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Novedades en la categoría Literatura

Hago como que los entiendo. No solo basta con escucharlos. Da lo mismo lo que me digan. Ellos solo quieren que alguien esté atento a sus palabras. Los han ido encerrando en el edificio que está más al norte. Les prohibieron que escribieran y empezaron a volverse locos y a hablar solos por las calles.
El jefe empezó invadiendo otros países, persiguiendo extranjeros y al final, como hacen siempre todos los tiranos, también quiso controlar lo poco que se estaba leyendo. Solo deja escribir a unos cuantos paniaguados que ensalzan su torso musculado o sus fotografías exhibiendo metralletas. En los países cercanos miraron durante muchos años para otro lado. Ahora no saben cómo detenerlo. Los escritores y los periodistas fueron los primeros que lo contaron; pero los fue silenciando y encerrando en este nuevo gulag para olvidados. Me pagan por vigilarles y por cambiarles el plato de comida dos veces al día. Si supieran que los escucho también me encerrarían. Cuando me preguntan respondo siempre que están en silencio. Alguna vez también añado que parecen arrepentidos, pero los otros no se inmutan. No creo que los dejen salir nunca de este infierno.


Los libros llegan a nosotros mucho tiempo antes de que los encontremos. Se pierden los que deben perderse, tardan en llegar los que todavía no tenían su momento y ni siquiera imaginas los que ya te aguardan en cualquier anaquel o en la mente de alguien que aún no ha trazado ni una sola línea de su argumento. Una amiga buscaba desde hace tiempo un ejemplar que leyó en su infancia del libro Corazón de Edmundo de Amicis. Donde quiera que íbamos se acercaba a las librerías de viejo tratando de dar con aquel ejemplar que tenía firmado y subrayado en las páginas que más le habían emocionado. Cuando estuvo viviendo en el extranjero su madre regaló casi todos sus libros a una institución benéfica. Ella hubiera regalado todos menos ese. Entre esas páginas había aprendido mucho de lo que sabía de la vida, había llorado, reído, viajado lejos y además había descubierto que la literatura es una de las mejores coartadas que tenemos para seguir sobreviviendo.
El otro día encontró un ejemplar que casi llegó a jurar que era el suyo antes de abrir las primeras páginas. Aparecía escrito el nombre de otra persona, alguien a quien tal vez le pasó igual que a ella. Lo compró y empezó a hojear las páginas ajadas y amarillentas. No había nada subrayado, pero ella recordaba casi todos los renglones que había ido marcando a lápiz a medida que iba leyendo. Cuando uno subraya un libro deja una marca de su paso por esa historia. Da lo mismo que otros la borren, o que el propio tiempo vaya difuminando la sombra tenue de todos los lápices. En la penúltima página encontró una combinación de la Lotería Primitiva con los seis números alineados cuidadosamente. Me enseñó los números y le dije que jugara con ellos. Parecía un guiño del destino, aunque no le tocó nada. Buscamos en Internet y descubrimos que esa combinación había resultado premiada justo el día antes de encontrar el libro y que no había aparecido ningún acertante. Yo le dije que lo intentara de nuevo, aun a sabiendas de que la suerte no tiende a ser cíclica o de que rara vez se repiten los mismos números de una apuesta.
Todo se entiende que tiene su mensaje. Ella buscaba ese libro, y todavía sigue empeñada en recuperar el mismo ejemplar que leyó cuando era adolescente y la vida solo parecía una aventura literaria. Realmente lo es. No veo mucha diferencia entre los argumentos que vivimos y los que vamos leyendo. Podemos ser millonarios o ser los más pobres de la tierra. A veces no depende de nosotros esa contingencia. Me leyó una de las páginas del libro. Hablaba de los premios; pero no decía que el mejor premio es siempre el próximo encuentro. Se trata solo de jugar y de seguir leyendo. Los libros llevan marcas borgianas por todas partes, y solo con ellos podremos encontrar las salidas de algunos laberintos que no entendemos.

