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Archivos Noviembre 2015

No hacía falta que nadie firmara papeles con cláusulas extrañas o con letras pequeñas. La confianza se manifestaba siempre en la limpieza de una mirada o en la lealtad de las palabras. En mi pueblo, cuando yo era niño, nunca vi firmar ningún contrato para los acuerdos cotidianos. Se podía estar negociando durante mucho tiempo, pero en cuanto se pronunciaba la expresión Se dijo aquello iba a misa y ya no lo movía ni el sursum corda, y quien incumpliera dolosamente su palabra poco tenía que hacer ya en la comarca. En los pueblos las mentiras tienen las patas aún más cortas, y además quien miente queda señalado incluso después de muerto. Da lo mismo que ostente cargos importantes o que acumule propiedades. Será siempre un pisaverde, un inmoral y un sinvergüenza.
Creo en la verdad y en la honestidad de la gente, y eso que los tiempos se están llenando cada vez más de ególatras mezquinos y envidiosos que en lugar de crear se empeñan en destruir lo que saben que son incapaces de hacer. Pero creo que el mundo camina por la insistencia de los honestos que no se rinden aun a pesar de las andanadas de tanto malvado y de tanto tipejo con sonrisa sardónica. Esos indeseables, que es cierto que a veces nos parecen mayoría, no van a ninguna parte. Es lo que sucede estos días con la campaña electoral. Ya de entrada nos creemos menos de la mitad de lo que nos dicen, así lo prometan en El Hormiguero. Cuando yo cerraba un acuerdo con mi padre me bastaba aquel Se dijo para quedarme tranquilo. Si no se podía, no me prometía nada, o esperaba a ver si era posible cumplir aquello que yo tanto deseaba. Un Se dijo valía más que todas las firmas y todas las compulsas, y lo sabían los dos que cerraban el acuerdo. Ya luego lo refrendaban en las notarías o delante de los abogados, pero el negocio se había concertado previamente con dos palabras, que es como se deben cerrar los acuerdos. O se puede o no se puede, lo que no se debe hacer es prometer para luego justificar los incumplimientos. Muchas mañanas, cuando enciendo el ordenador o la tablet, me piden que descargue aplicaciones y me dicen que lea no sé cuántas cláusulas que no entiendo. Yo no sé ustedes, pero casi siempre digo que las he leído, y además me ratifico cuando la máquina me pregunta que si estoy seguro. Sé que miento porque casi nunca tengo tiempo para estar leyendo ese galimatías informático que no entiendo, pero lo más descorazonador es que ellos saben que tú no lo has leído y que, por tanto, te están engañando pérfidamente. Al cabo de unos días te das cuenta de que con tus fotos o con los textos que publicas en tus redes pueden hacer toda clase de negocios, como negocian casi todos los políticos con nuestros votos secretos. Y uno entonces añora todavía más aquel Se dijo de nuestros abuelos y aquel mundo menos virtual y mucho más cierto.

Nunca volví a probar nada igual en mi vida. Iba de la mano de mi padre. Tendría unos cuatro años. Yo había visto aquellas nubes de colores muchas veces. Le pidió al hombre que enredaba el palo entre unas hilachas que si podía coger un poco. Comprobó el sabor y luego lo puso entre mis dedos y me dijo que me lo llevara a la boca. Nunca he vuelto a sentir un placer tan dulce, ni siquiera en el primer beso. Todo aquel azúcar coloreado se deshizo en mi boca de repente. Quería volver atrás para que mi padre comprara una de aquellas nubes gigantes, pero él me prometió que la compraríamos el próximo domingo, cuando pasáramos nuevamente por aquel parque. Después desapareció de mi vida. Y nunca más probé el algodón de azúcar. Hoy tengo cuarenta años y él sesenta y cinco. Ha aparecido por mi trabajo. Lo reconocí según encontré su mirada. Nos abrazamos. Él me pedía perdón y trataba de explicarme las razones de esos años de ausencia. Yo le dije que se callara y le cogí la mano. Fuimos hasta la misma calle en la que probé aquellas hilachas de algodón de azúcar. Ahora los vende un joven rumano. Le pedí que me comprara uno y que se volviera a marchar para siempre.

