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Novedades en la categoría Literatura

Ya no le doy importancia. Escribo y las palabras se terminan separando donde ellas quieren. Las primeras veces perdía los nervios cuando veía los guiones en medio de las frases. Ahora me siento, escribo un rato y dejo que cada palabra se desgaje como le parezca. Incluso mi nombre se ha dividido en tres sílabas que no han vuelto a juntarse. An-Sel-Mo. Cada sílaba se mueve luego por los renglones como le viene en gana. Sel puede estar en medio de dos verbos y Mo al principio de alguna frase. An podría ser un buen final, pero ustedes no lo entenderían si no les explicara esto que ahora leen en sílabas que he tenido que juntar cientos de veces para que no se entremezclen con otras ideas o con otros nombres. En cualquier momento se terminarán dispersando nuevamente en la pantalla.

Él le dijo que la quería y ella se marchó con él sobre la marcha. Llevaba quince años con el otro hombre y lo dejó herido de muerte; pero ese otro hombre al que dejó encontró un nuevo amor y ahora dice que la vida le ha sonreído nuevamente. El otro le acaba de decir a ella que ya no la quiere y se ha ido con otra mujer que a su vez ha dejado a otro hombre enamorado. Cada seis meses ese hombre destruye una pareja. Lo lleva haciendo desde hace diez años. Y además ataca siempre a las parejas que ve felices. Es muy atractivo, tiene mucho dinero y una pena lejana de cuando lo dejó la única mujer a la que había amado justo a los seis meses de haberla conocido. Él llevaba flores cuando acudió a aquella cita lejana; pero la mujer que le ha marcado tanto la vida ni siquiera vino a despedirse. Él tampoco se despide. Las deja de querer y las llama por teléfono antes de marcharse con la nueva conquista.

Hace un par de meses, un grupo de escritores canarios y una editora estuvimos por tierras mexicanas hablando de literatura, aprendiendo y disfrutando de unos días inolvidables. Uno de los motivos de ese viaje era la intervención en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIC), la gran fiesta literaria del mundo hispano, para hablar de nuestras obras y de la literatura que se está escribiendo en las islas. Íbamos invitados por la Cátedra Vargas Llosa, la Fundación Cervantes Virtual y la propia FIL. Estos días hemos recibido el vídeo íntegro de aquella intervención en la que participamos José Luis Correa, Rafael-José Díaz, Guadalupe Martín Santana y un servidor. Lo comparto con todos ustedes. (El sonido mejorará a partir del minuto 2')

No era solo el tiempo. La tinta de las fotos también había borrado algunos de sus rasgos más reconocibles. Estaba en la cubierta de aquel barco con el traje que se compró para el viaje. Nunca había llevado corbata. Por eso siempre me resulta tan extraña su imagen. Casi era un niño. Éramos mellizos. Acabábamos de cumplir veinte años. Nos escribió los primeros meses, pero luego le perdimos la pista, aunque yo siempre supe que estaba vivo en alguna parte. Hace cincuenta años que no nos vemos. Hoy me he despertado de madrugada. Acababa de soñar que se despedía de nuevo agitando el mismo pañuelo y diciéndome con los ojos que nosotros jamás nos separaríamos. Yo también tengo la impresión de que nos volveremos a ver pronto donde mismo se distanció nuestro cuerpo.

Lo fui siguiendo por las calles sin que él se diera cuenta. Llevaba el carro de la compra con una mano y en la otra tenía un racimo de uvas. Acercaba la boca al racimo y arrancaba cada uva como si estuviera besando un cuerpo. Escuchaba música mientras andaba. Me hubiera gustado saber qué música sonaba en ese momento en su cabeza. Cuando terminó las uvas se quedó con el racimo. No lo tiró en ninguna parte. Desde lejos, parecía como si llevara el otoño en la palma de su mano. Cerró el puño y supongo que sentiría el leve crujir de noviembre entre sus dedos.

