los blogs de Canarias7

Archivos Octubre 2016

Le bastaba el sabor del dátil. Veía nevar desde las alturas de aquel rascacielos, pero él estaba en el desierto. Saboreaba el dulzor de su infancia y veía el cielo azul más allá de los nubarrones negros que oscurecían la mañana. Ya le habían advertido del frío en los meses de invierno junto al lago Michigan. Se abrigaba todo lo que podía para que al salir a la calle sus huesos no añoraran el calor de los oasis que mantenía a salvo en sus recuerdos.

No lo he comentado con nadie, pero ayer estuve junto a una de las fachadas de la calle Triana reconociendo el olor de una higuera. Ese olor te detiene donde quiera que lo huelas, pero en aquel edificio o en los colindantes era imposible que hubiera higueras. Me fui a buscar imágenes antiguas de la calle y justo donde está ese edificio había un gran jardín. Reconocí dos higueras que sobresalían por encima del muro que asomaba a la calle. Los árboles dejan el rastro de sus olores no solo en el recuerdo o en las imágenes. Cuando pasas por donde estuvieron siguen oliendo más allá del tiempo. Solo hay que detenerse para reconocer su fragancia en medio del trasiego de las calles.

A veces no hace falta viajar lejos para llegar a los paraísos. Con el paso de los años, uno descubre que esos edenes que aquietan nuestras aguas están realmente dentro de cada uno de nosotros, o rondando los paisajes o los afectos más cercanos. Me gusta mucho viajar, y de hecho cada año de mi vida se queda grabado en el almanaque con algún viaje más o menos lejano. Y cuando vamos lejos, paradójicamente también nos sigue sorprendiendo lo más sencillo y lo más cotidiano. A lo mejor lo que queda de Nueva York es solo una hoja seca que movía el viento entre los rascacielos de unas avenidas interminables.
Cuando estamos en otro lugar, lejos de nuestros trabajos y de nuestras preocupaciones, nos fijamos en esos detalles que requieren la calma y la mirada serena que no encontramos cuando vamos corriendo al trabajo o a recoger a los niños a la salida del colegio. Realmente estamos viajando hacia nosotros mismos en todas partes. También en Las Palmas de Gran Canaria yo viajo algunos domingos muy lejos alejándome apenas unos metros de mi casa. Me acerco al barrio marinero de San Cristóbal y parece como si de repente me alejara de la ciudad en la que habito entre semana. El castillo, las casas de colores, el sonido incesante de los cascajos en la orilla y esa brisa que hace que viaje casi tan lejos como los barcos que tengo delante convierten cualquier fin de semana en una fiesta inolvidable. La costa de San Cristóbal no se parece nada al resto de la ciudad. A veces uno tiene la impresión de que cuando la quisieron enterrar con la autopista no hicieron más que salvarla de la especulación y de la mirada rápida que dedicamos a lo que se ve desde las carreteras. Allí tienes que bajar unos metros y recuperar la costa tal como era antes de que levantaran la Avenida Marítima y le ganaran terreno al océano. Desde ese castillo se ha visto la vida que pasa lejana, los barcos que van y vienen cargados de sueños y esos mariscadores que siguen buscando pulpos y lapas entre las grutas de las grandes piedras de la costa. Hay una playa pequeña de arena negra que cuando baja la marea me recuerda a todas las playas de mi infancia en el norte de Gran Canaria. Una amiga brasileña me dijo un día que la fila de casas de colores de la costa de San Cristóbal se parecía a cualquier pueblo costero de Brasil cercano a Salvador de Bahía. Entre sus callejones uno reconoce ese surrealismo que Julio Viera lleva a sus cuadros, la sombra que dejan las rocas cuando cae la tarde y con la bajamar parece que el Atlántico duerme como un lagarto gigante. Las Palmas de Gran Canaria es una ciudad con muchas ciudades dentro, una costa con muchos horizontes en los que inventar nuestros propios viajes. Lo saben todas esas gaviotas que sobrevuelan a diario su silueta alargada y siempre mojada por las aguas.

