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Cada mañana me encuentro a un grupo de jubilados practicando Tai Chi en la plaza de Santa Ana. Me imagino qué es lo que hubiera pensado cada uno de ellos si hace cincuenta años hubieran visto a alguien dibujando figuras ancestrales con sus brazos en medio de una plaza o de la calle. Me fascina esa naturalidad con la que se cruzan a veces las civilizaciones sin necesidad de acuerdos oficiales o de campañas publicitarias. La cultura y las tradiciones viajan siempre en vagones que van enriqueciéndose a medida que avanzan los viajes. Llegan donde parece imposible y se asientan como anidan los pájaros que recorren los cielos de varios continentes mirando desde el aire la torpeza con la que seguimos caminando casi todos los humanos. Con un solo movimiento podemos cambiar por completo todo nuestro paisaje. Me sosiegan esas formas mañaneras que van dibujando lentamente esos jubilados. Parece como si jugaran con el tiempo o como si fueran capaces de darle sentido a ese espacio que queda siempre detenido entre nuestras propias manos. También me gusta esa ausencia del miedo al ridículo. Ni siquiera se dan cuenta de que los demás estamos pasando a su lado.

Mañana miércoles el barrio de Vegueta se llenará de devotos de Santa Rita. Dicen que vienen a pedir deseos imposibles que quieren que se hagan realidad, curaciones para enfermedades terminales, trabajos para los que llevan años tocando en todas las puertas o felicidad para todos aquellos que día tras día se despiertan viendo cómo el destino se empeña en tumbarles según salen de la cama.
Los imposibles son siempre un reto para las ilusiones y para la lucha diaria. Suelen ser los demás los que nos ponen etiquetas y los que intentan que seamos como ellos quieren. Ninguno de nosotros dirá nunca que es imposible seguir la senda de las utopías por más que estas se sigan alejando cada día como mismo se alejan los horizontes cuando los perseguimos con la mirada. Sin esos imposibles la vida carecería de sentido. Todos tenemos mil ejemplos de situaciones inesperadas que cambiaron por completo nuestro destino. Unos encienden velas o repiten oraciones y otros rebuscan entre fórmulas químicas o cumplen sueños que parecían inalcanzables. Cada cual ha de encontrar su propio reto diario para no dejar que gane nunca la indolencia ni ese conformismo que pretende dejarnos siempre como mismo estamos.

Nadie te va a invitar nunca a saltar al vacío de tus propios sueños. La mayoría de las veces los dejamos pasar de largo por no asumir riesgos y por hacer caso a esos consejos siempre timoratos de quienes nunca se están jugando nada. Solo alguna vez, quizá en el desespero, o en uno de esos momentos osados que te regala la vida, conseguimos apagar el eco de todos los agoreros y lanzarnos a ese vacío que nunca sabes adónde te terminará llevando. Cuando tenemos menos de veinticinco años contamos con la energía pero nos falta la urdimbre de la madurez y la pausa, y cuando maduramos nos detiene la responsabilidad de todo aquello con lo que nos hemos ido comprometiendo a lo largo de los años. Llegado el momento, cada cual ha de elegir la seguridad o esa osada pirueta que no sabes si terminará elevando tus ilusiones o si las dejará todavía más maltrechas. Somos nosotros los únicos que conocemos los vientos de nuestras propias intuiciones; pero no siempre nos atrevemos a sacar las velas apropiadas para navegarlas.

Estás donde llegue tu imaginación, en ciudades que ni siquiera conoces, en playas en las que solo escuchaste una vez el rumor de la marea, en bosques que solo habitaste en sueños o en la casa de la infancia que ya no existe. Si lees viajas por paisajes remotos en los que no hace falta estar respirando para sobrevivir. Puedes salir de ti siempre que te plazca. La belleza es al final el único destino, y la felicidad, la búsqueda de placeres sencillos que no dependan más que de tus intenciones. La realidad también es bella si sabes hacia dónde dirigir la mirada. Hay que conseguir que la imaginación sea como esas ascuas que nadie logra nunca apagar del todo. Su calor cercano, aun en medio de los glaciares, será lo único que logre mantenerte a salvo.


