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Nunca voy a negar las ventajas que nos ofrecen las nuevas formas de comunicarnos. Me veo hace treinta años moviendo una antena de radiocasete en Londres para poder escuchar Radio Exterior de España o cuando tenía que esperar hasta el día siguiente para leer un periódico español. Las noticias de Canarias solo llegaban cuando eran importantes o a través de llamadas telefónicas que costaban un ojo de la cara. Eso no sucedió hace muchos años, pero me parece mentira cuando me veo hablando en tiempo real con un amigo de Londres o de Nueva York a través de las pantallas. Esos milagros hay que saber valorarlos y casi aplaudirnos como seres humanos por haber logrado lo que era una utopía hace un par de décadas.
Pero en medio de esa vorágine que deja anticuado el aparato que ayer mismo era lo más fetén de la tecnología, también creo que nos estamos perdiendo en la inmediatez de nuestros propios actos. Solo nos movemos por lo que los periodistas conocemos como noticias de alcance, por esos flashes informativos de última hora que avisan de un suceso luctuoso, de una dimisión o de un ganador de la lotería en un pueblo cercano. Pero luego esas noticias, para ser noticias, requieren del sosiego, de la búsqueda de fuentes fiables y de ese background, o recuerdo de todo lo sucedido relacionado con esa noticia, tan necesario siempre para situar cada hecho en su contexto. Ahora vamos pasando de largo por las noticias, mareándonos entre titulares y alejándonos cada vez de la necesaria reflexión y, sobre todo, del contexto. Sabemos mucho más y, sin embargo, conocemos mucho menos. No es un contrasentido ni un oxímoron lo que acabo de escribir. Hablo por experiencia propia y por lo que observo a mi alrededor. Ni siquiera salimos a la calle a comprobar si es verdad lo que nos cuentan en esas pantallas que parpadean a todas horas. Creo que necesitamos un poco más de sosiego y salir nuevamente a la calle. Estamos confundiendo la realidad con las redes sociales y no hablamos con los viejos ni con los que saben por haber vivido y por haber soñado mucho antes y mucho más que nosotros. Y luego está lo mal que lo llevamos los despistados que vemos cómo salen nuestros mensajes sin estar terminados, o cómo el corrector cambia las palabras a su antojo. Antes podías trocear el papel o salir corriendo detrás de una carta para que no llegara a su destinatario; pero ahora tocas una pantalla y como te equivoques no arregla el desaguisado ni el médico chino ni el informático más avezado. En wasap me equivoco cada dos por tres de destinatario y he tratado de borrar esos mensajes, pero es imposible porque ese mensaje ya aparece en la pantalla de alguien que puede estar en Melbourne o en Artenara. Todo sucede tan rápido que cuando quieres darte cuenta ya estás atrapado.

No quería cambiar el exprimidor. Le decían que comprara uno eléctrico porque se ahorraría esfuerzos y trabajo, pero ella seguía empeñada en sacarle todo el jugo a las naranjas con las manos. Necesitaba esa sensación mañanera para luego enfrentarse a las rutinas y a las guerras diarias. Iba cortando las naranjas cuidadosamente y luego las apretaba sin dañar nunca la cáscara para obtener todo el jugo posible de lo que quedaba dentro. Cada naranja era un enigma. Como la propia vida. Pero ella sabía que si dejaba ese proceso en manos de una máquina acabaría olvidando.

