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Archivos Octubre 2015

La primera vez fue en la Caleta de Famara, casi al amanecer, los dos solos en el mundo. Apareció corriendo por la arena y se acercó hasta mí. Me olió y volvió a perderse en el final de la playa, más allá del acantilado. La segunda vez nos encontramos en la playa de Guayedra, también sin nadie alrededor. Llegó con el mismo trote alocado, me miró, volvió a oler mis pies desnudos y siguió corriendo en dirección al barranco. Ayer nos encontramos nuevamente. Llovía y en El Confital no había absolutamente nadie. Apareció como de la nada. Yo solo tuve miedo aquella primera vez en Famara. Ahora me quedo quieto y espero a que me huela y me reconozca. Parece como si llegara de vez en cuando a cerciorarse de que sigo vivo. No sé si han mirado alguna vez a los ojos de un bardino. A mí se me ha cruzado tres veces el mismo perro en tres orillas diferentes. Y en cada una de ellas se llevó en su mirada todo el pasado que no valía la pena guardar en ninguna parte.

Entre un sueño y otro suenan campanas lejanas que te despiertan en mitad de la noche. Solo te desvelas unos segundos. Luego sigues durmiendo y olvidas. Y amaneces en otro lugar y te crees que es el mismo en el que te habías quedado dormido.Tardas en abrir los ojos. Pero reconoces las caras y los nombres. Y hasta la casa que habitas. Alguien te da los buenos días y tú devuelves el saludo. Desayunas escuchando las campanas. Son las ocho de la mañana y un perro se acerca para que lo saques. Hoy es domingo. Lo sabes porque todos los domingos se repiten. Y esa mujer te sonríe y te besa despacio. Tú entonces cierras los ojos y quieres creer que estás enamorado.

Casi nunca miraba al suelo cuando caminaba por la calle, pero aquella mañana, tras las intensas lluvias que habían caído en la ciudad, había grandes charcos por todas partes. Trataba de saltarlos con cuidado, aunque de vez en cuando terminaba metiendo el pie en alguno de ellos. Fue entonces cuando reconoció la letra R del Scrabble en medio de los adoquines. Y se acordó de Rosa, que siempre firmaba las cartas con la primera letra de su nombre. No sabía dónde había metido aquellas cartas. Rosa fue su primera novia, y los novios entonces se escribían cartas apasionadas cuando estaban separados. Se agachó y cogió la R que había en el suelo. En la esquina siguiente se la encontró. Iba hablando sola por la calle, desaliñada, como perdida en medio de la gente, completamente empapada. Sabía que era ella, pero siguió de largo con el recuerdo de cómo era cuando le escribía aquellas cartas Sabía que era ella, pero siguió de largo con el recuerdo de cómo era cuando le escribía las cartas que terminaba firmando con la misma tipografía que aquella letra.

Plaza de las Ranas. Domingo. Once de la mañana. Una mujer en silla de ruedas. La mirada perdida. Unos ochenta años. A su lado pasa una niña de ocho años con su padre. Inquieta. Risueña. La mujer sigue el rastro de la niña. Se recuerda así. Los domingos. Hace setenta años. Con su padre. Camino del Bar Polo, en el Puente de Palo. Él pedía una cerveza y a ella le servían un batido de chocolate. La que la empuja le habla con diminutivos. Su padre nunca le habló con diminutivos. Era un hombre cariñoso y serio. Tomaba la cerveza y la miraba sonriendo. No tenían que decirse nada. La niña se ha girado de repente y se le ha quedado mirando como si le leyera el pensamiento. Podía ser ella. A lo mejor es ella caminando de la mano de su padre.

