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Archivos Septiembre 2016

Desapareció. Siempre dijo que cualquier día dejaría de aparecer por la oficina y que se perdería en algún lugar en el que nadie pudiera encontrarlo. No tenía familia cercana. Sus compañeros lo echaron de menos los primeros días, pero luego siguieron trabajando como si nunca hubiera existido. La policía dejó el caso abierto y se inclinó por un posible suicidio. Había dejado muchos avisos en muchas partes de que en cualquier momento le perderían la pista. Todo fue sencillo. Llegó paseando al Muelle Deportivo, miró a aquella mujer, se sonrieron, subió al velero y ahora navega por todo el mundo. No se baja en ningún puerto. No quiere volver a pisar tierra nunca más. Cocina, limpia y ha aprendido a izar las velas y a llevar el timón. Aquella mujer también se había escapado hacía tiempo del otro lado del planeta. Ella sí baja en los puertos, pero solo lo justo para los trámites aduaneros y las compras. Son felices en medio de los océanos. La única condición que se pusieron fue no hablar jamás de sus recuerdos. Para ellos la vida empezó el día que se conocieron.

Nos perdemos, nos enredamos, nos entretenemos y nos confundimos de orilla muchas veces. Si regresas en busca del tiempo perdido recordarás que no se mojaba la magdalena en el té sino que se diluía en una cucharilla, y que lo que importa casi siempre es solo el sabor que deja lo vivido, esa sensación que revivimos una y otra vez cuando esa vivencia es realmente intensa y ha merecido la pena. Hay que leer a Marcel Proust para disfrutar de esa bendita menudencia de lo cotidiano, de lo que nunca parece literario hasta que no se traza y se mira con ojos nuevos o con ojos que sepan que todo lo vivido es milagroso y necesario si cuando lo contamos nos alejamos del lenguaje de las actas notariales.
Volvamos a Combray como si regresáramos a casa. Estoy con Rodrigo Fresán cuando dice que su patria es solo su biblioteca, esas referencias literarias que a veces han calado en nuestra alma más que nuestras propias vivencias, y por supuesto mucho más que los horarios, las horas muertas y casi toda esa morralla que se asoma últimamente a las pantallas. Lean despacio y con todo el tiempo del mundo, con el recobrado y, aunque parezca un contrasentido, también con el perdido y con el que va más allá de los tiempos verbales y de las evidencias.
Cuanto más minucioso y detallado se ha grabado un recuerdo más intensa es la vuelta al pasado. Por eso regresamos a unos recuerdos más que a otros, y muchas veces nos sorprendemos porque esos regresos suelen llevarnos a vivencias que no creímos que fueran importantes: el color de un atardecer reflejado en los cristales de nuestra casa, la brisa del mar en una playa en la que estuvimos unos pocos minutos reconociendo charcos, la voz de alguien que nos llama desde la lejanía o aquel olor del humo que dejaban las hogueras en las noches de junio. También cuando leemos y volvemos a los libros por los que una vez pasamos experimentamos ese regreso tan parecido a lo vivido, sobre todo cuando esos libros también han contado minuciosamente hasta el último detalle de lo que veían sus protagonistas, de lo que pensaban y de lo que soñaban escuchando la música de un piano, mirando un cuadro en un museo o atisbando toda esa vida que se va escribiendo a diario por las calles y que se pierde para siempre si alguien no la guarda en la memoria o la recoge en unas páginas. Todos esos retazos servirán luego para entender por qué los humanos somos como somos y seguimos ilusionándonos a pesar de aquellos pesares que cantaba el poeta y que son tan parecidos a los pesares y a las alegrías de quienes salen en las novelas. Volver a Proust es como regresar a casa, como sentarte cualquier tarde a recordar o a inventar la vida que no viviste pero que querrías haber protagonizado. Al fin y al cabo somos dioses en nuestros recuerdos y en cada una de nuestras palabras.

Le cambiaron varias notas cuando ya estaba muerto. Por eso, cada vez que tocan esa sinfonía, los músicos se equivocan, el viento abre una ventana inesperadamente o se van las luces en el teatro. Jamás se ha podido interpretar. Nadie supo nunca que esas notas habían sido cambiadas por un hermano del músico. Tampoco se ha podido grabar sin extrañas interferencias. Quienes logran escucharla en su cabeza leyendo las notas dicen que es la sinfonía perfecta y siguen insistiendo en tocarla una y otra vez. Pero aquel músico no buscaba la perfección sino la belleza. Su hermano y sus conocidos insistían en que añadiera esas notas que le agregaron después de que muriera. Siempre se negó. Por eso nunca se ha ido, ni se marchará mientras quede un instrumento sobre la tierra empeñado en tocar esa sinfonía perfecta.