Los objetos que pierden su función en nuestras vidas suelen desaparecer de nuestro entorno sin estridencias y sin que casi nos demos cuenta de ese abandono. Los coches de hace treinta años, las primeras batidoras, los ventiladores enormes que veíamos en todas partes o aquellas primeras computadoras que nos parecían de ciencia ficción se borraron de repente de nuestros paisajes cotidianos. Siempre hay alguien con un espíritu de Diógenes que se niega a tirar esos artefactos, pero sus casas se llenan de polvo o se quedan habitadas solo por esos mecanismos a los que la bulimia tecnológica va dejando fuera de todos los usos.
El otro día estábamos viendo el mediometraje de La cabina que dirigió Mercero. En aquella claustrofóbica y desastrosa historia que protagonizaba José Luis López Vázquez todos nos sentíamos protagonistas porque habíamos entrado a esas mismas cabinas infinidad de veces. En casa de esos amigos, el hijo pequeño, de ocho años, nos preguntó que qué eran esos aparatos y que dónde los podía encontrar. Nos miramos unos a otros y nos dimos cuenta de que casi no quedan cabinas, y que los pocos teléfonos públicos que encontramos ya están fuera de aquellos armatostes con los que Mercero nos agobió prodigiosamente. Aquel niño no entendía la razón de esas cabinas que en Londres forman parte del paisaje más reconocible aunque casi nadie llame a ninguna parte desde ellas. Las pocas que vemos están desvencijadas, pintadas por todas partes y saqueadas por quienes buscan monedas para sus dosis diarias. Quienes asistíamos a aquel asombro del pequeño teníamos entre cuarenta y cinco y cincuenta años, y todos, sin necesidad de decirnos nada, visualizamos decenas de cabinas en las que nos contaron muchas de las noticias que cambiaron nuestra vida. Dentro de esos aparatos juramos amor eterno, estuvimos pendientes de resultados de notas escolares o seguimos el destino de un familiar ingresado en un hospital. Los que hemos vivido en ciudades lejanas tenemos aún más complicidad con esas cabinas que ahora desconocen quienes se mueven en la pantalla táctil mejor que cualquiera de nosotros. Casi me sentí como el protagonista de Mercero cuando lo dejan en aquel lugar lleno de cabinas con hombres perdidos para siempre en sus adentros. Nosotros también seguimos marcando números en esos teléfonos, esperando a que alguien nos responda al otro lado y a que en la casa de nuestra novia adolescente no contesten nunca sus padres. Le explicamos al niño lo que era una cabina como nos explicaban a nosotros lo que era el cambullón o el estraperlo. Y él nos escuchó con la misma cara con la que nosotros escuchábamos aquellas explicaciones de nuestros abuelos. Como si le hablaran en chino o le cantaran canciones con músicas perdidas en el tiempo.


Algunas mañanas se conectaba a Facebook como quien se coloca un termómetro debajo del sobaco. A medida que pasaban las horas y se iba despertando la gente comenzaba esa fiebre diaria de mirarse y de seguirse por todas partes. Nunca acababa bien el día si no había sido capaz de desconectarse a tiempo. La hipertermia textual iba unida casi siempre a una hipotermia cada vez más preocupante de los sentimientos.

Millones de teléfonos están sonando ahora mismo en todas partes. Tú también esperas escuchar su voz al otro lado. Marcas los dígitos lentamente en el teclado y aguardas. Noche tras noche. Nunca te cansas de intentarlo. Tan solo esperas a que alguien te confirme que ese ya no es su número. Mientras tanto seguirás intentando darle las buenas noches. La última vez que hablaste con ella fue unas horas antes de que la encontraran muerta. En ese mismo número. Y con el mismo eco sonando al otro lado.

Cuando escribo magua no quiero decir magia. Hay veces que entiendo tus errores y lo que hago es corregirte yo a ti cuando tú ya crees que has cambiado mi texto. Todavía tenemos algo de poder sobre ustedes, aunque es cierto que hay veces en que logras ponerme de los nervios. No hay manera de que aprendas lo que es la magua (ahora mismo me lo acabas de cambiar nuevamente por magia), y a mí un corrector que no conozca la magua (te empeñas otra vez, pero es en balde) no me vale para mis textos. Me da lo mismo que me subrayes la palabra en rojo. Sin magua jamás podría escribir del otoño. La magia también es importante, pero muchos de los textos que valen la pena nacen justamente de todo aquello que vamos perdiendo o que añoramos sin darnos cuenta. Eso se llama magua (ya veo que no te das por vencido), y gracias a esa extraña sensación podemos contar que octubre sigue deshojando cada tarde lo poco que nos va quedando de la primavera.

