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Archivos Septiembre 2015

Jugaba en la playa y alguien tiró una bola de arena. Hace más de cuarenta años. Me cegó la mirada y corrí rápido al agua para enjuagar mis ojos en el fondo. Cada mañana reconozco restos de esa orilla entre la sal de mis legañas.

También tuvieron miedo. No sé si ahora disimulan. Nunca pierden la sonrisa. Vienen con muchas derrotas pero han llegado vivos, y yo creo que eso es lo que celebran. Un día se levantaron y se sintieron fuertes e invencibles. Dicen que a veces sucede si resistes. Ellos son viejos y sabios. Han visto mucho mundo. Me gusta observarlos desde lejos tan seguros y tan serenos. Han ganado y lo saben. Derrotaron al miedo y siguen caminando por la cuerda floja de la esperanza. Todos caminamos por esa cuerda. Pero solo los valientes son capaces de seguir adelante.

Dibujaba caras que luego borraba para que se convirtieran en fantasmas.

Hay poetas que solo son niñas que se salvaron a tiempo. Y quien tiene niños cerca sabe que la infancia no es solo una bendita inocencia. Hay mucho más, un acercamiento constante a todo lo que les rodea, un sinfín de preguntas sin respuestas y una búsqueda que va mucho más allá de lo que se tiene delante. Luego crecemos, estudiamos, nos hipotecamos y cuando nos damos cuenta ya hemos perdido esa magia que nos salvaba del tedio. Jugar era cerrar los ojos e imaginar un mundo nuevo. Cuando uno escribe cree que trasciende, pero realmente lo único que hace es regresar a la mirada limpia de los cinco años.
De todo lo que acabo escribir sabe mucho la poeta María José Vidal Prado, una gallega que lleva muchos años recorriendo las calles de Vegueta. María José presentará en los próximos días su primer libro de poemas. Lo publica la editorial madrileña Vitruvio y se titula Historia de un jardín muerto y de un pájaro rojo. Toda su poesía parece escrita por alguien que ve mucho más allá de lo que tenemos delante. Si fuéramos al tópico hablaríamos de magias o de meigas gallegas; pero esta poeta es más Alicia que gallega, más hija de Lewis Carrol que canaria, y no hace otra cosa que adentrarse en el espejo desde que no la están mirando. Su poesía está llena de imágenes que te hacen levantar los ojos del libro sobre la marcha; pero al mismo tiempo es sentenciosa y precisa, a veces casi visionaria, otras oscura, y siempre sorprendente y profunda. Y no hay verso que no lleve un mundo debajo de cada una de sus letras. Te acerca al humor y a la ironía valleinclanesca o se adentra entre las sombras de Leopoldo María Panero, tiene un poco de Silvia Plath y de Pizarnik y hubiera querido ser la hermana que no tuvo Hamlet cuando salió del castillo de Elsinor. La voz de MJ Vidal Prado resuena en cada uno de los versos que escribe, como si en ellos hubiera dejado grabados para siempre los ecos de sus propias palabras. Y escribe que "dentro de esa caja/que no abro/mi futuro es pretérito." También estas palabras serán pretérito antes de terminar el párrafo. Pero lo que se cuenta, aun siendo pasado lejano, siempre se queda a salvo de la quema del tiempo. Este es su primer publicado, pero lleva muchos años tratando de entender la vida detrás de cada una de las palabras que escribe para no extraviarse en ninguna de las noches oscuras del alma. La llegada de una poeta debería ser celebrada con vítores y fanfarrias, pero este mundo tiene sus propias metáforas y la emoción y las heroicidades las deja solo para los que golpean balones entre tres palos. Ya luego, cuando no estemos ninguno de nosotros, solo dejaremos palabras para que los que vengan más adelante traten de seguir buscando pistas en medio de la nada. Lo escribe también María José Vidal Prado en uno de sus poemas: "La brisa de la tarde/ nos fue borrando a todos./ La misma/ que nos acariciaba."

Esa hoja tiene añoranza de tierra mojada. Cae en la calle de un otoño caluroso en una ciudad atlántica. Pasan los coches sobre ella y aun así se remueve como queriendo ser abono en el asfalto.

