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Cada mañana escribía el nombre de alguno de sus muertos más queridos en un pequeño papel que luego guardaba en el bolsillo. Lo llevaba a todas partes y de vez en cuando recordaba la cara y los gestos del ausente. Al llegar la noche quemaba el papel y lo volvía a convertir en cenizas.

Se marchó sin despedirse de nadie. No tenía hijos ni hipotecas y contaba con unos ahorros que le permitirían vivir un par de años. Buscó un continente y se echó a caminar hacia la parte más alta del mapa. Luego recorrió mares y océanos mirando al cielo todo el rato. Llevaba años queriendo encontrar el lugar exacto en el que el frío deja de ser frío para convertirse en calor un metro más adelante. Acabó perdiéndolo todo, pero encontró ese punto exacto en el que cambian las estaciones todo el tiempo. Pasaba del frío al calor o del calor al frío según se levantara cada mañana, en medio de una selva, entre los nubarrones negros y los azules intensos, o eso es lo que él creía cuando miraba fijamente las paredes de la habitación del Psiquiátrico, que estaba justo en medio, donde el cielo se parte en dos cada mañana.

No fue como otras veces. Se habían amado durante dos años, pero cada uno se dio cuenta de que aquel amor se había terminado. Los dos venían con la experiencia de otros rompimientos y se separaron con la misma naturalidad con la que se habían encontrado. Para olvidarla, él no se quiso marchar lejos. Se mudó dos calles más allá de donde había vivido con ella, y cada mes se alejaba un poco más. Al año y medio estaba viviendo en el otro lado de la ciudad y ya no coincidía con ella en ninguna parte. Un poco más adelante, a los dos años, se estaba subiendo a un barco que le llevaría aún más lejos. Cambiaba de casa y de isla. Aún no sabía que al llegar al nuevo puerto se iba a encontrar con la mujer con la que terminaría viviendo el resto de sus días.

Las rayas en la cara cuando te levantas solo son cicatrices de algunos sueños tremebundos.

Se acercaba cada madrugada a las taquillas del teatro esperando encontrar alguna vez la entrada para la función de las vidas imposibles.

El otro día trataba de explicarle a una amiga un paisaje del que ya no quedaba ningún rastro. Donde había rocas, charcos y cangrejos solo encontraba grandes tetrápodos y un dique que se perdía mar adentro. Caminábamos sobre ese mar lejano de mi infancia. El dique por el que transitábamos el Atlántico era parte de la línea del horizonte cuando yo miraba mucho más allá de las barcas que estaban fondeadas cerca de la costa. Toda perspectiva cambia cuando alguien se aleja en el tiempo. Incluso los paisajes que parece que no han cambiado se convierten en lugares casi desconocidos para nuestros ojos lejanos. No sabes nunca dónde llegarán tus pasos. Yo de niño creía que el mundo se terminaba en aquella raya del horizonte sobre la que caminaba el otro día mirando a lo lejos el Puerto de Las Nieves.
Uno regresa siempre con la memoria que conserva de sus propios paisajes. A veces ni siquiera nos percatamos de las arrugas y de las canas de quienes corrían con nosotros hace años. De alguna manera huimos de nuestro propio envejecimiento. Recuerdo las escenas finales de Cinema Paradiso, cuando Totó veía solo lo que guardaban sus propios recuerdos. Las primaveras también parecen estaciones que jamás se repiten en nuestra memoria. Es mentira que en Canarias no tengamos estaciones. Ese es otro tópico que arrastramos junto con el de la eterna primavera o ese jardín sideral siempre en flor que uno nunca sabe qué significa realmente. Es verdad que esto no es Estocolmo o Manchester, pero hay paisajes que de repente se tiñen de tajinastes y amapolas cambiando la silueta de los campos o reavivando bancales abandonados. Las estaciones también tienen que ver con nuestros propios estados de ánimo, y uno siempre intuye que no hay invierno que no acabe, ni primavera que no renueve nuestro propio paisaje. Ese camino que seguía hace unos días por un dique en donde estuvo el mar me permitía mirar hacia la orilla desde lejos, como cuando uno se embarca y ya convierte su vida en una búsqueda de Ítacas o de utopías que siempre se alejan como se alejaban aquellos horizontes de las playas de la infancia. Toca mirar a la vida de frente donde quiera que nos encontremos. Nunca sabes en qué lugar acabarán tus pasos. El otro día yo caminaba por donde hacía años se adentraban casi todos mis sueños. Esta primavera que ahora comienza es otro verso suelto en medio de una biografía que renace como aquel viejo olmo de Machado con su rama verdecida en medio del páramo. El océano también tiene sus estaciones, ese color azul que va dejando atrás el mar oscuro que ensombrecía las rocas de la orilla con la espuma de las borrascas. La primavera es azul dentro y fuera de nuestra alma. Como el cielo. Como cuando miramos desde lejos los paisajes del pasado. Y uno le agradece nuevamente a la vida todo este tiempo regalado.

