya su espacio lo estaba ocupando otro empleado que llevaba años soñando con su puesto. Era gris, pero no estaba tan apagado como él. Metió todas sus pertenencias en una caja y se las entregó a un conserje cojitranco que no paraba de maldecir todo el rato. También le dio su abrigo. Él tenía frío. Nadie habla nunca del frío de los muertos. El que ocupaba su silla le decía a otro con el que hablaba por teléfono que él acababa de morir de un infarto fulminante y que lo estaban velando en la sala siete del nuevo tanatorio. Estaba de pie, junto a la ventana. Afuera la gente seguía paseando como si no hubiera pasado nada.

Desde que le había salido el Rey en el roscón del seis de enero no levantaba cabeza. Tocaba madera y le daba calambre, y si pisaba mierda se torcía un tobillo. Aquella mañana todos envidiaron la suerte del dulce navideño. Entonces todavía vivía con su mujer y sus tres hijos. También le abandonaron. Lleva el Rey Mago del roscón en el bolsillo a todas partes. Le habla, le acaricia la barba blanca y todavía confía en que le cambie la vida. Está empeñado en que todo lo que le pasa no es más que el anticipo de todo lo bueno que le espera. Antes de la última mañana de Reyes no había campaña publicitaria que ideara que no llegara a la gente sobre la marcha. Las agencias se lo rifaban. Su última propuesta casi había arruinado a la marca de cerveza que anunciaban. Todos dijeron que tenía tintes misóginos y racistas. Él aseguraba que no la estaban entendiendo. No lo quieren volver a ver por la agencia. Vive solo en una pequeña pensión situada en el barrio chino de la ciudad. Lo raro es que no le hayan dado un navajazo al salir a la calle. Se acuesta con la figurita del roscón junto a la almohada. Todas las noches le cuenta cada uno de sus sueños y luego se duerme hasta el día siguiente. Hasta este año no habían comprado el roscón en casa. Su hijo mayor estaba empeñado en que había que comenzar enero tentando a la suerte. En todos los años pasados se había negado a aceptar una tradición que jamás vivió cuando fue pequeño. Ahora solo le queda ese rey de plástico ya medio despintado. Es lo único que realmente tiene en estos momentos. Su mujer ha conocido otro hombre y sus hijos ya no quieren verlo.

La mayoría de los propósitos se van quedando en el olvido a medida que avanza el mes de enero. Llevaba años escribiendo en un papel todo lo que quería cambiar en su vida. Brindaba en fin de año con la certeza de que por fin iba a ser capaz de aventurarse en busca de todos sus sueños. Eran sus cinco minutos de gloria anuales. Luego se levantaba de la cama con nuevos dígitos en el almanaque e iba demorando cada una de esas promesas. Algunas, las más fáciles y menos arriesgadas, sí es verdad que trataba de cumplirlas; pero al paso de pocos días se iba olvidando de ellas y volvía a la misma rutina de todos los años. Alguien le dijo una vez que nunca hay que escribir las ilusiones en ninguna parte. Esos papeles los guarda en un cajón de la mesa de su despacho. No siempre escribe lo mismo, aunque lo esencial apenas ha cambiado. Quien le dijo que no escribiera más esos papeles tampoco fue nunca en busca de lo que quería, pero estaba a punto de morir y ya estaba viendo todo un poco más claro. Le contó que si pudiera volver atrás lo único que haría es empezar a buscar cuanto antes el rastro de cada uno de esos sueños que había ido demorando. No le hizo caso: sigue creyendo que tiene toda la vida por delante y no hace más que escribir lo que realmente querría estar protagonizando.

