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Archivos Febrero 2016

Jamás se lo perdonó. Ella tiene ahora cincuenta años y él ochenta y seis. No se lo dijo, pero desde aquel día le miró con ojos rencorosos. Él trataba de ser cariñoso todo el tiempo, pero nunca conseguía sacarle una sonrisa. Tampoco lo besaba. Ella tenía seis años y él cuarenta y dos. Había comprado la tarta el día anterior y esa noche salió de farra con sus amigos a celebrar una sonada victoria del equipo de fútbol de la isla. Cuando llegó tenía mucha hambre y levantó el corcho que cubría la tarta. Primero quiso coger solo una guinda, luego pasó el dedo por el merengue y al final se comió la mitad de aquella tarta de cumpleaños. No pudieron conseguir otra al día siguiente. Era domingo y estaba todo cerrado donde vivían. Tuvo que soplar las seis velas colocadas en fila entre los restos que había dejado su padre en la madrugada. Sus primas se burlaron de ella todos los años siguientes y no quiso volver a celebrar ningún cumpleaños. Hoy se lo está echando en cara a su padre, pero él sonríe y la confunde con su madre. Su madre murió hace nueve años. Él le dice todo el rato que se quiere casar con ella y que le gustaría tener muchas hijas con ojos alegres.

Hay cuerpos que se acarician siempre con los ojos bien abiertos. A veces se sueña la belleza y otras veces se roza con la punta de los dedos. Es mentira que los sueños no se cumplan. Los poros de su piel desmentían cualquier axioma que tuviera que ver con el desaliento. Luego se vestía y se marchaba. Yo me quedaba en la cama dibujando los contornos de su cuerpo como cuando era niño dibujaba las formas de las nubes en el cielo. Nunca se ama a la misma mujer aunque sea la misma todas las veces.

Seguía recibiendo correos electrónicos de la Comunidad de aquel edificio en el que había vivido durante ocho años. Alguien continuaba contando las incidencias, detallando los presupuestos o proponiendo arreglos en la fachada o en los jardines comunes. Él se acercó varias veces para cerciorarse de que lo habían demolido y de que el solar que quedó tras esa demolición se había convertido en un gran vertedero. No se atrevía a responder ninguno de aquellos extraños correos que contaban la vida de los seres que seguían habitando el inmueble en el que él había vivido los ocho años más felices de su existencia. Él también era uno de aquellos moradores que se habían quedado entre la nada de otro tiempo.

Me dejó su tarjeta cuando nos tropezamos en la calle. Hacía treinta años que no la veía. Apenas nos dio tiempo de hablar. Los dos teníamos prisa. Es increíble que después de tanto tiempo sin vernos no fuéramos capaces de romper los compromisos de nuestras agendas para sentarnos y recordar los meses en que nos amamos. Teníamos diecisiete años entonces. Yo la vi como mismo la veía en aquel tiempo. Reconocí sus gestos y el hoyuelo que se le formaba en la mejilla cuando sonreía. En la tarjeta pone que es directora de banco. Se despidió diciéndome que la llamara si alguna vez necesitaba un crédito.

Se empeñó en escribir con el bolígrafo sobre la pantalla del móvil. Él decía que todas esas letras se estaban grabando en alguna parte. Su primera novela había sido un éxito de críticas y de ventas. Ahora llevaba años escribiendo la segunda novela con esas letras invisibles sobre la pantalla. Se sentaba nueve horas diarias y estaba seguro de que había alguien leyendo en otra parte esa obra maestra que decía que estaba escribiendo. El editor le dijo que no se preocupara y que el bloqueo acabaría pasando, pero se fue aislando cada vez más. Lo empezaron a comparar con Salinger; pero él sí salía a la calle y hacía vida social. Y además no dejaba de escribir en ningún momento. Fue su hijo el que con los años escribió la novela de lo que le había pasado y el que ahora es un exitoso escritor que contó como nadie la historia de un padre atrapado entre letras que no podía ver nadie.

Llevaba el otoño en sus zapatos a todas partes. En las noches de verano uno escuchaba el crujir de las hojas secas cuando él caminaba por las calles en las madrugadas.

El hombre vino cuatro veces seguidas a preguntar lo mismo. Quería saber si la infusión del guayabero blanco aliviaría sus males de estómago. La pescadera le aseguraba que se quedaría como nuevo para quitárselo de encima. Luego nos contó que el hombre venía cinco o seis veces cada mañana desde que había muerto su mujer. Ella le recomendó esa infusión la primera vez que vino, pero él nunca se había parado en el puesto de la yerbera. Lo único que quería era decirle a la pescadera que su mujer había muerto y que estaba solo. A última hora de la mañana le compraba un lenguado pequeño y le volvía a decir que se quedaba triste delante del plato cuando solo veía espinas y no había nadie junto a él en la mesa.

