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Archivos Julio 2016

Solo se quedó con todo lo bueno que habían compartido. Fueron casi ocho años juntos, muchas risas, mucho amor y mucha complicidad detrás de cada mirada. Saben que emprenden caminos distintos, y que tal vez no vuelvan a coincidir nunca más en la misma mesa y en la misma cama, los dos solos, pensando que la vida era algo más que respirar y que dejar pasar los días en el calendario. Tanto amor no pudo evitar el desastre. Prefieren no hacerse preguntas y dejar que la corriente de la vida les siga llevando hacia donde estén escritos sus próximos caminos. Se apenan pensando en todo lo que dejan atrás, pero al mismo tiempo asumen, porque los dos se conocen de sobra después de tantos años, que hay veces en que ni siquiera todo el amor del mundo logra detener lo inevitable.

Escribía y, a medida que lo iba haciendo, las palabras cambiaban de idioma sin ningún criterio. Él solo hablaba y escribía su lengua materna, pero en cada uno de aquellos textos podía utilizar correctamente una decena de idiomas y dialectos sin cometer ninguna falta de ortografía. Sabía perfectamente lo que iba exponiendo, y cuando le traducían lo escrito se ajustaba a sus emociones y a sus pensamientos. Lo llamaban de muchas partes para que impartiera conferencias, pero él repetía siempre que aquello era una especie de regalo que no le había costado ningún esfuerzo. Los textos terminaban siendo bellos por los trazos. Lo de menos era lo que decían. Había mucha magia en aquella combinación de símbolos que se entremezclaban azarosamente alternando caracteres y sonoridades diferentes.

Un día le dijeron que su mano era especial. Tenía trazadas todas esas líneas que identifican a los afortunados y a los triunfadores. Se sacó una foto para que se la leyera una quiromántica canadiense que aseguraban que era la que más sabía de esos trazos. Lo que no sabía es que unos chinos habían copiado los dibujos de aquella foto y que luego los habían grabado en sus propias manos para buscar la fortuna. Habían clonado su destino y su suerte. Decenas de miles de asiáticos le habían robado la única fortuna que le habían regalado los hados.

Una vez le pintaron la cara siendo niña. Le dijeron que era una unicornia y ella se creyó aquel dibujo que no veía. Le decía a los conocidos que le pidieran milagros y ella los concedía agitando su coleta y abriendo mucho los ojos. Han pasado los años y ahora camina por la calles de Nueva York. Es fotógrafa. Algunas veces, cuando se cruza con la brisa del Atlántico, recuerda aquellos lejanos días en Las Palmas de Gran Canaria. Sonríe en silencio y sigue pensando que tiene aquella pintura dibujada en su cara. Agita disimuladamente su coleta, que se sigue pareciendo a la que tenía a los seis años, y pide un deseo mirando hacia los rascacielos. Cierra un momento los ojos y recuerda a sus padres y a sus abuelos. Y se ve niña corriendo por la Plaza de Santa Ana o subiéndose en sus perros como si fueran igual de verdaderos que aquella unicornia que siempre ha conservado intacta en sus adentros.

Ayer el dermatólogo le dijo que no le gustaba nada uno de los lunares que tenía en su espalda. Le mandó a hacer una biopsia y le comentó que tenía mucho sol acumulado en su piel. Cuando era niña, hace cuarenta años, no usaba cremas cuando bajaba a la playa de Sardina y se tostaba saltando entre las olas o subiéndose a las rocas. Nadie le advirtió de los efectos nocivos de aquellos rayos solares que identifica con la felicidad más sublime que recuerda. Tiene miedo; pero se niega a maldecir al sol que le regaló los veranos más bellos de su existencia. Piensa en la paradoja de la vida y en la cara de aquel médico que hablaba de ese mismo sol como si hubiera consumido a sabiendas alguna droga prohibida y peligrosa.

Supongo que ellas conocen este espacio mucho mejor. Yo llevo viviendo diez años en esta casa, pero ellas se mueven por recovecos que desconozco y saben exactamente dónde deben ir y a qué horas. Imagino que hace cientos de años, las hormigas que les precedieron ya estaban debajo de esta misma tierra con sus huecos, sus silos y sus caminos secretos. Entonces esto no era una ciudad sino una gran playa, un barranco por el que corría el agua y unas montañas llenas de vegetación y de animales salvajes. Ahí debajo no ha pasado el tiempo. Y nosotros solo somos unos efímeros habitantes que nos tendremos que marchar a otro planeta para poder seguir sobreviviendo. Son invertebradas y no escriben poemas. Tampoco se matan entre ellas.

