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Novedades en la categoría Literatura

Lo sentaban todas las mañanas delante de una pantalla. Los clientes querían saber cómo se llamaban los lugares en los que habían sacado las fotos. También querían conocer el nombre de los árboles, de las flores o de los pájaros que aparecían en las imágenes. Él se limitaba a nombrar lo que veía como si estuviera estrenando el mundo. Tenía cuarenta años cuando llegaron las redes sociales. A partir de ese momento todo cambió para siempre. Al principio la gente sabía que estaba en Artenara o en Tamadaba y eran capaces de identificar un pino, un nogal o una de esas higueras que en febrero parecen restos de un osario. Ahora disparaban sus aparatos a todas horas; pero no conocían lo que tenían delante.
El empresario que le pagaba se estaba haciendo de oro con la poca memoria que le quedaba. Alguien trajo una foto antigua. Él la situaba más o menos en 2014. Estaba sentado junto a una mujer viendo atardecer en la Caldera de Bandama. Estaban de espaldas. Alguien había encontrado esa foto entre los miles de millones de imágenes que hay perdidas en las redes sociales. Identificó el lugar. También dató la foto por el modelo del coche que aparecía. El coche les resultaba curioso a aquellos extraños que cada vez tenían la cabeza más grande. Él recordaba la música que escuchaban cuando subían juntos algunas tardes hasta Bandama; pero no le dijo nada a nadie. Le pusieron otras fotos más cercanas y siguió nombrando como un autómata todas las palabras olvidadas.


Coleccion_La_Palma-libros-poeta-Rafael_Arraiz_Lucca_EDIIMA20140917_0204_14.jpgDe los versos quedan los rescoldos que siempre nos acompañan cuando el fuego ya no es más que una llamarada del recuerdo. Pero hay poemas que nunca llegaremos a conocer o que serán escritos cuando ya no estén nuestros ojos tanteando un poco más allá de las palabras. Hasta hace unos días no había leído nada de Rafael Arráiz Lucca. Gracias a Ediciones La Palma y a Nicolás Melini cayó en mis manos el libro Pesadumbre en Bridgetown (Seguido de Plexo Solar).
Rafael Arráiz es venezolano y escribe versos que van quedando en ese eco necesario cuando arrecia el temporal o cuando nos olvidamos de que esto no es más que un juego que deberíamos escribir como si la eternidad se avistara al final de cada punto y aparte. Los poemas que acaba de editar La Palma fueron publicados en 1992 y en 2002. Más de veinte años desde Bridgetown y más de diez desde Plexo Solar son un tiempo suficiente para saber que los poemas han pasado esa criba de los días y de las noches que terminan colocando todas las cosas en su sitio. Busquen este libro y contribuyan a que se siga consolidando ese milagro que solo se entiende a partir de una cierta justicia poética.
El autor nos recuerda que se ha librado de los rostros de sus fantasmas más temidos pronunciando sus nombres. También nos avisa de que va a la esencia y de que solo se asoma al abismo insondable de su propia sombra: "Mis versos son ahora/ cortos/ y tienen el mismo rigor mortis/ que los telegramas". Arráiz te va cercando de metáforas hasta que ya no sabes si habitas dentro o fuera de sus poemas. Te enreda en su madeja sin estridencias y sin ditirambos. Te va ganando sutilmente, palabra a palabra, y de vez en cuando hace que levantes la vista del libro, pero solo para alongarte hacia tus propios adentros o para recordarte la condición temporal que tienen todas nuestras ambiciones y cada uno de nuestros movimientos. También para que no olvides "que el tiempo pasa como el badajo de una campana:/ de un lado a otro anunciando su estancia efímera". Cuando terminas esta aproximación a la obra de Arráiz Lucca solo esperas que a partir de ahora se sigan reeditando sus libros para poder estar cada vez más tiempo cerca de sus versos.
Cada poema suyo es un horizonte que no deja nunca de expandirse más allá de la memoria. También es una declaración de intenciones que firmaríamos si nos pusieran un papel delante: "Obedeceré los dictados del viento/ y celebraré con los pájaros la bendición de la lluvia". Supongo que los libros llegan cuando tienen que llegar y no cuando se escriben o cuando se publican. César Vallejo jugaba con dios tirando un dado viejo: Arráiz Lucca juega con ese mismo dado, pero lo lanza hacia su propio plexo solar sabiendo que cada vez que traza un verso se está jugando la vida que le queda.


Pesadilla en Bridgetown
(Seguido de Plexo Solar)
Rafael Arráiz Lucca
Ediciones La Palma 2014


Siempre llegó tarde a todas partes. Lo fueron dejando las mujeres que le amaron, fue perdiendo trabajos y le cortaron muchas veces la luz y el agua por retrasarse en los pagos. Daba lo mismo que adelantara el reloj o que se concentrara por ser puntual desde primera hora de la mañana. Hay personas que nacen sin ser capaces de seguir el ritmo de su tiempo. Se extravían, se retrasan y finalmente también desaparecen para siempre. Él decía que no se llegaba nunca a ninguna parte y sonreía cuando nos escuchaba blasfemar por sus tardanzas. Lo dejé en algún lugar del pasado que ya ni siquiera recuerdo.

