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Novedades en la categoría Arte

Solo los osados apuestan por sus sueños. Miguel Rodríguez es un soñador y un osado, uno de esos hombres capaces de mover montañas con su insistencia y con todo lo que él cree que aportará belleza a este planeta y a esta vida tan necesitada de imágenes y de palabras bellas. He visitado el Belén de Arena de Las Canteras en otras ediciones, pero no ha sido hasta este último año cuando he podido hacerlo acompañado por Miguel, siguiendo sus explicaciones, asombrándome todavía más de lo que ya intuía que era un proyecto con muchas horas de dedicación y con mucho trabajo previo.
El forjado, el mantenimiento, el diseño, la búsqueda de los escultores, el mal tiempo, las noches sin dormir, todo lo compensa la belleza que luego nos regalan a quienes paseamos siguiendo las formas y las facciones de unas imágenes impactantes, casi milagrosas si pensamos que se han construido con arena y que solo perdurarán en nuestra memoria o en la memoria de las imágenes. Todo ese esfuerzo es para algo efímero, como la vida, como el tiempo, como esas mareas que van y vienen borrando todo lo que trazamos alguna vez en la arena.
Y luego está la promoción de la isla y de la ciudad, el recorrido de ese proyecto por todo el mundo, el resultado de ese tesón y de esa creencia inquebrantable en un sueño. Ya no entenderíamos las navidades de Las Palmas de Gran Canaria sin ese Belén de Arena que hace mucho tiempo atisbó Miguel Rodríguez en medio de la nada, o entre esas huellas que va dejando el viento cuando mueve el jable como si acariciara la silueta de una playa dormida en la memoria. Al final solo vale lo que se concibe bello. Y esa arena convertida en arte durante unos días se convierte en un espacio destinado a la belleza muy cerca de donde el océano nos enseña que lo efímero también deja un rastro divino en quien lo observa.

No todo el mundo atraviesa un bosque de la misma manera, ni siquiera un bosque metafórico, un sendero que a veces se adentra tanto entre las sombras que no queda más remedio que confiar en la magia de las palabras. Pero cuando atraviesas ese camino entre espectros y extraños ruidos, te sientes como quien llega a una ciudad nueva en la que te puede estar esperando el amor de tu vida o ese paisaje que llevas soñando desde que te adentraste más allá de esos árboles que siempre ocultan el bosque lejano. Estos días se ha presentado en Gran Canaria un libro conjunto en el que confluyen siete mujeres atravesando ese bosque inmenso de la vida a través de la poesía y de las imágenes.
Hace unos años, un grupo de creadoras encabezado por Macarena Nieves Cáceres y Eduvigis Hernández puso en marcha un proyecto al que llamaron Rumores de ArteMisia. Poco a poco han ido consolidando un encuentro de poetas y artistas visuales que con el paso del tiempo estoy seguro de que será una referencia a la hora de encontrar qué buscaban muchas artistas cuando recreaban imágenes o cuando trazaban versos para no zozobrar en ningún naufragio. En esta ocasión la línea temática del proyecto era atravesar el bosque de la mano de las poetas Elena Garbisu, María José Vidal Prado y Yaiza Martínez junto con las imágenes, prodigiosas y sorprendentes, de Karina Beltrán, Magda Medina, Rocío Arévalo y Davinia Jiménez. Todas confluyen en una cuidada edición, a cargo de Silvia Ponce, llena de sugerencias, de pistas necesarias y de senderos tan reales e imaginarios como los que transitamos entre el asfalto y ese cielo que nos mira como si fuéramos animales extraviados en algún lugar del tiempo. Yaiza Martínez recorre un bosque de imágenes y sugerencias, de "cuando los agujeros negros te hablaron/ del nido infinito". De ese camino que vamos tanteando cuando a veces oscurece en nuestra alma también escribe María José Vidal Prado, y nos recuerda que vamos "cortando nuestra propia hierba/para poder dar otro paso". Esa necesaria poda de nuestro camino es lo único que nos permite encontrar alguna felicidad en el horizonte de la mañana siguiente, cuando llegamos a una nueva ciudad rodeada de bosques humanos. Y es Elena Garbisu entonces la que traza lo esencial, la que sabe que el verbo amar es importante, pero que lo es más todavía el verbo caminar y, sobre todo, ese otro verbo que olvidamos porque lo activamos sin darnos cuenta todo el rato: escribe Garbisu que "respirar es un acto de rebeldía". Las mujeres se han tenido que rebelar durante siglos para poder respirar y crear en sociedades que quisieron cortar sus alas alejándolas de la cultura y de esa educación que es al final el único asidero, y también la única brújula, que realmente vale para no extraviarnos para siempre entre las sombras de los bosques de la vida.