Sí fue un cambio repentino. Vivía al margen de las religiones y presumía a todas horas de su agnosticismo. Yo iba con ella. Caminábamos cogidos de la mano por una calle peatonal de Las Palmas de Gran Canaria cuando le sonó el teléfono. Nos separamos un momento. Entonces no me di cuenta. Pero al día siguiente fue cuando amaneció con todo ese misticismo y también fue cuando me dijo que me dejaba porque necesitaba buscarse. Empezó a frecuentar ese centro todos los viernes y todos los domingos. Con el tiempo sí recordé que cuando la llamaron pasó en medio de dos señores que estaban con una biblia y unos carteles en mitad de la calle. Se llevó su fe como otros se llevan la suerte. Esos señores desaparecieron de repente después de haber estado muchos años en esa calle. La última vez que la vi solo hablaba citando versículos de la biblia. Estaba en el mismo sitio en el que un día se había separado de mí para contestar el teléfono.

Cada mañana se encontraba decenas de solicitudes de amistad de coreanos en su muro de Facebook. No las aceptaba, pero luego se iba a buscar a sus amigos y se encontraba a todos esos coreanos que había rechazado. No entendía lo que escribían y sin embargo muchos de ellos interactuaban en su muro. Todo su muro era asiático. Siempre decía que escribía en trance y que se conectaba cuando aún sentía que no había bajado a la tierra. Era coreano y vivía en Seúl, pero él estaba empeñado en que era canario y vivía en La Gomera.

Algunas mañanas sacudía las sábanas en la ventana sin darse cuenta de la arena que caía a la calle. Luego esa arena se la llevaba el viento y se mezclaba con el asfalto o a veces, cuando llovía, acababa formando pequeñas orillas en los charcos. Esa arena salía de su cuerpo cuando la acariciaba su marido. No lo amaba y su piel tampoco quería sentir la frialdad de sus manos, pero ella nunca se dio cuenta de la erosión de su cuerpo cuando sacudía las sábanas.

Uno aprende de los escritores que lee. No hay otro camino en el aprendizaje de la literatura. Yo he aprendido mucho con Ignacio Martínez de Pisón. Me acerqué a su obra de la mano de Anagrama antes de que pudiera comenzar a publicar lo que escribo. En aquellos días leí los relatos de El fin de los buenos tiempos y novelas como María Bonita o Carreteras Secundarias. En esos libros encontré la frescura del lenguaje cotidiano junto a la urdimbre de unas tramas bien armadas.
Luego fueron llegando los otros libros. No se puede dejar de leer Enterrar a los muertos, una biografía literaria que cuenta el asesinato de Ignacio Robles, intelectual de izquierdas y traductor de John Dos Passos, por parte de los soviéticos en los años finales de la Guerra Civil. Pero para entender la España que va desde la posguerra hasta nuestros días, hay que acudir a las peripecias de Justo Gil que se cuentan en El día de mañana, a lo que se narra en El tiempo de las mujeres y, sobre todo, a La buena reputación, la novela de Pisón que, en mi opinión, mejor retrata los años del desarrollismo y todo el proceso que nos llevó desde el blanco y negro al color sin pasar por ningún tono intermedio que nos fuera acostumbrando a una nueva mirada. Esta, además, es su novela más galdosiana y más documentada. La vida de los judíos en Melilla, sus salidas clandestinas desde Melilla hacia Gibraltar huyendo de Marruecos o el empeño de muchos de ellos por seguir las tradiciones en pleno franquismo, conforman las primeras páginas de la obra que ha sido premiada con el Nacional de Narrativa. Luego la historia va cambiando de escenarios y se traslada a Málaga y a Zaragoza, que es donde se desarrolla casi toda la trama. En medio aparecen algunos escenarios que juegan un papel determinante en la novela, entre otros Las Palmas, que es el lugar al que se viene a trabajar Ramiro, el marido de una de las protagonistas, después de un desfalco en la capital maña y previo paso por Logroño.
Pisón es, sobre todo, un gran creador de personajes que escribe con lenguaje preciso, sin florituras, un autor que va logrando, con esa sencillez siempre tan difícil de conseguir, hilvanar historias que nos emocionan y que nos atrapan desde los primeros renglones. En este libro las grandes protagonistas son las mujeres, con Mercedes, Sara y Miriam a la cabeza. Llevo varias semanas disfrutando de esta historia que nos reconcilia con la novela, con ese espejo en el camino del que hablaba Stendhal. Me queda la parte final, y leo despacio para demorar la salida de ese mundo en el que me encierro desde que me acerco a las primeras palabras cada noche. Busquen La buena reputación y encontrarán un tiempo en el que situarse, ese tiempo que creíamos olvidado o que no entendemos hasta que nos lo presentan a través de unos personajes que se nos parezcan.

