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Era una persona normal. Tiene razón, primero habría que definir la normalidad. Me refería a que tenía trabajo, no iba haciendo locuras por la calle, estaba casado y poseía un coche. Unos días estaba alegre y otros lo veías más aliquebrado, pero nunca llegaba a los extremos. Alguna vez venía por aquí a ver un partido de fútbol, a tomar unas cañas o a pasar un rato con su mujer o con algún amigo. Era un hombre de pocas palabras, educado, que nunca se emborrachó. Las últimas veces sí es verdad que ya estaba con algunas manías un poco molestas. No paraba de picar los ojos frenéticamente. Cuando le preguntaba que qué quería tenía que bajar la vista o mirar para otro lado. Me ponía muy nervioso. También le daba por mirar el reloj todo el tiempo. Así y todo no estaba ni más loco ni más cuerdo que cualquiera de nosotros. Los últimos meses había dejado de venir con su mujer. Luego me contaron que se había ido con su jefe. Imagínate la situación: llegas al trabajo cada día y recibes órdenes de quien te ha destrozado la vida. Supongo que sólo soñaría con darle una paliza cuando entrara por la puerta. Pero las cosas están como están, y durante varias semanas fue a su trabajo como si no hubiera pasado nada. No se planteó pedir la baja o largarse a otra parte. Fueron ellos los que lo echaron. Le liquidaron y le dijeron que no viniera al día siguiente. Dicen que estuvo encerrado en su casa varias semanas sin querer ver a nadie. Cuando empezó a salir de nuevo ya no hacía lo mismo que antes. Aquí no ha vuelto a entrar. Supongo que no querrá que le pregunten por su mujer o por su trabajo. Lo que no creo es que pueda seguir así mucho tiempo más. Los vecinos de su edificio le han denunciado varias veces porque tiene la casa llena de bolsas de basura que sube de la calle. No se ducha, no se afeita y tampoco creo que quiera pensar. No creo que tenga mucho dinero. Vivirá de lo que le pagaron de la indemnización y de lo que le ingresen del paro cada mes, pero todo eso tiene fecha caducidad, y como no consiga trabajo va a terminar viviendo en la calle. Con esa pinta y haciendo lo que hace no va a conseguir trabajo en ninguna parte. Nunca. Será un paria toda su vida, si es que realmente se le puede llamar vida a lo que él está protagonizando ahora mismo. Si pasas a su lado hace como que no te conoce. Te mira y sigue a lo suyo. Lo que tememos es cualquier día coja un cuchillo y mate al primero que se le ponga delante. Tenemos miedo sobre todo por nuestros hijos. No es que pidamos que lo detengan y lo esposen. Ya sabemos que no ha cometido ningún delito, pero seguro que usted tampoco dormiría tranquila si lo tuviera de vecino. Claro que nos da pena. Eso es algo que le puede pasar a cualquiera de nosotros. Con lo de los Stop lleva ya unos días. Sale de su casa y se para a recorrer las letras de las señales de stop que están pintadas en el suelo. Las va rodeando una a una, sin importarle que los condcutores le estén tocando desesperados la bocina. Cualquier día se lo van a llevar por delante. Me han dicho que durante la noche no hace más que ir de un cruce a otro recorriendo maniáticamente cada una de las letras. Como usted comprenderá, alguien que hace eso no puede estar muy bien del magín. Ahí lo tiene, recorriendo la palabra como un autómata, totalmente ido, hablando solo. El único objetivo diario de su vida es recorrer los stops que se va a encontrando por las calles. Va y viene sobre ellos ante la mirada atónita de los transeúntes y las risas de los niños que alguna vez le tiran piedras cuando lo ven tan ensimismado. Se ha quedado varado en esa palabra extranjera tan corta y tan directa. Stop. No creo que nadie nazca, estudie, trabaje o ame para luego quedarse dando vueltas en ese carrusel absurdo de una señalización de tráfico trazada en el asfalto. Un poeta borracho que viene por aquí a veces dice que en esos recorridos hay un mensaje metafórico, pero a mí stop no me parece una palabra poética. No sé qué opinará usted. Le cobro. Muchas gracias. Se llama Anselmo, aunque lo más probable es que no le responda cuando le diga su nombre. Lo siento, pensé que era una asistente social que tenía que elaborar un informe para el ayuntamiento. Hemos llamado muchas veces en las últimas semanas a los Servicios Sociales. No nos hablaba nunca de su familia. No sabía que tenía una hermana.

