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Yo era el que te miraba cuando echabas las monedas en el plato. Él tocaba la flauta tambaleándose junto a la puerta de la iglesia. Miraba para ti cuando colocabas el euro con cuidado. Nos miramos a los ojos muchas veces. Te escribo esto para agradecerte todo lo que nos ayudaste en aquellos años. Él murió un poco antes que yo. A mí me llevaron a la perrera y me sacrificaron sobre la marcha. Era viejo y llevaba muchos años en la calle. Ahora he regresado solo para escribir. Y me he acordado de tu mirada y de aquel detalle diario de la moneda en el plato.

La niña tenía un perro imaginario. Un perro silencioso y leal que siempre ha estado a su lado. Lo acaricia cuando no hay nadie y cuando ya duermen sus amantes. Siempre ha querido dormir sola. En la cama jamás ocupa el hueco de su perro de sombras.

No le hacía falta salir a la calle para reconocer los eclipses. De noche su perro había estado gimiendo como un niño pequeño y ahora no se separaba de él en ningún momento. Hace cientos de años los eclipses que no se veían solo eran sensaciones que se confundían con algunos sueños en las madrugadas. Ahora nos avisan muchos meses antes; pero seguimos sin saber lo que sucede en el resto del universo. Muchas veces no depende de nosotros nuestro estado de ánimo. En cualquier lugar lejano un choque de estrellas puede cambiar por completo la química del tiempo que vamos respirando.

P1030831.JPGHace años decidieron cerrar de la noche a la mañana el albergue de perros de Santa Brígida. Sobre la marcha hubo una gran movilización en la que estuvo al frente Stela, de Gran Canaria Pets. Todos los perros iban a ser enviados a Bañaderos y, si no mediaba la suerte, acabarían sacrificados en unas semanas. El perro que está a mi lado, y que muchas veces podría confundir con mi propia alma, lo había sacado de esa perrera un año antes. Apoyamos todo lo que pudimos a Stela y entre todos logramos que ningún perro acabara en Bañaderos. Se buscaron casas de acogida, se aportó dinero para pagar la adopción de cada uno de ellos y se buscaron familias que quisieran tenerlos a su lado. A través de esa asociación algunos perros acabaron con familias extranjeras. Varios años después me ha escrito Stela contándole la historia de MIL, un mestizo que en aquel momento tendría seis o siete meses. Fue adoptado en Alemania y ha terminado siendo uno de los perros más famosos del país por su capacidad para localizar personas desaparecidas tras los derrumbes. Ha recibido numerosos premios y ha salvado muchas vidas. Los que tienen perro saben que todo lo que pueda contar de ellos, de su lealtad y de su cariño, se quedaría siempre corto. La historia de MIL, aquel temeroso chucho que salió de una jaula de Santa Brígida, es de las que reconfortan y ayudan a que sigamos creyendo en los pequeños gestos que cambian la vida y el destino de los seres vivos. No siempre se gana, pero sí es verdad que hay victorias cotidianas que ayudan a que los días parezcan otra cosa.

En la imagen que ilustra esta página aparece MIL antes de salir con destino a Alemania


Las calles olían siempre a potaje y a sotal. Cada casa proponía un viaje gastronómico diferente, y cada vecina limpiaba su trozo de acera como si fuera una parte más del pasillo o del corredor de su propia vivienda. Siempre había alguien baldeando o mandándonos a la otra acera para que no pisáramos lo mojado. Nos echaban de todas las casas los sábados por la mañana para que no pisáramos los suelos recién fregados. Sólo recuerdo quedarme entre cuatro paredes cuando estaba enfermo o cuando llovía más de la cuenta. El resto del tiempo nuestra patria eran todas las calles y todos los campos del pueblo. Pero no andábamos solos. Siempre teníamos un perro que iba con nosotros a todas partes. Perros sin nombre, sin pedigrí y sin correas. Fieles, leales y amigos a carta cabal. Nunca tenían nombres, o los nombres se los poníamos nosotros el día que empezaban a acompañarnos. Se llamaban Canelo, Rayco, Tobi o Sultán. O bien adoptaban el apelativo de cualquier serie de dibujos animados que estuviera de moda. Se conformaban con los cuatro mendrugos o las dos o tres cáscaras de queso que sacábamos a escondidas de nuestras casas. No sabíamos dónde dormían, pero siempre los encontrábamos en la misma zona del barranco o en cualquiera de las plazas del pueblo. Se dejaban acariciar y nos lamían las manos en señal de agradecimiento. No se les trataba como ahora. Entonces eran pocos los que tenían perros metidos en su casa. Todo lo más andaban por las azoteas o las fincas a su libre albedrío. Aparecían y desaparecían igual de misteriosos. Los echábamos de menos un par de días cuando se iban, pero al poco tiempo aparecía otro, habitualmente cojo, atemorizado, y siempre con ojos tristes de traición, derrota o palos.
Hoy tengo perro, y si puedo siempre me haré acompañar por la lealtad, la ternura y la sapiencia infinita que uno encuentra en los ojos de un perro cuando te mantiene la mirada. De alguna forma cada caricia que le doy se la estoy dando a todos y cada uno de aquellos perros sin nombre que nunca supimos dónde acababan muriendo. Un buen día dejaban de venir, supongo que cogidos por los de la perrera, o perdidos en cualquier cruce de caminos. Recuerdo que siempre iban con nosotros a todas partes. Se llamaban Rayco, Tobi, Sultán o Canelo.