Lo vi sentado antes de que amaneciera. No había dormido en toda la noche y ahora escuchaba atento el canto de los gallos. Miraba hacia las montañas y respiraba profundamente. Luego subió al coche y lo llevamos al hospital. Él sabía que no regresaría nunca. Hoy los gallos cantan de otra manera. Él nos contaba que nunca era el mismo canto y que a veces anunciaban todo lo que nos acabaría sucediendo. Hoy suenan tristes, como más apagados. Yo me he sentado en la misma silla en la que él llevaba viendo amanecer desde hacía más de cincuenta años. Esos gallos siguen cantando como si lo echaran de menos esta mañana.

Bajaba todos los días desde su barrio hasta el centro de la ciudad. Siempre se ponía la misma gorra. Lo veías atravesar calles, esperar en los semáforos y tomarse el cortado en el mismo sitio. Solo se quedaba en su casa los domingos. No hablaba con nadie. Saludaba a mucha gente pero no se paraba con ninguno de esos habituales que le llevaban viendo pasar desde hacía años. Solo hablaba con la empleada de la farmacia que cada día le pedía que se remangara la camisa y que metiera el brazo en aquel aparato que hacía temblar sus carnes algo fláccidas. Ella estaba a punto de jubilarse. Se había quedado viuda hacía unos meses. Él no sabía cómo decirle que la amaba y que se dejaba tomar la tensión cada día solo para sentirla cerca. Se quitaba la gorra desde que entraba en la farmacia, así fuera invierno o verano, y le daba los buenos días bajando la mirada tímidamente.

Los bucios, cuando se escuchan en la lejanía, viajan hacia un pasado remoto, mucho más allá de la historia que está escrita y de la que intuimos antes de que trazáramos con letras y números las grandes gestas o la memoria de los humanos que buscaron eternizarse en estatuas, en batallas o en laureadas glosas. El eco de los bucios viene desde la noche de los tiempos y atraviesa paisajes ahora sumergidos en los océanos del olvido. Nos devuelve a lo atávico y a lo que estuvo antes de que llegáramos nosotros con los automóviles y las pantallas. El bucio sigue sonando en las cumbres cubiertas de neblina, entre la bruma de los barrancos y en cualquiera de esas playas de arena negra, roca y callaos que mueve el agua como si fueran dados en el azar del tiempo.
Hace muchos años, en mi pueblo, una plaga de langostas arrasó todas las cosechas y no dejaba que creciera nada nuevo en los campos. Había hambre y miseria, sueños rotos y esa sensación de fragilidad que encuentra el hombre cuando se enfrenta a los desastres de la naturaleza. Una plaga de langostas era en la biblia una de las puertas de entrada al apocalipsis, un final inevitable, el ser humano como un frágil animal a merced del siroco y de ese mal fario que reaviva las desgracias y las catástrofes.
En aquel momento, los agricultores salían a las fincas haciendo sonar sus bucios y golpeando cajas de guerra, esos tambores que también resuenan en nuestro estómago con el estruendo lejano de la selva. En la oscuridad de los campos, el eco de los bucios era lo único que podía espantar a las langostas que aparecían en grandes nubes que nublaban de repente el cielo y angustiaban a quienes dependían de aquellas cosechas para alimentar a sus hijos y a sus sueños. Muchos años después, los descendientes de aquellos agricultores siguen saliendo a los campos y a las calles de mi pueblo cada tercer domingo de septiembre. Ayer fue la Bajada desde Vergara y hoy se celebrará la romería que renueva una promesa a la Virgen de Guía que pasa de padres a hijos. En esa romería, y ayer en la bajada camino de Ingenio Blanco y de San Roque, el sonido regresa al pasado de aquellos mayordomos que hacían sonar esos mismos bucios entre las langostas. Pero ese pretérito es todavía más lejano y nos devuelve el eco de quienes estaban antes de que llegaran los conquistadores. Bucio viene del portugués Búzio, una palabra bella que cuando suena atraviesa siglos y océanos. Uno imagina a Tenesor Semidán en Guayedra, después de haber perdido la batalla y el paraíso, escuchando el lamento de esos bucios procedentes de Tamadaba o de Faneque. Si hoy acuden a Guía viajen lejos cuando escuchen el sonido de esas caracolas que un día estaban entre las rocas golpeadas por olas que aún siguen empeñadas en horadar las orillas de estas ínsulas remotas.