Me paró y me preguntó por mi hijo. Me dio las gracias por todas las veces que le compré globos en el parque. No lo reconocí. Me dijo que era el payaso. Mi hijo tiene hoy 30 años y este hombre debe estar rondando los sesenta. Me habló de aquellos años como si narrara un viaje lejano. Ahora sí recuerdo que siempre olía a alcohol. También me acuerdo de su mirada. Era limpia. Me contó que estuvo casi tres años tirado en la calle, pero que luego la vida le había dado nuevas oportunidades. Da clases en un instituto cercano. Me agradecía las monedas de aquellos días. Le conté que mi hijo es ahora payaso en un circo y que es feliz porque hace lo que le gusta. Siempre me dijo que quería ser como aquel hombre que nos alegraba las mañanas de domingo en el parque.

Cada domingo se tiñe el pelo de un color distinto y se acerca al parque a esperar el amor de su vida. Se parece a Penélope, la de la canción, y también un poco a la que tejía y destejía esperando a Ulises. Pero es verdad que aquellas mujeres esperaban a alguien que había partido. Esa mujer, en cambio, lleva cuarenta años aguardando un imposible. Nadie se ha enamorado nunca de ella. Ha perdido la noción del tiempo y cada día aparece más desaliñada. Hoy se ha pintado el pelo de verde esperanza como si fuera uno de esos náufragos que disparan la última bengala que les queda. No se ha dado cuenta de que es agosto y de que esas tardes tan calurosas la poca gente que no ha salido de la capital está encerrada en su casa. Desde lejos, se ve cómo el sudor va poco a poco destiñendo el tinte barato de su pelo. Todo ese verde cae por su cara como un torrente de tristeza que empaña todavía más su mirada.

Algunas mañanas paso junto a las ventanas de la hemeroteca del Museo Canario, en la calle Doctor Verneau de Vegueta. Las ventanas tienen esas celosías típicas de las casas canarias que hacen que uno no sepa nunca si están abiertas o cerradas. A través de esas celosías muchos han visto pasar la vida de los pueblos como quien se asoma a una pantalla. A veces caminas por las calles vacías de algunos pueblos que parecen abandonados y de repente escuchas un golpe de tos o un bisbiseo detrás de esos postigos que mantienen a salvo a los voyeurs y a los que quieren mirar sin ser vistos.
Pero cuando caminas junto al Museo Canario sí eres capaz de saber si las ventanas están abiertas o cerradas. Cuando se abren, te llega el olor de miles de periódicos viejos. En los días de invierno ese olor se parece al del pan recién horneado o al de las brasas que crepitan en una hoguera, casi podría decir que es un aroma que logra quitar el frío que uno siente a veces cuando camina por las aceras. Sin embargo en verano, o en los primeros días de ese otoño de estío que tenemos en las islas, ese olor caldea aún más la calle y la vuelve más señera, como si toda la realidad que se contó en esos papeles saliera a pasear un rato bajo el sol de la mañana. Hay muchas vidas en una hemeroteca, muchos divos olvidados que ya nadie recuerda. También se guardan sucesos que paraban a la gente por la calle, ganadores de loterías que se hicieron millonarios de la noche a la mañana, cantantes de otros tiempos o goles que ya no importan ni a quienes los marcaron. Hay portadas con grandes caracteres, hitos históricos, el final o el principio de una guerra, el hombre llegando a la luna, el asesinato de Lennon o aquel suceso de los niños que murieron cuando iban a buscar un balón en una tubería que se los llevó para siempre. Hay miles de nombres, periodistas que creían que sus exclusivas serían distintas a todas las noticias que ya nacen pasajeras desde que son escritas, políticos que ya nadie recuerda o que solo asociamos a una calle en la que está el colegio de nuestros hijos. Ese olor que a uno le llega cuando pasea al lado de ese museo también se parece al de la ceniza de aquellas hogueras en las que quemábamos todo lo que sobraba para celebrar un nuevo solsticio. Alguna vez he entrado a esa hemeroteca que deberíamos preservar incluso con más ahínco que nuestros propios recuerdos. Todos esos testimonios de otros tiempos necesitan de esos papeles para colocar cada cosa en su sitio, para recordarnos cómo éramos en esa tinta que amarillea como esos castaños que dejan el suelo sembrado de hojarasca. Ahora escaneamos los papeles viejos, pero nosotros hace tiempo que sabemos que un papel viejo necesita el tacto y el olor casi tanto como esa letras que se sueñan inmortales cuando nos cuentan.