Conocemos lo que sucedió entre el Tigris y el Éufrates hace miles de años, sabemos el nombre de los faraones egipcios, somos capaces de trazar en los mapas los recorridos de Alejandro Magno, las travesías de Cristóbal Colón o las fronteras que fue atravesando Marco Polo. Podemos nombrar los escenarios de la revolución francesa y casi podríamos decir que, entre los libros y las películas, nosotros formamos parte de las expediciones que conquistaron el Oeste norteamericano. Somos la historia que nos enseñaron y gracias a ella aprendemos a interpretarnos y a saber de dónde venimos, aunque casi siempre olvidamos que procedemos de un mono loco que tuvo la ocurrencia de ponerse de pie ante las muecas burlonas de los otros monos que quisieron quedarse caminando a cuatro patas. De esos pasos, que parecen alocados, fuimos llegando a lo que somos, cuando alguien descubrió el fuego, la música, la palabra o se atrevió a surcar las aguas atando dos maderas o improvisando velas que luego nos fueron entremezclando con los vientos del azar y del tiempo.
Pero luego hay otra historia que no conocemos. Muy cerca de donde vivo se celebran varias bodas cada sábado. Cuando paseo con el perro o voy de camino a alguna parte veo llegar coches modernos o clásicos engalanados, calesas, mariachis, sopranos, tunas, personas cargadas de flores o de paquetes de arroz que luego se comen las palomas, hombres y mujeres vestidos con trajes de noche a las cinco de la tarde, niños que corren con corbata de pajarita, niñas con tirabuzones y adolescentes que estrenan sus primeros trajes largos. Últimamente todos se sacan fotos con el móvil, se retratan a sí mismos o a los novios cuando llegan en los coches o cuando salen de la iglesia. Hay bodas horteras, clásicas, elegantes, temáticas; pero en todas ellas se repite casi siempre la misma foto. Es mentira que las bodas no estén de moda, o por lo menos en esa plaza por la que paso a diario no se han enterado las palomas que han dejado de casarse los humanos que siguen soñando con el amor eterno. Y de esas bodas vienen estas palabras. El otro día me puse a pensar en cómo tuvieron que ser las bodas de mis más lejanos antepasados. No hay fotos ni nadie me ha contado nunca nada, pero alguna vez en una plaza parecida, en una iglesia perdida en alguna ciudad lejana o en una ermita de esas que se asoman solitarias en una montaña hubo hombres y mujeres que soñaron una felicidad parecida de la que no tenemos más noticias que el fondo de nuestros ojos cuando nos miramos en los espejos. En esos reflejos, en esa mirada profunda que nos observa desde otro lado, están todos ellos, todos los que fueron escribiendo nuestra propia historia, los que se enamoraron cuando los faraones levantaban pirámides o cuando Alejandro Magno guiaba a sus tropas camino de Éfeso o de Persia.

Dejaba el piano abierto toda la noche junto a la ventana. Al despertar, las teclas estaban siempre húmedas. Solo tenía que poner sus dedos y llevar esas melodías al papel pautado. Cada acorde era un eco lejano que iba improvisando madrugadas.

Los transistores no desaparecen. Ellos mismos se marchan cuando se estropean. Incluso los que se tiran a la basura se salvan milagrosamente y se juntan con todos los que siguen contando la vida a través de las ondas. Él sabía que todos aquellos transistores que colocaba debajo de la almohada guardarían para siempre sus sueños. Por eso no los tiraba. Estaban todos en una habitación de su casa, sin pilas y deteriorados. Él también intuía que, cuando salía de su casa, todos esos pequeños aparatos dejaban de simular sus propias muertes y juntaban sus voces en un bisbiseo interminable que se apagaba de repente cuando él abría la puerta.