Le habían encargado que pintara la fachada de un edificio de la ciudad antigua. No se complicaba la vida cuando pintaba y mientras lo hacía escuchaba música en la radio. Aquella mañana estaba en una escalera. Los nuevos dueños habían decidido pintar la casa de rojo inglés. Durante cien años la conocieron como La Casa Lila. Al principio pensó que todavía le duraba el efecto de las cervezas que se había tomado en el asadero del día anterior y siguió pintando; pero luego, cuando se le volvió a aparecer aquella cara, se bajó de la escalera y estuvo un rato caminando solo por la calle. Llamó a su mujer al móvil y le comentó que una cara le acababa de hablar en la pared de la casa que estaba pintando. Su mujer le dijo que se dejara de tonterías y que volviera a subir a la escalera; pero por más que lo intentaba no podía volver a pasar la brocha por donde sabía que estaba la cara que le había hablado. No entendió lo que le dijo, pero se negó a hacer el trabajo y lo echaron a la calle. No para de recordar aquella cara. El psiquiatra le dice que no fue más que una ilusión y que llevaba un tiempo muy estresado con los problemas de sus hijos. Él calla y camina por las calles sin mirar nunca a las paredes. Se le ha terminado el paro. Todos le miran en su casa. Los otros pintores que llegaron tampoco se atrevieron a seguir pintando de rojo la fachada que siempre fue lila. Los dueños murieron en un accidente de tráfico y la casa ha quedado como estaba.

Aprendemos mirando lo que hacen los otros. Lo descubres en los niños. Por eso es tan importante que los niños se encuentren espejos limpios en los que poder mirarse. Si nos ven caminar, ellos caminan poniendo un pie delante de otro hasta que logran dar varios pasos sin caerse al suelo. Nosotros también imitamos durante muchos años, e hicimos todo aquello que nos fueron mandando. Pero luego llega un momento en la vida en el que cada cual ha de improvisar su propio mapa. Si te juntas todo el tiempo con la manada, te caerás menos veces; pero serás un poco más gris y no tan original como esperabas. Lo difícil es salirte del grupo sin aislarte, mantener un pie dentro de la realidad y poder conseguir que el otro esté pisando sobre terrenos más creativos e inexplorados. Entonces es cuando comienza la búsqueda del equilibrio, el ser o no ser de Hamlet con el que Shakespeare nos sigue preguntando todavía desde el escenario, y si nos vamos un poco más lejos el arjé de la fisis de los griegos o aquel agua de Heráclito de Éfeso en la que nunca nos bañábamos dos veces.
Un amigo me decía el otro día que el mundo no está para que lo imite nadie. El mundo no sé, pero hay que intentar que los niños no sigan imitando lo que aparece cada día en los telediarios. Vivimos unos tiempos en los que no podemos dormirnos pensando que la libertad o la justicia estarán siempre a salvo. Y no digamos el valor del esfuerzo. ¿Cómo le explicas a un adolescente que la vida es una carrera de fondo y que lo único que vale la pena es lo que se consigue luchando sin traicionarte y sin venderte a falsos oropeles? Cualquier pisaverde de esos que se encierran en las casas y ganan dinerales mientras otros gritan como orates en los estudios de televisión te pueden echar abajo el futuro de un adolescente. Alguien me dijo un día que a la cima puedes llegar arrastrándote como una serpiente o volando como un águila. Lo fácil es arrastrarse, pero he visto trepar a muchos que traen tanto barro y tanta putrefacción que cuando llegan se sienten más derrotados que los que fueron pisando para ir subiendo esa montaña. Los que llegan dignamente saben que todo es efímero y que han de seguir andando para intentar mejorar el mundo con sus pasos. Y a veces, cuando no encuentran camino ni ven cima alguna a la que seguir subiendo, tienen que pararse y trazar ellos mismos un horizonte o inventarse utopías para seguir caminando. Se equivocan muchas veces, porque los que no imitan todo el rato saben que corren el riesgo de caer luego desde las laderas más altas. Pero también aprendieron a comenzar de nuevo cada mañana. Realmente no olvidan nunca que empiezan de nuevo cada mañana. Si lo olvidaran se convertirían en unos mequetrefes como esos que desaprovechan su vida metidos en esas casas que salen a todas horas en las pantallas.