Cocinaba de maravilla, y sin embargo estaba a punto de cerrar el restaurante. El trazo de sus letras era pulcro y bello, pero había algo en esas letras que provocaba el rechazo de quienes veían escrito el nombre de los platos. Ha ido bajando los precios y presenta ofertas casi irrechazables, pero se le pudren los alimentos y ya no puede pagar el alquiler y los impuestos. Ni siquiera los sugerentes olores que salen de su cocina logran que la gente se adentre en su restaurante. Puede mucho más el rechazo de su letra y la negatividad que genera el nombre de cada plato cuando lo escribe con tiza en la pizarra.

Solo recuerdo que llovía. La única condición que pongo en mis contratos es que nunca bailo los días de lluvia. Por eso en invierno casi no actúo en Europa. Los días de lluvia me recuerdan a mi padre. La primera vez que me llevó a ballet diluviaba en Barcelona. Era septiembre. Me decía que estaba seguro de que acabaría siendo una gran bailarina. Todos me dicen que mi cuerpo y mi cara se transforman desde que salgo al escenario. Pienso siempre que bailo para él, pero los días de lluvia la tristeza de su recuerdo me hace llorar y termino resbalando sobre el escenario.

No todo el mundo atraviesa un bosque de la misma manera, ni siquiera un bosque metafórico, un sendero que a veces se adentra tanto entre las sombras que no queda más remedio que confiar en la magia de las palabras. Pero cuando atraviesas ese camino entre espectros y extraños ruidos, te sientes como quien llega a una ciudad nueva en la que te puede estar esperando el amor de tu vida o ese paisaje que llevas soñando desde que te adentraste más allá de esos árboles que siempre ocultan el bosque lejano. Estos días se ha presentado en Gran Canaria un libro conjunto en el que confluyen siete mujeres atravesando ese bosque inmenso de la vida a través de la poesía y de las imágenes.
Hace unos años, un grupo de creadoras encabezado por Macarena Nieves Cáceres y Eduvigis Hernández puso en marcha un proyecto al que llamaron Rumores de ArteMisia. Poco a poco han ido consolidando un encuentro de poetas y artistas visuales que con el paso del tiempo estoy seguro de que será una referencia a la hora de encontrar qué buscaban muchas artistas cuando recreaban imágenes o cuando trazaban versos para no zozobrar en ningún naufragio. En esta ocasión la línea temática del proyecto era atravesar el bosque de la mano de las poetas Elena Garbisu, María José Vidal Prado y Yaiza Martínez junto con las imágenes, prodigiosas y sorprendentes, de Karina Beltrán, Magda Medina, Rocío Arévalo y Davinia Jiménez. Todas confluyen en una cuidada edición, a cargo de Silvia Ponce, llena de sugerencias, de pistas necesarias y de senderos tan reales e imaginarios como los que transitamos entre el asfalto y ese cielo que nos mira como si fuéramos animales extraviados en algún lugar del tiempo. Yaiza Martínez recorre un bosque de imágenes y sugerencias, de "cuando los agujeros negros te hablaron/ del nido infinito". De ese camino que vamos tanteando cuando a veces oscurece en nuestra alma también escribe María José Vidal Prado, y nos recuerda que vamos "cortando nuestra propia hierba/para poder dar otro paso". Esa necesaria poda de nuestro camino es lo único que nos permite encontrar alguna felicidad en el horizonte de la mañana siguiente, cuando llegamos a una nueva ciudad rodeada de bosques humanos. Y es Elena Garbisu entonces la que traza lo esencial, la que sabe que el verbo amar es importante, pero que lo es más todavía el verbo caminar y, sobre todo, ese otro verbo que olvidamos porque lo activamos sin darnos cuenta todo el rato: escribe Garbisu que "respirar es un acto de rebeldía". Las mujeres se han tenido que rebelar durante siglos para poder respirar y crear en sociedades que quisieron cortar sus alas alejándolas de la cultura y de esa educación que es al final el único asidero, y también la única brújula, que realmente vale para no extraviarnos para siempre entre las sombras de los bosques de la vida.