Los coches vienen con las roturas programadas desde que salen de la cadena de montaje. A ella se le rompió el manguito un día de lluvia camino del trabajo. A la misma hora, con el mismo modelo de coche, y a más de dos mil kilómetros de distancia, a él se le rompió la misma pieza pero en un día soleado y cuando regresaba a su casa. Habían recorrido los mismos kilómetros por paisajes diferentes. Los dos se habían divorciado hacía tres meses después de estar casados diez años. Aún les quedaban cinco meses para coincidir poniendo gasolina en la misma estación. Él cambiaba de trabajo y de ciudad. Viviría a dos manzanas de ella, la conocería en la gasolinera y se daría cuenta de que era la mujer que llevaba buscando toda la vida. Los dos coches estarían estacionados frente a frente, con las luces encendidas, como cuando los probaron al mismo tiempo recién salidos de la cadena de montaje. Compartirían plazas contiguas en el garaje y estarían juntos los mismos años que ellos se amaran.

Las pajaritas encarnadas salían de la bolsa del pimentón y volaban alrededor de la lámpara. Cada vez que alguna de ellas se quemaba en la luz todo se quedaba oliendo a potajes o a salsas especiadas. La niña las observaba mientras su madre y su abuela preparaban el almuerzo. Nunca les dijo nada. Solo ella veía a las pajaritas rojas. Ahora siempre tiene pimentón en la cocina. Ya no hay pajaritas; pero se tranquiliza oliendo el dulzor que va dejando el polvo de las alas por toda la casa.

No la conocía de nada; pero Facebook decía que tenían una relación. Se encontró su muro lleno de felicitaciones por ese amor desconocido y no fue capaz de desmentir la noticia. Se había acostado temprano, como casi siempre. Al despertar, nunca se había llevado ninguna sorpresa. Su existencia era muy previsible y si abrió la cuenta en Facebook fue solo porque se lo exigieron en el trabajo para estar más cerca de los clientes. Luego llegaron amigos de otros tiempos, familiares y muchos desconocidos, y es verdad que, poco a poco, se fue enganchando a esa otra vida virtual que ahuyentaba soledades. No conocía de nada a la mujer con la que se había unido mientras dormía. Era una puesta de sol y una fotografía de una playa paradisiaca. Ella tampoco desmintió la noticia del Facebook. Virtualmente, por tanto, ya era un hombre enamorado de una puesta de sol con la que quizás algún día acabaría casándose.

Anoche soñé que tenía diecinueve años y que se me había quedado el teléfono móvil en el apartamento de la playa. Estaba en el pueblo de Agaete y salía corriendo hacia Las Nieves para buscarlo. El teléfono, además, era un iPhone. Me encontré a uno de los amigos de entonces y le dije desesperado que no sabía si lo había perdido o si se me había quedado en el apartamento. Se ofreció a bajarme en su coche, pero en seguida me di cuenta de que él no sabía ni lo que era un teléfono móvil. Se ofreció a ayudarme porque me vio tremendamente preocupado. Tenía miedo de que alguien accediera a todos mis datos. Estoy hablando de 1987. En aquellos años solo había un par de cabinas telefónicas en el Puerto de Las Nieves y todavía no se había construido ese muelle aberrante que borró del mapa el paisaje que yo siempre pondría como ejemplo si tuviera que describir alguna vez la belleza. Me desperté antes de llegar al apartamento. Supongo que si vuelvo ahora mismo estará todo lleno de teléfonos móviles. Mi amigo se mató en 1989 en ese mismo coche en el que bajábamos a Las Nieves a buscar el iPhone.

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