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Novedades en la categoría Escritura

Aquel escritor exitoso decía siempre que le había cambiado la vida una cáscara de plátano. Se había resbalado cuando tenía quince años bajando las escaleras de la estación Victoria de Londres. Hasta ese momento apenas leía, pero el encierro de casi año y medio por la caída lo convirtió en un lector voraz, y de aquellas lecturas vinieron sus escritos y el cambio de rumbo de su vida. Aquel plátano había salido de una finca de Arucas. El racimo lo había cortado Maestro Pancho y lo habían empaquetado para que saliera en barco para el Canary Wharf cuando todavía estaba verde. Maestro Pancho no sabe que ese escritor que sale a todas horas en la tele y en las revistas le debe buena parte de lo que ha sido. Él se sienta en un banco de la plaza de Arucas a ver pasar las horas o camina hasta el parque o hasta la subida Visvique para hacerle caso el médico y bajar un poco el colesterol que le tiene las venas obstruidas.

Hay principios de novela que impiden que nos detengamos hasta no llegar al final de lo que se cuenta. Y ese final no tiene que ser el desenlace de ningún nudo argumental. A veces leemos a partir de la música de esa primera frase o siguiendo la estela de todas las pistas que van descubriendo las palabras. Recuerdo el principio de Ana Karenina: "Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su manera". Tolstoi sabía que con esa frase no había lector que no quisiera saber un poco más de los Karenin y de todos los que tenían que ver con ellos. La familia siempre ha sido uno de los grandes argumentos de la novela, un manantial inagotable en el que siempre encontramos personajes, contradicciones, amores extraños, olvidos y esos recuerdos que luego vestimos de ficciones para que no nos reconozcan.
Uno de los grandes escritores actuales en español es el mexicano Gonzalo Celorio. Hablar de su extensa obra y de su repercusión me llevaría varias columnas como esta. Si quieren saber más de él se pueden acercar el próximo martes, 12 de enero, a la Casa Galdós, en un acto organizado por la Cátedra Vargas Llosa. Allí estaremos Emilio González Déniz, José Luis Correa y un servidor charlando y aprendiendo de un escritor que en sus dos últimas novelas bucea por sus familias con esa perspectiva que solo da el tiempo y la experiencia literaria. Disfruté enormemente leyendo Tres lindas cubanas, una aproximación a la familia materna que conecta con Gran Canaria, y que cuenta esos viajes de ida y vuelta de nuestros antepasados más cercanos. En ese libro, y en toda su obra, aparece la influencia oral de su madre canaria en la forma de contar, en el humor y, sobre todo, en la música con la que va narrando sus historias. Recomiendo vivamente esa novela, como también recomiendo la que me estoy leyendo ahora, El metal y la escoria, en donde Celorio rastrea en la familia paterna, de origen asturiano, también integrada por personas que acaban siendo personajes que fueron a la búsqueda de un futuro que no sabían que alguna vez terminaría escribiendo alguien de su propia sangre. Esta novela nace cuando el escritor descubre que uno de sus hermanos padece Alzhéimer y teme que el olvido se lleve alguna vez toda la memoria de esas raíces paternas y de su propia biografía, o por lo menos de todo ese pasado que se acaba colando en nuestros gestos, en nuestro carácter y hasta en nuestra manera de asomarnos a los espejos. Gonzalo Celorio se asoma a esos espejos tratando de que la ficción le ayude a entender todas las zonas oscuras que se enmarañan con las falsas leyendas o con recuerdos que uno cree que fueron de otra manera. La literatura, al fin y al cabo, no es más que un cabo suelto con nombres de mujeres y hombres que se escribieron como si fueran otros para tratar de entenderse o para entender a aquellos que les precedieron.