Me los tropecé durante diez días seguidos en el mismo pasadizo. A veces venía uno caminando y el otro dormía entre cartones. Al día siguiente el que caminaba era el que dormía y el que estaba durmiendo aparecía con esa sonrisa radiante de los triunfadores. A uno lo miraba hacia abajo y al otro hacia arriba. Conocía sus pies de cuando sobresalían entre los cartones y el color de sus ojos de cuando los veía venir como si llegaran de ganar batallas que parecían perdidas. Casi podría decir que se repetían. Hoy me he despertado escuchando muchas voces de fondo. Tengo frío y no sé qué hago acurrucado entre estos cartones. Hasta ayer mismo venía sonriendo por este pasadizo que recorro por lo menos dos veces cada día.

Los coches vienen con las roturas programadas desde que salen de la cadena de montaje. A ella se le rompió el manguito un día de lluvia camino del trabajo. A la misma hora, con el mismo modelo de coche, y a más de dos mil kilómetros de distancia, a él se le rompió la misma pieza pero en un día soleado y cuando regresaba a su casa. Habían recorrido los mismos kilómetros por paisajes diferentes. Los dos se habían divorciado hacía tres meses después de estar casados diez años. Aún les quedaban cinco meses para coincidir poniendo gasolina en la misma estación. Él cambiaba de trabajo y de ciudad. Viviría a dos manzanas de ella, la conocería en la gasolinera y se daría cuenta de que era la mujer que llevaba buscando toda la vida. Los dos coches estarían estacionados frente a frente, con las luces encendidas, como cuando los probaron al mismo tiempo recién salidos de la cadena de montaje. Compartirían plazas contiguas en el garaje y estarían juntos los mismos años que ellos se amaran.

Llevaba más de treinta años haciendo el mismo recorrido cada mañana. Habían cambiado los escaparates, los modelos de los coches que paraban en los semáforos y las caras de la gente; pero él no se dio cuenta de esos cambios hasta que se tropezó con la mirada del niño con el uniforme azul y morado. El niño de entonces era ahora el padre de aquel pequeño de unos diez años que tenía la cara triste. El padre seguía con la misma cara, pero ahora iba con chaqueta y corbata camino de los Juzgados. Hacía treinta años era el mismo niño que ahora lleva de la mano. Él también era mucho más joven y en aquellos primeros años miraba todo lo que había alrededor cuando iba camino del trabajo. Luego empezó a pasear como un autómata, y los autómatas, si alguna vez despiertan de su letargo misántropo, se suelen encontrar todo el mundo cambiado. Él había sido un autómata durante muchos años.

Aquella mañana decidió seguir corriendo un poco más lejos que otras veces. No estaba pasando su mejor momento y necesitaba más endorfinas que ayudaran a sobrellevar a los canallas. Cuando llegó a la curva estaba exhausto, casi sin aire, pero no quería rendirse hasta alcanzar la meta que se había trazado. Vio unas flores que recordaban a algún muerto en accidente. Alguien cambiaba esas flores a diario. Lo encontró esa mujer que lleva viniendo cada mañana desde hace treinta años. Dijo que estaba tirado en el asfalto y que no respiraba. Esa mujer había sido su madre. Él recordó, antes de morir, que ya había fallecido una vez en esa misma curva. Solo conservó los ojos de quien se había matado en el coche. Su madre los hubiera reconocido de inmediato; pero los cerró en el último momento y a ella aquel muerto, también de treinta años, lo único que hizo fue removerle todavía más el infinito dolor que alfombraba con flores cada mañana.

Costó detenerlo; pero los contactos que tenía en la policía lograron dar con aquel loco que llevaba molestándola desde hacía meses. La llamaban a todas horas por teléfono. Sus padres eran mayores y vivían lejos. No podía desconectar el aparato ni siquiera cuando dormía. No imaginaba quién podía llamar de una forma tan insistente. Pensó en algunas amigas complicadas, en celosas compañeras del trabajo o en esos amores que no dejan que nos separemos nunca de su lado. Aquel hombre lleno de tatuajes la miraba fijamente. Ella dijo que no lo conocía de nada, pero todas las llamadas procedían de su teléfono. Le dieron la vuelta y vio su nombre escrito en su cuerpo por todas partes. Él se había enamorado de ella hacía muchos veranos. Treinta años después la llamaba a todas horas y colgaba justo cuando cogía el teléfono. Jamás se atrevió a decirle que la amaba. Lo han internado en una residencia psiquiátrica. Ella se ha vuelto insomne después de tantos sobresaltos en la madrugada.

Se despertaba de madrugada para verla dormir. Todas sus coreografías no eran más que una recreación de los movimientos de ella cuando dormía. Nunca se lo contó, y además le repetía siempre que no tenía cuerpo de bailarina. Memorizaba cada uno de sus escorzos y la posición exacta de sus dedos y de sus brazos cuando los estiraba en medio de la noche. Ella tampoco le contó que siempre bailaba en cada uno de sus sueños. Nunca recordaba los detalles de lo que iba soñando, y por eso no reconocía luego sus propios movimientos en los estrenos; pero sí estaba segura de que todas aquellas coreografías las hubiera bailado mejor que nadie.

Seguía pidiendo dos panes cada mañana. Se había quedado viudo hacía tres meses, pero se negaba a reconocer su soledad en el peso de una bolsa de plástico. El pan diario que le sobraba se lo llevaba a los patos del estanque todas las tardes. Era la única forma que había encontrado de desmigajar la ausencia.