Casi siempre guardamos pequeños detalles, gestos, sombras que nos sorprendían dibujando extrañas formas en una montaña o en el suelo de una habitación que también recreamos como si la miráramos a través de un caleidoscopio, multiplicando los objetos y acercando y alejando lo que entonces era nuestro único universo. La intensidad del recuerdo no tiene nada que ver con la exactitud de lo que miramos. Incluso nos inventamos el pasado según nuestra propia conveniencia, para escapar de lo que nos descorazonó hace mucho tiempo o para recrear lo que nunca fue bello. El arte no es más que un asidero en el que indagamos mil maneras distintas de seguir sobreviviendo.
Estos días se expone en San Martín Centro de Cultura Contemporánea una exposición antológica de José Rosario Godoy titulada Espejismo abstracto. En esa muestra hay un acercamiento a las formas, los colores y los objetos del artista en los últimos veinte años. José es un artista que podría recrear palmo a palmo muchos de mis recuerdos más intensos. Compartimos el paisaje del Puerto de Las Nieves de principios de los setenta y ambos llevamos la herida de ese muelle que borró para siempre aquel paraíso que él tenía justo detrás de la tienda que regentaban sus padres. Cuando te acercas a su obra, descubres inmediatamente aquellos colores y aquellas sombras del Faneque, del Dedo Dios o de Guayedra. Pero todo eso lo encuentras en una abstracción de la mirada, en los juegos de colores y en la sensación que te deja cualquiera de los detalles que acaban siendo una especie de bosquejo de nuestra propia novela. Nietzsche recomendaba desaprender para poder buscar de nuevo más allá de las evidencias. José Rosario Godoy nunca olvida el paisaje terrenal, ni tampoco las vivencias que van dibujando ese otro perfil de cada uno de nosotros que, si acaso, se atisba en el fondo lejano de nuestra mirada. Si van a la exposición que estará en San Martín hasta el mes de octubre no pasen de largo ante ninguna de sus propuestas creativas. Hay mucho fondo abisal detrás de cada uno de los trazos y mucha sombra que se va extiendo mucho más allá de la que proyectan los objetos y los cuadros. El estudio de un artista es como un gran barco que navega por mares desconocidos todo el tiempo. A veces naufraga en sus singladuras, pero nunca deja de emprender nuevas rutas para acercarse a lo que está más allá de las evidencias. Se nutre de los recuerdos, de las intuiciones, de los viajes y de esa necesidad de dejar algún trazo que nos sobreviva más allá de la carne y de nuestra propia ausencia. Yo recuerdo a José mirando todo el tiempo hacia el océano en aquella infancia lejana de Agaete. Creo que desde entonces ya estaba atisbando esas abstracciones tan parecidas a los espejismos y al mundo que soñábamos más allá del horizonte.

Al final solo somos imágenes que a veces salen en las fotografías o que alguien recordará cuando ya no estemos y miren esos retratos en los que casi siempre sonreímos como si fuéramos eternos. Marcos Rivero Mentado es un creador que se mueve entre muchas disciplinas rebuscando siempre lo que hay más allá de lo aparentemente visible. Estos días ha comisariado y participa, junto a Cris Noda y Chris Tadeo, en una exposición en la Sala S/T que estará abierta hasta el próximo 29 de mayo. La muestra lleva por título Still Life Vanitas, y en ella se reflexiona sobre la vida, la fugacidad del tiempo y sobre esas vanidades que, siendo siempre mentiras, nos confunden tantas veces en el camino.
En esa exposición me detuvieron muchas imágenes a las que recomiendo que se asomen con ojos que carezcan de prejuicios o de falsos atavismos heredados. Pero entre todas ellas, entre esa Vanitas sobre la que reflexiona Marcos a través de la fotografía, me quedé parado mucho tiempo delante de esa mariposa encerrada en una gran urna de cristal con una vida cuya raíz también está presa en ese espejismo transparente que tanto se parece a nuestra propia vida. Le pregunté a Marcos y me dijo que la mariposa simbolizaba el alma, y que esa imagen trataba de enseñar un alma prisionera y oprimida. Técnicamente es una fotografía muy lograda, con un juego de luces que se reflejan desde muchas partes sin necesidad de hacer uso de focos o de otros alardes mecanizados. Marcos rebusca con la propia luz que encontramos a diario entre todas esas sombras que posiblemente sean las únicas pistas que dejaremos sobre la tierra.
A veces la fotografía también es un espejo en el que podemos mirarnos, algo tan efímero como la nube que pasa sobre nuestras cabezas dibujando formas igual de fugaces que nuestros gestos. Esa mariposa que no sabe que estaba atrapada y que sigue enseñando toda su belleza también se parece mucho a nuestra propia alma. No viene mal asomarnos de vez en cuando a nuestro destino a través del arte. Yo llevo esa imagen de Marcos desde hace días a todas partes, como si la mariposa volara en mis adentros, como si alguien me estuviera observando como yo la observaba a ella en la sala. Luego está la raíz, esa búsqueda interminable que es la vida cuando se empeña en seguir horadando también en el vacío para que todo parezca algo más que un sueño pasajero.

