los blogs de Canarias7

Novedades en la categoría Miscelánea

Todos buscamos nuestro espacio en medio de las calles y de los paisajes, en las habitaciones de una casa o entre la multitud. Necesitamos un lugar, por pequeño que sea, para ponernos a salvo. Y ese lugar no es siempre el mismo, como no son las mismas las ciudades que buscamos. Tú eres tu única patria, el que reconoce sus límites allí donde el corazón se sienta como en casa. Un día necesitas mar, otro montaña, otro bullicio de grandes ciudades y otro el silencio de un páramo deshabitado. No le pongas nunca obstáculos a tu propia necesidad errante, a esa búsqueda que ha ido sembrando a los humanos por todos los rincones del planeta. Los que vivimos en islas sabemos desde el principio que venimos de todas partes.


Nadie te va a invitar nunca a saltar al vacío de tus propios sueños. La mayoría de las veces los dejamos pasar de largo por no asumir riesgos y por hacer caso a esos consejos siempre timoratos de quienes nunca se están jugando nada. Solo alguna vez, quizá en el desespero, o en uno de esos momentos osados que te regala la vida, conseguimos apagar el eco de todos los agoreros y lanzarnos a ese vacío que nunca sabes adónde te terminará llevando. Cuando tenemos menos de veinticinco años contamos con la energía pero nos falta la urdimbre de la madurez y la pausa, y cuando maduramos nos detiene la responsabilidad de todo aquello con lo que nos hemos ido comprometiendo a lo largo de los años. Llegado el momento, cada cual ha de elegir la seguridad o esa osada pirueta que no sabes si terminará elevando tus ilusiones o si las dejará todavía más maltrechas. Somos nosotros los únicos que conocemos los vientos de nuestras propias intuiciones; pero no siempre nos atrevemos a sacar las velas apropiadas para navegarlas.

Estás donde llegue tu imaginación, en ciudades que ni siquiera conoces, en playas en las que solo escuchaste una vez el rumor de la marea, en bosques que solo habitaste en sueños o en la casa de la infancia que ya no existe. Si lees viajas por paisajes remotos en los que no hace falta estar respirando para sobrevivir. Puedes salir de ti siempre que te plazca. La belleza es al final el único destino, y la felicidad, la búsqueda de placeres sencillos que no dependan más que de tus intenciones. La realidad también es bella si sabes hacia dónde dirigir la mirada. Hay que conseguir que la imaginación sea como esas ascuas que nadie logra nunca apagar del todo. Su calor cercano, aun en medio de los glaciares, será lo único que logre mantenerte a salvo.


Las nubes nunca pasan de largo. Somos nosotros los que dejamos de mirarlas cuando dibujan formas sobre nuestras cabezas. Tampoco desaparecen las voces de quienes nos precedieron, ni esa energía que vamos dejando por todas partes en cada una de nuestras palabras y en cada uno de nuestros gestos. No hace falta hacer ruido para dejar huella. Probablemente sea la sutileza la que logre afianzar más nuestra presencia. Al final, estés donde estés y hagas lo que hagas, terminarás viendo pasar intangibles nubes por todos los cielos, y verás que en Nueva York o en Lanzarote pasan igual de silenciosas entre la gente. A veces solo hay que encaramar la mirada hacia el cielo para aprender a poner los pies sobre la tierra. Una nube no renuncia nunca a darle forma a un sueño; pero son nuestros ojos los que lo tienen que terminar viendo.

Muchas veces te acabas pareciendo a aquello que vas buscando. Quizá ese sea el gran logro de quienes no se traicionan a sí mismos. No importan las metas sino los mimetismos que se asimilan sin darnos cuenta cuando vamos camino de ellas. Si lees serás leído, si escuchas serás escuchado y si ayudas serás ayudado. Y no importa que los otros no devuelvan lo que tú ofreces generosamente. Será siempre tu propia memoria la que te salve. Los epílogos se escriben en las búsquedas de las primeras palabras de los libros que ni siquiera sabemos que vamos a terminar escribiendo. Los milagros también acontecen en las semejanzas.

Hasta que no das el primer paso no sabes dónde te llevará el día. Tampoco sabe el pintor qué cuadro terminará pintando, ni el escritor en qué argumentos acabarán arribando sus sueños cada vez que se entrecruzan palabras que ni siquiera salió a buscar a ninguna parte. Lo único que vale es caminar, pintar o escribir sabiendo que el horizonte jamás acaba donde terminamos de ver el cielo. Vivir también es un oficio que se aprende en la práctica diaria. No te puedes quedar quieto esperando a que tus ilusiones vengan a buscarte. Tampoco puedes salir buscando nada. Tú solo tienes que caminar siguiendo las corazonadas de tus propios pasos. Ya luego no depende solo de nosotros dónde nos terminen llevando, aunque sí seguirá estando siempre en nuestra mano la elección de la perspectiva con la que queramos asomarnos a cada uno de los paisajes que nos vayamos encontrando.

