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Archivos Abril 2016

De repente la vi en el cuadro y desapareció de mi lado. Habíamos viajado juntos a París. La conocía hacía dos años. Cuando regresé nadie se creyó la historia y tampoco la recordaban. Decían que yo nunca había estado con esa mujer del cuadro que está en el Louvre, que nunca había amado a La Gioconda.

Plantaba un árbol y crecían figuras de Lego porque cuando era niño, mucho antes de que le diera por repoblar el solar que está delante de su casa, ya había enterrado aquellas piezas que estaban mucho más abajo que las raíces esperando a que alguien las regara para mirar al cielo.

Fue a buscar el pan. Se lo dieron en una bolsa de plástico transparente. Tenía mucha hambre y mucha prisa. Trató de desatar el nudo de la bolsa y cuanto más lo intentaba más difícil le parecía. No sabe qué fue lo que sucedió, pero de repente se encontró sus dos manos metidas dentro de la bolsa y con el nudo aún sin desatar. No podía sacarlas. Tocaba el pan pero no podía comérselo. Tampoco podía llamar a nadie por teléfono ni abrir la puerta de la calle. Lo encontraron cinco días más tarde, con el pan lleno de moho y sus dedos blancos y helados como el mármol.

Soñó con el mar. Se bañó en la playa durante todo el sueño. Cuando se levantó no se dio cuenta de las algas que iban cayendo de su cuerpo mientras caminaba hacia el cuarto de baño. En lo que se duchó, su perro se comió aquellas algas saladas que habían caído de su espalda como dicen que le caen los cabellos a las sirenas cuando están mucho tiempo fuera del agua.

Hablaba y explicaba con unas palabras extrañísimas los detalles de aquella inversión y de aquellos negocios inmobiliarios en los que iba a participar mi empresa en China. Yo lo miraba cuando de repente todo lo que me decía se empezó a convertir en canción española. Cantaba coplas en el interior de mi cabeza y fuera seguía vendiendo las virtudes de aquellos rascacielos con nombres raros. Al final le aplaudí y todos me miraron como si estuviera loco. El que hablaba era suizo, hijo de padres helvéticos, y no conocía ninguna de las coplas que yo le decía que había estado cantando. Ni siquiera hablaba en español. Me mira raro de entonces. Cuando paseo entre los callejones de aquellos rascacielos de los que hablaba escucho los ecos de Marifé de Triana, de Concha Piquer y de Estrellita Castro. Los chinos no lo saben. Ellos creen que es el aire mezclado con el escándalo de los coches y de las máquinas que están por todas partes.