-¿Qué pasaría si no lo hicieras?
-Sería un Bartleby; pero probablemente no sucedería absolutamente nada.
¿Entonces preferirías no hacerlo?
-Eso fue lo que un día contestó alguien en un relato.
-¿Por qué escribes?
-Ni siquiera me lo planteo. Lo dejo todo en manos de los personajes.
-¿Está detrás de cada uno de ellos?
-Cuidadosamente escondido, a salvo, es como único puedes seguir escribiendo.
-¿Escribes entonces para salvarte?
-Aquí no se salva nadie. Sí es cierto que me sirve para seguir viendo la vida con ojos asombrados. Y para mirar con más humor y con más distancia lo que tantas veces creemos que nos llevará por delante.
-Cumples hoy setenta y dos años, ¿qué te queda pendiente?
-El argumento que escribiré mañana. Aún no tengo ni idea. Lo demás me da lo mismo. Trato de sonreír todo el rato. He visto morir a muchos divos avinagrados que se creían inmortales.
-Melville muere con setenta y dos años.
-Lo sé, y además fallece aquí, en Nueva York, muy cerca de donde estamos.
-En 1871.
-Es el año con el que cada día abro una nueva página en mi diario.

Hay historias que se quedan para siempre en los sueños, personajes remotos que una vez leímos o reconocimos en algunas madrugadas. Goethe pidió más luz cuando moría sin saber que posiblemente esa oscuridad que ya atravesaba no era más que la antesala de otro nuevo argumento que también acabaría olvidando.
Recuerdo un hombre obsesionado con las linternas. Las tenía de todos los colores y de todos los tamaños. Casi nunca las encendía. Si le preguntabas, te respondía que las iba guardando por si alguna vez se acababa la luz en el mundo. Decía que las velas no eran de fiar olvidando que las pilas y las baterías también se desgastan al paso de los años como mismo se apagan todas las miradas. No sé qué habrá sido de aquel hombre y de aquellas linternas. Tampoco sé en qué lugar del tiempo se habrán quedado tantos personajes que he soñado o leído en las madrugadas. Posiblemente nuestra propia sombra no sea más que un reflejo literario.

La acariciaba como si supiera que ya no la volvería a ver nunca más. Ella también le amaba con esa vulnerabilidad que sienten a veces los humanos cuando dejan de pensar e intuyen levemente su extraño tránsito. Se veían casi a diario y los dos habían amado a otros cuerpos antes. Habían aprendido que la muerte también es la repetida ausencia de quien se ama. Ella le esperaba con la misma ilusión con que aguardaba a su primer amor de adolescencia. Todo el placer era siempre poco para sentirse eternos mientras se acariciaban. Los dos sabían que algún día dejarían de tener noticias el uno del otro. Hace menos de cincuenta años ni siquiera llegaban a ser las sombras que también se confunden cada vez que se aman.

Se había apagado. Escuchaba otras voces en los despachos cercanos; pero él había perdido el brillo de su piel y de su mirada. Vio cómo entraron corriendo en su despacho y cómo lo sacaron en camilla. Él seguía sentado como si todo aquello fuera un sueño. No se había movido de su sitio y ya su espacio lo estaba ocupando otro empleado que llevaba años soñando con su puesto. Era gris, pero no estaba tan apagado como él. Metió todas sus pertenencias en una caja y se las entregó a un conserje cojitranco que no paraba de maldecir todo el rato. También le dio su abrigo. Él tenía frío. Nadie habla nunca del frío de los muertos. El que ocupaba su silla le decía a otro con el que hablaba por teléfono que él acababa de morir de un infarto fulminante y que lo estaban velando en la sala siete del nuevo tanatorio. Estaba de pie, junto a la ventana. Afuera la gente seguía paseando como si no hubiera pasado nada.

Primero se encontró con un carrito de muñecas, con unos calderos para jugar a las casitas y con unas láminas algo desgastadas de lejanos protagonistas de dibujos animados. Un poco más abajo, casi al final de esa misma calle, había cintas de radiocasetes y libros de aventuras para adolescentes. Siguió caminando y, al lado de un contenedor de la calle trasera, se tropezó con decenas de cartas, con un par de portarretratos y con esbozos de algunos poemas. Tenía prisa y no se paró a leerlos. También había un colchón viejo, una mesa de noche y una pequeña lámpara. Alguien había desmontado una casa durante la noche. O más que de una casa, había querido desprenderse de la memoria de alguien que ya no viviría en ella. Pensó que podían ser nuevos propietarios, o que los restos de esa casa habían sido esparcidos por toda la ciudad. Tal vez, se dijo, aquí solo están los recuerdos de alguien que fue niña y adolescente hace ya algún tiempo. Dentro de unas horas no quedará nada. Vendrán algunos traperos improvisados y se llevarán lo poco que sirva, y tal vez algún curioso leerá los papeles y esos esbozos de poemas. Él solo cogió una foto. No reconocía a nadie. Aparecía una niña con su abuelo.

