Hace unos meses coincidíamos corriendo casi todos los días en el Parque Romano. El jugador de baloncesto Xavi Rey salía de una grave lesión y corría cada mañana junto al preparador físico del Herbalife Gran Canaria, Juanjo Falcón, tratando de recuperar la agilidad muscular y el fondo físico que le permitiera regresar a la competición. Se entrenaba al margen del equipo, recién salido de una operación, concentrado en un futuro entonces enigmático y supongo que también lejano cuando veía que apenas podía esprintar o saltar como lo llevaba haciendo toda la vida. Después de correr realizaba todos los ejercicios que le iba marcando Falcón. Ahora, cuando lo veo en Vitoria convertido en el baluarte de su equipo, imponiéndose al resto de jugadores por su fuerza, su agilidad y su coraje, me quedo con aquella imagen de la soledad y de la abnegación que iba rodeando pacientemente el Parque Romano cada mañana.
Junto a él, como digo, iba alguien que creo que es clave en los éxitos del Gran Canaria a lo largo de todos estos años. Juanjo Falcón lleva de preparador físico desde la época de Manolo Hussein. Siempre ha estado en segundo plano, discreto como lo era desde niño, trabajador, y totalmente entregado a su pasión por el deporte. Nos conocemos desde la infancia y hemos jugado a baloncesto juntos durante muchos años. Siempre quiso dedicarse profesionalmente al deporte de la canasta. Estudió dos carreras, ha viajado todo lo que ha podido y habla varios idiomas. Esta noche, cuando vea entrar a la cancha a los jugadores que él prepara físicamente cada semana, sentiré el orgullo de amigo y la satisfacción de comprobar que quien se empeña en conseguir un sueño habitualmente lo consigue.
Pero me quedo con esa imagen mañanera del mes de noviembre, con Xavi y Juanjo corriendo lentamente, casi contando cada uno de los pasos, para lograr la preparación necesaria que le permitiera al pívot jugar como lo está haciendo ahora. La suerte, digan lo que digan, es para quien se la trabaja lejos de los focos y de los oropeles. También he coincidido muchas veces corriendo con el entrenador del equipo, Pedro Martínez. Viene por su cuenta y lo ves trotar con la mirada fija en el horizonte. Cuando coinciden tantos corredores de fondo en un mismo grupo creo que resulta más fácil llegar a la meta. Por eso confío mucho en el Gran Canaria. Lo que han logrado no es más que la suma de muchos pequeños pasos que a la larga se están convirtiendo en un gran sueño.
Novedades en la categoría Deportes
Cualquiera de nosotros podría haber sido cualquiera de ellos. Y cualquiera de ellos podría haber acabado siendo cualquiera de nosotros. Me los tropiezo a última hora de la noche llegando con sus bolsas, sus cartones de vino peleón y su andar cabizbajo y desorientado. Nosotros corremos dando vueltas a un circuito en el que vamos poniendo a prueba nuestra voluntad y nuestra forma física. Nos cruzamos en la misma ciudad y bajo la misma luna llevando vidas totalmente distintas. Iremos a parar al mismo lugar, pero mientras tanto vamos relevándonos en un parque que para ellos es morada y para nosotros tránsito. Realmente todo es tránsito. Van ocupando los bancos o se tumban en la misma hierba en la que nosotros hacemos los estiramientos o activamos los abdominales. Uno corre contra sí mismo, se marca retos que se asemejan a los de la propia vida, y aprende que la constancia y la paciencia acercan casi todas las metas. Ellos beben para olvidarse de sí mismos, o al igual que nosotros también mantienen la esperanza de encontrar la felicidad algún día en un último trago de clarividencia. A los diecisiete años seguro que ambos bebíamos de la misma manera y que apurábamos las fiestas de verano descubriendo las primeras cervezas y los primeros cubatas. Por eso digo que cualquiera de nosotros podría ser cualquiera de ellos, y viceversa. Los destinos, a veces, solo tienen que ver con la suerte y con la contingencia diaria. Cuando voy a correr por las mañanas, casi cuando está a punto de amanecer, me los vuelvo a tropezar recogiendo esas mismas bolsas y acicalándose como pueden antes de perderse en el cruel anonimato de una ciudad que les esconde en calles y plazas olvidadas. Nos volvemos a mirar y a reconocernos. A veces nos cruzamos una sonrisa o un gesto de complicidad. Al fin y al cabo nos movemos por los mismos espacios cada día desde hace mucho tiempo, ellos esperando el milagro que les saque de la calle y del alcohol y nosotros persiguiendo nuestras propias sombras en busca de endorfinas que nos ayuden a encarar estos tiempos tan poco dados a regalar felicidad. Todos buscamos la manera de mantenernos a flote. No hay nadie que no tenga miedo a zozobrar. Algunos corren hacia fuera y otros lo hacen hacia su propio olvido.
Me tranquiliza ver a la gente corriendo por las calles. Por mucho que nos cuenten que todo se viene abajo, esa sensación de normalidad y de ocio desmonta cualquier Apocalipsis. Hace años no veías a tantos deportistas sudando la gota gorda. La gente, cuando venían mal dadas, se largaba un lingotazo en el bar de la esquina o se encerraba en la oscuridad de su casa. No digo que el que corra no tenga problemas, pero estando como están las cosas es preferible marcarnos unas metas y buscar unos equilibrios personales antes que tratar de resolver entuertos que nos quedan lejanos, a no ser que alguien tenga hilo directo con Ángela Merkel o con el Sursum Corda. A través del deporte creo que nos mantenemos a salvo. Se ven las cosas más claras y no nos ahogamos en esa ansiedad de la inmediatez que tantos disgustos nos está dando últimamente. Uno aprende que solo vale el esfuerzo y la constancia, y que eso se puede extrapolar a todas las facetas de la vida. Quien corre aprende que cada paso es un logro y que al final nadie te va a regalar la felicidad que no busques dentro de ti mismo.
Reconozco que llevo corriendo unos años. Lo intento hacer a primera hora de la mañana, justo antes de enfrentarme a los titulares del periódico. No es que llegues con una sonrisa de oreja a oreja, pero sí es verdad que todo lo analizas con la mejor perspectiva posible, sin agobios y tratando de no ahogarte en un vaso de agua. También corriendo se me ocurren muchos argumentos. Y lo que me hace ser optimista es que cada día veo a nuevos deportistas por las calles, gente que en lugar de repantigarse en un sillón o en la barra de un bar sale a airearse. Podríamos decir que uno corre por la metáfora de sí mismo. Aprendes que no todos los días son iguales y que tú tampoco tienes por qué levantarte igual cada mañana. Hay días en los que estás casi una hora marcando un ritmo vertiginoso y otros en los que te cuesta cargar con tu propia sombra. Te viene bien esa cura de humildad diaria para recordar que al final tus satisfacciones dependen de tu esfuerzo. A veces parece que es imposible que puedas seguir adelante. Te planteas parar y dudas de tus facultades y de tu resistencia, pero milagrosamente sacas fuerzas de flaqueza y ves que logras rehacerte mucho mejor de lo que pensabas. Cada día emprendes una lucha contra ti mismo sin más medallas que ese regocijo que te queda cuando llegas a la meta. Esa fuerza mental y ese recuerdo diario de que nunca vale la pena venirse abajo es lo que te alienta para resistir cualquier ataque externo. No digo que vayamos a ser perfectos por salir a trotar un rato cada día, pero sí creo que ayuda a que nos tomemos las cosas con un poco más de espíritu deportivo. Lo importante, al vivir, no es ganar o perder. Lo que creo que vale realmente la pena es que nos dejen seguir participando.
