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Novedades en la categoría Literatura

Siempre fue una mujer guapa, Él era más bajo que ella desde que estaban juntos en la escuela. Hoy se han encontrado en la sala de espera de un aeropuerto. Él la miraba con el mismo disimulo con que lo hacía a los quince años y ella hacía como que no estaba viéndolo. No se saludaron. Y eso que viajaban juntos en primera, uno detrás del otro, los dos solos, como cuando se sentaban en la escuela, él cuatro pupitres detrás de ella y sin atreverse a decirle nunca que era la mujer más bella que había sobre la tierra. Ahora le gustaría decirle que aún sigue siendo bella, la mujer más bella de aquel vuelo.

Sacó la caja del trastero. La abrió y apareció el muñeco que era idéntico a él cuando tenía ocho años. Acababa de cumplir ocho décadas sobre la tierra. Se abrazó al muñeco y crujieron al mismo tiempo las maderas y sus huesos. Se acostó y lo encontraron muerto al día siguiente. El muñeco, que cien años antes ya había sido personaje de novela, y que en el siglo II había sido esclavo en Damasco, se convirtió en un niño de ocho años que a la hora en que enterraban su cuerpo salía del colegio con esa alegría irrepetible de quienes saben que se liberan de las obligaciones y del tedio.

Lo vi aparecer al final de aquella explanada. Se acercó y me miró fijamente. Yo me quedé quieto. No lo conocía de nada. Ha sido hoy, al ver esta foto en el periódico, cuando lo he reconocido. Inventó un mecanismo para mejorar la seguridad de las grúas que mueven mercancías. Según el obituario falleció el mismo día que llegó y me miró como si quisiera despedirse para siempre. No dijo nada. Hoy he sabido su nombre y también que dentro de dos semanas hubiera sido su cumpleaños.

Cada vez que empezaba a hablar en público se aparecía el otro y le robaba las palabras y los argumentos. No sabía de dónde venía el otro, pero que sí que se le metía dentro y que decía lo que le daba la gana. Él casi nunca estaba de acuerdo con lo que repetía con aquella voz engolada, pero tenía un trabajo de cara al público y tres hijos adolescentes que dependían de su sueldo. Por eso prefería callarse antes de que lo tomaran por loco. Todos contaban que era un tipo prudente. Solo abría la boca en esas convocatorias cada vez más multitudinarias. El resto del tiempo callaba por temor a contradecir al otro.

Martina Villar escribe las palabras de las mujeres que no contaron con letras para defenderse. En su novela titulada Entre monstruos y dinosaurios cuenta las biografías de mujeres olvidadas, maltratadas y vejadas en una sociedad que miraba para otra parte cuando sabía que de puertas adentro se vivían infiernos que casi nadie se atrevía a denunciar. Habla de mujeres isleñas, de décadas pasadas, de aquellos colegios que solo soñaban quienes de repente se veían siendo madres y achicando heridas y sufrimientos.
Hay muchas frases en la novela que retratan aquel vacío de quienes no podían encontrar consuelo ni en su propio eco desesperado, ni tampoco en los espejos que devolvían la imagen del horror que ellas trataban de cubrir con los ropajes. "No tuvo infancia porque no jugó". Ni siquiera echó de menos los juegos que se acaban, los años que pasaron y la alejaron de la bicicleta o de la plaza. No jugaban. No eran niñas. Trabajaban desde que daban sus primeros pasos y ya no dejaban de hacerlo hasta que casi no podían mantenerse en pie. "Cada noche huía de los sueños que se convierten en pesadillas". En el libro de Martina las mujeres no podían escapar a ninguna parte. Tenían que atender a sus hijos y ganar lo que ellos no les daban, o fingir con una media sonrisa que todo estaba bien, que habría un mañana; pero luego, cada una de sus noches, parecía un final inalcanzable que además se confundía con los miedos de las madrugadas. "Lola desconocía el abecedario". Todo empezaba arrebatando la cultura y las palabras. Somos esclavos si no nos dan la educación necesaria para poder cambiar nuestro destino ante cualquier circunstancia. Hay muchos guiños literarios en la novela de Martina Villar, muchas citas y referencias a esos libros que tanto nos cambian la vida sin darnos cuenta. Nombra, entre otras novelas, El dependiente. Está escrita por Malamud, un escritor que hay que leer y releer siempre que necesitemos entendernos, uno de los grandes que no tuvo la gloria de muchos de sus contemporáneos, el maestro al que visita Zuckerman, el alter ego de Philip Roth, cuando cuenta cómo son sus principios literarios. Martina ha leído mucho a Malamud y eso ayuda siempre a saber contar lo que se quiere decir sutilmente y al mismo tiempo de forma contundente. No le preguntaré cuánto hay de cierto en estas historias que además se acompañan de viejas fotografías que ilustran ese tiempo en blanco y negro que aún se repite en muchas casas y que seguimos encontrando tantas mañanas en las páginas de Sucesos. La escritora le da voz a quienes no tuvieron ni esperanzas ni abecedarios. Las cuenta para salvarlas, o para que los que vengan más tarde no olviden que la barbarie está siempre acechando donde se aniquilan los valores y donde las escuelas dejan de ser espacios casi sagrados.

El balón tocó la red y desapareció para siempre. Eran los tiempos en que los partidos no eran televisados. Aquel hombre me contó que el balón entró en la portería y que cuando el portero fue a buscarlo no encontró nada. El árbitro, que estaba ya en el centro del campo, volvió y anuló el gol, y luego puso en el acta que había sido un gol fantasma porque el balón había desaparecido. Ese hombre, que tenía una prometedora carrera, se retiró para siempre. Muchos años después pidió entrar a aquel mismo estadio y encontró el balón al fondo de la portería. Se lo llevó a su casa y de vez en cuando sale a la calle botándolo como si fuera un niño. Nos dice a todos que ese es el gol que marcó su vida.

De repente la vi en el cuadro y desapareció de mi lado. Habíamos viajado juntos a París. La conocía hacía dos años. Cuando regresé nadie se creyó la historia y tampoco la recordaban. Decían que yo nunca había estado con esa mujer del cuadro que está en el Louvre, que nunca había amado a La Gioconda.

Plantaba un árbol y crecían figuras de Lego porque cuando era niño, mucho antes de que le diera por repoblar el solar que está delante de su casa, ya había enterrado aquellas piezas que estaban mucho más abajo que las raíces esperando a que alguien las regara para mirar al cielo.

Fue a buscar el pan. Se lo dieron en una bolsa de plástico transparente. Tenía mucha hambre y mucha prisa. Trató de desatar el nudo de la bolsa y cuanto más lo intentaba más difícil le parecía. No sabe qué fue lo que sucedió, pero de repente se encontró sus dos manos metidas dentro de la bolsa y con el nudo aún sin desatar. No podía sacarlas. Tocaba el pan pero no podía comérselo. Tampoco podía llamar a nadie por teléfono ni abrir la puerta de la calle. Lo encontraron cinco días más tarde, con el pan lleno de moho y sus dedos blancos y helados como el mármol.

Soñó con el mar. Se bañó en la playa durante todo el sueño. Cuando se levantó no se dio cuenta de las algas que iban cayendo de su cuerpo mientras caminaba hacia el cuarto de baño. En lo que se duchó, su perro se comió aquellas algas saladas que habían caído de su espalda como dicen que le caen los cabellos a las sirenas cuando están mucho tiempo fuera del agua.