Hay fotos que amarillean más que el tiempo. Lo veía pasar cada día por la calle. Ella no salía de su casa desde hacía veinte años. Todos la habían dado por muerta. Incluso su madre, que era la que vivía con ella, ya casi ni le hablaba cuando pasaba a su lado, y si lo hacía se sentía igual que cuando dialogaba con sus familiares muertos. Ella lo veía igual que siempre, pero las fotos que guardaba, de cuando fueron novios, estaban ajadas y amarillas hacía muchos años. Él tampoco se parecía al que salía en los retratos. Habían pasado treinta años desde que lo habían dejado, pero para ella seguía siendo el mismo que tocaba el timbre de su casa y la esperaba en la calle para abrazarla como si acabara de caer en sus brazos desde el cielo.

Siempre he dicho que es uno de los escritores más galdosianos que conozco, aunque su apariencia me recuerde más a Chéjov. También tiene mucho del escritor ruso en su manera de contar los pequeños detalles de los personajes, esas pistas que los acaban definiendo más allá de las grandes vivencias, todo lo grandioso que atesora lo cotidiano. Ese escritor de quien hablo se llama Luis Junco. Es ingeniero aeronáutico y durante muchos años fue profesor de matemáticas. Un hombre de ciencias, como el mismo Chéjov, que demuestra que esa separación de las ciencias y las letras es una gran incongruencia.
Luis Junco tiene novelas fascinantes como Una carta de Santa Teresa y pequeñas historias de ficción y realidad tan recomendables como De amar y andar por casa o La cruz del inglés. Pero creo que Luis sabe que acaba de escribir su gran obra, esa novela que todos los escritores buscamos una y otra vez desde que trazamos el primer renglón o nos aparece el cañamazo del argumento. La acaba de publicar en Ediciones La Discreta y se titula Entrelazamientos. El escritor se encuentra con el científico y entre los dos pergeñan una historia tan real y tan ficticia como todas las historias que no te dejan separarte de un libro. Todo empieza con una aparición extraña en una casa de la calle Travieso, en Las Palmas de Gran Canaria, cuando Luis Junco era niño. Esa aparición se entrelaza luego con historias en la Casa de los Coroneles de Fuerteventura, en Tenerife, en Suiza, en Londres o en Madrid. Si Luis me hubiera dado clase de matemáticas o de física creo que mi destino hubiera sido otro. Cuando leas este libro querrás aprender física cuántica para tratar de entender tu propia existencia. Hay referencias históricas a la masonería en Canarias, al caciquismo, a la lucha de poderes, a la situación política o al papel de las islas en las guerras mundiales y en todo lo que tuvo que ver con el espionaje de las grandes potencias de entonces. Se cita a Max Planck, a De Broglie, a Bohr, a Einstein o a Heisenberg. Lo literario se entiende como un encuentro de lo ficticio y de lo real a partir de la elección de los puntos de vista. Luis Junco parte de un momento de su vida en el que entró a un quirófano sabiendo que había muchas posibilidades de que no saliera vivo. Por suerte fue todo de maravilla y ha podido seguir escribiendo. Esta novela nos servirá a los demás para entendernos un poco mejor más allá del vuelo alicorto de lo que tenemos delante. Eso sí, Luis nos deja claro en todo momento lo que argumentaba el físico norteamericano Richard Feynman: "Si no entendemos lo que está detrás de todo es porque a lo mejor esa es la esencia de la realidad: incomprensible". Creo que por eso mismo leemos y escribimos, para tratar de buscar más allá de ese incomprensible horizonte de las evidencias.


