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Novedades en la categoría Escultura

225839-1g.jpgEse bastón sustentaba a una estatua que a su vez sustentaba el arte de una creadora y la memoria de quien se hizo merecedor de ese reconocimiento. Alguien llegó de madrugada y lo arrancó de cuajo, no sé si de una patada descomunal o presentándose con un soplete y con la toda la malandanza del mundo para dejar cojo el corazón de Vegueta. Néstor Álamo ha quedado a merced de los bárbaros, como aquella vez que se sentó en la Plazuela para salvar las palmeras canarias que iban a arrancar otros salvajes y que, gracias a su insistencia, aún nos recuerdan que en esos contornos del Guiniguada todo era edénico hace seis siglos. Néstor estaba justo delante de la Casa de Colón que él mismo impulsó cuando las utopías parecían imposibles en una sociedad pacata y desconfiada hasta de su propia historia. Comparto ancestros con Néstor y un mismo paisanaje, pero aunque no contara con esa cercanía me dolería igual esa barbarie que sigue campando a sus anchas por las ciudades de medio mundo. Dónde está ese bastón, qué diablos han terminado haciendo con él. Sólo desde la maldad se puede entender esa clase de salvajadas que se lleva por delante el arte, en este caso de Ana Luisa Benítez, y la memoria de alguien a quien seguro que ni siquiera conocen porque no lo nombran en sus teles entre lo escatológico y lo sangriento, entre el chismorreo y la última astracanada de Mourinho. Los que lo tienen están a tiempo de dejarlo cualquier madrugada de éstas donde mismo lo cogieron. No les pertenece. El arte nunca será patrimonio de los bárbaros. Lo podrán tener en su casa como un trofeo de sus guerras inmundas o de sus abyectas cacerías nocturnas, pero jamás podrán sentir nada ante la belleza. Néstor no se merece esa cojera ni esa estampa desolada que presenta su escultura.

Fotografía de Fernando Ojeda.


Nota: Leyendo la edición de papel de Canarias 7 (17 de agosto de 2011) acabo de encontrarme con la noticia de que el bastón fue encontrado ayer por un ciudadano, entregado al ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria y repuesto de inmediato.

Hay mucha gente que coloca ramos de flores todas las semanas junto a las vallas de las carreteras en las que perdieron a sus seres queridos. Cuando pasas junto a esas flores se te encoge el corazón y recuerdas lo efímera y frágil que es la existencia. Todos recordamos sobre la marcha a alguien cercano que dejó su vida en el asfalto. No hace falta que llevemos flores para tenerlo presente. Pero quienes llevan esas flores no quieren que su ser querido desaparezca para siempre. Se niegan a que ese lugar en el que perdió la vida su familiar o su amigo no cuente con un detalle floral que les honre. No admitirían que fuera otro lugar cualquiera, un kilómetro más de la carretera, una continuación de vallas, hitos y rayas blancas que se pierden en el horizonte. Llevan flores para mantenerlos vivos en su memoria y para que los demás recordemos su ausencia, que al final es también la ausencia de todos los que perdieron la vida en la carretera. No quiero juzgar esa ofrenda contumaz. Creo que cada cual tiene el derecho de honrar a sus muertos como le pida su propio corazón.

En la isla hay un lugar que de alguna manera ha vivido una especie milagro. Una amiga que pasa desde hace años por la playa de La Laja me contó hace tiempo que siempre encontraba un ramo de flores junto a la misma valla, semana a semana, mes a mes, y que además eran flores alegres, luminosas, que invitaban a la alegría de vivir. Esa misma amiga me llamó esta semana para decirme que justo en ese mismo punto kilométrico en el que depositan cada semana las flores habían terminado colocando el Tritón del escultor Manuel González. Sigue habiendo flores junto a la valla metálica, pero ahora también hay una imagen hermosa e impresionante que embellece el lugar y que hace que renazca la vida a través del arte y de la emoción que sentimos al contemplar lo bello. A mí particularmente me gusta mucho la composición escultórica del Tritón, y después de lo que me ha contado esta amiga su presencia me resulta aún más mágica e impresionante. Parece como si la persona que lleva colocando flores cada día en ese mismo lugar hubiera visto recompensada su lealtad con la instalación de un monumento que de alguna manera sacraliza el entorno. Ya nadie atravesará esa zona de la carretera mirando solo hacia un horizonte de asfalto y rayas continuas. No tiene que ver una cosa con la otra, pero me apetece relacionar ese encuentro de emociones que ha tenido lugar justo a la entrada de Las Palmas de Gran Canaria. Alguien que crea y que aspira a embellecer la vida con lo que hace y alguien que añora una existencia perdida confluyen en un mismo punto kilométrico. Seguro que no se conocen, pero entre ambos han conseguido que ese espacio sea para siempre un lugar mágico por el que nunca más pasaremos de largo.