Un día caminas por la calle y ya no va a tu lado. Parece como si se hubiera extraviado en cualquier esquina o como si en un despiste se lo hubiera tragado la tierra. Yo sigo paseando por las mismas calles. Recorríamos estas aceras casi a diario desde adolescentes, cuando nos enamoramos. En cuarenta años no dejamos de vernos más de dos días seguidos. Ahora cierro el puño cuando camino entre la gente. Nadie se da cuenta. Muchas veces también juego con mis dedos en el bolsillo del abrigo como mismo jugaba con los suyos antes de que se fuera. En la piel de la mano nos queda una memoria de anfibio. No es como el resto de la piel que recubre nuestro cuerpo. Cuando la tocas parece como si las ausencias encallaran para siempre entre el atavismo de sus asperezas.

Los gestos se aprenden. Todos los que estábamos en aquella clase terminamos tocándonos la barbilla varias veces al día. Entonces no nos dábamos cuenta, pero ahora nos reconocemos cada vez que nos reencontramos en alguna parte. Los hermanos o los primos también suelen reconocerse por gestos parecidos que aprendieron de sus padres o de sus abuelos. Lo veo en la barra de la cafetería tocándose todo el rato la barbilla con el índice y el pulgar como mismo se la tocaba aquel maestro que nos dio clases durante cinco años. Lee el periódico y de vez en cuando acerca a sus labios una pequeña taza de café. Pide la cuenta y sale a la calle. No me llega a ver. Yo sí sigo sus pasos desde la cristalera. Espera a que el semáforo cambie de color para cruzar. Nuevamente se lleva los dedos a la barbilla. Lo hace siempre que está nervioso o cuando no sabe qué hacer con sus manos. Yo también tengo los dedos exactamente igual que él cuando lo miro. No nos veíamos desde hacía casi cuarenta años. Alguien me dijo una vez que estaba muerto. No sé si los muertos toman café en las barras de las cafeterías por la mañana, pero sí puedo jurar que siguen conservando los mismos gestos. Ya ha desaparecido al final de la calle. Cuando era niño siempre estaba leyendo libros sobre la cábala, el esoterismo y las reencarnaciones. Lo recuerdo en el recreo, siempre solo, sentado en un banco del patio, pasando las hojas con una mano mientras la otra no se separaba nunca de su cara.

Hay mil formas de llegar donde uno quiere y ninguna de ellas está inventada. Ayer encontré un álbum de estampas de fútbol de la temporada 1977/78. Alguien lo había tirado al mismo contenedor en el que yo deposito la basura cada día. Reconocí inmediatamente la portada. Estaban todas las estampas. También la de Giuliano. Yo estuve coleccionando esos cromos durante muchas semanas. Compraba, cambiaba, jugaba al estampío y poco a poco logré ir completando las fotos de todos mis ídolos junto a los últimos fichajes que aparecían siempre en las páginas finales. Solo me faltaba la estampa de Giuliano, un argentino que jugaba de líbero en el Hércules de Alicante al que había visto hacer grandes partidos en el Estadio Insular. Cada año había un jugador casi inencontrable, y esa temporada era Giuliano. Mi álbum desapareció en alguna de mis mudanzas, pero nunca de mi mente. Tampoco se borró jamás el olor a tinta de aquellos sobres cuando los abrías esperando el milagro de poder encontrar a los jugadores que te faltaban. Me traje el álbum que encontré en la basura y lo estuve hojeando en casa durante un rato. Había nostalgia, pero ya no estaba para mitomanías ni emociones futboleras. La estampa que faltaba no la había encontrado sorpresivamente en ningún sobre y no valía lo mismo que entonces. Pocas veces valoramos lo que nos viene dado o lo que ni siquiera hemos podido perder porque nunca nos dejaron encontrarlo en ninguna parte.