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Pegó su cara durante varias horas a la valla y dejó que el sol fuera marcando en su rostro las rayas y el dibujo de aquellos hierros que tenia delante. Ahora está frente al espejo, prisionero de su propia mirada.

La conocía solo por la fotografía que él llevaba siempre en su cartera. Murió en accidente de tráfico cuando llevaban dos años casados. No habían tenido hijos. Tres años después la conoció a ella. Llevan juntos diez años y tienen dos hijos. La primera mujer aparecía en su sueño con un regalo para su hijo mayor. Se lo daba a ella y luego la abrazaba. Era el mismo pijama con el que el niño se levantó unas horas más tarde de su cama y fue a la de sus padres para decirles que había soñado con una mujer extraña.

Una antología permite acercarse a una obra poética con la misma perspectiva con la que miramos un paisaje lejano que ya hemos transitado. Uno decide volver a donde comenzó todo o retomar aquellos pasos que nos permitieron seguir avanzando, aun cuando ese avance fuera casi siempre improvisado, con esa búsqueda que se emprende cada vez que alguien escribe una palabra como si trazara una pista para no extraviarse.
Federico J. Silva acaba de publicar una de esas antologías que hay que guardar, releer y casi memorizar para no extraviarnos por caminos equivocados. Reúne toda su poesía de amor en un volumen que ha editado la editorial madrileña Vitruvio. Ya en su día, Federico publicó con Anroart una antología memorable que tituló El crimen perfecto. Ahora se presenta con Una mujer en todo el cuerpo, un título que se vale de un verso de Borges ("El nombre de una mujer me delata./Me duele una mujer en todo el cuerpo"). En este nuevo libro recoge la poesía amorosa de sus muchos y recomendables libros anteriores. Y lo hace "por ultimar en las brasas/ por ultimar en tus brazas", las de ella, las de esa mujer que le ha acompañado tanto tiempo recorriendo su cuerpo y, sobre todo, los senderos más ocultos de su alma.

"He quemado mis naves en tus playas". Lo escribe Federico J. Silva para dejar claro que cuando alguien ama se convierte en un náufrago de su propio sentimiento, y que mientras se vive pendiente de esa otra presencia uno quema naves y recuerdos, y hasta cicatriza aquellas heridas que parecían incurables. "Tú me declinas/yo te conjugo", porque en el amor nunca se juega solo, ni siquiera cuando no nos corresponde, o cuando se pierde como aquel agua que uno no alcanzó a detener en los riegos de la infancia. En este libro encontrarán buena parte de la obra de un poeta al que admiro hace muchos años, un escritor que se adentra en el juego de las palabras y que va dejando pequeñas pistas que uno tiene que ir descifrando a medida que relee sus poemas. Está la metaliteratura, y todo ese recuerdo de canciones o citas más o menos conocidas que el poeta hace suyas o cambia de arriba abajo con el dominio del lenguaje y sus combinaciones interminables. En el amor "tocaremos la eternidad/ y seremos uno para el otro el universo". También en las palabras, que tanto se parecen a esa mujer en todo el cuerpo que uno sueña con llevar a todas partes.


Una mujer en todo el cuerpo. Federico J. Silva Ediciones Vitruvio. 2015

Alguien le dijo que las cucarachas eran sumisas y sentimentales. Les leía en voz alta las promesas electorales antes de salir al estrado a mentir a los otros sentimentales que se creen las trolas de esos sátrapas que solo sueñan con tener insectos sumisos bajo su zapato.

Guardaba luto por sus pelos. Se apenaba por cada uno de ellos cuando se los cortaban en la peluquería. No dormía ni la noche antes ni la noche después de haberlos perdido. Se los llevaba siempre en una pequeña bolsa y luego los incineraba en casa. Las cenizas las echaba al mar en el sitio exacto en el que quería que tiraran sus otros restos algún día. Decía siempre que esa ceniza capilar era un engodo para el olvido.

Se encontró un cafetal en su mesa de trabajo. Había dejado una taza de café a medio terminar el último viernes, y durante el fin de semana su mesa se había llenado de árboles por todas partes. Encaramado a uno de ellos había un cantante de boleros del tamaño de su dedo pulgar.Tocaba una guitarra que parecía un timple y le gritaba para que cogiera unas maracas que había entre las hojas secas. Él no había tocado nunca unas maracas. Era contable, pero de repente se vio en medio de su oficina cantando las canciones que no sabía que habían bailado sus padres cuando fueron novios y él aún no estaba en ninguna parte.

