los blogs de Canarias7

Archivos Diciembre 2016

Tomaba agua a todas horas. Desde niño todas las angustias se le acumulaban en el estómago. También los desamores. Cuando una historia de amor acababa sentía como si temblara la tierra dentro de sus entrañas. En esos días bebía todavía más agua. Intentaba que se ahogara cuanto antes el recuerdo de ese amor que había perdido. Y si no se ahogaba, que por lo menos quedara como uno de esos pecios hundidos en el fondo de los océanos. Todo amor perdido es como un pecio que se llena de herrumbre en nuestra alma.

Al estornudar se le saltó el ojo derecho y empezó a correr por todo el pasillo. Lo llamaba insistentemente, pero un ojo que se da a la fuga casi nunca regresa. Lo quiso seguir pero lo perdía de vista cada vez que se escondía entre la gente. Ahora tiene otro ojo prácticamente idéntico pero no soporta su propia mirada en los espejos. El ojo que se fue ha ido haciendo su propia vida. Tiene dos ojos pequeños y una mujer que dice que no hubiera sabido vivir si él no hubiera aparecido.

Siempre te dirá lo mismo con dos palabras diferentes. Lo lleva haciendo desde que era niño, mucho antes de que le explicaran lo que era un sinónimo en el colegio. Hay personas que se duplican de esa manera, como si vivieran dos veces a través de las palabras. Si te fijas, podrás darte cuenta de que nunca utiliza el mismo tono cuando habla. Solo hoy me he atrevido a preguntarle por qué lleva haciendo eso toda la vida. Me ha mirado y luego me ha dicho que vive en dos planos diferentes y que cuando lo escucho yo también habito esas dimensiones sin que me esté dando cuenta. Lo ha dicho muy convencido y le ha dado lo mismo mi reacción. Le dije que se dejara de tonterías y que viviera la única vida que tenía. Él me contestó que en la otra vida le estaba diciendo lo contrario y que era yo el que le había enseñado a vivir sinónimamente.

Dejó el cajón medio abierto antes de salir de su despacho. Cuando regresó después del almuerzo hubo una masacre de folios manuscritos. No quedó nada. Arrugadas y descompuestas en pequeños trozos, las letras no llegaban a formar una sola palabra conocida. Lo recogió todo cuidadosamente y lo tiró en el cubo de la basura. Luego salió a la calle a dar un paseo y escuchó a dos hombres discutiendo. Repetían las mismas palabras que él había dejado escritas a mano esa mañana en su novela. Desde ese día solo cuenta romances de amor y vivencias llenas de alegría. Cuando termina, sale a la calle para enamorarse o para reírse un rato de sí mismo después de tirar los papeles troceados en la papelera que ha colocado justo al lado de su silla de trabajo.

La sensación era extraña, como si le llevaran de un lado para otro dentro de una jaula. Cambiaba de ciudad, se había divorciado y había dejado el trabajo, pero en aquel avión se sentía como esos pájaros que retiran de los patios cuando llueve. Cerró los ojos y soñó que tenía alas. Luego se despertó y vio a aquella mujer a su lado. Se había cambiado de asiento durante el vuelo. Era ella la que había movido su jaula y la que estaba abriendo en ese momento la puerta pequeña por la que iba a escaparse mirando hacia el azul interminable de sus ojos.

Déjalo que siga mirando al cielo y no le preguntes nunca por lo que está haciendo. Y si te dice que está escuchando el canto de todos sus pájaros muertos, tú háblale con toda naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo sentarse cualquier tarde a escuchar ecos más allá de los celajes. A veces silba melodías. Yo llevo años sentado en un banco cercano. Grabo esas melodías y luego las llevo al papel pautado. Él jamás se da cuenta de que todas esas canciones que suenan todo el día en la radio son las mismas que silba cuando sigue la senda de las nubes que el viento mueve como si fueran rebaños de ovejas.

