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Novedades en la categoría Literatura

Lo encontré en Vegueta. Seguía escribiendo alocadamente en las libretas. Yo lo miraba desde mi ventana sin que él se diera cuenta. Llamaba la atención con aquella gorra y aquel abrigo pasado de moda. Dormía en los bancos de la plaza de Santa Ana. Comencé a contar todo lo que hacía; pero alguien me dijo que yo ya estaba muerto hacía muchos años y que había escrito su historia en Puerto Rico cuando estuve en el ejército. Supongo que será otro infundio de los necios que se empeñan en que no pueda publicar jamás un libro.

Le gusta sentarse en el banco para mirar con detalle cada uno de sus movimientos. Él está tan concentrado en lo que hace que nunca se ha dado cuenta de su presencia. Dibuja animales con sus brazos o hace que rema por un río que ella imagina casi paradisíaco. Cuando llega a su casa, ella imita cada uno de esos movimientos. Cierra los ojos y se imagina el sonido del agua con aquel hombre remando eternamente a su lado. A su madre le dan miedo todos esos animales que ella va trazando en el aire. Le dice que es una rara y luego se encierra en su cuarto a ver telenovelas para no pensar en nada. La hija se cae muchas veces al suelo y a veces se queja como si fuera uno de esos pájaros que extravían el vuelo y chocan violentamente contra el suelo.

Entró de madrugada por la ventana de la cocina. Atravesó la casa y se posó detrás de la mampara del baño pequeño. Yo hacía mucho tiempo que no me desvelaba. Me desperté soñando con aquella novia de adolescencia que había muerto de repente dejando solos a dos hijos menores de quince años. Miré al vencejo, lo cogí entre mis manos y sentí el mismo latido que cuando la abrazaba en la orilla de aquella costa en la que nos amamos varios veranos. Lo acerqué al balcón y voló lejos. Al día siguiente me puse en contacto con sus hijos y les prometí que mientras yo viviera no les iba a faltar nada.

Son todos solitarios, hombres y mujeres que jamás salen de sus casas. Tienen un gran grupo en una de las redes sociales más conocidas y escriben tarjetas postales cambiando los nombres de las ciudades que jamás visitarán. Ese hombre es uno de esos solitarios. Le pide a esos amigos en Londres, en Lima o en Tokio que envíen postales a amistades antiguas o a novias que ya le han olvidado. Quiere que piensen que es un hombre de mundo. Esos amigos le envían postales que él escribe con su letra y con la dirección de los destinatarios, luego las mete en un sobre y el amigo las envía en su nombre desde el otro lado del mundo. Él hace lo mismo con esos amigos. Cada uno de ellos viaja todo el rato sin salir de su casa. Solo se acercan a las oficinas de Correos y al supermercado.

El cerebro es un gran tablero con el que jugamos a diario. No siempre mueve las fichas como queremos, ni nos deja ver el bosque de nuestras propias vivencias. Muchos lo comparan con una especie de mono loco que va de árbol en árbol y que nunca detiene el pensamiento. Ni siquiera en sueños logramos que descanse, aunque creo que si descansara nos acabaríamos muriendo de aburrimiento o hasta es posible que se olvidara de ordenarle al corazón que tiene que seguir latiendo.
Hace años que trato de jugar con todas las combinaciones cuando parece que solo hay un camino de salida. Basta un cambio de posición para observar lo que tenemos delante de otra manera. También es posible cambiarlo todo si jugamos con las neuronas como quien juega con los dados sobre una mesa de juegos. Por eso tienen razón esos mayores que dicen que los problemas hay que dormirlos para verlos con otros ojos al día siguiente. Se recoloca lo caótico y encontramos las soluciones que antes no atisbábamos por ninguna parte. Sucede como con esos objetos que no encontramos estando delante de nuestros ojos o como en los huecos de los crucigramas, que por más que lo intentas no aparece la letra que te permita dar con la pista de la palabra que estás buscando. Basta con alejarse un poco, o con salir a dar un paseo, para que ese mismo cerebro obcecado encuentre las llaves que casi dábamos por perdidas o para que resuelva el arcano que estábamos buscando en el crucigrama.
La mayoría de las veces somos nosotros mismos los que nos creamos los problemas. Supongo que eso tiene mucho que ver con nuestra imperfección humana o con el poco partido que le sacamos al cerebro. No hay pócimas milagrosas para evitar un duelo o para que no nos extraviemos de vez en cuando; pero creo que ya va siendo hora de que aprendamos a mirar con otros ojos. No hablo de negar el compromiso: esto tiene que ver más con la lucha personal de cada uno. No conozco ningún Ganges sanador, a no ser que me digan que el océano revitaliza, que en eso sí es verdad que creo, en Famara, en Guayedra o en Roque Prieto. A lo mejor si esto lo leen dentro de cientos de años se partirán de la risa con las conjeturas y con este tanteo entre sombras que es siempre el acercamiento a nuestro propio cerebro. Esa maquinaria perfecta que nos gobierna la conocemos menos que a nuestro ordenador o que al vecino que nos tropezamos por la calle. Nunca nos paramos a pensar en su grandeza y en todo lo que tuvo que suceder para que llegara a movilizar el cuerpo. También depende de ese órgano lleno de conexiones la música, la poesía o el sentido del olfato que nos orienta entre esa panoplia confusa que son a veces los recuerdos. Incluso esa percepción de que la vida no es más que un sueño acontece en el cerebro. Y a lo mejor lo es. Un sueño lejano, extraño y cada día más complejo y más sorprendente.