También los árboles se acaban pareciendo a quienes los cuidan. Los despistes de aquel hombre eran famosos en su entorno. Era olvidadizo. Sus árboles también comenzaron a confundir las estaciones y, a medida que han ido pasando los años, las higueras florecen en enero y se deshojan en agosto o los nispereros dan sus frutos en el mes de mayo. También los perros han comenzado a maullar y los pájaros se empeñan en bucear en el estanque. Empezó olvidando las llaves o dejando atrás la mochila de su hija cuando la llevaba al colegio, pero al paso de tantos años ya no sabe muchas veces ni dónde tiene el pie izquierdo. Por más que lo intenta siempre olvida algo importante, como si esos despistes formaran parte de su naturaleza y como si luego la naturaleza necesitara contagiarse de sus descuidos para cambiar los ciclos y hacer que el mundo parezca diferente.

la foto 4 (1).JPGEl pasado lunes vi cómo vallaban la zona de las escaleras de la Plaza de Santo Domingo. Pensé que estaban realizando alguna obra de alcantarillado o reparando las piedras. Lo vallaron para que no viéramos lo que estaban haciendo. Han borrado para siempre del paisaje de Las Palmas de Gran Canaria las escaleras de Santo Domingo, en tres días, de la noche a la mañana, para que no tuviéramos tiempo de darnos cuenta.
Hace veinte años recuerdo a Néstor Álamo encadenado a las palmeras canarias que estaban delante del Monopol cuando iban a arrancarlas. Gracias a aquel gesto hoy podemos seguir contemplando esas bellas palmeras que a primera hora de la mañana reflejan la frondosidad de sus palmas en las fachadas cercanas. Nosotros no llegamos a tiempo. Esas escaleras ya no están donde estaban desde hace muchos años (no sé cuántos, pero todos los viejos de la plaza coinciden en que llevan allí toda la vida). Las disculpas para quitar esos dos peldaños que complementaban la imagen de la fachada es la búsqueda de una mejor accesibilidad al templo, algo que resulta increíble y mendaz porque había una gran rampa de acceso en la parte izquierda de la propia escalera.
Volvemos al valor de las piedras y al desprecio de la historia y de la cultura, a la prepotencia del nuevo rico que se cree con derecho a destrozar todo lo que estaba antes de que él apareciera. Siguiendo las razones de estos destrozadores procedamos a tirar las escaleras de las pirámides aztecas y mayas, las del Partenón, las de la plaza del Sagrado Corazón de París o las de la Basílica de Teror. Sólo espero que no aparezca uno de estos iluminados por Guía y tire las escalinatas de la Iglesia. Si lo hiciera se llevaría por delante mi infancia y mis recuerdos. Esta semana, en el barrio de Vegueta, han sepultado miles de infancias y de recuerdos. Los bárbaros dirán que era una simple escalera. Son los mismos que dirían que La Venus de Milo es solo una figura de mármol sin manos o los que retirarían a Nefertiti del Altes Museum de Berlín porque le falta un ojo.