Él creía que eran mensajes casi divinos, que alguien derramaba arena junto a su ventana, o la dejaba amontonada en su azotea, para que entendiera que no estaba solo y que velaban por su vida. Tal vez fuera cierto que había alguien, pero aquella arena la traía el viento desde hacía millones de años para renovar las dunas de un paisaje que volverá a ser desierto cuando nos vayamos.

No me estoy inventando nada. Le juro que es como lo cuento. Mi abuelo me decía que ellos veían películas y que cuando comenzó Internet estaban todo el día conectados a las pantallas. Yo recuerdo poco a mi abuelo porque no levantaba la cabeza de la pantalla. Me saludaba directamente en ella. Mi padre y mi madre ya llevaban el microchip en el propio cuerpo. Nosotros nacimos así. Somos como los fotogramas que veía mi abuelo cuando era niño. Cuando se apaguen las pantallas desaparecemos para siempre.

El hombre llevaba veinte años asomándose a aquella ventana. Lo veía cada día desde mi despacho, impasible, cada vez más pálido y macilento, siempre con una camisilla azul. Hoy he visto a una pareja asomada a esa misma cristalera. Parecía como si estuviera estrenando la casa. Supuse que el otro hombre se habría mudado o que habría muerto. Le pregunté al portero de mi edificio y me dijo que ese piso llevaba vacío diez años y que aquel hombre de la camisilla azul había fallecido en 2005. Ahora trabajo con las persianas bajadas todo el tiempo y he pedido traslado a uno de los despachos que dan para el patio interior del edificio.

No ha podido escribir el poema por el que finalmente será recordado cuando muera. Tiene muchos libros publicados, le han concedido premios importantes, y cuenta con traducciones y tesis doctorales de su obra; pero lleva toda la vida buscando esos versos que sabe que todavía no han llegado. Se aproximó hace unos días durante una charla que dio en un colegio trilingüe. Una alumna de la primera fila vio cómo cayó su lápiz al suelo dos veces en menos de media hora. Ella se sonrojó, pero no pudo hacer nada por evitar que aquel lápiz se le escapara de las manos. Era solo un aviso. Con ese mismo lápiz, él escribirá algún día los versos que sueña. Le quedan siete años. Su hija vendrá a estudiar a este colegio. Todavía no es padre. Esa niña se acercará en los primeros días de clase a una caja de lápices olvidados y comenzará a trazar sus primeras letras. Se llevará el lápiz a su casa y su padre escribirá luego unos versos sobre esas primeras letras. Hoy lo vio un momento la segunda vez que se cayó al suelo. Estaba casi nuevo.

Eran ellos. De eso estaba seguro. Los años cambian a la gente, pero siempre dejamos pistas para que nos reconozcan incluso los que apenas nos vieron unos segundos. Nuestra mirada, un pequeño gesto del que casi no somos conscientes, el movimiento de las manos al caminar, siempre nos vamos delatando aunque creamos que somos distintos y que no nos parecemos al del pasado, a aquel otro que vestía con modas más horteras y que se equivocaba tantas veces tratando de encontrar su lugar en el mundo. El hombre seguía teniendo aquel aire de superioridad que a él le llamó la atención la noche que los encontró en la plaza, y ella conservaba el rictus inalterable de quien sabe lo que quiere y también de quien ha aprendido a ocultar los rastros que dejan los sentimientos en algunas miradas y en algunos gestos. Eran seres calculadores, ambiciosos, que entonces no tendrían más de veinte años.
Él paseaba a su perro aquella noche por la plaza. Tenía treinta y cinco años y vivía en una encrucijada de caminos en la que sabía que cualquier elección casi conllevaba una renuncia al resto de las posibles rutas vitales que tenía delante. Ellos hablaban del futuro. En alguna casa cercana sonaban los acordes de La flauta mágica de Mozart. No hacía frío. Pasó al lado de la pareja y le llamó la atención lo que dijo ella. "Si alguna vez tenemos hijos quisiera bautizarlos con nombres de metales". El novio le dijo que le parecía una buena idea. Los dos estudiaban algo de Ingeniería. Lo supo en las dos o tres vueltas que dio con el perro. Hablaban de un examen de Circuitos y Sistemas. Los vio alguna que otra noche más por la plaza, pero se conoce que luego ya no tuvieron más tiempo que perder juntos o que cambiaron de escenarios para sus cuitas y sus confidencias de futuros padres de niños metálicos. Él al final siguió viviendo en la misma plaza. No cogió otros caminos y se fue quedando atrás, o por lo menos no llegó adonde había querido llegar cuando soñaba con veinte años. Tenía un buen trabajo, estaba casado y ahora paseaba a otro perro por la plaza. Era sábado por la tarde y se celebraba una boda. Los vio venir a lo lejos y los reconoció sobre la marcha. A su lado venían tres jóvenes casi robóticos que apenas sonreían. Se acercaron a otra familia y se presentaron. La madre estaba justo en el mismo banco en el que veinte años antes había decidido tener a esos hijos con esos nombres. Se llamaban Cadmio, Estroncio y Cesio y tenían más o menos la edad que tenían los padres cuando él paseaba a otro perro y aún creía que tendría años para cambiar su suerte. Los jóvenes no levantaban las miradas de sus máquinas. Realmente parecían metales, seres fríos y lejanos que hacían honor a los sueños minerales de su madre.

