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La lluvia en verano improvisa charcos que desentonan con el paisaje y con la vestimenta de la gente. A él le gustaba verse reflejado de vez en cuando en esos espejos efímeros que luego borran nuestra imagen para siempre en las aceras. Se miraba disimuladamente cuando pasaba por la calle después de que escampara. Uno sabe siempre dónde se terminarán formando los charcos. Evitamos pasar al lado para que no nos salpiquen los coches o para no acabar pisando inesperadamente. En verano, los pies se quedan helados cuando llueve.
En otros lugares, las tormentas suelen aparecer tronando a última hora de la tarde. Nosotros, en estas islas tan poco proclives a los mandatos de las estaciones, podemos encontrar esa lluvia cualquier mañana, lo mismo que en diciembre disfrutamos de un radiante día de verano. También podemos cambiar de estación variando solo unos kilómetros, por eso las aves migratorias siguen arribando a nuestras costas cuando sobrevuelan océanos y continentes en busca del calor que siempre ha movido a los humanos tanto como el amor o como esa libertad que soñamos lejos de donde casi todas las cartas están marcadas antes de que comience el juego. Ese amigo pasea sin perder detalle de lo que van encontrando quienes saben mirar más allá de las evidencias. Busca a los otros y se busca él mismo rastreando su sombra, viéndose reflejado en un escaparate o reconociéndose en tiendas que ya no existen y que él puede seguir viendo en su recuerdo como cuando paseaba hace años por esas mismas avenidas o por los campos que nunca son los mismos aunque creamos que los árboles nos enseñan siempre las mismas ramas que apuntan al cielo.
El otro día sorprendí a ese amigo rebuscando su semblante en el fondo de un charco que se forma en la plaza de Las Ranas. Lo hacía disimuladamente, pero yo vi cómo se detenía mientras esperaba que el semáforo se pusiera verde para los peatones al otro lado del barranco de Guiniguada. Lo asusté cuando pronuncié su nombre, y al moverse su imagen naufragó en el fondo del charco. Seguimos hablando y no le comenté nada hasta llegar a calle de Triana. Ya no llovía. Le pregunté que qué buscaba en los charcos y me dijo que ya sabía de antemano que no encontraría nada tangible, pero que le valía ese reflejo para eternizarse por lo menos unos segundos. Me habló de todos los charcos en los que se había visto reflejado en París, en Londres, en Nueva York o en la aridez de los desiertos. Nos despedimos y me dejó pensando en todas las miradas que ha ido borrando el sol a lo largo del tiempo. Comenzó a llover de nuevo, abrí el paraguas y contemplé mi media sonrisa en un charco que se formó en la esquina de Triana con la calle Travieso. Imagino que allí me quedaré siempre, en ese infinito insondable de los fondos que creemos que desaparecen cuando se secan.

A lo mejor solo vine para ver brillar estas hojas de palmera un día de marzo de 2016. Esas palmeras llevan en el barranco cientos de años. Han visto pasar a muchos caminantes cabizbajos, altivos, serenos, ansiosos, altos y bajos. Estos barrancos llevaban agua hace muchas décadas. El sol da de lleno entre las hojas humedecidas por la tarosada. No sé qué me ha hecho levantar la mirada. He pasado muchas veces debajo de esta palmera sin mirar hacia arriba. Canta un pájaro. No se escucha nada más en el barranco. A veces la vida se muestra con esa desnudez que tanto olvidamos corriendo como posesos tras el ruido mendaz de lo que creemos importante.

Su hijo pequeño regaba los árboles de la plaza con el agua con jabón que llevaba para los orines del perro. Un día le preguntó que por qué lo hacía y el niño respondió con toda naturalidad que con ese agua jabonosa las hojas de los árboles saldrían más verdes y brillantes. Él se rio de la ocurrencia del pequeño; pero hoy, cuando salió a primera hora de la mañana y el sol comenzó a iluminar las hojas nuevas de la arboleda, se dio cuenta de que jamás las había visto brillar de una manera tan intensa.

Esa hoja tiene añoranza de tierra mojada. Cae en la calle de un otoño caluroso en una ciudad atlántica. Pasan los coches sobre ella y aun así se remueve como queriendo ser abono en el asfalto.

La mujer esperaba debajo del árbol con los brazos abiertos. Quería recoger las flores antes de que cayeran. Todos se burlaban de aquella insistencia diaria. La veías ir de un lado para otro alrededor del árbol cuando comenzaban a caer las magnolias. Solo podía salvar unas pocas. A las otras las acariciaba tiernamente cuando ya estaban en el suelo.

Nunca tuve intención de memorizar el vuelo de un cernícalo cerca del balcón mi casa. Yo no había cumplido los diez años y por tanto lo miraría como mismo mirábamos todo lo que acontecía a nuestro alrededor cuando el mundo parecía un estreno diario. Pero ahora, cada vez que la memoria regresa a ese balcón, aparece siempre aquel cernícalo que a lo mejor solo vi unos segundos mientras sobrevolaba fincas de plataneras y barrancos. No solo quedaron los nombres de los amigos que me llamaban desde la calle o el olor de la tierra mojada en los días de lluvia. El recuerdo también etiqueta lo que cree que es importante sin que nosotros nos demos cuenta de esos vuelos que nunca pasan de largo. Me imagino que aquel cernícalo también vería mis ojos de niño asombrado en la distancia. Y había un cielo azul entre otras casas, y otras gentes que también estarían trazando los dibujos de aquel vuelo con su mirada, y una mujer feliz, y otra mujer desgraciada, y un hombre que se creería el más afortunado del mundo y otro hombre al que, de repente, se le habría venido todo abajo. No nos pusimos de acuerdo para conocernos; pero mientras vuelan los cernícalos nosotros seguimos protagonizando historias que solo acaban en las pantallas de nuestros propios sueños. Una vida dura a veces lo que tarda un vuelo en recorrer la distancia entre dos edades que no conocemos. Son muchos los que se han ido para siempre desde aquel vuelo que vi en mi infancia. Tampoco está el cernícalo, pero sí el silencio de trinos que acontecía cuando los mirlos vislumbraban aquel vuelo que seguirá grabándose en la memoria de otro niño que aún no sabe que solo está eternizando un pájaro en su recuerdo.

