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Novedades en la categoría Literatura

Ella había acudido para matricularse de un curso. Siempre estaba haciendo cursos para llenar las tardes y los sábados por la mañana. Él apuntaba sus datos sin levantar los ojos del ordenador. Solo reaccionó cuando le dio el nombre de la calle en la que vivía. Ella no lo reconoció. Habían crecido juntos hasta los trece años, cuando al padre de él lo destinaron a otra ciudad lejana. Era su primer día de trabajo en esa oficina. También su primer lunes en la ciudad después de más de cuarenta años. Esa misma tarde quería volver a la casa en la que había pasado su infancia. Compró flores y caminó despacio hasta llegar a aquel portal en el que sabía que aún vivía la niña de la que estuvo perdidamente enamorado.

Necesitamos cuentos para seguir viviendo. Siempre ha sido así, desde las cuevas hasta esta virtualidad que nos enreda, desde la infancia hasta que las canas nos muestran más añejos y taciturnos en los espejos. Cuentos para engañar al tiempo, para burlar al destino y para cambiar los guiones de la realidad diaria. Un cuento es un trozo de vida, una veta mágica que alguien salva de la estulticia y del olvido, una recreación de lo que a veces soñamos sin darnos cuenta de que estamos despiertos.
Estos días ha llegado a mis manos un libro con muchos cuentos que inventan vidas nuevas donde no había absolutamente nada. Lo escribe Yolanda Delgado Batista, una escritora nacida en Las Palmas de Gran Canaria con esa necesaria mirada cosmopolita que tienen que tener quienes escriben cuando miran hacia fuera y, sobre todo, cuando indagan en sus adentros buscándose entre otros personajes que aún no sabían que viajaban con ellos. Yolanda ya escribió hace años una novela prodigiosa que tituló La isla de las palabras desordenadas. Desde entonces he recibido correos de ella desde Madrid, desde pueblos perdidos en mitad de la Península o desde Rusia. Ahora he recibido este libro, que ha sido editado por Baile del Sol en Tenerife, desde uno de esos lugares a los que ella suele asomarse discretamente para observar la vida de la gente. Se titula Puro cuento, y eso es lo que es el libro, una pura delicia literaria con pequeñas pinceladas de magia, ironía, ternura e inesperados desenlaces, una sucesión de cuentos en los que aparecen Tarzán, Stalin, Joyce o Carlos Marx, todos ellos convertidos en materia literaria, en pequeñas obras maestras que uno lee sabiendo que en cada renglón hay cientos de párrafos que ocultan palabras, elipsis que se asoman a los ojos como aquellos icebergs contra los que luego chocaban los grandes trasatlánticos. Todas esas narraciones siguen la máxima de Cortázar cuando hablaba de las distancias cortas literarias. El escritor argentino utilizaba términos pugilísticos para que entendiéramos lo que diferencia a un cuento de una novela. Decía que en el cuento había que ganar siempre por knock-out lo que en una narración más larga se puede ganar a los puntos. No hay tiempo para armar grandes historias con muchas palabras. Hay que golpear al lector cuanto antes y además hay que hacerlo de una manera precisa y certera. Eso es lo que logra Yolanda Delgado en este libro fascinante que acaba de publicar hace unos días. No da tregua: cada una de sus historias, así tengan veinte renglones o veinte palabras, golpea certeramente en ese lugar exacto en el que las emociones se activan sobre la marcha. Por eso los niños siguen demandando cuentos antes de cerrar los ojos, porque saben que los cuentos son siempre la antesala de los únicos sueños que merecen salvarse.