Todas las mañanas escribía lo que quería hacer a lo largo del día. Luego iba tachando las tareas finalizadas. Nunca conseguía concluir todo lo que apuntaba. Era su manera de saber que siempre quedaba algo pendiente. Ese papel no lo veía nadie. Lo escribía, lo doblaba y lo guardaba en el bolsillo. En el trabajo valoraban mucho su eficiencia y también que terminara todo lo que se le encomendaba; pero en medio de lo que él tenía que hacer siempre apuntaba algún encargo imposible. Podía escribir que crecería ocho centímetros esa mañana, que tenía que recoger una cosecha de zanahorias en su mesa de trabajo o que debía emprender un viaje de ida y vuelta de solo tres horas entre Gran Canaria y Yakarta. También escribía el nombre de algunos amores imposibles o de reencuentros con amigos o familiares ya fallecidos. Desde niño fue siempre un inconformista. En la oficina nadie entendía su cara de insatisfacción diaria. Él se decía que aquella insistencia en imposibles no era más que una estratagema para motivarse, pero había mucho más, sobre todo cuando llegaba a su casa y no encontraba a nadie que le diera un beso de bienvenida o que le devolviera una sonrisa.


Te lo tenía que haber explicado cuando eras una niña. Todas nosotras contamos con una doble malévola. A veces tenemos suerte y no nos encuentran; pero casi siempre acaban dando con nosotras en el colegio, en el trabajo o en la vecindad. Viven obsesionadas con nuestros pasos. Están pendientes de todo lo que hacemos y se convierten en tus odiadoras hagas lo que hagas. Conozco muchos casos y sé de lo que hablo. Esas dobles malévolas dejan de hacer su vida y aparcan todos sus proyectos solo para buscar la manera de destruirte; pero casi siempre son ellas las que acaban destrozándose por dentro. No te agobies y sigue tu camino. Suelen morir antes que nosotras, muchas veces en vida. Acaban dando pena. Y si tú mueres, ellas se quedan vacías porque ya no sabrían vivir sin asomarse a tu espejo. Podrían emularte, o quererte, o solo saludarte por la calle, pero de repente se acaban convirtiendo en una especie de sombra negra que ya no te abandona hagas lo que hagas. Te tenía que haber explicado todo esto cuando, siendo niña, llegabas del colegio y no entendías por qué había compañeras que te hacían la vida imposible. No es que valgas más que el resto. Ya sé que tú solo quieres vivir tranquila y que no molestas a nadie. Son esas dobles malévolas las que tienen el problema y tú debes aprender a ignorarlas cuanto antes.

Terminaron en la cárcel por amarse mucho. Al ir abrazados y mirándose a los ojos, como iban casi siempre cuando estaban juntos, no se dieron cuenta de la estrechez de la acera. Se llevaron por delante al adolescente que no pudo hacer nada por esquivarlos antes de ser atropellado por una furgoneta que repartía mercancías por la zona. El de la furgoneta, uno de la tienda de electrodomésticos que estaba en frente y el conductor del otro vehículo que circulaba a unos metros del lugar del atropello coincidieron a la hora de culparlos por la muerte de aquel muchacho que tenía toda la vida por delante. El juez los ha condenado a quince años de cárcel y ha decidido que cada uno cumpla la pena en una ciudad diferente.

La historia se escribe muchas veces en la letra pequeña de los personajes literarios. La ficción nos ayuda a entender mejor el alma humana y sus circunstancias. Pero para entender, para conmover y para dar credibilidad a cualquier narración hay que saber manejar las palabras. Y Francisco Estupiñán Bethencourt, el autor de la novela Negro Juan, escribe de maravilla y además ha sabido recrear prodigiosamente el lenguaje de una época con sus modismos, sus giros y sus expresiones más frecuentes. Centra la trama en un africano que se aventura a cambiar su destino viajando desde Sevilla hasta América y, por supuesto, pasando por Canarias, lo que aprovecha el autor para contarnos cómo éramos hace algunos siglos.
Juan Garrido vive en primera línea muchos de los avatares que hemos leído en los manuales de historia, y busca, sobre todo, su libertad y su lugar en el mundo batallando contra todos los prejuicios y las barreras que podía tener un hombre de raza negra en el siglo XVI. Nos encontramos a nuestro personaje conviviendo con Hernán Cortés o con Ponce de León, y también con el día a día de los conquistados, tan parecido al que vivía el propio Juan desde que dejó África para tratar de prosperar en el mundo. Vale la pena acercarse a la nueva novela de Francisco Estupiñán. Negro Juan rastrea el alma que uno quisiera encontrar cada vez que nos hablan de historia. Navegarán lejos, tan lejos como sean capaces de dejarse llevar por las palabras. Y sabrán que aunque cambien los tiempos, en todo momento el hombre ha tenido que ir derribando muros para ser libre, o por lo menos para poder despertarse cada mañana sin ser un esclavo de nadie.