Cervantes tuvo una de las vidas más desgraciadas que conozco: prisionero varias veces, pobre casi hasta la miseria y masacrado por los escritores de éxito de su época. Pero jamás se rindió y buscó refugio en la literatura y en sus personajes. Hace unos días le escuché a Bono, el cantante de U2, que su madre murió cuando él tenía dieciséis años y que desde entonces lo dejó convertido en artista. Paul Auster escribe en Diario de invierno que un escritor busca en las palabras la curación de una herida. Miguel de Cervantes Saavedra compensó los agravios vitales y todas esas humillaciones de la vida escribiendo algunas de las obras más grandiosas de la historia de la literatura.
No hablo solo del Quijote. Ahí están otras obras maestras como Los trabajos de Persiles y Segismunda y las Novelas Ejemplares. Detrás de todos esos personajes hay alguien que quiso contar la vida y que quiso quedarse en cada una de sus palabras. Hace años escribí que no entendía cómo Cervantes había escrito una novela como el Quijote sin haber leído antes una novela como el Quijote. No es una boutade. Nosotros lo hemos tenido fácil. Ya encontramos a Alonso Quijano para orientarnos y para saber que todo puede ser creíble si nos asomamos al alma humana y si recreamos un paisaje mucho más allá de lo que tenemos delante. Cide Hamete Benengeli, ese morisco y manchego que supuestamente trazó parte de la historia de Sancho y de Alonso Quijano, también nos da muchas pistas sobre una novela que contiene la narración oral y ese encuentro de culturas que enriquece cualquier obra de arte. Lo judío, lo morisco y lo cristiano se confunden entre las páginas del Quijote, pero sobre todo aparece el idealismo de quien necesita inventar otros sueños para que la vida no sea un lodazal de quebrantos y de penas.
Cervantes no era aquel señor de gesto adusto que dibujábamos en el colegio siempre que llegaba el Día del Libro. Es la fiesta de la palabra, el aprendizaje imprescindible para cualquiera que aspire a contar historias, el camino trazado mucho antes, los juegos de espejos, los tiempos entremezclados y hasta el derecho a la incongruencia si el escritor consigue volver creíble lo que aparentemente es imposible. Sancho pierde el jumento en un capítulo y llora por la sierra la pérdida de su amigo inseparable, y en el capítulo siguiente Cervantes lo presenta montado nuevamente en su rucio sin necesidad de explicar nada, porque la vida también nos hace vivir momentos así de inexplicables en los que no nos queda más remedio que asumir la contradicción cotidiana de nuestras propias vivencias. Buscó entre sombras mejor que nadie y antes de que Kafka nos contara que ese era el único camino en el que hallar los argumentos. No sería capaz de imaginar la vida sin los personajes de Cervantes. Le faltaría algo a este planeta sin Don Quijote y sin Sancho Panza, y la novela no hubiera sido nunca novela sin aquel escritor que estuvo encarcelado y que sufrió por amores y por esos rechazos de quienes atacan siempre lo que no alcanzan.
Sin Alonso Quijano hubiéramos estado huérfanos de aventuras y de sueños. Quizá sea más real que el propio Cervantes y que casi todos nosotros, y seguirá siendo igual de carnal cuando ya no estemos y haya otros ojos deseosos de escapar lejos a través de las palabras. Lo escribió mucho mejor León Felipe hace años: "Ponme a la grupa contigo,/ caballero del honor,/ ponme a la grupa contigo,/ y llévame/ a ser contigo pastor." Para subir a esa grupa, y para evitar que la ventura no termine jamás en aquella playa de Barcino donde fue derrotado por la armadura de la realidad, leamos el Quijote, leamos a Cervantes, mantengámonos vivos sabiendo que siempre queda una utopía al final de cada frase.

Este texto fue publicado ayer en el suplemento Pleamar de la edición en papel de Canarias7

Salió a la calle a respirar un poco de aire puro y, sin que pudiera evitarlo, un insecto le bajó por el gaznate. No sabía lo que se había tragado. No cantaba, o por lo menos su canto no atravesaba sus carnes. Volvió a su mesa de trabajo y empezó a recordar paisajes que nunca había visitado, flores con grandes corolas, pájaros enormes que sobrevolaban por encima de los árboles y maderas con olor a roble o a acacia que saboreaba a medida que las libaba lentamente. Su compañera de toda la vida lo mató de un zarpazo. Recogió la polilla muerta con una servilleta de papel y se asomó a la ventana a ver por qué su compañero de trabajo estaba tardando tanto.

Te teníamos vigilado. Nunca estuviste solo. Siempre aparecíamos para salvarte en el último momento. Tú hablabas de milagros o de sucesos extraños. Ahora puedes empezar a entender todo. Ellos también pensarán que tú estás muerto. Tienes que ser muy sutil y muy discreto, incluso has de dejar que caigan de vez en cuando para que no se lleguen a creer eternos. Recuerda que son humanos y que tú fuiste como ellos.

Vestía con la misma ropa y tocaba un violín idéntico. Él la movía con el pie cuando tocaba el instrumento con los dedos. Era de madera, como Pinocho, y como aquella otra marioneta de un príncipe que ella tuvo de pequeña. Lo recogió del suelo cuando el músico tocaba con los ojos cerrados embelesado por su belleza. Se lo ha traído a su casa. Se ha vestido con su traje de noche preferido y ha reservado una mesa para dos en el mejor restaurante de la ciudad antes de besarlo.

Un pasillo oscuro en una casa a la que no había vuelto desde que era niña. Caminaba tanteando el espacio antes de cada paso. Al fondo había una luz que entonces era el despacho de su padre y que ahora es el camino de regreso a un lugar que aún no conoce. Ni siquiera recuerda la edad que tiene en ese momento. Sí se le aparecen las caras de sus nietos y todos los perros que tuvo antes de estar muerta.