Se van demasiado pronto, y sin embargo parece que lo intuían desde hacía mucho tiempo. Maduran antes, o por lo menos aprenden prematuramente lo que a casi todos nos lleva muchos años de esfuerzo y repetición diaria. Casi siempre mantengo que los artistas, sobre todo los escritores, se van gestando con el paso del tiempo: algunos prometen mucho y luego se quedan en nada, y otros parecía que no iban a llegar y de repente empiezan a dar los mejores frutos. Pero de vez en cuando aparecen esas excepciones luminosas que nos sorprenden en medio de una sala de exposiciones o en un libro clarividente y mágico.
Si hablamos de literatura ahí están Rimbaud o Félix Francisco Casanova, entre otros muchos. Y en pintura nombraría a Jorge Oramas y su capacidad para crear belleza en la antesala de la muerte. Oramas miraba la vida desde el hospital de San Martín o desde El Sabinal y no le hicieron falta perspectivas más lejanas ni tampoco viajes. Coloreó todo lo que le rodeaba y con solo veinticuatro años dejó una de las obras pictóricas más admiradas del siglo XX. Estos días he leído el último libro de David Foenkinos. Se titula Charlotte, y cuenta la desgraciada historia de la pintora alemana Charlote Salomon, que fue asesinada en Auschwitz cuando estaba embarazada con veintiséis años. Siempre que puedo recomiendo a Foenkinos. Busquen Los recuerdos o La delicadeza, y traten de acercarse también a la biografía de esa pintora a la que el escritor francés le pone un alma robada por la barbarie de los nazis y por la mala suerte que a veces aguarda en cualquier cruce de caminos. También Charlotte se aferró al color y a la belleza como si intuyera los desastres que le aguardaban. Pero los libros nunca vienen solos. Y la pasada semana, la poeta Mercedes Arocha me regaló un ejemplar del poemario Pulsaciones del viento, que ha editado Naka. Lo escribe Germán López Fuster, un joven que murió ahogado con veintinueve años en La Puntilla. Falleció hace cuatro años, estaba diagnosticado de Asperger, y escribía poemas que antes memorizaba febrilmente letra a letra. En sus versos también parece como si el autor presintiera su destino inevitable y quisiera dejar unas cuantas palabras como recuerdo de su paso por este tramo ínfimo de la historia. Escribió poemas y aforismos. Nos recuerda que "La vida es un manojo de sueños pendientes", o que "sus ojos bucean por la germinación continua de los libros". No conocí a Germán López Fuster personalmente, pero sí he conocido el alma y las reflexiones que dejó en sus versos. No llegó a cumplir los treinta años, como tampoco los cumplieron Jorge Oramas o Charlotte Salomon; pero en todos ellos uno se asombra de la madurez clarividente de su obra y recuerda aquel diálogo de Blade Runner en el que un replicante decía que la luz que brillaba con doble intensidad duraba la mitad de tiempo.

Hay poetas que solo son niñas que se salvaron a tiempo. Y quien tiene niños cerca sabe que la infancia no es solo una bendita inocencia. Hay mucho más, un acercamiento constante a todo lo que les rodea, un sinfín de preguntas sin respuestas y una búsqueda que va mucho más allá de lo que se tiene delante. Luego crecemos, estudiamos, nos hipotecamos y cuando nos damos cuenta ya hemos perdido esa magia que nos salvaba del tedio. Jugar era cerrar los ojos e imaginar un mundo nuevo. Cuando uno escribe cree que trasciende, pero realmente lo único que hace es regresar a la mirada limpia de los cinco años.
De todo lo que acabo escribir sabe mucho la poeta María José Vidal Prado, una gallega que lleva muchos años recorriendo las calles de Vegueta. María José presentará en los próximos días su primer libro de poemas. Lo publica la editorial madrileña Vitruvio y se titula Historia de un jardín muerto y de un pájaro rojo. Toda su poesía parece escrita por alguien que ve mucho más allá de lo que tenemos delante. Si fuéramos al tópico hablaríamos de magias o de meigas gallegas; pero esta poeta es más Alicia que gallega, más hija de Lewis Carrol que canaria, y no hace otra cosa que adentrarse en el espejo desde que no la están mirando. Su poesía está llena de imágenes que te hacen levantar los ojos del libro sobre la marcha; pero al mismo tiempo es sentenciosa y precisa, a veces casi visionaria, otras oscura, y siempre sorprendente y profunda. Y no hay verso que no lleve un mundo debajo de cada una de sus letras. Te acerca al humor y a la ironía valleinclanesca o se adentra entre las sombras de Leopoldo María Panero, tiene un poco de Silvia Plath y de Pizarnik y hubiera querido ser la hermana que no tuvo Hamlet cuando salió del castillo de Elsinor. La voz de MJ Vidal Prado resuena en cada uno de los versos que escribe, como si en ellos hubiera dejado grabados para siempre los ecos de sus propias palabras. Y escribe que "dentro de esa caja/que no abro/mi futuro es pretérito." También estas palabras serán pretérito antes de terminar el párrafo. Pero lo que se cuenta, aun siendo pasado lejano, siempre se queda a salvo de la quema del tiempo. Este es su primer publicado, pero lleva muchos años tratando de entender la vida detrás de cada una de las palabras que escribe para no extraviarse en ninguna de las noches oscuras del alma. La llegada de una poeta debería ser celebrada con vítores y fanfarrias, pero este mundo tiene sus propias metáforas y la emoción y las heroicidades las deja solo para los que golpean balones entre tres palos. Ya luego, cuando no estemos ninguno de nosotros, solo dejaremos palabras para que los que vengan más adelante traten de seguir buscando pistas en medio de la nada. Lo escribe también María José Vidal Prado en uno de sus poemas: "La brisa de la tarde/ nos fue borrando a todos./ La misma/ que nos acariciaba."