Negro Juan. 162 páginas
Francisco Estupiñán Bethencourt
MAR Editor. Madrid 2015

Estaba allí, agazapado al fondo del cajón. Cuando abres un cajón para buscar unos calcetines y te encuentras algo así no sabes qué hacer. Hay que verse en esa situación, con prisas para salir al trabajo, haciendo todo como un autómata, escuchando a tus dos hijos mientras terminan de prepararse para ir al colegio. Los niños se molestaban y al rato se estaban riendo. Todas las mañanas hacían lo mismo. Mi mujer se estaba duchando en ese momento. Yo lo seguía viendo al fondo del cajón. Si hubiera estado solo habría tratado de cogerlo; pero llegó uno de mis hijos diciéndome que su hermano le había escondido el estuche con los lápices de colores y cerré de golpe el cajón para que no lo viera. Luego entró mi mujer y no me atreví a abrirlo de nuevo. Me puse los calcetines y los zapatos y llevé a mis hijos a la escuela. Ahora estoy en el trabajo, pero no puedo dejar de pensar en aquel ser extraño que estaba agazapado en el cajón esta mañana.

Repetía siempre que la sombra se iba quedando y que era mentira que siguiera con nosotros a todas partes. También nos decía que no éramos más que una sucesión de reflejos que se asemejaban a esos fotogramas que luego se confunden en la pantalla. Para él, el cuerpo era lo de menos, no más que una combinación de carne y hueso con muchas contradicciones diarias. Nos decía que lo importante era esa sombra que se quedaba protagonizando otras vidas cuando nosotros seguíamos de largo. Nunca me tomé la sombra en serio, y a él le molestaba que bromeara con sus teorías todo el rato. Murió hace una semana, y ahora sí quiero creer que las sombras seguirán caminando juntas por esos senderos abstractos en los que se confunden nuestros reflejos con los recuerdos que vamos dejando.

Un niño no podía pintar de aquella manera. El trazo era certero y jamás se salía de las rayas cuando coloreaba. Tenía solo cinco años, pero estaba contando cientos de vidas en aquellos dibujos que los mayores miraban augurando que algún día sería un genio. El niño jamás sonreía y no hablaba con ningún compañero del colegio. Llegaba con muchas existencias truculentas y desastrosas. Sus ojos tenían reflejos de civilizaciones milenarias. Yo le di clase el pasado año. También vengo de esas vidas lejanas. Él ordenó mi muerte y la de toda mi familia. Los dos nos miramos muchas veces en clase. Pinta en silencio. Y en muchos de aquellos dibujos yo encontré los ojos de mis hermanas y de mi madre. Está condenado a volver bello todo lo que destrozó cuando su alma aún no había aprendido nada. No es un niño. La perfección casi siempre esconde algo.

Hay mujeres que habitan dentro de sirenas que nadan incesantemente por los océanos. No las reconoces cuando las ves por la calle y ni siquiera ellas se dan cuenta de su condición acuática. Beben mucha agua y nadan muy adentro cuando van a la playa, pero cuando único puedes darte cuenta de que viven dentro de una sirena es cuando las miras y sus ojos se vuelven glaucos de repente. La sirena que nada todo el tiempo solo se asoma cuando busca a quien amar con el cuerpo que lleva dentro. Quienes aman a estas mujeres dicen luego que parece que navegan entre sus brazos.

Salía cada mañana y se sentaba delante de los músicos que tocaban en la calle peatonal que estaba cerca de su casa. Hasta que no sonaban aquellos violines no se le ocurría absolutamente nada para seguir pintando, pero según escuchaba los primeros acordes se aparecían las formas, los colores y las caras que pintaría luego a lo largo de la tarde. Sus cuadros eran muy cotizados. Él compartía lo ganado con aquellos músicos que rechazaron ofertas para dar clases en el conservatorio o para formar parte de la Filarmónica. Cada día tocaban mejor y aquel pintor les ponía cada mañana más dinero. Se prometió entregarles siempre el cincuenta por ciento de lo que cobrara por cada cuadro. Los músicos llegaban conduciendo sus propios Mercedes y vestían siempre trajes de marca. No faltaron ninguna mañana a su cita en aquella calle en la que el pintor encontraba la inspiración diaria para seguir creando.

Cuando hizo la mudanza solo se llevó cuatro ramos con flores de plástico. Todo lo demás lo dejó para que lo recogiera una institución benéfica. Cada uno de esos ramos tenía un nombre en la parte de abajo. Habían sido sus cuatro grandes amores. Cuando celebraban los aniversarios, les pedía siempre que cambiaran las flores naturales que le regalaban por esos ramos que ahora, aun enmohecidos, desgastados y polvorientos, se puede llevar a todas partes como quien lleva un recuerdo cogido de la mano en una noche de neblina y viento. En la residencia los ha colocado justo encima del ropero donde va la ropa.

