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Novedades en la categoría Literatura

Él sí la había reconocido. Más tarde. Cuando ya estaba subido en el taxi. Vio sus ojos en el espejo retrovisor. Treinta años después. Ella, en cambio, supo quién era desde que paró su taxi en la puerta del hotel. Conducía hacia el aeropuerto recordando cada uno de los planes que habían hecho un verano de hacía tres décadas. Él hablaba en otro idioma con aquella mujer rubia y elegante que acabó pagando la carrera. Vio cómo se alejaba con ella. Otra vez para siempre.

No se debe salir a la calle con las camisetas que uno se pone para dormir. Él se levantó tarde aquella mañana, se lavó la cara, se puso un pantalón vaquero y unas playeras y salió a la calle prisa. Caminaba sin darse cuenta de que sus sueños iban cayendo junto a su sombra.

Viene a leer los periódicos viejos. No le interesan los que tienen menos de una semana. Hace tiempo que lee la crónica diaria de la vida diaria cuando sabe que ya ha pasado de largo y que es solo historia y olvido ese hito que nadie recuerda. Él ocupó muchos titulares hace tiempo. Y se creyó importante. Lo dejó todo siguiendo la estela de aquel supuesto éxito. Pintaba cuadros. Hace años que ya no pinta nada. Ganó mucho dinero. Ahora solo deja pasar el tiempo y nos pide que le guardemos los periódicos viejos. Le gusta echar gotas de café sobre los titulares, como si de esa manera despertara lo que ya está muerto. Mira las formas que a veces dibuja el café en los papeles y luego los arruga muy despacio como si quisiera asfixiar al tiempo que le ha dejado varado en este bar en el que le atendemos con mucho respeto todas las mañanas.

Las dos torres no han envejecido de la misma manera. Una tiene la piedra más oscura y la otra más desgastada por el viento, la lluvia y ese solajero intenso que ilumina la ciudad cuando se marcha el alisio. Las tienes que mirar desde lejos, desde la calle Terrero, por ejemplo, o bajando desde el Risco de San Nicolás. Yo creo que también nosotros, si nos observáramos a una cierta distancia, veríamos que nuestro brazo derecho es diferente al izquierdo, o que incluso cada uno de nuestros ojos ha guardado vivencias diferentes. Y también cada hueso, cada músculo que no vemos y cada uno de esos poros que han ido sintiendo caricias, escalofríos inesperados o emociones que a veces nos convierten en privilegiados dioses pasajeros.
La vida pasa cerca de nuestro cuerpo, como ese viento que no se ve y que revuelve nuestros cabellos o nos espabila cuando caminamos con la mirada perdida por las aceras. Esas torres de la catedral de Santa Ana también han visto pasar la vida de mucha gente durante años. Ahora se puede subir a una de ellas para ver lo pequeña que se ve la ciudad cuando la observamos desde tan alto o desde tan lejos. Sucede lo mismo cuando te alejas en un velero y ves cómo se pierden los contornos en donde los ambiciosos y los trepas se siguen creyendo estúpidamente eternos. No sé qué piedras se pusieron primero, ni cuál de las dos torres se encaramó antes en lo más alto de una ciudad con barrancos por los que corría el agua camino del océano. La primera vez que percibí ese envejecimiento diferente pensé que a lo mejor solo era una percepción de mi propia mirada o un efecto producido por la posición del sol o por alguna nube que en ese momento se había empeñado en ensombrecer una de las torres centenarias. Pero luego me he dado cuenta de que cada piedra envejece de forma diferente, que da lo mismo que datemos una construcción en un siglo determinado, o que nos empeñemos en emparentar lo que el tiempo siempre separa a su conveniencia. No tiene nada que ver que alguien naciera en nuestro mismo año. Cada cual envejece o se conserva joven a su manera, o ve cómo se arruga su piel mientras su espíritu sigue manteniendo intactas las ilusiones de los veinte años. También cada uno suele tener la mirada que se ha ido trabajando con el tiempo. Somos como esas piedras que reciben el azote de los alisios o los rayos del sol que hacen olvidar el frío del invierno en nuestro propio cuerpo. Y si miramos todavía más cerca esas torres de la Catedral de Santa Ana, subiendo Obispo Codina o rodeándolas por Espíritu Santo, San Marcial o el Pilar Nuevo, veremos que en la torre más desgastada se empeña en crecer una planta que sueña con ser árbol y que algunas veces tiembla cuando repican las campanas o cuando azota ese viento que baja de la cumbre desde hace miles de años.


Tenía varias pastas dentífricas abiertas en la repisa del baño. Las había buscado amargas, dulzonas, ácidas, con sabor a medicamento, con esencias de hierbas medicinales o con aromas afrutados. Era el sabor de sus besos diarios, los que no le daban desde hacía años y los que soñaba cuando abría los ojos y caminaba a oscuras por el pasillo de su casa soñando con un abrazo.

Solo quedaron las pastillas de goma. Mutaron y se convirtieron en una especie de babosas azucaradas que reptaban sobre la tierra. Pasaron millones de años y comenzaron a organizarse y a inventar signos para comunicarse. Todo era pegajoso sobre el planeta. Y el amor no era más que un empalagoso sentimiento.

Me lo encontré en la calle. Hacía muchos años que no lo veía. Se acercó y me dijo que me iba a hacer desaparecer para siempre. Sacó una goma de borrar. El que le acompañaba me hizo una señal para que le siguiera la corriente. Pasó la goma cerca de mi cara y de mis contornos y luego se sacudió las manos como si esparciera mis restos por la acera. He seguido caminando, pero ahora noto como que nadie me reconoce. Yo creí que estaba loco y me dejé borrar.

No tiene nada. No le importa nada. Hace tiempo que tiró la toalla. Pero si no estuviera, ella no tendría a quien escribirle buenos días y buenas noches en el wasap. Ella tampoco tiene nada, no le importa nada y también tiró la toalla hace tiempo. No le contesta, pero ella sabe que él sabe que está viva y que él también resiste cuando ve las dos rayas azules en la pantalla dos veces cada día.

Para ella el desafío era poder bajar las escaleras, salir a la calle, comprar el pan y poder regresar sin olvidar el camino de vuelta. No se acuerda de la primera vez que salió sola siendo niña, pero tuvo que vivir una sensación parecida. Ahora tiene ochenta años y le han diagnosticado principio de alzheimer. Cada vez que regresa lo celebra como cuando llegaba a casa con cuatro años sin haberse perdido entre las calles. No sabe cuánto tiempo va a poder seguir viviendo sola. No le ha comunicado a nadie el diagnóstico. Sus hijas viven lejos y habla con ellas todas las semanas. A veces confunde sus nombres, pero los ha apuntando delante del teléfono para que no se den cuenta de sus lapsus. Ha anotado el nombre junto a la foto de cada una de ellas. Se llaman Alicia y Andrea. Ella se llama Andrea, como su hija pequeña.

Cada vez que cierra los ojos se imagina que está enterrada en una gran duna. Siente el olor de la arena y casi es capaz de tocar su textura. También ve cómo se extienden interminables playas delante de su mirada. Está siempre quieta en su cama y solo escucha los gritos de los vecinos ruidosos que no apagan la tele durante las veinticuatro horas del día. De vez en cuando se sumerge en esas mismas playas y regresa a los veraneos de su infancia. Huele la sal y se esconde durante horas en esa duna que se forma dentro de sí misma cada vez que cierra los ojos.