Había preparado un montaje de fotos que debían ir apareciendo en la conferencia, pero desde que proyectó la primera se dio cuenta de que no tenía nada que ver con lo que había preparado. Fue improvisando, explicando lo que veía e inventando lo que no sabía de esas imágenes que todos miraban como si no le estuvieran escuchando. Entonces fue cuando apareció su fotografía. Era él vestido con ropajes de hacía cuatro siglos. Miró la foto y se inventó que era un fantasma. Los demás ni siquiera se inmutaron y al final le aplaudieron y le felicitaron por la lección magistral que había impartido. El fantasma recogió sus cosas (también el pendrive con las fotografías) y regresó caminando al hotel en el que hospedaba. Al llegar no había nadie que se hubiera registrado con su nombre. No insistió y se sentó resignado en un banco del parque esperando a que llegara la noche.

Los tiempos no cambian hasta que no se escriben de una manera diferente. Por mucho que algunos quieran negarlos, los años setenta fueron los que cambiaron la España en blanco y negro que venía de un pasado sin libertades y sin esas palabras que sonaran nuevas en medio de lo carpetovetónico y lo anquilosado. Ya estaban Juan Goytisolo o Juan Marsé planteando una narrativa que rompía con la grisura de muchos de los textos de las pasadas décadas. Pero quizá fue la llegada de voces nuevas, que además venían con toda la influencia de la novela norteamericana de los cincuenta y los sesenta, las que cambiaron definitivamente la forma de concebir la novela en España. Eduardo Mendoza fue una de esas voces que llegaban con una sonoridad diferente. Mientras aquí escribíamos sobre dramas rurales o textos costumbristas, en Estados Unidos ya hacía años que Bellow, Updike, Malamud, Fante y compañía escribían novela urbana con otro tono, otros contenidos y, sobre todo, con otra mirada hacia el texto y hacia el propio mundo que les rodeaba.
La verdad sobre el caso Savolta supuso un impacto tremendo cuyo eco todavía tiene resonancias en la narrativa española contemporánea. Más tarde, con La ciudad de los prodigios, Eduardo Mendoza contó la gestación de las grandes urbes españolas en el siglo veinte, la llegada del campo a la ciudad, la industralización y esos saltos casi al vacío que se fueron dando de una generación a otra a lo largo del siglo pasado. Marsé y Mendoza convirtieron a Barcelona en una escenario literario como Galdós o Baroja habían hecho antes con Madrid, pero esa ciudad que se cuenta mira mucho más a la modernidad y a los choques culturales que se van generando a medida que el tiempo pasa. También es Mendoza de los primeros autores que escribe en España siguiendo la estela de la novela humorística inglesa. Sin noticias de Gurb o La aventura del tocador de señoras son dos prodigios literarios que hay que releer siempre que se pueda, y con ambas logra algo parecido a lo que hizo con La verdad sobre el caso Savolta. Hay un antes y un después en la forma de concebir la ironía y el humor en nuestra literatura. Aquel humor de Gómez de la Serna o del entorno de La codorniz se transforma de repente en un género novedoso que solo se concibe desde un gran dominio del idioma y desde las lecturas de otras tradiciones literarias que entonces apenas llegaban a nuestro país. Uno se alegra de que alguien que se ha reinventado tantas veces sea reconocido con el Cervantes. No es fácil ser un inconformista y un innovador, y menos en un mundo en el que parece que todo está inventado. Con este premio se reconoce a una voz que sonó totalmente diferente en un momento en el que la literatura española parecía monocorde y estereotipada.

Me vio mirando el cielo mientras conducía. Llovía mucho. Yo tenía un almuerzo al aire libre en una terraza. Había quedado con un amor de juventud. Soñaba con ese reencuentro desde hacía años. El taxista me vio preocupado. Luego empezó a hablar de la lluvia. Decía que prefería que lloviera a que saliera el sol porque si no el planeta se iba a terminar calentando. Yo lo escuchaba pendiente del cielo. Luego empezó a decir que si todos deseamos que no llueva la atmósfera (él hablaba de la atmósfera todo el rato) iba a terminar haciéndonos caso algún día y dejaría de llover para siempre. Entonces empezó con el apocalipsis, la desertización del planeta y las plagas de langostas. Llovía cada vez más fuerte. Cuando llegué, el dueño del restaurante me dijo que no había podido montar la mesa en el jardín y que los violinistas nunca tocaban si llovía. El taxista estaba en la calle dejando que el agua cayera sobre su cabeza. Ella venía caminando y en el último momento vi como entraba en ese taxi. Tuvo miedo, pero luego me contó que había estado reunida hasta muy tarde y que no había podido acudir a la cita. Sigue lloviendo, dentro y fuera de mi alma.