Mi hijo estaba todo el día escribiendo al fondo de la casa. Usted no lo conoció porque nunca salía a la calle. Se encerró allí dentro con veinte años y no hacía más que leer y escribir todo el día. Su madre murió cuando él estaba en el colegio y nos quedamos los dos solos. Nunca superó aquella muerte. Yo tampoco, pero vengo a la tienda, trabajo y luego llego a mi casa y me meto en la cama. No duermo mucho. Por eso lo escuchaba teclear en el ordenador toda la noche. Amaneció muerto una mañana y lo incineraron al día siguiente. No vino nadie a despedirlo. Ahora tengo miles de papeles y no sé qué hacer con ellos. A lo mejor usted podría leerlos y decirme si valen para algo. Es lo único que me queda de él. Y presiento que en esos escritos también encontraré el recuerdo de su madre. Yo todavía no me he atrevido a leerlos.

La espina de los días también es lo único que nos queda del tiempo.

Le hizo una señal para que cruzara. Él no pensaba cruzar la calle, pero bajó de la acera. El otro aceleró cuando lo tuvo delante y lo atropelló. Luego dijo que se le había echado encima y no paró de maldecir su mala suerte. Todos le creyeron y empezaron a buscar motivos para tratar de comprender por qué aquel hombre había decidido tirarse delante de un coche en marcha. Hablaron de un desamor y de que tenía problemas en el trabajo. Y lo enterraron pensando que era un suicida.

El otro día me preguntaron en una entrevista que para qué servía la poesía. No supe qué contestar. Y no creo que lo sepa nunca. Probablemente porque la poesía no es más que un camino de búsqueda, un horizonte que uno persigue sabiendo que jamás logrará alcanzarlo. Para mí es el camino. Pero si me preguntaran que cuál es el camino tampoco podría contestarles. Leería algún verso. Me acercaría a algunos de los poemas que han logrado que me haga preguntas o que me han enseñado a mirar de otra manera. Habría muchísimos nombres que no cabrían en este texto. Pero sí es verdad que ahora respondería que la poesía no es más que un camino que uno emprende para encontrar verdades en la belleza, o en esas combinaciones de palabras que a veces logran armonizar nuestro propio universo.
Estos últimos días he tenido la suerte de acercarme a uno de esos poemarios que acaban dejando huella en el poso profundo en el que uno acumula lo que termina valiendo la pena. Lo escribe un buen amigo, un gran escritor que ha publicado también ensayo y novela, y que ahora se presenta con el que creo que es su mejor libro hasta este momento. Se titula Un sudario, se presenta el próximo viernes, 20 de noviembre, en la Casa Museo Pérez Galdós, y lo edita una de esas editoriales que dignifican la literatura en casi todos sus libros. No es fácil publicar en Pre-Textos, o no lo es si uno no ofrece un poemario como el que ha escrito Rafael-José Díaz. Han sido muchos años de búsqueda, de silencios, de lecturas, de viajes y de desgarros y alegrías que se han ido empozando en sus poemas. "A veces lo que hiere oculta una ternura." Lo escribe Rafael. También escribe, entre otros memorables versos, que "el cuerpo es el de un náufrago/que flota un tiempo aún/en el mar que lo sueña", en esos mares que se buscan en la piel de quien se ama, y en las cicatrices que dibujaron las vivencias que más hondura han dejado en los mapas de nuestras epidermis. En este último año he leído de Rafael una novela titulada El interior del párpado, y un libro que recoge paisajes, sobre todo playas escondidas entre barrancos, titulado Las transmisiones. Veinticuatro lugares y una carta. Siempre aparece el poeta, porque el poeta no deja nunca de serlo en cualquier frase que escriba, o en cualquier mirada con la que se asome al mundo. Y Rafael es un nombre de mundo y de búsquedas, alguien que sigue el norte de su brújula sabiendo de antemano que esta no llegará finalmente a ninguna parte. Pero entre tanto escribe y vive, da lo mismo el orden. Al final lo que queda es Un sudario con nuestro rostro reflejado, aquello que somos y que no siempre es capaz de devolver la memoria engañosa de los espejos. Es el camino que trazamos más allá de nuestras sombras, un lugar, como también escribe el poeta, "donde nada se pierde si no es para ganarse".

