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Archivos Marzo 2016

Estuvo conmigo en el gimnasio hace treinta años. Ganó muchos premios de culturismo y caminaba por la calle mirándose todo el rato los bíceps. Con el paso de los años lo encontré cargando muebles en un almacén que estaba cerca de mi trabajo. Seguía siendo un hombre membrudo y fuerte, pero no tenía nada que ver con aquel joven apolíneo que cuidaba hasta el último centímetro de su cuerpo delante del espejo. Hoy volví a pasar delante de ese almacén después de mucho tiempo. Era un local abandonado, como si el negocio se hubiese arruinado de la noche a la mañana y lo hubieran cerrado con los muebles dentro. Me acordé de aquel culturista que con veinte años solo creía en su cuerpo. Había dejado los estudios y nos decía que quería llegar a ser como Silvester Stallone o Arnold Schwarzenegger

Nos llamó a todos. A veces lo hacía. Luego estaba muchos meses sin dar señales de vida. Nos contaba detalles del país en el que estaba y nos invitaba sabiendo de antemano que ninguno de nosotros iría a visitarlo. Nunca salió de su casa. Fue una aventura de enciclopedia y teléfono. Hoy ha aparecido en la página de sucesos del periódico. Estafaba a la gente con timos por Internet. La noticia no era más que un breve. No había fotografía, pero identifiqué sus iniciales y la calle en la que vivía su madre. Seguía en la misma casa que habitaba cuando éramos pequeños. Aprobó cada año del colegio, pero todos sabíamos que se copiaba o daba el cambiazo. Siempre fue un farsante que quiso ser aventurero. Hoy me ha llamado diciéndome que está en un pueblo remoto de Nueva Zelanda. De fondo se escuchaba el chirriar de los barrotes.

Apareció anoche en mi sueño. Me saludó con la mano y volvió a marcharse por la misma calle por la que había llegado caminando mientras yo soñaba una historia que ahora no recuerdo. Me hizo una señal y cuando quise abrazarla desapareció en la niebla. La recordé al despertar unas horas más tarde y fui a esa calle que sí reconocí en el sueño. El viento no dejaba de mover un papel con una letra extraña. Tampoco pude alcanzarlo. Esa misma noche, en otro sueño, tuve ese papel entre mis dedos. Se convirtió en ceniza. Ahora escribo esto con los dedos manchados por las tostadas que se me acaban de quemar en la cocina. Trazo su cara en un papel como en aquellos dibujos al carboncillo que a los dos nos fascinaban cuando los encontrábamos en los museos que fuimos recorriendo por medio mundo.

Uno también regresa adonde nunca había estado. Y esto no es un oxímoron ni un contrasentido. Todos hemos llegado por vez primera a ciudades en las que nos sentimos como en casa. Viajar es aprender a sorprenderte, a saber que se repiten las mismas personalidades y los mismos roles en todas partes, y también es una cura de humildad cuando sales a la calle y no te conoce absolutamente nadie, y te sientes libre de presiones o de tener que interpretar un papel que muchas veces no te pertenece. Viajar es tan importante como leer. Y a veces ni siquiera hace falta que te levantes del sillón para partir lejos. Es como lo del regreso que decía al principio. Porque quien viaja una vez ya lo hace para siempre en su recuerdo, o aprende a evocar vivencias detrás de las paredes o de las fronteras que le encierran.
Un amigo que se había marchado hace mucho tiempo regresó buscando su casa de la infancia en las afueras de un pueblo de esta isla. No sabía nada de él hacía décadas, pero nos encontramos en esas redes sociales que a veces sirven para algo más que estar bobiando o viendo pasar el tiempo en la parpadeante mentira de las pantallas. Lo acompañé atravesando rastrojos y caminos que habían desaparecido entre la maleza. Cuando llegamos donde estaba aquella casa solo había un árbol y muchas zarzas y hierbajos por todas partes. Quedaban los muros de lo que un día había sido la habitación de sus padres. Todo lo demás era una gran higuera que en el mes de marzo estaba sin hojas y sin frutos, como un osario a la intemperie bajo un cielo que parecía de verano. Los padres de mi amigo eran aparceros que fueron cambiando de tierras y de casas durante años, pero en aquella casa se asentaron casi una década, y fue allí donde este amigo acudió al colegio, leyó los primeros libros y coleccionó estampas que intercambiábamos en la plaza del pueblo o a la salida de misa los domingos.
Todavía estaba el nisperero que había en el jardín. Sus hojas rozaban la higuera que ocupaba casi todo el espacio en el que había estado la casa. Había nísperos. Nos los comimos directamente del árbol. Es como único me saben los nísperos, una fruta silvestre como la mora o el higo que uno agradece siempre en los caminos y que cada vez que pruebo me devuelve al jardín de la casa de mi abuela. Mi amigo lleva muchos años fuera de la isla. Vive en otro continente y llevaba toda su vida recreando cada metro de esa casa que ya no existe. No hizo falta que me dijera nada. Me alejé unos metros y lo dejé solo. Sus padres murieron hace años y su única hermana vive en la Península. De lejos solo escuchaba el canto de los pájaros que revoloteaban entre la higuera desnuda y el nisperero. Mi amigo andaba despacio con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en otro tiempo.