Dejaba al hijo en el colegio. Subía al coche y aparcaba a cinco o seis calles de la puerta del centro escolar para no gastar gasolina. Luego se sentaba y esperaba toda la mañana a que sonara el móvil y lo llamaran de alguna de las oficinas en las que había dejado su curriculum los últimos meses. Nadie sabía en su casa que se había quedado en paro de la noche a la mañana. Con la indemnización había colocado cristales tintados en el vehículo. Miraba desde dentro sin que nadie lo viera hasta que llegaba la hora de recoger a su hijo en el colegio.

Cada mañana siente los latidos del despertador unos segundos antes de que suene. No sabe ni para qué lo pone cada noche porque antes de que suene ya está despierto. Siempre decía que era el cuerpo el que se había habituado a esos despertares, pero hace unos días escuchó el latido nítidamente. También, cuando llega al cuarto de baño, puede escuchar al termo bostezar momentos antes de que abra el grifo del agua caliente para ducharse. La máquina del café llegará un día en que se ponga en marcha sola. Le espera porque necesita agua. Y hay mañanas en que la propia máquina de su cuerpo también se activa antes de que él despierte. Luego le dice a los amigos que acaba de tener una dejá vú o les habla de presentimientos. Pero debería contar la verdad y decirles que está seguro de que su cerebro ya ha pensado previamente todo lo que luego le termina sucediendo. Y a veces hasta lo deja escrito. Este texto es una prueba.

Acababan de cumplir las bodas de plata. Siempre fue una pareja feliz. Ella acabó Historia del Arte al mismo tiempo que él finalizaba Derecho. Se casaron y tuvieron tres hijos. Uno de ellos ya es idéntico al violinista del cuadro. Ella eligió a su marido porque era exactamente igual que un violinista de un cuadro del siglo XIX que se exhibía en un museo al que iba casi cada día desde adolescente. El día que vio a su futuro marido reconoció al violinista de inmediato, y cuando tuvo su primer hijo le acercó un violín casi antes de que aprendiera a caminar. Hoy es el vivo retrato del cuadro. Lo mira durante horas mientras ensaya. Su marido, a medida que ha ido envejeciendo, ha perdido parte de aquel parecido que le atrajo cuando lo encontró por primera vez en la cafetería de la ciudad universitaria.

Nuestros destinos se escriben siempre mucho antes de que lleguemos, y no solo los lugares en los que vivimos, los libros que leemos o las circunstancias determinan nuestra existencia. Una partera se tomaba su tiempo para que la criatura que llegaba al mundo pudiera respirar por vez primera el oxígeno, ese milagro diario que nos reconcilia con la naturaleza y que nos sirve para seguir creyendo que, más allá de nuestros desastres y de nuestras pendencias, la vida es un don casi divino ante el que no podemos dejar nunca de sorprendernos. Cuando esa partera seguía los pasos que le habrían enseñado su madre y su abuela, la vinieron a buscar porque en el otro lado del pueblo otra mujer se había puesto de parto inesperadamente. Trajo a la vida a una niña y se marchó corriendo a atender el parto del primogénito de otra familia cercana. Uno imagina las carreras de Celestinita la partera por las calles del pueblo en el que yo luego corrí creyendo que la vida no era más que una infancia eterna de juegos y divertimentos.
Pasaron los años y aquel niño y aquella niña fueron haciendo su vida, estudiando, trabajando y soñando con sus respectivos futuros. Ella tuvo un novio de muchos años y él una novia con la que también estuvo a punto de casarse, pero se cruzó el azar veintisiete años después de que aquella partera les trajera al mundo en un pueblo del norte de la isla de Gran Canaria. Ella nació el 16 de abril de 1939 y él un poco más tarde, ya el 17 de abril; pero no se llevaban más que unas horas. Nunca les he preguntado qué canción estaba sonando cuando se reconocieron con veintisiete años en una verbena de las fiestas de la Virgen de Guía en la que él había ido a buscar a su hermana pequeña. De aquella canción supongo que nacería todo. Se miraron, se reconocieron mucho más allá del tiempo e improvisaron toda su nueva vida de inmediato. Se casaron en unos pocos meses y dentro de unos días cumplirán sus Bodas de Oro. Llevan juntos cincuenta años, tuvieron cuatro hijos, pero la vida les arrebató a su hija más querida, y aun así supieron seguir adelante y seguir creyendo en ese azar que les trajo al mundo en el mismo lugar y casi al mismo tiempo. Hoy los miro, mayores, con los achaques de la salud y los años, jugando con sus tres nietas y felices de todo lo que ha escrito el destino en sus existencias. Todo lo que soy se lo debo a ellos. Él casi nunca disfrutó de vacaciones y ella trabajaba en el colegio dando clases y luego se ocupaba de nosotros. Aprendí los valores en los que he cimentado mi vida y me enseñaron que la honradez, el esfuerzo y la bondad terminan por abrir casi todas las puertas. Entre ayer y hoy los dos han cumplido setenta y siete años. Les debía estas palabras hacía mucho tiempo.