Se metieron dentro cuando vieron llegar a los conquistadores y ninguno había vuelto a salir desde entonces. No todos los aborígenes se suicidaron, fueron esclavizados o se mezclaron con los conquistadores. Estos de los que hablo se adentraron en las cuevas hasta lugares a los que aún no ha logrado llegar el ser humano del siglo veintiuno, y allí siguieron reproduciéndose, ajenos por completo a lo que sucedía fuera. No han sabido de crisis, ni de guerras mundiales, ni de llegadas a la luna. Se han ido alimentando con los pescados y mariscos que se adentran en las zonas más cercanas a la costa y con la vegetación que hay entre las humedades o los claros que se formaban en algunas claraboyas naturales que daban hacia los acantilados de La Aldea. La entrada principal la habían tenido por las Cuevas del Gato, en El Gamonal Alto de Santa Brígida, y desde allí se contaban decenas de kilómetros de grutas, charcas y pasadizos secretos. Los espeólogos habían entrado un par de veces, pero llegaba un momento en que salían asustados y ya sin oxígeno. Los aborígenes trogloditas, en cambio, habían comprobado cómo los pulmones se habían ido adaptando a su hábitat cavernícola. No tenían problemas para respirar. Desde muy niños se les explicaba que fuera sólo estaba la muerte. Los que habían entrado a última hora hablaron de las torturas y de los asesinatos salvajes de los conquistadores. Nunca volverían a salir, y si ellos lograban entrar alguna vez tenían todo preparado para inmolarse colectivamente tirándose al vacío en la gran gruta insondable que estaba siempre clausurada. A los bárbaros tampoco les querían dejar sus cuerpos. Durante cientos de años nadie intentó nunca subir a la superficie. Y el que salió aquel día lo hizo después de tomar el camino equivocado. Llevaba tres días extraviado por las grutas y ya estaba a punto de desfallecer. Salió de noche y se sintió mareado al respirar el oxígeno. Apareció por una de las cuevas que hay en la zona de El Rincón, en Las Palmas de Gran Canaria. Lo que encontró no se parecía nada a lo que se habían ido contando durante años los que estaban en el subsuelo. Nadie se había vuelto a asomar y lo que se transmitían era la isla paradisíaca de antes de la conquista. Caminó un poco por la superficie y terminó desmayándose cuando miraba asombrado las luces lejanas del paseo de Las Canteras y el puente iluminado que tenía ante los ojos. Ni siquiera sabía lo que era la luz. Cuando despertó, el Guanarteme ya no estaba allí.
Lo encontraron los yonquis que se escondían en las cuevas para colocarse con jaco o con mezclas de cocaína y heroína cada vez más adulteradas. Muchos de ellos pensaban que se le había ido la mano con la dosis. El troglodita quiso correr pero no podía moverse. Llevaba muchas horas sin comer, y además aquellos tipos lo agarraban y lo miraban de arriba abajo como si fuera un bicho raro sin saber que los raros eran ellos, vestidos con cosas extrañas, hablando en un idioma ininteligible y con los ojos saltones y violentos. No eran así los que decían que vivían aquí antes de esconderse. El aborigen pensó que esos debían ser sin duda los conquistadores. Empezaron a reírse y luego le dijeron que chupara una pastilla. Sintió que se iba y volvía a perder el control sobre sí mismo.
Estaba en el hospital. Lo había traído la policía tras una redada en las cuevas que estaban por la zona de Guanarteme y de Chile. El tipo estaba fuera de sí, desnudo, y con una sobredosis tremenda. Lo ducharon, lo afeitaron y lo intubaron. No tenía documentación. La mayoría de los yonquis empiezan a desorientarse cuando ni siquiera son capaces de identificarse. El médico le comentó al policía que llevaba mucha mierda encima, sobre todo ácido, pero que el físico privilegiado que tenía le había permitido sobrevivir. No podía abrir los ojos porque le molestaba la luz. Según el médico debía llevar mucho tiempo encerrado en aquellas cuevas poniéndose morado de tripis. Cuando le quitaron los tubos, el aborigen sólo miraba a través de las gafas de sol especiales que le habían puesto para evitar el daño que le hacían las luces. No contestaba a ninguna de las preguntas de la policía. Querían saber quién les había pasado el alijo de heroína que estaba en la cueva. Los demás yonquis culparon al loco desnudo. La policía lo sacó del hospital, lo llevó al juzgado y luego lo metieron en la cárcel del Salto del Negro hasta que saliera el juicio. Se lo dijo un policía malencarado y violento: "te vas a comer en el talego por lo menos diez años, yo que tú cantaba y aflojaba un poco la pena". Pero no habló. Estaba esposado todo el rato, y en los traslados no hacía más que mirar asombrado todo lo que encontraba a su alrededor. Los primeros días vomitaba la comida, pero poco a poco fue haciendo su estómago a los alimentos líquidos. Los coches que veía circular junto al zeta de la policía que le llevaba de un lado para otro le ponían muy nervioso. También miraba asombrado los barcos desde la Avenida Marítima y los aviones que de vez en cuando veía volar en el horizonte. No entendía los gritos de aquellos hombres con gorra y con unos huesos colgando del pantalón. A él también lo vistieron con pantalón y camisa. Caminaba siempre bajando la cabeza, como si fuera a encontrar algún obstáculo al erguirse. En la cárcel le tocó con un traficante colombiano que no hacía más que llorar recordando a su mujer y a sus hijos. Él no sabía lo que estaba contando. Se acurrucaba en la cama y miraba asombrado al colombiano. En el patio se sentaba solo en un rincón. No quería comer. Por pena. En los periódicos apareció la noticia de que un narcotraficante peligroso se había puesto en huelga de hambre en la cárcel. Los periódicos siempre lo exageran todo. Él no sabía lo que era un periódico, ni entendía aquellas imágenes ante las que todos sus compañeros se quedaban paralizados después del almuerzo. Apareció muerto una mañana como a veces aparecen muertos los pájaros en las jaulas. El colombiano dijo que no había escuchado nada. Le hicieron la autopsia y lo enterraron en una fosa común en San Lázaro. Nadie había averiguado nada de él. Ni siquiera sabían si era canario.