Quizá un día como hoy de hace más de cuarenta años estaba abriendo una caja marrón de la que sacaba figuras que iba colocando sobre un mueble después de haber creado con papel de estraza, platina, piedras y algunos hierbajos arrancados azarosamente entre los primeros verdes de diciembre un paisaje inventado que se llamaba Belén. Recuerdo un castillo con luces de colores que colocaba en la zona de Oriente y aquellos Reyes Magos que avanzaban poco a poco a medida que pasaban los días. Hace años que no sé nada de aquella caja ni de las figuras que solo se asomaban a la vida hasta el día de Reyes. Cuando las recogíamos sí quedaba la melancolía de ese tiempo navideño de asueto y de regalos que ya formaba parte del pasado. La vuelta al colegio, con los juguetes casi intactos, era casi peor que el regreso después del verano.
Con el paso del tiempo sí me gusta asomarme a los belenes que me encuentro en las plazas, en las casas de amigos o en los centros comerciales. El otro día, la eterna espera del semáforo de Bravo Murillo me llevó a detenerme delante del Nacimiento que cada año colocan delante de la Casa Palacio del Cabildo de Gran Canaria. En esta ocasión se representa la zona de Agüimes. Ingenio y Santa Lucía, con la Fortaleza de Ansite como gran protagonista de las escenas navideñas más reconocibles. No me hizo falta preguntar quién había creado ese Belén. Por los diseños de las figuras, por el cuidado de las casas y de las calles, y por todo el arte que uno notaba en la iluminación o en los pequeños detalles intuí que detrás de esa obra de arte efímero estaba la mano de Fernando Benítez Henríquez. No me equivoqué. Fernando lleva muchísimos años creando algunos de los belenes más reconocibles y admirados de Gran Canaria. Y yo sé que su pasión belenista viene de muy lejos. Estudiamos juntos en el Instituto de Guía. En aquellos años, muchos de los alumnos de ese centro escolar que nos cambió la vida a varias generaciones procedían de Moya, y desde entonces recuerdo a Fernando dibujando esbozos de figuras navideñas, viajando a Murcia para visitar a artesanos y recreando en su casa, y luego en otros lugares de Moya, belenes que ya empezaban a dar que hablar en toda la isla. Luego volvimos a coincidir estudiando la carrera de Derecho, y allí seguía Fernando aferrado a sus sueños y a sus creaciones entre clase y clase o matando el tiempo cuando los latinajos y los artículos aburrían hasta a los que tenían más inclinaciones leguleyas. Fernando y yo andábamos lejos de aquellas ambiciones fiscales o procesales, y con el paso del tiempo nos reconocimos haciendo cada uno lo que entonces deseábamos. Nos hemos visto solo un par de veces en los últimos treinta años, pero siempre nos reconocemos con esa mirada limpia que mantienen quienes compartieron sueños en un pasado lejano.

Había mucha nieve cuando aquel hombre tiró el sombrero y el paraguas y se quedó quieto junto al semáforo. Le preguntaban su nombre y él los miraba como si acabara de llegar a este planeta. Casi todo el mundo seguía su camino mirando una pantalla, pero una señora dijo que había que llamar a la policía o a una ambulancia. Creía que estaba afectado por algún tipo de amnesia repentina. Yo le dije que no se preocupara, que conocía a aquel hombre desde hacía años. La nieve fue encaneciendo su pelo y su cara hasta que se hizo viejo y volvió a donde estaba antes de haberse equivocado en el tiempo. Solo quedaron el paraguas y el sombrero en el suelo. Estaban nuevos y aún conservaban la etiqueta de una tienda de Londres que cerró sus puertas en 1919. Yo trabajé en esa tienda entre 1890 y 1897, pero he aprendido a vivir como uno más entre esta gente.

Todo comenzó con aquella pecera. Sus ojos se acabaron pareciendo a los de Juan Carlos Onetti, siempre extremadamente abiertos, como si quisieran salirse de sus propias órbitas. Se la regaló su ex mujer cuando todavía estaban enamorados. Él se empezó a obsesionar con aquel pez de escamas rojas y azules. Decía que le hablaba y señalaba la forma de las burbujas como si fueran letras del abecedario. No quiso regresar al trabajo. Nadie lograba levantarlo de aquel sillón. Nos decía que el pez le pedía que no dejara nunca de mirarlo. Se ha quedado solo. Los otros peces murieron y su mujer lo abandonó al paso de unos meses. Yo soy el único amigo que se acerca con algo de comida para él y para ese pez que lo tiene hipnotizado con sus palabras burbujeantes.


