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Se enteró mucho tiempo después de que ya no frecuentara aquel barrio. Se sentaba cada mañana en un banco de la plaza. Le daba lo mismo el frío del invierno que la canícula del verano. Miraba las palomas y los gorriones y de vez en cuando les traía migas de pan. A veces coincidían desayunando en un café cercano. Aquel joven habló alguna vez con el viejo en inglés. Hablaban sobre las ciudades que el joven soñaba y que el viejo describía con la naturalidad de los viajeros que solo anotan en la memoria los pequeños detalles cotidianos. No se refería nunca a los grandes monumentos, ni a los paisajes que solemos encontrar en las postales. Le contaba cómo era la luz de la mañana en cada una de esas ciudades o cómo cantaban los pájaros que en esos años escuchaba en las plazas de aquel barrio en el que coincidieron sus biografías durante un tiempo.
Aquel hombre era un pintor reconocido y admirado, pero él no lo supo hasta mucho tiempo después, cuando ya no transitaba por aquel barrio y había dejado el piso de estudiantes en el que escribió algunos bosquejos de novelas que, como las vidas de muchas personas que conoció entonces, no llegaron a ninguna parte. Aquel viejo solo quería pasar desapercibido y buscar el cielo velazqueño con unos ojos azules que parecía que llevaban siempre las brumas invernales de su país. Pintó oscuro, sombrío, muchos dicen que tremendamente triste, lo que veía bello; pero aquel hombre sonreía todo el tiempo con la mirada de los supervivientes. Otros buscan la fama y aparecer en todas partes. El pintor se había encerrado en aquel barrio durante años sin que nadie supiera quién era. Para los que lo veían cada día era un extranjero que vivía pendiente de las palomas y de los pájaros, algo dipsómano, callado, observador, que iba muchas veces cargado de maderas, carpetas y toda clase de objetos que recogía por las calles buscando la belleza donde los otros pasan de largo o no habían sabido encontrar nada. Muchos años después, ese joven sigue soñando novelas, y observa a los viejos que llegan a las costas de su isla solo para seguir el vuelo de las gaviotas o para sentarse durante horas mirando hacia el azul interminable del océano Atlántico. Les inventa biografías y los imagina viviendo una existencia como la de aquel otro viejo que, después de muerto, multiplicó todavía más su fama. Jaime Gil de Biedma escribió en el poema Vida Beata la historia de alguien que solo soñaba con un pueblo junto al mar, una casa y poca hacienda en donde vivir como un noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia. De esas ruinas creo que salen también los más bellos cuadros y los más emocionantes poemas. También la sabiduría que lleva a la mirada a seguir el vuelo de las gaviotas o a observar el azul del mar plácidamente cuando ya no hay respuestas.

Él miraba para el espejo retrovisor que estaba tirado en el suelo. Caminaba temprano por una zona en la que no pueden transitar los coches. A esa misma hora, justo antes del amanecer, ella se fue a cambiar de carril sin darse cuenta de que solo estaba la estructura del espejo. Un coche la arrolló y quedó inconsciente sobre su asiento. No saben si está viva o muerta. Él mira cómo el primer rayo de sol del día se refleja sobre el espejo que sigue tirado en el camino. Siguió caminando y no le dijo a nadie que llegó a ver una cara reflejada entre los rayos que le cegaban la mirada. Llegó a Urgencias y la encontró a ella. Entró al quirófano y logró salvarle la vida en el último momento. Ella no sabe que él ya había reconocido su mirada mucho antes de que llegara al hospital en la ambulancia.

Cuando el cepillo de dientes rozó sus encías su cuerpo empezó a arder. Fue lo último que vio, las llamas de su cuerpo en el espejo del baño. Solo quedaron sus cenizas y unos dientes blancos como la nieve en medio del polvo gris. Esa mujer que barrió la cenizas ensartó los dientes en un collar que va diciendo por ahí que es de perlas. No dijo nada de la ceniza que encontró en el suelo. Ni siquiera llegó a oler a quemado en el baño del centro comercial de aquella ciudad en la que ella solo pensaba estar un rato.