Hubo noches de marzo en que respiraste ese olor de los naranjeros cuando pasabas por aquella carretera que te llevaba a tu casa. Hace semanas que vives en otro país. Has comprado estas naranjas en el supermercado y ahora estás frente a ellas. Estás un rato en silencio antes de pelarlas. Son solo unos segundos. Los suficientes para que rememores aquel olor de azahar de algunas madrugadas. De un momento a otro comerás tu propio recuerdo. Y ya sabes de antemano que será agrio.

Bebía agua a todas horas. Todos le decíamos que lo que estaba haciendo era una tontería y que la sed, cuando llega, no entiende de antiguas abundancias ni de reservas. Otros lo hacen con el dinero como si fueran eternos o como si creyeran que le pueden comprar a Caronte otro viaje de vuelta con los dígitos de sus cuentas corrientes. Él bebía agua y luego salía a la calle a caminar un rato. Nunca se alejaba mucho de su casa y llevaba siempre una pequeña botella en su mano. Iba tomando sorbos cada dos pasos. Hoy lo incineramos y se evaporó igual que los sedientos.

Todas las melodías transitan por un tiempo sin acordes. Cuando era pequeño hablaban de prodigio y casi de milagro. Wolfgang había aprendido a escuchar los sonidos que llegaban desde muy lejos. Los pentagramas solo recogen el eco de una armonía interminable. Se lo repetía siempre a los más cercanos, que la genialidad no era más que un esfuerzo por escuchar lo que casi todos ignoran por no querer buscar un poco más allá de lo que tienen delante.

Todos iban de la mano, de dos en dos, caminando por aquella avenida interminable. No se conocían entre ellos, ni siquiera los que juntaban sus dedos en el trayecto. Miraban hacia delante, como si siguieran alguna imagen lejana. Ella se separó unos metros y se quedó sola. Se sentó en una piedra de color magenta que había en el suelo. Luego volvió a escuchar voces y a ver a otros cientos de seres unidos por las manos. Ahora caminaban de espalda y giraban sus cuellos como jirafas perdidas en medio de la sabana. Ella buscó el cielo y solo encontró un cristal contra el que apoyaba la cara. Todo se llenó de vaho en un instante. Alguien la tocaba y le decía que regresara a la mesa. Le dieron la mano y la llevaron despacio hasta el comedor que estaba en el otro lado de la casa. No reconocía esos dedos que la apretaban.

Había escrito unos números y unas letras en mayúscula, pero entre el baño y el despacho había perdido la memoria de los últimos minutos. Alguien la llamó. Improvisó el primer nombre que le vino a la mente y la otra persona la besó y la abrazó como si no la hubiera visto desde hacía mucho tiempo. Le preguntó por la clave y ella le acercó el papel que estaba sobre su mesa. Luego desaparecieron los dos en medio de la gente, se volvieron humo entre la multitud que seguía caminando por las calles creyendo que llegarían a alguna parte.

Alguien hablaba esta mañana de países que ya no existen. Tú desayunabas en una mesa cercana y aquella mujer le contaba a su hijo que había países con nombres de letras como la URRS o la DDR al mismo tiempo que le iba dibujando en una servilleta cómo eran las fronteras de sus mapas escolares. Tú también estudiaste con aquellos mapas colgados junto a la pizarra. Hoy no sirven para nada. Fueron tan efímeros y tan poco fiables como los trazos de aquellos problemas de matemáticas que tampoco nos han servido para cuadrar las cuentas de nuestra vida diaria.

