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Novedades en la categoría Desarraigos

Nos dieron unos auriculares. La guía contaba todos los detalles con morbosa crudeza. Todos hacían negocio: los que vendían helados y refrescos y los que fletaban las guaguas que salían repletas desde Cracovia. Yo solo escuchaba pasos a través de los auriculares, sentía cómo se arrastraban los pies por la tierra y por la gravilla que había entre los barracones, y también delante de las cámaras de gas y de los improvisados crematorios. Algunos turistas se sacaban fotos y sonreían junto al horror y al miedo de aquellos millones de pasos que jamás dejaré de escuchar en mi memoria.
Quieres pensar que la maldad no es innata a los humanos y que no somos aquellos lobos de los que hablaba Hobbes, capaces de despellejarnos los unos a los otros por el color de una piel o por idolatrar a dioses con nombres diferentes. Adorno se preguntó que qué sentido tenía la poesía después de Auschwitz, que de qué valían las metáforas después de la barbarie y de asomarnos a nuestro propio espejo cainita y violento cuando desaparece la razón y se borra del mapa todo atisbo de fraternidad, de justicia y de benevolencia. Uno reflexiona cuando sale de ese campo de concentración y regresa luego a una ciudad hermosa construida piedra a piedra por esos mismos humanos que levantaron Auschwitz. En Cracovia, una de las ciudades más bellas que he visitado, busqué por todas partes la sombra de la poeta Szymborska. La encontré en el café Nowa Prowincja en el que se sentaba a escribir y a ver pasar a la gente, a hombres y mujeres que yo imaginaba en 1943 huyendo unos de otros por esas mismas calles en las que nadie repararía en la belleza. Negar Auschwitz es dejar la puerta abierta a que se repita el horror en cualquier momento, como se repite a diario en muchos pequeños lugares del planeta en los que se instala el odio, la maldad y la violencia. Si miramos para otro lado, o si hacemos como que no vemos lo que nos están mostrando delante de nuestros ojos, también seremos cómplices de todas esas injusticias que de una forma o de otra van generando pequeños infiernos diarios en todos los puntos cardinales del planeta.
Nos mostraron zapatos viejos, cabellos, enseres cotidianos, gafas y juguetes con los que se entretuvieron algunos de los miles de niños que se llevó por delante aquella locura colectiva que vivió Europa, la civilizada y culta Europa, en el siglo XX. También estaba la foto de una orquesta con músicos tristes que tocaba marchas triunfales para que los soldados alemanes contaran rápido a los presos y a los que matarían al día siguiente. Vi la foto en Auschwitz setenta años después de que sonaran aquellos acordes de muerte tras las alambradas. Ni siquiera el eco que pudieron dejar aquellas melodías lograba silenciar el desgarro de más de un millón de vidas que se convirtieron en cenizas para siempre.

Siempre que perdía un amor se hundía en el sueño. Se despertaba sobresaltado y casi sin poder respirar viendo cómo no llegaba a la superficie por más que moviera las piernas y los brazos. Lograba sosegarse poco a poco, y luego se levantaba, se duchaba y se acercaba a la orilla para comprobar que la marea no había devuelto a nadie con su misma cara. El día que se enamoraba nuevamente, esos mismos sueños navegaban por un mar que nada tenía que ver con aquel de aguas procelosas y profundas. No sabía en qué momento zozobraban, pero sí asumía que cuando naufragaban y ya no encontraban ningún noray al que amarrarse, esos amores se hundían irremisiblemente entre olvidos y pesadillas abisales.

La primera noche uno tiene que fingir que lleva haciéndolo toda la vida. A lo mejor alguno de los otros también estaba fingiendo. Vas uniendo una borrachera con otra. La historia la habrán escuchado muchas veces: primero pierdes el trabajo, luego a la familia, y más tarde te recogen en alguna casa de un familiar o de un amigo cercano hasta que también se cansan de tus escándalos y de tus resacas. Te quedas con algo de abrigo y con unas monedas y vas adonde siempre veías que dormían otros. Te acomodas en un banco o entre la hierba. Esa primera noche bebes un poco más para no darte cuenta de dónde estás y haces como que llevas en ese lugar toda la vida. Después va pasando el tiempo y ni yo mismo me reconozco las pocas veces que me miro en un espejo o cuando veo mi cara reflejada en algún charco de la calle.