Me lo contó una vez un hombre que decía que había ido al colegio con John Lennon. Llevaba muchas copas encima y era un poco fanfarrón. Había venido al sur de la isla con todo incluido y quería vivir en una especie de paraíso etílico irreal antes de regresar a Liverpool para ver pasar la vida con su mísera pensión de jubilado. Aquel viaje se lo había pagado una de sus hijas. Recordaba la primera vez que John y él visitaron Londres. Tenían nueve años. Me contó que John se paró en el puente de Waterloo, más o menos donde esperó Vivian Leigh a Robert Taylor en la película que rodaron en ese puente, y que le dijo que algún día conquistaría esa ciudad. No sabía cómo. Entonces todavía no cantaba y solo era un niño rebelde y soñador que había sido abandonado por su padre.

Te dijeron que buscaras un camino de salida y tú te sentaste a esperar en aquel descampado lleno de mala hierba y de alimañas. No te movías. Te parecías a un monje de los que veíamos en La India cuando los trenes se detenían de vez en cuando para que pasaran aquellas vacas que nos miraban entre endiosadas y nostálgicas mientras las fotografiábamos. Llovió y te mojaste durante varios días. Apenas comías y solo te levantabas para hacer tus necesidades detrás de un árbol. Todos nos fuimos y te dejamos allí sentado, en silencio, ensimismado, como si hubieras perdido la razón para siempre. Nunca más le pediremos a nadie que busque el camino. Preferimos dar pasos de manera azarosa y que cada cual encuentre, si la hay, su propia salida. Nos han contado que sigues sin moverte de aquel sitio. Yo te quería mucho y reconozco que no creía que pudiera vivir lejos de ti mucho tiempo. Ahora vivo con otro hombre y tengo dos hijos. Quizá algún día me acerque a saludarte. Te envío estas palabras para que me entiendas y para que dejes ya de comportarte como un santón de Oriente en medio de la maraña. No me creo a los que dicen que levitas ni a los que han levantado templos a tu alrededor. Te han convertido en un negocio y ahora viajan a verte como viajamos nosotros hace años a La India tratando de buscar esos mismos caminos que tú crees atisbar en el silencio.

Dejaba la botella abierta durante la noche. La sacaba a la terraza. No tenía nada dentro. Y cada mañana, al despertar, la encontraba llena de agua. No se la bebía. Con ese agua regaba las macetas de unas plantas cuyas hojas tenían contornos humanos que envejecían como mismo lo hacía su cara. Algunas noches, cuando se desvelaba, escuchaba respiraciones extrañas entre las macetas del patio. También escuchaba voces, pero nunca se lo contó a nadie. Tampoco lo del agua.

Solo se podía llegar en una chalana o en una falúa pequeña. Quiero pensar que aquella cala sigue existiendo entre las rocas que casi hacían de cueva volcánica. Teníamos que agachar la cabeza y cerrábamos los ojos unos segundos como nos enseñaron en los túneles cuando éramos pequeños. Pedíamos un deseo y luego nos besábamos sin que nadie nos viera. No sé de ella hace muchísimos años, pero estoy seguro de que si regreso a aquella cala la acabaré encontrando en cualquiera de los abrazos que dejamos entre las aguas. Vivo muy lejos de esas costas y en esos recuerdos sí sigo el consejo de Kavafis. Mejor no volver y seguir navegando en otros mares y en otros brazos. A veces también cierro los ojos e imagino que no hemos terminado de atravesar aquella gruta en la que nos creíamos a salvo del tiempo y de todos los naufragios. Entonces la besaba y el mundo parecía perfecto.

