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Archivos Enero 2017

A veces la realidad parece una broma, una extraña pesadilla o lo que uno percibe en esos días de gripe y de fiebre en los que todo se vuelve nebulosa o irrealidad. Recuerdo la madrugada del recuento de votos. Me desvelé y encendí el transistor para tratar de conciliar de nuevo el sueño; pero el sueño también salió espantado cuando fue conociendo lo que nos hubiera parecido un imposible tan solo unos meses antes, y no digamos unos años atrás. El esperpento, lo inverosímil, fue apareciendo en las pantallas, se fue gestando en los recortes de la educación y en esa creencia de que somos globales y de que esa globalización acabará encontrando el camino por sí sola. Y claro que encontró el camino y nombró como guía a un histrión, a un tipo que presume de xenófobo y que no tiene recato a la hora de mostrar públicamente su insolencia y esa arrogancia de los nuevos ricos que se creen eternos por tener dólares o rascacielos que miran al East River.
No era una broma y ya tenemos un presidente de Estados Unidos que, si no estamos atentos, puede llevar al mundo al caos y a una peligrosa deriva, sobre todo si ese perfil político se empieza a extender en otros países y si los extremismos siguen encontrando cobijo en la incultura, la inseguridad y la manipulación de ciertas cadenas de televisión interesadas en transmitir valores cercanos a la estulticia. Soy de los que cree que el ser humano es casi milagroso. Lo ha demostrado en su evolución a lo largo de miles de años, aun con caídas al vacío y con guerras o abusos de poder intolerables. Pero si queremos que el mundo no vaya a la deriva tendremos que reaccionar quienes creemos en la libertad y en la igualdad de oportunidades, todos los que consideramos que no hay otro camino que no sea el que propugne y respete los Derechos Humanos. Un señor que quiere levantar muros sin saber que los peores muros son los de la ignorancia, y que tiene en su mano, y nunca mejor dicho, la posibilidad de hacernos saltar a todos por los aires en cualquier momento, es un gran peligro para los que habitamos ahora mismo este planeta y para los que llegarán un día como llegamos nosotros a intentar cumplir nuestros sueños. A mí todavía me sigue pareciendo mentira lo de Donald Trump, como me pareció mentira lo del Brexit en su momento, pero estamos en un momento en que todo es tan etéreo y tan inconstante que casi no tenemos tiempo de asimilar esas grotescas bromas del destino. Pero lo que está sucediendo no es una mala película de Serie B que acabe antes de la merienda, ni un programa cutre de la tele que termine antes del verano. Esto es verdad, y creo que urge darnos cuenta para que empecemos a preocuparnos de todas esas mentiras y de esos falsos valores que enseñan en la pantalla a todas horas. Más educación, más viajes y más lecturas. En ese orden, o variando la secuencia.


Se probó uno de los zapatos y salió fuera de la tienda buscando cobertura para el teléfono. Empezó a hablar y a alejarse sin darse cuenta. Cuando volvió, la tienda estaba cerrada y con las luces apagadas. No había nadie dentro y ella llevaba un zapato distinto en cada pie. El que se probaba tenía un tacón alto y el otro era plano. Caminaba a duras penas hasta la parada de taxi, desnivelada y bamboleándose como esos barcos que se quedan a merced de las mareas. Con la conversación se había acabado la batería del teléfono y el bolso se le había quedado dentro de la tienda. Fuera del centro comercial caía la nieve y ninguno de los taxistas quiso llevar gratis a una mujer tan estrafalaria en su calzado. Salió a la calle y el zapato de tacón se enterró en la nieve en una zona por la que no transitaba nadie. Quiso sacar el pie pero con la congelación se le ensanchó tanto que no hubo manera de arrancar el zapato. Se convirtió en una graciosa figura de nieve. Hasta que no se derritió el hielo no se dieron cuenta de que era ella.


