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Tomaba notas sin darse cuenta de que había dejado de entender su propia letra. Toda la vida había sido un grafómano impenitente. Le dábamos un bloc y un bolígrafo y se sentaba en el jardín escribiendo lo que veía y lo que recordaba cuando escuchaba el viento entre las hojas de los árboles. Nosotros le leíamos luego lo que había escrito, pero no reconocía ni los nombres ni los lugares que describía con todo lujo de detalles. Nos estaba contando una vida que él ya no recordaba. Estaba todo el día en silencio con los otros viejos que también miraban hacia las copas de los árboles como si fueran niños desorientados en medio de sus propias vivencias.

La foto había amarilleado. Acudía una y otra vez al cirujano plástico para que corrigiera cada una de las arrugas que no estaban en la imagen. Quería seguir siendo la misma de entonces, pero le traicionaba el papel y la tinta añeja que ahora la hacía parecer mucho más pálida y hasta un poco difusa si la mirabas de cerca. También se iba borrando poco a poco el fondo de la imagen y el carmín de unos labios que dibujaban una mueca procaz y adolescente. El cirujano la anestesiaba y con la foto delante iba marcando con tinta azul los trazos del tiempo que ella se negaba a reconocer en los espejos.

La madre casi la empujaba por las calles del pueblo. Ella iba con unos tacones que apenas la dejaban caminar. No quería ir adonde la llevaban. Tendría unos dieciocho años recién cumplidos, e incluso puede que ni siquiera hubiera alcanzado la mayoría de edad. No sé cuáles serían las normas del certamen de belleza de aquel pueblo en el que pasábamos las vacaciones escondidos del mundo. La mujer que me acompañaba me dijo que le daba mucha pena la cara de la muchacha tratando de evitar que su madre viera cumplido sus propios sueños. No quería ser reina en ninguna parte. Solo quería estudiar para maestra y vivir en una gran ciudad donde nadie supiera nada de ella. Todo el mundo decía que era muy guapa. Su madre también fue guapa antes de que empezara a parir y a trabajar de sol a sol desde los diecisiete años. Siempre soñó con ser la reina de las fiestas. El alcalde iba a recibir a las candidatas en las Casas Consistoriales. La muchacha miraba a todas partes esperando algún milagro que la salvara. Su madre y sus tías estaban seguras de que sería la Miss del pueblo y de que luego aspiraría a ser reina en otros certámenes de belleza. Llevaba un traje negro con un collar de perlas falsas.

Tenían que haberse visto. Llevaban toda la vida repitiendo los mismos movimientos cuando dormían, la mano en la cara, las piernas enredadas o el cuello buscando algunos ángulos casi imposibles. Todo lo hacían exactamente igual en horas diferentes. Cuando uno se levantaba, el otro ya estaba en las antípodas repitiendo cada escorzo y cada gesto. Desde tan lejos no me atrevo a decir si también compartían los mismos sueños.

Se dejaba la sal en el cuerpo cuando se acostaba.
Contaba que quería navegar océanos en los sueños
y que dormía mar adentro, abisal y profunda,
como dicen que duermen siempre las sirenas.

No sobrevivió ninguno de ellos. Ni siquiera aparecían entre las cifras estimadas de muertos. Viajaban en las bodegas del "Titanic español" que se hundió frente a las costas de Brasil en la madrugada del 5 de marzo de 1916. Habían subido a bordo en el Puerto de La Luz, en Las Palmas de Gran Canaria. Venían de Guía y de Gáldar. Llevaban meses juntándose para organizar todos los detalles del viaje. Uno de ellos tenía un conocido entre la tripulación del Príncipe de Asturias que, a cambio de unas pocas pesetas, les ayudaría a colarse en la bodega del barco. Querían llegar a Buenos Aires. Ya habían fondeado unas horas en Río de Janeiro. Durante todo el tiempo que estuvieron en la ciudad carioca no dejaron de escuchar los ecos festivos y bullangueros del carnaval. Les hubiera gustado asomarse como mismo lo hacían los pasajeros que iban en los camarotes. El barco chocó contra un arrecife en Punta Pirabura poco tiempo después de salir de Río de Janeiro. No sobrevivió ninguno de los pasajeros registrados que subieron en Las Palmas de Gran Canaria. De los que iban en las bodegas ni siquiera hubo noticias. Todos tenían menos de veinticinco años. Nunca le contaron a nadie que se iban a embarcar rumbo a Argentina. Se llamaban Anselmo Sosa, Baltasar Miranda, Rogelio Moreno, Miguel Díaz y Bernardo Quintana. Los pecios no son solo hierros que recubren los corales.

Abría la boca para que todos creyeran que estaba cantando. Llevaba más de un año sin emitir un solo sonido en los conciertos. Únicamente cantaba en los ensayos. Le costó más de veinte años llegar al coro de la Orquesta de París. Realmente lo único que quería era vivir junto al Sena y solo sabía cantar. Se quedaba mudo delante de tanta gente; pero había aprendido a fingir y nadie se percataba de sus silencios. No sentía ningún rubor cuando le aplaudían. Podía pagar un pequeño apartamento junto a la Rue de Rivoli y sentarse cada tarde a ver pasar a la gente desde cualquiera de las terrazas de Montparnasse. Se conformaba con eso. A veces amaba a alguien, pero jamás compartía su espacio ni el escenario de sus sueños. Desde niño se había sentido parisino aunque había nacido en el otro lado del planeta. Maldecía la rebeldía de su voz cuando regresaba a casa caminando por la ribera del Sena. Lo más terrible era que todos sus compañeros lo felicitaban efusivamente después de cada uno de los conciertos. También su director, que había nacido cerca de su misma calle en Buenos Aires, le decía todo el rato que tenía que convertirse en solista para aspirar a otros logros profesionales. No entendía nada y seguía fingiendo que cantaba cada vez que comenzaba a sonar la música en la sala de conciertos.