Desapareció. Siempre dijo que cualquier día dejaría de aparecer por la oficina y que se perdería en algún lugar en el que nadie pudiera encontrarlo. No tenía familia cercana. Sus compañeros lo echaron de menos los primeros días, pero luego siguieron trabajando como si nunca hubiera existido. La policía dejó el caso abierto y se inclinó por un posible suicidio. Había dejado muchos avisos en muchas partes de que en cualquier momento le perderían la pista. Todo fue sencillo. Llegó paseando al Muelle Deportivo, miró a aquella mujer, se sonrieron, subió al velero y ahora navega por todo el mundo. No se baja en ningún puerto. No quiere volver a pisar tierra nunca más. Cocina, limpia y ha aprendido a izar las velas y a llevar el timón. Aquella mujer también se había escapado hacía tiempo del otro lado del planeta. Ella sí baja en los puertos, pero solo lo justo para los trámites aduaneros y las compras. Son felices en medio de los océanos. La única condición que se pusieron fue no hablar jamás de sus recuerdos. Para ellos la vida empezó el día que se conocieron.

Nos perdemos, nos enredamos, nos entretenemos y nos confundimos de orilla muchas veces. Si regresas en busca del tiempo perdido recordarás que no se mojaba la magdalena en el té sino que se diluía en una cucharilla, y que lo que importa casi siempre es solo el sabor que deja lo vivido, esa sensación que revivimos una y otra vez cuando esa vivencia es realmente intensa y ha merecido la pena. Hay que leer a Marcel Proust para disfrutar de esa bendita menudencia de lo cotidiano, de lo que nunca parece literario hasta que no se traza y se mira con ojos nuevos o con ojos que sepan que todo lo vivido es milagroso y necesario si cuando lo contamos nos alejamos del lenguaje de las actas notariales.
Volvamos a Combray como si regresáramos a casa. Estoy con Rodrigo Fresán cuando dice que su patria es solo su biblioteca, esas referencias literarias que a veces han calado en nuestra alma más que nuestras propias vivencias, y por supuesto mucho más que los horarios, las horas muertas y casi toda esa morralla que se asoma últimamente a las pantallas. Lean despacio y con todo el tiempo del mundo, con el recobrado y, aunque parezca un contrasentido, también con el perdido y con el que va más allá de los tiempos verbales y de las evidencias.
Cuanto más minucioso y detallado se ha grabado un recuerdo más intensa es la vuelta al pasado. Por eso regresamos a unos recuerdos más que a otros, y muchas veces nos sorprendemos porque esos regresos suelen llevarnos a vivencias que no creímos que fueran importantes: el color de un atardecer reflejado en los cristales de nuestra casa, la brisa del mar en una playa en la que estuvimos unos pocos minutos reconociendo charcos, la voz de alguien que nos llama desde la lejanía o aquel olor del humo que dejaban las hogueras en las noches de junio. También cuando leemos y volvemos a los libros por los que una vez pasamos experimentamos ese regreso tan parecido a lo vivido, sobre todo cuando esos libros también han contado minuciosamente hasta el último detalle de lo que veían sus protagonistas, de lo que pensaban y de lo que soñaban escuchando la música de un piano, mirando un cuadro en un museo o atisbando toda esa vida que se va escribiendo a diario por las calles y que se pierde para siempre si alguien no la guarda en la memoria o la recoge en unas páginas. Todos esos retazos servirán luego para entender por qué los humanos somos como somos y seguimos ilusionándonos a pesar de aquellos pesares que cantaba el poeta y que son tan parecidos a los pesares y a las alegrías de quienes salen en las novelas. Volver a Proust es como regresar a casa, como sentarte cualquier tarde a recordar o a inventar la vida que no viviste pero que querrías haber protagonizado. Al fin y al cabo somos dioses en nuestros recuerdos y en cada una de nuestras palabras.