El pájaro llevaba con nosotros una semana y no había cantado absolutamente nada. Ahora no hay quien lo haga callar cada vez que golpeas el teclado. Solo canta cuando tú escribes, como si él también creyera que está trazando palabras a medida que golpeas las teclas y te inventas esas historias en las que casi nunca cantan los pájaros.

Cuando caminamos, nuestra sombra dibuja siluetas en la calle. Nosotros subimos y bajamos a las aceras, nos detenemos en los semáforos, a veces miramos hacia un árbol que de repente se queda desnudo de hojas o transitamos de forma autómata las rutas que llevamos recorriendo desde hace muchos años. Son pocos los días en que reconocemos una flor nueva en el parterre de la plaza o que un edificio cambia de color según esa posición del sol que hace que todo brille de forma diferente cada mañana.
La vida es gente que pasa. Y nosotros formamos parte de ese tránsito de cuerpos y de sombras que buscan algún sentido yendo y viniendo por las calles. Si te sientas en una terraza verás que ese espectáculo del paso de la gente es mucho más apasionante que cualquiera de esos programas de la tele que hacen pasar como realidades supuestamente virtuales. Hay gestos, movimientos de brazos o escorzos que parecen formar parte de una gran coreografía improvisada. Hay parejas de enamorados, hombres solitarios, turistas despistados y gente que no sabe hacia dónde va. Hay toda clase de sombras que luego se confunden y siguen haciendo su vida después de que nosotros nos alejamos. De esa gente que pasa, en este caso por las calles de Guía o de Vegueta, se ha ocupado la mirada de Eugenio Aguiar, y con esa mirada ha dibujado imágenes en tinta china que están expuestas en el Gabinete Literario hasta el próximo 1 de febrero. Eugenio es doctor en Derecho, pero no concibe su vida sin la pintura y sin estar pendiente de esos efímeros pasos de quienes andamos por el mundo como si fuésemos pequeñas láminas en movimiento, también dibujadas con tinta china, porque solo con esa tinta tan sutil se llega a dibujar la sombra que queda cuando pasamos de largo. En todas esas imágenes hay mucha búsqueda, muchos esbozos previos, mucho aprendizaje y muchas visitas a museos para aprender de los genios de la pintura que ya miraron antes ese paso del ser humano por los campos y por las calles. Quien pinta sabe que lo que aparece en un cuadro no es más que otra sombra que nos sirve para seguir buscando mucho más allá de nuestra propia mirada. También sabemos que muchas veces nos es más fácil reconocernos en la ficción de una novela o en los ojos de un retratado desconocido que ante nuestro propio espejo. Eugenio Aguiar, como otros grandes retratistas, no solo capta el movimiento o el gesto que define al retratado o al paisaje. Hay mucho más, está la sombra que deja entrever siempre la tinta y luego está el alma, que es al final lo que nos detiene delante de cualquier obra de arte. Da lo mismo que todos tengamos cámaras para retratarnos a todas horas. Si no hay intención de buscar algo más, todos esos retratos se convierten en papeles mojados o en imágenes que no nos transmiten nada. Falta la mirada del otro para reconocernos y para eternizarnos.

Esos mensajes los graba cuando está eufórico o aún cree que podrá regresar siendo el que era antes del accidente. Se llama a sí mismo y habla en su buzón de voz. Cuando ves que se separa de nosotros y se lleva el teléfono solo está escuchando su propio aliento para luego regresar como si aún estuviera vivo. También los fantasmas necesitamos coartadas para entender el abismo.

Me envió un video. Solo miraba fijamente. No decía nada. Yo también me grabé mirando fijamente a la cámara y se lo envié. Así estuvimos muchos días, comunicándonos en silencio después de tantos años. Soy yo el que terminó con aquel juego extraño. Ella envió tres videos más y ya en el último, cuando vio que no le respondía, grabó su sombra. Me sigue enviando vídeos con su sombra de vez en cuando. Eso es todo lo que quedó de nuestro amor de tanto tiempo. Sombras y miradas silenciosas.