Soy lo que me queda de su última mirada. Llevaba casi doce años viviendo en su casa. Me recogió en la calle. Apenas recuerdo nada antes de que él me acogiera. Sí me acuerdo vagamente del día que me trajo a su casa. Estaba desorientado en medio de una calle llena de tiendas y de coches. Mi madre llevaba varios días sin aparecer. Vi morir a tres de mis hermanos, también negros con manchas blancas como yo. Una señora mayor nos acercaba un plato con leche y galletas todas las noches, pero desde que no estaba mi madre el plato se lo zampaban unos gatos enormes que nos sacaban los dientes cuando intentábamos acercarnos. Desde que murieron mis hermanos, me moví hacia donde veía que caminaba la gente. Había personas que me miraban con cara de pena y noté cómo más de uno estuvo a punto de pararse. También había algunos que te espantaban o que hacían como que te iban a dar una patada. Los que parecía que se iban a parar se lo pensaban dos veces y al final seguían adelante mirando su reloj o llamando desde el teléfono móvil. Era un chucho callejero, pero no dejaba de tener el encanto que tienen todos los cachorros. Las niñas sí me estrujaban y se empeñaban en tratarme como si fuera una muñeca. También me traían galletas y pan, y me juraban que me iban a cuidar para siempre. Yo les creía y me veía a salvo. Pero nunca se quedaban después del anochecer, y ya al día siguiente no volvían a aparecer. Igual era que yo me movía de calle. Todas las calles me parecían siempre la misma calle, sobre todo por el día, cuando la gente y los coches amenazaban con arrollarte todo el tiempo. Él me recogió cuando unos guardias municipales me tenían acorralado para llevarme a la perrera. Yo lo había mirado a los ojos pidiéndole que me salvara porque estaba seguro de que no me esperaba nada bueno si lograban meterme en la jaula. De eso hace casi doce años, lo que para nosotros los perros se entiende que es toda una vida.

Él vivía solo en un gran apartamento en la zona de Las Canteras. Se le acababa de morir su perro y por lo visto mi mirada le recordó a la de Faycán, que es de quien heredé la correa y los cuencos para el agua y la comida. La primera noche me dijo que él era feo y neurótico, y que sabía que nunca iba a poder vivir con nadie. Faycán le había dado todo el cariño, la complicidad y la compañía que necesitaba, y me decía que esperaba que yo le diera lo mismo. Apenas entendía sus palabras. Me costó muchos meses de televisión, canciones y soliloquios entender el idioma en el que pienso ahora dentro de esta jaula. Fuimos muy felices. Cada día, al amanecer, sobre todo cuando estaba la marea vacía, me sacaba a caminar y a jugar por la playa de Las Canteras. Siempre estaba enviando cartas al ayuntamiento y a los periódicos para que por lo menos nos dejaran pasear por el paseo de la avenida. Ni siquiera con correa y bozal nos dejan asomarnos a la costa, aunque ya digo que él siempre buscaba las horas de la noche o las primeras del día para que yo pudiera disfrutar del mar. Fui muy feliz todo el tiempo que viví con él. Incluso estaba bien en la guardería cuando él se iba dos o tres semanas de vacaciones cada año. La primera vez me asusté y pensé que me quería abandonar, pero cuando comprobé que vino a buscarme ya me quedé tranquilo las otras veces. Justamente era ahí donde él quería que me llevaran si alguna vez le pasaba algo. Se lo tenía dicho a sus sobrinos y a sus amigos más cercanos, e incluso lo había repetido delante de mí más de una vez, sobre todo a sus sobrinos, que venían cada dos por tres a pedirle dinero y favores.

