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Novedades en la categoría Literatura

Nunca resulta fácil recorrer el mapa de los recuerdos que nos fueron delimitando. También tememos los regresos porque sabemos que no solo es nuestra piel la que cambia de textura. El escritor y periodista Juan Cruz Ruiz ha querido volver sobre sus propias huellas sabiendo de antemano, como buen isleño, que casi todo lo que se deja atrás lo termina transformando la marea del tiempo. En su libro se acerca a la esencia de cada una de las islas Canarias, distintas y al mismo tiempo hermanadas por idénticos anhelos, islas dentro de islas con gentes que a su vez se adentran en sí mismas como esos robinsones solitarios que delimitan su espacio mucho más allá de su propia memoria.
Recomiendo este libro a todos aquellos que quieran saber cómo son las Islas Canarias que no suelen aparecer en los mapas satinados ni en la sucesión de manidos tópicos de sol y playa. Encontrarán la mirada de quienes se asomaron alguna vez a ellas a lo largo de la historia y también se adentrarán en el viaje sentimental de quien camina redescubriendo todo el tiempo el eco de sus propios pasos. Como canario, no concibo mejor manera de contar estas islas que se acaban alongando a las profundidades del Atlántico y a cada uno de esos barrancos que condicionan el carácter de los isleños igual que condicionan los ríos el de los continentales. La portada es una sabina de la isla de El Hierro que resiste las acometidas del viento como mismo han resistido la belleza y el encanto de Canarias a pesar de las manos especuladoras de tantos constructores desalmados.

Viaje a las islas Canarias. Juan Cruz Ruiz.
El País Aguilar. 262 paginas. 17,21 euros

También quedan los ecos de todas las palabras que otros pronunciaron antes de que llegáramos nosotros. Y quedarán las nuestras cuando se borre nuestra imagen en esos fondos de pantalla que son los espejos. Igual la muerte no es más que una mirada que no encuentra su propio reflejo. O que ni siquiera deja que las palabras vibren más allá del pensamiento. Pero entre tanto llegamos a saber, si es que nos dejan, en qué acaba todo esto, hay que dejar que nuestros ecos suenen para saber que no estamos muertos. También tenemos que aprender a callarnos ante esos silencios del viento y de las otras voces que sonaron mucho antes que las nuestras. La escritura no es más que un habla en medio de todos los silencios.

Me he acordado de ella estos últimos días. Su recuerdo tiene siempre olor a libros y renace cada vez que me adentro en una nueva historia. Era una mujer generosa con un gran talento. Escribía porque si no lo hubiera hecho no habría sentido que estaba viva. Físicamente nos dejó hace unos años; pero yo me la sigo tropezando por todas partes. Estos días, con las celebraciones del 23 de abril y con todas esas polémicas con las que a veces se enredan los vivos que no aprenden, he recordado que fue ella quien primero me hizo sentir escritor. Apenas nos conocíamos. Los dos trabajábamos en prensa. Ella llevaba años publicando. La seguía en los periódicos, en la cultura que sabía llevar a la televisión y sobre todo en sus libros. Yo publicaba entonces mis primeros libros y ella me llamó para que acudiera como escritor invitado al Taller que impartía en El Corte Inglés de Las Palmas de Gran Canaria. Yo llevaba escribiendo muchos años, pero nunca me había relacionado con el mundillo cultural de la isla y apenas había publicado. Estaba empezando y aquel empujón, aquel gesto generoso ante alguien que daba sus primeros e inseguros pasos (siempre son inseguros), me dio esa confianza creíble que no encuentras en los amigos, en los conocidos y en los familiares. Con los años, yo he intentado hacer lo mismo siempre que he podido. Y el destino, ese otro autor que nos escribe mientras nosotros pensamos que estamos escribiendo, me llevó luego a dirigir el mismo Taller de escritura en el que ella me hizo sentir escritor por vez primera. Si no escribimos de vez en cuando sobre ella, nos iremos olvidando también de que hay formas nobles y limpias de afrontar la vida y la literatura. Dolores Campos-Herrero es el ejemplo a seguir, el espejo en el que mirarnos todos los que escribimos cuando corramos el riesgo de perder el norte en esos torrentes de vanidad que tantas veces desbordan a los creadores. A partir de ahora, cuando alguien quiera polemizar o intente que las relaciones entre escritores se conviertan en cutres peleas callejeras, solo pronunciaré su nombre. Será una especie de salvoconducto para pasar de largo ante la estulticia y la malandanza. No hay guerras más cruentas que las guerras fratricidas; pero al mismo tiempo no hay hermanos más cercanos que aquellos con los que compartes la suerte de poder contar con las palabras.

