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Novedades en la categoría Literatura

Dejaba el piano abierto toda la noche junto a la ventana. Al despertar, las teclas estaban siempre húmedas. Solo tenía que poner sus dedos y llevar esas melodías al papel pautado. Cada acorde era un eco lejano que iba improvisando madrugadas.

Los transistores no desaparecen. Ellos mismos se marchan cuando se estropean. Incluso los que se tiran a la basura se salvan milagrosamente y se juntan con todos los que siguen contando la vida a través de las ondas. Él sabía que todos aquellos transistores que colocaba debajo de la almohada guardarían para siempre sus sueños. Por eso no los tiraba. Estaban todos en una habitación de su casa, sin pilas y deteriorados. Él también intuía que, cuando salía de su casa, todos esos pequeños aparatos dejaban de simular sus propias muertes y juntaban sus voces en un bisbiseo interminable que se apagaba de repente cuando él abría la puerta.

Me lo contó una vez un hombre que decía que había ido al colegio con John Lennon. Llevaba muchas copas encima y era un poco fanfarrón. Había venido al sur de la isla con todo incluido y quería vivir en una especie de paraíso etílico irreal antes de regresar a Liverpool para ver pasar la vida con su mísera pensión de jubilado. Aquel viaje se lo había pagado una de sus hijas. Recordaba la primera vez que John y él visitaron Londres. Tenían nueve años. Me contó que John se paró en el puente de Waterloo, más o menos donde esperó Vivian Leigh a Robert Taylor en la película que rodaron en ese puente, y que le dijo que algún día conquistaría esa ciudad. No sabía cómo. Entonces todavía no cantaba y solo era un niño rebelde y soñador que había sido abandonado por su padre.

Te dijeron que buscaras un camino de salida y tú te sentaste a esperar en aquel descampado lleno de mala hierba y de alimañas. No te movías. Te parecías a un monje de los que veíamos en La India cuando los trenes se detenían de vez en cuando para que pasaran aquellas vacas que nos miraban entre endiosadas y nostálgicas mientras las fotografiábamos. Llovió y te mojaste durante varios días. Apenas comías y solo te levantabas para hacer tus necesidades detrás de un árbol. Todos nos fuimos y te dejamos allí sentado, en silencio, ensimismado, como si hubieras perdido la razón para siempre. Nunca más le pediremos a nadie que busque el camino. Preferimos dar pasos de manera azarosa y que cada cual encuentre, si la hay, su propia salida. Nos han contado que sigues sin moverte de aquel sitio. Yo te quería mucho y reconozco que no creía que pudiera vivir lejos de ti mucho tiempo. Ahora vivo con otro hombre y tengo dos hijos. Quizá algún día me acerque a saludarte. Te envío estas palabras para que me entiendas y para que dejes ya de comportarte como un santón de Oriente en medio de la maraña. No me creo a los que dicen que levitas ni a los que han levantado templos a tu alrededor. Te han convertido en un negocio y ahora viajan a verte como viajamos nosotros hace años a La India tratando de buscar esos mismos caminos que tú crees atisbar en el silencio.

Dejaba la botella abierta durante la noche. La sacaba a la terraza. No tenía nada dentro. Y cada mañana, al despertar, la encontraba llena de agua. No se la bebía. Con ese agua regaba las macetas de unas plantas cuyas hojas tenían contornos humanos que envejecían como mismo lo hacía su cara. Algunas noches, cuando se desvelaba, escuchaba respiraciones extrañas entre las macetas del patio. También escuchaba voces, pero nunca se lo contó a nadie. Tampoco lo del agua.

Solo se podía llegar en una chalana o en una falúa pequeña. Quiero pensar que aquella cala sigue existiendo entre las rocas que casi hacían de cueva volcánica. Teníamos que agachar la cabeza y cerrábamos los ojos unos segundos como nos enseñaron en los túneles cuando éramos pequeños. Pedíamos un deseo y luego nos besábamos sin que nadie nos viera. No sé de ella hace muchísimos años, pero estoy seguro de que si regreso a aquella cala la acabaré encontrando en cualquiera de los abrazos que dejamos entre las aguas. Vivo muy lejos de esas costas y en esos recuerdos sí sigo el consejo de Kavafis. Mejor no volver y seguir navegando en otros mares y en otros brazos. A veces también cierro los ojos e imagino que no hemos terminado de atravesar aquella gruta en la que nos creíamos a salvo del tiempo y de todos los naufragios. Entonces la besaba y el mundo parecía perfecto.

