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Novedades en la categoría Literatura

Se bajaba en la estación, se dirigía al quiosco más cercano y elegía al azar cualquiera de los periódicos locales. Luego salía a caminar por esa ciudad sin que nadie lo considerara un turista. En la propia estación lo dejaban pasar de largo todos los que siempre están atentos para alquiler coches o para ofrecerse como guías a los viajeros. Él hacía como que leía la portada cuando atravesaba la puerta y se mezclaba entre los habitantes de esas ciudades de paso hasta que llegaba la tarde y seguía el viaje diario. No sabía hacia dónde iba ni hasta cuándo estaría viajando. Dejaba los periódicos de cada día en el vagón del tren en el que viajara y luego se recostaba en el asiento hasta la mañana siguiente. A veces soñaba con las fotos de esos titulares que casi siempre se escribían con idiomas extraños.

Compró dos manzanas en una frutería que estaba en una de las calles transversales de Triana. Se comió una en el avión, y pensó en lo extraño que resultaba la teoría de Newton comiendo una manzana a miles de metros sobre la tierra. La otra manzana la llevó en una bolsa y paseó con ella por París. Al día siguiente llegó a un pueblo de La Provenza. La manzana ya estaba un poco podrida y la tiró en el campo por el que paseaba, justo debajo del mismo árbol del que había caído hacía justamente tres semanas, lo que había tardado en llegar a Cádiz y luego a Gran Canaria. Mientras la fruta se pudría en la tierra aquel hombre conoció en aquel mismo pueblo a una mujer llamada Eva de la que ya lleva cinco años enamorado.

Él creía que caminaba por las calles y que usaba los zapatos que había escondido durante años en un cuarto de su casa de Segor. Murió dejando decenas de pares de zapatos olvidados. Esos zapatos, después de tantos años, son fósiles y él es un fantasma que asusta a los niños que dicen que escuchan sus pasos en las madrugadas.

Le preguntó que qué había debajo de la arena de la playa. Ella no supo qué contestarle. Le podía haber respondido que estaba el océano, que había más arena o que en el fondo aparecía un gran núcleo interno. La niña no se refería a eso. Estaba viendo mucho más allá. Por eso le respondió que debajo de la arena no había más que sueños literarios. La pequeña le preguntó que qué era un sueño literario. Le nombró la palabra cuento y entonces la niña siguió cavando hasta donde decía que estaba el gigante que duerme debajo de nuestros pies.

A veces las casas que uno habita no se construyen desde los cimientos sino desde los encuentros casuales. Lo primero que ella encontró fue la llave. Luego descubrió la casa. Apuntó el teléfono de la inmobiliaria y llamó. El que vino a enseñársela era un hombre despistado que se notaba sobre la marcha que no tenía experiencia en ventas. Se había olvidado la llave, pero ella sacó la suya del bolso y se la dio. Él abrió la puerta sin problemas y le enseñó las habitaciones que visitaba por vez primera como si llevara viviendo allí toda la vida. Se besaron y se acariciaron lentamente durante varias horas. Ella compró la casa y él cobró la comisión de esa venta antes de despedirse de la inmobiliaria. Viven juntos. Él ha empezado a vender sus cuadros y ella escribe novelas que va publicando cada año en una importante editorial. Solo utilizan una llave. Nunca han hecho copias. El que no tiene la llave espera al que la tiene en una plaza cercana. En esa plaza también juegan cada tarde sus dos hijos pequeños.

Le regalaba flores a todas horas. Ella no sabía qué hacer con tantos ramos. Lo habían dejado hacía un año, supuestamente de mutuo acuerdo. Fue ella quien lo propuso y él dijo que era lo mejor después de más de dos años sin besarse o darse una caricia. Él no consigue olvidarla; pero tampoco quiere volver a con ella. Le envía las flores todos los días para que se le pudran todas juntas en su casa. Necesita saber que ella también respira ese extraño aire de las flores mustias que hace poco brillaban como si fueran a durar siempre.

