Ese bastón sustentaba a una estatua que a su vez sustentaba el arte de una creadora y la memoria de quien se hizo merecedor de ese reconocimiento. Alguien llegó de madrugada y lo arrancó de cuajo, no sé si de una patada descomunal o presentándose con un soplete y con la toda la malandanza del mundo para dejar cojo el corazón de Vegueta. Néstor Álamo ha quedado a merced de los bárbaros, como aquella vez que se sentó en la Plazuela para salvar las palmeras canarias que iban a arrancar otros salvajes y que, gracias a su insistencia, aún nos recuerdan que en esos contornos del Guiniguada todo era edénico hace seis siglos. Néstor estaba justo delante de la Casa de Colón que él mismo impulsó cuando las utopías parecían imposibles en una sociedad pacata y desconfiada hasta de su propia historia. Comparto ancestros con Néstor y un mismo paisanaje, pero aunque no contara con esa cercanía me dolería igual esa barbarie que sigue campando a sus anchas por las ciudades de medio mundo. Dónde está ese bastón, qué diablos han terminado haciendo con él. Sólo desde la maldad se puede entender esa clase de salvajadas que se lleva por delante el arte, en este caso de Ana Luisa Benítez, y la memoria de alguien a quien seguro que ni siquiera conocen porque no lo nombran en sus teles entre lo escatológico y lo sangriento, entre el chismorreo y la última astracanada de Mourinho. Los que lo tienen están a tiempo de dejarlo cualquier madrugada de éstas donde mismo lo cogieron. No les pertenece. El arte nunca será patrimonio de los bárbaros. Lo podrán tener en su casa como un trofeo de sus guerras inmundas o de sus abyectas cacerías nocturnas, pero jamás podrán sentir nada ante la belleza. Néstor no se merece esa cojera ni esa estampa desolada que presenta su escultura.
Fotografía de Fernando Ojeda.
Nota: Leyendo la edición de papel de Canarias 7 (17 de agosto de 2011) acabo de encontrarme con la noticia de que el bastón fue encontrado ayer por un ciudadano, entregado al ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria y repuesto de inmediato.
