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Novedades en la categoría Literatura

Ya estaba escrito. Cuando veía aparecer el texto junto a su foto en cualquiera de las redes sociales se quedaba un poco más tranquilo. Nunca recordaba haber trazado esas palabras, pero las suscribía casi siempre cuando se las encontraba. Si no le gustaban podía borrarlas sobre la marcha. El que escribía por él nunca le pedía nada a cambio.

Hacía años que dormía sola. Si hubiera dormido con alguien habría sabido que cada noche, justo al cerrar los ojos, volvía a ser gaviota. En las diez primeras respiraciones se percibía el mismo sonido que ella escuchaba cada tarde cuando atardecía y veía volar a las gaviotas hacia los acantilados de la costa. Cuando una mujer duerme vuela lejos durante unas cuantas horas. También las gaviotas sueñan que son humanas cuando cierran los ojos cada noche.

Hacía muchísimos años que no se ponía gotas en los oídos. El olor alcanforado era el mismo que tenían las gotas cuando era niña. La última vez que se había puesto gotas coincidió con la primera cita del que luego fue su esposo durante quince años. Recuerda que llevaba un tapón de algodón y que le quitó perfume a su madre porque era mucho más penetrante que los que ella utilizaba entonces. Cuando él la besó estuvo todo el tiempo pendiente de que no le saliera aquel líquido del oído. Hoy, cuando se ha tapado nuevamente, recordó aquel detalle de la primera cita. Fueron al cine, a ver una película de Coppola que protagonizaba Kathleen Turner. A él siempre le gustó mucho esa actriz rubia norteamericana. Se parece mucho a la mujer con la que se ha ido a vivir hace dos meses.

Te despierta el zumbido de un mosquito. No recuerdas lo que estabas soñando. Enciendes la luz y lo buscas en las paredes. Lanzas un cojín cuando lo encuentras. Lo matas. Ya no puedes regresar al mismo sueño que habitabas. Te levantas, te tomas un vaso de agua y te pones a escribir estas palabras. Así debe ser también cuando nos vayamos. Tal vez nos encontremos tomando agua en otra madrugada.

La tenían que sacar los policías locales todos los días de la carretera del Centro. Se movía entre la plaza del Mercado y el Monopol. Más de una vez estuvo a punto de ser atropellada. Le había puesto nombre a todos los geranios. Las flores están más mustias desde que ella no viene.

Cuando subió a la azotea se encontró una historia tendida en las liñas de la ropa. La descolgó y la guardó con cuidado. Luego colgó sus sábanas y sus toallas y bajó nuevamente la escalera de la casa antigua que habitaba.

Se acababa de cortar al afeitarse. Hace un año, el mismo 6 de noviembre, se había cortado casi en el mismo sitio. Cada 6 de noviembre, desde que tenía dieciséis años, se llevaba cortando al afeitarse sin darse cuenta nunca de la fecha. Todo lo que vivía se repetía cada año sin que se diera cuenta. Estaba triste todos los 10 de agosto y se levantaba radiante los 25 de febrero. Estornudaba a la misma hora del 3 de diciembre desde que era niño y echaba de menos a alguien cada 22 de marzo. Visto desde fuera era un tipo previsible que se repetía cíclicamente en los almanaques. Él atribuía todo al azar sin saber que la vida también es una ecuación matemática que se va repitiendo detrás de cada paso.

Lo ve pasar todas las mañanas a su lado. Se ha gastado casi todo su sueldo en limpiezas de cutis, perfumes caros y llamativos maquillajes. No ha conseguido que le mire a la cara. Él va siempre escuchando música con los auriculares o mirando hacia el cielo como un loco despistado. Ella barre lentamente o deja el cepillo y hace como que mira el horizonte buscando disimuladamente sus ojos. Maldice el uniforme de la empresa y trata de tapar por lo menos el logotipo hortera de la contrata. Se vestiría con un gran escote, con su mejor falda y llevaría tacones de aguja para parecer más alta. Él es muy alto y tremendamente guapo. Ella aún no sabe que el coche que atropellará a ese Adonis del que está enamorada acaba de arrancar hace un momento en el otro lado de la ciudad. Lo conduce su hermano; pero nunca se cruzarán los datos y su hermano le contará por la tarde que no pudo hacer nada para evitar el atropello de un loco despistado que iba mirando al cielo mientras escuchaba música con los auriculares.

La había soñado treinta y cinco años antes de haberla conocido. No fue el típico flechazo de las películas. Le costó encontrar su mirada y estuvo con otras mujeres que creía que podían ser el amor de su vida. Sonreía en aquel sueño como mismo sonríe ahora cuando la mira sin que ella sepa que la está mirando. Ella también le había soñado. Realmente se habían cruzado en medio de un sueño y los dos sabían que acabarían despertando. Por eso se abrazaban todo el rato. Para mantenerse a salvo de la nada.

Cuando sacó la cabeza del agua ya no estaba la toalla de su infancia en la orilla. No se hizo preguntas y saludó a la mujer que estaba a su lado como si la conociera de toda la vida. Luego leyó en alguna parte que el tiempo era así de vertiginoso e imprevisible. Querría haber sido como el dinosaurio del microrrelato; pero en su margullo no hubo nadie que detuviera el presente.