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Novedades en la categoría Literatura

El amor era un spam diario que borraba sin fijarse nunca en el nombre de quien le escribía llamándole My love o My darling sin conocerle absolutamente de nada. Ellas tenían nombres extranjeros casi impronunciables. No se dio cuenta de que una de ellas era la mujer que llevaba esperando desde hacía más de veinte años. También le decía que le quería y que nunca le había olvidado, pero él seleccionó todos los mensajes y no leyó el nombre de Andrea ni tampoco las palabras en las que ella se disculpaba por su larga ausencia y por no haberle podido corresponder como él esperaba. Andrea también le contaba que le quedaban apenas unas semanas de vida.

No podía negarse. Le había costado mucho conseguir aquel trabajo en el centro comercial. Llevaba poco tiempo. Cuando fueron a seleccionar a quienes tenían que empaquetar los regalos de Navidad le tocó a ella. No era un trabajo que le apeteciera; pero al menos era mecánico y le ayudaba a no pensar. Desde que se había separado no quería pensar en nada. La psicóloga le dijo que lo mejor era que siguiera viviendo sin mirar nunca hacia atrás. Pero ese pasado estaba en la cola junto a la otra mujer, y además llevaba el regalo para el niño de cinco años. Ella se enteró de que tenía ese niño de forma azarosa. Fue hace ocho meses, y desde entonces no sabe ni en qué mundo vive. Vivió con él quince años y no habían podido tener hijos. Su ex marido llevaba en sus manos un triciclo para que ella lo envolviera. Él aún no la había visto. Ni siquiera sabía que trabajaba en ese sitio.

Encontró el papel en uno de los abrigos que no se ponía desde el pasado invierno. Tenía el número E58. No sabía para qué era. Había sido su turno y lo había dejado pasar de largo. Podía haber sido para comprar embutido, para el pescado, para consultar algo sobre la declaración de la renta o para dejar la ropa en la tintorería. A lo mejor, de haberse quedado, se habría enamorado de la mujer que tenía el E59. Seguro que quien tenía el E60 o el E70 sintió un gran alivio al ver que no estaba y que los números avanzaban rápidamente. Ese papel azul ya no servía para nada; pero aun así lo guardó nuevamente en el bolsillo hasta el invierno siguiente. Le había gustado esa sensación de sentir que por una vez había sido dueño de su destino y de las cábalas del tiempo.

Había sonreído por última vez el 18 de mayo de 1999. Recordaba esa fecha pero no quería nunca rememorar lo que sucedió aquella tarde. Nadie sabía que no había sonreído desde ese día. La gente no se fija en esos detalles. Lo tenían por un hombre serio, circunspecto, siempre vestido elegantemente. Un juez tampoco debe reírse tanto. Todos piensan que los hombres tristes se ríen luego puertas adentro. A veces sucede, pero este hombre no reía ni dentro ni fuera de su casa desde el 18 de mayo de 1999. Hoy ha cumplido cincuenta y ocho años y ha soplado las velas de una tarta. La compró en un centro comercial junto con las velas. Desde 1999 tampoco celebraba ningún cumpleaños. Los volvió a echar de menos cuando abrió los ojos después de haber pedido el deseo. Ni siquiera probó un trozo de la tarta de chocolate.

Recogí la ropa. Llevaba varios días tendida en mitad de la azotea. Aquí los vecinos no se conocen. Yo sí me tropecé con ella un par de veces. No sé qué hacer con su ropa interior y con sus vaqueros. Huelen a humedad de tanta lluvia y de tantas horas a la intemperie. Si alguien no viene a recoger la ropa que deja tendida es que le ha pasado algo. Yo toqué en la puerta y no me abrió nadie. El portero habitual estaba de vacaciones. Cuando le pregunté al nuevo me dijo que creía que era la chica que habían encontrado muerta en su piso. Sufrió un infarto y fueron sus padres los que alertaron de su ausencia. Vivían en otro país. Ella era de otro país. Tendría unos cuarenta años. Era muy guapa. Lavaré su ropa y la llevaré a una institución benéfica. Sus trabas eran todas de color verde. Como sus ojos.