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Sergio Gil siempre llega cargado de carpetas y de sueños, te habla quedamente, y parece como si viniera de muy lejos, como si fuera uno aquellos artistas que esbozaban trazos en las grutas prehistóricas y entre los riscales de nuestras cumbres. Es un autodidacta, pero le ha sobrado intuición para saber dónde quiere colocar cada uno de sus pasos y para atisbar la magia del arte en cada pincelada. Ahora regresa, o llega con el trabajo de todos estos años, y se acerca de nuevo quedamente y te enseña una carpeta en la que encuentras otros colores y otras intenciones, como si hubiera mudado su piel de antaño por esa piel que queda cuando uno es capaz de desprenderse todo lo que cubre la epidermis más profunda del alma.
No se aprende solo estudiando o viajando. Se aprende observando a conciencia y siendo capaz de mantener la humildad del eterno aprendiz en la mirada. En una gran crisis creativa, Eduardo Chillida escribió esta frase: "tengo las manos de ayer, me quedan las de mañana". Pocas veces he leído algo tan certero para describir el arte, y creo que Sergio Gil suscribiría ese adagio de Chillida porque él también se ha reinventado en esta nueva obra, ha saltado a ese vacío al que solo se acercan los que arriesgan y ha salido airoso, con esa satisfacción de quien sabe que tanto esfuerzo y tantas revolturas de los estados de ánimo han merecido la pena. Un pintor triunfa cuando sabe que ha logrado plasmar en el lienzo lo que llevaba buscando desde hacía muchos años. Ha dejado atrás la figura reconocible, el color luminoso, y se ha adentrado por otros caminos, tanteando entre las sombras como decía Kafka que se debe buscar cuando solo se tienen atisbos y ninguna certeza. Y estoy seguro de que Sergio ya está rebuscando otros senderos nuevos para seguir aprendiendo. Aquí deja el basalto como recuerdo, la piedra ígnea que tiñe sin inventar colores porque los colores se inventan cada vez que alguien los remueve desde su propio misterio. La materia es casi siempre la misma, lo que cambia es el sentimiento que uno ponga sobre ella, ese corolario de todo lo que llevamos vivido, las heridas que jamás se cierran, los amores que nunca terminan, el solajero de la tarde lejana de la infancia y ese océano que Sergio Gil lleva redescubriendo últimamente de la mano de Eduardo Westerdahl, de Pedro García Cabrera o de Domingo Pérez Minik. Sigan el rastro de esos verdes, de esos rojos, de esos azules y de esos negros que dejan entrever los recovecos más profundos del artista, ese abstracto que también acabamos siendo los humanos cuando se nos mira desde lejos. Busquen al fondo de todos esos cuadros. Hay un mundo detrás que pertenece a cada una de los ojos que sepan buscar mucho más allá de las certezas.
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La exposición de Sergio Gil se podrá visitar de lunes a viernes, hasta el próximo 29 de abril, en la Casa Condal de San Fernando de Maspalomas. En la imagen aparece Sergio Gil el día de la inauguración de la muestra junto al Diputado del Común, Jerónimo Saavedra, que fue el encargado de presentar la exposición, y Marco Aurelio Pérez, alcalde de San Bartolomé de Tirajana

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Solo pintaba sobre sábanas viejas. Lo veías recorriendo la ciudad y preguntando en las casas si sobraban sábanas que ya no usaran. Pagaba por ellas. No sabía pintar y era el pintor que más vendía y que mejores críticas estaba recibiendo. Decían que había revolucionado el mercado del arte. Lo único que hacía era calcar los sueños que se ocultaban debajo de esas sábanas que usaba como lienzos.