La primera lluvia de septiembre le sorprendió con zapatos de tela. Se le empaparon en los charcos y cuando llegó al trabajo tuvo que quitárselos y dejarlos junto a la mesa de su despacho hasta que se secaran. Se acercó al baño con los calcetines y al regresar se encontró varios regalos junto a los zapatos todavía húmedos. Estaba él solo y nadie había abierto la puerta. No sabía qué hacer. Volvió al baño y se encerró dentro hasta que llegara su secretaria. Cuando salió, ella se comportó como todos los días y él vio que ya no había ningún regalo junto a sus zapatos.

El viejo te contaba que no eran nombres raros. Lo que sucedía es que tú no habías vivido los días del cine. Era el acontecimiento de cada semana. Cuando eran niños y no había televisión les parecían increíbles aquellos indios y aquellos vaqueros que siempre estaban a punto de caer de los caballos o de salir de la pantalla. Todos los domingos por la tarde tocaba soñar un rato. Se apagaba la luz y en aquel pueblo alejado del mundo aparecían Nueva York, las brumas de Londres o palacios centroeuropeos con reinas que parecían diosas. También participaban piratas o cómicos que hacían reír con una simple mueca. Ellos salían luego imitando todo lo que veían entre las calles de adoquines o en unas plataneras que muchas veces se terminaron convirtiendo en los bosques de Nottingham.
Más tarde, en la adolescencia, iban al cine con las novias, y allí encontraban la única oscuridad que les permitía dar los primeros besos como si fueran unos héroes enamorados que cambiarían el mundo con unos abrazos. Ya casados con aquellas primeras novias, seguían soñando en las sesiones de la noche que había otro mundo lejos de aquel pueblo y que, en cualquier momento, ellos podrían ser protagonistas de un drama o de una comedia como las que acontecían en Filadelfia o en Los Ángeles. Durante dos horas cada semana eran felices y soñaban mucho más allá de la pantalla. De eso hace mucho tiempo. Ya no hay cine en el pueblo, y no hay ninguna televisión que se pueda comparar con aquel acontecimiento. Se apagaban las luces y comenzaban los sueños. Ese viejo te está contando un mundo que ya queda lejos. Yo viví los últimos años, con el cine como el gran centro de atención de cada semana. Por eso no te suenan de nada los nombres. Todos los viejos terminaban siendo alguno de aquellos actores. También sus mujeres eran Rita Hayworth, Katherine Hepburn o Greta Garbo. Luego esos nombres se iban encogiendo y dejaban de ser María para ser Greta o en lugar de Nieves pasaban a llamarse Katherine. Ellos también fueron John Wayne, Montogorie Clift o Gregory Peck. No había actor o actriz de entonces que no encontrara su semejanza en el pueblo. Yo crecí escuchando aquellos ecos del celuloide cuando me mandaban a comprar a la tienda de Chaplin o a la mercería de Lana Turner. Él no se está inventando nada. Conoció a toda esa gente que nombra, primero en el cine y luego en las calles. Tendrías que haber visto la cara de quien todos llamaban Gary Cooper cuando repusieron Solo ante el peligro en el cine del pueblo. Nosotros, cuando éramos pequeños, también salíamos de las sesiones de los domingos siendo un personaje para siempre. Y aún hoy recuerdo a muchos amigos por el nombre de algunos de aquellos vaqueros de John Ford o con el apelativo de un pirata que todavía debe seguir navegando por mares de ensueño.

Se sentaba en la costa tocando el timple. Si pasabas a su lado ni siquiera levantaba la cabeza. A mí me gustaba pasear cerca de donde se colocaba cada tarde. Nunca supe su historia y jamás le interrumpí para preguntarle. Tocaba con los ojos cerrados improvisando acordes. Si lo escuchabas atentamente te dabas cuenta de que estaba todo el rato intentando que su timple sonara como las olas que rompían contra las rocas.

Era un tipo risueño y alegre, pero para evitar problemas tenía que estar todo el día pensando en vivencias tristes. Trabajaba como ujier en el Congreso de los diputados y todos los días, entre lo que escuchaba en el hemiciclo y los recuerdos hilarantes que le venían a la cabeza, debía hacer un esfuerzo enorme de concentración para no soltar una carcajada delante de todo el mundo. Es el hombre que siempre sale con gesto adusto en todas las fotos. De tanto pensar en vivencias dramáticas llega cada noche a su casa con una pesadumbre enorme. Su mujer y sus hijos lo abandonaron porque no soportaban su cara de pena cuando se sentaba a cenar con ellos.

