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Lo atropellaron la primera mañana que cambiaron el sentido del tráfico en la calle por la que llevaba cruzando desde hacía cincuenta años. Miró, como siempre, hacia la izquierda sin saber que los coches venían desde hacía unas horas por la derecha. El conductor sufrió un ataque de ansiedad y repetía una y otra vez que no circulaba a mucha velocidad y que había sido el viejo el que se le había metido delante del coche. Llevaba una cartera de la que habían salido volando cientos de folios. Estaban escritos a mano y nunca había sacado fotocopias. Tampoco le había confesado a nadie que escribía poemas desde los dieciséis años. En el obituario destacaron su labor docente en un instituto de la capital. Estuvo impartiendo clases de Filosofía hasta que le llegó la edad de la jubilación. Le iba a enseñar esos poemas a un editor que acababa de abrir una nueva editorial en la isla. El concejal que había ordenado el cambio de dirección de la calle inauguraba a esa misma hora una estatua en el otro lado de la ciudad. Al día siguiente apareció la esquela junto a la sonrisa del edil en el momento de descubrir la placa. Los dos se llamaban José Santana Pérez, pero nunca llegaron a conocerse personalmente. Tampoco supo nadie que uno de los dos era poeta.

Cerraba los ojos y recordaba el desierto. Un niño moreno, descamisado e inquieto se zambullía una y otra vez en la charca del oasis en el que se reflejaban las palmeras. Recordaba la majestuosidad de centenarios olivos y estos días de julio es capaz de oler el aroma embriagador de las hojas de las higueras cuando caía la tarde y solo se escuchaba el silencio eterno de la arena. Aquí no paran de pasar coches y las terrazas están atestadas de veraneantes insolentes que casi nunca dejan propinas en la mesas.

Nunca coincidieron. Cuando él estaba solo ella andaba lejos o seguía casada, y cuando era ella la que hubiera podido amarle era él quien se acababa de enamorar de otra o quien tenía que partir de repente. Toda la vida se estuvieron esperando mutuamente sin que el destino les dejara reencontrarse. Se habían jurado amor eterno cuando se enamoraron a los diecisiete años, pero no contaron con esos avatares de la suerte que muchas veces nos llevan o nos traen mucho más allá de donde nosotros queremos.
Esa corriente que nos lleva hace que al paso de los años nos olvidemos de los primeros amores y de las primeras promesas. Los dos se casaron y se divorciaron; pero en ciudades distantes y sin saber nada el uno del otro durante mucho tiempo. Es cierto que él pintaba sus cuadros soñando siempre con que ella los viera, y que ella escribía sus poemas teniendo presente en todo momento a ese lector que fue quien primero conoció sus versos. Pero ni ella vio sus cuadros, ni él leyó nunca sus poemas. Fueron otros los que admiraron su talento y los que creyeron que los versos eran para ellos.
También eran otras las que aparecían en sus cuadros y se sentían casi como unas diosas cuando veían la belleza que él había sabido encontrar en una mirada o en un escorzo. Nunca supieron que detrás de todos los ojos estaba la mirada de aquella primera novia con la que se paseaba por la zona más apartada de la costa. Y que cada movimiento no era más que el aleteo del recuerdo que seguía teniendo de ella.
Nunca le contaron nada a sus otras parejas. No lo hubieran entendido. Les amaban; pero jamás hubo amor como aquel que no consiguió partir de ese puerto siempre lejano que es la adolescencia. Ella logró que uno de sus hijos se llamará como él, y él logró que su hija pequeña se llamara también como ella. Nunca hablaron de tener hijos, pero de haberlos tenido habrían elegido los mismos nombres. Con los primeros amores no se habla casi nunca de descendencia y tampoco hay amante primerizo que no se sienta eterno. Después pasa la vida como pasó por ellos, y llegan los trabajos, los compromisos, las renuncias y los cumpleaños cada vez con más velas y con menos fuerzas. Los dos tararean siempre el mismo bolero cuando están contentos. Él a veces prefiere ir silbando la melodía por donde pasa. No se cansa nunca de escucharla porque en cada acorde aparece ella como era cuando aún no sabía que la vida le iría alejando una y otra vez de su presencia.
No pierden la esperanza. Ella tuvo tres hijos y dos nietas, y él dos hijas y tres nietos. Una de las nietas de ella y uno de sus nietos se acaban de mirar por vez primera entre los columpios del parque de San Telmo. Aún no saben que están matriculados en la misma guardería, que irán al mismo colegio y que a los diecisiete años, en el viaje de fin de curso, se darán el primer beso de amor en Venecia.

Vive en el tercer piso, letra D, de la calle X. Está solo. Los habitantes de esa ciudad se despiertan algunas mañanas con un mal humor insoportable. A veces también amanecen milagrosamente alegres y sin darle importancia a ningún problema. Prácticamente todos coinciden en sus estados de ánimo diario. Nadie sabe que todo depende de cómo amanezca V, en el tercer piso de la letra D, de la calle X. Cuando tenía sueños eróticos todos se levantaban excitados y después de sus pesadillas aparecían cientos de personas muertas en las camas en circunstancias extrañas. Él no era consciente de su tremenda influencia en todos los que le rodeaban. Pensaba que el mundo se ajustaba a la mirada de quien paseara por la calle. Por eso no se extrañaba de la semejanza de los otros con su propio carácter. Cualquiera que lo vea salir por la mañana a buscar el pan pensaría que es un tipo gris, un don nadie, uno de esos solitarios que va palideciendo hasta que alguien entra en su casa porque sale un olor insoportable por debajo de la puerta. Los otros lamentan los cambios exagerados de su vida diaria. Los creyentes preguntan a sus dioses y los agnósticos no entienden esas corrientes que les tienen en vilo desde que se levantan. Ese señor supera cualquier efecto mariposa. No le hacen falta aleteos para cambiar el destino en el otro lado del planeta. Si el de la tienda le trata con desdén su mal humor se irá extendiendo por toda la ciudad como una riada incontrolable. V. sueña con enamorarse igual que los otros ansían una felicidad diaria.