Me gusta pasear por Triana escuchando el eco de las actuaciones improvisadas. Uno camina siguiendo la estela de un bolero, reconociendo a Bach entre las sombras de las fachadas modernistas o viendo como casi llegan a bailar los maniquíes de algún escaparate cuando se juntan un guitarrista y una joven tocando el saxofón y apuntando directamente a la fusión musical de Nueva Orleans. Algunos domingos también encuentras a los niños pintando monigotes o construyendo cometas con papel de cebolla y te detienes delante de una marioneta llamada Lupita que baila con más de veinte hilos la sandunga de Celia Cruz o de Elena Burke. Uno agradece siempre el eco del arte improvisado en cualquier calle del mundo.
Cada primer domingo de mes también puedo entrar gratis a los museos, y aprovecho para acercarme a cuadros ante los que otras veces he pasado de largo. Vale la pena visitar un museo tratando de mirar solo un par de cuadros detenidamente. Me pasa sobre todo en la Casa de Colón, con Ribera, Nicolás Massieu y toda la colección pictórica que muchos no saben que tienen a la vuelta de la esquina en esa casona de Vegueta con peces luminosos a la entrada y con un par de papagayos que campan a sus anchas por los patios canarios. Hay un cuadro en la Casa de Colón que les invito a mirar detenidamente. Se titula El Memorialista y es obra del pintor sevillano, Manuel Cabral y Aguado Bejarano. El Memorialista, del que no sabemos el nombre, escribe las cartas que le dictan quienes acuden ante su mesa dispuesta a inventar metáforas para contar lo cotidiano. Supongo que muchas de esas cartas serían para amores que habían ido a hacer las Américas. La escena es de mitad del siglo diecinueve; pero el amor necesita vestirse de palabras en cualquier tiempo y en cualquier circunstancia. Recuerdo también una película de Gutiérrez Alea, con guion de García Márquez, titulada Cartas del parque, en la que se contaba la historia de esos escribidores de cartas que se sentaban en una plaza de Matanzas a esperar que llegaran quienes no sabían escribir o quienes necesitaban contar lo que sentían dando otro sentido a las palabras. Todos buscamos metáforas para que perdure lo mágico o para que las vivencias que merecen la pena no se parezcan en nada a lo rutinario. Vargas Llosa también cuenta que comenzó a escribir cartas de amor para sus compañeros de internado en el Leoncio Prado. Escribía a cambio de cigarrillos sin saber que de aquellas cartas de amor inventadas vendrían luego La ciudad y los perros o Conversación en la catedral. Pero todo esto que he escrito se lo debo a un cuadro pequeño, casi escondido en una sala silenciosa que está en la segunda planta de la Casa de Colón. Allí está el Memorialista, que no es más que un hombre escribiendo o inventando la vida de quienes necesitaban las palabras para seguir existiendo.

Nadie se ha dado cuenta ni yo lo he contado jamás; pero si vieran mis películas con detenimiento lo verían siempre en algún plano. Como ya sé que su presencia es inevitable, en cada película hay una escena con grandes multitudes. A veces es un concierto y otras un plano a alguna calle de una gran ciudad o un acontecimiento deportivo. Él siempre aprovecha esos planos largos para mostrarse. No es un ególatra ni tiene ansias de protagonismo. No sé quién es, ni por qué necesita aparecer en la pantalla. A veces pienso que solo ruedo películas para que él pueda seguir existiendo.

Esa noche había soñado que tenía un pájaro en una jaula y que se había olvidado de él desde hacía años. Se acercó y el pájaro aún parpadeaba aterido de frío y casi desplumado. Recordó la canción que le silbaba cada mañana justo antes de salir para el colegio. Los dos se miraban entonces compartiendo una pena solidaria, el niño por el encierro de todas aquellas horas en el aula y el pájaro por el ansia de una libertad que jamás conoció fuera de aquellos barrotes de la jaula. Él tiene ahora cincuenta años,pero en los sueños nunca se mueren los pájaros.