Las nubes nunca pasan de largo. Somos nosotros los que dejamos de mirarlas cuando dibujan formas sobre nuestras cabezas. Tampoco desaparecen las voces de quienes nos precedieron, ni esa energía que vamos dejando por todas partes en cada una de nuestras palabras y en cada uno de nuestros gestos. No hace falta hacer ruido para dejar huella. Probablemente sea la sutileza la que logre afianzar más nuestra presencia. Al final, estés donde estés y hagas lo que hagas, terminarás viendo pasar intangibles nubes por todos los cielos, y verás que en Nueva York o en Lanzarote pasan igual de silenciosas entre la gente. A veces solo hay que encaramar la mirada hacia el cielo para aprender a poner los pies sobre la tierra. Una nube no renuncia nunca a darle forma a un sueño; pero son nuestros ojos los que lo tienen que terminar viendo.

Muchas veces te acabas pareciendo a aquello que vas buscando. Quizá ese sea el gran logro de quienes no se traicionan a sí mismos. No importan las metas sino los mimetismos que se asimilan sin darnos cuenta cuando vamos camino de ellas. Si lees serás leído, si escuchas serás escuchado y si ayudas serás ayudado. Y no importa que los otros no devuelvan lo que tú ofreces generosamente. Será siempre tu propia memoria la que te salve. Los epílogos se escriben en las búsquedas de las primeras palabras de los libros que ni siquiera sabemos que vamos a terminar escribiendo. Los milagros también acontecen en las semejanzas.

A la orilla siempre se llega por vez primera.
Cuando pisas la arena se detiene el tiempo
y tu huella se confunde con la de los pájaros
que llegaron antes que tú a escuchar el rumor del océano.
No hay marea que no borre todo para empezar de nuevo.

Hasta que no das el primer paso no sabes dónde te llevará el día. Tampoco sabe el pintor qué cuadro terminará pintando, ni el escritor en qué argumentos acabarán arribando sus sueños cada vez que se entrecruzan palabras que ni siquiera salió a buscar a ninguna parte. Lo único que vale es caminar, pintar o escribir sabiendo que el horizonte jamás acaba donde terminamos de ver el cielo. Vivir también es un oficio que se aprende en la práctica diaria. No te puedes quedar quieto esperando a que tus ilusiones vengan a buscarte. Tampoco puedes salir buscando nada. Tú solo tienes que caminar siguiendo las corazonadas de tus propios pasos. Ya luego no depende solo de nosotros dónde nos terminen llevando, aunque sí seguirá estando siempre en nuestra mano la elección de la perspectiva con la que queramos asomarnos a cada uno de los paisajes que nos vayamos encontrando.

El sueño cumplido es el que te permite levantarte cada mañana sabiendo que eres irrepetible y que lo que tú no vivas no lo va a vivir absolutamente nadie. Da lo mismo que estés solo o acompañado, sano o enfermo, feliz o aliquebrado, lo único que se te pide es que seas consciente de cada uno de tus pasos. No eres solo la clave del ordenador o del teléfono móvil, ni ese que se asoma en una fotografía a las redes sociales. Cuando se apagan los aparatos o se ensombrecen las pantallas eres casi igual a cualquiera de tus antepasados. No conviene confundir todo el tiempo la virtualidad con la realidad, ni dejar que los niños sigan viendo pasar muchas tardes metidos dentro de un videojuego. La vida está siempre fuera, pero al mismo tiempo el mejor viaje es el que uno emprende hacia sus adentros. Y lo que no viajes, como lo que no vives, se queda sin trazos en los mapas que va dibujando tu propia memoria para saber que existes.

No dejes que te empujen los días apresurados, las tareas interminables o las prisas incesantes. Trata de detenerte en medio de la corriente, que nada ni nadie te termine arrastrando, y si te empujan porque es imposible pararte, al menos trata de intuir hacia dónde avanzas. La vida es un viaje que a veces ni siquiera reconoce el nombre de tus propias estaciones de paso. No puedes eternizar ninguna parada, pero por lo menos tienes que intentar respirar el aire del lugar por el que viajes. Cualquiera de los túneles en los que a veces te adentras puede que no tenga salida hacia la luz en el otro lado. Si cierras los ojos puedes jugar a atravesar alguno de esos túneles que cada noche se confunden con tus sueños. Luego, cada vez que los abras, también podrás jugar a nacer de nuevo. No olvides que solo improvisando juegos puedes aspirar a detener el tiempo. Por eso cualquier niño se siente siempre eterno.