Cada mañana llegaba antes del alba y sacaba las sillas de todas las terrazas de la plaza. No las había contado, pero eran más de cien mesas y más de cuatrocientas sillas. Las sillas las sacaba de cuatro en cuatro. Después regresaba a la pensión y pintaba todo el día. Sobre las once de la noche regresaba y volvía a meter las sillas y las mesas en los cafés y en los restaurantes. Vino a Venecia a pintar hacía treinta años siguiendo las huellas de Tiziano, Veronese o Canaletto. No volvió nunca a su pueblo en Colombia. Allí lo dan por muerto. A veces se han quedado todas las sillas y las mesas flotando en el agua. Esos días corre de un lado para otro para que no se hundan y las limpia rápidamente para que no se acaben oxidando. Luego llega a la pensión y pinta todo el frío que siente dentro y fuera de su cuerpo mojado.

Para eso escribe. Para que todos sus personajes sean imaginados por sus lectores. Está seguro de que una vez son imaginados ya se salvan para siempre y se quedan viviendo en algún lugar del universo. Su amigo le dice que a lo mejor es al revés, y que son esos personajes los que ya existen y se cuentan en sus novelas. Por eso ese amigo ya no publica nada. Deja inéditos a esos personajes porque sabe que existieron mucho antes de que él llegara. El otro los sigue creando y publicando. A veces pienso que los dos se complementan. Jamás se leen entre ellos.

Fue un día de octubre de hace tres años. Paseaba por el cementerio de una pequeña ciudad centroeuropea. Llovía mansamente cuando vio aquella tumba y comenzó a llorar. Leyó el nombre de una mujer que había nacido en 1875 y que había muerto en 1898. Se llamaba Anna Stepova. Recordó su cara frente al espejo, sus ojos azules y aquella tristeza que se le posó en la mirada cuando aquel novio murió en un duelo. Lo mató el hijo pendenciero de un general austrohúngaro. Su novio era poeta. Fue entonces cuando ella rompió el hielo del lago y se dejó hundir en el agua. Lo fue recordando todo mientras miraba aquella lápida desgastada en la que nadie colocaba flores hacía muchos años. Compró un gran ramo de rosas blancas en la entrada del cementerio. Desde entonces, cada primer día de mes, ingresa un dinero en una cuenta para que nunca falten rosas blancas ni en su tumba ni en la de su amado. Averiguó el nombre de aquel novio. Se llamaba Alexei Vlador. Y estaba enterrado justo al lado de Anna Stepova.