Buscábamos pirámides milenarias y nos adentramos en catacumbas. Nos dejamos llevar hacia la noche siguiendo sinuosos laberintos que no llegaban a ninguna parte. Siempre que cierro los ojos camino contigo de la mano. No me importa la cara ni la piel de quien esté durmiendo a mi lado. Sé que eres tú conmigo entre las sombras.

Nunca sabía por qué cantaban los gallos tan desesperados algunas mañanas. La veían pasar y se desgañitaban como si barruntaran algún naufragio mientras ella se adentraba en la ciudad ahogándose lentamente en el asfalto diario.

No cambian el repertorio desde hace veinte años, pero ese señor llega siempre una hora antes de los conciertos y se sienta en primera fila para escuchar a la banda. Todos los sábados. Antes venía con su esposa. Él es quien les paga a los músicos para que interpreten los mismos temas que escuchaba con ella. Está prácticamente arruinado y apenas tiene para comer, pero si dejara de escuchar esa música moriría. Solo se detienen los turistas de paso. El día que deje de pagar desaparecerá la banda. Todos son tan viejos como él. Y ya solo quedan diez músicos.

Cuando alguien muere de repente nunca tiene tiempo de contarle a nadie los detalles de su vida cotidiana. Si acaso ha acudido a un notario para legar sus bienes o deja dicho que quiere ser incinerado o enterrado en un determinado cementerio; pero casi nadie deja escrito lo que guarda en el congelador de su casa. Ella tenía dos pulpos enormes que habían congelado vivos en alta mar. Su casa llevaba cerrada ocho años después de su muerte y nadie se había preocupado de rastrear los fondos del congelador antes de echar el cierre. Llegó un momento en que falló la nevera y se descongelaron los filetes de pescado, los cubitos de hielo y también esos dos pulpos que después de tanto tiempo han conseguido sobrevivir fuera del agua. Todas las paredes están manchadas por las ventosas y por el vaho de sus respiraciones. Los vecinos no sospechan nunca de los cefalópodos. Sus rejos se enredan por toda la casa y ellos se abrazan en cualquier habitación como dos enamorados.

La madre y el hijo iban hacia Vegueta. Calle de Triana. 1975. Las Palmas de Gran Canaria. La madre y la hija venían hacia San Telmo por la misma calle. Las dos madres habían estudiado juntas en las Dominicas. Se paran a tomar un café. El niño y la niña juegan. Los dos tienen cuatro años. La madre de la niña muere al año siguiente y el padre se la lleva a vivir a Madrid. El niño, ya con treinta años, se cruza con la mirada de una mujer en la Gran Vía. Se enamoran y viven juntos. Ella le dice que vivió en Canarias pero que no recuerda nada. La madre de él murió el año que se trasladó a Madrid a estudiar la carrera. Ahora están por Triana. Ninguno de los dos recuerda que se habían mirado y que habían jugado en esa calle hacía treinta y cinco años.

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