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Novedades en la categoría Literatura

No la conocía de nada; pero Facebook decía que tenían una relación. Se encontró su muro lleno de felicitaciones por ese amor desconocido y no fue capaz de desmentir la noticia. Se había acostado temprano, como casi siempre. Al despertar, nunca se había llevado ninguna sorpresa. Su existencia era muy previsible y si abrió la cuenta en Facebook fue solo porque se lo exigieron en el trabajo para estar más cerca de los clientes. Luego llegaron amigos de otros tiempos, familiares y muchos desconocidos, y es verdad que, poco a poco, se fue enganchando a esa otra vida virtual que ahuyentaba soledades. No conocía de nada a la mujer con la que se había unido mientras dormía. Era una puesta de sol y una fotografía de una playa paradisiaca. Ella tampoco desmintió la noticia del Facebook. Virtualmente, por tanto, ya era un hombre enamorado de una puesta de sol con la que quizás algún día acabaría casándose.

Iba a estudiar Derecho. Era la más guapa de su clase. Habían salido a celebrar el fin de curso después de que a ella la coronaran como reina del instituto. Cuando llegó a la discoteca su novio y otros amigos acudieron a mantearla. Formaba parte de la tradición que los estudiantes mantearan a la reina en la discoteca. Ella veía el techo cada vez más cerca. Gritaba, pero nadie la escuchaba entre las risas y el ruido ensordecedor de la música. Cayó al centro de la pista ensangrentada e inconsciente. Todos la dieron por muerta. Estuvo casi un mes en coma. Al despertar no conocía a nadie ni podía mover un solo músculo. Lleva diez años en esta cama. Alguna vez le ponía la tele, pero dejé de encenderla cuando apareció cantando el que fue su novio hasta aquella fiesta. Vino las primeras semanas, pero después ni siquiera ha llamado para ver cómo está. Ella le vio cantando en la tele junto a un coro de rubias despampanantes. Es uno de los más conocidos cantantes de moda. Sé que sabe lo que pasa a su alrededor porque aquel día le sequé una lágrima en su mejilla izquierda.


Las llamadas perdidas no llegan a ninguna parte. Suenan en el vacío de alguna habitación lejana o se convierten en un eco interminable que alguien escucha desde otra casa. Los buzones de voz solo recogen monólogos o avisos entrecortados que casi siempre escuchamos demasiado tarde. También hay números en los que sabemos que ya no responderá nunca nadie y a los que llamamos alguna vez confiando en que la tecnología nos regale algún milagro.

Miraba los resultados de los sorteos cuando ya habían caducado los boletos. Se los daba siempre a su esposa para que los sellara. Solo buscaba confirmar la evidencia de su mala suerte en el juego. Ni siquiera le había tocado un reintegro. Había sido un hombre afortunado en el amor. Por eso, cuando confirmó que aquella combinación estaba premiada en cada uno de sus números, supo que ella había dejado de quererle. Se lo dijo unas semanas más tarde, pero él no soltó ni una sola lágrima. Ella le confesó que se había enamorado del chico joven de la administración de Lotería en la que depositaba cada día su apuesta.

Se despertó de madrugada con unas ganas terribles de orinar. Conocía la penumbra de su casa casi tan bien como las calles que recorría cada día para ir al instituto. No tuvo que encender la luz para llegar hasta el cuarto de baño. Mientras orinaba repasaba mentalmente la última lección de Biología que había estudiado antes de acostarse. Volvió a la cama pero la encontró ocupada por un hombre que dormía y que hablaba en sueños. Le preguntó quién era y el hombre repitió varias veces su nombre. Tenía cuarenta y dos años, acababa de divorciarse y había vuelto a la casa de sus padres. El joven solo quería saber si aprobaría el examen del día siguiente. Aquel hombre le dijo que sacaría el curso en junio, que acabaría la carrera en cinco años, que se casaría, que tendría dos hijos y que a los cuarenta y dos años acabaría volviendo a la misma cama que había abandonado hacía solo unos minutos para ir al baño.

Anoche soñé que tenía diecinueve años y que se me había quedado el teléfono móvil en el apartamento de la playa. Estaba en el pueblo de Agaete y salía corriendo hacia Las Nieves para buscarlo. El teléfono, además, era un iPhone. Me encontré a uno de los amigos de entonces y le dije desesperado que no sabía si lo había perdido o si se me había quedado en el apartamento. Se ofreció a bajarme en su coche, pero en seguida me di cuenta de que él no sabía ni lo que era un teléfono móvil. Se ofreció a ayudarme porque me vio tremendamente preocupado. Tenía miedo de que alguien accediera a todos mis datos. Estoy hablando de 1987. En aquellos años solo había un par de cabinas telefónicas en el Puerto de Las Nieves y todavía no se había construido ese muelle aberrante que borró del mapa el paisaje que yo siempre pondría como ejemplo si tuviera que describir alguna vez la belleza. Me desperté antes de llegar al apartamento. Supongo que si vuelvo ahora mismo estará todo lleno de teléfonos móviles. Mi amigo se mató en 1989 en ese mismo coche en el que bajábamos a Las Nieves a buscar el iPhone.