El otro día saqué una foto del Risco de San Nicolás. Amanecía y a esa hora los colores de las casas son todavía más luminosos. Me gusta ver la ciudad desde la altura de los Riscos. Subo corriendo muchas mañanas por el barrio de San Roque solo para ver amanecer desde sus improvisados miradores. También me adentro cerca de las fincas que están junto al Guiniguada. Estos días de febrero los pájaros cantan más sinfónicos y con más estruendo entre las plataneras. Y hasta los gallos parece que se quieren sumar a esa fiesta cada mañana. La ciudad aparece lejana con sus ruidos de coches y sus luces intermitentes. Y siempre está el mar. A veces ni lo miramos, pero si no estuviera andaríamos desorientados.
A la foto del Risco de San Nicolás la titulé La mirada de Oramas. La había sacado desde la acera del antiguo hospital San Martín, y lo que veía es lo que vio tantas veces Jorge Oramas desde la habitación en la que estuvo encerrado tanto tiempo. El escritor Emilio González Déniz, cuando vio la foto, comentó que es la vida la que imita al arte. Las casas que vio el pintor no eran de colores. Cuando él miraba solo había casas sin encalar, y en muchos casos ni siquiera podríamos decir que fueran casas.
En la planta baja de San Martín está exponiendo Augusto Vives. No dejen de acercarse. Augusto cuenta siempre que crea desde el lado oscuro de su alma, mirando muy hacia dentro. No es un hombre apesadumbrado, pero sabe que el arte se alimenta casi siempre de la herida que en muchos casos ni siquiera sabemos de dónde proviene. El cielo bajo los pies que propone el artista nos acerca a la grandeza de lo cotidiano y nos enseña a mirar en el fondo de los charcos de nuestras propias profundidades. Augusto Vives comienza la exposición citando a Alfred de Musset y recordando que a veces la imaginación abre unas alas grandes. Como buen creador, él sabe que lo que somos no es más que lo que terminamos soñando mucho más allá de lo que tenemos delante.

Hablaba sola antes de quedarse dormida. Cuando era niña le contaba historias a sus peluches. Nunca la vio nadie. Ahora tampoco la han visto. Su marido y sus cuatro hijos suelen quedarse dormidos mucho antes que ella. Creen que es una mujer sin imaginación. No ha hecho más que trabajar para ellos. Cuando habla sola se imagina una vida distinta cada día. Aún se pregunta cómo se dejó cortar las alas con solo veinte años. Era una mujer enamorada y aquel hombre se parecía al príncipe que recreaba en sus noches de soliloquio. Entonces creía que no había ningún sueño imposible. Ese hombre no la besa desde hace por lo menos diez años.

-¿Por qué cantas?
-No lo sé, pero si no cantara moriría.
-¿Y los otros qué opinan de tus cantos?
-Me da igual lo que opinen los otros. Yo solo intento cantar un poco mejor cada día.
-¿Y si no te hacen caso?
-Da lo mismo, aunque siempre habrá alguien que se emocione con mi canto.
-¿Quién te enseñó a cantar?
-Comienzas como si fuera un juego, piando poco a poco, y un buen día, tras muchos años de dedicación diaria, logras cantar todo aquello que ni siquiera eras capaz de soñar cuando empezabas.
-¿Y si no cantaras?
-Cuando no canto me gusta escuchar lo que entonan los otros, y también aprovecho para aprender del silencio.
-¿Tú crees que yo podré cantar?
-Todos podemos cantar. Depende de tus ganas, de tu esfuerzo y de tu talento. Y si no puedes cantar no pasa nada. No todo el mundo nace para hacer lo mismo. Pero siempre tendrás algún talento que no tendrá el resto de la gente. Tienes que buscarlo. Con tranquilidad y haciendo lo que realmente puedas.
-Pero vuelvo al principio, ¿qué pasaría si no cantaras?
-Probablemente estaría muerto hace mucho tiempo. Cuando canto me curo de todas las heridas y alejo a todos los envidiosos. Cuanto mejor cantes, más lejos estarán ellos.


Borraba todo lo que escribía. Así estuvo día tras día durante varios meses. Se encerraba y escuchabas el sonido del teclado toda la mañana. Luego seleccionaba todo lo escrito y le daba a la tecla de borrar sin ningún remordimiento. Una vez satisfecha su ficción diaria salía a la calle y caminaba un rato fijándose en todos los futuros personajes que haría desaparecer de la pantalla.

No sabíamos qué hacer. Aparecía su nombre, su apellido y su teléfono de contacto. El hombre había muerto de repente. Estaba obsesionado con esas tarjetas y había dejado más de cinco mil en distintas cajas pequeñas que estaban por toda la habitación. Uno se va y queda su nombre y sus apellidos. También su teléfono hasta que alguien le da de baja y pasa a ser de otro que contestará las primeras veces disculpando la ausencia. Yo hacía tiempo que quería cambiar de vida. Vivía en la misma pensión. Me ofrecí a tirar todas aquellas tarjetas; pero nunca lo hice. Subí a un barco con el coche cargado de cajas y me cambié de ciudad. Pude conservar su número de teléfono y ahora soy el que aparece en las tarjetas. Me encanta entregarlas cuando conozco a alguien. A veces me llaman. A lo mejor aquel hombre que un día apareció por la pensión también había salido con esas mismas tarjetas de otra ciudad lejana en la que le llamaban por otro nombre.


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