Se enteró mucho tiempo después de que ya no frecuentara aquel barrio. Se sentaba cada mañana en un banco de la plaza. Le daba lo mismo el frío del invierno que la canícula del verano. Miraba las palomas y los gorriones y de vez en cuando les traía migas de pan. A veces coincidían desayunando en un café cercano. Aquel joven habló alguna vez con el viejo en inglés. Hablaban sobre las ciudades que el joven soñaba y que el viejo describía con la naturalidad de los viajeros que solo anotan en la memoria los pequeños detalles cotidianos. No se refería nunca a los grandes monumentos, ni a los paisajes que solemos encontrar en las postales. Le contaba cómo era la luz de la mañana en cada una de esas ciudades o cómo cantaban los pájaros que en esos años escuchaba en las plazas de aquel barrio en el que coincidieron sus biografías durante un tiempo.
Aquel hombre era un pintor reconocido y admirado, pero él no lo supo hasta mucho tiempo después, cuando ya no transitaba por aquel barrio y había dejado el piso de estudiantes en el que escribió algunos bosquejos de novelas que, como las vidas de muchas personas que conoció entonces, no llegaron a ninguna parte. Aquel viejo solo quería pasar desapercibido y buscar el cielo velazqueño con unos ojos azules que parecía que llevaban siempre las brumas invernales de su país. Pintó oscuro, sombrío, muchos dicen que tremendamente triste, lo que veía bello; pero aquel hombre sonreía todo el tiempo con la mirada de los supervivientes. Otros buscan la fama y aparecer en todas partes. El pintor se había encerrado en aquel barrio durante años sin que nadie supiera quién era. Para los que lo veían cada día era un extranjero que vivía pendiente de las palomas y de los pájaros, algo dipsómano, callado, observador, que iba muchas veces cargado de maderas, carpetas y toda clase de objetos que recogía por las calles buscando la belleza donde los otros pasan de largo o no habían sabido encontrar nada. Muchos años después, ese joven sigue soñando novelas, y observa a los viejos que llegan a las costas de su isla solo para seguir el vuelo de las gaviotas o para sentarse durante horas mirando hacia el azul interminable del océano Atlántico. Les inventa biografías y los imagina viviendo una existencia como la de aquel otro viejo que, después de muerto, multiplicó todavía más su fama. Jaime Gil de Biedma escribió en el poema Vida Beata la historia de alguien que solo soñaba con un pueblo junto al mar, una casa y poca hacienda en donde vivir como un noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia. De esas ruinas creo que salen también los más bellos cuadros y los más emocionantes poemas. También la sabiduría que lleva a la mirada a seguir el vuelo de las gaviotas o a observar el azul del mar plácidamente cuando ya no hay respuestas.

Él miraba para el espejo retrovisor que estaba tirado en el suelo. Caminaba temprano por una zona en la que no pueden transitar los coches. A esa misma hora, justo antes del amanecer, ella se fue a cambiar de carril sin darse cuenta de que solo estaba la estructura del espejo. Un coche la arrolló y quedó inconsciente sobre su asiento. No saben si está viva o muerta. Él mira cómo el primer rayo de sol del día se refleja sobre el espejo que sigue tirado en el camino. Siguió caminando y no le dijo a nadie que llegó a ver una cara reflejada entre los rayos que le cegaban la mirada. Llegó a Urgencias y la encontró a ella. Entró al quirófano y logró salvarle la vida en el último momento. Ella no sabe que él ya había reconocido su mirada mucho antes de que llegara al hospital en la ambulancia.

Cuando el cepillo de dientes rozó sus encías su cuerpo empezó a arder. Fue lo último que vio, las llamas de su cuerpo en el espejo del baño. Solo quedaron sus cenizas y unos dientes blancos como la nieve en medio del polvo gris. Esa mujer que barrió la cenizas ensartó los dientes en un collar que va diciendo por ahí que es de perlas. No dijo nada de la ceniza que encontró en el suelo. Ni siquiera llegó a oler a quemado en el baño del centro comercial de aquella ciudad en la que ella solo pensaba estar un rato.