A veces la vida tiene que dar muchos rodeos para que nosotros aprendamos el camino. Lo sabio es errar, dudar y equivocarnos; pero lo inteligente es aprender de todos esos errores, de esas eternas dudas y de las equivocaciones. No somos máquinas perfectas, y justamente de la imperfección es de donde viene nuestra grandeza, nuestra necesaria evolución para seguir adaptándonos al planeta y a sus circunstancias, al paso del tiempo y a nuestro propio destino cuando no está en nuestra mano cambiar lo que el azar nos va ofreciendo a media que avanzamos.
Tampoco todos los libros llegan a su debido tiempo. El otro día leía un ensayo imprescindible de Stefan Zweig sobre Montaigne. El escritor vienés, que dejó ese libro inconcluso cuando ya estaba en Brasil huyendo de la barbarie nazi, hablaba de un primer encuentro con la obra de Montaigne cuando era más joven y no llegó a entender la hondura de sus planteamientos, ni tampoco la reivindicación de la independencia intelectual y de la libertad que planteaba el autor francés en sus escritos. Lo entendió mucho más tarde, cuando vio cómo todo su mundo se venía abajo en uno de esos ciclos extraños que vive la humanidad de vez en cuando y que amenazan a las libertades y la propia supervivencia de los humanos. Zweig no soportó la barbarie ni el exilio y puso fin a su vida mientras escribía ese ensayo clarividente y necesario en estos días convulsos que estamos viviendo. Hablaba siempre de la aurora que aguarda más allá de esa oscuridad que nubla la mente de los humanos y que nos lleva a perder la razón y a matarnos los unos a los otros como fieros animales irracionales. Al final, lo que nos queda es la educación y la cultura, las horas de lectura en soledad, el pensamiento libre y esos libros que nos salvan tantas veces en los cruces de caminos o en los abismos inevitables. Todos querríamos tener la fuerza de la juventud con la experiencia y la mesura del paso de los años. Ya Rubén Darío nos advirtió hace mucho tiempo que la virtud está en ser tranquilo y fuerte y que el fuego interior todo lo abrasa. A veces hay que volver a las bibliotecas a buscar los libros que no entendimos a los veinte años. También deberíamos hacer lo mismo con nuestra propia experiencia diaria, volver a ver lo que nos cegaba con otra mirada y con otra perspectiva, aprovechando esa armonía que dejan los años cuando se viven intensamente y cuando se ha aprendido que todo es tránsito y que, ni siquiera eso que todos los demás encumbran o confunden con el éxito, vale realmente el potosí que nos venden para que sigamos siendo manada y no seres libres que decidan su destino a partir de sus propias palabras. Cada día reivindico más nuestra capacidad de reírnos de nosotros mismos y de quitarle importancia a todas esas baratijas que nos venden como necesarias.

Escribía sus propios discursos. Era de los pocos que no leía lo que le entregaban los ideólogos del partido cada vez que salía al estrado o que tenía dar un mitin de fin de semana. Siempre trazaba esas intervenciones a mano, con muchas notas y flechas en los papeles. Aquel día se había quedado en blanco. No entendía ni una sola de sus palabras. Era todo mentira. Iba a mentir con un discurso lleno de metáforas y de citas de grandes pensadores. Nunca había tenido que mentir de esa manera y no recordaba lo que le enseñó aquella maestra cuando aprendió las primeras letras. Era un niño de familia muy humilde y aquella maestra le dijo que si aprendía a utilizar aquellas letras y los números que le estaba enseñando podría llegar adonde quisiera. Había estudiado dos carreras. Era un hombre de éxito. Pero no sabía que las letras, por lo menos cuando se escriben a mano, pueden jugar malas pasadas. Se lo había dicho la maestra: "no mientas nunca con estas letras que te enseño", eso era exactamente lo que le repetía casi todo el tiempo. No entendió sus trazos y bajó del estrado entre el murmullo de todos los diputados. Luego presentó su dimisión irrevocable y esa misma tarde subió a un avión y regresó a aquel pago humilde de la cumbre en el que aprendió las primeras letras. No existía la escuela unitaria. Se sentó mirando hacia los riscales y trató de recuperar a aquel niño que solo soñaba con prosperar y con mejorar la vida de los hombres sobre la tierra.

Su padre se había mudado de planeta cuando nosotros teníamos seis años. Luego su madre se casó de nuevo. Nos perdimos la pista cuando terminamos tercero de EGB. Desde entonces siempre que miraba a las estrellas imaginaba a su padre deambulando entre ellas. Salió hoy en las noticias. Lo reconocí de inmediato. Había robado durante años en su empresa. Decía en el juicio que esos robos los había cometido un extraterrestre que venía por las noches a la oficina. Esta vez no le creyó nadie. Ni siquiera su padre, que era el juez en aquella sala.

Había unos puntos suspensivos para que ella escribiera su destino. Él los había dejado hacía muchos años. Fue su única novela. Tuvo una buena acogida, pero desapareció para siempre. Solo quería escribir aquella historia. Lo único que hizo fue cambiar los nombres y los escenarios. Ella se quedó parada al final de aquellos puntos suspensivos que cerraban la novela. Él solo soñaba con que algún día esa mujer escribiera sobre esos puntos que ya le había perdonado.

Se equivocó al apuntar el teléfono de aquel amigo que no veía desde hacía años. Le escribió un WhatsApp para felicitarlo por Navidad sin darse cuenta de la fotografía del contacto. Ella le respondió diciéndole que se había equivocado y fue entonces cuando él descubrió a la sirena más hermosa del mundo. El número de su amigo acababa en siete y no en seis como el de esa mujer que aparecía en la foto desnuda debajo del agua. Solo tuvo que sumergirse en el océano para encontrarla.

Tomaba agua a todas horas. Desde niño todas las angustias se le acumulaban en el estómago. También los desamores. Cuando una historia de amor acababa sentía como si temblara la tierra dentro de sus entrañas. En esos días bebía todavía más agua. Intentaba que se ahogara cuanto antes el recuerdo de ese amor que había perdido. Y si no se ahogaba, que por lo menos quedara como uno de esos pecios hundidos en el fondo de los océanos. Todo amor perdido es como un pecio que se llena de herrumbre en nuestra alma.

Al estornudar se le saltó el ojo derecho y empezó a correr por todo el pasillo. Lo llamaba insistentemente, pero un ojo que se da a la fuga casi nunca regresa. Lo quiso seguir pero lo perdía de vista cada vez que se escondía entre la gente. Ahora tiene otro ojo prácticamente idéntico pero no soporta su propia mirada en los espejos. El ojo que se fue ha ido haciendo su propia vida. Tiene dos ojos pequeños y una mujer que dice que no hubiera sabido vivir si él no hubiera aparecido.

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