Trabajaba limpiando las fuentes. Cada mañana retiraba las flores y las hojas secas que flotaban en el agua. Lo intentaron cambiar de trabajo muchas veces. Le ofrecían más dinero y mejores condiciones laborales, pero nunca quiso dejar ese puesto. Tenía que limpiar cuatro fuentes del casco viejo de la ciudad. Vivía para ellas. Había pedido no jubilarse pero le obligaron. Ahora viene cada día entre las cuatro y las siete de la mañana a limpiarlas. La empresa que ganó el concurso para el mantenimiento solo se limita a cerciorar cada día que están limpias. Él habla con cada una de las fuentes cuando las adecenta. Y luego viene cada tarde y se sienta un rato con cada una de ellas a escuchar lo que le cuentan con el sonido del agua. Él sabe que no hay dos fuentes que suenen iguales.

Los dos niños iban de la mano. Uno llevaba al padre y el otro a su madre. Sus padres eran ciegos. Los niños iban camino del colegio. Tenían menos de diez años. Les contaban a los padres todo lo que iban viendo por la calle. Ocupaban siempre toda la acera. Caminaban despacio. Los niños también repasaban en alto algunas mañanas los mapas que tenían que dibujar en el colegio. Los dos dibujaban esos mapas en las palmas de las manos de sus padres con sus pequeños dedos. Los padres recorrían los países y las ciudades siguiendo el rastro de los dibujos de sus hijos pequeños. A veces les engañaban y no hacían más que copiar las formas de las nubes que veían en el cielo. Esos días sus padres viajaban todavía más lejos.