Cada día me gusta más la gente que es capaz de convertir cualquier gesto cotidiano en una obra de arte. Todos caminamos por la calle, pero solo unos pocos logran que nos detengamos a observar sus pasos. Y no estoy refiriéndome al contoneo de unas piernas largas o a la expectación que suele generar una cara bonita. Hablo de esas personas que parece que irradian belleza por donde quiera que pisan. Da lo mismo la edad que tengan. Incluso cuanto más longevas más logran que nos asombremos por sus movimientos, su estilo y esa capacidad que poseen para brillar en medio de la gente. Una cara bonita es solo eso, lo mismo que unas piernas atractivas o que unas curvas voluptuosas. Al paso de unos minutos, y no digamos de unos años, no hay nada que resalte si no se tiene estilo y si no se posee esa clase que no dan ni el dinero ni los cirujanos plásticos.
He visto a personas con harapos brillar en medio de la Quinta Avenida o de los Campos Elíseos. No me pidan que les cuente por qué brillan. Solo basta que te tropieces con cualquiera de ellos para que lo entiendas. Tienen un fulgor especial en la mirada porque los ojos guardan todo lo que merece la pena. Incluso los malos tiempos, si se ha sabido lidiar con ellos, contribuyen a que esa pátina se vuelva un reflejo todavía más intenso. Todo superviviente es siempre un héroe y no hay majestuosidad más grandiosa que la de aquellos que caminan serenos porque saben que han vivido y que han tenido la suerte de disfrutar cada uno de sus momentos. Lo de menos es perder o ganar. Los verbos suelen ser tramposos y no conjugan algunos tiempos ni algunas contingencias que no tienen nada que ver con los pronombres personales. El otro día vi cómo una señora mayor cenaba en uno de esos restaurantes en los que pagas un par de euros y puedes comer hasta el hartazgo. Casi nunca encontrarás manjares ni platos sofisticados, y la pensión de esa señora seguro que no le daba para más lujos. Estaba sentada en una terraza y saboreaba cada uno de aquellos rebozados grasientos o las verduras medio podridas que camuflaban con salsas de colores extraños. Iba vestida elegantemente con unas ropas descoloridas de tanto lavarlas y jamás se borraba la sonrisa de su cara. Yo la observaba de lejos, aunque a esas personas les da igual que las estén mirando porque siempre conservan ese porte elegante que dan los viajes, la educación, la cultura y las experiencias vitales. Ella comía como si estuviera en el restaurante más afamado de Montecarlo. La veo pasear siempre por la Avenida de Las Canteras. Lo poco que tiene lo reparte con cuatro gatos que viven cerca de su casa. Si te tropiezas con ella te saluda educadamente antes de seguir mirando hacia el mar o hacia el cielo como si acabara de descubrirlos hace solo un momento. Es imposible que no la sigas con la mirada cuando pasa a tu lado.

Se reconoció en un documental rodado en Budapest en 1930. Debía tener la misma edad que tiene ahora. No sabía el color que tenía la ropa; pero parecía que vestía un traje negro y una camisa blanca. Llevaba corbata y un sombrero que en ese momento tenía agarrado con la mano. Siempre ha querido viajar a Budapest. Todas las noches sueña con los puentes que atraviesan el Danubio. También se le aparecen nombres que reconoce en la penumbra de esos sueños: la avenida Andrássy, la estación de Nyugati, el parque de Várolsiget o la calle Király. En la imagen aparece junto a una hermosa mujer que lleva soñando todas las noches desde hace años. No sabe su nombre, pero sí recuerda que la amaba con locura y que planeaba fugarse con ella a Viena para empezar una nueva vida. Se parece mucho a una turista que acaba de mirarle fijamente mientras paseaba por la avenida de Las Canteras. Cuando se dio la vuelta, ella todavía le estaba mirando como si lo reconociera de otra vida muy lejana. No recuerda el título del documental. Lo encontró azarosamente mientras pasaba los canales de la tele. En aquella imagen reconoció el abismo que a veces intuye en sus propios ojos cuando se mira fijamente al espejo.



Jugó tres partidas de parchís sin que le saliera un solo cinco. Hasta su hijo, que celebraba cada victoria como si acabara de conquistar un nuevo mundo, empezó a sentir lástima de su mala suerte. Se acostó y apenas pudo pegar ojo. Lo del parchís no había sido más que una anécdota. Hacía varios días que no dormía, y las veces que conseguía cerrar los ojos tenía tantas pesadillas que casi prefería seguir insomne. Por la mañana abrió la cafetería y colocó a lo largo de la barra decenas de tazas, platos y cucharillas. No entró nadie. Los clientes habituales seguían de largo o cruzaban para adentrarse en la cafetería italiana que había abierto hacía dos días en su misma calle. Ni siquiera aparecieron los dos o tres mendigos pidiendo los bocadillos sobrantes a última hora de la tarde. Hasta el día anterior ganaba todas las partidas al parchís y su cafetería estaba a todas horas de bote en bote. Ahora caminaba por la acera preguntándose en qué momento aparece la mala suerte y qué es lo que puede hacer uno para espantarla.

La abrazó pensando que era ella. La besó, la desnudó en la oscuridad y luego se quedó dormido a su lado. Cuando despertó escuchó otra voz distinta. Alguien le decía que se levantara, que ya era tarde y que tenía que ir al trabajo. No volvió a amarla nunca más. Tampoco le ha contado a nadie que la tuvo una noche entre sus brazos. Cuando la ve aparecer en alguna película cambia de canal sobre la marcha. Su mujer le dice siempre que era una mujer muy guapa. Él sabe que no está muerta y que todo lo que contaron de su suicidio no fue más que un montaje mediático. Era rubia, con el cabello suelto, como en aquel verso de Martí que siempre repite cuando la recuerda.