Los días de lluvia se acercaba a buscar un café y pedía siempre que le dibujaran un corazón encima de la espuma. Caminaba muy despacio hacia su casa, se cambiaba la ropa mojada y luego salía un momento y tocaba el timbre como si llegara alguien. Entraba y le quitaba la tapa al café que había ido a buscar a la cafetería cercana. Aquel corazón lo veía siempre como el regalo de alguien de quien se había enamorado. Lo tomaba muy despacio mientras miraba las gotas de lluvia en la ventana. Nunca se daba la vuelta hasta que lo terminaba.

Es fácil reinventarse una biografía con dos copas. En Gran Canaria me he encontrado muchas veces con hombres que aseguran que pudieron llegar a ser como el futbolista Germán Dévora. Todos hablan de mala suerte, de lesiones o se inventan toda clase de avatares que no vivieron. Los solía encontrar en los bares últimos de la noche de los que hablaba el poeta. En Madrid me pasaba lo mismo con Gento o con Santillana. O te dicen que tenían que haber sido Serrat o Fernán Gómez. Siempre hay quien se cree la propia mentira de su pasado, aquel esplendor en la hierba del que también escribió otro poeta, que aun existiendo no es más que una brasa que apagó el tiempo en la memoria más lejana.


El niño apenas tenía espacio para seguir por la acera. Una furgoneta ocupaba el pequeño callejón por el que pasaba a diario. Se pegó tanto a la pared que se raspó el codo y sangró. Fue a llorar, pero antes de que lo hiciera su madre ya le estaba diciendo que era un desastre y que solo servía para comer. He visto a esa madre con ese niño muchas mañanas. Casi siempre va humillándolo por la calle. Un día le iba dando gritos porque el niño se había inventado en el colegio un padre que no estaba en la cárcel.

61182.jpgEse niño en la orilla ha hundido el sueño. No habíamos avanzado. Solo mirábamos para otro espejo que creíamos que nos cambiaba la cara.


*Foto EFE


Pasó tres o cuatro veces delante de nuestra mesa. La primera vez le dimos una moneda de dos euros y por eso no entendíamos que siguiera pasando. Ya no extendía la mano. Miraba a mi abuelo y luego seguía caminando como si hablara solo y maldijera su sombra. Al final se volvió a acercar a la terraza en la que celebrábamos el cumpleaños. "Usted me dio clase". Se lo dijo a mi abuelo. En un primer momento pensamos que quería robar el bolso de mi madre. Llevaba en la calle veinte años. Mi abuelo lo recordaba perfectamente. Le dio clases entre sexto y octavo de EGB. Todo sobresaliente y un futuro envidiable. Ni uno ni otro podían prever ese encuentro tanto tiempo después de haber compartido cientos de horas en el aula. No quiso sentarse con nosotros. Hablaba de mala suerte y de la mala vida que había llevado.

Solo tiene papeles. Todo lo demás lo ha quemado el tiempo. Se sienta en los bancos de la plaza y relee las hojas manuscritas como si rebuscara en las líneas de sus manos. Cada palabra trazó su destino en alguna parte y él siempre ha escrito para orientarse cuando ya no le quede nada. Por eso ha guardado todas esas libretas. Aquel que fue le resulta siempre extraño. Como si tampoco hubiera entendido ninguno de sus pasos.No tiene dinero, ni ropa, ni alimentos. Comería papeles si sirvieran para algo.

Hay cuestas que desembocan en sucios bares. Ellos descienden cabizbajos y en silencio como si contaran las baldosas de las aceras destrozadas. Al final solo encuentran un letrero con anuncio de cerveza. No se adentran en la ciudad, nunca pasan de ese bar. Los veo regresar de noche, dando tumbos. A veces vomitan maldiciendo nombres que no se entienden.