Sergio Gil siempre llega cargado de carpetas y de sueños, te habla quedamente, y parece como si viniera de muy lejos, como si fuera uno aquellos artistas que esbozaban trazos en las grutas prehistóricas y entre los riscales de nuestras cumbres. Es un autodidacta, pero le ha sobrado intuición para saber dónde quiere colocar cada uno de sus pasos y para atisbar la magia del arte en cada pincelada. Ahora regresa, o llega con el trabajo de todos estos años, y se acerca de nuevo quedamente y te enseña una carpeta en la que encuentras otros colores y otras intenciones, como si hubiera mudado su piel de antaño por esa piel que queda cuando uno es capaz de desprenderse todo lo que cubre la epidermis más profunda del alma.
No se aprende solo estudiando o viajando. Se aprende observando a conciencia y siendo capaz de mantener la humildad del eterno aprendiz en la mirada. En una gran crisis creativa, Eduardo Chillida escribió esta frase: "tengo las manos de ayer, me quedan las de mañana". Pocas veces he leído algo tan certero para describir el arte, y creo que Sergio Gil suscribiría ese adagio de Chillida porque él también se ha reinventado en esta nueva obra, ha saltado a ese vacío al que solo se acercan los que arriesgan y ha salido airoso, con esa satisfacción de quien sabe que tanto esfuerzo y tantas revolturas de los estados de ánimo han merecido la pena. Un pintor triunfa cuando sabe que ha logrado plasmar en el lienzo lo que llevaba buscando desde hacía muchos años. Ha dejado atrás la figura reconocible, el color luminoso, y se ha adentrado por otros caminos, tanteando entre las sombras como decía Kafka que se debe buscar cuando solo se tienen atisbos y ninguna certeza. Y estoy seguro de que Sergio ya está rebuscando otros senderos nuevos para seguir aprendiendo. Aquí deja el basalto como recuerdo, la piedra ígnea que tiñe sin inventar colores porque los colores se inventan cada vez que alguien los remueve desde su propio misterio. La materia es casi siempre la misma, lo que cambia es el sentimiento que uno ponga sobre ella, ese corolario de todo lo que llevamos vivido, las heridas que jamás se cierran, los amores que nunca terminan, el solajero de la tarde lejana de la infancia y ese océano que Sergio Gil lleva redescubriendo últimamente de la mano de Eduardo Westerdahl, de Pedro García Cabrera o de Domingo Pérez Minik. Sigan el rastro de esos verdes, de esos rojos, de esos azules y de esos negros que dejan entrever los recovecos más profundos del artista, ese abstracto que también acabamos siendo los humanos cuando se nos mira desde lejos. Busquen al fondo de todos esos cuadros. Hay un mundo detrás que pertenece a cada una de los ojos que sepan buscar mucho más allá de las certezas.
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La exposición de Sergio Gil se podrá visitar de lunes a viernes, hasta el próximo 29 de abril, en la Casa Condal de San Fernando de Maspalomas. En la imagen aparece Sergio Gil el día de la inauguración de la muestra junto al Diputado del Común, Jerónimo Saavedra, que fue el encargado de presentar la exposición, y Marco Aurelio Pérez, alcalde de San Bartolomé de Tirajana

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No quería cambiar el exprimidor. Le decían que comprara uno eléctrico porque se ahorraría esfuerzos y trabajo, pero ella seguía empeñada en sacarle todo el jugo a las naranjas con las manos. Necesitaba esa sensación mañanera para luego enfrentarse a las rutinas y a las guerras diarias. Iba cortando las naranjas cuidadosamente y luego las apretaba sin dañar nunca la cáscara para obtener todo el jugo posible de lo que quedaba dentro. Cada naranja era un enigma. Como la propia vida. Pero ella sabía que si dejaba ese proceso en manos de una máquina acabaría olvidando.

Te van contando la vida a través de la música. La vida de Ernesto Lecuona y la de cualquiera de nosotros, la vida en las ciudades, en las teclas de los pianos, en las miradas de la gente y en ese silencio que va quedando entre dos planos como se queda siempre el silencio entre dos sueños. Hacía tiempo que no me llevaban al séptimo cielo, a ese lugar en donde las emociones se van encadenando mágicamente detrás de cada acorde y de cada plano. Las imágenes de Nueva York, La Habana, Sevilla o La Laguna son prodigiosas, de una poética y de una intensidad tremenda. El director de fotografía, Santiago Torres, ha hecho poesía con cada uno de sus planos, y el final, que no desvelo para que se sorprendan cuando la vean, con Michel Camilo caminando en medio de una tormenta, es de las escenas más emocionantes que haya visto jamás en la gran pantalla. Pero luego está la mano de los directores, y del codirector y productor, Juanma Villar, que tenía ese documental en la cabeza mucho antes de ser rodado y que ha logrado grabar lo que contaba antes de que fuera cierto, siempre y cuando el cine, como la vida, sea algo real y no un sueño necesario para seguir sobreviviendo. Y luego está todo el duende y todo el aprendizaje del arte, ese trabajo diario de quienes parece que improvisan y no hacen más que rebuscar entre las miles de horas que han estado delante del piano. Y qué grande Lecuona interpretado por todos los músicos y cantantes que aparecen en el documental, a la altura de Gershwin, o como dicen en la película un Gershwin con ecos hispanos y afrocubanos que es capaz de fusionar a Bach con el tambor del guaguancó, con los ritmos que escuchaba en su infancia habanera, o con los ecos canarios y andaluces que tarareaban en su casa. Vayan a ver Playing Lecuona. Cada ciudad, como dice ese genio llamado Gonzalo Rubalcaba, tiene su propio sonido en las calles, y solo hay que saber buscarlo y escucharlo. Eso fue lo que hizo Lecuona y lo que han hecho los intérpretes de su música y quienes la cuentan en las imágenes. Y estoy con Michel Camilo: Lecuona debe estar sonriendo contento, escuchando y mirando desde ese séptimo cielo al que a veces nos invita el arte.