Suscribo cada una de las palabras que Claudio Magris pronunció en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara denunciando la atrocidad que vive México por los estudiantes desaparecidos. Habló con la misma coherencia con la que hablan sus libros. Hay que leer a Magris y acercarse al Danubio que nos cuenta para que nos entendamos un poco mejor y dejemos de dar vueltas sobre tantas palabras vacías de contenido.
Al regresar a Gran Canaria me encontré por Vegueta a un hombre exactamente igual que Magris. Era imposible que fuera el escritor triestino porque aún seguía por México. Allí dijo que "escribir es un intento de construir un Arca de Noé para salvar todo lo que amamos, para salvar -deseo vano e imposible, quijotesco pero inextirpable- cada vida". El otro Magris se dirigía a un comedor social. Iba con la mirada baja, pero juraría que los ojos eran los mismos que yo había visto unas horas antes en el otro lado del mundo. Todos podemos ser el otro, alguien que con nuestros mismos ojos está caminando por otro lugar del tiempo.

A veces la poesía es la única defensa que te queda cuando te asedian y no encuentras la salida en ninguno de los caminos que tienes delante. Entonces, como escribe el poeta Santiago A. López Navia, "es tiempo de quemar tus naves/ y hacerte al mar a nado". Lo que venga luego será solo lo que depare la aventura. Y si naufragas, persigue la estela que te muestra el poeta: "Resígnate y aprieta las mandíbulas./Será solo un momento, ya lo sabes,/y no te dolerá si no lo piensas." Hay libros necesarios que reconocemos según llegan a nuestras manos. Arte Nuevo es uno de esos poemarios que terminas memorizando casi sin darte cuenta. Realmente te estás leyendo a ti mismo todo el rato a medida que pasas las páginas y rebuscas entre los versos.
Santiago A. López Navia cuenta lo que otros callan y le pone letra a la traición inesperada. No hay desazón mayor que la ingratitud de quienes amamos o de quienes ayudamos sin esperar nada a cambio. Duelen en los huesos y en el alma esos virajes inesperados de quienes creíamos amigos del alma. Y aún duele más que a veces sean ellos los que más atacan. Por eso he titulado este texto lección de vida. Nos enseña a caminar entre esas insidias y esos golpes tan hirientes como inesperados: "Deja para el final las incurables,/ las que jamás podrá cerrar el tiempo/ y acepta como un don, quizá como un estigma,/ que apenas se dolieron en tu herida/ algunos cuya herida hiciste tuya."
Ya luego queda la actitud del estoico que sabe que todo acabará pasando: "Busca una silla cómoda y sitúate/delante de tu puerta bien cerrada." Esa serenidad también la transmite la persona, y de ella se nutre luego el verso que destila lo que el tiempo ha ido asentando en el fondo del alma. "No entregues tu criterio a las celadas/ que tienden el aplauso o las insidias./ Que el canto de sirenas pueda hallarte/encadenado al mástil, pero sordo." Todo queda en el silencio que habita en nuestros adentros. Allí se guardan los aparejos que necesitamos desempolvar de vez en cuando para no perder el norte de nuestras propias travesías cotidianas. Busquen este poemario que ha escrito Santiago A. López Navia. Ya después cada cual desplegará sus velas según los vientos del destino y de las palabras.

Arte Nuevo (Entre tantas asperezas)
Ediciones Vitruvio 2014
Santiago A. López Navia


Ya estaba escrito. Cuando veía aparecer el texto junto a su foto en cualquiera de las redes sociales se quedaba un poco más tranquilo. Nunca recordaba haber trazado esas palabras, pero las suscribía casi siempre cuando se las encontraba. Si no le gustaban podía borrarlas sobre la marcha. El que escribía por él nunca le pedía nada a cambio.

Hacía años que dormía sola. Si hubiera dormido con alguien habría sabido que cada noche, justo al cerrar los ojos, volvía a ser gaviota. En las diez primeras respiraciones se percibía el mismo sonido que ella escuchaba cada tarde cuando atardecía y veía volar a las gaviotas hacia los acantilados de la costa. Cuando una mujer duerme vuela lejos durante unas cuantas horas. También las gaviotas sueñan que son humanas cuando cierran los ojos cada noche.

Hacía muchísimos años que no se ponía gotas en los oídos. El olor alcanforado era el mismo que tenían las gotas cuando era niña. La última vez que se había puesto gotas coincidió con la primera cita del que luego fue su esposo durante quince años. Recuerda que llevaba un tapón de algodón y que le quitó perfume a su madre porque era mucho más penetrante que los que ella utilizaba entonces. Cuando él la besó estuvo todo el tiempo pendiente de que no le saliera aquel líquido del oído. Hoy, cuando se ha tapado nuevamente, recordó aquel detalle de la primera cita. Fueron al cine, a ver una película de Coppola que protagonizaba Kathleen Turner. A él siempre le gustó mucho esa actriz rubia norteamericana. Se parece mucho a la mujer con la que se ha ido a vivir hace dos meses.