Alba Sabina navega las noches rebuscando versos en las sombras olvidadas. Dice que es insomne para no decir que es poeta. Y en esas largas noches escribe lo que otros sueñan o lo que ella soñó cuando habitaba dentro de los libros que han ido dibujando sus paisajes. Alba Sabina Pérez nació en Santa Cruz de Tenerife en 1984, el mismo año en que Carl Lewis volaba sobre el tartán olímpico de Los Ángeles y cuando Bruce Springteen cantaba Dancing in the dark con voz desgarrada. Alba acaba de publicar Ya nadie lee a Penti Saaritsa, un poemario de los que se te quedan en la memoria aunque no hayas tenido intención de memorizar ni un solo poema, uno de esos libros que se adentran en tu recuerdo como todo lo que es bello o lo que emociona más allá del tiempo. El libro lo publica en Madrid Ediciones La Palma. Uno se quita el sombrero ante la labor editorial que está llevando a cabo Nicolás Melini en Ediciones La Palma, un oasis para lo poesía en medio de tanta nada y de tantas voces que confunden en las pantallas.
Penti Saaritsa es un poeta finlandés al que iremos a buscar después de leer a Alba y de seguir el rastro de todos los poetas que se asoman más allá de sus versos. Hay mucha madurez y muchas lecturas en Alba Sabina. La poesía se escribe realmente cuando no se está escribiendo, cuando las heridas no cicatrizan ni siquiera con el tiempo, y cuando la noche es larga y parece que navega hacia donde mismo se perderá nuestro destino cuando dejemos atrás los huesos que articulan nuestros movimientos, o las letras que trazamos como quien cava en la arena buscando salidas nuevas.
Por los versos de Alba Sabina se asoman Nabokov, Bukowski, Truffaut o Kandinsky, y también caminamos por las calles oscuras de Budapest ("Budapest negro nuevamente/ salpicado de sauces rusos/ que no sobrevivieron al invierno"), por un París con sombras de un gran cementerio lleno de poetas muertos, y también entre la luz velazqueña de un Madrid en donde el mar se acaba convirtiendo en un recuerdo de los veranos que nunca vuelven. "La adolescencia/ es una esquina de mi bolso/ donde amargan los sonetos/ de Elisabeth Barret Browning". Eso es lo que nos cuenta Alba cuando mira a esa edad en la que se forjan los poetas sin saber que están entrando en ese camino sin retorno de los versos. Esos versos subrayados una y otra vez que, como ella escribe, nunca desciframos dónde se encuentran. "Lolita ha muerto/Y un mendigo en una biblioteca/ Es el único que sigue/ Leyendo a Nabokov". Alba Sabina también escribe de un tahúr que consigue siempre lo que no se propone. Springsteen cantaba en 1984 que algo estaba pasando en algún sitio. Siempre pasa algo en todas partes. Solo hay que saber encontrarlo, o leerlo, o dar con el verso que termine escribiendo el oxímoron de nuestra propia eternidad tan efímera y tan pasajera.

Ya no le doy importancia. Escribo y las palabras se terminan separando donde ellas quieren. Las primeras veces perdía los nervios cuando veía los guiones en medio de las frases. Ahora me siento, escribo un rato y dejo que cada palabra se desgaje como le parezca. Incluso mi nombre se ha dividido en tres sílabas que no han vuelto a juntarse. An-Sel-Mo. Cada sílaba se mueve luego por los renglones como le viene en gana. Sel puede estar en medio de dos verbos y Mo al principio de alguna frase. An podría ser un buen final, pero ustedes no lo entenderían si no les explicara esto que ahora leen en sílabas que he tenido que juntar cientos de veces para que no se entremezclen con otras ideas o con otros nombres. En cualquier momento se terminarán dispersando nuevamente en la pantalla.