Cada mañana baldeaba la acera que estaba delante de su casa. Llevaba haciendo eso desde hacía cincuenta años, día a día, menos el domingo, que iba a misa temprano y luego se acercaba con su marido a la plaza del mercado a desayunar churros con chocolate. Me acostumbré al olor de zotal de esa calle durante todos estos años. Ahora paso delante de su casa poco después de que amanezca y siempre está seca la acera. Ya no vive nadie. Ella apareció muerta una mañana. De eso me enteré muchas semanas más tarde. También de su historia. La llevaba viendo todos estos años y no sabía nada de ella, o solo sabía que era una señora que se levantaba temprano para limpiar su casa y baldear el espacio por el que pasábamos luego todos los extraños que nos acostumbramos a pisar sobre pequeños charcos. Ese espacio que está delante de su casa tiene las baldosas menos desgastadas y más brillantes de la calle.

Me miró unos segundos. Yo intuí que la conocía. Venía a una entrevista de trabajo. No sabía que era para ocupar mi puesto. Me despidieron a los pocos días y ella se instaló en mi despacho. Unos minutos después de verla tuve el pálpito de que esa señora había sido mi madre en otra vida. Ella también me miró unos segundos como si yo hubiera sido su hijo; pero imagino que habrá querido olvidar cuanto antes ese recuerdo atávico para poder incorporarse sin remordimientos en el mercado de trabajo. Yo, que ahora tengo más tiempo libre para pensar en cosas extrañas, he llegado a recordar hasta el olor de su piel cuando me abrazaba.

Trabajaba como acomodador en el cine. Ahora se sienta en el parque y cuenta los pájaros que vienen a beber en la fuente. Todavía es joven, pero no ha vuelto a buscar trabajo. Hicieron desaparecer todos los puestos de acomodadores en la ciudad. A sus otros ex compañeros parece como si se los hubiera tragado la tierra. Él sabe que no fue por la crisis ni por los cambios de hábitos de los que iban al cine. Los acomodadores se empezaron a dar cuenta de que al final de las películas nunca estaban los mismos espectadores que al principio. Nadie preguntaba nunca por los desaparecidos, pero ellos sabían que estaban cambiando a los humanos por aquellos seres que salían de las películas como si llevaran toda la vida caminando por las calles. Cada vez son más, y desde que no están los acomodadores han ido conquistando poco a poco el planeta. A lo mejor tú también eres uno de ellos y no lo recuerdas.

De niño se subía en un caballo blanco imaginario y se escapaba todo lo lejos que podía cabalgar su imaginación. A veces ni siquiera tenía que cerrar los ojos. Ya mayor se compró un caballo blanco de verdad, pero por más que lo intentaba nunca llegaba adonde arribaba con aquel caballo imaginario que desapareció a medida que fue acumulando insomnios y desengaños.

La letra era la suya. Se acababa de levantar de la cama. Estaba sobre su mesa de trabajo. Anunciaba una despedida de la vida, como si hubiera decidido morir la noche que había pasado. Era un hombre feliz que siempre se levantaba antes del alba y que no tenía razones para querer morir. Pero regresó a la cama y dejó que la nota se consumara en su propio cuerpo. No tuvo más que cerrar los ojos. Lo otro ya estaba escrito sobre su mesa desde el día antes.

Todos los ciempiés se escondieron entre la hierba del jardín. Ella caminaba levantando las nalgas con sus altos tacones y su contoneo sensual. Pisó a uno de los ciempiés antes de entrar en la casa con la punta del tacón del pie izquierdo. Él reconoció el cadáver entre los baldosas del suelo, un ciempiés que se encogió como una oruga cuando vio que ella pisaba sobre el césped. Le dijo que se marchara de su casa y se quedó acariciando al insecto con una ternura que solo es posible en los cuentos. En la vida real, él la desnudó cuando llegó a su casa y el cadáver del ciempiés lo barrió al día siguiente la señora de la limpieza pensando que era un bicho que se había colado por alguna ventana abierta.