Vegueta. Las Palmas de Gran Canaria. Ocho de la mañana. Primeros días del mes de julio. Panza de burro. Viento. Llueve mansamente. Todos maldicen el clima sin recordar que ese clima es el de todos los años. Esas mismas nubes estaban antes de que aquí viviera algún ser humano. Y seguirán estando cuando nos vayamos todos. Lo saben los volcanes. Las palmeras. Los dragos. Las aulagas. Esa llovizna moja los adoquines de Vegueta como mismo mojaba la tierra del barranco Guiniguada hace unas décadas. Todos los años se repite la misma queja. Y nos olvidamos de la canícula de muchas ciudades de la Península. Y no nos damos cuenta de que a pesar del frío y la humedad esa nube nos mantiene vivos. Miramos hacia las alturas soñando celajes azules. Y el azul está siempre más arriba. También lo saben las gaviotas. Y las palomas. Y todas esas aves que se detienen en estas costas cuando viajan entre dos continentes o vuelan persiguiendo atavismos sobre el Atlántico.
El otro día venía con mi hija de cuatro años a las ocho de la mañana. Por Vegueta. Y yo me volví a quejar del tiempo cuando empezó a lloviznar. Ella me miró. Me pidió que le explicara lo que era la panza de burro. Utilicé sinónimos y símiles. Jugué con las metáforas. Me moví entre ejemplos. Abrimos los paraguas pero yo ya sabía que los paraguas no detienen esa lluvia que mueve el alisio como si esparciera arena sobre un gran cono volcánico. Se quedó en silencio y miró hacia las nubes negras. También observó el agua que venía desde todos los puntos cardinales. Pronunció una palabra. Ella no sabía que era nueva. Que era una palabra que no existía. Pronunció Chubascón. Mezcló chubasco con nubarrón. Yo le dije que esa palabra era inventada. Ella me miró sin saber que todos los idiomas los inventamos cada vez que los pronunciamos. Unimos imágenes. Recuerdos. Imantamos vivencias y rebuscamos entre la sonoridad de algunos delirios. Somos símbolos. Trazos. Nombres. Destinos que además de sombras dejan ecos de palabras que seguirán sonando más allá del tiempo y de todos los abismos. Esa lluvia que caía formaba pequeños charcos en los que se reflejaban los viandantes como si fueran aquellas figuras creadas por Giacometti. Tal vez algún día, cuando ya no estemos, reconozcamos ese eco lejano siendo aire, espuma o silencio. Dejamos sombras y dejamos ecos. Y luego nos marchamos como esas nubes que pasan sobre nuestras cabezas. Y quedará esa misma panza de burro y esas nubes que oscurecen el verano. Y seguirán danzando las cimbreantes palmeras y también las hojas de los dragos centenarios. Apunto en un papel como apuntaba Machado en su cartera la gracia de una rama verdecida. Anoto Chubascón. Una palabra nueva. Como esa lluvia que limpia el aire que respiras para que parezca que tú también estrenas el mundo cada día.

Tocaba el violín en la trasera de la Catedral y ella comenzaba a llorar desde que escuchaba los primeros acordes. Cuando pasaba a su lado le ponía siempre dos euros en el plato. Ella era canaria y él rumano. Alguna vez se miraron a los ojos. Él tocaba con una tristeza que oscurecía hasta los adoquines cuando el cielo estaba azul y todo olía a verano. No era un tópico decir que aquel violín lloraba, pero solo lo hacía cuando ella estaba cerca. Hacía cien años, él tocaba otro violín en Viena. Ella estaba casada y no se atrevió a fugarse con él. Tenía dos hijos. Se amaron clandestinamente durante dos años. Luego él se marchó harto de esperar. Se casó en Baviera y nunca fue feliz. Ella lloraba siempre que se quedaba sola en su casa. Hoy no saben nada de ese pasado que los emparenta. Solo quedan dos euros diarios en un plato de todo aquello que pudo haber sido tan bello.

Tenía que escribir un reportaje sobre los esclavos negros que vivieron en la isla en el siglo XVI. Entrevistó a historiadores y cronistas. Recopiló información en bibliotecas y luego acudió a visitar algunas de las zonas en las que había habido ingenios azucareros y plantaciones de caña de azúcar. También le señalaron el lugar exacto en el que estaba el cementerio en el que enterraban a esos esclavos. Él había jugado muchas tardes sobre aquellos campos que seguían milagrosamente a salvo de la especulación que ha destrozado casi todos los pueblos de la isla en las últimas décadas. Sintió un escalofrío tremendo cuando caminó por donde tuvieron que estar las tumbas de los esclavos y enseguida se reconoció como uno de ellos. Lo habían atrapado en la costa de Senegal y lo habían maniatado para traerlo hasta aquellas fincas del norte de Gran Canaria. Él era el otro incluso cuando escribía el reportaje. No podía ser objetivo y habló con el redactor jefe para que se lo encargara a otro compañero. Ahora escribe una novela. Le van dictando sus atávicos recuerdos y reconoce el olor de aquel barco negrero y el dulzor de las cañas cuando las prensaban en los trapiches y en los ingenios.

Huía del frío, pero el invierno llegó de repente en los últimos días de septiembre. Sobrevolaba las montañas de los Cárpatos cuando sintió el peso de la escarcha en su plumaje. Fueron solo unos segundos. Perdió el control de su vuelo y comenzó a caer en picado hasta que esa escarcha se convirtió en agua a medida que bajaba. Al fondo había un gran lago y decenas de cisnes salvajes. Él logró remontar el vuelo y cruzar el Mediterráneo; pero nunca ha podido olvidar el abismo ni el peso del hielo sobre sus alas.