Me gusta pasear por Triana escuchando el eco de las actuaciones improvisadas. Uno camina siguiendo la estela de un bolero, reconociendo a Bach entre las sombras de las fachadas modernistas o viendo como casi llegan a bailar los maniquíes de algún escaparate cuando se juntan un guitarrista y una joven tocando el saxofón y apuntando directamente a la fusión musical de Nueva Orleans. Algunos domingos también encuentras a los niños pintando monigotes o construyendo cometas con papel de cebolla y te detienes delante de una marioneta llamada Lupita que baila con más de veinte hilos la sandunga de Celia Cruz o de Elena Burke. Uno agradece siempre el eco del arte improvisado en cualquier calle del mundo.
Cada primer domingo de mes también puedo entrar gratis a los museos, y aprovecho para acercarme a cuadros ante los que otras veces he pasado de largo. Vale la pena visitar un museo tratando de mirar solo un par de cuadros detenidamente. Me pasa sobre todo en la Casa de Colón, con Ribera, Nicolás Massieu y toda la colección pictórica que muchos no saben que tienen a la vuelta de la esquina en esa casona de Vegueta con peces luminosos a la entrada y con un par de papagayos que campan a sus anchas por los patios canarios. Hay un cuadro en la Casa de Colón que les invito a mirar detenidamente. Se titula El Memorialista y es obra del pintor sevillano, Manuel Cabral y Aguado Bejarano. El Memorialista, del que no sabemos el nombre, escribe las cartas que le dictan quienes acuden ante su mesa dispuesta a inventar metáforas para contar lo cotidiano. Supongo que muchas de esas cartas serían para amores que habían ido a hacer las Américas. La escena es de mitad del siglo diecinueve; pero el amor necesita vestirse de palabras en cualquier tiempo y en cualquier circunstancia. Recuerdo también una película de Gutiérrez Alea, con guion de García Márquez, titulada Cartas del parque, en la que se contaba la historia de esos escribidores de cartas que se sentaban en una plaza de Matanzas a esperar que llegaran quienes no sabían escribir o quienes necesitaban contar lo que sentían dando otro sentido a las palabras. Todos buscamos metáforas para que perdure lo mágico o para que las vivencias que merecen la pena no se parezcan en nada a lo rutinario. Vargas Llosa también cuenta que comenzó a escribir cartas de amor para sus compañeros de internado en el Leoncio Prado. Escribía a cambio de cigarrillos sin saber que de aquellas cartas de amor inventadas vendrían luego La ciudad y los perros o Conversación en la catedral. Pero todo esto que he escrito se lo debo a un cuadro pequeño, casi escondido en una sala silenciosa que está en la segunda planta de la Casa de Colón. Allí está el Memorialista, que no es más que un hombre escribiendo o inventando la vida de quienes necesitaban las palabras para seguir existiendo.

Se van demasiado pronto, y sin embargo parece que lo intuían desde hacía mucho tiempo. Maduran antes, o por lo menos aprenden prematuramente lo que a casi todos nos lleva muchos años de esfuerzo y repetición diaria. Casi siempre mantengo que los artistas, sobre todo los escritores, se van gestando con el paso del tiempo: algunos prometen mucho y luego se quedan en nada, y otros parecía que no iban a llegar y de repente empiezan a dar los mejores frutos. Pero de vez en cuando aparecen esas excepciones luminosas que nos sorprenden en medio de una sala de exposiciones o en un libro clarividente y mágico.
Si hablamos de literatura ahí están Rimbaud o Félix Francisco Casanova, entre otros muchos. Y en pintura nombraría a Jorge Oramas y su capacidad para crear belleza en la antesala de la muerte. Oramas miraba la vida desde el hospital de San Martín o desde El Sabinal y no le hicieron falta perspectivas más lejanas ni tampoco viajes. Coloreó todo lo que le rodeaba y con solo veinticuatro años dejó una de las obras pictóricas más admiradas del siglo XX. Estos días he leído el último libro de David Foenkinos. Se titula Charlotte, y cuenta la desgraciada historia de la pintora alemana Charlote Salomon, que fue asesinada en Auschwitz cuando estaba embarazada con veintiséis años. Siempre que puedo recomiendo a Foenkinos. Busquen Los recuerdos o La delicadeza, y traten de acercarse también a la biografía de esa pintora a la que el escritor francés le pone un alma robada por la barbarie de los nazis y por la mala suerte que a veces aguarda en cualquier cruce de caminos. También Charlotte se aferró al color y a la belleza como si intuyera los desastres que le aguardaban. Pero los libros nunca vienen solos. Y la pasada semana, la poeta Mercedes Arocha me regaló un ejemplar del poemario Pulsaciones del viento, que ha editado Naka. Lo escribe Germán López Fuster, un joven que murió ahogado con veintinueve años en La Puntilla. Falleció hace cuatro años, estaba diagnosticado de Asperger, y escribía poemas que antes memorizaba febrilmente letra a letra. En sus versos también parece como si el autor presintiera su destino inevitable y quisiera dejar unas cuantas palabras como recuerdo de su paso por este tramo ínfimo de la historia. Escribió poemas y aforismos. Nos recuerda que "La vida es un manojo de sueños pendientes", o que "sus ojos bucean por la germinación continua de los libros". No conocí a Germán López Fuster personalmente, pero sí he conocido el alma y las reflexiones que dejó en sus versos. No llegó a cumplir los treinta años, como tampoco los cumplieron Jorge Oramas o Charlotte Salomon; pero en todos ellos uno se asombra de la madurez clarividente de su obra y recuerda aquel diálogo de Blade Runner en el que un replicante decía que la luz que brillaba con doble intensidad duraba la mitad de tiempo.