El número de la calle estaba en un muro que ocultaba una finca abandonada y llena de maleza. Le pregunté a una señora que llevaba cincuenta años viviendo cerca de aquel muro y me dijo que en su día hubo allí una casa que siempre tenía el balcón lleno de geranios. Vivía una familia con dos hijos adolescentes. Murieron los padres y los hijos se fueron a vivir a una ciudad lejana. Una mañana se cayó el balcón y al poco tiempo la declararon en ruinas. Esa mujer que me hablaba no me contó que estuvo enamorada de uno de aquellos jóvenes que se casó en una ciudad lejana, ni que aún sigue escribiendo cartas sin remite que sabe que no llegarán a ninguna parte.

Le gusta salir a conducir en las madrugadas. Se adentra en las autopistas y acelera hasta que amanece. Cuando llega al lugar en el que sale el sol, se desvía en la primera salida y busca una ciudad o una casa donde dormir todo el día. Lleva haciendo eso desde hace dos meses. Nunca se fija en los carteles ni en los nombres de los lugares que habita. Solo sigue el rastro de lo que va iluminando las luces del coche. Mira fijamente hacia el horizonte y viaja hasta el final de la noche. No quiere pensar en nada ni regresar a su casa.

Nadie nace sabiendo cómo se lavan los dientes. Lo pensaba delante del espejo, moviendo maquinalmente la mano y restregando el cepillo por sus paletas y sus caninos. Se detuvo y trató de recordar quién le había enseñado a poner la pasta y a mover el cepillo como lo lleva haciendo desde hace casi cincuenta años. No lo recordaba. Ni siquiera era capaz de recordar cómo era su primer cepillo. Ahora mira a los ojos que ve en el espejo y trata de viajar en el tiempo todo lo que puede. Algunas veces tiene la impresión de que le observa un niño que aún sigue tanteando despacio aquel primer movimiento.

Le pedía un café para llevar. Ella ni siquiera miraba cuando lo preparaba. Pagaba y salía a la calle a caminar con el vaso. Sentía el calor entre sus dedos y soñaba que andaba con ella de la mano. Cuando se enfriaba lo dejaba en alguno de los bancos del parque. Nunca le gustó el café, pero era lo que ella preparaba en aquel establecimiento lleno de trabajadores apurados. Cuando sentía el calor del vaso soñaba que le decía lo que ensayaba cada día delante del espejo justo antes de salir de la pensión: "He venido para amarte, llegué a esta ciudad pensando que iba a estar unas horas y llevo diez años viviendo en ella solo para venir a verte cada mañana".

Tienen razón esos que dicen que pedaleando regresas sin darte cuenta a la infancia. Desde hace unos meses me muevo en bicicleta por Las Palmas de Gran Canaria, una ciudad que en su parte baja carece de cuestas o de tramos complicados. Por eso me pregunto cómo hemos tardado tanto tiempo en intentar parecernos a Amsterdam. Tampoco entiendo por qué decidimos un día echar a La Pepa de nuestras calles y dejar solo unos raíles como si eso fuera un motivo de orgullo. Y es que era al revés, cuando aparecieron esos hierros en Triana era para avisarnos de que habíamos sido unos cenizos enterrando el tranvía, y que lo que teníamos que hacer era tratar de recuperarlo cuanto antes. No me gustaría morir sin haber recorrido en tranvía esta ciudad contradictoria, cosmopolita y atlántica en la que vivo hace años como mismo puedes recorrer Lisboa, San Francisco o Amberes, o como cuando vas y vienes de Santa Cruz de Tenerife a La Laguna sin atascos imprevistos.
Pero yo quería hablarles del carril bici y de lo mucho que se parece a los otros carriles o a las aceras por donde transitamos los humanos cada día. Cuando vas por la Avenida Marítima te tienes que cuidar de los Indurain que van en bicicletas que parecen cuatro por cuatro y que no frenan aun sabiendo que tú apenas tendrás sitio cuando pasen ellos. Y eso que saben, además, que solo te separa un bordillo de la pista cuando pedaleas en dirección a San Telmo. También te encuentras con los lumbreras que han enjaulado a los ciclistas entre el Teatro y la Audiencia con dos carriles por los que no caben ni las chopers de cuando éramos chicos. Cuando vas por el carril bici tienes que estar atento a los despistados que caminan como si lo hicieran por la orilla de Las Canteras o a los que llevan a los perros con las correas extensibles entrando y saliendo del espacio acotado para que pasen dos ruedas con un cuerpo encima, y con una cabeza que sería el parachoques si se cruza ese perro, ese peatón despistado o si aparecen esas parejas que pedalean y hablan ocupando los dos carriles. Así y todo me quedo con lo bueno que me aporta este ciclismo aficionado que practico desde La Laja a La Isleta. Ya estoy deseando que abran ese carril que nos lleve a Telde por la costa o que acondicionen la ruta desde el Pambaso por el Guiniguada para emular a los paisanos de Van der Does subiendo en bicicleta por donde él se adentró con intenciones aviesas y poco deportivas. Al final, como decía al principio, uno regresa a las aventuras de la infancia según se sube en la bicicleta, y además nos permite mantenernos en forma y bajar el colesterol y la barriga de las cervezas. Y encima parece que volamos como aquel día en que nos quitaron los ruedines y descubrimos que podíamos recorrer los caminos de la vida dependiendo de nuestros propios equilibrios.