Hacía limpieza de papeles y de ficheros una vez al año. Dejaba vacíos los archivos y comenzaba a vivir como si fuera un náufrago salvado en el último momento. Todo eso lo hace desde que salió del hospital cuando todos lo daban por muerto. Celebra cada día como un gran acontecimiento y se niega a guardar papeles que solo acumulan polvo. Dice siempre que un cajón vacío es como una isla desierta.

Tomaba agua a todas horas. Decía que quería provocar un diluvio en sus adentros para que luego navegara un arca y terminara saliendo una paloma blanca por su boca que anunciara el fin de los días aciagos en su alma. Se llamaba Noé y construía grandes jaulas a la entrada de la selva.

Hoy aparece en los periódicos la noticia. La gente del lugar no se dio cuenta, pero sí lo registraron los sismógrafos. Era un abrazo que llevaba veinte años esperando. Localizaron el punto exacto del epicentro pero creyeron que se había producido bajo tierra. Tú y yo sabemos que lo que recogió la escala de Richter solo fue el temblor de nuestros cuerpos.

La lluvia en verano improvisa charcos que desentonan con el paisaje y con la vestimenta de la gente. A él le gustaba verse reflejado de vez en cuando en esos espejos efímeros que luego borran nuestra imagen para siempre en las aceras. Se miraba disimuladamente cuando pasaba por la calle después de que escampara. Uno sabe siempre dónde se terminarán formando los charcos. Evitamos pasar al lado para que no nos salpiquen los coches o para no acabar pisando inesperadamente. En verano, los pies se quedan helados cuando llueve.
En otros lugares, las tormentas suelen aparecer tronando a última hora de la tarde. Nosotros, en estas islas tan poco proclives a los mandatos de las estaciones, podemos encontrar esa lluvia cualquier mañana, lo mismo que en diciembre disfrutamos de un radiante día de verano. También podemos cambiar de estación variando solo unos kilómetros, por eso las aves migratorias siguen arribando a nuestras costas cuando sobrevuelan océanos y continentes en busca del calor que siempre ha movido a los humanos tanto como el amor o como esa libertad que soñamos lejos de donde casi todas las cartas están marcadas antes de que comience el juego. Ese amigo pasea sin perder detalle de lo que van encontrando quienes saben mirar más allá de las evidencias. Busca a los otros y se busca él mismo rastreando su sombra, viéndose reflejado en un escaparate o reconociéndose en tiendas que ya no existen y que él puede seguir viendo en su recuerdo como cuando paseaba hace años por esas mismas avenidas o por los campos que nunca son los mismos aunque creamos que los árboles nos enseñan siempre las mismas ramas que apuntan al cielo.
El otro día sorprendí a ese amigo rebuscando su semblante en el fondo de un charco que se forma en la plaza de Las Ranas. Lo hacía disimuladamente, pero yo vi cómo se detenía mientras esperaba que el semáforo se pusiera verde para los peatones al otro lado del barranco de Guiniguada. Lo asusté cuando pronuncié su nombre, y al moverse su imagen naufragó en el fondo del charco. Seguimos hablando y no le comenté nada hasta llegar a calle de Triana. Ya no llovía. Le pregunté que qué buscaba en los charcos y me dijo que ya sabía de antemano que no encontraría nada tangible, pero que le valía ese reflejo para eternizarse por lo menos unos segundos. Me habló de todos los charcos en los que se había visto reflejado en París, en Londres, en Nueva York o en la aridez de los desiertos. Nos despedimos y me dejó pensando en todas las miradas que ha ido borrando el sol a lo largo del tiempo. Comenzó a llover de nuevo, abrí el paraguas y contemplé mi media sonrisa en un charco que se formó en la esquina de Triana con la calle Travieso. Imagino que allí me quedaré siempre, en ese infinito insondable de los fondos que creemos que desaparecen cuando se secan.

