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Novedades en la categoría Literatura

Llevaba más de treinta años haciendo el mismo recorrido cada mañana. Habían cambiado los escaparates, los modelos de los coches que paraban en los semáforos y las caras de la gente; pero él no se dio cuenta de esos cambios hasta que se tropezó con la mirada del niño con el uniforme azul y morado. El niño de entonces era ahora el padre de aquel pequeño de unos diez años que tenía la cara triste. El padre seguía con la misma cara, pero ahora iba con chaqueta y corbata camino de los Juzgados. Hacía treinta años era el mismo niño que ahora lleva de la mano. Él también era mucho más joven y en aquellos primeros años miraba todo lo que había alrededor cuando iba camino del trabajo. Luego empezó a pasear como un autómata, y los autómatas, si alguna vez despiertan de su letargo misántropo, se suelen encontrar todo el mundo cambiado. Él había sido un autómata durante muchos años.

Aquella mañana decidió seguir corriendo un poco más lejos que otras veces. No estaba pasando su mejor momento y necesitaba más endorfinas que ayudaran a sobrellevar a los canallas. Cuando llegó a la curva estaba exhausto, casi sin aire, pero no quería rendirse hasta alcanzar la meta que se había trazado. Vio unas flores que recordaban a algún muerto en accidente. Alguien cambiaba esas flores a diario. Lo encontró esa mujer que lleva viniendo cada mañana desde hace treinta años. Dijo que estaba tirado en el asfalto y que no respiraba. Esa mujer había sido su madre. Él recordó, antes de morir, que ya había fallecido una vez en esa misma curva. Solo conservó los ojos de quien se había matado en el coche. Su madre los hubiera reconocido de inmediato; pero los cerró en el último momento y a ella aquel muerto, también de treinta años, lo único que hizo fue removerle todavía más el infinito dolor que alfombraba con flores cada mañana.

Costó detenerlo; pero los contactos que tenía en la policía lograron dar con aquel loco que llevaba molestándola desde hacía meses. La llamaban a todas horas por teléfono. Sus padres eran mayores y vivían lejos. No podía desconectar el aparato ni siquiera cuando dormía. No imaginaba quién podía llamar de una forma tan insistente. Pensó en algunas amigas complicadas, en celosas compañeras del trabajo o en esos amores que no dejan que nos separemos nunca de su lado. Aquel hombre lleno de tatuajes la miraba fijamente. Ella dijo que no lo conocía de nada, pero todas las llamadas procedían de su teléfono. Le dieron la vuelta y vio su nombre escrito en su cuerpo por todas partes. Él se había enamorado de ella hacía muchos veranos. Treinta años después la llamaba a todas horas y colgaba justo cuando cogía el teléfono. Jamás se atrevió a decirle que la amaba. Lo han internado en una residencia psiquiátrica. Ella se ha vuelto insomne después de tantos sobresaltos en la madrugada.

Se despertaba de madrugada para verla dormir. Todas sus coreografías no eran más que una recreación de los movimientos de ella cuando dormía. Nunca se lo contó, y además le repetía siempre que no tenía cuerpo de bailarina. Memorizaba cada uno de sus escorzos y la posición exacta de sus dedos y de sus brazos cuando los estiraba en medio de la noche. Ella tampoco le contó que siempre bailaba en cada uno de sus sueños. Nunca recordaba los detalles de lo que iba soñando, y por eso no reconocía luego sus propios movimientos en los estrenos; pero sí estaba segura de que todas aquellas coreografías las hubiera bailado mejor que nadie.

Seguía pidiendo dos panes cada mañana. Se había quedado viudo hacía tres meses, pero se negaba a reconocer su soledad en el peso de una bolsa de plástico. El pan diario que le sobraba se lo llevaba a los patos del estanque todas las tardes. Era la única forma que había encontrado de desmigajar la ausencia.