Se dividió por nueve y luego se multiplicó por siete. Cada día efectuaba operaciones matemáticas consigo mismo para resolver sus propios enigmas con los números resultantes. A veces le sobraban decimales y no sabía qué hacer con ellos. Tampoco llevaba bien los múltiplos de cinco. Cuando llegaba al trabajo no quería que le llamáramos por su nombre. Nos decía el número de su operación matemática de cada mañana y nosotros tratábamos de memorizarlo. Hoy es Mil doscientos dos. Mañana el azar lo convertirá en otra cifra improvisada.

Atacan justo allí donde saben que nació todo, donde la Razón y la Belleza, donde la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. Me quedo con las palabras que le escuché a Hollande: "La liberté sera toujours plus forte que la barbarie. Notre meilleure arme, c'est notre unité." ("La libertad siempre será más fuerte que la barbarie. Nuestra mejor arma es nuestra unidad.")

Se levantó de la cama, se lavó la cara, desayunó, se duchó, salió a la calle, subió al tren, llegó al trabajo, estuvo ocho horas tecleando sin hablar con nadie, regresó al tren y ya de noche, porque en enero ya es de noche en Londres a las cuatro de la tarde, vio cómo un hombre ciego iba a cruzar la calle cuando estaba a punto de pasar un camión. Gritó para avisarle, pero aquel ciego siguió de largo y fue atropellado. El hombre del camión se maldecía y él no pudo consolarlo porque seguía sin voz. Si al menos hubiera hablado con alguien a lo largo del día se hubiera dado cuenta de que el constipado se le había pasado al pecho y a la garganta. Ni siquiera fue capaz de contar a la policía lo que había visto. Siguió para su casa en silencio, sin hablar con nadie, como todos los días desde hacía muchos meses.

Un niño prodigio no tiene edad. Él no se había acercado nunca al teclado de un piano. Tenía cincuenta años la primera vez que lo hizo y a los cincuenta y cinco ponía en pie a los espectadores de los teatros de medio mundo. Murió con sesenta años y todos hablaron de su legado en la historia de la música, pero nadie recordó que se había muerto siendo todavía un niño prodigio.

Llevaba soñando su muerte desde hacía semanas. Cada noche fue avanzando un poco más hacia el abismo. Los primeros días lloraba, pero poco a poco se fue acostumbrando a ser un ausente. Cuando cerró los ojos el último día, le pidió a su mujer que le acercara el despertador y lo programó como si fuera a despertarse a la misma hora en otro lugar del tiempo.

Su gran amor lo perdió en la adolescencia. Ni él ni aquella joven de la que estaba enamorado han logrado ser felices con sus parejas en todos estos años. Él le dibujó un corazón a última hora de la noche delante de su casa, pero no contó con la lluvia que acabó borrando el nombre de aquella chica de la que estaba perdidamente enamorado. Solo fue osado en aquel momento. Nunca más se atrevió a escribirle o a decirle que la amaba. Ella también estaba enamorada de él. Han pasado cuarenta años años y aún les quedan cuatro para reencontrarse en la cola de un cine un domingo por la tarde. Entonces él sí le preguntará si quiere sentarse a su lado. Y ella le tomará la mano y entrarán juntos en la penumbra de una sala en la que se acabarán besando como soñaron a los quince años.

Recupero una reseña que escribí en Canarias 7 en 2008 sobre Las cosas no tienen mamá, un libro de Tina Suárez Rojas publicado por Ediciones Idea. Este fin de semana volví a la lectura de ese libro y me reafirmo en todo lo que escribí entonces. Y todos sabemos lo mal que envejece a veces la poesía. Quien me conoce sabe que tengo a Tina por una de las grandes poetas. Les recuerdo, por ejemplo, que fue la única representación canaria en la antología Cambio de siglo (Antología de la poesía española 1990-2007) que preparó Domingo Sánchez-Mesa para Hiperión. No dejen de buscar cualquier libro de Tina. Las cosas no tienen mamá podría ser un buen comienzo para quienes aún no han tenido la suerte de conocer su poesía:

Las cosas no tienen mamá

Las palabras no existen hasta que no se pronuncian o se escriben. Da lo mismo que ya las dijeran otros. Cada día reinventamos el lenguaje. En el caso de la poeta Tina Suárez Rojas cada palabra contiene un universo que se ha ido escribiendo durante años en sus lecturas, en su manera de ver el mundo y en el silencio de la búsqueda. También en la soledad y en el dolor. Y en el amor, en el sexo y en esa alquimia que luego se acaba convirtiendo en poesía. Su último libro, editado por Idea, creo que se convierte en un corolario que, al mismo tiempo que acrisola los otros libros de Tina, abre nuevas puertas y nuevas formas de entender un poema. Aparece irónica o sensual, cáustica o temerosa, risueña o aliquebrada, pero sobre todo se asoma siempre sin estridencias a nuestros claroscuros diarios, en una escritura que destila belleza y cotidianidad.
Uno recibe el tacto de su propia epidermis o de su soledad cuando lee algunos de sus versos. Creo que Tina ha ido rebuscando entre silencios y luchas interiores una poesía arriesgada que logra renovarse con cada nueva lectura. Lo fácil es acomodarse y rehacer lo que un día te hizo tocar el cielo. Lo honesto es seguir andando. Y en ese camino se puede perder, pero también se sabe que es por donde único se debe seguir si uno realmente aspira a no traicionar nunca lo que hace. Cuando abran este libro sentirán ese golpeo en el estómago que decía Kafka que habían de tener siempre los buenos libros. No mirarán nunca el número de la página ni caerán en la cuenta del paso del tiempo. Ha sido escrito para seducir, y no creo que haya nadie capaz de resistirse a sus sortilegios.
"La serena desventura de que me aprieten los zapatos/porque no quieren salir más allá de los recuerdos/que has dejado en esta casa". Pero esos recuerdos remontan el vuelo y salen con otros nombres y con imágenes que en principio nada tenían que ver con ellos; y lo hacen, como dice la escritora, desde una serena desventura, sutilmente, mágicamente, casi me atrevería a decir que de forma milagrosa. O bien se alían con el sinsentido de nuestra propia existencia: "estar viva al mismo tiempo que te mueres//esto es dolor: quien lo probó lo sabe". Y quien lo probó ha de escribir inevitablemente. Lo sabe cualquiera que haya pergeñado un poema partiendo de la necesidad de contarse a sí mismo para no caer definitivamente en el olvido o en la desesperación más inconsolable. Al fin y al cabo, cuando se escribe, se están abriendo nuevos caminos donde no había nada, sólo sombras y hojas o pantallas en blanco. Pero sigamos con lo que también escribe la poeta: "Soy todo lo que perdí./ Nada más que un cadáver maquillado." Creo que queda claro. O no queda claro. Da lo mismo. De ese cadáver que sabe de lo perdido renace siempre la palabra con un halo y un sentido que se hace necesario para los otros que saben de derrotas y de ausencias.
Pero a lo largo del libro también se aparece la sensualidad y el erotismo, y el amor vestido con mil formas distintas según los días en que uno lo mire directamente a los ojos en la mirada del otro. Tina toma el título de una cita de María Elena Walsh. Es una cita que uno no entiende hasta que no lee el libro, o hasta que no llega al poema que toma el título de la cita. La poeta nos recuerda esas cosas que no tienen mamá, "enmohecidas de ser para siempre nada" ("En el abandonado desván de tu memoria/yo soy una de esas cosas, amor mío"). Estamos ante un libro imprescindible para quienes apuestan por la poesía como una estación de paso necesaria sin la que no se entendería nuestra existencia. No hay formulaciones, ni teorías, ni tampoco tecnología punta que nos salve del olvido. La poeta se lo juega todo a la carta de la buena escritura y de la poesía entendida como una cosa que, aun sin mamá, palpita en cada una de las palabras hasta dejar de ser cosa y convertirse en milagro.

No sabes nunca cómo te vas a comportar en determinadas situaciones. Nunca lo sabes hasta que no llega el momento. Entonces resulta que no te maniataba el miedo y que eras el más osado recorriendo un camino al borde de un gran precipicio. Y a lo mejor lo otro, lo que anhelabas tanto, te deja paralizado o no se ajusta a lo que pensabas que terminaría pasando. Les suele suceder a muchos cuando alcanzan el éxito y se dan cuenta de que realmente esa meta no era la que estaban buscando.
Uno no sabe si sería un gran director de cine, un arriesgado piloto de Fórmula 1 o un prestigioso ornitólogo si no se le presenta la ocasión de dirigir una película, conducir un Ferrari o estar entre águilas reales. El miedo nos paraliza, o nos vuelve cautos, o evita que saltemos al vacío con lo puesto. Pero a veces, ni siquiera el miedo puede con lo que tenía que haber pasado. O tenía que haber pasado y punto, y entonces, de repente, nos vemos haciendo algo que jamás habíamos previsto, o trabajando en aquello para lo que no nos habíamos formado. Y a veces salimos airosos del trance, y otras salimos corriendo o no nos adaptamos a esos cambios inesperados. En el mundo que vivimos, tenemos que estar preparados para descubrir aquellas virtudes que no conocíamos. Realmente esa actitud tendría que ser una especie de mantra ante la vida. Yo siempre cuento que cuando vivía en Irlanda me terminé convirtiendo en un gran especialista en preparar capuchinos. Hasta entonces yo solo había utilizado la cafetera de mi casa, pero de repente me vi trabajando de camarero en un conocido y frecuentado local del centro comercial de Blackrock. Me enseñaron cómo preparar los capuchinos y al cabo de tres semanas se corrió la voz por la zona de que los preparaba de maravilla. Ahora no recuerdo ni cómo se encendía aquella máquina. Todo eso sucedió hace casi treinta años. De repente, el que quería ser poeta y aun no sabía que terminaría trabajando de periodista, se había convertido en un gran maestro cafetero. De todo eso me había olvidado durante años. Estuve varios meses preparando aquellos capuchinos con el punto justo de espuma y una especie de cacao que le ponía por encima. El otro día, mientras miraba distraído cómo me lo preparaban en una cafetería de Las Palmas, se activó inmediatamente el recuerdo de aquellos días dublineses. Y sobre la marcha me sirvió para armarme de valor de cara al mañana: porque uno nunca sabe si acabará descubriendo que es un virtuoso de aquello que aún no conoce. En aquel momento, si quería ganar dinero para pagar mi habitación, mi comida, y para seguir escribiendo, tenía que preparar muchos cafés cada día. Y de repente me convertí en el rey de los capuchinos de Blackrock. Y seguí escribiendo, que al fin y al cabo no es más que seguir recordando, o volviendo ficción lo que solo fueron vivencias del pasado.