Nadie es imprescindible, pero no imagino esta vida sin la música de Mozart o Beethoven, sin los textos de Cervantes o de Galdós o sin los cuadros de Goya o de Hopper. Habría miles de nombres imprescindibles, y si nos movemos en lo cercano esa reata sería interminable con familiares, amores y amigos engarzados para siempre en nuestro recuerdo. Al final la vida no es más que un eco de nombres que nos salvan. Si hablamos de literatura sería casi imposible no concebir la existencia de Jorge Luis Borges. Yo creo que el escritor argentino ya formaba parte del canon literario muchos siglos antes de haber nacido. Vino al mundo en Buenos Aires, pero hay gente que nace universal en cualquier punto del planeta. Es cierto que su voz y el tono de sus relatos y sus poemas tienen un fondo lunfardo y rioplatense; pero su cultura, sus lecturas y sus viajes lo convierten en uno de los escritores indispensables en cualquier manual de historia literaria.
No llegó con el boom latinoamericano porque él ya estaba muchos años antes, sentado con Bioy en cualquier café bonaerense o rastreando entre leyendas celtas o islandesas. Todos fuimos por lo menos una vez a Borges, y en mi caso sigo volviendo cada vez que puedo. Hay cuatro escritores latinoamericanos de antes de ese boom mediático que se quedaron resonando para siempre en mis adentros. Cierro los ojos y recuerdo sus textos como si los escuchara a ellos: Borges, Onetti, Rulfo y Carpentier. No me gusta juntar escritores ni por edades ni por procedencias. Hay poetas actuales que coloco en mi biblioteca junto a Marco Aurelio y escritores de hace siglos que identifico con Auster o con Murakami. Creo que lo que hay es un parecido en la búsqueda y en el trazo de cada palabra, en ese fondo siempre insondable que aparece al final de cada frase. Borges, además, sabía mucho de esas combinaciones eternas y azarosas de las bibliotecas o de los libros que van girando por el mundo hasta que llegan nuevamente a tus manos cuando son imprescindibles para no extraviarnos en la mediocridad de lo que otros quieren hacer pasar por importante. La biblioteca como un gran laberinto, un deseo de perdernos y de que no nos encuentre nadie, como cuando los niños cierran los ojos creyendo que los demás no podrán encontrarlos: escondernos mientras revivimos cada uno de esos otros mundos a veces inquietantes, a veces mágicos, y casi siempre clarividentes y necesarios, que solo encontramos en los libros.
Para Borges, Internet hubiera sido como una especie de milagro parecido a aquella biblioteca interminable que él contó tantas veces; pero para nuestra desgracia, Internet no está lleno de libros sino de redes sociales y de bulos que se multiplican confundiéndonos en el ruido mediático. Recuerdo a Funes el memorioso, un relato al que vuelvo una y otra vez como quien regresa a Ítaca para saber que uno pertenece a alguna parte y que venimos de esa literatura y de esos relatos que nos deslumbraron a los veinte años: los gauchos del Sur, Juan Dahalmann, el lunfardo que resonaba en la voz de muchos personajes y también los poemas que hay que leer y releer para seguir encontrando pistas más allá de cada una de los versos. Borges fue un ciego que habló y que escribió de la ceguera mucho antes de perder de vista a las palabras. Por eso creo que escribía con ese eco que se queda en tu mente como se queda la música que perdura en la memoria. Y paradójicamente, como aquel Pierre Menard que en uno de sus relatos quiso reescribir el Quijote, hoy en día te encuentras a Borges como esas malas copias de las marcas de moda que falsifican en China o en Vietnam. Te adentras en las redes sociales y cada dos por tres te aparece una supuesta cita de Borges adornada con alguna foto hortera o coloreada. El escritor argentino se hubiera divertido mucho con ese juego tan parecido a la cábala de algunos de sus relatos. Casi nunca hay que volver a Borges para leer a Borges porque sus textos se quedan en tu memoria para siempre. Como Ireneo Funes con sus recuerdos, nosotros tampoco somos capaces de olvidarlos. Incluso podría decir que Borges sigue escribiendo en cada uno de sus libros. Borges no se lee: se sueña mucho más allá de las palabras.