Una novela es un mundo que suena diferente. A veces nos seducen los personajes, las tramas, las descripciones de paisajes o los acercamientos a esos laberintos del alma que solo somos capaces de recorrer siguiendo el rastro de las palabras. Pero lo que realmente nos engancha de una historia es la música que suena sin que casi nos demos cuenta de que vamos entonando esa sinfonía a medida que pasamos las páginas. Esa magia solo se consigue de vez en cuando. Y el único camino para su aprendizaje es la lectura de todos los grandes que hicieron resonar historias en nuestros adentros junto con el oficio y la búsqueda diaria, ese tesón inquebrantable del insistente y el empuje del soñador que logra evitar todos los obstáculos.
No es fácil escribir una primera novela. Realmente nunca es fácil comenzar ninguna historia, pero esa primera novela suele ser una prueba de fuego que solo pasan los que han buscado mucho más allá de lo que tenían delante. Hace unos días terminé de leer la primera novela publicada por Carlos Ortega Vilas. Se titula El santo al cielo y la publica Dos Bigotes, un nuevo proyecto editorial que creo que dará mucho que hablar en los próximos años. Carlos Ortega domina el lenguaje prodigiosamente. No es habitual encontrar a un escritor tan avezado escribiendo novelas, y mucho menos una primera novela. Y no solo hablo de la hondura del lenguaje, de las construcciones gramaticales y de una puntuación tan precisa que hace que ese sonido del que hablaba hace un momento se haga presente sin la más mínima disonancia. Carlos también ha escrito una historia que engancha con sus distintas tramas, un thriller que no te permite soltar el libro hasta que no recorres las más de quinientas páginas que van dejando pistas cada vez más inquietantes. Hay un dominio prodigioso de los diálogos, y los que escribimos novelas sabemos que los diálogos son casi como la prueba del nueve para los narradores, la piedra en el zapato que hace que cojees, o lo que logra que un texto cobre vida mucho más allá de la letra impresa. Carlos Ortega domina el diálogo de maravilla y crea personajes que van creciendo a medida que avanza la trama y queremos saber cada vez más, aunque esas certezas se escondan detrás de una elipsis o nos sigan abriendo nuevas puertas hacia destinos tan imprevisibles como los destinos de los humanos cuando salimos a la calle. Carlos Ortega es novel publicando novela, pero no escribiéndola. Esta novela contiene la experiencia vital y lectora de un escritor con mucho oficio y con una admirable madurez creativa. Lean El santo al cielo. Les aseguro que les espera una historia inquietante y sorprendente. La vida misma convertida en novela. Lo que solo se logra ver cuando alguien consigue que las palabras sean algo más que unas cuantas letras sembradas en unas páginas.

Aquel pájaro ya le estaba esperando en la otra punta de la isla. Él no tenía pájaros desde que era niño. Entró a la cafetería y la camarera comentó que tenía ese pájaro con jaula y con todo preparado para el que quisiera llevárselo. Él entonces recordó a su abuelo tratando de que uno de sus pájaros piara una folía. Nunca lo consiguió. Él no tenía ninguna confianza con esa camarera, pero le dijo que le gustaría tener ese pájaro. Canta cada mañana en el patio de su casa. Al principio no se dio cuenta, pero ahora ya ha descubierto que tararea la música que su abuelo trató de enseñar a otro pájaro hace cuarenta años. A veces le mira fijamente a los ojos mientras canta.

Ella había acudido para matricularse de un curso. Siempre estaba haciendo cursos para llenar las tardes y los sábados por la mañana. Él apuntaba sus datos sin levantar los ojos del ordenador. Solo reaccionó cuando le dio el nombre de la calle en la que vivía. Ella no lo reconoció. Habían crecido juntos hasta los trece años, cuando al padre de él lo destinaron a otra ciudad lejana. Era su primer día de trabajo en esa oficina. También su primer lunes en la ciudad después de más de cuarenta años. Esa misma tarde quería volver a la casa en la que había pasado su infancia. Compró flores y caminó despacio hasta llegar a aquel portal en el que sabía que aún vivía la niña de la que estuvo perdidamente enamorado.

