Cada tiempo tiene su propia forma sonora de contarse. Tengo a mi lado una radio de galena que contó la vida diaria hace unas décadas. Está en silencio. Llevo tiempo intentando arreglarla y no me cansaré de rebuscar otra vez las voces que, cuando era niño, lograban que imaginara que había alguien metido dentro que nos hablaba en el salón de la casa de mi abuela. Quisiera saber cómo sonarían las noticias de ahora en un aparato del pasado. Posiblemente parecerían igual de sorprendentes o de repetidas. Al final siempre nos estamos contando lo mismo, escuchando lo que viene de fuera, que si Estados Unidos evita un abismo fiscal o que si en Damasco o en Bagdad ha estallado una de esas bombas que desde que tengo uso de razón estallan cada día en algún lugar del planeta. Lo que no sé es si mi radio de galena tendrá recuerdos de su propio pasado. Es probable que aquel hombre que yo imaginaba en su interior también se haya visto afectado por el paso del tiempo y la desmemoria. Me encantaban sus luces y el nombre de las ciudades que aparecían en el dial cuando se iluminaba. Entonces las noticias parecían más importantes, tal vez porque la gente se sentaba cada noche a escucharlas. Ahora las vemos todo el día apareciendo por los móviles, las tabletas o las cadenas de televisión y casi nos parecen igual que los anuncios que nos saltamos desde que podemos. Teóricamente estamos más informados que nunca; pero creo que esa saturación nos está volviendo mucho más ignorantes. Me gusta mirarla de vez en cuando. Su silencio sosiega la mañana. Probablemente, sabedora de lo que tendría que estar contando, haya optado por esa quietud decorativa que le aleja de la actualidad. Yo en su lugar hubiera hecho lo mismo. Los que la escuchamos alguna vez sabemos que sus pitidos iniciales no eran más que el anticipo de un milagro. Moviendo su dial sintonizabas con un mundo que a los niños de entonces nos parecía siempre de ciencia ficción. Ni siquiera me he atrevido a mirar si realmente había alguien. Prefiero pensar que aquel liliputiense que imaginaba dentro de la radio de galena duerme agazapado en su interior esperando a que lleguen mejores noticias.
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Anoche me falló la conexión a Internet y perdí por unas horas a muchos de mis amigos: eso quiere decir que muchos de mis amigos están unidos a mí por las máquinas y que, cuando estas quieran, nos separarán para siempre sin que sepamos nada los unos de los otros. Da un poco de yuyu pensar en eso. Incluso te planteas si realmente existirán esos amigos virtuales o si serán recreaciones de las máquinas atendiendo a tus gustos y aficiones. O igual te puede pasar como a esa adolescente holandesa que invitó a sus amigos de una red social a su cumpleaños y se presentaron miles de personas que casi le prenden fuego a su ciudad. Hay días en que te levantas diciéndote que ya no puedes seguir viviendo una ficción informática y que te quedas con la vida real, con los amigos con un tono de voz y con una mirada reconocibles. Cada dos por tres hablas con alguien que se ha dado o que se va a dar de baja de este mundo virtual, y tú te dices que también te lo estás planteando, pero luego te quedas atendiendo a toda la buena gente con la que estás conectado y a las fronteras que derriba la tecnología. Antes solo había amigos reales, y ahora tenemos la suerte de contar con amigos reales y virtuales; pero en ambos casos nos tenemos (o nos tememos) a nosotros mismos y además podemos elegir con quién queremos seguir haciendo el camino. A los primeros los silencia el tiempo o la muerte; a los segundos, en cambio, los puede hacer desaparecer la máquina en un visto y no visto. A unos los lees y a otros los escuchas, pero prácticamente virtuales también lo son ahora mismo Paul Auster, Vila-Matas o Coetzee, o lo seguirán siendo siempre Chéjov, Kafka o Marcel Proust. Creo que lo virtual es todo aquello que contribuye a ensanchar un poco más nuestras alicortas dimensiones.