Todos los domingos lo ves salir con la mochila y con un palo. Llega a la estación y se sube a cualquiera de las guaguas que se dirigen hacia los pueblos. Baja en la última parada y se echa a caminar entre barrancos y montañas. Siempre va solo. Es un aventurero que entre semana trabaja ocho horas diarias en una oficina. Cuando era niño quería ser explorador. Ahora nadie le pregunta si es feliz con la vida que lleva. Está casado y tiene dos hijos estudiando en la universidad. Cuando camina por los campos sueña que tiene veinte años y que está empezando a descubrir el mundo. No regresa tarde. Siempre ha llegado a la hora del almuerzo. Su familia solo le pide que compre queso y pan de campo.

La calima se acompaña casi siempre de un viento que amenaza con derribar las palmeras. Ese siroco es el que maldicen los que limpian las calles de las plazas más cercanas a la costa. Caen las hojas secas de esas palmeras y el pavimento se cubre con cientos de hojas de los laureles de indias en los que anidan los pájaros. También cae algún nido de vez en cuando. Quedan pocas horas para que llegue el invierno, pero aquí las estaciones son tan extrañas como esa tierra que los satélites confunden con brumas otoñales. A veces llueve y los coches se convierten en estatuas de barro.

Hacía años que dormía sola. Si hubiera dormido con alguien habría sabido que cada noche, justo al cerrar los ojos, volvía a ser gaviota. En las diez primeras respiraciones se percibía el mismo sonido que ella escuchaba cada tarde cuando atardecía y veía volar a las gaviotas hacia los acantilados de la costa. Cuando una mujer duerme vuela lejos durante unas cuantas horas. También las gaviotas sueñan que son humanas cuando cierran los ojos cada noche.

El cauce del barranco Guiniguada que separaba Vegueta de Triana se niega a desaparecer. Estuvo miles de años donde ahora el asfalto no llega ni siquiera al medio siglo. Está empezando a recuperar el terreno perdido por los márgenes de la carretera del Centro. Si miras hacia el suelo de la calle Mesa de León verás cómo ha empezado a brotar la hierba entre los adoquines. Si la vida fuera un parpadeo de unos cuantos siglos, cada vez que abriéramos los ojos veríamos un mundo totalmente diferente en el mismo sitio. Ahora se escuchan coches donde antes corría el agua, y los puentes solo los podemos ver en la imaginación o en esas fotos antiguas que colocan en muchos locales para que nos entretengamos recordando lo que vieron otros mucho antes.
Siempre me han fascinado las historias de los pueblos hundidos en los pantanos o en las presas. Cuando era niño y me escapaba a la presa de Las Garzas de Guía mi abuela nos contaba cómo era el paisaje que estaba debajo del agua. Para ella no había cambiado nada, y me imagino que dentro de dos mil años aquellos árboles que ella vio volverán a rebrotar sobre la tierra. La ciudad que caminamos a diario también tuvo dunas donde ahora solo hay edificios y asfalto. Siempre que llega alguien de fuera y le explicas cómo era el istmo que separaba Las Canteras del Puerto te mira como si le estuvieras contando el argumento de algún libro de Julio Verne. Tampoco se creen que la arena estuviera hace apenas veinte años junto a Mesa y López o en la zona de La Minilla. Son muchos los Guiniguadas que quedaron sepultados bajo el asfalto de la especulación y de ese crecimiento demencial y caótico de una ciudad que no supo conservar algunos de sus paisajes más emblemáticos. La vida también está llena de Guiniguadas por todas partes. A veces nos confundimos y nos empeñamos en esconder lo que realmente merece la pena. Dentro de cada uno de nosotros hay querencias que anegó el olvido y que llevan sumergidas muchísimos años. Un día te levantas y recuerdas una cara o te aparece el olor de un perfume que relacionas con alguien de quien estuviste enamorado. De alguna manera la hierba que se empeña en rebrotar se asemeja a esos fogonazos que te ponen delante todo tu pasado. No se olvida nada de lo que se vive. Si acaso se anega como esos pueblos de los pantanos o se cubre de un asfalto metafórico. La naturaleza siempre encuentra el camino de vuelta. Me gusta mirar esa hierba que mi perro huele como si estuviera rastreando las sombras del barranco que está debajo de la calle. Viene de muy abajo, atravesando alcantarillas y abriéndole heridas al hormigón armado. Lo bello nunca muere para siempre y, tarde o temprano, encuentra la manera de volver a asomarse. Nuestros recuerdos también se abren paso por esas grietas que a veces deja el tiempo para que nos alonguemos al pasado.
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