Alquiló una casa emblemática al final de su misma calle. Salió de madrugada de su domicilio y recorrió los veinte metros que le separaban del lugar que había escogido para escapar en vacaciones. Cerró la puerta y no pensaba volver a abrirla hasta que pasaran los quince de días de descanso que había previsto para desconectar de tanto estrés y de todos sus problemas. En el trabajo se inventó un destino lejano para que no lo estuvieran molestando y a su esposa le dijo que necesitaba unos días de reflexión en medio de la naturaleza. Sabía que nadie le acabaría buscando tan cerca. Esa casa solía estar habitada por extranjeros casi todo el año. Abriría las ventanas sin que le vieran y estaría mucho tiempo en la azotea viendo pasar a la gente. La había alquilado por Internet haciéndose pasar por un turista noruego. A los seis días vio salir a su esposa abrazada de un hombre que no conocía. Su hijo pequeño le decía papá a ese hombre que se parecía mucho a él cuando era joven. De repente dejó de tener noción del tiempo y toda su vida se convirtió en un caos de fechas y de domicilios. No se atrevía a salir. Fue alargando las vacaciones durante mucho tiempo; pero ya no le quedaba dinero. Y tampoco sabía adónde ir.

Yo quería pedir mortadela, pero en el último momento salió de mi boca la palabra salami. Ella me dijo que cuántos gramos quería de mortadela. Le respondí que cien gramos y no le di ninguna importancia. Eso fue el primer día. Las mañanas siguientes me sucedía algo parecido. Yo iba pensando lo que iba a comprar y luego siempre nombraba un embutido diferente; pero ella jamás se equivocaba y me partía el que yo estaba pensando. Hacía oídos sordos a mis encargos. Con los demás clientes veía que no le pasaba lo mismo. Si le pedían jamón cocido les ponía jamón cocido, y si era pechuga de pavo no les corregía el pedido eligiendo salchichón o lomo embuchado. Una de esas mañanas, al llegar a casa, comprobé que no me había servido lo que había pensado. Tampoco estaba lo que yo había nombrado. Me puso otro distinto, pero cuando lo abrí me entraron unas ganas tremendas de comer ese embutido que ella había elegido entre todos los que aparecían en el expositor de la nevera. Con el tiempo se vino a vivir conmigo. No le tenía que decir nada. Me bastaba con mirarla para que me entendiera. Esto que lees, por ejemplo, lo ha transcrito ella misma con las palabras que creía que yo estaba pensando. Yo querría haber escrito algo sobre el poder insano de quienes leen las otras mentes y sobre los amores que se acaban. Ahora está en la cocina. Huele a potaje de berros. Toda la vida he detestado el potaje de berros. Creo que hemos dejado de querernos.

Más de veinte años después regresó con Olvidado rey Gudú. En todo ese tiempo había atravesado esos sombríos paisajes del alma que tantas veces derrotan a las palabras. Cuando volvió a asomarse a las librerías con ese nuevo libro escribió que lo dedicaba a todo lo que había perdido y a todo lo que había olvidado. Quien escribe sabe de antemano que lo que no se cuenta queda extraviado en esa tierra de nadie que acaban poblando las ausencias. La vida hubiera sido mucho menos habitable sin las ficciones y sin páginas como las que ha dejado escritas Ana María Matute. Como mujer y como escritora fue siempre unos pasos por delante. Incluso su muerte parece más física que literaria, quizá porque entendemos que sigue viva en los anaqueles y detrás de cualquiera de sus personajes.
Formó parte de una generación marcada por la Guerra Civil. Cada vez que pasa el tiempo admiro más la literatura que escribió la Generación del 50. No solo era poesía; también en prosa fueron grandes contadores de historias. Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Sánchez Ferlosio, García Hortelano o Ana María Matute supieron escribir sobre la desesperanza y sobre aquel halo gris de la posguerra que solo era posible contar poniéndose en el lugar de un personaje. Muchas veces nos olvidamos del realismo inicial de Ana María Matute y de unos relatos magníficamente escritos en unos años en los que el relato casi no se estilaba en la literatura española. Ya luego añadió a su escritura elementos fantásticos y altos vuelos de la imaginación. Para mí su fantasía no tiene nada que envidiar a la de Tolkein y se adelantó muchos años a esos libros que ahora están de moda gracias a las series televisivas. Lo que uno encuentra en Juego de Tronos ya lo habíamos leído mucho antes en sus libros. Quizá porque ella volvió a los clásicos, a H.C. Andersen, a Jacob y Wilhem Grimm o a Charles Perrault, para reinventar su fantasía a través de ellos. Una vez le escuché que toda su vida cambió cuando oyó por vez primera Érase una vez. A partir de esas tres palabras uno puede viajar a cualquier parte o mirarse en un espejo diferente cada mañana. Tras ese comienzo de los cuentos ella atisbó una salida en medio de la grisura y del astracán de aquella España triste de posguerra. Por eso decía hace un rato que iba siempre unos cuantos pasos por delante. Su literatura la reconoceríamos sobre la marcha entre cientos de libros. A mí también me gustaba mucho su elegancia y esa forma que tenía de llevar los años como si no escondiera ninguna tristeza bajo sus párpados. Creo que fue la mejor escritora que entendió a Lewis Carroll en castellano. También ella atravesó el espejo. A veces la fantasía es lo único que nos salva. Ana María Matute no ha muerto. No te extrañes si al adentrarte en cualquiera de esos espejos te encuentras con una mujer de pelo blanco y serena mirada.