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Cuando todo está oscuro, el teclado ensaya las historias que terminará escribiendo ese hombre que ahora duerme en una habitación al fondo de la casa. Las teclas se mueven lentamente confundiéndose con el ruido de la nevera o con los ecos lejanos de los pocos automóviles que a esas horas circulan por las calles. A veces ese hombre se despierta sobresaltado en la madrugada y se acerca a su mesa de trabajo; pero en ese momento el teclado se detiene para que él piense que está escribiendo su último sueño.



Él nunca volvió a encontrar aquel sabor adictivo y extraño en ninguno de sus besos. Acababa de comer fresas. Ella comió fresas muchas otras veces antes de besarle; pero siempre le faltó el veneno que llevaban aquellas fresas del primer beso.

No se atrevía a telefonear. Solo se levantaba para ir al baño. Sus padres estaban desesperados y ya se habían jubilado en sus trabajos. No habían podido salir de vacaciones desde hacía muchos años. La chica a la que tenía que haber llamado había cambiado de número y de casa. Se había casado y tenía dos hijos que ya estaban estudiando en la universidad. Él también estudiaba en la universidad. Cursaba quinto de Derecho. Decía siempre que quería ser juez. Sus compañeros eran todos abogados, jueces o fiscales. Él estaba siempre en pijama. Habían discutido. No recuerda el motivo, pero sí que tenía que haberla llamado aquella misma tarde para disculparse. Lleva veinticinco años delante del teléfono.

La muerte a veces es una sucesión de llamadas inesperadas. También se empeña en escribir sus necrológicas con el mismo azar con el que nos enreda a los que seguimos leyendo en los libros lo que no encontramos en las rayas de nuestras manos. Primero me llamaron para decirme que había muerto Günter Grass. Sobre la marcha traté de recordar los argumentos que dejó escritos y hasta el nombre de algunos de sus personajes y, cuando estaba viajando a la Alemania del pasado, me volvieron a llamar para decirme que se acababa de morir Eduardo Galeano.
He leído mucho más a Galeano que a Grass, entre otras cosas porque escribía en mi idioma y porque además solía acercarse a temas que me interesaban y que me eran más cercanos. Los dos fueron escritores comprometidos y ambos intuyeron que a veces el mundo se comprende mucho mejor escribiendo. Uno se lleva el eco de sus personajes para siempre en su memoria. Galeano, además, era una de mis referencias futboleras. Pocos han explicado tan bien qué es lo que buscamos cuando seguimos la trayectoria de un balón que sigue rodando siempre en el patio del colegio. Los dos eran poetas, y por tanto entendían la prosa como un ardid que también traspasa la epidermis de quien cree que lee sin saber que realmente se está leyendo a sí mismo. Uno contó América y el otro Europa, y ambos se acercaron a sus continentes desde la ficción o la crónica, desde el personaje o desde quienes vivieron en primera fila lo que luego terminaron contando. Pero sobre todo fueron dos escritores que supieron rastrear en sus recuerdos y que jamás traicionaron lo que guardaron en sus memorias. Esa señora que nunca se cansa de arrastrarnos hacia las sombras, quiso ayer extender su guadaña entre dos continentes. Ella cree que los ha llevado al olvido; pero Eduardo Galeano y Günter Grass habían descubierto hacía mucho tiempo que a la muerte se le derrota fácilmente con palabras. Por eso escribieron. Siempre quedará un niño avisándonos con sus redobles o unos abrazos que un uruguayo dejó escritos para que nunca nos faltara la esperanza; aunque al final, sí era verdad que el uruguayo tenía una mujer atravesada entre sus párpados.