Los objetos que pierden su función en nuestras vidas suelen desaparecer de nuestro entorno sin estridencias y sin que casi nos demos cuenta de ese abandono. Los coches de hace treinta años, las primeras batidoras, los ventiladores enormes que veíamos en todas partes o aquellas primeras computadoras que nos parecían de ciencia ficción se borraron de repente de nuestros paisajes cotidianos. Siempre hay alguien con un espíritu de Diógenes que se niega a tirar esos artefactos, pero sus casas se llenan de polvo o se quedan habitadas solo por esos mecanismos a los que la bulimia tecnológica va dejando fuera de todos los usos.
El otro día estábamos viendo el mediometraje de La cabina que dirigió Mercero. En aquella claustrofóbica y desastrosa historia que protagonizaba José Luis López Vázquez todos nos sentíamos protagonistas porque habíamos entrado a esas mismas cabinas infinidad de veces. En casa de esos amigos, el hijo pequeño, de ocho años, nos preguntó que qué eran esos aparatos y que dónde los podía encontrar. Nos miramos unos a otros y nos dimos cuenta de que casi no quedan cabinas, y que los pocos teléfonos públicos que encontramos ya están fuera de aquellos armatostes con los que Mercero nos agobió prodigiosamente. Aquel niño no entendía la razón de esas cabinas que en Londres forman parte del paisaje más reconocible aunque casi nadie llame a ninguna parte desde ellas. Las pocas que vemos están desvencijadas, pintadas por todas partes y saqueadas por quienes buscan monedas para sus dosis diarias. Quienes asistíamos a aquel asombro del pequeño teníamos entre cuarenta y cinco y cincuenta años, y todos, sin necesidad de decirnos nada, visualizamos decenas de cabinas en las que nos contaron muchas de las noticias que cambiaron nuestra vida. Dentro de esos aparatos juramos amor eterno, estuvimos pendientes de resultados de notas escolares o seguimos el destino de un familiar ingresado en un hospital. Los que hemos vivido en ciudades lejanas tenemos aún más complicidad con esas cabinas que ahora desconocen quienes se mueven en la pantalla táctil mejor que cualquiera de nosotros. Casi me sentí como el protagonista de Mercero cuando lo dejan en aquel lugar lleno de cabinas con hombres perdidos para siempre en sus adentros. Nosotros también seguimos marcando números en esos teléfonos, esperando a que alguien nos responda al otro lado y a que en la casa de nuestra novia adolescente no contesten nunca sus padres. Le explicamos al niño lo que era una cabina como nos explicaban a nosotros lo que era el cambullón o el estraperlo. Y él nos escuchó con la misma cara con la que nosotros escuchábamos aquellas explicaciones de nuestros abuelos. Como si le hablaran en chino o le cantaran canciones con músicas perdidas en el tiempo.


Solo pintaba sobre sábanas viejas. Lo veías recorriendo la ciudad y preguntando en las casas si sobraban sábanas que ya no usaran. Pagaba por ellas. No sabía pintar y era el pintor que más vendía y que mejores críticas estaba recibiendo. Decían que había revolucionado el mercado del arte. Lo único que hacía era calcar los sueños que se ocultaban debajo de esas sábanas que usaba como lienzos.

Mi madre me dijo siempre que rompió aguas y que me sacaron en pocos minutos. Sí es cierto que cuando me rozó sentí un estremecimiento, como si alguien me estuviera tocando desde un lugar lejano. Le agradezco la pericia de aquel día y que se haya acercado a recordármelo tantos años después. También que me dijera que estuve muerto unos pocos segundos. No sé si hicieron bien ocultándoselo a mis padres. Supongo que yo no notaria nada porque apenas me había acostumbrado al oxígeno. Tocando su mano sí entiendo un poco mejor por qué siempre me he enamorado de mujeres con dedos largos y estilizados. De alguna manera lo único que he hecho todos estos años es perseguir aquella primera caricia que me salvó de la muerte.