Aquel mosquito no lo había dejado dormir en toda la noche. Desaparecía cada vez que intentaba matarlo y reaparecía cuando apagaba la luz y acababa de cerrar los ojos. Por la mañana, cuando se estaba vistiendo, vio cómo el mosquito voló a toda velocidad y se estrelló contra la mesa de noche. Murió en el acto. Él no sabía qué hacer. Lo miró y luego recogió sus restos mortales y los colocó en la palma de su mano. Lo condujo por toda la casa, le cantó algunas notas de los Requiem de Verdi y de Fauré, y luego lo incineró en el cenicero en el que siempre se sentaba a fumar su padre cada tarde cuando él era un niño. Ahora está en el trabajo, y no puede quitarse de la cabeza la imagen del mosquito kamikaze. Pensó en la eternidad y en lo poco que dura el eco de un zumbido en la madrugada. Ese mosquito había llegado antes que él al otro lado.

Nos queda la voz, ese eco que confunde luego el pasado con el presente, las vivencias que nos llevan de la mano por el tiempo si cerramos los ojos y dejamos que resuenen los recuerdos. Yo soy un hijo de la radio más que de la televisión. Cuando era niño, en la tele estaba casi todo el tiempo la Carta de Ajuste y solo había un canal en blanco y negro. La radio, en cambio, sonaba a cualquier hora, en todas las casas, en las barberías, en las tiendas, en los bares y donde cosían las modistas entre confidencias y dedicatorias musicales. El fútbol estaba unido a la radio, y quizá por eso se convirtió para muchos de nosotros en algo más épico y emocionante que cuando lo vemos en directo. La radio era la magia que por más que te explicaban no llegabas a entender, o no querías entender justamente para que no acabara esa misma magia con la que llegábamos a todas partes sin movernos de nuestra casa.
Hubo muchas voces, pero sin duda la de Mara González fue una de las que más marcó a muchas generaciones de esta provincia. Nos acostumbró a escuchar cuentos desde por la mañana, a conocer que había muchos niños que no tenían nuestra suerte y a entender un poco más aquel mundo de los setenta que estaba cambiando tantas cosas sin que apenas nos diéramos cuenta. En aquellos programas de Mara también tenían voz los que no salían en ninguna parte, y sobre todo se contaba lo cotidiano, lo que muchas veces emociona por sencillo, aquello que no sale en grandes titulares y que va cambiando a diario la sociedad que vivimos. Cuando yo era niño, estaba todo el día marcando el teléfono de Radio Las Palmas. Lo conté cuando hace años me tocó presentar en Guía el acto en el que Mara fue reconocida como Hija Predilecta de su pueblo. Todos se extrañaron de que yo aún recordara aquel número que marqué tantas veces con once o doce años. Gané algunos concursos y dediqué canciones como tantos niños de aquellos años, también conté cuentos y me imaginé muchas veces a los que estaban al otro lado del transistor como seres casi legendarios. Ahora Mara González se retira de la radio, pero no de nuestra memoria. Seguiremos escuchando su voz por las mañanas como cuando tomábamos el café con leche a toda prisa antes de salir para el colegio. Hablamos largamente hace unos días y coincidimos en que quien tiene suerte de hacer aquello que le gusta vive muchas más veces que el resto de los mortales. Ella ha tenido esa suerte y nosotros hemos sido unos privilegiados por haber disfrutado tantas veces con sus emociones y con esa pasión diaria que transmitía a través de las ondas. No me gustan las despedidas. Cuando uno cierra los ojos y logra que resuene una voz como si la tuviera delante está eternizando en su recuerdo la memoria de quien habla. Mara González será siempre una de esas voces que llevaremos en nuestra memoria a todas partes.

Escuchaba música de Mahler a todas horas. Se llamaba Alma y echaba de menos a un hombre llamado Gustav al que había amado en Viena. Los muertos casi nunca saben que mueren. Escuchan voces y sonidos que se repiten entre los ecos que viajan a la velocidad del recuerdo por todo el universo.

Los niños habían enterrado al pájaro muerto y le habían construido una pequeña cruz de madera sobre el montículo de tierra. El pájaro había caído de un árbol cercano, pero los pequeños lo recogieron del suelo y lo sepultaron como si hubiera sido un amigo inseparable. Ahora le traen flores cuando salen del colegio y las colocan sobre ese montón de tierra que la próxima lluvia borrará del paisaje. Nosotros también enterramos a los perros y a los gatos callejeros que aparecían muertos en nuestros campos de infancia. Jugamos con muchos de ellos y les poníamos nombres cuando nos esperaban ansiosos a la puerta del colegio. También creíamos que los salvábamos del olvido al enterrarlos.