Nuestro espíritu Coubertin nos debería convertir en olímpicos cada vez que salimos de la cama. No suenan himnos nacionales ni nos espera nadie con medallas cuando llegamos a casa por la noche, pero cada día es un triunfo que deberíamos celebrar como celebran la vida los moribundos que se salvan en el último momento. En esos días en que la realidad escribe atropelladamente me voy a Las Canteras y me quedo flotando un rato entre La Barra y el Muro Marrero. Solo escucho el eco abisal de las profundidades marinas y el burbujeo de las olas que algún día, cuando ya no estemos ninguno de nosotros, acabarán desgastando todas las rocas de la costa. Yo creo que uno vive como si flotara unos años en un océano, y que mientras dure ese sueño tenemos que intentar que nadie nos imponga lo que queremos. No tiene sentido una existencia que nos tenga trabajando como chinos de sol a sol. Basta con mirar un rato a las hormigas para darnos cuenta de la estupidez marcial de esos pasos orquestados. Cada vez son más los que nos quieren como hormigas. Y si no espabilamos, nos sucederá lo mismo que a ellas, pero nosotros sabemos que la vida pasa y escribe deprisa, y que cuando sacamos la cabeza del agua a lo mejor ya no queda ni la playa. El otro día, por seguir con las comparativas animales, había una paloma con el ala rota en la plaza de Santa Ana. No podía volar. Estaba temblorosa y asustada buscando cobijo debajo de un banco. Sabía que tenía que tener mucha suerte para que no llegara un gato en la madrugada y acabara con ella. Había unos jubilados interesándose por su destino, pero al final seguro que la dejarían a merced de la madrugada y de la mala suerte. Nunca supimos qué sería de ella, ni si la vida también había escrito muy deprisa sus vuelos. Nosotros sí sabemos que todavía estamos vivos y que podemos caminar sobre este planeta extraño que nos ha tocado en suerte. O flotar de vez en cuando en el océano para no olvidar la verdadera perspectiva del tiempo.

Yo era el que te miraba cuando echabas las monedas en el plato. Él tocaba la flauta tambaleándose junto a la puerta de la iglesia. Miraba para ti cuando colocabas el euro con cuidado. Nos miramos a los ojos muchas veces. Te escribo esto para agradecerte todo lo que nos ayudaste en aquellos años. Él murió un poco antes que yo. A mí me llevaron a la perrera y me sacrificaron sobre la marcha. Era viejo y llevaba muchos años en la calle. Ahora he regresado solo para escribir. Y me he acordado de tu mirada y de aquel detalle diario de la moneda en el plato.

Cuando cierran una tienda recubren todo el escaparate con periódicos. Nadie se fija en lo que van a dejar expuesto y sin embargo esas noticias acabarán grabándose en la memoria de la gente que pasa por esa calle a diario. Todos podrán comprobar cómo amarillea el tiempo en los periódicos mirando esos escaparates. Cuando pasan muchos años ni siquiera reconocemos a muchos de los que salían a diario en los papeles. Aquel obrero fue separando páginas y encolándolas antes de pegarlas al cristal unos días después de que un hombre decidiera dejar la isla enrolándose con un nombre falso en un barco con bandera panameña. Han pasado diez años y el hombre ha vuelto. Llegó al aeropuerto, subió a un taxi y al llegar al barrio en el que habían vivido sus padres se reencontró con el tiempo intacto de su pasado en el escaparate del bazar en el que compraba las estampas y las golosinas cuando era pequeño. Aparecía su esquela en el periódico. No había escrito a nadie en todos esos años que estuvo lejos viviendo con un nombre falso y no quiso sobresaltar a sus padres con su regreso. Ni siquiera sabía si estaban vivos o muertos.

Grabó el anuncio y luego regresó a su barrio. Acababa de pasear descalza por una gran mansión con piscina y césped por todas partes. Le habían pagado trescientos euros. Sus pies se verían por todo el país. Solo saldría en un plano corto. Todo el mundo vería los mismos pies que ahora subían al quinto piso sin ascensor en el que vivía con su madre y sus seis hermanos. Tenía los tobillos y el empeine que mejor se adecuaban a la cara de aquella modelo que siempre llevaba zapatos cerrados para ocultar los juanetes que arrastraba desde la adolescencia.

La vida siempre escribe mucho más deprisa que nosotros. No sé si improvisa o si parte de una trama ya pensada antes de que aparecieran nuestros nombres. Hay días para luchar y días para dejarse llevar hasta descubrir hacia dónde nos lleva la corriente incontenible de esos acontecimientos que se nos escapan de las manos como si fueran azucarillos del tiempo. Todo lo que andamos lo desanda el destino en unas horas, sin aspavientos, aprovechando que dormimos, o que estamos despistados en otras cosas. De repente te das cuenta de que mientras tú escribías, esa vida de la que hablo fue escribiendo en una libreta paralela otros argumentos muy distintos a los que esperabas. Y nunca está mal la incertidumbre, sobre todo si somos capaces de asumirla con esa deportividad que se espera siempre de los buenos jugadores.