Kafka decía que la literatura era una expedición a la verdad. Quien escribe se prepara previamente como quien va a escalar una montaña o como quien se adentra en una selva tratando de descubrir nuevas especies animales o incluso personas que no se parezcan nada a las que ya conocemos. Richard Ford creo que es un ejemplo de esos escritores expedicionarios a los que se refería Kafka. Sus mochilas están cargadas de miradas cotidianas, de hojas sueltas de periódicos y de esos libros que en las expediciones literarias vienen a ser como el agua en las aventuras vitales. Ayer, en medio de ese viaje, Ford fue reconocido con el Princesa de Asturias de las Letras, lo que hará que se reediten sus libros y que su obra llegue a mucha más gente. Y les aseguro que los que lleguen a su obra y no la conozcan se sentirán como en casa porque mucho de lo que escribe nos puede suceder a cualquiera de nosotros en cualquier momento.
Busquen El periodista deportivo o El día de la Independencia, no dejen de leer Mi madre, uno de los testimonios más conmovedores que he leído sobre la relación madre e hijo y, por supuesto, busquen cuanto antes sus cuentos, porque Ford, además de ser un excelente novelista, es un escritor que se mueve de maravilla en esas distancias, a veces peligrosas y resbaladizas, de la narración breve.
Su nombre siempre lo he relacionado con Raymond Carver, y los dos, junto con Ann Bettie, Bukowski o Tobias Wolff, fueron mascarones de proa del denominado realismo sucio. Como Carver, llegó tarde a la literatura. Una vez le escuché que apenas había leído antes de los dieciocho años, y que fue un curso de extensión universitaria, una especie de taller literario, lo que le acercó definitivamente a la narrativa. También en ese tránsito está hermanado con el autor de Catedral. Les separó la muerte temprana de Raymond Carver, y les unió para siempre la influencia de Chéjov en todo lo que han contado.
También ha confesado influencias del boom latinoamericano. Resulta curioso ese viaje que hizo Faulkner, lo que influyó en los autores del boom, principalmente en Vargas Llosa, Carlos Fuentes y García Márquez, y como estos influyeron posteriormente en los hijos literarios del autor norteamericano. Y luego está el alter ego que protagoniza algunas de sus más destacadas novelas. Podríamos decir que a Frank Bascombe también le toca una parte del premio que le acaban de conceder al autor nacido en Mississippi. Richard Ford se vale de ese alter ego para contar el mundo que le rodea, incluyendo el mundo literario con todas sus miserias y sus grandezas; pero sobre todo lo utiliza para mirar a través de sus ojos y para hablar consigo mismo como si fuera otro. Fue algo parecido a lo que hicieron Philip Roth con Zuckerman, Bellow con Herzog o Updike con Conejo Angstrom. La diferencia entre Bascombe y el resto de estos personajes que caminan de la mano de sus creadores radica en el humor y en la ironía del alter ego de Ford, y también en que quiso alejarlo de sí mismo mucho más de lo que lo hicieron Roth o Bellow.
También hay veces en que el retrato de un escritor se parece a lo que transmiten sus palabras. El gesto siempre sereno y observador de Richard Ford tiene mucho que ver con sus novelas y con sus cuentos. Pero esa serenidad no impide que meta el bisturí en la realidad que encuentra en la calle o que lee en los periódicos. Lo cotidiano, como en Carver, se convierte en grandioso sin necesidad de fuegos de artificio o de grandes estruendos. A veces, como en el caso de Ford, basta la descripción de un simple gesto para que nos asomemos al mundo que nos cuenta o al espejo de nuestra propia mirada.

Artículo publicado ayer en la edición de papel de Canarias 7

Se despertó de madrugada y notó en su cara el roce de un hilo de la sábana.Tiró de ese hilo suavemente y cuando se quiso dar cuenta se encontró a una sirena en su cama. Se había ido apareciendo a medida que tiraba de las hebras como quien desmadeja un ovillo. La sirena se arrastró lentamente por el suelo. Él le abrió la puerta y ella se acercó a la orilla de la playa de Las Canteras dando vueltas sobre la arena. Luego la vio aletear más allá de La Barra. Todo eso lo recuerda como quien revive un sueño lejano. Nunca podrá olvidar su cara. Desde aquella noche ha cambiado las sábanas todos los días, pero hasta el momento no ha vuelto a encontrar una sirena como aquella en ninguna parte. Si sale a pasear a la avenida a altas horas de la madrugada sí nota como que le está mirando escondida desde alguna de las rocas de la playa. Aquella sábana se la había regalado un amor del pasado. Él no sabía que estaba cosida con algas.

Yo entonces fumaba. Lo hice durante tres años seguidos, siempre cuando salía el sol y comenzaban a disiparse las brumas de la costa. El humo se mezclaba con el salitre y entonces conseguía verte como cuando salías del agua en aquellos veranos de la adolescencia. Ahora paseo con esta otra mujer por la misma playa. Dejé de fumar para no verte y para no mentirle nunca cuando se empeña en bañarse cada mañana justo antes de que salga el sol y todo parezca tan irreal como cuando te veía salir del agua. Yo creo que lo entiendes. Si fumara, el humo de tu presencia acabaría traicionando mis recuerdos. Y es probable que te confundiera con ella porque a lo mejor tú eres ella y era yo el que inventaba delirios con el humo del tabaco.

Tenía que decidir qué pin ponerse en la camisa. Cada mañana elegía uno distinto. Llevaba así desde hacía cinco años. Los compraba en los viajes o en los bazares de la zona del Puerto. También pedía en el supermercado que le guardasen todos los que regalaran con los productos que compraba. No se lo veían puesto porque jamás se quitaba la chaqueta en el trabajo. Cada mañana intentaba clavarse la hebilla en el corazón. Era su minuto crucial de cada día. Si sobrevivía, como llevaba sobreviviendo de lunes a viernes desde hacía cinco años, ya nadie lograba borrar la sonrisa de su cara.