A veces la vida no es más que una composición de una figura que uno va rellenando como rellenan los niños esos moldes con animales o personajes de dibujos animados. Uno encuentra los límites y los perfiles detallados y los llena de amores, de tristezas, de euforias, de planes o de silencios. Todo vale en ese espacio en el que nos regalan unos años para que disfrutemos de la existencia. Y a veces hasta nos dejan, si rebuscamos un poco más allá de esa figura que tenemos delante, ampliar los límites que creíamos que ya estaban trazados. También se nos invita a diario a que cada vez que nos asomemos al horizonte veamos un final de paisaje que nos sorprenda y que nos invite a seguir rebuscando donde creíamos que ya no había nada.
Uno de los caminos que conducen a esos paisajes que recorremos más allá de la mirada se traza con las palabras. Y para ello es necesario que alguien escriba con esa profundidad que tienen las letras cuando se combinan como si fueran puentes que comunican dos orillas que parecían separadas por un abismo. El escritor Eduardo González Ascanio es como un demiurgo que escribe como si inventara un mundo nuevo por donde quiera que pasa, porque los mundos se inventan con las miradas, y no hay dos paisajes que sean iguales, ni que se escriban con las mismas palabras. Eduardo vive en Gran Canaria y va publicando libros que sus seguidores releemos cada cierto tiempo para no perder la pista de esos otros viajes que nos salvan. El último libro que he leído de González Ascanio es Historias de amor y crueldad, un compendio de relatos en los que la ironía, la ternura, la poesía y la imaginación se mueven como esos funambulistas que atraviesan espacios casi imposibles. Uno mira a esos émulos de Houdini como mismo se asombra cuando las palabras logran llevarnos a su terreno y nos alejan durante un rato del tedio. Eduardo es un melómano que ha escrito mucho de música y de sus intérpretes más idolatrados, y un gran cinéfilo, y compartimos ese amor incondicional hacia los perros y hacia todo lo que aprendemos con ellos cada vez que nos miran fijamente como si trataran de escudriñar el fondo de nuestra alma. Su literatura se nutre de lo cotidiano y se mueve en ese difícil arabesco en el que coinciden la sencillez del verbo y una voz propia que suene distinta a todas las otras voces que conocemos. Eduardo transita por los relatos y por las historias breves dejando en unos cuantos renglones las mismas sensaciones abisales que puede dejar una novela. Y es que a veces con un par de palabras se logra llegar más lejos que con cientos de párrafos. González Ascanio lleva años combinando pacientemente esos signos que se vuelven mágicos si alguien los remueve con la alquimia que precisan siempre los milagros. Escribe como si el tiempo solo fuera un invento del pasado.

Se quedó encerrado en su abrigo. La cremallera lo aprisionó a la altura del pecho, atrapó sus manos, que se enredaron de tal forma en el forro interior, que quedaron totalmente paralizadas. Estaba solo en mitad del parque, en Londres, en una fría mañana de enero. El juez no sabía qué escribir en su informe cuando estaba redactando el atestado. No había signos de violencia. Parecía como si aquel hombre se hubiera querido morir en su propio abrazo.

La niña le curó la herida con una tirita. Ella había escuchado que estaba mal y le preguntó que dónde le dolía. Él le respondió, por decirle algo, que en el dedo,y ella entonces sacó una tirita amarilla con el dibujo de un miniums y se lo puso justo donde él le había dicho que le estaba doliendo. Ahora se mira el dedo todo el tiempo y se olvida de aquella tristeza imbécil (como casi todas las tristezas) que le había tenido aliquebrado y quejumbroso todo el día.

Encontró un peine en su mesa de trabajo. Él no se peinaba desde que había salido del colegio. Se duchaba cada mañana y dejaba que sus rizos se asentaran con toda naturalidad. Si acaso se ponía un poco de gomina si tenía algún compromiso protocolario. Nunca había observado un peine con tanto detenimiento. Tampoco el peine había mirado de frente a un humano tanto tiempo. Ninguno de los dos se movía. Las cerdas del peine parecía que se le iban a tirar a la cara en cualquier momento. Lo vinieron a buscar para llevárselo porque decía que le tenía miedo a los felinos con muchas garras. Su compañero no le contó a nadie que se había tratado de una broma. Nunca pensó que aquel hombre que parecía tan equilibrado se viniera abajo con un objeto tan sencillo y tan cotidiano como esos peines que se colocan junto a muchos lavabos. Era atigrado, amarillo y negro, y es verdad que parecía un felino si lo mirabas mucho rato sin cerrar los ojos ni un momento.

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