Le cambiaron varias notas cuando ya estaba muerto. Por eso, cada vez que tocan esa sinfonía, los músicos se equivocan, el viento abre una ventana inesperadamente o se van las luces en el teatro. Jamás se ha podido interpretar. Nadie supo nunca que esas notas habían sido cambiadas por un hermano del músico. Tampoco se ha podido grabar sin extrañas interferencias. Quienes logran escucharla en su cabeza leyendo las notas dicen que es la sinfonía perfecta y siguen insistiendo en tocarla una y otra vez. Pero aquel músico no buscaba la perfección sino la belleza. Su hermano y sus conocidos insistían en que añadiera esas notas que le agregaron después de que muriera. Siempre se negó. Por eso nunca se ha ido, ni se marchará mientras quede un instrumento sobre la tierra empeñado en tocar esa sinfonía perfecta.

Lo vi sentado antes de que amaneciera. No había dormido en toda la noche y ahora escuchaba atento el canto de los gallos. Miraba hacia las montañas y respiraba profundamente. Luego subió al coche y lo llevamos al hospital. Él sabía que no regresaría nunca. Hoy los gallos cantan de otra manera. Él nos contaba que nunca era el mismo canto y que a veces anunciaban todo lo que nos acabaría sucediendo. Hoy suenan tristes, como más apagados. Yo me he sentado en la misma silla en la que él llevaba viendo amanecer desde hacía más de cincuenta años. Esos gallos siguen cantando como si lo echaran de menos esta mañana.

Bajaba todos los días desde su barrio hasta el centro de la ciudad. Siempre se ponía la misma gorra. Lo veías atravesar calles, esperar en los semáforos y tomarse el cortado en el mismo sitio. Solo se quedaba en su casa los domingos. No hablaba con nadie. Saludaba a mucha gente pero no se paraba con ninguno de esos habituales que le llevaban viendo pasar desde hacía años. Solo hablaba con la empleada de la farmacia que cada día le pedía que se remangara la camisa y que metiera el brazo en aquel aparato que hacía temblar sus carnes algo fláccidas. Ella estaba a punto de jubilarse. Se había quedado viuda hacía unos meses. Él no sabía cómo decirle que la amaba y que se dejaba tomar la tensión cada día solo para sentirla cerca. Se quitaba la gorra desde que entraba en la farmacia, así fuera invierno o verano, y le daba los buenos días bajando la mirada tímidamente.

Hay fotos que amarillean más que el tiempo. Lo veía pasar cada día por la calle. Ella no salía de su casa desde hacía veinte años. Todos la habían dado por muerta. Incluso su madre, que era la que vivía con ella, ya casi ni le hablaba cuando pasaba a su lado, y si lo hacía se sentía igual que cuando dialogaba con sus familiares muertos. Ella lo veía igual que siempre, pero las fotos que guardaba, de cuando fueron novios, estaban ajadas y amarillas hacía muchos años. Él tampoco se parecía al que salía en los retratos. Habían pasado treinta años desde que lo habían dejado, pero para ella seguía siendo el mismo que tocaba el timbre de su casa y la esperaba en la calle para abrazarla como si acabara de caer en sus brazos desde el cielo.