Yo me quisiera levantar todos los días siendo capaz de ver azules como los de las piscinas californianas que pintaba David Hockney. Pero lo que me encuentro son los mismos titulares de prensa que van variando los números según el gusto de los especuladores y de los mercachifles. Y además tienes la sensación de que hagas lo que hagas con tu economía, la economía de tu región o la de tu país no conseguirás absolutamente nada porque todo depende de un par de tipos que, sin saber dónde queda Canarias o España, evalúan en función de sus intereses. Lo peor es que han aprovechado para quitarnos (y aún pretenden seguir quitándonos) lo que se tardó siglos en conseguir. Seguiremos inmersos en la crisis, pero con peores condiciones sociales, con menos solidaridad, con pésimos servicios sanitarios y, sobre todo, con mucha menos igualdad (porque la igualdad se sustenta en que todos tengamos, de salida, las mismas oportunidades a partir de una educación de calidad libre y gratuita). Y, mientras, Alemania sigue creciendo y encontrando cada vez más baratas las cervezas y las hamacas de nuestras playas, supongo que porque han contado con gobernantes menos atolondrados e irresponsables. Ayer, cuando veía las imágenes de la intervención del ministro de Educación, Cultura y Deportes en el parlamento mientras se debatían los recortes en Educación, sacaron un plano general con casi todo el hemiciclo vacío. No son esos vividores los que nos van a sacar del atolladero. Se les está dejando hacer con esa dejación latina de quien espera a la Providencia o a que un milagro inesperado lo solucione todo. Tampoco nadie nos devolverá lo que hemos ido perdiendo. Incluso Hockney ha cambiado en sus últimos cuadros el azul californiano por las brumas británicas. Nosotros, de alguna manera, también estamos pintando la mañana con los colores de unas cifras que solo ofrecen tonos cada vez más sombríos. Prefiero mirar al cielo o al mar para concebir alguna esperanza. O mirar a los ojos de los que hablan para saber que no me están mintiendo. Cuando escucho a los políticos dando explicaciones siempre noto cómo en la pantalla aparece una sombra negra y borrosa justo delante de sus ojos. Hasta los televisores ya se están dando cuenta de que todos nos están mintiendo.
Siempre digo que en la guagua están las mejores historias. Ni siquiera hay que estar atento para encontrarlas. Como en la pesca, aparecen cuando menos te las esperas y te vuelven a demostrar que la realidad está muy por encima de la ficción más inspirada. Hace unos días iba en la 301 mirando los correos electrónicos en el Ipad cuando, de repente, una señora que estaba a mi lado me dijo si me podía hacer una pregunta sobre el aparatito de marras. Paré lo que estaba haciendo (al final con las tabletas sí es cierto que te apartas del paisaje, que lees menos y que viajas encerrado en tu mundo, a veces sin enterarte ni de dónde queda exactamente tu parada) y le contesté que estaría encantado de responderle a sus dudas. Lo que no preveía fue el surrealismo de la pregunta. "Querría saber si en ese aparato uno puede ver las enfermedades". En un primer momento le comenté que podía buscar cualquier información sobre enfermedades en Internet como mismo haría en el ordenador. La mujer no se quedó conforme y con la siguiente pregunta reconozco que me dejó en treinta y tres. "No, yo lo que digo es que si ahí puede ver usted mi aparato digestivo ahora mismo". Hubo un silencio por mi parte en el que traté de buscar una salida más o menos creíble a esa pregunta. Ella siguió insistiendo: "lo que yo quiero saber es si ahí dentro se vería nuestro cuerpo". Ufffff. Le dije que, de momento, no se veía nuestro cuerpo en ninguna aplicación, pero luego me dejó elucubrando todo el trayecto y buena parte del día. De preguntas como la de esa señora se han nutrido siempre los avances tecnológicos. Me imagino al primer humano que le dio por pensar en un aparato semejante al teléfono, o recuerdo cuando nosotros mismos soñábamos con vernos de una punta a otra del planeta mientras conversábamos. Pero, más que del cuerpo, uno se imaginaría una aplicación que nos adentrara en el alma y que pudiera repararla las mañanas que amanece con el ánimo bajo, o bien serenarla cuando se desboca demasiado por alguna pasión exagerada. Si la señora pudiera volver a preguntar a lo mejor me diría que esa aplicación ya existe. Si cerramos los ojos un momento, respiramos hondo y nos concentramos podemos asomarnos sobre la marcha a nosotros mismos. Una vez dentro, lejos de las máquinas y de las maquinaciones, de los miedos y los amenazadores, uno encuentra el único remanso que vale realmente la pena. Cuanto más adentro mires más cerca estarás de ti mismo. No solo asomándonos a las tabletas descubrimos el mundo (o quién sabe si algún día el cuerpo humano). Hay viajes en los que solo precisas un cierto ensimismamiento que apague el ruido y te asome a tu propio corazón.