El otro día saqué una foto del Risco de San Nicolás. Amanecía y a esa hora los colores de las casas son todavía más luminosos. Me gusta ver la ciudad desde la altura de los Riscos. Subo corriendo muchas mañanas por el barrio de San Roque solo para ver amanecer desde sus improvisados miradores. También me adentro cerca de las fincas que están junto al Guiniguada. Estos días de febrero los pájaros cantan más sinfónicos y con más estruendo entre las plataneras. Y hasta los gallos parece que se quieren sumar a esa fiesta cada mañana. La ciudad aparece lejana con sus ruidos de coches y sus luces intermitentes. Y siempre está el mar. A veces ni lo miramos, pero si no estuviera andaríamos desorientados.
A la foto del Risco de San Nicolás la titulé La mirada de Oramas. La había sacado desde la acera del antiguo hospital San Martín, y lo que veía es lo que vio tantas veces Jorge Oramas desde la habitación en la que estuvo encerrado tanto tiempo. El escritor Emilio González Déniz, cuando vio la foto, comentó que es la vida la que imita al arte. Las casas que vio el pintor no eran de colores. Cuando él miraba solo había casas sin encalar, y en muchos casos ni siquiera podríamos decir que fueran casas.
En la planta baja de San Martín está exponiendo Augusto Vives. No dejen de acercarse. Augusto cuenta siempre que crea desde el lado oscuro de su alma, mirando muy hacia dentro. No es un hombre apesadumbrado, pero sabe que el arte se alimenta casi siempre de la herida que en muchos casos ni siquiera sabemos de dónde proviene. El cielo bajo los pies que propone el artista nos acerca a la grandeza de lo cotidiano y nos enseña a mirar en el fondo de los charcos de nuestras propias profundidades. Augusto Vives comienza la exposición citando a Alfred de Musset y recordando que a veces la imaginación abre unas alas grandes. Como buen creador, él sabe que lo que somos no es más que lo que terminamos soñando mucho más allá de lo que tenemos delante.

Estuve en la inauguración de la exposición retrospectiva del escultor Plácido Fleitas en el antiguo Hospital San Martín de Las Palmas de Gran Canaria. Fleitas murió en 1972, pero las formas que dejó en sus piedras perduran mucho más allá que su presencia. La curadora de Arte Moderno, Inés de Durán, comentaba el detalle de los ojos vacíos. Todos sus rostros humanos tenían los ojos huecos, como si miraran a la nada. Pero lo más que me llamó la atención de Fleitas fue lo que comentó Augusto Vives cuando recordó que trabajaba directamente en los barrancos. Luego apareció una fotografía del escultor cincelando una de esas piedras en el fondo de un barranco. Sus manos tanteaban la piedra rebuscando más allá de lo que tenía delante. El artista ve lo que ni siquiera reflejan las sombras. Por eso, cuando contemplas las obras de Fleitas, parece como si miraras en el interior del alma de las rocas. Casi siempre hay cavidades y huecos, como en el alma de cualquiera de nosotros.

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