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Archivos Agosto 2016

El verano es la lectura de esos libros que uno guarda desde enero sabiendo que requieren tiempo, reflexión y esa sensación de que la vida es algo más que cumplir horarios y rutinas. Las vacaciones son recuerdos de lecturas que nos ayudaron a entender la existencia en la piel de otros personajes o a través de los ojos de quienes se detuvieron antes que nosotros a buscar respuestas en medio de esa neblina extraña que oscurece el pasado.
Uno de esos libros que uno agradece en agosto es el que incluye conferencias, ensayos y artículos de Saul Bellow, uno de los escritores con los que más he aprendido a entender un poco más este galimatías de la existencia. El libro se titula "Todo queda: del pasado remoto al futuro incierto." Lo bueno de esos títulos es que te dejan claro hacia dónde van dirigidas casi todas las palabras. Está el aprendizaje del error como único trazado por el que seguir avanzando, la transformación del dolor en algo bello y los años de búsqueda de un joven nacido en Montreal y criado en Chicago que solo atisba sueños literarios. Cuenta el París de los años siguientes a la guerra mundial y la España casi tercermundista de la posguerra, el Nueva York del esplendor en Greenwich Village y todo lo que queda, lo que fue y lo que ha supuesto el sueño americano; pero sobre todo se cuenta un hombre que mira al mundo que le rodea y a ese otro destino que sabe que se escribe con tinta nueva cada mañana. Te detienes en la cita del Salmo 126: "Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.", y vuelves a entender que muchas veces lo que crees que te está destrozando solo es un camino, a veces inevitable, para la sabiduría del día de mañana o para encontrar esas metáforas que dejan las heridas y los desengaños. Hay muchas citas y muchas reflexiones en ese libro, pero me quedo con esta de Samuel Butler: "La vida es como dar un concierto de violín al tiempo que se aprende a tocar el instrumento". Pocas veces me he encontrado una definición más certera de nuestra existencia. Uno es siempre el único solista en el escenario, y tenemos que fingir, como el poeta de Pessoa, que sabemos tocar y que dominamos el instrumento. Pero cada uno de nosotros sabe que no tenemos ni idea de la próxima nota ni del siguiente movimiento de ese concierto. Los demás nos miran atentos, y nosotros también nos asomamos a nuestros espejos con cara de saber lo que estamos haciendo. Movemos los dedos y el arco se desliza entre las cuerdas. Suena la música y respiramos, y amamos, y salimos a comprar el pan o a bañarnos en el océano. A veces nos atenaza el miedo escénico, y de vez en cuando, como en aquella canción de Serrat, "la vida se despliega como un atlas y nos sentimos en buenas manos."

La reconocí inmediatamente. No sé nada de ella desde hace más de veinte años, pero sé que estuvo en el Carnegie Hall el 25 de abril de 2005. Fue el día que grabaron el concierto. Tosió entre el primer y el segundo movimiento de la sinfonía número 3 de Brahms. Era nuestra sinfonía favorita y la escuchamos muchas veces juntos en aquel piso que compartimos en Hammersmith a principios de los años noventa. Los dos fumábamos entonces y solíamos toser al levantarnos de la cama. La misma tos que hoy he escuchado en una grabación colgada en YouTube. Dirigía la orquesta Lorin Maazel.

Él sí la había reconocido. Más tarde. Cuando ya estaba subido en el taxi. Vio sus ojos en el espejo retrovisor. Treinta años después. Ella, en cambio, supo quién era desde que paró su taxi en la puerta del hotel. Conducía hacia el aeropuerto recordando cada uno de los planes que habían hecho un verano de hacía tres décadas. Él hablaba en otro idioma con aquella mujer rubia y elegante que acabó pagando la carrera. Vio cómo se alejaba con ella. Otra vez para siempre.