No es lo mismo escribir ayer que mañana, o amor que desamor, o primavera que invierno. Cuando te mueves en un teclado has de tener en cuenta el sonido de todas las teclas. Cada vez suenan menos los teclados, pero mentalmente uno recrea un eco distinto para cada una de las letras y de las palabras. La literatura es una música que se improvisa a diario. Todo a nuestro alrededor es una música que se improvisa cada segundo. Incluso cuando escribes directamente en el papel estás improvisando acordes. Se escribe para que el mundo suene un poco más nuestro cada mañana. Detrás de las ventanas, los mirlos también escriben su biografía diaria celebrando eufónicos y festivos la inminente llegada de la primavera.
Cada tiempo tiene su estética y sus iconos. Hay civilizaciones que dejaron pirámides y otras que excavaron catacumbas o levantaron fortalezas para protegerse de sí mismas. Anoche vi el Puerto de La Luz lleno de plataformas petrolíferas iluminadas. Podrían parecer bellas vistas desde lejos, pero cuando amanece solo encuentras un adefesio de hierros cuyo único destino es destrozar la armonía y el equilibrio de los fondos submarinos. La especulación se reconoce en sus formas. No contiene adornos o elementos que la embellezcan. Así querrían los especuladores que fuéramos nosotros, estructuras de hierro sin sentimientos y sin quejas, plataformas en medio del océano de la vida produciendo sin parar. Antes los puertos solo veían llegar y partir barcos cargados de sueños.
Hace años salía a correr sin importarme las pulsaciones o el calentamiento. El corazón aún estaba a salvo de desengaños y mis músculos comenzaban a recorrer los caminos. Ahora corro pendiente de mi ritmo cardíaco y casi estoy más tiempo haciendo ejercicios de estiramiento que corriendo. Nos pasa como en la vida, que estamos más rato planeando cómo vivir que viviendo. Hay mañanas en que me levanto con bajas pulsaciones y otras en que, según echo a correr, se acelera el pulso de una forma casi descontrolada. A veces depende de las horas que haya dormido o de las sensaciones que mi cuerpo encuentra cuando se asoma a la mañana. Y para mí que también tiene mucho que ver la actualidad diaria. Estoy por ponerme el pulsómetro cuando me acerque al ordenador a mirar las noticias de última hora. Yo creo que ahí es cuando se aceleran o se refrenan las pulsaciones. También me gustaría saber si el ritmo cardíaco tiene que ver con lo que escribo: lo que pasa es que no me veo, la verdad, escribiendo un poema con el pulsómetro pegado a mi pecho: quedaría un poco grotesco y yo creo que espantaría todos los versos. Lo que sí haré es ponérmelo antes de mirar la prensa diaria. Hay políticos, especuladores y sinvergüenzas que me dejan todos los días al borde del infarto. Yo creía antes que corría para poder aguantarme; pero no, realmente corro para poder aguantarlos. Y lo hago con pulsómetro, por si acaso.