Aquel escritor exitoso decía siempre que le había cambiado la vida una cáscara de plátano. Se había resbalado cuando tenía quince años bajando las escaleras de la estación Victoria de Londres. Hasta ese momento apenas leía, pero el encierro de casi año y medio por la caída lo convirtió en un lector voraz, y de aquellas lecturas vinieron sus escritos y el cambio de rumbo de su vida. Aquel plátano había salido de una finca de Arucas. El racimo lo había cortado Maestro Pancho y lo habían empaquetado para que saliera en barco para el Canary Wharf cuando todavía estaba verde. Maestro Pancho no sabe que ese escritor que sale a todas horas en la tele y en las revistas le debe buena parte de lo que ha sido. Él se sienta en un banco de la plaza de Arucas a ver pasar las horas o camina hasta el parque o hasta la subida Visvique para hacerle caso el médico y bajar un poco el colesterol que le tiene las venas obstruidas.

Cada vez que se cruzaban las llamadas había un choque frontal de palabras entre dos desconocidos. Ella podía haber arreglado esa centralita hacía muchos años, pero de aquellos cruces salieron muchos amores. Su empresa se arruinó porque los proveedores y los clientes estaban hartos de que una y otra vez les contestaran personas que no conocían de nada. Ella seguía acudiendo cada mañana al trabajo, encendía la luz y dejaba que todas las llamadas se fueran entrecruzando azarosamente. Vive del dinero que pagan a veces algunos de esos enamorados. Hablan con ella y dicen que le quieren hacer un regalo porque son los hombres o las mujeres más felices del planeta gracias al número de teléfono de su empresa. Ella siempre les pide euros en billetes de cincuenta.

Iba con su hijo al colegio. Lo llevaba de la mano. Tenía siete años. Cuando llegó a la puerta su hijo desapareció y fue a él a quien cogieron de la mano para que llegara a tiempo a clase. Ahora está sentado junto a una veintena de niños. Le dan un lápiz y una hoja para que escriba. Intenta escribir su nombre y cuando lo hace le sale la palabra destino. Llevaba navegando mucho tiempo por mares que ya no aparecen en los mapas de ese colegio. Se llama Ulises. Como su hijo.

Lo escuché cantar y le abrí la ventana. Entró, se posó en mi hombro, acercó su pico a mi boca, me miró fijamente y volvió a perderse en el cielo. Aún no sabía que ella había muerto esa mañana.

En el puesto de carne había una gran lengua de vaca estirada entre las chuletas y los solomillos. Era negruzca y transmitía un aire de tristeza que traspasaba el cristal de la vitrina. Cuando vio que las miraba, el carnicero le dijo que era riquísima y que estaba en oferta. Ella le hizo un mohín de desagrado, pero él insistía en las cualidades de aquella carne que se adormecía debajo de las luces como un gran reptil enfermo de melancolía. Pagó y regresó a su casa caminando lentamente por la acera. Escuchaba mugidos lejanos entre unas calles en las que hacía ya mucho años que habían desaparecido todas las vaquerías. El sonido era cada vez más intenso y más cercano.

Le avisó a gritos. Al principio no se dio la vuelta. Cuando lo hizo vio a un guiñapo, a un hombre derrotado, casi en las últimas. Imaginaba que le iba a pedir dinero para su próxima dosis. Pero señaló al suelo. Allí estaba el papel. Si no lo hubiera avisado, ahora estaría en el juicio sin argumentos y sin pruebas. Le salvó la vida y casi todo su patrimonio. No quiso que le diera ni un euro. Volvió sobre sus pasos y se perdió por aquel barrio marginal donde traficaban a diario con la muerte. Ninguno de los dos sabía que habían nacido el mismo día y que habían sacado las mismas notas en el colegio. Parecían almas gemelas. El que le avisó rompió aquella sinergia cuando a los quince años comenzó a probar las drogas. Era la primera vez que se encontraban.