La enterró y no salió de su estudio hasta no conseguir una marioneta que fuera una réplica exacta de ella. Tiene más de treinta hilos que maneja con un mecanismo de hierros que ha inventado para poder darle vida. La hace hablar, bailar y caminar por el suelo. Sus ojos son exactamente iguales que los de ella. Mueve los hilos para abrirlos y hace que le mire fijamente durante toda la tarde. Mamá y él llevaban juntos desde los quince años.

Queda lo que ves cuando no pasas de largo, lo que de repente se convierte en verso o en recuerdo, el ánimo con el que uno atraviese los caminos y se aventure en sus propios viajes. Aquí el poeta nos cuenta sus Impresiones de paso, y cuando escribe detiene esa mirada certera en el tiempo. Revuelve orillas lejanas y trata de vislumbrar lo que se esconde más allá de todos los horizontes; pero también viaja en esos trenes que nunca se detienen en ningún lugar de la memoria. Finalmente, el poeta arriba a la estación serena de los haikus y de las palabras que muestran mucho más de lo que dibujan las letras.
"Ya sabe el viajero: las respuestas/no importan si no importan las preguntas." Para el que viaja como se asoma Santiago A. López Navia a la vida no es necesaria ninguna ruta trazada en el mapa, ni tampoco ningún destino. El poeta sabe que el destino es el misterio, la trama de la vida, lo que solo se encuentra cuando seguimos andando. Siempre hallaremos otra nueva pregunta sin respuesta donde quiera que vayamos. Y quedan esos zapatos que el poeta dejó en Bahía después de haber recorrido con ellos muchas ciudades y paisajes. Las suelas sí las desgasta el tiempo y el asfalto, y a veces también nuestra propia mirada. Y aprendes a dejar atrás lo vivido sin tener que asumir ninguna derrota, mansamente, como pasan las aguas de un río o como vienen y van esas olas en las que uno siempre sabe que se está dejando algo que jamás regresa.
"El tren llegaba luego y a su paso/mi padre se inventaba alguna historia/sobre sus viajeros, su destino,/hasta que se perdía en la distancia." A nosotros también nos inventan una historia cuando nos ven pasar por la calle, y al mismo tiempo escribimos o inventamos las historias de nuestros semejantes. Todos somos viajeros que alguien cuenta como el padre del poeta cuando veía pasar los trenes del pasado. Y "En medio del viaje, en un momento,/como un cromo de un álbum olvidado, nimbada de un misterio silencioso/surgía la estación abandonada." Así reconoces a veces tu paisaje, y entonces sacas un papel y una pluma que mojas en tu propia soledad, y escribes versos sobre esas estaciones que un día estuvieron atestadas de gente y que ahora tienen los cristales de las taquillas rotos y ese polvo que oscurece los lugares que dejan de frecuentar los viajeros. Pasas de largo, pero descubres las sombras de todos los que esperaban el tren en esos andenes desbaratados en los que ahora solo duermen los vagabundos que ya no quieren viajar más lejos. El poeta jamás olvida esa imagen que acabará siendo un verso.
"Yo sé que alguna vez, más adelante,/me volveré a subir a su cabina/y llegaré al final, donde me espera/esa estación alegre de mi infancia." Y es que tal vez solo viajamos para reencontrar a aquel niño que era capaz de inventarse un mundo nuevo cada día de la semana. Seguimos hacia delante con la secreta ilusión de que alguna vez encontraremos el camino de vuelta que nos permita abrazar a aquel niño que trepaba a los árboles o que soñaba con ser mayor sin saber que ese sueño no era más que la ilusión de un extraño viaje que no nos lleva a ninguna parte. "Acecha el túnel/tras el espejo negro/de la ventana." Y entonces es cuando escribimos como los otros tocan el techo buscando la suerte. Nuestra suerte es la palabra que nos salva. Lo sabe Santiago A. López Navia porque ha viajado lejos muchas veces sin alejarse de sus entrañas. Y cuando realmente está en otro continente o en un país lejano se da cuenta de que todos los viajeros estamos hermanados en esa maravillosa aventura que es la vida diaria de quienes no saben qué es lo que va a suceder dentro de un rato. "Un niño inventa/el mapa de su mundo/sobre el triciclo." Pedalea escribiendo y solo mira hacia atrás cuando escribe versos y logra que se reencuentren todas las miradas.