Borraba todo lo que escribía. Así estuvo día tras día durante varios meses. Se encerraba y escuchabas el sonido del teclado toda la mañana. Luego seleccionaba todo lo escrito y le daba a la tecla de borrar sin ningún remordimiento. Una vez satisfecha su ficción diaria salía a la calle y caminaba un rato fijándose en todos los futuros personajes que haría desaparecer de la pantalla.

"Hay que esperar a que se desgasten los cabos, a que por sí solos se vayan deshaciendo hasta dejar únicamente el recuerdo de la ausencia..." Esta es una de las muchas frases que te detienen cuando lees El interior del párpado de Rafael-José Díaz (ATTK Editores 2014). Habla de ausencias, de dependencias amorosas, de soledades y de sueños que se improvisan casi al borde del abismo para poder seguir sobreviviendo. Hacía tiempo que tenía pendiente la lectura de esta novela. Cuando la publicó ATTK tuve la suerte de leer algunos fragmentos; pero no había dedicado un par de días a su lectura finalmente hipnótica y continuada. Iba a escribir reposada; pero en un texto como este uno solo reposa mucho tiempo después de haber detenido la lectura. Pocas veces me han contado el desamor con tanta crudeza y de manera tan descarnada;41vcQKWUGaL._AA258_PIkin4,BottomRight,-44,22_AA280_SH20_OU30_.jpg pero creo que quien cuenta una ruptura que te quiebra el alma no puede hacerlo de otra manera.
Uno se identifica con el día a día del personaje, con sus miedos, con sus obsesiones y con ese detallismo que Rafael cuenta prodigiosamente cuando narra lo cotidiano, el grifo que gotea al fondo de la casa, la mancha de una lágrima olvidada o los ruidos de esos otros pisos cercanos que al final pasan a formar parte de tu propia vida con sus rutinas controladas. No creo en las etiquetas literarias. Rafael es un gran poeta y un magnífico ensayista, a veces corrosivo e irónico, pero siempre genial y sorprendente. También es un gran contador de historias. Cuando uno atisba la música del idioma que maneja puede escribir lo que le dé la gana. Muchos se sorprendieron cuando el escritor anunció el lanzamiento de esta novela. Era su primera incursión en la narrativa, y espero que no sea la última. Pasen y lean. Encontrarán a un hombre que ama desesperadamente a otro hombre que ya no le ama. Todos los que hemos vivido un desamor o hemos dejado de ser amados nos pondremos en la piel de quien se desnuda detrás de cada una de sus palabras. La ficción y la realidad dejan de tener sentido cuando pasan a formar parte de un texto. Se convierten en literatura, sobre todo si quien escribe logra involucrar a quien roza las letras de ese argumento carnal y palpitante. Lo cuenta mejor el protagonista del libro cuando dice que el interior del párpado es el centro de la tela que teje para desconocerse. Todos tejemos telas para desconocernos más allá de las palabras. Y casi siempre es en ese horizonte difuso y lejano donde único entendemos la sinrazón de nuestra existencia. Y el desamor, también el desamor, y por supuesto el gélido temblor de todos los desamparos.


La portada del libro es un fragmento de una obra de Augusto Vives

Era un experimentado peatón que conocía hasta las calles menos transitadas de la ciudad portuaria en la que vivía. Mientras caminaba iba dejando atrás sonidos de voces, de cafeterías y de coches que se confundían con el busilis de su propia imaginación. Las calles eran argumentos diarios que le alejaban de su tendencia a la misantropía. Escribía mientras caminaba y les iba poniendo nombres a las personas y a los pájaros que sobrevolaban las sombras de los otros viandantes. También se escribía a sí mismo o se enamoraba de mujeres que siempre pasaban de largo. A veces se inventaba los nombres de las calles para que sus historias de amor parecieran un poco más románticas.

Recogí la ropa. Llevaba varios días tendida en mitad de la azotea. Aquí los vecinos no se conocen. Yo sí me tropecé con ella un par de veces. No sé qué hacer con su ropa interior y con sus vaqueros. Huelen a humedad de tanta lluvia y de tantas horas a la intemperie. Si alguien no viene a recoger la ropa que deja tendida es que le ha pasado algo. Yo toqué en la puerta y no me abrió nadie. El portero habitual estaba de vacaciones. Cuando le pregunté al nuevo me dijo que creía que era la chica que habían encontrado muerta en su piso. Sufrió un infarto y fueron sus padres los que alertaron de su ausencia. Vivían en otro país. Ella era de otro país. Tendría unos cuarenta años. Era muy guapa. Lavaré su ropa y la llevaré a una institución benéfica. Sus trabas eran todas de color verde. Como sus ojos.