A veces la vida tiene que dar muchos rodeos para que nosotros aprendamos el camino. Lo sabio es errar, dudar y equivocarnos; pero lo inteligente es aprender de todos esos errores, de esas eternas dudas y de las equivocaciones. No somos máquinas perfectas, y justamente de la imperfección es de donde viene nuestra grandeza, nuestra necesaria evolución para seguir adaptándonos al planeta y a sus circunstancias, al paso del tiempo y a nuestro propio destino cuando no está en nuestra mano cambiar lo que el azar nos va ofreciendo a media que avanzamos.
Tampoco todos los libros llegan a su debido tiempo. El otro día leía un ensayo imprescindible de Stefan Zweig sobre Montaigne. El escritor vienés, que dejó ese libro inconcluso cuando ya estaba en Brasil huyendo de la barbarie nazi, hablaba de un primer encuentro con la obra de Montaigne cuando era más joven y no llegó a entender la hondura de sus planteamientos, ni tampoco la reivindicación de la independencia intelectual y de la libertad que planteaba el autor francés en sus escritos. Lo entendió mucho más tarde, cuando vio cómo todo su mundo se venía abajo en uno de esos ciclos extraños que vive la humanidad de vez en cuando y que amenazan a las libertades y la propia supervivencia de los humanos. Zweig no soportó la barbarie ni el exilio y puso fin a su vida mientras escribía ese ensayo clarividente y necesario en estos días convulsos que estamos viviendo. Hablaba siempre de la aurora que aguarda más allá de esa oscuridad que nubla la mente de los humanos y que nos lleva a perder la razón y a matarnos los unos a los otros como fieros animales irracionales. Al final, lo que nos queda es la educación y la cultura, las horas de lectura en soledad, el pensamiento libre y esos libros que nos salvan tantas veces en los cruces de caminos o en los abismos inevitables. Todos querríamos tener la fuerza de la juventud con la experiencia y la mesura del paso de los años. Ya Rubén Darío nos advirtió hace mucho tiempo que la virtud está en ser tranquilo y fuerte y que el fuego interior todo lo abrasa. A veces hay que volver a las bibliotecas a buscar los libros que no entendimos a los veinte años. También deberíamos hacer lo mismo con nuestra propia experiencia diaria, volver a ver lo que nos cegaba con otra mirada y con otra perspectiva, aprovechando esa armonía que dejan los años cuando se viven intensamente y cuando se ha aprendido que todo es tránsito y que, ni siquiera eso que todos los demás encumbran o confunden con el éxito, vale realmente el potosí que nos venden para que sigamos siendo manada y no seres libres que decidan su destino a partir de sus propias palabras. Cada día reivindico más nuestra capacidad de reírnos de nosotros mismos y de quitarle importancia a todas esas baratijas que nos venden como necesarias.

