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Estaba acostumbrado a que ella confundiera su nombre todo el rato. No le importaba cómo le llamaba. Lo único que quería es que cada mañana le buscara entre las sábanas cuando él aún tenía los ojos cerrados y podía ser cualquiera de aquellos hombres que ella imaginaba entre sus brazos.

Nos contó que sus padres no la dejaban jugar cuando era niña porque era demasiado alta. Siempre tuvo problemas con la columna. Se desconsolaba viendo a sus hermanas y a sus primas corriendo de un lado para otro. Ella era muy flaca y muy alta, y sus padres temían todo el rato que acabara como esas figuras de porcelana que se quiebran cuando caen al suelo. Siempre se sintió una figura de porcelana, y aun hoy, cuando la arrastran en la silla de ruedas de la residencia de mayores, sigue sintiéndose como aquella niña que solo podía jugar con sus muñecas.

La empresa me pagaba para que llamara por teléfono y ofreciera el catálogo de ofertas de sus productos. Casi todos me insultaban. Nos obligaban a llamar a la hora de la siesta. Los jefes sabían que después de las comidas es cuando más se entristecen los solitarios, y muchos sí es verdad que compraban los productos para poder hablar un rato con nosotras. Nos sabíamos la ley de memoria. Cuando alguien nos decía que quién nos había dado su teléfono le espetábamos esa ley y le invitábamos a que evitara la publicidad de sus datos en el lugar correspondiente. Sabíamos el nombre de la persona a la que llamábamos. Podía haber dos personas que se llamaran igual en la isla; pero era imposible que tuvieran el mismo número de teléfono. No reconoció mi voz. Me insultó y me dijo que me iba a perseguir hasta el infierno por haberlo despertado. Yo me mantuve en silencio. Hace veinte años llamaba a ese número y escuchaba las palabras más hermosas que jamás me hayan dicho. Él soñaba entonces con ser poeta y estaba enamorado de mí como no se ha vuelto a enamorar nadie en todos estos años. Colgué y les dije a los de la agencia que el usuario de ese teléfono era un indeseable al que deberían borrar de la lista.



Veía todas sus películas, se compraba la ropa exactamente igual que ella y movía las manos dibujando sus mismos gestos. Una vivía en Holywood y la otra en un pueblo pequeño de Gran Canaria. En ese pueblo la conocían por el nombre de la actriz. Era la mujer más guapa, pero no quiso nunca a ningún hombre. Ella soñaba con el galán con el que estuvo casada la actriz casi veinte años. Ahora tiene ochenta años, los mismos que la diva de Holywood que se ha operado tres o cuatro veces para aparecer un poco más joven en la pantalla. Ella no se ha operado nunca y tampoco ha rodado ninguna película. Sus padres murieron y sus hermanas se fueron a vivir lejos de la isla. Tiene todas las paredes de la casa llena de fotos de esa actriz norteamericana. Ayer leyó que estaba muy enferma y que apenas le daban unos días de vida. La actriz falleció en Los Ángeles a las dos y diez de la madrugada. Ella abrió un momento los ojos a las diez y media de la mañana, pero ya sabía que estaba muerta antes de que escuchara en la radio la noticia que anunciaba el fallecimiento de una de los últimas celebridades del cine en blanco y negro. Tardaron casi una semana en descubrir el cadáver.

Ella llega, se cambia de ropa y comienza a limpiar la casa. Yo ya sé cómo va a dejar la casa antes de que comience a pasar la aspiradora. Solo hay que escuchar las canciones que entona. Realmente ella limpia para cantar todo el rato. Podría dedicarse a otra cosa, pero creo que necesita la música para seguir sobreviviendo cada mañana. Con los boleros los suelos se quedan más brillantes que con las baladas, aunque con ambos repertorios mancha de lágrimas algunas de las baldosas. Yo prefiero los días en que llega cantando salsa o pachangas para bailongos de verbenas. Esas mañanas sí es verdad que a veces se vuelve muy loca y termina rompiendo alguna cosa. Yo le digo que me encierro a trabajar en mi despacho, pero lo único que hago es escuchar cómo canta. Nunca me ha contado que fue cantante. Todo eso lo averigüé tecleando su nombre en Internet. La llamaban La Espantadora de tristezas. Gisela Pérez, La Espantadora de tristezas, así es como la presentaban en todas las salas. Yo me quedé viudo hace dos años y necesito escuchar a Gisela cada mañana. No le he comentado nada. Ella tampoco me ha dicho que fue cantante y que un día desapareció para siempre de los escenarios. Muchos la dan por muerta. Cantaba en otro continente y ya hace más de treinta años de aquella espantada. La comparaban con Toña la Negra. Hoy ha llegado cantando tangos. Es la primera vez que canta tangos en mi casa. No sé cómo quedarán los suelos después de tantos desgarros del alma.

