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Novedades en la categoría Literatura

Perdió la lista de la compra antes de entrar al supermercado. Compró tratando de recordar lo que había anotado el día anterior en su casa. No le faltó nada. Lo supo cuando vio a aquel hombre con su lista en la mano y todos los productos colocados en la cinta de la caja que estaba a su derecha. No le dijo nada. Tampoco sabía si él la habría recogido en la calle sin saber de quién era. Esa semana los dos comerían lo mismo y se ducharían con el mismo champú y el mismo gel de baño. Salieron juntos y se subieron a dos taxis diferentes. El otro, que iba delante, llegó primero y abrió la puerta de su casa. Él le pidió al taxista que le llevara de nuevo al supermercado. Devolvió todos los productos y compró lo que iba leyendo en una lista que había encontrado en el suelo. El otro hombre se le quedó mirando cuando estaban en las cajas del supermercado, pero él salió primero y se subió al taxi antes de que el otro se lo quitara.

Se había comprado una camiseta con el dibujo de un hombre que caminaba por la arena de una playa. No se había fijado en el dibujo. La compró un día de calor en unos grandes almacenes y se la puso sobre la marcha. Sí quiso que fuera de color azul. De eso hace más de tres años. Ahora es parte de las dunas que mueve el viento de la playa. Lo estuvieron buscando un par de meses, pero al final no dieron con su rastro en ninguna parte. Él sí continúa con su memoria humana, pero está dispersa entre millones de granos de arena que de vez en cuando se encuentran y le recuerdan quién era.

Iba por la vida sin perder detalle de lo que encontraba por la calle. Aprendía con cada uno de esos pasos. Otra persona hubiera pasado de largo, pero él escuchó nítidamente el golpe seco de la cal cuando rozó el asfalto. Luego miró hacia la fachada y vio el hueco que había quedado tras aquella caída. Siguió pasando durante muchos días y fue comprobando cómo aquella casa iba perdiendo la pintura cada semana. No vivía nadie en ella; pero él sabía que los espíritus de las personas que la habían habitado durante muchos años lo estaban avisando. La ha comprado y ha pintado la fachada. Cada noche deja una hoja en blanco sobre la mesa del comedor y a la mañana siguiente se encuentra con distintos trazos de letras que no entiende. Alguna vez, cuando se levanta, ese papel cae al suelo y suena exactamente igual que aquella cal que escuchó caer en la calle antes de saber que iba a convivir con estos fantasmas que no dejan de escribir mientras él cree que descansa.

Compró una casa frente al mar y pensó que había encontrado el paraíso. Le dieron las llaves un lunes por la mañana y hasta el viernes fue el hombre más feliz de la tierra. El sábado llegaron las hordas y aparcaron sus coches delante de su apartamento alejado del resto de las edificaciones de la costa. Bebían, se drogaban y fumaban con una escandalera tremenda que no paró en todo el fin de semana. Cada sábado sucedía lo mismo. No localizó al que le había vendido la casa. Tocan en su puerta y algunos saltan la verja y se adentran en su terraza. Él permanece encerrado al fondo de la casa. No se mueve. Les tiene miedo. Y luego duerme el resto de la semana para poder aguantar los desvelos del sábado y el domingo. Esos días no se escucha la marea en ningún momento. Invirtió todos sus ahorros en esta casa. En un país lejano, en un supuesto paraíso en el que quería compensar los duros años de ahorro y trabajo. Todos orinan delante de su puerta y ninguno de ellos sabe que ese hombre está dentro. Así estuvo también el anterior inquilino durante casi un año. Hasta que lo encontraron muerto.

Tenía una nota sobre mi mesa en la que con mi propia letra había dejado apuntado que le tenía que escribir urgentemente a una mujer que se llamaba Brenda. No recordaba a ninguna Brenda; pero me puse a escribir como si la conociera de toda la vida. Me salió una hermosa carta de amor que dejé sobre la mesa antes de salir a almorzar a la calle. A la vuelta estaba sentada en mi despacho. Nos besamos y ella cerró la puerta con el tacón de uno de sus zapatos. Nos acariciamos como si lleváramos demorando cada una de aquellas caricias toda la vida. Luego se vistió y me dijo que pasaba al cuarto de baño. No la he vuelto a ver desde aquel día. La busco entre todas las mujeres que me tropiezo por la calle. Intuyo que se llamaba Brenda, aunque no tuve tiempo de preguntarle si aquella carta de amor era realmente para ella.

Hacía tiempo que se había jubilado, pero no retiraba la placa que estaba junto a la puerta de su casa. Llevaba veinte años viendo cómo ella se detenía cada mañana a la misma hora para retocarse el maquillaje. A la señora de la limpieza le decía que le daba igual el resto de la casa, pero que aquella placa de metal tenía que quedarse como un espejo cada día. No sabía su nombre, pero sí se había tropezado con ella algunas veces en restaurantes o en conciertos de música clásica. Su mujer no entendía su negativa a retirar de una vez su placa de abogado de la pared de la casa en la que llevaban viviendo cuarenta años.