la foto (11).JPGA veces la muerte no es el final del camino. Si alguien nos recuerda seguiremos igual de vivos en otras memorias y en otros sueños. Los que no sepan que has fallecido también seguirán recordándote como si aún te lavaras los dientes y salieras cada mañana camino del trabajo. No resulta fácil escribir sobre Tánatos y sobre los ausentes. El escritor José Luis Correa ha sabido narrar todo lo que acontece y desgarra cuando se nos va alguien que queremos. Pero sus palabras navegan entre la ternura, la emoción y ese bendito humor que nos salva cuando parece que solo nos queda el abismo. La novela está en edición digital y ha sido publicada por ATTK Editores. Lo que muchos decían que iba a matar a la lectura probablemente la termine salvando. Amamos el papel, queremos leer en papel y no creo que desaparezca mientras andemos por aquí los que conocimos a Enma Bovary o a Aureliano Buendía en ese formato; pero lo universal es ahora la pantalla, y en ese sentido un escritor insular ya no está tan aislado como antes. La novela de Correa, por ejemplo, se puede comprar ahora mismo en cualquier parte del mundo. Ese milagro hará que se reconozca lo que realmente vale la pena.
Alguien dijo un día que un mono conectado a Internet seguía siendo un mono. Lo importante es transmitir el hábito de la lectura a las nuevas generaciones. Si no lo hacemos nos estaremos cargando buena parte del mundo que heredamos. Y para lograr que se lea hay que ofrecer libros que atraigan a los lectores y que entretengan sin prostituir la esencia que aprendimos de los clásicos. Pepe Correa es un gran amigo, uno de esos tipos que, como siempre repite Emilio González Déniz, ya sabes que es buena gente desde que lo ves caminando por la calle. Pero además es uno de los mejores escritores actuales que conozco, y lo bueno es que fue escritor admirado antes que amigo. Con la novela El tanatorio, Correa entrega su obra más personal e intimista manteniendo ese humor socarrón y galdosiano que le sirve para cauterizar heridas que solo pueden curar las palabras. Parte de una situación real porque los escritores nos alimentamos de todo lo que vivimos en nuestra vida diaria. Lo difícil es convertir eso en literatura y lograr que enganche al lector hasta que nuestros argumentos se terminen confundiendo con sus propios sueños. Todos hemos sido alguna vez el personaje de esa novela. Hemos llegado desorientados y heridos a un lugar en el que ya no respira ni nos mira a los ojos alguien que queremos. A Correa le sucedió eso varias veces en muy poco tiempo. Para entenderse y para que lo entendiéramos decidió volver ficción lo que era verdadero. Al final, esa catarsis necesaria ha traído a nuestras orillas una de las mejores novelas escritas en las islas. Y lo bueno es que ahora, con las nuevas posibilidades digitales, esas islas ya no son puntos lejanos en el mapa.

Se sentaba cada mañana a leer lo que había escrito. Sabía que ella estaba a punto de caer y no descolgó el teléfono para ayudarla. Escribía en su muro de Facebook frases cada vez más desesperadas. Tenía cientos de amigas y admiradoras que le enviaban mensajes y le daban ánimos; pero no conocía personalmente a ninguna. Ella era la única que podía ayudarla. Conocía la razón verdadera de aquellas penas que en las redes escondía detrás de las metáforas; pero le podía la ambición y sabía que si la otra se quitaba de en medio acabaría siendo la protagonista indiscutible en todas las obras de teatro.

Ni siquiera la tienen mis padres. Me pagaron toda la carrera con la ilusión de ver colgada la foto de la orla en la pared del salón de su casa. Cuando voy a comer con la familia me encuentro las orlas de mis dos hermanos y las de mis padres. Todos son médicos. Yo también soy médico. Ellos no entendieron que yo no quisiera colgar mi fotografía en ninguna parte. Estamos todos. También está ella. Le dio un ictus mientras tendía la ropa en la solana del piso que compartía con dos compañeras de la universidad. No era Remedios la Bella. Ella se quedó tendida en el suelo con las trabas sembradas a su alrededor. Su madre quiso que el fotógrafo se acercara a la morgue y la sacara con los ojos abiertos. Esa misma tarde habíamos quedado todos para hacernos la foto. Su imagen estaba justo a mi lado. El orden alfabético también se había aliado con nosotros. Cuando alguien miraba la fotografía de la orla reconocía inmediatamente los ojos inexpresivos de la muerta. Era la única que no sonreía. Salimos juntos los tres últimos años de la carrera.

Lo dejé cuando salió del agua. Decía que me amaba con toda su alma y para demostrarlo se tatuó mi nombre en su espalda. Iba detrás de él. Un día vi que en lugar de Irene aparecía escrito Lucía; pero según se secó aparecieron nuevamente las letras con mi nombre. Al cabo de dos meses me confesó que se había acostado con una tal Lucía en un congreso al que había acudido en Barcelona. Hoy salimos del agua y he leído el nombre de Davinia. Él no sabe que aquella vez ya lo había delatado su propio tatuaje. Ni siquiera esperé a que se secara para ver si me seguía queriendo.

No la conocía de nada; pero Facebook decía que tenían una relación. Se encontró su muro lleno de felicitaciones por ese amor desconocido y no fue capaz de desmentir la noticia. Se había acostado temprano, como casi siempre. Al despertar, nunca se había llevado ninguna sorpresa. Su existencia era muy previsible y si abrió la cuenta en Facebook fue solo porque se lo exigieron en el trabajo para estar más cerca de los clientes. Luego llegaron amigos de otros tiempos, familiares y muchos desconocidos, y es verdad que, poco a poco, se fue enganchando a esa otra vida virtual que ahuyentaba soledades. No conocía de nada a la mujer con la que se había unido mientras dormía. Era una puesta de sol y una fotografía de una playa paradisiaca. Ella tampoco desmintió la noticia del Facebook. Virtualmente, por tanto, ya era un hombre enamorado de una puesta de sol con la que quizás algún día acabaría casándose.