Casi siempre guardamos pequeños detalles, gestos, sombras que nos sorprendían dibujando extrañas formas en una montaña o en el suelo de una habitación que también recreamos como si la miráramos a través de un caleidoscopio, multiplicando los objetos y acercando y alejando lo que entonces era nuestro único universo. La intensidad del recuerdo no tiene nada que ver con la exactitud de lo que miramos. Incluso nos inventamos el pasado según nuestra propia conveniencia, para escapar de lo que nos descorazonó hace mucho tiempo o para recrear lo que nunca fue bello. El arte no es más que un asidero en el que indagamos mil maneras distintas de seguir sobreviviendo.
Estos días se expone en San Martín Centro de Cultura Contemporánea una exposición antológica de José Rosario Godoy titulada Espejismo abstracto. En esa muestra hay un acercamiento a las formas, los colores y los objetos del artista en los últimos veinte años. José es un artista que podría recrear palmo a palmo muchos de mis recuerdos más intensos. Compartimos el paisaje del Puerto de Las Nieves de principios de los setenta y ambos llevamos la herida de ese muelle que borró para siempre aquel paraíso que él tenía justo detrás de la tienda que regentaban sus padres. Cuando te acercas a su obra, descubres inmediatamente aquellos colores y aquellas sombras del Faneque, del Dedo Dios o de Guayedra. Pero todo eso lo encuentras en una abstracción de la mirada, en los juegos de colores y en la sensación que te deja cualquiera de los detalles que acaban siendo una especie de bosquejo de nuestra propia novela. Nietzsche recomendaba desaprender para poder buscar de nuevo más allá de las evidencias. José Rosario Godoy nunca olvida el paisaje terrenal, ni tampoco las vivencias que van dibujando ese otro perfil de cada uno de nosotros que, si acaso, se atisba en el fondo lejano de nuestra mirada. Si van a la exposición que estará en San Martín hasta el mes de octubre no pasen de largo ante ninguna de sus propuestas creativas. Hay mucho fondo abisal detrás de cada uno de los trazos y mucha sombra que se va extiendo mucho más allá de la que proyectan los objetos y los cuadros. El estudio de un artista es como un gran barco que navega por mares desconocidos todo el tiempo. A veces naufraga en sus singladuras, pero nunca deja de emprender nuevas rutas para acercarse a lo que está más allá de las evidencias. Se nutre de los recuerdos, de las intuiciones, de los viajes y de esa necesidad de dejar algún trazo que nos sobreviva más allá de la carne y de nuestra propia ausencia. Yo recuerdo a José mirando todo el tiempo hacia el océano en aquella infancia lejana de Agaete. Creo que desde entonces ya estaba atisbando esas abstracciones tan parecidas a los espejismos y al mundo que soñábamos más allá del horizonte.

No se debe salir a la calle con las camisetas que uno se pone para dormir. Él se levantó tarde aquella mañana, se lavó la cara, se puso un pantalón vaquero y unas playeras y salió a la calle prisa. Caminaba sin darse cuenta de que sus sueños iban cayendo junto a su sombra.

Viene a leer los periódicos viejos. No le interesan los que tienen menos de una semana. Hace tiempo que lee la crónica diaria de la vida diaria cuando sabe que ya ha pasado de largo y que es solo historia y olvido ese hito que nadie recuerda. Él ocupó muchos titulares hace tiempo. Y se creyó importante. Lo dejó todo siguiendo la estela de aquel supuesto éxito. Pintaba cuadros. Hace años que ya no pinta nada. Ganó mucho dinero. Ahora solo deja pasar el tiempo y nos pide que le guardemos los periódicos viejos. Le gusta echar gotas de café sobre los titulares, como si de esa manera despertara lo que ya está muerto. Mira las formas que a veces dibuja el café en los papeles y luego los arruga muy despacio como si quisiera asfixiar al tiempo que le ha dejado varado en este bar en el que le atendemos con mucho respeto todas las mañanas.