Siempre he dicho que es uno de los escritores más galdosianos que conozco, aunque su apariencia me recuerde más a Chéjov. También tiene mucho del escritor ruso en su manera de contar los pequeños detalles de los personajes, esas pistas que los acaban definiendo más allá de las grandes vivencias, todo lo grandioso que atesora lo cotidiano. Ese escritor de quien hablo se llama Luis Junco. Es ingeniero aeronáutico y durante muchos años fue profesor de matemáticas. Un hombre de ciencias, como el mismo Chéjov, que demuestra que esa separación de las ciencias y las letras es una gran incongruencia.
Luis Junco tiene novelas fascinantes como Una carta de Santa Teresa y pequeñas historias de ficción y realidad tan recomendables como De amar y andar por casa o La cruz del inglés. Pero creo que Luis sabe que acaba de escribir su gran obra, esa novela que todos los escritores buscamos una y otra vez desde que trazamos el primer renglón o nos aparece el cañamazo del argumento. La acaba de publicar en Ediciones La Discreta y se titula Entrelazamientos. El escritor se encuentra con el científico y entre los dos pergeñan una historia tan real y tan ficticia como todas las historias que no te dejan separarte de un libro. Todo empieza con una aparición extraña en una casa de la calle Travieso, en Las Palmas de Gran Canaria, cuando Luis Junco era niño. Esa aparición se entrelaza luego con historias en la Casa de los Coroneles de Fuerteventura, en Tenerife, en Suiza, en Londres o en Madrid. Si Luis me hubiera dado clase de matemáticas o de física creo que mi destino hubiera sido otro. Cuando leas este libro querrás aprender física cuántica para tratar de entender tu propia existencia. Hay referencias históricas a la masonería en Canarias, al caciquismo, a la lucha de poderes, a la situación política o al papel de las islas en las guerras mundiales y en todo lo que tuvo que ver con el espionaje de las grandes potencias de entonces. Se cita a Max Planck, a De Broglie, a Bohr, a Einstein o a Heisenberg. Lo literario se entiende como un encuentro de lo ficticio y de lo real a partir de la elección de los puntos de vista. Luis Junco parte de un momento de su vida en el que entró a un quirófano sabiendo que había muchas posibilidades de que no saliera vivo. Por suerte fue todo de maravilla y ha podido seguir escribiendo. Esta novela nos servirá a los demás para entendernos un poco mejor más allá del vuelo alicorto de lo que tenemos delante. Eso sí, Luis nos deja claro en todo momento lo que argumentaba el físico norteamericano Richard Feynman: "Si no entendemos lo que está detrás de todo es porque a lo mejor esa es la esencia de la realidad: incomprensible". Creo que por eso mismo leemos y escribimos, para tratar de buscar más allá de ese incomprensible horizonte de las evidencias.


También los árboles se acaban pareciendo a quienes los cuidan. Los despistes de aquel hombre eran famosos en su entorno. Era olvidadizo. Sus árboles también comenzaron a confundir las estaciones y, a medida que han ido pasando los años, las higueras florecen en enero y se deshojan en agosto o los nispereros dan sus frutos en el mes de mayo. También los perros han comenzado a maullar y los pájaros se empeñan en bucear en el estanque. Empezó olvidando las llaves o dejando atrás la mochila de su hija cuando la llevaba al colegio, pero al paso de tantos años ya no sabe muchas veces ni dónde tiene el pie izquierdo. Por más que lo intenta siempre olvida algo importante, como si esos despistes formaran parte de su naturaleza y como si luego la naturaleza necesitara contagiarse de sus descuidos para cambiar los ciclos y hacer que el mundo parezca diferente.