Llegaba al hotel y le daba cien euros al camarero de la piscina. Estaba solo dos días cada año. A su mujer y a sus hijos les decía que se iba de pesca. Subía al avión y llegaba a aquella isla alejada miles de kilómetros de su casa. El camarero tenía que acercarse de vez en cuando adonde él estaba y llamarle señor magistrado cuando le servía una copa en la piscina. Se sentía importante en aquel hotel lujo tan distinto a su vida de barrio. Se gastaba media paga en aquellas dos noches. Su mujer no supo nunca que él cobraba aquella paga extraordinaria. Era el conserje del Juzgado.

Llegaba siempre tarde. Dejaba la ropa preparada la noche anterior, pero casi nunca coincidía su estado de ánimo con los colores que había elegido antes de despertarse. Cuando ya se había duchado empezaba aquel calvario de ir poniéndose y quitándose camisas sin decidirse por ninguna de ellas. En el trabajo se le acabaron las disculpas. Un día dijo que se le había quedado la llave dentro, otro que tuvo una avería en un grifo e incluso llegó a mentir con la enfermedad de una madre a la que no veía desde hacía meses. Lo acababan de despedir por culpa de esos retrasos injustificados. Ahora se despertaba y estaba toda la mañana desnudo delante del ropero esperando a que pasaran las horas para volver a ponerse el pijama.

Alexis Ravelo sigue demostrando que quien se embarca en busca de su propio destino lo suele terminar encontrando. Acabo de finalizar la lectura de Las flores no sangran y de nuevo presenta una historia reconocible, con la marca del autor, y con un ritmo y un fondo que se emparentan con las otras novelas recientemente premiadas con el Getafe Negro y con el Dashiell Hammett. Nos reencontramos con personajes que se pueden confundir con los que vemos muchas veces por las calles de Las Palmas de Gran Canaria, aunque aquí la trama también viaja mucho al Sur de la isla y hasta se adentra por zonas residenciales de la capital que hasta ahora no habían recorrido los personajes ravelianos.
Nuevamente, todo el protagonismo lo tienen los derrotados de antemano, los que nunca ganan aunque crean que están ganando algunas batallas, todos esos juguetes rotos a los que Alexis les pone alma en cada una de sus historias. También retoma la denuncia social y vuelve a ser valiente con las recreaciones de algunos protagonistas. Lo que hace grande a quien escribe es la manera que tenga de contar algo, el estilo y el poso que va dejando detrás de cada una de las palabras. Y está claro que Alexis Ravelo sabe contar lo que ve, lo que intuye y lo que imagina. Y seguirá haciéndolo durante muchos años, enriqueciendo la vida (no solo la literaria) con personajes que terminan formando parte de nuestros propios escenarios cotidianos.
Uno se asoma a la calle y casi podría decir que transita por cualquiera de estas historias que Ravelo teclea mirando no solo al fondo de la pantalla. Se nota que ha mirado fijamente a los ojos de cada uno de sus personajes antes incluso de empezar a contarlos. Por eso son tan reales y parecen tan cercanos. Todos ellos te siguen acompañando mucho tiempo después de que ya has terminado de pasar las páginas de la novela. Esa creo que es una de las razones por las que Ravelo llega a tantos lectores. Su mundo local es tan universal como cualquiera de las conciencias humanas.

No sé qué haría mi padre con las velas de mis cumpleaños. Nunca le pregunté. Desde que murió mi madre, yo las guardaba cuidadosamente en un cajón junto con mis boliches, mis estampas y las tres o cuatro piedras que creía milagrosas y que no eran más que callaos que habían removido miles de veces las mareas de la playa. Yo soñaba con reencontrar alguna vez a mi madre para ir soplando cada una de aquellas velas junto a ella. Cuando falleció nunca tuve conciencia cierta de lo que era la muerte. Solo luego, al paso del tiempo, y cuando ya se fueron juntando demasiadas velas de cumpleaños, me di cuenta de que nunca volvería y de que los números que se soplan en las tartas se terminan borrando para siempre.

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