Las dos torres no han envejecido de la misma manera. Una tiene la piedra más oscura y la otra más desgastada por el viento, la lluvia y ese solajero intenso que ilumina la ciudad cuando se marcha el alisio. Las tienes que mirar desde lejos, desde la calle Terrero, por ejemplo, o bajando desde el Risco de San Nicolás. Yo creo que también nosotros, si nos observáramos a una cierta distancia, veríamos que nuestro brazo derecho es diferente al izquierdo, o que incluso cada uno de nuestros ojos ha guardado vivencias diferentes. Y también cada hueso, cada músculo que no vemos y cada uno de esos poros que han ido sintiendo caricias, escalofríos inesperados o emociones que a veces nos convierten en privilegiados dioses pasajeros.
La vida pasa cerca de nuestro cuerpo, como ese viento que no se ve y que revuelve nuestros cabellos o nos espabila cuando caminamos con la mirada perdida por las aceras. Esas torres de la catedral de Santa Ana también han visto pasar la vida de mucha gente durante años. Ahora se puede subir a una de ellas para ver lo pequeña que se ve la ciudad cuando la observamos desde tan alto o desde tan lejos. Sucede lo mismo cuando te alejas en un velero y ves cómo se pierden los contornos en donde los ambiciosos y los trepas se siguen creyendo estúpidamente eternos. No sé qué piedras se pusieron primero, ni cuál de las dos torres se encaramó antes en lo más alto de una ciudad con barrancos por los que corría el agua camino del océano. La primera vez que percibí ese envejecimiento diferente pensé que a lo mejor solo era una percepción de mi propia mirada o un efecto producido por la posición del sol o por alguna nube que en ese momento se había empeñado en ensombrecer una de las torres centenarias. Pero luego me he dado cuenta de que cada piedra envejece de forma diferente, que da lo mismo que datemos una construcción en un siglo determinado, o que nos empeñemos en emparentar lo que el tiempo siempre separa a su conveniencia. No tiene nada que ver que alguien naciera en nuestro mismo año. Cada cual envejece o se conserva joven a su manera, o ve cómo se arruga su piel mientras su espíritu sigue manteniendo intactas las ilusiones de los veinte años. También cada uno suele tener la mirada que se ha ido trabajando con el tiempo. Somos como esas piedras que reciben el azote de los alisios o los rayos del sol que hacen olvidar el frío del invierno en nuestro propio cuerpo. Y si miramos todavía más cerca esas torres de la Catedral de Santa Ana, subiendo Obispo Codina o rodeándolas por Espíritu Santo, San Marcial o el Pilar Nuevo, veremos que en la torre más desgastada se empeña en crecer una planta que sueña con ser árbol y que algunas veces tiembla cuando repican las campanas o cuando azota ese viento que baja de la cumbre desde hace miles de años.


Tenía varias pastas dentífricas abiertas en la repisa del baño. Las había buscado amargas, dulzonas, ácidas, con sabor a medicamento, con esencias de hierbas medicinales o con aromas afrutados. Era el sabor de sus besos diarios, los que no le daban desde hacía años y los que soñaba cuando abría los ojos y caminaba a oscuras por el pasillo de su casa soñando con un abrazo.

Solo quedaron las pastillas de goma. Mutaron y se convirtieron en una especie de babosas azucaradas que reptaban sobre la tierra. Pasaron millones de años y comenzaron a organizarse y a inventar signos para comunicarse. Todo era pegajoso sobre el planeta. Y el amor no era más que un empalagoso sentimiento.

Me lo encontré en la calle. Hacía muchos años que no lo veía. Se acercó y me dijo que me iba a hacer desaparecer para siempre. Sacó una goma de borrar. El que le acompañaba me hizo una señal para que le siguiera la corriente. Pasó la goma cerca de mi cara y de mis contornos y luego se sacudió las manos como si esparciera mis restos por la acera. He seguido caminando, pero ahora noto como que nadie me reconoce. Yo creí que estaba loco y me dejé borrar.