Era una persona normal. Tiene razón, primero habría que definir la normalidad. Me refería a que tenía trabajo, no iba haciendo locuras por la calle, estaba casado y poseía un coche. Unos días estaba alegre y otros lo veías más aliquebrado, pero nunca llegaba a los extremos. Alguna vez venía por aquí a ver un partido de fútbol, a tomar unas cañas o a pasar un rato con su mujer o con algún amigo. Era un hombre de pocas palabras, educado, que nunca se emborrachó. Las últimas veces sí es verdad que ya estaba con algunas manías un poco molestas. No paraba de picar los ojos frenéticamente. Cuando le preguntaba que qué quería tenía que bajar la vista o mirar para otro lado. Me ponía muy nervioso. También le daba por mirar el reloj todo el tiempo. Así y todo no estaba ni más loco ni más cuerdo que cualquiera de nosotros. Los últimos meses había dejado de venir con su mujer. Luego me contaron que se había ido con su jefe. Imagínate la situación: llegas al trabajo cada día y recibes órdenes de quien te ha destrozado la vida. Supongo que sólo soñaría con darle una paliza cuando entrara por la puerta. Pero las cosas están como están, y durante varias semanas fue a su trabajo como si no hubiera pasado nada. No se planteó pedir la baja o largarse a otra parte. Fueron ellos los que lo echaron. Le liquidaron y le dijeron que no viniera al día siguiente. Dicen que estuvo encerrado en su casa varias semanas sin querer ver a nadie. Cuando empezó a salir de nuevo ya no hacía lo mismo que antes. Aquí no ha vuelto a entrar. Supongo que no querrá que le pregunten por su mujer o por su trabajo. Lo que no creo es que pueda seguir así mucho tiempo más. Los vecinos de su edificio le han denunciado varias veces porque tiene la casa llena de bolsas de basura que sube de la calle. No se ducha, no se afeita y tampoco creo que quiera pensar. No creo que tenga mucho dinero. Vivirá de lo que le pagaron de la indemnización y de lo que le ingresen del paro cada mes, pero todo eso tiene fecha caducidad, y como no consiga trabajo va a terminar viviendo en la calle. Con esa pinta y haciendo lo que hace no va a conseguir trabajo en ninguna parte. Nunca. Será un paria toda su vida, si es que realmente se le puede llamar vida a lo que él está protagonizando ahora mismo. Si pasas a su lado hace como que no te conoce. Te mira y sigue a lo suyo. Lo que tememos es cualquier día coja un cuchillo y mate al primero que se le ponga delante. Tenemos miedo sobre todo por nuestros hijos. No es que pidamos que lo detengan y lo esposen. Ya sabemos que no ha cometido ningún delito, pero seguro que usted tampoco dormiría tranquila si lo tuviera de vecino. Claro que nos da pena. Eso es algo que le puede pasar a cualquiera de nosotros. Con lo de los Stop lleva ya unos días. Sale de su casa y se para a recorrer las letras de las señales de stop que están pintadas en el suelo. Las va rodeando una a una, sin importarle que los condcutores le estén tocando desesperados la bocina. Cualquier día se lo van a llevar por delante. Me han dicho que durante la noche no hace más que ir de un cruce a otro recorriendo maniáticamente cada una de las letras. Como usted comprenderá, alguien que hace eso no puede estar muy bien del magín. Ahí lo tiene, recorriendo la palabra como un autómata, totalmente ido, hablando solo. El único objetivo diario de su vida es recorrer los stops que se va a encontrando por las calles. Va y viene sobre ellos ante la mirada atónita de los transeúntes y las risas de los niños que alguna vez le tiran piedras cuando lo ven tan ensimismado. Se ha quedado varado en esa palabra extranjera tan corta y tan directa. Stop. No creo que nadie nazca, estudie, trabaje o ame para luego quedarse dando vueltas en ese carrusel absurdo de una señalización de tráfico trazada en el asfalto. Un poeta borracho que viene por aquí a veces dice que en esos recorridos hay un mensaje metafórico, pero a mí stop no me parece una palabra poética. No sé qué opinará usted. Le cobro. Muchas gracias. Se llama Anselmo, aunque lo más probable es que no le responda cuando le diga su nombre. Lo siento, pensé que era una asistente social que tenía que elaborar un informe para el ayuntamiento. Hemos llamado muchas veces en las últimas semanas a los Servicios Sociales. No nos hablaba nunca de su familia. No sabía que tenía una hermana.

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