Caminaba contento con su camiseta del Arsenal. La eligió entre la ropa que enviaron desde los servicios sociales del ayuntamiento. Creía que estrenaba el equipaje y que esa camiseta era la que se enfundaban cada semana los jugadores del equipo londinense. Él estaba en Arrecife y había llegado desde una de las zonas más aisladas de Mali hacía dos semanas. La camiseta aparecía con el nombre de Thierry Henry. Él no sabía que el jugador francés hacía muchos años que no jugaba en el Arsenal y que aquel rojo desteñido no tenía nada que ver con el rojo intenso del equipo de Highbury.

Se le cayó la botella de agua que llevaba en la mano. Rodó por la acera y fue a parar debajo de un coche. Al principio no sabía qué hacer, pero terminó agachándose para intentar recuperarla. Cuando extendió su mirada detrás de las ruedas se dio cuenta de que hacía más de treinta años que no se asomaba a los bajos de un coche para buscar algo. De niño estaba todo el día sacando balones que se quedaban atrapados entre los hierros o entre las propias ruedas. En lugar de la botella se encontró uno de aquellos balones de la infancia, el más desgastado y con el que más goles había marcado en todos aquellos partidos improvisados con un par de piedras. No supo qué hacer, pero al final se levantó y siguió caminando por aquella calle. Tenía sed, pero tampoco se acordaba de la sed. Trataba de entender cómo era posible que aquel balón estuviera intacto después de cuarenta años. Regresó y se agachó para buscarlo, pero ya no estaba. Un niño, que se parecía mucho a como él mismo se recordaba, se estaba tomando el agua junto al coche en el que se había agachado.

Aquel hombre tremendamente grueso se le vino encima cuando bajaba las escaleras del hotel. Le partió el cúbito y el radio, le fracturó cinco costillas, y lo dejó inconsciente en el suelo. Ella le esperaba en la estación como siempre esperan las amantes en las películas. Él perdió la conciencia y no la recuperó hasta el día siguiente. Se mira el brazo enyesado y no puede suspirar por ella porque le duele una barbaridad el cuerpo cada vez que respira hondo. Ella pensó, como en Casablanca, que se había arrepentido en el último momento. Su mujer le masajea la palma de la mano del brazo partido para que le llegue la circulación a los dedos. Él la mira preguntándose siempre qué habrá sido de aquella mujer con la que se iba a fugar muy lejos para siempre. Ni siquiera sabían adónde irían. Si lo hubiera sabido ya estaría haciendo planes para encontrarla de nuevo. Ella le dijo que si no venía la perdería siempre. Su mujer sí le decía que emprenderían un largo de viaje, como si fueran novios, cuando le dieran el alta y pudiera subir nuevamente a esos trenes que ella lleva viendo pasar toda la vida bajo la ventana de su casa.

No salía a la calle y, sin embargo, cada tarde notaba la molestia de esas pequeñas piedras que se metían entre sus dedos. Se quitaba las zapatillas y las tiraba a la basura. Esas piedras salían de su propia piel. Le sucedía cíclicamente cada cinco años. Caminaba, hablaba y se reía a carcajadas de vez en cuando, pero nunca había dejado de ser una estatua. Aquel hombre la besó una madrugada y luego la trajo a su casa. Hasta entonces, ella había estado en la plaza principal de la capital. Él miraba sus labios cada mañana y creía, como en los cuentos que leía de niño, que si la besaba se volvería humana. Ahora es humana, pero aún conserva reminiscencias de mármol en su metatarso.