Solo los osados apuestan por sus sueños. Miguel Rodríguez es un soñador y un osado, uno de esos hombres capaces de mover montañas con su insistencia y con todo lo que él cree que aportará belleza a este planeta y a esta vida tan necesitada de imágenes y de palabras bellas. He visitado el Belén de Arena de Las Canteras en otras ediciones, pero no ha sido hasta este último año cuando he podido hacerlo acompañado por Miguel, siguiendo sus explicaciones, asombrándome todavía más de lo que ya intuía que era un proyecto con muchas horas de dedicación y con mucho trabajo previo.
El forjado, el mantenimiento, el diseño, la búsqueda de los escultores, el mal tiempo, las noches sin dormir, todo lo compensa la belleza que luego nos regalan a quienes paseamos siguiendo las formas y las facciones de unas imágenes impactantes, casi milagrosas si pensamos que se han construido con arena y que solo perdurarán en nuestra memoria o en la memoria de las imágenes. Todo ese esfuerzo es para algo efímero, como la vida, como el tiempo, como esas mareas que van y vienen borrando todo lo que trazamos alguna vez en la arena.
Y luego está la promoción de la isla y de la ciudad, el recorrido de ese proyecto por todo el mundo, el resultado de ese tesón y de esa creencia inquebrantable en un sueño. Ya no entenderíamos las navidades de Las Palmas de Gran Canaria sin ese Belén de Arena que hace mucho tiempo atisbó Miguel Rodríguez en medio de la nada, o entre esas huellas que va dejando el viento cuando mueve el jable como si acariciara la silueta de una playa dormida en la memoria. Al final solo vale lo que se concibe bello. Y esa arena convertida en arte durante unos días se convierte en un espacio destinado a la belleza muy cerca de donde el océano nos enseña que lo efímero también deja un rastro divino en quien lo observa.

Escribía sus propios discursos. Era de los pocos que no leía lo que le entregaban los ideólogos del partido cada vez que salía al estrado o que tenía dar un mitin de fin de semana. Siempre trazaba esas intervenciones a mano, con muchas notas y flechas en los papeles. Aquel día se había quedado en blanco. No entendía ni una sola de sus palabras. Era todo mentira. Iba a mentir con un discurso lleno de metáforas y de citas de grandes pensadores. Nunca había tenido que mentir de esa manera y no recordaba lo que le enseñó aquella maestra cuando aprendió las primeras letras. Era un niño de familia muy humilde y aquella maestra le dijo que si aprendía a utilizar aquellas letras y los números que le estaba enseñando podría llegar adonde quisiera. Había estudiado dos carreras. Era un hombre de éxito. Pero no sabía que las letras, por lo menos cuando se escriben a mano, pueden jugar malas pasadas. Se lo había dicho la maestra: "no mientas nunca con estas letras que te enseño", eso era exactamente lo que le repetía casi todo el tiempo. No entendió sus trazos y bajó del estrado entre el murmullo de todos los diputados. Luego presentó su dimisión irrevocable y esa misma tarde subió a un avión y regresó a aquel pago humilde de la cumbre en el que aprendió las primeras letras. No existía la escuela unitaria. Se sentó mirando hacia los riscales y trató de recuperar a aquel niño que solo soñaba con prosperar y con mejorar la vida de los hombres sobre la tierra.

Su padre se había mudado de planeta cuando nosotros teníamos seis años. Luego su madre se casó de nuevo. Nos perdimos la pista cuando terminamos tercero de EGB. Desde entonces siempre que miraba a las estrellas imaginaba a su padre deambulando entre ellas. Salió hoy en las noticias. Lo reconocí de inmediato. Había robado durante años en su empresa. Decía en el juicio que esos robos los había cometido un extraterrestre que venía por las noches a la oficina. Esta vez no le creyó nadie. Ni siquiera su padre, que era el juez en aquella sala.

Había unos puntos suspensivos para que ella escribiera su destino. Él los había dejado hacía muchos años. Fue su única novela. Tuvo una buena acogida, pero desapareció para siempre. Solo quería escribir aquella historia. Lo único que hizo fue cambiar los nombres y los escenarios. Ella se quedó parada al final de aquellos puntos suspensivos que cerraban la novela. Él solo soñaba con que algún día esa mujer escribiera sobre esos puntos que ya le había perdonado.

Se equivocó al apuntar el teléfono de aquel amigo que no veía desde hacía años. Le escribió un WhatsApp para felicitarlo por Navidad sin darse cuenta de la fotografía del contacto. Ella le respondió diciéndole que se había equivocado y fue entonces cuando él descubrió a la sirena más hermosa del mundo. El número de su amigo acababa en siete y no en seis como el de esa mujer que aparecía en la foto desnuda debajo del agua. Solo tuvo que sumergirse en el océano para encontrarla.

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