No se puede vivir todo el tiempo en Modo Avión. Más tarde o más temprano has de asomarte a la realidad e implicarte con lo que te rodea. Podemos perder cobertura y extraviarnos de vez en cuando, y además podemos hacerlo voluntariamente cuando nos agobia la actualidad y necesitamos respirar lejos del ruido. Pero ese Modo Avión de nosotros mismos no lo podemos eternizar porque corremos el riesgo de que sean los otros los que nos terminen organizando un mundo que no se asemeje nada al mundo que soñamos: o buscamos nuestra propia cobertura cuanto antes o nos incomunican para siempre. Y el sueño de los poderosos ha sido siempre incomunicar a los que solo pretenden vivir la vida como si se fuera a terminar en el próximo segundo. El Modo Avión no es más que una forma eufemística y tecnológica de lo que antes era el Modo Silencio. Lo único que les interesa es mantenernos callados o entretenidos con muchos partidos del siglo.
Ayer, caminando por la calle de Triana, me detuvo la conversación de dos viejos descreídos a los que la vida no les ha dejado más espacio que un banco los días soleados en una calle peatonal. Lo que escuché mientras iba ensimismado en mis pensamientos es lo que uno de ellos le decía al otro hablando del tiempo que el recuerdo permanece entre los vivos una vez desaparecemos para siempre: "En dos meses te olvidan". Sobre la marcha detuve mis pasos haciendo como que miraba algo en la pantalla del teléfono móvil y traté de indagar en qué se apoyaba aquel señor risueño y dado a la filosofía para fijar el olvido en solo dos meses. No especificó nada más. Su compañero le replicó que habitualmente se olvida antes, a lo que el otro respondió que era posible; pero que él, por la experiencia de años viendo partir a tantos amigos, había calculado que en dos meses hasta el más pintado se queda sin rastro sobre la tierra. Su compañero volvió a decirle que ese olvido dependería de la familia y de la gente que le hubiera querido, y ya medio filosófico le espetó que uno no muere mientras alguien le recuerda sobre la tierra. El de los dos meses se rió y le dijo que los muertos están muertos aunque los recuerden en manifestaciones multitudinarias, y que todo eso no era más que un camelo. Luego guardaron silencio durante unos minutos, y el de los dos meses se giró y me vio parado mirando la pantalla del móvil. No me dijo nada, pero le hizo una seña de envite a su compañero. Yo seguí mi camino y me volví a parar más adelante al escuchar a otro viejo, que parecía recién llegado de Cuba, cantando el bolero Amar y Vivir. Seguía pensando en lo de los meses y también preguntándome si el recuerdo de otros nos mantiene realmente vivos. Mientras, la letra de la canción decía más verdades y tenía más metafísica que todos los existencialistas juntos: "se vive solamente una vez, hay que aprender a querer y a vivir, y hay que saber que la vida se aleja y nos deja llorando quimeras". El viejo de los dos meses y su amigo me miraban desde lejos. Le dejé un euro al cantante y seguí mi camino. Yo creo que es lo único que tenemos que hacer en la vida: seguir el camino, y amar y vivir todo lo que podamos. Todo lo demás no importa.
Si aparecen en un cajón olvidado las libretas del colegio, los primeros poemas o aquellas cartas de amor de la adolescencia uno comparte con esos papeles que amarillean la misma sensación de melancolía y de recuerdo asentado poco a poco en el tiempo. En las pantallas da lo mismo que el texto tenga diez años o diez minutos. Si acaso reconocemos su procedencia añeja por los usos del idioma o porque ya no escribimos como lo hacíamos veinte años atrás. Tampoco olemos o tocamos las palabras. Da lo mismo que guardemos copias en varios discos duros o que presumamos de ordenador al que no agreden los virus. Todo será joven hasta que también desaparezca en cualquier descuido. La sensación que tengo cuando escribo siguiendo el rastro de las palabras en la pantalla es la misma que sentiría si tecleara mirando a un cielo estrellado e insondable. Todo se pierde en un inmenso infinito que queda lejos de lo que vemos. La pantalla parece conectada directamente con el universo. Escribiendo en la nada uno ya sabe de antemano que las letras que se trazan se acabarán confundiendo con una especie de niebla que solo se disipa con el olvido. Mejor así.