Este texto aparece como prólogo, junto a otro escrito del poeta José Miguel Junco, del libro Impresiones de paso , de Santiago A. López Navia, que presentamos anoche en la sala de Ámbito Cultural de Las Palmas de Gran Canaria y que ha sido editado por Ediciones La Discreta.

Ya no me detengo cuando le doy unas monedas. Debe tener unos setenta años. Cuando me paraba, siempre me pedía que lo grabara con el móvil y que pusiera el vídeo en esas cosas que ve todo el mundo. Llamaba cosas que ve todo el mundo a las redes sociales. Desafina una barbaridad y confunde las letras de todas las canciones. Él está empeñado en que si subo los vídeos lo podrá ver algún productor importante que lo saque por fin del anonimato callejero. A veces para a los extranjeros para que lo graben. Los paseantes habituales cambian de acera cuando lo escuchan. Cada vez canta con gritos más desesperados. Tiene un cartel que pone que es artista y que lo dejó todo para buscar la fama cuando tenía veinte años. Me conmueve su insistencia y el que se siga escuchando como si fuera Lucho Gatica o Cheo Feliciano.

Me lleva saludando hace varios años. Siempre me confunde con otro. Él no para de presumir de su memoria fotográfica cada vez que me ve. Y en cada uno de esos encuentros me llama siempre por otro nombre que no tiene nada que ver con el mío. No he querido atentar contra su autoestima. Por eso no lo he corregido nunca. Prefiero ser ese otro y contarle una vida que no conozco antes que echar por tierra esa virtud de la que él presume como si fuera un don divino. He llegado a soñar con ese otro nombre con el que él me confunde. Y en esos sueños me he encontrado con otra familia y con otros amigos. Alguna vez aparece él dictándome alguno de los argumentos que luego escribo.

Fueron pasando los meses y fui perdiendo paraguas en todas partes. Llegaba siempre al trabajo solo con los forros en el bolsillo del abrigo. Los he ido acumulando en el último cajón de mi mesa. Casi todos mis paraguas fueron verdes. Nunca me paré a elegir los colores pero se conoce que el azar ha querido darme esperanzas en los días de lluvia. Cuando salga hoy me mojaré si llueve. Hay quien dice que el agua de la lluvia también trae suerte si te bendice en algunos días de invierno.