Se metieron dentro cuando vieron llegar a los conquistadores y ninguno había vuelto a salir desde entonces. No todos los aborígenes se suicidaron, fueron esclavizados o se mezclaron con los conquistadores. Estos de los que hablo se adentraron en las cuevas hasta lugares a los que aún no ha logrado llegar el ser humano del siglo veintiuno, y allí siguieron reproduciéndose, ajenos por completo a lo que sucedía fuera. No han sabido de crisis, ni de guerras mundiales, ni de llegadas a la luna. Se han ido alimentando con los pescados y mariscos que se adentran en las zonas más cercanas a la costa y con la vegetación que hay entre las humedades o los claros que se formaban en algunas claraboyas naturales que daban hacia los acantilados de La Aldea. La entrada principal la habían tenido por las Cuevas del Gato, en El Gamonal Alto de Santa Brígida, y desde allí se contaban decenas de kilómetros de grutas, charcas y pasadizos secretos. Los espeólogos habían entrado un par de veces, pero llegaba un momento en que salían asustados y ya sin oxígeno. Los aborígenes trogloditas, en cambio, habían comprobado cómo los pulmones se habían ido adaptando a su hábitat cavernícola. No tenían problemas para respirar. Desde muy niños se les explicaba que fuera sólo estaba la muerte. Los que habían entrado a última hora hablaron de las torturas y de los asesinatos salvajes de los conquistadores. Nunca volverían a salir, y si ellos lograban entrar alguna vez tenían todo preparado para inmolarse colectivamente tirándose al vacío en la gran gruta insondable que estaba siempre clausurada. A los bárbaros tampoco les querían dejar sus cuerpos. Durante cientos de años nadie intentó nunca subir a la superficie. Y el que salió aquel día lo hizo después de tomar el camino equivocado. Llevaba tres días extraviado por las grutas y ya estaba a punto de desfallecer. Salió de noche y se sintió mareado al respirar el oxígeno. Apareció por una de las cuevas que hay en la zona de El Rincón, en Las Palmas de Gran Canaria. Lo que encontró no se parecía nada a lo que se habían ido contando durante años los que estaban en el subsuelo. Nadie se había vuelto a asomar y lo que se transmitían era la isla paradisíaca de antes de la conquista. Caminó un poco por la superficie y terminó desmayándose cuando miraba asombrado las luces lejanas del paseo de Las Canteras y el puente iluminado que tenía ante los ojos. Ni siquiera sabía lo que era la luz. Cuando despertó, el Guanarteme ya no estaba allí.
Lo encontraron los yonquis que se escondían en las cuevas para colocarse con jaco o con mezclas de cocaína y heroína cada vez más adulteradas. Muchos de ellos pensaban que se le había ido la mano con la dosis. El troglodita quiso correr pero no podía moverse. Llevaba muchas horas sin comer, y además aquellos tipos lo agarraban y lo miraban de arriba abajo como si fuera un bicho raro sin saber que los raros eran ellos, vestidos con cosas extrañas, hablando en un idioma ininteligible y con los ojos saltones y violentos. No eran así los que decían que vivían aquí antes de esconderse. El aborigen pensó que esos debían ser sin duda los conquistadores. Empezaron a reírse y luego le dijeron que chupara una pastilla. Sintió que se iba y volvía a perder el control sobre sí mismo.
Estaba en el hospital. Lo había traído la policía tras una redada en las cuevas que estaban por la zona de Guanarteme y de Chile. El tipo estaba fuera de sí, desnudo, y con una sobredosis tremenda. Lo ducharon, lo afeitaron y lo intubaron. No tenía documentación. La mayoría de los yonquis empiezan a desorientarse cuando ni siquiera son capaces de identificarse. El médico le comentó al policía que llevaba mucha mierda encima, sobre todo ácido, pero que el físico privilegiado que tenía le había permitido sobrevivir. No podía abrir los ojos porque le molestaba la luz. Según el médico debía llevar mucho tiempo encerrado en aquellas cuevas poniéndose morado de tripis. Cuando le quitaron los tubos, el aborigen sólo miraba a través de las gafas de sol especiales que le habían puesto para evitar el daño que le hacían las luces. No contestaba a ninguna de las preguntas de la policía. Querían saber quién les había pasado el alijo de heroína que estaba en la cueva. Los demás yonquis culparon al loco desnudo. La policía lo sacó del hospital, lo llevó al juzgado y luego lo metieron en la cárcel del Salto del Negro hasta que saliera el juicio. Se lo dijo un policía malencarado y violento: "te vas a comer en el talego por lo menos diez años, yo que tú cantaba y aflojaba un poco la pena". Pero no habló. Estaba esposado todo el rato, y en los traslados no hacía más que mirar asombrado todo lo que encontraba a su alrededor. Los primeros días vomitaba la comida, pero poco a poco fue haciendo su estómago a los alimentos líquidos. Los coches que veía circular junto al zeta de la policía que le llevaba de un lado para otro le ponían muy nervioso. También miraba asombrado los barcos desde la Avenida Marítima y los aviones que de vez en cuando veía volar en el horizonte. No entendía los gritos de aquellos hombres con gorra y con unos huesos colgando del pantalón. A él también lo vistieron con pantalón y camisa. Caminaba siempre bajando la cabeza, como si fuera a encontrar algún obstáculo al erguirse. En la cárcel le tocó con un traficante colombiano que no hacía más que llorar recordando a su mujer y a sus hijos. Él no sabía lo que estaba contando. Se acurrucaba en la cama y miraba asombrado al colombiano. En el patio se sentaba solo en un rincón. No quería comer. Por pena. En los periódicos apareció la noticia de que un narcotraficante peligroso se había puesto en huelga de hambre en la cárcel. Los periódicos siempre lo exageran todo. Él no sabía lo que era un periódico, ni entendía aquellas imágenes ante las que todos sus compañeros se quedaban paralizados después del almuerzo. Apareció muerto una mañana como a veces aparecen muertos los pájaros en las jaulas. El colombiano dijo que no había escuchado nada. Le hicieron la autopsia y lo enterraron en una fosa común en San Lázaro. Nadie había averiguado nada de él. Ni siquiera sabían si era canario.