Mi dueño se llamaba Esteban y era abogado; por lo visto uno de los mejores abogados de la isla. Era manco del brazo izquierdo, medio bizco y bastante más bajo que el resto de los hombres que nos tropezábamos por la calle. Estaba todo el día leyendo libros, viendo películas en otro idioma que tampoco conocía al principio y escuchando música. Yo ahora echo de menos su música tanto como su voz. Levanto las orejas a ver si me llega la música de Bach o de Mozart que tanto me gustaba escuchar echado en la alfombra o mirando desde la terraza al cielo azul, cuando el cielo era casi siempre azul y luminoso. A Esteban también le encantaba ponerse a mirar el cielo durante horas. Me contaba historias inventadas o me leía poemas. A veces lloraba, pero decía que no estaba solo teniéndome a mí a su lado. Me miraba a los ojos y me pedía que no lo dejara nunca. Yo lo recibía entre saltos. Ahora, aun asumiendo que no lo volveré a ver, trato de buscarlo husmeando siempre el horizonte. Me hago daño pegando mi hocico a la valla para ver si soy capaz de reconocer algún rastro suyo. No quiero pensar que los olores que uno deja en la tierra se van para siempre. Algo quedará. Yo soy capaz de atisbar algunos de vez en cuando, o igual son los recuerdos los que me engañan, no lo sé.

Sus sobrinos incumplieron su deseo. Llegaron después del entierro medio borrachos y me metieron en el maletero oscuro de un coche. Iban cantando y diciendo que ya no tendrían que dar un palo al agua en toda su vida. Yo temblaba y gemía. Echaba de menos a Esteban y todavía soñaba que vendría a rescatarme como aquella vez cuando casi me cogen los policías municipales. No hubo milagro. Me sacaron del coche de noche y me tiraron por encima de la valla del albergue de perros abandonados de Bañaderos. Desde que caí apenas puedo moverme. Me dejaron dolorido y muerto de miedo. Hasta entonces yo confiaba ciegamente en la bondad de los humanos. Ahora no es que desconfíe. No tengo ni tiempo para pensar en esas cosas. Estoy desolado, triste y sin ganas de hacer nada. Un perro tan mayor, baldado y sin pedigrí ya no tiene ninguna posibilidad de supervivencia. Me consuela la felicidad de todos estos años, y sobre todo el recuerdo de Esteban. Los veterinarios intentan tratarme con ternura, pero somos muchos para que nos hagan caso a todos. Por lo menos no me insultan ni me tratan como los sobrinos. Todos nosotros sabemos que éstas son las jaulas de los perros que van a ser sacrificados. Somos más de veinte los que hoy pasaremos a mejor vida. Yo sólo espero que no me duela. Ellos creen que no nos enteramos de nada. No saben que somos capaces de oler la muerte, la nuestra y la de aquéllos que pasaron por aquí antes que nosotros. O igual esto no es más que un sueño. Es mentira que los perros no soñemos. Yo lo hago, y además me acuerdo de todo lo que veo mientras duermo. Esteban decía eso, que la vida a lo mejor no es más que algo que alguien va soñando, y que al despertar ese soñador él ya no sería tan feo ni yo un chucho sin pedigrí y sin futuro. A veces bebía y terminaba llorando y escuchando tangos hasta el amanecer. Entonces recuerdo que siempre decía que si éramos como éramos sería por algo, y que justamente por eso habíamos coincidido. Yo no sé qué sería mejor ahora mismo. Me da igual ser un sueño o ser real. Los sobrinos de Esteban eran reales. Unos tipos así no se sueñan, y si se sueñan uno se despierta cuanto antes para poder seguir sobreviviendo. Nos han puesto carne. Es de lata y está asquerosa, pero es todo un detalle. En medio se ven pequeñas pastillas que me imagino que serán para que nos vayamos quedando medio traspuestos. No estoy para dudar de nada, ni para rebelarme. Me lo comeré todo y dejaré que hagan su trabajo. Sólo me importa oler el recuerdo de Esteban, y también levanto las orejas todo lo que puedo para ver si reconozco su voz perdida entre los ecos que se quedan para siempre sonando en el planeta. Me dejo llevar. En el fondo he sido un perro con suerte. No quiero pensar en la vida que han llevado algunos de los que están aquí conmigo. Las pastillas apenas me dejan pensar. Estoy bien, relajado, fuera de la jaula. Hay una gran luz blanca que me ciega y que casi no me deja ver nada. Sólo veo la aguja de una jeringuilla como las que veía cada año cuando íbamos al veterinario a que me pusieran las vacunas. Entonces siempre me daban un poco de chocolate al salir. Por eso la muerte me está sabiendo a chocolate. Es todo lo que puedo contarles. Sólo confío en que Esteban esté al otro lado cuando despierte. Lo más probable es que, de una forma o de otra, nos volvamos a encontrar en algún otro sueño. Mis papilas gustativas recuerdan la variedad de sabores de todos los chocolates que probé mientras estuve vivo y fui feliz. La muerte está siendo dulce.