Somos distintos para soñar que podemos llegar a ser iguales. Lo que vale es el tiempo y el espacio que habitamos. No hay nada más. Todo lo que nos separe en derechos, oportunidades y proyectos de futuro está condenado a fracasar. Cada ser vivo es diferente, pero no por ello ha de imponerse uno sobre otro. Desde la diferencia hay que buscar la misma igualdad para todos. A estas alturas, por lo menos en el mundo occidental, o en lo que va quedando de él, tendríamos que tener claro ese planteamiento inicial. Sin embargo siguen apareciendo los carcas y los sietemachos de nuevo cuño, cada vez más jóvenes y más pendencieros, tratando de reivindicar su poderío con la violencia y el uso de argumentos medievales y sexistas. No podemos dormirnos porque el atavismo talibán lo llevamos grabado tras muchas generaciones pasadas en las que la mujer fue vejada y apartada de la cultura, la creación y hasta del derecho que tiene todo ser vivo a soñar con ser feliz. Sigue pasando en muchos países, y jamás debemos admitir una religión o un régimen político que menosprecie a cualquiera de los dos sexos.
Hace un tiempo se presentó un estudio en el que se venía a decir que las mujeres tienen más capacidad de percepción de la belleza que los hombres. Ellas utilizan los dos hemisferios cerebrales para captar y valorar un cuadro, una sinfonía o un poema. Los hombres sólo nos acercamos a la belleza activando el hemisferio derecho. No creo mucho en esos estudios que a veces sólo buscan llamativos titulares en la prensa, pero en este caso comparto las conclusiones. En la literatura, por ejemplo, es la mujer la que más y mejor lee, y los que nos hemos criado en estas islas sabemos que fueron nuestras abuelas las que guardaron las pocas historias que hoy han llegado hasta nosotros. Cada vez que leo lo que escribo reconozco la cadencia y los ritmos que le escuchaba a mi abuela cuando, al llegar la tarde, comenzaba a desgranar todo un mundo maravilloso de sueños y de mágicos relatos que entonces no relacionaba con la literatura. Formaba parte de lo cotidiano. No sabíamos que nos estábamos escribiendo a nosotros mismos. A Dante le bastó cruzarse unos segundos con Beatriz en el Puente Vecchio de Florencia para escribir La Divina Comedia. Lo que parece intrascendente te puede cambiar la vida, y la mujer ha sabido siempre que todo empieza y acaba en la palabra. Cualquiera de ellas sabe que aún nos queda mucho para poder pronunciar, sin sonrojarnos, todos los sinónimos de igualdad.

Se levantó de madrugada a tomar agua y se le cayó al suelo uno de los botes de las especias que estaba sobre el poyo de la cocina. Nunca encendía la luz y era medio sonámbulo. No llegó a oler la canela. La había cogido antes de acostarse para darle algún sentido a una de las natillas preparadas que había comprado en el supermercado. Se acostó de nuevo y amaneció muerto porque su corazón no había podido soportar la excitación interminable de sus sueños. La canela era su afrodisíaco infalible. Toda la casa olía a canela y a sexo cuando entraron y lo encontraron muerto sobre su cama.

Muchas veces tendemos a pensar que en el pasado se vivía mejor. Pero como dice un amigo mío, el pasado, por muchos recuerdos que uno acumule, no es más que una ficción de la mente que cada uno puede transformar a su antojo. Antonio Machado escribió que hoy es siempre todavía, entre otras cosas porque Machado era un hombre sabio que también sabía que el futuro no es más que otra entelequia que creamos a nuestro antojo cuando necesitamos escapar de la realidad por algún camino.
En esos pasados que recreamos nosotros siempre éramos menos sabios y no conocíamos lo que ahora mismo tenemos delante, pero cuando nos vamos aún más lejos en el tiempo y creemos que en Roma o en el Egipto de los faraones se vivía mejor que ahora entonces sí es completamente cierto que todo es más literario de lo que parece. Recuerdo un amigo que me dijo un día que él querría haber vivido en el mismo momento histórico que don Quijote, y que su sueño era coincidir con él en esos caminos de la caballería y la aventura. Hablaba de Alonso Quijano como si fuera un personaje real, y de alguna manera, por eso hablo todo el rato de ficción, es verdad que Alonso Quijano es más cierto que el propio Miguel de Cervantes Saavedra.
Donde sí me contradigo cuando hablo del pasado es en la comida. Todas las madres dicen que el potaje no les queda igual que el de nuestras abuelas, y nosotros decimos que nuestros potajes no se parecen a los que hacían esas mismas madres cuando éramos pequeños. Vale que puede que nuestros ancestros tuvieran más jeito para lo culinario, pero para mí que la clave está sobre todo en la materia prima. Ni las zanahorias, ni la carne, ni las papas saben como sabían hace años, y tampoco tenemos todas las prevenciones que tenían entonces, aquellas especias que guardaban como oro en paño y cuyas mezclas conseguían que cada comida supiera diferente al resto. Las prevenciones las tenemos casi olvidadas, y es una palabra bella de nuestro acervo que además acierta con lo que cuenta. También tenemos olvidada otra palabra de la que me habló un amigo por Triana hace un tiempo. Yo no la conocía, pero el otro día pregunté por su significado a unos mayores y todos acertaron sobre la marcha con lo que indicaba. Hablo de encetar. Una palabra bella que memoricé sobre la marcha para no perderla en ese escotillón por el que estamos perdiendo el léxico de nuestros abuelos. Encetar es catar o probar algo. Y de eso se trata, de ir encetando nuestros propios días para que ninguno de ellos se nos vaya de las manos. También hay que tener siempre escondidas en alguna parte esas prevenciones que nos salven en los malos momentos. Valen libros, canciones, abrazos o paisajes. Y si no ahí están las ondas gravitacionales que predijo Einstein. Lo que tú mismo generes será al final lo único que encuentres.