Nunca pudo dejar de sentir una cierta inquietud cuando apretaba el interruptor de una habitación que estaba oscura. Siempre intentaba demorarse unos segundos para dar tiempo a los fantasmas. No quería sorprenderlos de repente haciendo su vida donde ella hacía la suya cuando todo se iluminaba. Cuando se iba lejos siempre dejaba agua y alimentos imperecederos por toda la casa. Lo encontraba todo igual cuando regresaba, pero se decía siempre que si ella fuera fantasma haría lo mismo para no delatarse. Tal vez esos fantasmas también se demoren unos segundos antes de encender las luces de otras habitaciones lejanas. Y puede que entonces sea ella la que se esconda y la que no beba el agua que le dejan cuando se marchan de viaje.

Cuando se mojaba, el suelo de baldosas rojas se convertía en una gran pista de patinaje. La ropa se empapaba y la lluvia caía sobre nuestros cabellos. Nos reíamos si alguien resbalaba. Así estuvimos hasta que crecimos y empezamos a mirar la lluvia desde la ventana. De vez en cuando reaparece un niño y lo vemos chapotear en los charcos del patio de baldosas rojas. Y entonces sentimos un frío parecido al de los zapatos mojados.

Siempre te gustaban las imágenes que parecían iguales pero contenían alguna diferencia. Cada día te acercabas primero que nadie al periódico de papá y marcabas con el dedo un ladrillo del suelo, un pomo de una puerta o un vaso en medio de decenas de vasos que era distinto al resto. No hacía falta ni que te concentraras para encontrar esas pequeñas distinciones que el dibujante intentaba que pasaran desapercibidas. A mí todavía me sigue costando mucho darme cuenta de esas diferencias. Tampoco en lo que veo cada día encuentro esos cambios que los demás dicen que ven por todas partes. Tú sí, tú sigues viviendo como una aventurera que desde que amanece va diciendo que cada día es totalmente distinto al anterior. A las demás nos cuesta a veces encontrar esos cambios que tú aprecias como mismo descubrías las diferencias en los pasatiempos. Y eso que somos gemelas y que todos dicen que nos parecemos como dos gotas de agua.

Rodó el sillón del salón de la casa de su abuela y apareció la pelota saltarina con la que ella se pasaba horas enteras dando botes por toda la casa. No recordaba haberla perdido. Imagina que la dejaría atrás, como se van dejando tantos objetos, calles, personas y olores en la vida. Estaba envuelta en una gran nube de polvo junto a una de las patas. Ella calculó que llevaría allí cuarenta años. El plástico de la pelota se había pegado a la madera, pero una vez la despegó y le quitó el polvo de tantos años comprobó que botaba igual que cuando ella era pequeña; pero esta vez no llegaba a tiempo de cogerla por el aire antes de que siguiera botando descontroladamente. Se la llevó en su bolso y ahora no sabe qué hacer con ella ni en qué cajón de su casa debe guardarla.