Desde el barrio de San Roque se ven los barcos que llegan al puerto siguiendo esos caminos infinitos que traza el océano. Uno imagina esa vista hace mil años, o la recrea cuando Luján Pérez diseñó la fachada de la Catedral con ese arco central por el que pasan las nubes, las gaviotas y todos esos barcos que lo atraviesan como si se asomaran unos segundos a una pantalla. Cada arco forma un espacio casi teatral en el que nos representamos a diario quienes pasamos por debajo, y también cada dintel de cada puerta que atravesamos entrando y saliendo de esos actos que se van improvisando a medida que transitamos por el mundo.
A lo lejos, las ciudades parecen siempre trazadas a conciencia, y sin embargo casi todas ellas nacen del caos, de la necesidad de los espacios, de las zonas de comercio, de las modas o de esos planes urbanísticos que extienden los límites cada vez más lejos de los centros en los que una vez alguien decidió levantar una iglesia, una casa consistorial o un campamento de tránsito que con el paso del tiempo se acabó convirtiendo en Londres, en Manhattan o en Las Palmas de Gran Canaria. Me gusta subir a los riscos de la ciudad para mirarla como mismo observa un entomólogo los lugares que habitan los insectos. Recuerdo una novela de Luis Vélez de Guevara en la que el diablo cojuelo podía adentrarse y mirar cada detalle que aconteciera en esas pequeñas celdas que son nuestras viviendas. El escritor del XVII hacía viajar a su personaje por el Madrid de aquellos años, pero realmente cuando cualquier escritor cuenta el lugar en el que habita lo hace adentrándose también como un intruso en las vidas de esas familias y de esos solitarios que acontecen de puertas adentro, o que ahora se cuentan con todo lujo de detalles en esas redes sociales que enseñan el mundo desde otros prismas, o como si uno lo pudiera ver desde dentro. Vélez de Guevara levantaba los techos de las casas para ver a qué se dedicaban quienes moraban en ellas, y lo hacía para enseñar la misma picaresca que mostraban Quevedo o Diego de Torres Villarroel en sus obras, o la que conocemos cuando seguimos los pasos literarios de Lázaro de Tormes. Estos días que vivimos también parece que solo pueden ser contados desde ese punto de vista del vivales, del aprovechado o del que ronda siempre en los límites de lo delictivo y se mueve entre ese fango de corrupción que hemos dejado extender como una ciénaga inacabable todos estos años. Uno quisiera seguir mirando las gaviotas que pasan a través de las catedrales de antaño; pero luego se fija un poco más y no puede dejar de imaginar todas esas existencias que se enredan a diario entre las calles que transitamos. Lo que nos salva es que levantando techos también encontramos a quienes hacen que la vida siga mereciendo la pena.

Pegó su cara durante varias horas a la valla y dejó que el sol fuera marcando en su rostro las rayas y el dibujo de aquellos hierros que tenía delante. Ahora está frente al espejo, prisionero de su propia mirada.

La conocía solo por la fotografía que él llevaba siempre en su cartera. Murió en accidente de tráfico cuando llevaban dos años casados. No habían tenido hijos. Tres años después la conoció a ella. Llevan juntos diez años y tienen dos hijos. La primera mujer aparecía en su sueño con un regalo para su hijo mayor. Se lo daba a ella y luego la abrazaba. Era el mismo pijama con el que el niño se levantó unas horas más tarde de su cama y fue a la de sus padres para decirles que había soñado con una mujer extraña.

Una antología permite acercarse a una obra poética con la misma perspectiva con la que miramos un paisaje lejano que ya hemos transitado. Uno decide volver a donde comenzó todo o retomar aquellos pasos que nos permitieron seguir avanzando, aun cuando ese avance fuera casi siempre improvisado, con esa búsqueda que se emprende cada vez que alguien escribe una palabra como si trazara una pista para no extraviarse.
Federico J. Silva acaba de publicar una de esas antologías que hay que guardar, releer y casi memorizar para no extraviarnos por caminos equivocados. Reúne toda su poesía de amor en un volumen que ha editado la editorial madrileña Vitruvio. Ya en su día, Federico publicó con Anroart una antología memorable que tituló El crimen perfecto. Ahora se presenta con Una mujer en todo el cuerpo, un título que se vale de un verso de Borges ("El nombre de una mujer me delata./Me duele una mujer en todo el cuerpo"). En este nuevo libro recoge la poesía amorosa de sus muchos y recomendables libros anteriores. Y lo hace "por ultimar en las brasas/ por ultimar en tus brazas", las de ella, las de esa mujer que le ha acompañado tanto tiempo recorriendo su cuerpo y, sobre todo, los senderos más ocultos de su alma.

"He quemado mis naves en tus playas". Lo escribe Federico J. Silva para dejar claro que cuando alguien ama se convierte en un náufrago de su propio sentimiento, y que mientras se vive pendiente de esa otra presencia uno quema naves y recuerdos, y hasta cicatriza aquellas heridas que parecían incurables. "Tú me declinas/yo te conjugo", porque en el amor nunca se juega solo, ni siquiera cuando no nos corresponde, o cuando se pierde como aquel agua que uno no alcanzó a detener en los riegos de la infancia. En este libro encontrarán buena parte de la obra de un poeta al que admiro hace muchos años, un escritor que se adentra en el juego de las palabras y que va dejando pequeñas pistas que uno tiene que ir descifrando a medida que relee sus poemas. Está la metaliteratura, y todo ese recuerdo de canciones o citas más o menos conocidas que el poeta hace suyas o cambia de arriba abajo con el dominio del lenguaje y sus combinaciones interminables. En el amor "tocaremos la eternidad/ y seremos uno para el otro el universo". También en las palabras, que tanto se parecen a esa mujer en todo el cuerpo que uno sueña con llevar a todas partes.