Hace unos días lanzaron muchas sopladeras con deseos en la calle de Triana de Las Palmas de Gran Canaria. Eran globos amarillos o rojos que llevaban una pequeña cartulina en la que los niños y algunos mayores anotaban todo aquello que querrían encontrar algún día al despertarse. Muchos niños se encontrarán con esos sueños en el salón de sus casas. Pero los deseos de los mayores, y también los de algunos de esos niños, andarán volando por alguna parte en ese espacio infinito en el que caben todas las ilusiones que uno quiera plantearse.
Nada es imposible. Ni en estos días ni cuando lleguen los lunes sin marcas rojas en el calendario. De vez en cuando sería conveniente inflar una sopladera y escribir en un pequeño papel lo que realmente queremos. No vale poner lo que los otros quieren que terminemos haciendo. Hablo de los pequeños sueños de cada uno, de lo poco que necesitamos realmente para ser felices. Quizá al escribirlos los vuelvas a retomar como propósito para el nuevo año. También es posible que cualquier día te vuelva a aparecer ese globo donde menos lo esperas para recordarte que nunca es tarde para empezar de nuevo. En las alturas, donde ya no alcanza nuestra mirada, acontecen pequeños milagros que luego terminamos encontrando cualquier día en una calle, en otros ojos o en esa serenidad que a veces hallamos donde ni siquiera estábamos buscando.

Miraba hacia la máquina como si esta fuera una generadora de milagros. Veía salir hilachas finas de colores que se iban enredando en un palo de madera. No sabía nunca por dónde comenzar. A veces trataba de morder arrastrando pequeños retales pegajosos hacia su boca; pero casi siempre acababa utilizando las manos para arrancar el azúcar que se concentraba en una gran nube rosada. Parecía interminable cada vez que empezaba. Ahora está sentado en una terraza y ve a otro niño con otro algodón de azúcar entre sus manos. No tiene necesidad de tocar para recordar su tacto. El niño sonríe como él lo hacía cuando se lo daban, también por estas fechas, o en los días festivos de verano. El tiempo no es más que lo que queda en ese dulzor que uno es capaz de saborear sin necesidad de volver al pasado. También es esa alegría contenida en una gran nube que no deja que ningún horizonte enturbie la mirada. Entre los dedos solo queda el pegoste de algunos sueños malgastados.