Es fácil reinventarse una biografía con dos copas. En Gran Canaria me he encontrado muchas veces con hombres que aseguran que pudieron llegar a ser como el futbolista Germán Dévora. Todos hablan de mala suerte, de lesiones o se inventan toda clase de avatares que no vivieron. Los solía encontrar en los bares últimos de la noche de los que hablaba el poeta. En Madrid me pasaba lo mismo con Gento o con Santillana. O te dicen que tenían que haber sido Serrat o Fernán Gómez. Siempre hay quien se cree la propia mentira de su pasado, aquel esplendor en la hierba del que también escribió otro poeta, que aun existiendo no es más que una brasa que apagó el tiempo en la memoria más lejana.


Todos esperan por la luz verde para seguir caminando. No paran de pasar los coches. Se detendrán cuando nosotros sigamos adelante. Aún no sabemos qué conductores nos verán cruzar la calle. Delante de mí hay decenas de personas que una vez crucen se perderán por la ciudad siguiendo rutas diferentes. No conozco a nadie. Casi no nos miramos. Si bajamos la vista solo vemos zapatos, y si la levantamos hay un cielo, que hoy es azul, viéndonos desde tan lejos que debemos parecer mentira, o seres raros, diminutos, siguiendo luces que se encienden y se apagan, y andando tan rápido como si fuéramos a llegar a alguna parte. Desde esa lejanía debemos parecer unos seres curiosos, nosotros, que nos creemos importantes, tan inmortales, y que nos agobiamos por cualquier contingencia que no controlamos o que no sale como habíamos planeado.
En el otro lado de la acera veo que alguien se para delante de un mendigo que toca una flauta. Se saludan, y el que se detiene saca una barra de pan de un cartucho y la parte por la mitad antes de dársela al que tocaba la flauta. No sé qué melodía estaría tocando porque los coches silencian todos los acordes. Habitualmente, cuando camino a su lado, suele interpretar El cóndor pasa. Le agradece el pan al peatón que sigue de largo mientras nosotros esperamos la luz verde. Luego parte esa media barra en otra mitad y una de esas dos mitades la trocea y se la da a su perro. Ya todo esto lo veo cuando he cruzado la calle. Le doy una moneda aunque no esté tocando y el perro me mira agradecido mientras mastica un trozo de pan con el mismo desespero que su dueño. Al pararme he perdido de vista a todos los que me acompañaban en el semáforo. Y esta vez, cuando crucé, no me fijé en quiénes estaban en los coches que esperaban. Iba pendiente del pan, del peatón, del perro y del hombre que ya no toca la flauta. A lo mejor en alguno de esos coches viajaba alguien conocido, o un amor del pasado, o el amor que me aguarda y que aún no se ha cruzado con mi mirada. Sigo andando camino de casa. Mi sombra se refleja en los adoquines de la calle y en fachadas centenarias. Camino por un barrio antiguo en el que se reflejarían miles de sombras como la mía durante años. Alguien me saluda. Le devuelvo el saludo, pero creo que se ha dado cuenta de que no soy quien pensaba. Yo he preferido saludarlo como si lo conociera. A lo mejor hemos sido amigos hace tiempo y nuestras caras han cambiado tanto que ya no nos reconocemos. Hace años que no veo a muchos amigos de mi infancia. Quizá hemos coincidido alguna vez en un semáforo y tampoco nos hemos reconocido. Unos esperando en un coche y los otros deseando que se detuvieran los vehículos para poder seguir de largo. Siempre seguimos de largo y a lo lejos suele haber alguien que toca El cóndor pasa. Cambian los peatones, pero la música y la vida se repiten eternamente en cualquier calle.

Siempre estaba soñando con cabinas telefónicas. Recorría ciudades casi apocalípticas tratando de llamar a alguien que viniera a rescatarlo. Había fallecido hacía veinte años y no encontraba la manera de salir del infierno. Murió mientras dormía. Todos decían que envidiaban su muerte creyendo que descansaba plácidamente para siempre. Él creía que seguía soñando, y aún esperaba que alguien descolgara el teléfono desde el otro lado.