Sus restos están enterrados en medio de unos zarzales de la isla de Milos. Se llamaba Deianira, como la mujer de Hércules, y murió con veinticinco años. En el Louvre todos se detienen ante su belleza y creen que están viendo a Afrodita. Posó desnuda en la orilla de la playa para aquel escultor que se volvió loco después de su muerte. Le cortó los brazos a la figura de mármol y la enterró para que nunca la encontrara nadie. La hallaron cientos de años después, a escasos metros de donde está enterrada la modelo, y cerca del lugar en el que también reposan los restos del escultor que estaba enamorado de ella.

Bajó las persianas y se encerró en su despacho. Llegó mucho antes que nosotros. No nos extrañó porque era habitual que llegara primero que nadie y que se encerrara a trabajar aprovechando el silencio de las primeras horas. Pero aquel día no salió en toda la mañana y cuando le llamábamos por línea interna no descolgaba el teléfono. Cuando nos íbamos a marchar a casa todavía seguía encerrado. El jefe tocó en la puerta. Quiso abrir, pero estaba cerrada con llave. Vinieron los de mantenimiento y lograron abrirla en unos pocos minutos. Todos estábamos expectantes. Solo vimos una gran mancha de agua y una iguana gigante. Él no estaba por ninguna parte. Nadie hizo preguntas. Los de mantenimiento se llevaron la iguana y la señora de la limpieza secó el charco. Mañana me tocará a mí trabajar en ese despacho. Me han ascendido; pero en casa no he comentado nada. Mi mujer me ha dicho que he llegado con cara de sapo. He querido contarle lo de la iguana; pero tenía miedo a que se diera cuenta de que mi cara no era realmente la de un batracio.

Quería fallar aquel penalti. No sabe qué le pasó por la cabeza. Final del Mundial. Tiempo de descuento. Cero a cero. Lo pensó en el momento en que colocaba el balón sobre la mancha de cal. El portero se acercó y le miró con cara de pena. Él sabía que se tiraba siempre para el mismo lado. Sus compañeros le nombraron a un entrenador que había muerto hacía un año, le hablaron de sus hijos, de sus padres, de la historia que les aguardaba y del paseo triunfal por la capital. Siempre ponía el balón donde quería. Lo quiso colocar a pocos centímetros del poste para que el fallo no fuera clamoroso, pero el imbécil del portero se tiró por vez primera hacia el lado derecho y en medio de la confusión de la caída acabó metiendo el balón en la portería. No celebró el gol. Todos dijeron que era por la emoción del momento. El meta desapareció para siempre después de aquel partido. Lo agasajan y lo veneran en todas partes; pero él solo piensa en qué habrá sido del portero que aquel día decidió tirarse hacia el lado equivocado.

En medio del desierto un hombre vale mucho menos que la arena. Eso fue lo que le dijo el tuareg que apareció de la nada cuando todos lo daban por muerto. Es lo único que nos ha contado desde su regreso. Si le preguntas por aquellos días en que estuvo perdido y desorientado te mira a los ojos y cambia de tema. Cumple su horario en el trabajo, va a buscar a los niños al colegio y cena con su mujer cada noche. Hace mucho tiempo que no se acarician. En el desierto se juró que cambiaría de vida si lograba regresar a casa, pero sigue igual que antes. Lo único nuevo es la arena que guarda siempre en el bolsillo izquierdo del pantalón que lleve puesto. La mueve entre sus dedos de vez en cuando, como si estuviera removiendo certezas en su propia conciencia.