Hoy es un día para celebrar las palabras. Si no existieran no sabríamos nada de lo que llevamos dentro. Leemos para divertirnos y para jugar a ser otros sin dejar de ser nosotros mismos. Escribimos para seguir jugando y para que la vida no sea solo una aburrida sucesión de horarios. Lees y escribes no solo cuando te acercas un libro o a medida que vas trazando letras y vocales. La literatura es una actitud vital que nos mantiene vivos cuando todo a nuestro alrededor parece que está muerto. Es lo que dejas y lo que queda, lo que vislumbras y lo que sueñas, lo que alguna vez te detiene en medio del camino y quien te pone frente a frente ante tus enigmas y ante esa nada que si no hubiera palabras sería realmente insoportable.
Hoy es un día en el que cada cual ha de celebrar su propia fiesta. Solo basta con abrir un libro o con escribir un par de renglones. Juguemos a ser dioses por un rato. No hay vida que merezca la pena si no puede contarse. Todos esos personajes que han ido formando parte de tu memoria en todos estos años están hoy de fiesta. La literatura, como dice un adagio anónimo que alguien me recordó el pasado domingo, solo se concibe desde la generosidad, la humildad y la posibilidad de mejorar la vida de quien escribe y, sobre todo, de quienes leen.


PD: Para quien se quiera acercar, hoy estaremos firmando libros en la librería del Cabildo, en la calle Cano de Las Palmas de Gran Canaria. Estaré encantado de verles por allí entre las cinco y media y las seis de la tarde (hasta las ocho de la noche habrá escritores y buenos amigos firmando sus ejemplares). Luego a partir de las seis, en la puerta de esa librería de la zona de Triana, leeremos unos poemas, y ya a las siete de la tarde haremos una lectura pública y abierta de la novela Faycán, de Víctor Doreste, en la sala de Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Las Palmas de Gran Canaria. A las 20:00 horas, en la Casa Museo Domingo Rivero, espero llegar a tiempo a la presentación que hará el amigo Pepe Correa de la novela "La piel de la Lefaa", escrita por ese hombre grande y bueno que es Juan Ramón Tramunt. Será un placer saludarles en cualquiera de esos encuentros.

Hay libros que te gustaría que nunca terminaran. Pero también sabes que para que aparezca otra historia igual de emocionante no te queda más remedio que llegar al punto y final de la que tienes entre manos. No puedes estar toda la vida releyendo el mismo libro. Si acaso se salvan los libros que, aun volviendo a ellos una y mil veces, parece que siempre estás descubriendo por vez primera. Son pocos, pero tampoco compensan la posibilidad de descubrir a otros personajes que acabarán calando en tu corazón junto a los que ya te habían conquistado. Si te quedas en Emma Bovary no descubrirás nunca a Julián Sorel; si te paras en Aureliano Buendía jamás visitarás La Catedral con Santiago Zavalita. En la vida también vamos dejando atrás amores o amigos que creíamos imprescindibles: ¡aquellos amigos del alma de la infancia hoy tan lejanos; aquellos amores que jurábamos eternos a los diecisiete años! A veces miras hacia atrás y sientes una inconsolable punzada de nostalgia: sabes que no hay regreso, pero también asumes que hay pérdidas a las que nunca termina curando el tiempo. Probablemente cuando escribimos solo estamos retornando a nuestras propias ausencias. Luego la vida te va regalando otros amores y otros amigos que logran reactivar tus ilusiones. No vale la pena hacerse el valiente ante la melancolía. A veces lo mejor es dejarte llevar por ella cuando llega. De alguna manera sabes que al final es solo un espejismo inevitable de tus sentimientos y que se terminará alejando como mismo alejan los años todos los recuerdos. Un libro, una película, una vida. Al final todos estamos inmersos en los mismos sueños.

Alguien me decía ayer que mi arma era la escritura y que con ella podía defenderme contra todos los ataques. Preferí no contestarle porque no quería polemizar ni estar dando muchas explicaciones. Sonreí y luego seguí mi camino. Y me fui pensando en lo que me había dicho. Para mí la palabra, más que un arma de ataque es un escudo de defensa, una especie de océano en el que te sumerges cuando en la superficie todo es griterío, insulto y agresión. La literatura es una puerta de entrada en lo desconocido, una posibilidad de salir de este mundo sin tener que abandonarlo. A veces no tienes más que cerrar los ojos para escaparte de lo que tienes delante. No se trata de no luchar por ser felices y por conseguir un mundo más justo: en ese caso sí es cierto que solo encontraremos el camino siguiendo la estela del diálogo.
Una pesadilla que te despierta de madrugada, eso es a veces la vida en sus momentos fatales; pero también es un sueño casi imposible de contar cuando nos llegan los días gloriosos. En unos y en otros nos queda el remanso siempre sereno del agua de todos los fondos que no se inmutan con los vientos pasajeros. Basta escribir, leer o pensar una palabra para conseguir que todo cambie de repente. Te sumerges y ya sobre la marcha apareces flotando sobre otros océanos más navegables.

Escribes mirando hacia un papel o hacia una pantalla; pero realmente rebuscas todas las palabras mucho más allá de donde alcanza tu propia mirada. Escribes detrás de cada paso que vas dando. No solo se proyecta tu sombra: también queda el eco de todo lo que dijiste o escuchaste, lo que soñaste y no llegaste a tener entre tus manos, o lo que tuviste entre tus manos y se acabó perdiendo como esa escarcha que de repente se diluye entre las aguas. Cuanto más concentrado miras al papel o a la pantalla más lejos viaja tu memoria o la memoria de todo lo que has ido soñando. No escuchas el ruido de tus dedos contra las teclas ni ese arrastre que tanto se asemeja a las mareas cuando el bolígrafo recorre la tarima de un folio en blanco. Lo que resuena no es más que el eco que va dejando tu propia sombra en el inasible fluir de las palabras.