Siempre apagaba las luces. Era un maniático que revisaba dos o tres veces todas las habitaciones antes de salir de casa. Por eso cuando llegó por la noche después de estar todo el día trabajando no concebía que hubiera dejado las luces del salón y del pasillo encendidas. Maldijo su despiste y se prometió concentrarse aún más en los próximos días. No sabía que no le volvería a pasar. Tampoco unió la muerte de su abuela con aquellas luces que se encendieron justo en el momento en que ella moría en el otro lado del mundo. Con el cambio horario, le avisaron a última hora de la noche. Ya estaba en la cama. Se levantó y encendió la luz del pasillo y del salón nuevamente. Pensó en su abuela sin saber que ella le estaba mirando.

A lo mejor solo vine para ver brillar estas hojas de palmera un día de marzo de 2016. Esas palmeras llevan en el barranco cientos de años. Han visto pasar a muchos caminantes cabizbajos, altivos, serenos, ansiosos, altos y bajos. Estos barrancos llevaban agua hace muchas décadas. El sol da de lleno entre las hojas humedecidas por la tarosada. No sé qué me ha hecho levantar la mirada. He pasado muchas veces debajo de esta palmera sin mirar hacia arriba. Canta un pájaro. No se escucha nada más en el barranco. A veces la vida se muestra con esa desnudez que tanto olvidamos corriendo como posesos tras el ruido mendaz de lo que creemos importante.

Los periódicos viejos amarillean como los recuerdos. También acumulan polvo, que es el olvido que va borrando las letras de quienes un día se creyeron importantes. Él apilaba periódicos de papel en el trastero. Los guardó durante años para recoger los excrementos del perro, pero ya no tiene perro desde hace mucho tiempo. Sigue sin tirarlos, como si estuviera empeñado en salvar el pasado, aunque él se repite a sí mismo que los guarda por si vuelve a tener un perro. Pero sabe que todos esos papeles se desmigajarán entre sus dedos con la misma facilidad con la que se desmigajan y se confunden casi todos los recuerdos.

Cantaba la letra más triste y desoladora que jamás haya escuchado. Estaba medio desnudo, sucio y con aire de llevar mucho tiempo durmiendo en la calle. Improvisaba la que parecía su historia con los ojos cerrados, y sin embargo jamás había escuchado a nadie interpretar unos ritmos tan festivos como los que sonaban en aquella calle de un país caribeño en una tarde de cielo azul y solajero. Aquel hombre pedía que le echáramos algún dólar en un plato rumbiento mientras se contoneaba y saltaba como un orate desaforado siguiendo los acordes sandungueros que salían de su tormento.

Ella decía que era como la música del Titanic. Yo tocaba el violín, hacía mucho frío y la miraba con cara de pena para ver si me daba algo de dinero. No me dejó ni unos pocos céntimos. Abrazó a su novio y lo besó. Le dijo que esa música la había puesto muy romántica. Vi cómo él le acariciaba disimuladamente las nalgas. Se alejaron en dirección al hotel que está justo al lado y yo seguí tocando el violín bajo la lluvia. La chica tenía razón, soy como el Titanic y en cualquier momento me voy a hundir en medio de estos charcos mientras ellos ya se estarán acariciando con esta música de fondo. Les estoy dedicando un repertorio de temas de amor para ver si cuando bajen me dan dinero por toda la pasión que les he regalado esta tarde.

Todos los domingos ponía lavadoras. Llevaba haciendo eso desde hacía diez años y nunca había sido sucedido nada extraño. Hoy, cuando sacó la ropa mojada, se encontró que nada de lo que allí había era de ella. Así y todo la tendió como llevaba tendiendo la ropa todos los domingos desde hacía diez años. Al recogerla a última hora de la tarde se encontró a aquel hombre sentado en el salón de su casa. Ella pensaba que se había divorciado hacía diez años y que solo ponía las lavadoras con su ropa, pero se entiende que el tiempo le había jugado una mala pasada y que aún seguía casada con ese hombre que tanto detestaba desde hacía por lo menos diez años.

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