Las casas envejecen por las ventanas. Cuando no se asoma nadie se van desgastando las maderas y los cristales se empañan de ausencias.

La primera vez que vio unos fuegos artificiales pensaba que era el propio cielo el que generaba aquellos colores y aquellas formas que luego se desvanecían en la noche sin dejar ningún rastro. Su padre la había subido sobre sus hombros. Ella tendría tres o cuatro años. Entonces vivió aquel momento con la misma naturalidad que se vive cada día de la infancia. No sabía que el resto de su vida, esa imagen se le iba a aparecer muchísimas veces. Era una noche de verano, con fiestas en el pueblo de su padre, y probablemente el día que más tarde había estado en la calle. Esa es la imagen que ella asocia ahora con la felicidad, unos fuegos artificiales que dibujan palmeras en un cielo estrellado. Su padre era joven y guapo. Recuerda sus ojos aquella noche. Ahora lo ve sentado mirando todo el rato hacia la ventana. Ni siquiera se gira cuando pronuncia su nombre. Ella sí le recuerda a veces aquella noche y él entonces esboza una sonrisa y le acaricia la cara como mismo hacía entonces cuando la miraba.

Al final la vida se parece más a una serie que a una película. Antes decíamos que nuestra existencia se asemejaba a una novela, y es cierto porque las novelas no son más que invenciones con personajes que a veces alcanzan los sueños que a nosotros nos roban los años. Sin embargo en estos tiempos de redes sociales, decenas de canales de televisión y ataduras a tantos aparatos que, al paso que vamos, acabarán por robarnos el alma, la duración de las series se ajusta mejor a nuestros ritmos y a nuestras necesidades de asimilar ficciones e imágenes. Y todos tenemos nuestra serie de culto, o nuestros personajes más cercanos. Yo soy de Mad Men. Hace años que la recomiendo, tal vez porque en esa serie se entremezclan el cine, la literatura y el mundo de la publicidad y del periodismo. Y porque en el fondo todos nos acabábamos pareciendo un poco a Don Draper.
En un mundo en el que todo se vende y todo se termina comprando si viene acompañado de eslóganes y de campañas publicitarias, esta serie nos ayuda a entender de dónde venimos y hacia dónde podemos encaminarnos. Y es que ese origen de todo lo que vivimos tiene su comienzo en los años cincuenta y sesenta que retrata la serie. No bebemos ni fumamos como ellos, pero nuestras relaciones de pareja, nuestras ambiciones, los golpes de la vida o el humor que ayuda a saltar todas las barreras están presentes todo el tiempo. En los últimos premios Emmy, solo se alzó con el máximo galardón el actor protagonista, Jon Hamm. Es cierto que la serie se sostiene casi siempre con sus interpretaciones, pero lo bueno de esa sociedad que recrea es la multiplicidad de personajes y, sobre todo, ese acierto de convertir cada capítulo en una historia cerrada que, a su vez, se va complementando con el devenir de la propia serie. Hace unas semanas pude ver la séptima y última temporada y, evidentemente, no les voy a desvelar el final; pero se ajusta a lo que uno espera de los finales, que es precisamente lo más inesperado. Y ya decía que se parecía mucho a la vida, porque también la protagonizamos con capítulos diarios que forman parte de la novela que decía Galdós que lleva el hombre por doquiera que vaya. Al fin y al cabo, Mad Men parte de una novela titulada El hombre del traje gris, que escribió Sloan Wilson en los años cincuenta. Las canciones, los grandes sucesos de hace unas décadas, la moda o los anuncios nos ayudan a entender un poco mejor este mundo que estamos inventando sin saber si queremos ser virtuales o reales, o si finalmente solo deseamos vivir con la conciencia de que estamos andando por un planeta que no creo que nos fuera dado para complicarnos tanto con las fronteras, las religiones y las razas. Aquí las tramas las tenemos que cerrar cada uno de nosotros. Y nuestro capítulo diario. Y también esa vida que a veces parece que alguien está viendo desde una pantalla lejana.