El sueño cumplido es el que te permite levantarte cada mañana sabiendo que eres irrepetible y que lo que tú no vivas no lo va a vivir absolutamente nadie. Da lo mismo que estés solo o acompañado, sano o enfermo, feliz o aliquebrado, lo único que se te pide es que seas consciente de cada uno de tus pasos. No eres solo la clave del ordenador o del teléfono móvil, ni ese que se asoma en una fotografía a las redes sociales. Cuando se apagan los aparatos o se ensombrecen las pantallas eres casi igual a cualquiera de tus antepasados. No conviene confundir todo el tiempo la virtualidad con la realidad, ni dejar que los niños sigan viendo pasar muchas tardes metidos dentro de un videojuego. La vida está siempre fuera, pero al mismo tiempo el mejor viaje es el que uno emprende hacia sus adentros. Y lo que no viajes, como lo que no vives, se queda sin trazos en los mapas que va dibujando tu propia memoria para saber que existes.

No dejes que te empujen los días apresurados, las tareas interminables o las prisas incesantes. Trata de detenerte en medio de la corriente, que nada ni nadie te termine arrastrando, y si te empujan porque es imposible pararte, al menos trata de intuir hacia dónde avanzas. La vida es un viaje que a veces ni siquiera reconoce el nombre de tus propias estaciones de paso. No puedes eternizar ninguna parada, pero por lo menos tienes que intentar respirar el aire del lugar por el que viajes. Cualquiera de los túneles en los que a veces te adentras puede que no tenga salida hacia la luz en el otro lado. Si cierras los ojos puedes jugar a atravesar alguno de esos túneles que cada noche se confunden con tus sueños. Luego, cada vez que los abras, también podrás jugar a nacer de nuevo. No olvides que solo improvisando juegos puedes aspirar a detener el tiempo. Por eso cualquier niño se siente siempre eterno.

Hace tiempo que solo trato de conservar lo que sé que nunca me podrá robar nadie. Si acaso me puede desvalijar algún día el olvido; pero jamás los especuladores ni quienes confunden los sentimientos con las carteras. Solo protejo lo que me puedo llevar a todas partes sin exceso de equipaje. Somos lo que nos queda cuando los demás creen que ya lo hemos perdido todo en mil batallas. En las caídas desaparece todo aquello que era inservible y que te habían dicho que era necesario para tu felicidad diaria. Los caminos se vuelven más transitables cuando sabes que ya no te pertenecen ni los pasos ni los paisajes que vas dejando atrás. Eres el que lleva en sus adentros lo que pudiste ir salvando de los días grandiosos de todos tus pasados, la sencillez, la serenidad, esa sonrisa que te mantiene a salvo ante las adversidades y ante todos esos días que parece que los carga el diablo.

Francis Scott Fitzgerald le escribió una vez a su hija un verso de Shakespeare para que entendiera la vida y sobre todo el derroche del talento y de la belleza, o quizá la dejación de la virtud, esa tentación de dejar que todo se venga abajo, de derrochar el talento o de apagarlo en el alcohol o en las drogas. El verso de Shakespeare te detiene en ese límite casi imposible al que a veces llegan algunas palabras: "El lirio que se pudre huele peor que la maleza". Al final todo será podredumbre, pero entre tanto llega ese momento que no es capaz de vislumbrar nuestra conciencia, nuestro único deber es mantener a salvo el lirio, lograr que exhale el mejor de sus aromas cuidándolo con todo el cariño del mundo. No se vive eternamente; quizá el único camino para alcanzar la felicidad sea el que acepte nuestra condición efímera sin apocalipsis y sin dramatismos que la destruyan antes de tiempo. Una vez asentado ese final inevitable, lo único que daría sentido a la existencia sería la búsqueda de la belleza y del amor. Si dejamos que esa flor que era única y casi sagrada se pudra estaremos muriendo antes de tiempo. Algunos ni siquiera se dan cuenta de ese nauseabundo olor que van dejando por donde pasan. Mantén siempre a salvo el lirio. Cada cual decide ser flor o ser maleza. La podredumbre no solo tiene que ver con el tiempo.