Se levantó de la cama y se encontró el piano en el centro del salón de su casa. Vivía solo y había dejado cerrada la puerta de la entrada principal. En un primer momento no se atrevió a tocarlo. Comprobó que la llave estaba en la puerta y se fue a la cocina a preparar un café. No se emborrachaba hacía muchos años: se había acostado sereno, leyendo un ensayo de Montaigne antes de coger el sueño.
Volvió al salón y tocó la madera del piano para comprobar que no era una visión. Empezó a hablar solo tratando de buscar explicaciones. No las encontraba. Daba vueltas alrededor del instrumento. Él no entendía mucho de pianos, ni siquiera sabía tocarlo, pero no se le escapaba que un Steinway nunca es un piano cualquiera.
Vive en un cuarto piso sin ascensor. En los descansillos de las escaleras no hay hueco para que un piano gire. Sólo podría subirse a través de la ventana del salón, pero está también estaba cerrada a cal y canto. Tendrían que haber hecho mucho ruido para meterlo, y él tiene el sueño tan ligero que se hubiera enterado a las primeras de cambio. Levanta la tapa del teclado. Es un piano de cola negro que brilla como una estrella lejana. También dejaron un taburete y un libro con muchas partituras.
Lo primero que piensa es que en ese momento debe haber alguien en algún lugar del planeta esperando por este piano. Se sienta en el taburete y empieza a tocar. Se le van las manos. No sabe de quién es lo que toca, pero suena de maravilla. Se deja llevar. Yo sí sé que es el concierto número dos para piano y orquesta de Rachmaninov. Nunca estudió solfeo. En el colegio, una vez que hicieron unas pruebas para seleccionar alumnos, lo dieron por imposible. Carecía de oído musical. No hizo falta que se lo dijeran. Él se daba cuenta cuando trataba de entonar las canciones de los dibujos animados. Era bueno pintando, pero cuando se ponía a cantar lo abandonaba hasta su propia sombra. De Rachmaninov pasó a Schumann, a Mozart y a Chopin. Pocas veces había sonado el Nocturno número dos del polaco como en aquella mañana luminosa. Lloró mientras lo interpretaba y lo repitió hasta cinco veces seguidas. No se levantó nada más que para comer un par de yogures y unos frutos secos. Las manos se movían por el teclado prodigiosamente. No parecía que fueran suyas. Sólo lo venció el sueño. Cuando se despertó al día siguiente no había ningún piano en el salón de su casa. No ha podido contárselo a nadie. No le creerían.
Yo sí lo vi, pero un narrador omnisciente sólo está para contar desde la lejanía. Me pasa lo mismo con otros hombres. Me da mucha pena ver que luego enloquecen por no poder entender lo que les ha sucedido. Este hombre está cada día más obsesionado. Se acercó a una tienda de instrumentos musicales y pidió probar un piano. No le salían ni las escalas más sencillas. Incluso en la tienda le pidieron que dejara el instrumento porque luego costaba mucho trabajo volver a afinarlo cuando se tocaba de una manera tan burda. Esa fue la palabra que emplearon, burda, y él se levantó sin decirles que de esas mismas manos habían salido un día sonidos prodigiosos. Ha comprado mucha música de piano y está todo el día escuchándola. Ha reconocido algunas de las composiciones que interpretó aquel día irrepetible.
Siempre se acuesta pensando en aquel piano y en aquellos sonidos celestiales. Toca en sueños. Los deseos se le están volviendo quimeras, pero él es de los que nunca recuerda lo que sueña. No sabe que toca cada noche, a veces en privado y otras en teatros repletos de melómanos ansiosos por escuchar sus interpretaciones. En el mundo de los sueños sí se ha corrido la voz de su proverbial talento. Despierto es un tipo gris y aburrido que cumple con su horario de ocho horas en la oficina y que luego llega a casa, come cualquier alimento precocinado y se deja llevar por lo que salga en la tele. Sólo por las noches lee a Montaigne antes de dormir. Lo lleva haciendo desde hace más de diez años y aún no ha terminado el grueso tomo con sus ensayos. Le bastan tres o cuatro renglones para asimilar sabiduría y conciliar el sueño. Luego duerme y olvida que toca el piano hasta que suena el despertador o se despierta sobresaltado en mitad de la madrugada.
Por la mañana siempre entra en el salón muy despacio, mirando con cuidado hacia todos los rincones, recordando aquel piano de cola luminoso que le permitió vivir el día más hermoso e intenso de su existencia. Ya le da lo mismo pensar que todo fue un sueño o que es justo cuando cree que está despierto cuando realmente está dormido. Ninguno de nosotros tampoco sabría diferenciar certeramente un momento de otro. Cualquiera de nosotros podría ser un gran pianista. Qué más da lo que sueñe o lo que lo haya vivido. Él lleva los sonidos de aquella mañana metidos para siempre en su cabeza.
Da lo mismo que lo vean ir y venir de la oficina al trabajo, y que luego lo imaginen solo y aburrido en su casa delante del televisor. Nadie sabe realmente todas las vidas que vive sin saber que las está viviendo. Es una cuestión de dimensiones, pero ya les he comentado que como narrador omnisciente no puedo ir más allá de donde me dejan. Yo también formo parte de esta ficción que llaman vida y que en el fondo no es más que una confusión de sueños.

Sacó las bermudas mojadas de la mochila. Cogió una palangana y se dirigió al grifo de la vieja pileta que estaba en el patio. Las dejó en remojo en lo que se duchaba y luego las escurrió y las colocó en el tendedero. También vació el agua de la palangana. Al día siguiente las recogió justo antes de salir de viaje. Casi no había parado de llover durante los quince días que estuvo fuera de la isla. Como otras veces, no se había dado cuenta de que en el fondo de la palangana se había quedado toda la arena que traían las bermudas. Por más que trataba de evitarlo cada vez que se cambiaba, el bañador mojado siempre terminaba cayendo en la playa.
Cuando abrió la puerta ya empezó a notar que el olor a salitre estaba demasiado cerca de su casa. Venía de una ciudad sin mar en la que ya había vivido hacía más de veinte años. La palangana estaba enterrada en la arena debajo de la orilla. No la encontró por ninguna parte. Su patio era una playa. No importaba que fuera no le creyeran. Hacía años que no le contaba a nadie las cosas raras que le pasaban. Se acostó y cerró los ojos antes de empezar a acariciar a la sirena que llevaba toda la vida soñando. Al despertar al día siguiente ya no estaba el mar dentro de su casa. Aún no se había dado cuenta de que en las sábanas había escamas de color púrpura que brillaban con los primeros rayos que entraban a través de los cristales.



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