Vegueta. Las Palmas de Gran Canaria. Ocho de la mañana. Primeros días del mes de julio. Panza de burro. Viento. Llueve mansamente. Todos maldicen el clima sin recordar que ese clima es el de todos los años. Esas mismas nubes estaban antes de que aquí viviera algún ser humano. Y seguirán estando cuando nos vayamos todos. Lo saben los volcanes. Las palmeras. Los dragos. Las aulagas. Esa llovizna moja los adoquines de Vegueta como mismo mojaba la tierra del barranco Guiniguada hace unas décadas. Todos los años se repite la misma queja. Y nos olvidamos de la canícula de muchas ciudades de la Península. Y no nos damos cuenta de que a pesar del frío y la humedad esa nube nos mantiene vivos. Miramos hacia las alturas soñando celajes azules. Y el azul está siempre más arriba. También lo saben las gaviotas. Y las palomas. Y todas esas aves que se detienen en estas costas cuando viajan entre dos continentes o vuelan persiguiendo atavismos sobre el Atlántico.
El otro día venía con mi hija de cuatro años a las ocho de la mañana. Por Vegueta. Y yo me volví a quejar del tiempo cuando empezó a lloviznar. Ella me miró. Me pidió que le explicara lo que era la panza de burro. Utilicé sinónimos y símiles. Jugué con las metáforas. Me moví entre ejemplos. Abrimos los paraguas pero yo ya sabía que los paraguas no detienen esa lluvia que mueve el alisio como si esparciera arena sobre un gran cono volcánico. Se quedó en silencio y miró hacia las nubes negras. También observó el agua que venía desde todos los puntos cardinales. Pronunció una palabra. Ella no sabía que era nueva. Que era una palabra que no existía. Pronunció Chubascón. Mezcló chubasco con nubarrón. Yo le dije que esa palabra era inventada. Ella me miró sin saber que todos los idiomas los inventamos cada vez que los pronunciamos. Unimos imágenes. Recuerdos. Imantamos vivencias y rebuscamos entre la sonoridad de algunos delirios. Somos símbolos. Trazos. Nombres. Destinos que además de sombras dejan ecos de palabras que seguirán sonando más allá del tiempo y de todos los abismos. Esa lluvia que caía formaba pequeños charcos en los que se reflejaban los viandantes como si fueran aquellas figuras creadas por Giacometti. Tal vez algún día, cuando ya no estemos, reconozcamos ese eco lejano siendo aire, espuma o silencio. Dejamos sombras y dejamos ecos. Y luego nos marchamos como esas nubes que pasan sobre nuestras cabezas. Y quedará esa misma panza de burro y esas nubes que oscurecen el verano. Y seguirán danzando las cimbreantes palmeras y también las hojas de los dragos centenarios. Apunto en un papel como apuntaba Machado en su cartera la gracia de una rama verdecida. Anoto Chubascón. Una palabra nueva. Como esa lluvia que limpia el aire que respiras para que parezca que tú también estrenas el mundo cada día.

Tocaba el violín en la trasera de la Catedral y ella comenzaba a llorar desde que escuchaba los primeros acordes. Cuando pasaba a su lado le ponía siempre dos euros en el plato. Ella era canaria y él rumano. Alguna vez se miraron a los ojos. Él tocaba con una tristeza que oscurecía hasta los adoquines cuando el cielo estaba azul y todo olía a verano. No era un tópico decir que aquel violín lloraba, pero solo lo hacía cuando ella estaba cerca. Hacía cien años, él tocaba otro violín en Viena. Ella estaba casada y no se atrevió a fugarse con él. Tenía dos hijos. Se amaron clandestinamente durante dos años. Luego él se marchó harto de esperar. Se casó en Baviera y nunca fue feliz. Ella lloraba siempre que se quedaba sola en su casa. Hoy no saben nada de ese pasado que los emparenta. Solo quedan dos euros diarios en un plato de todo aquello que pudo haber sido tan bello.

Tenía que escribir un reportaje sobre los esclavos negros que vivieron en la isla en el siglo XVI. Entrevistó a historiadores y cronistas. Recopiló información en bibliotecas y luego acudió a visitar algunas de las zonas en las que había habido ingenios azucareros y plantaciones de caña de azúcar. También le señalaron el lugar exacto en el que estaba el cementerio en el que enterraban a esos esclavos. Él había jugado muchas tardes sobre aquellos campos que seguían milagrosamente a salvo de la especulación que ha destrozado casi todos los pueblos de la isla en las últimas décadas. Sintió un escalofrío tremendo cuando caminó por donde tuvieron que estar las tumbas de los esclavos y enseguida se reconoció como uno de ellos. Lo habían atrapado en la costa de Senegal y lo habían maniatado para traerlo hasta aquellas fincas del norte de Gran Canaria. Él era el otro incluso cuando escribía el reportaje. No podía ser objetivo y habló con el redactor jefe para que se lo encargara a otro compañero. Ahora escribe una novela. Le van dictando sus atávicos recuerdos y reconoce el olor de aquel barco negrero y el dulzor de las cañas cuando las prensaban en los trapiches y en los ingenios.

Huía del frío, pero el invierno llegó de repente en los últimos días de septiembre. Sobrevolaba las montañas de los Cárpatos cuando sintió el peso de la escarcha en su plumaje. Fueron solo unos segundos. Perdió el control de su vuelo y comenzó a caer en picado hasta que esa escarcha se convirtió en agua a medida que bajaba. Al fondo había un gran lago y decenas de cisnes salvajes. Él logró remontar el vuelo y cruzar el Mediterráneo; pero nunca ha podido olvidar el abismo ni el peso del hielo sobre sus alas.