La ve todas las mañanas maquillándose antes de que el semáforo se ponga en verde. Ella no lo ve porque mira para el espejo y él pasa siempre por delante. Solo levanta la mirada cuando escucha que arrancan los otros motores, aunque con los años ya sabe el tiempo exacto que tarda ese semáforo. Se pinta rápido los labios y se maquilla con rímel alrededor de los ojos. Él la mira desde el otro lado cuando cruza. Un día se estos quiere pasar entre los coches y asomarse a su espejo retrovisor para decirle que está perdidamente enamorado de ella.

Se quedó solo con su perro en la calle. Era de madrugada y la llave se le había quedado dentro de su casa. Hacía mucho frío y en la ciudad no había nada abierto a esas horas. Deambularon toda la noche de un lado para otro hasta que por la mañana pudo avisar a un vecino para que llamara a un cerrajero. Había salido sin teléfono móvil. El vecino le dijo que no lo conocía de nada. Nadie lo conoció aquella mañana en que llegó muerto de frío con su perro. Ahora vagan los dos por las calles. Él pide limosna y el perro se echa a su lado. En su piso hay una luz que se enciende un rato cada noche. Él la mira desde lejos sin atreverse a tocar el timbre. Tampoco regresó a su lugar de trabajo. No tenía ni dinero, ni llaves, ni teléfono. Dormía en los parques y se abrigaba con papeles de periódicos antes de acostarse con su perro entre cartones. Una de esas noches desaparecieron los dos. Ahora está abriendo una puerta en una ciudad en la que no recuerda haber estado antes. Una mujer le dice que le llevará al día siguiente al médico. Le habla de las secuelas de un golpe y de un perro que se les murió hace dos años.

Fueron muchas horas entreteniendo a la mente con sueños lejanos. Yo repetía las tablas de multiplicar o escuchaba explicaciones tediosas de botánica mientras volaba lejos. Nunca se dieron cuenta. Trataba de no mirar a la ventana y desde entonces aprendí a mirar muy adentro para viajar lejos. Sé multiplicar y conozco las partes de las flores, pero cuando me acerco a los números sigo jugando más a la cábala que a las matemáticas, y a las flores las reconozco mejor por los olores que por todos aquellos elementos con nombres raros que tenías que dibujar en cartulinas o memorizar para aprobar los exámenes. Nunca entendí que el geranio pudiera tener pedículo o corola. Los geranios eran geranios como eran rosas las rosas del poema de Gertrude Stein o las que regaba mi abuela en el pequeño huerto que tenía detrás de su casa.

Llegó el tiempo en que la música nos terminó conociendo. Era ella la que nos elegía a nosotros sabiendo de antemano que no sería rechazada. Abrías los ojos y sobre la marcha empezaba a sonar Bach, Camarón o Dylan. No hacía falta apretar ningún botón ni seleccionar ningún archivo. Sonaba en toda la casa o en los auriculares y nosotros sentíamos que por fin nos conocían no solo por nuestra cara. Si cerrabas los ojos todo quedaba en silencio, pero hay quien dice que esa música también sigue sonando en los sueños.

