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Se había reencarnado quince veces para buscarla. Siempre creía que la había encontrado, pero más tarde o más temprano se daba cuenta de que aquel nuevo amor también era imposible. Tuvo una media de dos amores por vida, un total de treinta romances que nunca logró que fueran eternos. Él no sabía que se había reencarnado tantas veces. Siempre amaba como si fuera la primera vez, pero aún no había encontrado aquel amor que buscaba desde la noche de los tiempos. Ni siquiera sabía de qué color eran los ojos que estaba buscando. Intuía que la eternidad tenía mucho que ver con las caricias. Y sí es verdad que a veces fue eterno mientras amaba.

Cuando uno se reencuentra con un cuaderno de notas o con un diario del pasado se da cuenta de que lo que vive y lo que finalmente recuerda no se ajusta casi nunca a lo que creíamos que era importante. Las vivencias inmediatas se borran si no las apuntamos en alguna parte. Tal vez algún día, valiéndonos de unos acordes o de un perfume, logramos retomar algunas de esas escenas cotidianas que suelen habitar en el olvido para siempre. En ese bloc de notas te aparecen nombres olvidados, recuerdos que no creías tan importantes y esas menudencias cotidianas, fruslerías que también entierra el tiempo, que te quitaban el sueño o que te encaramaban cuando formaban parte de tu vida diaria. Sepultamos las desgracias y los sinsabores para seguir sobreviviendo, y nos empeñamos en no querer guardar como se merecen esos pequeños momentos que nos salvan.
Cuando miramos atrás sin el apoyo de esas notas, casi siempre encontramos brumas o argumentos que solo se ajustan a la necesidad de la historia que hemos inventado para hacer más llevadero nuestro presente. No recordamos aquel olor del mar que nos sorprendió una mañana, ni la luz última de un día en una ciudad de paso que anotamos en nuestro cuaderno como anotaban los antiguos capitanes de barco en sus bitácoras, detallando el bullicio de las calles o aquel cielo azul que casi parecía que tocábamos con la punta de los dedos. No es lo trascendental lo que recordamos sino lo que vamos anotando incluso cuando no tenemos papeles a mano. Cuando volvemos a esas notas nos damos cuenta de que los problemas que ahora nos quitan el sueño no son más que historias repetidas en las que solo cambian los personajes y los escenarios. El tiempo que se fue lo recuperamos también con los recuerdos de los viajes. Está el año de Italia, de Nueva York, de Praga o de aquellas charcas en El Hierro que te enseñaron que todo podía comenzar de nuevo después de un baño en el Atlántico. Hoy me he encontrado con uno de esos cuadernos olvidados hace muchos años, tantos años que apenas reconozco los nombres de quienes me acompañaban en aquellos días. Solo permanecen los sueños. Nunca son los mismos pero siempre se parecen, y una y otra vez necesitamos que sean casi inalcanzables para seguir viviendo sin llegar a ninguna meta. Los sueños cumplidos no llevan a ninguna parte, o nos dejan solos en una habitación de hotel preguntándonos si valió la pena renunciar a tanto por nada, porque la vida que realmente anotamos en los cuadernos es aquella que nunca le interesa a nadie, esa luz de la que hablaba hace un momento, la cerveza al mediodía en una terraza de verano, un niño que agarra tu mano para no extraviarse nunca en las calles o en ese destino que algún día le enseñará que lo importante no tenía nada que ver con lo que le estaban contando en todas partes.

Le habían penado en aquel cuarto oscuro cuando tenía cuatro años. No quería abrir los ojos porque sabía que seguía allí dentro. Cuando vinieron a buscarle, él se empeñaba en decir que la culpa había sido de su compañero de pupitre. La residencia de mayores estaba en el mismo lugar en el que había estudiado párvulos. Solo tuvo que empujar una puerta para adentrarse en la infancia más lejana, pero esta vez no vino nadie a rescatarlo de las tinieblas.

Las pipas de los árboles de la plaza se le fueron pegando a sus zapatos durante semanas. No se daba cuenta de que paseaba llevando los restos de árboles milenarios de un lado para otro. Ni siquiera el escáner del aeropuerto alertó de aquella migración botánica. Han pasado tres mil años y la ciudad a la que llegó no es más que una arboleda como la de la plaza que estaba justo al lado de su casa.

Estuvo sentado a su lado. Escribía en un cuaderno con manchas de café. Me lo contó muchas veces. Siempre estaba hablando de sus años de bohemia en París. Había terminado la carrera de Derecho y estuvo viviendo en los alrededores de Montmartre. Quería ser pintor, pero a los dos años regresó a su isla, empezó a trabajar en el bufete del padre, se casó y tuvo tres hijos. Solo pintó monigotes entre un dictamen y otro dictamen, o cuando tenía que estar muchas horas en juicios interminables. Aquel hombre que decía que estaba sentado a su lado era el poeta César Vallejo. Hoy he encontrado una foto. Aparece Vallejo en un banco de París. Al principio no vi a nadie junto a él; pero luego me encontré la misma sombra que me habla cuando me quedo solo en la sala de la residencia. Esa sombra es la que me cuenta historias de París. Yo también estuve en París antes de empezar a trabajar en el bufete.

Iba mirando la pantalla del móvil. Llevaba auriculares. Todos le gritaban para que parara, pero cuando levantó los ojos ya estaba cayendo al vacío. Solo fue un sueño. Ahora casi todos los sueños son también interactivos.


Apenas podía tragar. Había tenido un mal día. Partía el filete en pequeños trozos y lo masticaba maldiciendo a todos los que se empeñan en destrozar la vida del prójimo. Fue entonces cuando lo vio claro. Nunca antes había visto el destino de la carne que se estaba comiendo. En el filete de lomo se dibujaban perfectamente las líneas de la vida y de la suerte como ella había aprendido a leerlas en las palmas de las manos. La vida de aquel animal fue corta. No tuvo suerte. Dejó de comer sobre la marcha y miró sus manos. Sus rayas eran idénticas a las del filete que se estaba comiendo.

La noticia se publicó en la prensa local hace unos años. Su novio le había rociado con gasolina y luego le había prendido fuego en medio de un descampado. Cuando llegó al hospital todavía estaba consciente y los médicos le explicaron que los daños eran irreversibles y que solo le quedaban unas dos horas de vida. Le dijeron que pidiera lo que quisiera, y ella pidió un polo de hielo. Sólo tenía dieciocho años. Era casi una niña.

Aquella mujer se despertó sobresaltada. No se atrevía a abrir los ojos. Escuchaba el llanto de la muñeca que tuvo de niña. Había cumplido cincuenta años y estaba en un hotel de paso. La muñeca debía tener su misma edad. Cuando abrió los ojos la vio sentada en el pequeño sillón en el que había dejado su ropa doblada la noche anterior. Había envejecido como ella, pero lloraba como mismo lo hacía de niña cuando le quitaban la chupa. Ella se levantó y le puso la chupa. Y luego la acunó como cuando la acunaba con cinco o seis años. Nunca volvieron a saber nada de ella. Unos decían que la habían visto rondar los acantilados de la costa y otros creyeron reconocerla en el aeropuerto. La historia de la muñeca no le importaba a nadie.

Caminábamos cogidos de la mano junto a un carro de niño vacío en medio de la calle.Tú eras la niña del carro y yo el padre. El cielo estaba nublado y no había nadie. Otras veces yo he sido el niño y tú la madre. También íbamos de la mano. Siempre hemos ido de la mano a todas partes. Más allá de todas las calles, las selvas y las playas. Y también más allá de todas las civilizaciones que solo dejaron estatuas.

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