Karina camina las ciudades rebuscando pistas donde no suele mirar la gente, entre las grietas de una pared desconchada, en medio de la hojarasca que mueve el viento o en esos colores que se superponen en las fachadas como si quisieran recordar a todos los moradores que fueron habitando cada una de esas casas. Conozco a Karina Beltrán desde hace algunos años, y siempre nos encontramos en las ciudades de forma azarosa. Estos días estaba por Las Palmas de Gran Canaria realizando un trabajo para La Regenta que ahora expone en la sala capitalina. Quienes visiten esa exposición se acercarán a la mirada sutil y poética de alguien que encuentra la belleza en los pequeños detalles cotidianos. Hace mucho tiempo que creo que la belleza no se busca: quien tiene suerte, y no pasa de largo, la suele encontrar cuando no la está buscando, aunque esa belleza camina casi siempre a nuestro lado y solo tenemos que aprender a mirar de otra manera para encontrarla.

La exposición fotográfica Diario de ida, de Karina Beltrán, se expone hasta el próximo 7 de enero en el Centro de Arte La Regenta.

Necesitamos cuentos para seguir viviendo. Siempre ha sido así, desde las cuevas hasta esta virtualidad que nos enreda, desde la infancia hasta que las canas nos muestran más añejos y taciturnos en los espejos. Cuentos para engañar al tiempo, para burlar al destino y para cambiar los guiones de la realidad diaria. Un cuento es un trozo de vida, una veta mágica que alguien salva de la estulticia y del olvido, una recreación de lo que a veces soñamos sin darnos cuenta de que estamos despiertos.
Estos días ha llegado a mis manos un libro con muchos cuentos que inventan vidas nuevas donde no había absolutamente nada. Lo escribe Yolanda Delgado Batista, una escritora nacida en Las Palmas de Gran Canaria con esa necesaria mirada cosmopolita que tienen que tener quienes escriben cuando miran hacia fuera y, sobre todo, cuando indagan en sus adentros buscándose entre otros personajes que aún no sabían que viajaban con ellos. Yolanda ya escribió hace años una novela prodigiosa que tituló La isla de las palabras desordenadas. Desde entonces he recibido correos de ella desde Madrid, desde pueblos perdidos en mitad de la Península o desde Rusia. Ahora he recibido este libro, que ha sido editado por Baile del Sol en Tenerife, desde uno de esos lugares a los que ella suele asomarse discretamente para observar la vida de la gente. Se titula Puro cuento, y eso es lo que es el libro, una pura delicia literaria con pequeñas pinceladas de magia, ironía, ternura e inesperados desenlaces, una sucesión de cuentos en los que aparecen Tarzán, Stalin, Joyce o Carlos Marx, todos ellos convertidos en materia literaria, en pequeñas obras maestras que uno lee sabiendo que en cada renglón hay cientos de párrafos que ocultan palabras, elipsis que se asoman a los ojos como aquellos icebergs contra los que luego chocaban los grandes trasatlánticos. Todas esas narraciones siguen la máxima de Cortázar cuando hablaba de las distancias cortas literarias. El escritor argentino utilizaba términos pugilísticos para que entendiéramos lo que diferencia a un cuento de una novela. Decía que en el cuento había que ganar siempre por knock-out lo que en una narración más larga se puede ganar a los puntos. No hay tiempo para armar grandes historias con muchas palabras. Hay que golpear al lector cuanto antes y además hay que hacerlo de una manera precisa y certera. Eso es lo que logra Yolanda Delgado en este libro fascinante que acaba de publicar hace unos días. No da tregua: cada una de sus historias, así tengan veinte renglones o veinte palabras, golpea certeramente en ese lugar exacto en el que las emociones se activan sobre la marcha. Por eso los niños siguen demandando cuentos antes de cerrar los ojos, porque saben que los cuentos son siempre la antesala de los únicos sueños que merecen salvarse.



Había preparado un montaje de fotos que debían ir apareciendo en la conferencia, pero desde que proyectó la primera se dio cuenta de que no tenía nada que ver con lo que había preparado. Fue improvisando, explicando lo que veía e inventando lo que no sabía de esas imágenes que todos miraban como si no le estuvieran escuchando. Entonces fue cuando apareció su fotografía. Era él vestido con ropajes de hacía cuatro siglos. Miró la foto y se inventó que era un fantasma. Los demás ni siquiera se inmutaron y al final le aplaudieron y le felicitaron por la lección magistral que había impartido. El fantasma recogió sus cosas (también el pendrive con las fotografías) y regresó caminando al hotel en el que hospedaba. Al llegar no había nadie que se hubiera registrado con su nombre. No insistió y se sentó resignado en un banco del parque esperando a que llegara la noche.

