A veces lo mejor es reconstruir los paisajes con la memoria que uno tiene de ellos. No tengo recuerdos del balneario de Azuaje; pero seguro que por allí pasaron muchos de mis antepasados y de los suyos. Nunca puedes dejar de imaginar el esplendor entre las ruinas de lo que fue bello. Cuando pasas junto a los restos del balneario sientes esa punzada de pena que va dejando todo lo que se pierde por culpa de la barbarie. Permanece el barranco porque la naturaleza puede más que la mano temporal del hombre que se empeña en destrozar todo lo que va encontrando a su paso; pero no permanece lo que otros hombres dejaron en edificios que no atentaban contra el paisaje. Hay un halo modernista y art déco en lo poco que queda del balneario al que venían los primeros turistas a principios del siglo veinte o en el que pasaron la luna miel muchas parejas canarias que vivieron allí una especie de sueño de Baden Baden.
La pasada semana ni siquiera me atreví a adentrarme entre las ruinas cuando venía de recorrer el barranco. Preferí silenciar lo que estaba oyendo y traté de ver lo que ya no podía atisbar mi mirada. Venía de escuchar a miles de pájaros festivos entre los árboles y los riscales que te devuelven a una especie de era Terciaria casi edénica cuando coinciden con el rumor de las aguas. A medida que nos aproximábamos solo se escuchaba el eco estruendoso de unos golpes que nada tenían que ver con los valses o con los cadenciosos Nocturnos de Chopin que sonarían otras tardes primaverales en esos salones ahora decapitados. Cuando llegamos descubrimos que el balneario estaba tomado por decenas de jóvenes con monopatines que hacían estallar las maderas de sus artilugios contra el suelo que habían pisado tantos enamorados y tantos ingleses de aquellos que nos dejaron el saber estar que casi hemos perdido con la brutalidad de las modas que hemos ido importando. Gritaban y golpeaban las maderas de su monopatín contra las esquinas o contra los obstáculos que habían colocado por todas partes. Los riscales del barranco hacían que sus ecos se multiplicaran y que se quedaran resonando en nuestras sienes aunque nos perdiéramos por los caminos que en nuestras islas, como en aquellas coplas de Manrique, siempre acaban en el mar, que es el morir. No había camareros con levita ni lámparas colgantes, no sonaban violines con acordes de Bach ni había mujeres con pamelas que imitaran las modas de París. Tampoco estaban Tomás Morales o Alonso Quesada sentados en el porche con una pequeña libreta entre sus manos viendo cómo caía la tarde más allá de los riscos que iban silenciando el canto de todas las aves. Todo se lo ha llevado el tiempo y la barbarie. El balneario de Azuaje no es más que una fantasmal aparición casi apocalíptica ante la que deberíamos sentir vergüenza todos los grancanarios.