Hace más de cuarenta años casi me ahogo en el Puerto de Las Nieves de Agaete. Una corriente extraña, una especie de parálisis, y de repente me hundí más allá de las rocas que solo pasaban los osados. Siempre fui osado en el mar y lo seguí siendo con los años, pero ya con más cuidado, haciéndole caso en todo momento a aquella especie de letanía que repetían los pescadores: al mar no hay que tenerle miedo, pero sí mucho respeto. Vuelvo siempre que puedo a la orilla y me sumerjo en el océano como quien regresa al líquido amniótico del útero materno. Me ha costado vivir en ciudades sin playas. Y estos días de verano siempre es una fiesta el regreso a la espuma de las mareas y a ese estruendo que acalla todo lo que uno arrastra desde el invierno.
Pero en esa fiesta siempre recuerdo aquella vez en que casi perdí la conciencia debajo del agua. Tenía seis o siete años y desde entonces aprendí que la vida se puede perder en cualquier momento y que el tiempo que no intentemos ser felices es tiempo perdido, camino baldío, pasos que no tienen sentido porque cada segundo es único e irrepetible. Aquella experiencia me lleva a recordarles a los demás que el mar también es peligroso si uno no toma ciertas precauciones o no conoce las corrientes. El otro día me llamó un amigo periodista que también sufrió un ahogamiento cuando era niño en Bañaderos. Este compañero se empeñó hace un tiempo en lanzar una campaña para concienciar a quienes se acercan a las playas sobre esos peligros que nadie se imagina cuando contempla un piélago azul casi perfecto. Sebastián Quintana me comentó que solo en lo que llevamos de año han muerto casi cincuenta personas ahogadas en Canarias. Y que cada año mueren decenas de bañistas por no ser conscientes de esos riesgos de la mar que tan bien conocen los marineros más avezados y los que frecuentan las costas. Por eso ha puesto en marcha la campaña "Canarias, 1.500 km. de costa". A mí me salvó la vida Nico. Vio las burbujas que dejaba mi hundimiento y saltó desde la avenida a sacarme del agua. Me lo contó años después. Luego Nico tuvo malas rachas en Agaete, y aún hoy lo encuentras siempre sentado en un banco, como si la vida fuera cosa de otros. Si él no me salva, yo no hubiera conocido París, ni hubiera leído Madame Bovary. Tampoco hubiera escrito ninguna de mis novelas, ni hubiera tenido una hija, ni mil vivencias irrepetibles. Hay un poema de Carver que cuenta todo eso. Se titula La propina. Chano y yo tuvimos suerte, pero otros muchos se quedaron para siempre en el fondo de las aguas. Por eso le dije que podía contar conmigo para esa campaña, sobre todo ahora que estamos en agosto. El mar es lo más cercano al paraíso que conocemos los que vivimos la infancia entre rocas y mareas; pero como todo paraíso también tiene sus riesgos. Y conviene no olvidar que ninguno de nosotros es eterno.

No tiene nada. No le importa nada. Hace tiempo que tiró la toalla. Pero si no estuviera, ella no tendría a quien escribirle buenos días y buenas noches en el wasap. Ella tampoco tiene nada, no le importa nada y también tiró la toalla hace tiempo. No le contesta, pero ella sabe que él sabe que está viva y que él también resiste cuando ve las dos rayas azules en la pantalla dos veces cada día.

Para ella el desafío era poder bajar las escaleras, salir a la calle, comprar el pan y poder regresar sin olvidar el camino de vuelta. No se acuerda de la primera vez que salió sola siendo niña, pero tuvo que vivir una sensación parecida. Ahora tiene ochenta años y le han diagnosticado principio de alzheimer. Cada vez que regresa lo celebra como cuando llegaba a casa con cuatro años sin haberse perdido entre las calles. No sabe cuánto tiempo va a poder seguir viviendo sola. No le ha comunicado a nadie el diagnóstico. Sus hijas viven lejos y habla con ellas todas las semanas. A veces confunde sus nombres, pero los ha apuntando delante del teléfono para que no se den cuenta de sus lapsus. Ha anotado el nombre junto a la foto de cada una de ellas. Se llaman Alicia y Andrea. Ella se llama Andrea, como su hija pequeña.

Cada vez que cierra los ojos se imagina que está enterrada en una gran duna. Siente el olor de la arena y casi es capaz de tocar su textura. También ve cómo se extienden interminables playas delante de su mirada. Está siempre quieta en su cama y solo escucha los gritos de los vecinos ruidosos que no apagan la tele durante las veinticuatro horas del día. De vez en cuando se sumerge en esas mismas playas y regresa a los veraneos de su infancia. Huele la sal y se esconde durante horas en esa duna que se forma dentro de sí misma cada vez que cierra los ojos.

Siempre dejaba libre una casilla de los crucigramas. Nunca acabó ninguno. Sabía las letras que iban siempre en cada una de esas casillas, pero jamás se atrevió a escribirlas. Nadie le pidió nunca una explicación porque esos crucigramas los resolvía siempre en su despacho, con la puerta cerrada. Él decía que se sentaba a escribir novelas, pero lo único que hacía era dejar esos crucigramas siempre a medias. Luego los doblaba y los rompía en decenas de pedazos. Si alguien le hubiera preguntado no habría sabido qué responder. Temía lo perfecto, lo que supuestamente ya estaba terminado. Prefería siempre los finales abiertos cuando leía novelas. Tal vez hubiera respondido que esa casilla en blanco la veía como una especie de ventana que uno abre hacia un espacio infinito que jamás sabe en dónde acaba.