Todo amor que comienza es un amor eterno. Si no fuera así no seguiría moviendo al mundo como lo mueve. Cuando nos enamoramos todo cambia a nuestro alrededor, miramos con otros ojos lo que antes resultaba insulso y no pasamos de largo ante ningún paisaje. Uno no sabe cuántas veces se enamorará en su vida, ni por cuánto tiempo, ni qué nombres serán los que acabarán marcando su paso por este planeta. Esa eternidad de la que hablaba al principio es el sueño de todos los enamorados desde que el mundo es mundo y desde que se revolucionan las hormonas del alma. A veces, alguno de esos amores dura una vida entera, pero de esa eternidad que todos soñamos no tendremos nunca ninguna certeza.
Uno se puede enamorar de alguien que ve pasar por la calle sin conocer siquiera el nombre. Dante por lo menos, cuando se cruzó con Beatriz junto al puente Vecchio de Florencia, averiguó cómo se llamaba para luego escribirle poemas cada día aunque jamás volviera a verla. Conozco otra gente, que viviendo diez o quince años en pareja, no llega a sentir ni la mitad de amor que sintió Dante en un par de minutos. Tampoco escriben poemas, aunque lo de escribir versos siempre es una opción como otra cualquiera. Algunos silban por la calle, o hablan solos por las aceras, o creen reconocer señales casi divinas por donde pasan. El amor es lo más bello de esta existencia, y al mismo tiempo lo que menos depende muchas veces de nuestro esfuerzo. Hay un azar que dispara Cupido que nunca sabes dónde te lleva. También hay amores que van pasando como aquellos que cantaba Mari Trini en los setenta, y otros, como los de Julián Sorel en el Rojo y Negro de Stendhal que solo se conciben desde un romanticismo que solo cabe en los libros, los mismos libros que vieron morir de amor al joven Werther o a Romeo y Julieta, aunque en este último caso Shakespeare escribió para que lo viéramos en el teatro, que es como un gran espejo en el que nos acabamos viendo nosotros mismos en otros papeles. Lo normal es que amemos muchas veces a lo largo de nuestra vida. Recuerdo siempre la segunda parte de La invasión de los bárbaros, cuando el protagonista, sabiendo que tiene un cáncer incurable, cita a todos los amores de su vida en un mismo espacio para agradecerles el tiempo compartido. A veces solo reaccionamos cuando nos damos cuenta de que algo se acaba. Por eso quizá no agradecemos a diario todo aquello que nos regala la existencia. Uno queda siempre en la persona amada, y ese amor se lleva también mucho de lo que fuimos y de lo que tenemos. Si cierro los ojos recuerdo lo feliz que fui con cada una de ellas, desde el primer amor adolescente hasta el último amor que ha caminado conmigo por esas calles de la vida que nunca sabes a dónde te acabarán llevando. Pero lo que sí aprendí hace mucho tiempo es que aquí solo venimos a amar y a ser amados.

Cada vez que abría el congelador se encontraba a aquel niño comiendo helados tranquilamente en medio del hielo. Lo miraba y cerraba rápidamente la puerta. Pasaron los años y aquel niño seguía allí dentro con la misma ropa y eligiendo casi siempre los mismos polos y los mismos cornetos. Nunca cerró la heladería, a pesar de que apenas vendía helados. Ya era viejo, pero aquel niño se conservaba intacto en el hielo. Cuando era pequeño y vivía su padre, él también se metía en el congelador cuando lo veía abierto y elegía casi siempre los mismos polos de coco y los cornetos de turrón con chocolate y almendras.

Los solitarios se suelen quemar las espaldas en la playa, sobre todo en los lugares a los que no llega la crema. Por eso no llegó a ver la mano que se había quedado dibujada debajo de su omóplato. Aquellos dedos ya no sabían qué hacer para que supiera que no estaba solo. La mano le empezó a acariciar lentamente un día en el teatro, pero él creyó que lo hacía la chica que estaba detrás. La miró, se enamoraron y se casaron. La otra mano sigue en sus adentros o alrededor de su aura. Espera en silencio, porque sabe que caerá de nuevo, para que su espalda no se convierta nunca en una de esas ciudades devastadas tras las guerras.

Se quedó encerrado en el baño. Golpeó la puerta pero no aparecía nadie. Era un hotel de principios del siglo veinte venido a menos; pero siempre lo elegía porque no había encontrado ningún otro que se pareciera a aquellos hoteles de las viejas películas centroeuropeas en blanco y negro que veía a todas horas. Eran todas mudas. A él tampoco lo escuchaba nadie en ninguna parte. Seguía allí dentro, donde mismo se había visto tantas veces mirando a la pantalla. Era uno de esos personajes que vivían en Viena o en Budapest, siempre en hoteles como ese en el que ahora estaba encerrado. Se fue desvaneciendo a medida que se encendían las luces de la sala. Fue en un cine de Bratislava, en 1922. Era el protagonista de aquella película en la que se enamoraba de una mujer morena que también desapareció para siempre en la pantalla.

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