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No volvía desde hacía muchos años, pero sigue donde mismo la veía cuando regresaba del colegio. Ya entonces era una señora mayor. Ahora es una anciana macilenta que te sonríe todo el rato. Jamás ha salido a la calle. Su familia se avergonzaba de ella y la encerró desde que era niña. Su imagen del mundo es la dimensión de esa ventana. Nosotros solo somos gente que pasa por ese cristal que se sigue llenando de vaho cada vez que nos llama.

Se la encontró dos días después de que le hubiera dado la ropa. Iba con su pareja. Los dos estaban todo el día colocados tratando de aparcar coches por la zona. Debía tener la misma edad que ella, o incluso podía ser un poco más joven, aunque la mala vida la estaba envejeciendo mucho antes. Había perdido casi todos los dientes. Le dijo que se sentía la mujer más guapa del mundo con aquella ropa que le había regalado. Ella no se atrevió a decirle que lo que llevaba puesto era un pantalón de pijama. La que le ayudaba a aparcar el coche le repitió varias veces que su color preferido era el rosa. El pijama era rosa y estaba algo desgastado por el uso. Lo combinaba con una chaqueta vaquera y tenía un moño con unas trabas verdes. Le decía todo el rato que se sentía como una princesa.

Él siempre utilizaba números relacionados con ella para jugar a la Primitiva: el día que se conocieron, el aniversario de boda, la casa en la que vivieron, los cumpleaños y también la fecha en que habían firmado el divorcio. Hubo dos acertantes y cada uno se llevó un millón de euros. Estaba empeñado en que solo podía ser ella la otra ganadora. Le había perdido la pista hacía ocho años. Ahora estaba seguro de que vivía en Galicia. Los ganadores habían sellado sus boletos en Canarias y en Galicia. Ella vivía en Murcia, se había casado de nuevo y acababa de tener un hijo. Había jugado a la Primitiva, pero con las fechas compartidas con su nueva pareja y con el cumpleaños de ese hijo recién nacido. No había ganado nada.

La calle Bedmar. Posiblemente sea una de las calles más desconocidas de Vegueta. Ni siquiera creo que llegue a ser una calle. Allí nos besábamos tu padre y yo. Un pequeño callejón donde pudimos escondernos. Alguien me contó que brotaban geranios. Nosotros no vimos nunca los geranios. Y además me parece cursi asociar un beso con la aparición inesperada de unos geranios. Allí recorrió tu padre todo mi cuerpo con sus manos por vez primera. Por ese callejón no pasaba nunca nadie. Además íbamos de noche. Unos meses después naciste tú. No sé si coincidirías en el tiempo con ese geranio que dicen que rebrota cada año con las primeras lluvias. Tú eres demasiado bruto para ser un geranio. Por eso te llamas Bedmar. Por ese callejón en el que dicen que nacen flores en el asfalto.

Le pedía siempre un café expreso y ella le miraba a los ojos sin atreverse a decirle que se había enamorado de él perdidamente. Él volvía a su mesa de trabajo y seguía inventando historias de amor que se vendían como rosquillas en los quioscos. Ella las leía luego sin saber que quien las escribía era el mismo al que le servía el café todas las mañanas. Una vez contó una historia de una camarera que se había enamorado de un cliente, pero nunca supo que estaba hablando de ella. Aquel relato no acababa bien. La protagonista se terminaba casando con el dueño del negocio.

Salió de aquella reunión en la que acababa de despedir a treinta trabajadores de la empresa. Había venido de Madrid solo para eso. Llevaba muchos años fuera. No se detuvo a repasar el nombre de los que había despedido y nunca supo que uno de ellos había sido su mejor amigo de la infancia. Se fue a la zona de Los Nidillos, al final de Las Canteras, a dar un paseo. Se quitó la chaqueta, la camisa y los zapatos, y luego se acercó a la orilla. Miraba al océano recordando su niñez en esas costas. Una ola se llevó toda su ropa. Ahora estaba medio desnudo entre las rocas. No sabía qué hacer. No se atrevía a recorrer la Avenida hasta el hotel descalzo y sin camisa. Llegó la noche y se puso a llorar como un niño muerto de miedo delante de las olas. Los treinta despedidos de ese día jamás iban a olvidar su nombre. La empresa había tenido beneficios.

Primero vio a los Hare Krishnas cantando en la esquina de Constantino con Triana. Siempre que se encontraba con ellos en alguna ciudad del mundo le sucedía algo importante. Luego apareció él saliendo de la cafetería italiana a la que iba todos los días a la misma hora desde hacía casi tres años. Nunca habían coincidido. Cuando hablaron, él le contó que también acudía diariamente, pero dos horas antes que ella. Los camareros les saludaban contentos por esa coincidencia de clientes fieles desde hacía tanto tiempo. Ellos habían vivido casi dos años juntos en Florencia. Acababan de terminar Bellas Artes y soñaban con ser grandes pintores. Ahora cada uno estaba dando clases de Dibujo en la zona, ella en un instituto público y él en un colegio privado. Ese café del restaurante italiano era el mismo que tomaban en la plaza de la Signoria todos los sábados por la mañana.

Estaba sentada en un banco del parque. Quería mudarse de ciudad, dejar a su pareja y buscar otro trabajo. Tenía veinticinco años. Ahora se ha sentado en el mismo banco y recuerda que hace veinticinco años ya quería dejar a ese hombre con el que ha tenido dos hijos, cambiar el trabajo en el que ya se ha convertido en jefa de servicios y alejarse de una ciudad en la que aún está pagando la hipoteca de un piso. El banco sigue en el mismo sitio, lo mismo que el estanque y la arboleda que corona el horizonte. Una chica joven, que se parece mucho a como era ella hace años, está sentada en un banco contiguo.

Llevaba toda la vida viendo girar el mismo tiovivo. Apenas fue al colegio. Sus padres tampoco fueron al colegio. Los abuelos paternos tenían una noria y los maternos una tómbola con peluches. Sus padres se habían conocido desde niños recorriendo las mismas ferias. Ella tiene ahora cuarenta años y un niño de doce que está subido todo el día en los caballitos. El niño jamás sonríe. Los especialistas no se ponen de acuerdo con la patología que padece. Todos los niños que vienen al tiovivo se suben eufóricos a los caballitos. Todos menos su hijo, que la mira fijamente, siempre reconcentrado y triste, mientras ella no hace más que maldecir su propio destino desde la caseta en la que vende las fichas.

La sacaban todas las mañanas a pasear por Triana. Solo quería que la dejaran escuchar durante un rato a los violinistas que se ponían delante de una heladería a tocar sonatas de Bach. Todo lo demás le daba lo mismo. Se acomodaba en su silla de ruedas y movía los dedos al compás de la música. Eran sus veinte minutos de felicidad diaria. El resto del tiempo se sentaba al fondo de la sala de la tele mirando imágenes. Durante años se sentó con su marido cada tarde a escuchar a Bach en un tocadiscos que se quedó uno de sus hijos cuando la internaron en la residencia. Los discos los regalaron a una institución benéfica, pero ella logra que sigan sonando cada mañana en Triana. Por eso le entristece tanto la lluvia. Cuando llueve la música no suena en la calle, ni a ella la sacan de paseo para que no esté todo el día encerrada sin hablar con nadie.

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