Chillida decía que se obligaba a pintar muchas veces con la mano izquierda (era diestro) para que lo que creaba no le saliera sin esfuerzo. Todos tendemos a repetirnos y a acomodarnos. Por eso es bueno desandar de vez en cuando nuestro camino y empezar otro como si no supiéramos nada. Buscamos lo sencillo, y ya sabemos que la sencillez te obliga a ir dejando atrás todo lo que no vale.
Últimamente entras en muchas librerías y descubres que los libros de autoayuda van robando el espacio de la literatura. Resisten las novelas, muchas veces gracias a esas etiquetas que se inventan para venderlas como marcas de ropa, pero apenas encuentras poesía o filosofía. La gente quiere que le curen con frases fáciles, con ejemplos pueriles y con esa combinación de cuatro religiones, tres refranes y dos o tres referencias a culturas milenarias. Igual se sienten mejor cuando van leyendo, pero pocos de esos libros se convierten en el equipaje que necesitamos para atravesar los páramos del alma. La verdadera autoayuda la pueden encontrar en los grandes autores literarios. Cuesta algo más de esfuerzo, pero sin esfuerzo no hay ni felicidad, ni evolución personal, ni ningún Nirvana que nos salve. Por eso los que buscan en esos falsos cantos de sirena van saltando de unos gurús a otros sin que ninguna de sus heridas cicatrice. Casi todos esos libros prometen la curación, el equilibrio emocional, la apertura de los chacras o las sanaciones de las almas, y no saben que si no atraviesas esos caminos tortuosos no terminarás llegando a ningún sitio que valga la pena. A mí me ayudó, cuando era un adolescente desorientado, algún verso de César Vallejo o de Juan Ramón Jiménez, aquellas teorías sobre la brevedad de la vida de Séneca, o lo que nos contaba Goethe sobre el joven Werther. De amor lo aprendí casi todo con Stendhal, las pasiones humanas las contó Flaubert, García Márquez puso la magia entre dos párrafos, Galdós contaba historias que hacían que los días se fueran haciendo más largos, Kafka me enseñó a encerrarme en un cuarto cuando no entendiera nada y Antonio Machado fue dejando muchas estelas en aquellos mares que uno no sabía hacia dónde nos terminarían llevando. Me fueron ayudando cientos de escritores que se asomaron a su alma para luego contarnos un poco más allá de las palabras. Ahora los sacan de las librerías para colocar a cuatro juntaletras con una sucesión de tópicos que solo sirven para recordarnos lo que ya sabemos todos los supervivientes que en el mundo estamos. Los otros libros te ofrecen historias, metáforas o reflexiones que atraviesan zonas del cerebro a las que solo se puede llegar con el sortilegio de las palabras. Y esas ayudas son al final las únicas que nos quedan cuando parece que se cierran todas las puertas. Todo lo demás es falso.

La conquistó gracias a aquel lumbago que le duró casi un mes. Durante ese tiempo tuvo que ponerse una crema que olía a menta. Ella se sintió inmediatamente atraída cuando se lo tropezó en la salida del metro. Él nunca había amado a una mujer tan bella. Miento: sí las había amado toda la vida, pero ellas se mostraban siempre distantes y jamás le hicieron caso. Al paso del mes, cuando se curó por completo el lumbago (las últimas semanas ya solo tenía pequeños ramalazos), ella se alejó de repente. No se atrevió a decirle que lo que le atraía era el aroma que dejaba la menta de aquella crema en su espalda. Si él lo hubiera sabido aún se estaría untando antes de salir de casa; pero ella no quiso herir su amor propio y regresó a su país sin dejarle ningún teléfono ni ninguna dirección donde poder localizarla.