Tomaba notas sin darse cuenta de que había dejado de entender su propia letra. Toda la vida había sido un grafómano impenitente. Le dábamos un bloc y un bolígrafo y se sentaba en el jardín escribiendo lo que veía y lo que recordaba cuando escuchaba el viento entre las hojas de los árboles. Nosotros le leíamos luego lo que había escrito, pero no reconocía ni los nombres ni los lugares que describía con todo lujo de detalles. Nos estaba contando una vida que él ya no recordaba. Estaba todo el día en silencio con los otros viejos que también miraban hacia las copas de los árboles como si fueran niños desorientados en medio de sus propias vivencias.

La foto había amarilleado. Acudía una y otra vez al cirujano plástico para que corrigiera cada una de las arrugas que no estaban en la imagen. Quería seguir siendo la misma de entonces, pero le traicionaba el papel y la tinta añeja que ahora la hacía parecer mucho más pálida y hasta un poco difusa si la mirabas de cerca. También se iba borrando poco a poco el fondo de la imagen y el carmín de unos labios que dibujaban una mueca procaz y adolescente. El cirujano la anestesiaba y con la foto delante iba marcando con tinta azul los trazos del tiempo que ella se negaba a reconocer en los espejos.

La madre casi la empujaba por las calles del pueblo. Ella iba con unos tacones que apenas la dejaban caminar. No quería ir adonde la llevaban. Tendría unos dieciocho años recién cumplidos, e incluso puede que ni siquiera hubiera alcanzado la mayoría de edad. No sé cuáles serían las normas del certamen de belleza de aquel pueblo en el que pasábamos las vacaciones escondidos del mundo. La mujer que me acompañaba me dijo que le daba mucha pena la cara de la muchacha tratando de evitar que su madre viera cumplido sus propios sueños. No quería ser reina en ninguna parte. Solo quería estudiar para maestra y vivir en una gran ciudad donde nadie supiera nada de ella. Todo el mundo decía que era muy guapa. Su madre también fue guapa antes de que empezara a parir y a trabajar de sol a sol desde los diecisiete años. Siempre soñó con ser la reina de las fiestas. El alcalde iba a recibir a las candidatas en las Casas Consistoriales. La muchacha miraba a todas partes esperando algún milagro que la salvara. Su madre y sus tías estaban seguras de que sería la Miss del pueblo y de que luego aspiraría a ser reina en otros certámenes de belleza. Llevaba un traje negro con un collar de perlas falsas.

Tenían que haberse visto. Llevaban toda la vida repitiendo los mismos movimientos cuando dormían, la mano en la cara, las piernas enredadas o el cuello buscando algunos ángulos casi imposibles. Todo lo hacían exactamente igual en horas diferentes. Cuando uno se levantaba, el otro ya estaba en las antípodas repitiendo cada escorzo y cada gesto. Desde tan lejos no me atrevo a decir si también compartían los mismos sueños.

Se dejaba la sal en el cuerpo cuando se acostaba.
Contaba que quería navegar océanos en los sueños
y que dormía mar adentro, abisal y profunda,
como dicen que duermen siempre las sirenas.

No sobrevivió ninguno de ellos. Ni siquiera aparecían entre las cifras estimadas de muertos. Viajaban en las bodegas del "Titanic español" que se hundió frente a las costas de Brasil en la madrugada del 5 de marzo de 1916. Habían subido a bordo en el Puerto de La Luz, en Las Palmas de Gran Canaria. Venían de Guía y de Gáldar. Llevaban meses juntándose para organizar todos los detalles del viaje. Uno de ellos tenía un conocido entre la tripulación del Príncipe de Asturias que, a cambio de unas pocas pesetas, les ayudaría a colarse en la bodega del barco. Querían llegar a Buenos Aires. Ya habían fondeado unas horas en Río de Janeiro. Durante todo el tiempo que estuvieron en la ciudad carioca no dejaron de escuchar los ecos festivos y bullangueros del carnaval. Les hubiera gustado asomarse como mismo lo hacían los pasajeros que iban en los camarotes. El barco chocó contra un arrecife en Punta Pirabura poco tiempo después de salir de Río de Janeiro. No sobrevivió ninguno de los pasajeros registrados que subieron en Las Palmas de Gran Canaria. De los que iban en las bodegas ni siquiera hubo noticias. Todos tenían menos de veinticinco años. Nunca le contaron a nadie que se iban a embarcar rumbo a Argentina. Se llamaban Anselmo Sosa, Baltasar Miranda, Rogelio Moreno, Miguel Díaz y Bernardo Quintana. Los pecios no son solo hierros que recubren los corales.