No coincidían desde hacía veinte años. Vivían en distintos países. De niñas eran inseparables durante los veranos, pero al morir su abuela fueron perdiendo el contacto. Eran ocho primas de cuatro hermanas diferentes. Cada hermana tuvo dos hijas. Solo tuvieron niñas. Quedaron en una ciudad europea cercana a la que habitan casi todas ellas y con buenas conexiones para las que viven en otros continentes. Se han ido encontrando en el hall del hotel. No se pusieron de acuerdo. Todas aparecieron con unos zapatos idénticos.

Cada libro del escritor peruano Alonso Cueto es un viaje hacia nuestros adentros, un aviso de lo que nos rodea, una esperanza en otras miradas que nos tropezamos por la calle, el pasado que evocan nuestros ojos y que a veces quiere olvidar nuestra cabeza, la emoción contenida en la sencillez del verbo, ese sueño necesario que anida en las ficciones, la literatura como una batalla en la que nunca se gana pero de la que siempre se sale confiado en que el ser humano es algo más que un manojo de músculos, nervios y huesos. Leer a Cueto es recorrer esos senderos del alma que solo alumbran quienes escriben dejando rastros ocultos detrás de todas las palabras. Las letras se nutren de la vida de quien las traza, de las pérdidas que se transforman luego en belleza o en emociones que no sabemos por qué nos detienen en una página o caminan con nosotros para siempre ayudándonos a mirar un poco más lejos al final de cada paso.
Llegué a Cueto hace muchos años leyendo La hora azul, una de las mejores novelas que he leído nunca, por suerte reeditada una y otra vez por Anagrama. Luego me acerqué a otros libros suyos y tuve la inmensa suerte de coincidir con él en varios actos en México hace un par de años. Encontré lo que he encontrado siempre con los más grandes: una persona cercana, un hombre al que te dan ganas de abrazar desde que lo tienes delante, un escritor de hablar cadencioso y de largos silencios en los que parece que está escrutando tus adentros. Estos días Planeta ha editado en Perú su última novela, titulada La viajero del viento, pero las posibilidades digitales hace tiempo que acabaron con las fronteras literarias y he podido leerla como si estuviera en Lima. Habla de la memoria, de la soledad, de la guerra, de las crueldades humanas, del amor y del paso de los años. No quiero contarles nada del argumento para que se sorprendan como me fui sorprendiendo yo a medida que avanzaba en esa prodigiosa novela. Aparece la noción del tiempo en el mundo andino, en donde la palabra ñawpa significa "pasado", pero también significa "delante", y sobre ese tiempo y la principal protagonista escribe Cueto lo siguiente: "Ella había sido siempre la viajera de un viento que tenía que seguir soplando, hacia un destino que no tenía nada que ver con ella, una ruta en la que viajaba de espaldas, rumbo a un lugar en el que no podía mirar hacia adelante." Esa viajera se parece mucho a algunos de nosotros de vez en cuando. También se parece el resto de viajeros que transita por el libro, cada uno tratando de orientarse para salir airoso de esa travesía diaria que es la existencia. Me quedo con esta frase que también aparece en la novela: "Uno puede luchar contra los recuerdos pero no contra el pasado." Por eso quizá la literatura es uno de los pocos faros que tenemos para no extraviarnos. Creo que leemos para salvarnos.

Fue a buscar el periódico. Tenía flecos, como si la guillotina que corta las hojas se hubiera empeñado en afilar más de la cuenta los bordes. Tiró de uno de esos flecos y poco a poco se fueron desmigajando todas las noticias por la calle. No quedó nada, solo pequeños papeles que luego movió el viento en medio de las palomas, el polvo y las sombras de la gente que pasaba por la calle.

Siempre aparece en segundo plano. Tienes que fijarte mucho en las fotografías para verlo. Él nunca sabe que está siendo retratado. Se sienta en las terrazas del centro a ver pasar la vida siguiendo el rastro de las palomas o los pasos apresurados de los ejecutivos. Lo puedes ver en muchas fotos que promocionan la ciudad o en las que a veces sacan los turistas en las redes sociales. Él cree que está escondido en esa ciudad lejana. No trates de localizarlo. Hay quienes eligen estar siempre a salvo en ese segundo plano de las fotos de quienes se creen importantes.

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