Todas las mañanas desde hacía dos semanas se había encontrado flores en la bañera. Era imposible que nadie entrara a su casa con aquella puerta blindada y las ventanas que daban al vacío de un décimo piso. Desde el segundo día que encontró las flores también dejó el baño cerrado con una llave que colocaba debajo de su almohada. La última noche ni siquiera durmió y estuvo atenta a cualquier movimiento en su casa. Llegó al baño y volvió a encontrar un ramo de flores recién cortadas en la bañera. Le hubiera gustado decirle algo, pero él sabía que un fantasma jamás puede expresarse con palabras.

La muerte sin estridencias, los diarios de invierno, la sensualidad, la nostalgia contenida que acaricia el recuerdo y que casi parece uno de esos fuegos que calientan el espacio sin grandes llamaradas, con el calor necesario, con una temperatura que se ajusta a la armonía de nuestra propia esencia, a ese sabio presente que respiramos sabiendo que la vida es eterna a cada instante. Todo eso es lo que encontrarán en el último poemario de Carlos Lázaro Roldán. Se titula País de Lux.
Lo escribe el poeta: "Miradas perdidas, /encontradas, /incomprendidas./ Fugazmente disfrutadas." Uno escribe y luego el lector es quien decide encontrar algo más allá de nuestras palabras. Realmente leemos siempre en el eco de nuestra propia conciencia, en la revoltura de nuestros recuerdos y en ese remanso que a veces dejan los días en que nos creemos eternos después de unas caricias.
Vuelvo al poeta: "No hay sol para la bella mujer,/ aunque se broncee al mediodía/ en la soledad de su sombra." La poesía también es una imagen detenida en mitad del tiempo, como esta mujer por la que transita la soledad sin que los demás perciban que ya sus pasos carecen de sombras cómplices. Esa mujer bella sabe que hay que disimular ante la adversidad si queremos engañar a la desdicha; pero no hay sol, como escribe el poeta, que logre calentar ese hueco de soledad que siente cuando estira la mano y solo halla el frío de la madrugada. A veces solo bastan unos versos para recordar dónde estamos, quiénes somos y quiénes son esos que siguen empeñados en engañarnos con sus mendaces gestos en los carteles y en las pantallas. Es el poeta quien les quita esa máscara. Y sigue contando, escribiendo palabras como quien traza pistas con los dedos en una arena que sabe que también será anegada por la próxima marea; pero el poeta escribe como si tuviera la intuición de que el agua se queda con las letras y no las borra, de que reconoce los versos y los hace sonar en otra orilla del tiempo, en otra playa lejana en la que quedan poemas varados para cuando no quede ninguno de nosotros y sea necesario entendernos más allá de los fósiles que dejemos enterrados. "La vida /descansa en una silla/ que atrapa el rayo de sol", quizá aquel mismo sol que buscaba la mujer bella en la soledad de la sombra, hasta que le salve el milagro o el amor, hasta que todos entendamos el sentido de este galimatías que termina siendo a veces la vida diaria. "Descarga la rabia/ de su herida en un lamento:/ "víbora eres/ y vivirás arrastrada,/ hasta que ames o seas amada". Hasta que amemos y seamos amados. Hasta que ames y te amen. Los poemas están para que sepamos siempre hacia qué caminos deben conducir nuestros pasos si no queremos convertirnos en víboras o en hormigas que trabajen, de sol a sol, sin el horizonte de ningún sueño y sin ese amor que justifique la existencia.

Cuarenta años después encontró aquella varita plateada. De niña decía que era mágica. Había resistido al destrozo de los años. Al limpiarla, toda la purpurina se mezcló con el polvo y dejó un halo luminoso en el cuarto. Ella la acercó al espejo y la puso junto al reflejo de su cara. Sintió el golpe contra el cristal, como si alguien la llamara desde lejos, o como si un pájaro perdido en el tiempo picoteara la hondura de su piel arrugada.


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