Toda su infancia miraba a aquella mujer con el traje verde y el pelo ondulado y rubio. No la conoció. Ese cuadro había sido pintado veinte años antes de que ella naciera. Hoy se miró en el espejo y se reconoció idéntica a aquella mujer. Era una tía abuela suya, pero en ese momento casi podría jurar que era ella misma la que miraba aquella niña durante horas como si presintiera que terminaría siendo idéntica a la modelo de la pintura. Acaba de llegar de la entrega de orlas de una de sus hijas en la universidad. Viste un traje rojo, como aquella señora del cuadro, y tiene el pelo rubio y ondulado.

La puerta del ropero se abre cada noche mientras duerme. Ella no la ve. Entran y salen los sueños que después se quedan entre su ropa. Cuando se viste y se mira en el espejo se ve siempre distinta con cada una de esas camisas o de esos trajes que ella cree que elige al azar. Su manera de pensar, su estado de ánimo y hasta sus miedos cambian con cada una de esas prendas. Ella no lo sabe porque siempre duerme cuando sus sueños están despiertos.

Cuando era pequeño, una de mis tías vivía en la calle Doña Perfecta. A mí me resultaba curioso aquel nombre, y quizá por eso fue de las pocas calles que guardé desde entonces en mi memoria. Cuando correteaba con mis primos detrás de un balón por aquellas pendientes no sabía nada de Galdós ni de sus personajes. El otro día volví a Schamann y fui recorriendo la obra de Galdós a través de sus personajes. Estaban Máximo Manso, Mariucha, Pío Coronado o la misma Doña Perfecta, que aún seguía conservando intactas algunas de aquellas casas terreras de principios de los setenta. Me llamó la atención el mestizaje del barrio, la convivencia de razas y de culturas, las músicas que salían de los portales y esa sensación de que, por más que nos cuenten, los humanos nos terminamos entendiendo aunque los políticos se empeñen en enfrentarse a diario.
En los años en que Pérez Galdós anduvo por la isla, esas calles serían fincas cultivadas con acequias y riegos, y él vería esas lomas desde el barco que le llevó a estudiar el Bachillerato a Tenerife o cuando regresaba desde Cádiz. Hoy 10 de mayo sería su cumpleaños. En 1843 nació el que para mí es el canario más universal y más importante, el espejo en el que trato de mirarme para no perder el norte y para saber que hubo alguien que sin ordenadores, casi ciego y arruinado, no paró de escribir nunca. En las novelas de Galdós se aprende mundología y nos acercamos a esa psicología humana que va repitiendo papeles por mucho que pasen los siglos. Supo asomarse a la vida y aprender de las voces de la calle, viajó todo lo que pudo y leyó hasta perder la mirada siguiendo el rastro de los personajes de Cervantes, de Dickens o de Balzac. Decía que la literatura era un trabajo de galeotes que nunca pueden dejar de remar si quieren llegar a alguna parte. Fue maltratado por los mezquinos de su época y por todos esos que buscaron el poder político cuando vieron que el talento no les alcanzaba para llegar a la altura de genio. Le robaron el premio Nobel y le dejaron morir ciego y arruinado, pero su cortejo fúnebre sacó a miles de madrileños a las calles y sus libros siguen teniendo miles de lectores en todos los puntos cardinales del planeta. Esos personajes cuyos nombres se van cruzando con nosotros por las calles de Schamann también están más vivos que todos los que quisieron silenciar a su autor desde los despachos, o desde esas covachuelas en las que siempre se han reunido los mediocres para matar al que sobresale. Leamos a Galdós para seguir aprendiendo. En su día, sus propios paisanos lo vejaron y lo traicionaron, y muchos años después de su muerte intentaron rematarlo con mentiras y con maldades como aquella de los zapatos. No se crean nunca a los malvados. Cualquier personaje galdosiano los vuelve ridículos solo con las armas del abecedario.

Los murmullos resonaban en el silencio. Ellos creían que no escuchaba, pero aquel bisbiseo llegaba hasta su habitación con todo el eco de la maledicencia. Casi prefería que no hablaran de ella a sus espaldas. Siempre tuvo ese extraño don. No le hacía falta entender nada. En esos casos importan poco las palabras que se repiten porque todas significan más o menos lo mismo. Cuando ella salía, se callaban de repente o empezaban a hablar de otras cosas. Nunca la miraban a los ojos. Ella sí les miraba y veía sus rictus aberrantes debajo de las sonrisas con las que intentaban disimular su farsa.