Estuvo cerca de diez minutos mirando fijamente al perinqué. Ninguno de los dos se movió en todo ese tiempo. Temblaba la papada del lagarto y él pestañeaba de vez en cuando. Uno estaba en la pared y el otro en el sillón. Los dos tuvieron ancestros en el Pleistoceno, pero solo el reptil se mantenía igual de reconocible después de tantos años. El hombre miraba como tratando de reconocerse en los ojos del lagarto. Murió de un infarto antes de que el perinqué volviera a esconderse en algún lugar del tiempo.

Los días de lluvia se acercaba a buscar un café y pedía siempre que le dibujaran un corazón encima de la espuma. Caminaba muy despacio hacia su casa, se cambiaba la ropa mojada y luego salía un momento y tocaba el timbre como si llegara alguien. Entraba y le quitaba la tapa al café que había ido a buscar a la cafetería cercana. Aquel corazón lo veía siempre como el regalo de alguien de quien se había enamorado. Lo tomaba muy despacio mientras miraba las gotas de lluvia en la ventana. Nunca se daba la vuelta hasta que lo terminaba.

Todos tenemos un papel que cumplir. A veces ni siquiera llegamos a saberlo, pero con cada uno de nuestros movimientos, y no digamos con nuestras decisiones, se genera algo distinto y casi siempre inesperado. No es que preconice divinos designios, ni que a estas alturas vaya a decir que somos los más importantes de cuantos pisan la tierra. Todo el mundo es importante, también ese pájaro que alegra la mañana, o esa nube que no es más que un dibujo efímero en medio del universo. Pero luego está la forma de contarnos, esa necesidad de saber lo que sucede para no extraviarnos y para que no nos manipulen todos esos caudillos que se asoman cuando estamos despistados. Para esos avisos está el periodismo, en papel o en digital, tintando nuestros dedos o parpadeando en las pantallas; pero siempre teniendo como fin la veracidad de lo que se nos cuenta.
Los buenos libros, y sobre todo los buenos ensayos, nos ayudan a repensar algo mejor lo que vivimos casi siempre de forma atropellada. Me ha sucedido estos días con El papel de la prensa, un libro escrito por Rafael Álvarez Gil que ha editado Mercurio Editorial. Uno admira a aquellas personas que se han adentrado por los caminos tratando de ver un poco más allá del horizonte. Rafael domina el lenguaje de maravilla y plantea los temas que aborda con naturalidad, con enjundia y con muchos datos que ayudan a entender el papel que juega la prensa y, sobre todo, el periódico. Se asoma a esta realidad periodística que vivimos sin prejuicios y tratando de que seamos los lectores los que respondamos nuestras propias preguntas. Hay que leer este libro para entender el periodismo de estos tiempos, y para que veamos que, lejos de los que quieren que naufrague, vivimos un momento clave que, probablemente, nos llevará también a otra forma de contarnos. Sin embargo, la prensa ha de ser siempre garante de una sociedad libre y democrática. Y no es fácil mantener esa bandera en los tiempos que corren y entre tantos especuladores sin escrúpulos. Los sátrapas querrán siempre silenciar el periodismo porque estando por medio la información veraz y la opinión libre su poder nunca podrá imponerse. Por eso lo primero que hacen los poderes totalitarios de cualquier signo es silenciar a los medios, y no solo a los medios críticos. Creo que el papel convivirá todavía un tiempo con lo digital, pero en un formato o en otro, lo que está en juego es el futuro del ser humano. Cantaba Dylan que la ruleta todavía está girando y que nadie puede predecir dónde se acabará deteniendo. Esa canción se titulaba Los tiempos están cambiando. Y así seguimos, en el periodismo y en la vida. Gira la ruleta y la prensa nos lo tiene que seguir contando: si no sabemos, seremos siempre manipulables; y si no conocemos, estaremos a merced de los que impongan las verdades

Desde lejos parecía uno más. Todos parecemos siempre uno más cuando nos miran desde la distancia. Él se creía, como tantos, un elegido, alguien predestinado a lograr el éxito, y el único, como piensan también muchos de vez en cuando, que se iba a librar de la muerte. Y era verdad que había tenido éxito, si ese éxito se contabilizara con dinero; pero desde lejos, como yo lo veía, no era más que un pobre hombre que acababa de matar una mosca contra el cristal de una ventana.

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