Una mujer en todo el cuerpo. Federico J. Silva Ediciones Vitruvio. 2015

Alguien le dijo que las cucarachas eran sumisas y sentimentales. Les leía en voz alta las promesas electorales antes de salir al estrado a mentir a los otros sentimentales que se creen las trolas de esos sátrapas que solo sueñan con tener insectos sumisos bajo su zapato.

Guardaba luto por sus pelos. Se apenaba por cada uno de ellos cuando se los cortaban en la peluquería. No dormía ni la noche antes ni la noche después de haberlos perdido. Se los llevaba siempre en una pequeña bolsa y luego los incineraba en casa. Las cenizas las echaba al mar en el sitio exacto en el que quería que tiraran sus otros restos algún día. Decía siempre que esa ceniza capilar era un engodo para el olvido.

Se encontró un cafetal en su mesa de trabajo. Había dejado una taza de café a medio terminar el último viernes, y durante el fin de semana su mesa se había llenado de árboles por todas partes. Encaramado a uno de ellos había un cantante de boleros del tamaño de su dedo pulgar.Tocaba una guitarra que parecía un timple y le gritaba para que cogiera unas maracas que había entre las hojas secas. Él no había tocado nunca unas maracas. Era contable, pero de repente se vio en medio de su oficina cantando las canciones que no sabía que habían bailado sus padres cuando fueron novios y él aún no estaba en ninguna parte.

A veces la vida no es más que una composición de una figura que uno va rellenando como rellenan los niños esos moldes con animales o personajes de dibujos animados. Uno encuentra los límites y los perfiles detallados y los llena de amores, de tristezas, de euforias, de planes o de silencios. Todo vale en ese espacio en el que nos regalan unos años para que disfrutemos de la existencia. Y a veces hasta nos dejan, si rebuscamos un poco más allá de esa figura que tenemos delante, ampliar los límites que creíamos que ya estaban trazados. También se nos invita a diario a que cada vez que nos asomemos al horizonte veamos un final de paisaje que nos sorprenda y que nos invite a seguir rebuscando donde creíamos que ya no había nada.
Uno de los caminos que conducen a esos paisajes que recorremos más allá de la mirada se traza con las palabras. Y para ello es necesario que alguien escriba con esa profundidad que tienen las letras cuando se combinan como si fueran puentes que comunican dos orillas que parecían separadas por un abismo. El escritor Eduardo González Ascanio es como un demiurgo que escribe como si inventara un mundo nuevo por donde quiera que pasa, porque los mundos se inventan con las miradas, y no hay dos paisajes que sean iguales, ni que se escriban con las mismas palabras. Eduardo vive en Gran Canaria y va publicando libros que sus seguidores releemos cada cierto tiempo para no perder la pista de esos otros viajes que nos salvan. El último libro que he leído de González Ascanio es Historias de amor y crueldad, un compendio de relatos en los que la ironía, la ternura, la poesía y la imaginación se mueven como esos funambulistas que atraviesan espacios casi imposibles. Uno mira a esos émulos de Houdini como mismo se asombra cuando las palabras logran llevarnos a su terreno y nos alejan durante un rato del tedio. Eduardo es un melómano que ha escrito mucho de música y de sus intérpretes más idolatrados, y un gran cinéfilo, y compartimos ese amor incondicional hacia los perros y hacia todo lo que aprendemos con ellos cada vez que nos miran fijamente como si trataran de escudriñar el fondo de nuestra alma. Su literatura se nutre de lo cotidiano y se mueve en ese difícil arabesco en el que coinciden la sencillez del verbo y una voz propia que suene distinta a todas las otras voces que conocemos. Eduardo transita por los relatos y por las historias breves dejando en unos cuantos renglones las mismas sensaciones abisales que puede dejar una novela. Y es que a veces con un par de palabras se logra llegar más lejos que con cientos de párrafos. González Ascanio lleva años combinando pacientemente esos signos que se vuelven mágicos si alguien los remueve con la alquimia que precisan siempre los milagros. Escribe como si el tiempo solo fuera un invento del pasado.