El niño apenas tenía espacio para seguir por la acera. Una furgoneta ocupaba el pequeño callejón por el que pasaba a diario. Se pegó tanto a la pared que se raspó el codo y sangró. Fue a llorar, pero antes de que lo hiciera su madre ya le estaba diciendo que era un desastre y que solo servía para comer. He visto a esa madre con ese niño muchas mañanas. Casi siempre va humillándolo por la calle. Un día le iba dando gritos porque el niño se había inventado en el colegio un padre que no estaba en la cárcel.

Hoy 3 de octubre de 2015 hace más de mil seiscientos años que el emperador romano Teodosio I firmó en Constantinopla la paz con los visigodos que permitió que estos se establecieran al sur de las orillas del Danubio. También un día como hoy, hace más de dos mil años, tras 40 días de asedio, Vercingétorix, líder de los galos, presentó sus armas a Julio César, poniendo fin al asedio de Alesia y a la conquista romana de la Galia. No sé qué renglones nos reserva la historia a nosotros, pero no creo que le podamos robar espacio ni a Teodosio, ni a Julio César, ni a Vercingétorix. Este último es el más olvidado en los manuales de historia. La derrota borra mucho antes los nombres de la memoria de los hombres. Hoy quiero reivindicar a Vercingétorix. Donde quiera que esté. Para que sepa que al paso de dos mil años ya da lo mismo quien gane o quien pierda las batallas. Cuentan que vencido en Alesia, fue apresado y encarcelado en el Tullianum durante seis años hasta que fue ejecutado.

De repente se encontró con otra persona en el espejo. Llevaba años sin ir al oculista. Ya, ya sé que suena a tópico, pero eso fue lo que le sucedió a ese hombre. No conducía. A lo mejor si hubiera tenido que sacarse el carné se hubieran dado cuenta antes con la revisión de la vista. Fue porque había contratado un seguro privado y le ofrecían gratuitamente esas revisiones. Le descubrieron la miopía y le pusieron lentillas. Nunca se había visto así, por lo que dedujo que llevaba viendo mal desde hacía muchos años. Tampoco le gustaban los detalles de lo que le rodeaba. Para él, todo había estado siempre difuminado, también su mirada. Nunca se había podido mirar cara a cara ante el espejo. Por eso había podido ser tan canalla. Ahora se ha venido abajo y ha descubierto todo el daño que ha hecho. Sus ojos también provocan espanto. A él le había dado lo mismo que nadie le hubiese amado nunca. Se creía un tipo feo y no lo era. Eran su rictus y sus ojos los que le habían aislado. Y todo el horror que había provocado su avaricia lo estaba viendo ahora por vez primera en el espejo.

Se llevan oliendo desde hace más de un año. Ninguno de los dos lo sabe, pero cuando salen a la calle les cambia la cara. Ellos creen que es la brisa del mar cercano. Vivieron juntos tres romances. El primero duró apenas una semana en una aldea de un país de Oriente. El segundo, cuatro siglos más tarde, fue en una ciudad centroeuropea en la que fueron amantes. En ese caso el amor duró diez años. Ella se dejó morir cuando se enteró que él había muerto en la batalla de Waterloo. La última vez sí pudieron estar juntos veinte años. Vivieron en Buenos Aires, en un apartamento minúsculo, después de fugarse juntos de Nápoles. Aquí no han llegado a conocerse, pero se huelen a diario por las calles. No les corresponde verse ni un solo día. Habrá otras vidas y otras oportunidades de encontrarse. Ella es inspectora de Hacienda y ha sido destinada a la Delegación de Las Palmas. Él nació aquí, pero dentro de unas semanas se irá a Miami a trabajar en la empresa de un primo. Aún no lo saben, pero estarán mucho más tristes cuando salgan a la calle y su memoria más lejana no reconozca el olor del otro cuerpo que tanto amaron en otras ciudades y en otras circunstancias.

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