Uno tiene tantas vidas como días en el almanaque. A veces protagonizamos varias existencias en veinticuatro horas o en diez minutos. Si te detienes unos segundos y repasas tu biografía, enseguida te das cuenta de que has sido más de uno y de lo que cambian quienes te han acompañado todos estos años o se han ido sumando a esa vida cotidiana. Hace tiempo veía a un hombre que estaba extraviado, probablemente enganchado a la droga, solitario, mal vestido y siempre ojeroso y apesadumbrado. Nunca lo vi pedir dinero, pero no hacía falta que lo hiciera para saber que estaba pasando una mala racha.
Al cabo de los años, encontré a ese mismo hombre en un hogar de personas acogidas que está cerca de mi casa. Me quito el sombrero ante lo que están haciendo. No siempre logran que todos salgan adelante; pero he visto cómo han renacido muchos de los que hace años todos daban por perdidos sin saber que la vida ofrece milagros donde menos lo esperas, salidas que parecían imposibles, cambios de guion que no escribirían ni los más fantasiosos creadores de esas comedias que siempre terminan con un beso antes del fundido en negro.
Todos pudimos haber sido cualquiera de ellos, y todos tenemos el deber de ayudar a quienes se esfuerzan por salir adelante. Si ya es difícil tratar de mantenernos en equilibrio en una sociedad tan cainita y competitiva, imaginen la dificultad que tienen los que llevan años lejos de la realidad y quieren incorporarse buscando esa segunda o quinta oportunidad que les permita renacer de sus propias cenizas. Todos esos fénix caminan por las calles, estrenan trabajos y tratan de escribir nuevas páginas en su biografía y en la memoria de quienes los amaron. Casi siempre llegan dejando atrás familias destrozadas y amigos a los que traicionaron para buscar la dosis diaria o para encerrarse en el fondo de un cuarto a morir un rato cada noche. He visto cómo muchos de quienes llegan a esas casas de acogida logran comenzar una nueva vida. Para mí son héroes y les tiendo la mano siempre que puedo. Alguna vez cualquiera de nosotros puede estar en su lugar. Nadie quiere caer voluntariamente y, sin embargo, hay veces en que la vida te empuja y te arrastra por ese fango de la derrota y el abandono. Ese hombre de quien les hablaba tiene ahora un pequeño negocio en el que vende sus creaciones artesanas. Todo lo que hace contiene esa belleza que solo otorga la herida que llevan consigo todos los supervivientes. Nos sonreímos siempre que nos reencontramos. Y cada vez que lo encuentro me reafirmo en que el ser humano es tan cambiante y proteico como sorprendente y capaz de renacer cuando todos lo daban por muerto. No estamos en navidad sino en primavera, esa estación en que la naturaleza también nos enseña cada día cómo renacen las flores nuevas entre la maraña y la mala hierba.

Escuchaba el llanto de un bebé en el piso de arriba. Hacía años que no vivía nadie. El bebé lloraba todas las madrugadas entre las cuatro y las cinco de la mañana. El resto del tiempo ni siquiera se escuchaban pasos en el suelo. Tampoco escuchó a nadie que calmara a aquel bebé desesperado. En su casa nadie se había quejado de aquellos llantos que a él le desvelaban cada noche. Ni su mujer ni sus hijos hablaron nunca de ese bebé. Fueron pasando los años y los llantos se convirtieron en soliloquios. Aquel niño que ahora es un hombre le fue contando su vida cada noche, una vida que terminó siendo idéntica a la suya.

Últimamente recibía llamadas a todas horas de empresas relacionadas con seguros de vida. Todas las compañías le ofrecían ventajosas pólizas si fallecía. Él callaba mientras ellos explicaban las condiciones. Le decían que sus hijos se podrían beneficiar de grandes cantidades si suscribía cualquiera de aquellas pólizas con nombres extraños. Tenía la sensación de que querían echarlo del mundo. Se conoce que estas empresas sabían que tenía ochenta años y ningún seguro de vida. Pero ninguna de ellas sabía que no tenía ni mujer ni hijos, ni que cada una de aquellas llamadas era como una especie de recordatorio del poco tiempo que le podía quedar de vida. Los escuchaba y luego los despedía con cajas destempladas. A veces les decía que él era eterno y que vería morir a todas esas compañías en los próximos cien años.

Le bastó con cambiar las rutinas diarias para ser otro diferente. Se amarró los zapatos de izquierda a derecha, y no de derecha a izquierda como llevaba haciéndolo toda la vida, desayunó en la cafetería que estaba justo en frente de la que frecuentaba hacía quince años, cruzó la calle por un semáforo más alejado que el habitual, fue por la acera contraria hacia el trabajo y al regresar a casa, en lugar de salir corriendo, se paró a tomar un aperitivo en una terraza. Luego regresó y escuchó música en lugar de ver la tele, y besó a sus hijos en la frente en lugar de hacerlo en la mejilla, y a su mujer le tocó la nuca en lugar de acariciarle la cintura, que es lo que llevaba haciendo todos estos años cada vez que ella regresaba. Se sentía un hombre totalmente distinto y tenía esa extraña sensación de estar descubriendo todo por vez primera.

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