Hemos sobrevivido a muchos apocalipsis, a predicciones de gurús enloquecidos o a fechas con números supuestamente premonitorios. Dejamos atrás hace mucho tiempo aquel 1984 en el que parecía que el mundo se iba a convertir en un planeta inhabitable. Orwell no sabía entonces que el Gran Hermano terminaría siendo un programa hortera de la tele y que muchas veces no sabríamos quién está detrás de las máquinas y de las estimaciones bursátiles. También quedó atrás la Odisea del espacio de Kubrick o aquel apocalíptico año 2000 que cantaba Miguel Ríos. Incluso estamos a punto de llegar al 2018 en el que vivía Blade Runner y no somos aquellos replicantes viviendo en estaciones siderales con el destino escrito de antemano. Muchos querrían que fuéramos esos replicantes, pero nos salvamos por humanos y por todo lo que conlleva esa imprevisible condición que nos puede llevar a ser Belén Esteban o Stephen Hawkings.
También nos salvamos por la poesía. Estos días ha llegado a mis manos un libro de alguien que nació a finales de los ochenta del siglo pasado. Convivió con muchos canales de televisión y se encontró con Internet a los cinco o seis años. Digamos que tenía todas las papeletas para ser una mujer tecnológica y alejada de los versos, pero los versos se conoce que aparecen en las circunstancias más inesperadas (y también cuando no encontramos puertas de salida en ninguna parte). Se llama Elena Garbisu Arocha y acaba de publicar Ventiario, un libro de poemas que ha obtenido el premio Saulo Torón que otorga la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Elena tiene veintiséis años, pero ha escrito versos con la experiencia vital y poética de quien lleva muchas décadas asomada al mundo. Una vez más, te das cuenta de que las edades literarias son relativas si ha habido lecturas y si se ha mirado a la vida con ojos nuevos cada mañana. También hay heridas que no logran cicatrizar ni el tiempo, ni ninguna de esas posibilidades tecnológicas que nos venden a diario. Elena escribe en un poema lo siguiente: "Yo quiero ser piedra, dijo, y ser lanzado lejos de este siglo". Se lo dedica a Héctor y deja que sea el protagonista de la dedicatoria quien tome la voz en el poema como si escribiera un relato de su propia conciencia. Es mentira que todo esté perdido o que la poesía tenga los días contados. Busquen este libro y verán que todos esos vaticinios que hablan del fin de la literatura no son más que mendaces e interesadas opiniones de los que quieren que no sigamos pensando. Vuelvo a lo que escribe Elena Garbisu Arocha: "Juega a los dados con la filosofía/ y pierde todas sus vidas./ Pierde sus partidas y las nuestras." Los dados eternos de los que también escribía César Vallejo, ese destino que seguirá inventando poetas para salvarnos del tedio.

Escribía su nombre en el vaho de los espejos para que los del otro lado también le tuvieran en cuenta.

Se vestían de princesas y salían a la calle sin darse cuenta de que aquel mundo era la antesala del infierno. Sonreían felices entre prostitutas, proxenetas y yonquis desorientados. Tenían cuatro años y aún no sabían que la vida no era un cuento de hadas. Cuando se encontraban a sus madres caminando de arriba abajo pensaban que eran reinas y que aquellos tipos con los que desaparecían durante un rato eran como los príncipes azules que salían en los cuentos.

Se pintaban los labios para que las dejaran entrar al cine a ver películas no toleradas. Eran los años cincuenta y la censura prohibía la entrada a las menores cuando había besos. El taquillero se confundía siempre con el carmín, y ellas con catorce años ya aparentaban diecinueve. Las dos aprendieron de aquellas estrellas del celuloide que los besos había que darlos con los ojos cerrados. Una de ellas murió hace tiempo; pero la otra se seguía pintando los labios y cerraba los ojos cuando se quedaba sola en la habitación de la residencia.


Nunca iba los domingos. Prefería visitar a su madre los lunes o los miércoles por la tarde. La cuidadora le decía que venía su hijo y ella repetía siempre que aún no se había casado y que solo tenía un hermano. Él era el hermano de su madre cuando regresaba a casa.

Fue su mejor amigo entre los seis y los doce años. Siempre se preguntó qué habría sido de él. Se mudó de ciudad y desapareció de las calles y del colegio. Hoy se sentó en la guagua frente a él. Lo reconoció por el tic nervioso que tenía en la ceja. Él también se tocó la oreja varias veces como cuando era niño. Hacía años que no se tocaba la oreja de esa manera. Se miraron solo unos segundos. Su amigo olía a alcohol y tenía pinta de estar durmiendo en la calle. Bajó los ojos durante todo el trayecto. Sabe que también lo reconoció desde un primer momento. Recordó los juegos y los sueños que se contaban hace casi cuarenta años. Ni siquiera lo miró cuando bajó de la guagua. Prefería que el otro pensara que no lo había reconocido y que no había visto la sombra de la derrota en su mirada. Vivía fuera del mundo, como cuando era niño y decía siempre que quería ser astronauta.

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