No la conocía de nada. Le sonrió y le ofreció un trozo de pan que se iba comiendo por la calle. Él masticó con deleite aquel pan artesano, acabado de hacer, mientras recorría la zona antigua de una ciudad costera del Mediterráneo. Estaba de paso, pero ya lleva viviendo allí cuarenta años. Van juntos a comprar el pan cada mañana, ahora acompañados por sus nietos, y siempre se llevan uno grande que van compartiendo con la gente: se sienten felices al comprobar que a pesar de todos los desastres o de las ausencias que deja el tiempo, la vida sigue siendo bella y sencilla algunas veces.

Salía con un casco de moto a la calle. Ya nadie le decía nada. Al principio le preguntaron qué le sucedía, pero con el tiempo ya se acostumbraron a verlo con ese casco azul oscuro que tiene una pegatina de una marca de motos en la parte trasera. No le ven la cara desde hace semanas. Él decía que lo llevaba para no coger frío en la cabeza y alguna vez bromeaba diciendo que era para que no se le perdieran las ideas. Su voz se distorsionaba debajo de la visera. Los ha engañado a todos. Es el primer Pokémon que no cazará nadie. Se ha cambiado por un ser humano sin que los demás se hayan dado cuenta. La mujer Pokémon está en su casa embarazada de siete meses. No era un juego. El mundo acabará siendo de ellos.

Todo tiene sentido. Siempre. A veces hace falta que te avisen con palabras, con caricias, con gestos o con una mirada. Reaccionamos a la belleza y al cariño. Y quien no reacciona es porque no ha encontrado jamás esa mano amiga que le ame o porque no ha tenido la suerte de leer para saber que hasta los nudos más complicados se terminan desatando milagrosamente. Yo he aprendido mucho de la vida leyendo a Emilio González Déniz. Me acerqué a su obra hace treinta años y luego he tenido la inmensa suerte de conocer al autor y de descubrir que su obra no es más que consecuencia de su bonhomía y de su mirada diaria a la vida que encuentra por las calles.
Emilio ha presentado estos días la edición digital de su última novela. Se titula El tren delantero y la publica en ATTK Editores. Leemos en pantalla y en papeles y los que escribimos también solemos movernos en ambos formatos con la misma naturalidad. Por eso no entiendo los debates. Y me gusta el reto de Emilio con una novela erótica en versión digital. Ya luego habrá ediciones en papel más adelante, pero de entrada su obra se universaliza y la pueden comprar en Nueva York o en Tokio desde el momento en que sale de esa carpeta en la que suelen reposar las novelas antes de ser salvadas o borradas para siempre por no pasar la criba del tiempo. Acabo de escribir novela erótica. Tendría que haber escrito novela. Los subgéneros y las etiquetas son casi siempre reclamos publicitarios. Pero lo bueno es que en esta novela, el autor de obras maestras como Hotel Madrid o Bastardos de Bardinia, se adentra en historias que discurren paralelas y que intercambian señales hasta complementarse como mismo se va completando el rompecabezas de nuestras propias vidas con el paso del tiempo. La novela tiene una música reconocible desde el primer párrafo, un tono casi cinematográfico que te va enredando con sus ritmos y sus imágenes. Viene de muchas historias que confluyen en la misma trama como confluyen esos ríos que arrancan de diferentes cordilleras para encontrarse en un mismo océano en el que cabe todo lo que uno quiera soñar mirando al horizonte. No es fácil escribir novelas en unas islas en las que ya sabes de antemano que la cultura importa menos que cualquier pachanga deportiva o seudomusical de fin de semana, en una sociedad de políticos mayoritariamente ágrafos y de empresarios que casi presumen de su incultura. Emilio ha escrito como un galeote todos estos años aun a sabiendas de esas circunstancias. Y seguirá escribiendo. Y los que vinimos luego le agradecemos esa constancia y ese empeño en apostar por la literatura más allá de las etiquetas o de esas modas que han visto entrar y salir a tanto genio de paso por la república de las letras. Y nos queda su generosidad. Y todos los libros que quedarán cuando de nosotros solo queden las cenizas del recuerdo.


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