Los tiempos no cambian hasta que no se escriben de una manera diferente. Por mucho que algunos quieran negarlos, los años setenta fueron los que cambiaron la España en blanco y negro que venía de un pasado sin libertades y sin esas palabras que sonaran nuevas en medio de lo carpetovetónico y lo anquilosado. Ya estaban Juan Goytisolo o Juan Marsé planteando una narrativa que rompía con la grisura de muchos de los textos de las pasadas décadas. Pero quizá fue la llegada de voces nuevas, que además venían con toda la influencia de la novela norteamericana de los cincuenta y los sesenta, las que cambiaron definitivamente la forma de concebir la novela en España. Eduardo Mendoza fue una de esas voces que llegaban con una sonoridad diferente. Mientras aquí escribíamos sobre dramas rurales o textos costumbristas, en Estados Unidos ya hacía años que Bellow, Updike, Malamud, Fante y compañía escribían novela urbana con otro tono, otros contenidos y, sobre todo, con otra mirada hacia el texto y hacia el propio mundo que les rodeaba.
La verdad sobre el caso Savolta supuso un impacto tremendo cuyo eco todavía tiene resonancias en la narrativa española contemporánea. Más tarde, con La ciudad de los prodigios, Eduardo Mendoza contó la gestación de las grandes urbes españolas en el siglo veinte, la llegada del campo a la ciudad, la industralización y esos saltos casi al vacío que se fueron dando de una generación a otra a lo largo del siglo pasado. Marsé y Mendoza convirtieron a Barcelona en una escenario literario como Galdós o Baroja habían hecho antes con Madrid, pero esa ciudad que se cuenta mira mucho más a la modernidad y a los choques culturales que se van generando a medida que el tiempo pasa. También es Mendoza de los primeros autores que escribe en España siguiendo la estela de la novela humorística inglesa. Sin noticias de Gurb o La aventura del tocador de señoras son dos prodigios literarios que hay que releer siempre que se pueda, y con ambas logra algo parecido a lo que hizo con La verdad sobre el caso Savolta. Hay un antes y un después en la forma de concebir la ironía y el humor en nuestra literatura. Aquel humor de Gómez de la Serna o del entorno de La codorniz se transforma de repente en un género novedoso que solo se concibe desde un gran dominio del idioma y desde las lecturas de otras tradiciones literarias que entonces apenas llegaban a nuestro país. Uno se alegra de que alguien que se ha reinventado tantas veces sea reconocido con el Cervantes. No es fácil ser un inconformista y un innovador, y menos en un mundo en el que parece que todo está inventado. Con este premio se reconoce a una voz que sonó totalmente diferente en un momento en el que la literatura española parecía monocorde y estereotipada.

Me vio mirando el cielo mientras conducía. Llovía mucho. Yo tenía un almuerzo al aire libre en una terraza. Había quedado con un amor de juventud. Soñaba con ese reencuentro desde hacía años. El taxista me vio preocupado. Luego empezó a hablar de la lluvia. Decía que prefería que lloviera a que saliera el sol porque si no el planeta se iba a terminar calentando. Yo lo escuchaba pendiente del cielo. Luego empezó a decir que si todos deseamos que no llueva la atmósfera (él hablaba de la atmósfera todo el rato) iba a terminar haciéndonos caso algún día y dejaría de llover para siempre. Entonces empezó con el apocalipsis, la desertización del planeta y las plagas de langostas. Llovía cada vez más fuerte. Cuando llegué, el dueño del restaurante me dijo que no había podido montar la mesa en el jardín y que los violinistas nunca tocaban si llovía. El taxista estaba en la calle dejando que el agua cayera sobre su cabeza. Ella venía caminando y en el último momento vi como entraba en ese taxi. Tuvo miedo, pero luego me contó que había estado reunida hasta muy tarde y que no había podido acudir a la cita. Sigue lloviendo, dentro y fuera de mi alma.

Blogs de Canarias7

Bardinia

Ciclotimias

Ventana verde

Páginas

  • Carrete