41hhibDOqSL._BO2,204,203,200_PIsitb-sticker-v3-big,TopRight,0,-55_SX324_SY324_PIkin4,BottomRight,1,22_AA346_SH20_OU30_.jpgHace cinco años, viví obsesionado con el músico francés Camille Saint-Saëns. Investigué todo lo que pude de su vida, indagué sobre sus reiteradas estancias en Gran Canaria y fui acumulando información por todas partes. Luego me senté a escribir una pequeña novela que salió de un tirón en apenas dos meses. Una vez escrita, la dejé reposar casi cinco años. Volví a ella en enero. Borré mucho, se la pasé a algunos amigos para que la valoraran y finalmente me he decidido a publicarla. Vuelvo a apostar por el proyecto de ATTK Editores. Me fue de maravilla con El destino de las palabras, y creo que han ido consolidando un catálogo que vale mucho la pena. Aquí les dejo la sinopsis y el enlace la obra. La pueden adquirir con un solo golpe de clic en este enlace. También pueden descargarse gratuitamente un fragmento de la novela. Espero que les guste.

En la sinopsis de la novela se explica que Camille Saint-Saëns estuvo en la isla de Gran Canaria en siete ocasiones diferentes entre 1889 y 1909. Se sabe muy poco de esas visitas. Lo que se plantea en esta historia es la aparición de un diario oculto que el músico habría dejado en Villa Melpómene. Este diario apócrifo cuenta sus impresiones sobre el arte, la belleza y la vida. Al mismo tiempo, nos cuenta el amor que vivió con un joven profesor inglés que en aquellos años vivía en la isla formando a algunas de las hijas de la destacada colonia británica. Toda esta investigación la lleva a cabo un biógrafo francés de origen español que se acerca a la realidad actual de Canarias y que, igualmente, vive una historia de amor con una profesora de un instituto cercano a Melpómene, la casona en la que Saint-Saëns habitó y compuso algunas de sus obras más reconocidas. Hasta el momento nadie ha encontrado esos escritos en Melpómene; pero sí son reales muchas de las referencias que cuenta Saint-Saëns sobre su vida y su obra. Nuevamente, la portada de ATTK Editores es obra del pintor Augusto Vives.

Su padre le decía cuando era pequeño que la música sonaba mejor con los ojos cerrados. Le despertaba con Yehudi Menuhin tocando en el violín las sonatas de Bach. Él se quedaba en la cama y recuerda que casi volaba detrás de todos aquellos acordes. Su padre venía a veces y le daba la mano. Hace años que no ve a su padre. Vivieron juntos toda la vida. La madre murió cuando él tenía tres años. Estudió música en el conservatorio. Su padre soñaba con verlo alguna vez sobre el escenario del teatro en el que trabajaba como acomodador desde que había cumplido los veinte años. Él toca en una esquina de una ciudad lejana. Siente el sudor de muchos días en su camisa cada vez que levanta el arco o cuando tensa las cuerdas del violín en un escorzo casi imposible. Su padre cierra los ojos cuando tocan los violines de la orquesta cada sábado. Su hijo solo está pendiente del sonido de las pocas monedas que le van echando en el plato los transeúntes de esa ciudad lejana.

Llegó al supermercado y comenzó a llenar su carro. Cuando llegó a la zona de las cervezas vio que no estaba la marca que llevaba comprando desde hacía cinco años. Le preguntó a una chica que estaba reponiendo y le dijo que no le sonaba de nada esa marca y que estaba segura de que nunca la había visto en las estanterías de ese supermercado. Los demás compradores estaban atentos a la conversación y uno de ellos apoyó los argumentos de la empleada: llevaba comprando desde hacía dos años y nunca había visto esa marca de cerveza. Él estaba seguro de que se había llevado un paquete a su casa hacía solo una semana. Comenzó a sudar y se sintió desolado. Llegó a su casa sin esas cervezas. Se tomaba una cada noche desde hacía muchos años. Siempre solo, mirando a la tele, o poniendo alguna canción romántica cuando sentía que se había enamorado de alguna mujer que se había tropezado por la calle. No le quedaban cervezas y no sabía qué era lo que le estaba pasando. Lo confundía todo. Tenía ganas de orinar y ni siquiera se acordaba dónde estaba el cuarto de baño de su propia casa.

El narrador omnisciente es el único que sabe que ellos jamás volverán a encontrarse. Podría cambiar la ruta diaria de cada uno de sus pasos; pero se niega a que sus historias tengan finales felices.

No era lo mismo. Llevaba treinta años resolviendo aquel crucigrama del periódico que firmaba un señor con el seudónimo de Markus. No hacía ningún otro crucigrama. Cada tarde, al llegar del trabajo, almorzaba, y luego se preparaba un café mientras iba rellenando cada una de las casillas que Markus había ideado con palabras que se cruzaban casi milagrosamente. Ella se hubiera enamorado de un señor como Markus. Su marido llegaba siempre de la oficina con manías persecutorias. Todos los días había alguien que le estaba haciendo la vida imposible. Ella le escuchaba mientras resolvía los acertijos propuestos por Markus. Hace una semana, un obituario del periódico anunció que se había muerto el crucigramista que llevaba con ellos cuarenta años. Estaba su foto. Markus era el mejor amigo de su hermano en la infancia. Recuerda que le miraba siempre con ojos de enamorado, y que incluso estuvo en su boda. No sabía que era él quien hacía aquellos crucigramas. Él tampoco supo que durante treinta años ella solo estuvo pendiente de cada una de las palabras que iba entrecruzando. Markus se llamaba Andrés Pérez Martínez y trabajó siempre como cajero en un banco.

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