Ayer vi un reportaje en el que se planteaba que el universo se expandía y se transformaba a cada instante más allá de donde nosotros pudiéramos llegar a concebir. Para comprender ese tránsito constante los científicos precisan de la intuición o de ideas que a veces no llegan a ninguna parte. No fue fácil que la humanidad aceptara la Teoría de la relatividad de Einstein, y a estas alturas todos hablamos de ella sin pararnos a pensar que ese espacio y ese tiempo están en constante movimiento y que, por tanto, no hay nada imposible ni vale la pena ir por la vida alardeando de ninguna certeza. Hablaban de que el universo, siguiendo la estela de ese planteamiento de Einstein, se expande como las ondas que vemos en el agua de una mareta cuando tiramos una piedra. Esas ondas, a medida que se alejan, se van empequeñeciendo a nuestra vista, pero nunca desaparecen del todo. A nosotros también nos atraviesan miles de ondas que luego se siguen propagando por el universo. Pero esa energía no solo nos viene dada. Nosotros contribuimos a ese cambio con nuestras actitudes y con nuestras decisiones. La palabra no es más que un eco que contribuye a que la vida cambie mucho más allá de donde la estamos viendo. Cuando hablamos o escribimos estamos haciendo vibrar a todo el universo. Y de alguna manera estamos sembrando las energías que luego retornarán alguna vez convertidas en el canto de un pájaro, en el sonido de una ola o en el eco casi imperceptible que nos detiene en cualquier calle de una ciudad extraña. Las ondas que van dejando las palabras nos inmortalizan mucho más allá de cualquier espacio y de cualquier tiempo.

Hace años, cuando vivía en Madrid, había un viejo que se acercaba todas las tardes al café Manuela, en Malasaña. No hablaba con nadie hasta que se tomaba un par de vinos. Nosotros, que íbamos de Rimbaud, con nuestras poses de escritores malditos y con todos aquellos versos que improvisábamos en servilletas de papel, nunca supimos entrever el argumento de la gran novela que nos estaba contando. Siempre repetía que justo enfrente del café había perdido a su novia cuando solo tenía diecinueve años. En aquella calle ahora llena de bares y de gente había habido una guerra y habían caído bombas sobre los peatones y los enamorados. Ahora, cada vez que regreso a Malasaña (aquel viejo lo llamaba Maravillas), recuerdo la historia de aquella novia. Decía que no se había vuelto a enamorar y seguía bebiendo hasta que casi perdía el sentido y salía del local tambaleándose. Siempre que vuelvo recorro esas calles imaginando los muchos amores que pasearían de la mano por esas mismas aceras. Pero también hago lo mismo por todas las calles del mundo que visito. En cualquier lugar ha habido un acontecimiento o un suceso que ya no recuerda nadie y que fue grandioso o desolador para quien lo vivió. Aquel viejo falleció hace unos años. Lo encontraron muerto una mañana en su casa. Su historia murió con él, y también la de aquella novia que le arrebató la guerra. Ella se llamaba Andrea. Muchos pensaban que estaba loco y que se estaba inventando aquel pasado funesto. Yo era de los crédulos, de los que no dudaba de las lágrimas que atisbaba en el fondo de su mirada. El dueño del café me contó más adelante que una vez llegó una señora que tenía más o menos la misma edad que aquel viejo. Preguntó por él y dijo que se llamaba Andrea. Quería curar una herida del pasado. Había vivido justo enfrente del local. Le contó al dueño que había amado mucho a un hombre; pero que al final se había casado con otro al que nunca había llegado a querer. Preguntaba si le conocía. El dueño prefirió decirle que aquel nombre no le sonaba de nada. El viejo había muerto hacía siete meses; pero para todos nosotros ella también estaba muerta desde que tenía diecinueve años. No me interesa saber quién de los dos se estaba inventando el pasado.

De un trozo de mármol salió la Victoria de Samotracia o el David de Miguel Ángel. De una pluma mojada en la tinta llegó cabalgando Alonso Quijano para seguir el rastro de las utopías y de los espejismos de las palabras. De unos botes de pintura y de unos pinceles desgastados creó El Bosco El Jardín de las Delicias. Supieron jugar con los materiales que tenían a mano para crear belleza. Si hubieran tenido un Ipad, un portátil o un spray también habrían seguido jugando. Siempre tienes cerca el material que requieren tus sueños para concretarse. Solo has de saber buscarte para encontrarlo. Un niño suele terminar jugando con un trozo de cartón o con las etiquetas de los sofisticados regalos que le compramos. No entiende de imposiciones en el divertimento. Si buscamos a nuestro alrededor terminaremos hallando todo lo que necesitamos para ser felices. Los milagros solo acontecen cuando uno se deja llevar por la intuición de su propia mirada.