No entendía su letra cuando la tenía que leer unas horas más tarde. Por eso aprendió a inventar historias sobre la marcha. Cuando se siente agobiado, lee lo que quiere encontrar en ese momento sin necesidad de reescribir o de tachar absolutamente nada. El mismo texto le puede durar varias semanas. Solo tiene que ajustar las historias a la extensión de los párrafos.

Elegía la canción según la cara de cada uno. Nos veía bajar de la guagua y nos perseguía cantando por la calle durante un rato. Ya nos habíamos acostumbrado a aquellos conciertos improvisados. Durante años me dedicó siempre canciones alegres, pero esta mañana cantó uno de esos temas tristes que te dejan aún más apesadumbrado cuando los escuchas. Al principio no le di importancia, pero aquella letra fue calando poco a poco en mi mente a lo largo del día. A lo mejor me sugestioné demasiado. Ahora estoy muerto y aún escucho esa letra triste. Es mentira que los muertos no escuchen canciones. Ese hombre que se hace el borracho en la parada de la guagua debe ser un profeta que avisa con sus cantos igual que avisaban todos aquellos pájaros que aparecían en la mitología anunciando dichas o catástrofes.

Lo recordamos difuminado. Y los que tenemos fotos de él comprobamos sorprendidos que con el paso del tiempo su cara se ha ido distorsionando tanto que ya no se le reconoce. Tampoco sabemos nada de su vida desde hace más de veinte años. Todos hemos tenido que quitar la foto de la orla de nuestros despachos para que nuestros clientes no piensen que estudiamos con un fantasma.

Todos los días aparecían plumas en el salón de su casa. Era imposible que entraran pájaros porque vivía solo y tenía las ventanas cerradas todo el día. Por la noche, cuando regresaba del trabajo, barría las plumas que al día siguiente volvía a encontrar sembradas por toda la sala. Luego lo despidieron de la empresa y dejó de salir a la calle. Nadie lo echó de menos en ninguna parte. Murió y su cuerpo se descompuso entre miles de plumas. Allí sigue, en aquella casa que por fuera parece que está a punto de venirse abajo y que por dentro se asemeja a esos cielos que a veces pintan en algunos cuadros.

A los veinte años todos pensaban que estaba llamada a ser una de las más grandes sopranos de la historia, pero desde que cantaba delante del público su voz perdía toda la fuerza y los nervios la dejaban en evidencia. En las bodas no la veía nunca nadie. Tiene sesenta años y siempre canta detrás de alguna columna, con los ojos cerrados, y soñando que está en el Covent Garden o en la Scala. Jamás ha escuchado ningún aplauso.

Aplaudía cada vez que salía del agua. Al principio todos pensábamos que se estaba sacudiendo la arena de las manos. No sabíamos nada de su vida. Llegaba sobre las siete de la mañana, se metía en el agua y salía dando aplausos que retumbaban por toda la avenida. Ponía la misma cara que los actores cuando son ovacionados después de una buena representación teatral. Yo lo veía desde la terraza de mi apartamento. Supongo que necesitaba esa ovación diaria para seguir adelante. Me imagino que en su casa y en su trabajo diría que le hacía bien el baño en la playa; pero viendo sus ojos cualquiera se daba cuenta de que solo buscaba el eco de sus propios aplausos. Así estuvo muchos meses, hasta el día en que se asomó la vecina del segundo y comenzó a aplaudir al mismo tiempo que él salía del agua. Ahora salen todos a las siete de la mañana y aplauden desde las terrazas. Yo soy el único que no mueve las manos.

Todos dejamos huellas. Y recuerdos. Y momentos inolvidables. Pero en este tránsito se puede elegir el bando al que uno quiere pertenecer. Están los que crean y los que destrozan, los que construyen y los que se encargan de echar abajo lo que hacen los otros. Unos salen de la cama queriendo alegrar la vida de los demás y otros se empeñan en enturbiar los espacios que habitan.
Una vez leí un artículo de Muñoz Molina en el que venía a decir que en las construcciones que han afeado el paisaje de algunas ciudades debería haber una placa en la que se pudiera leer el nombre de los políticos, de los técnicos municipales o de los arquitectos que estuvieron detrás de esa aberración urbanística. En Las Palmas de Gran Canaria no tendríamos placas suficientes para colocar en edificios que rompen el equilibrio del entorno. En Triana, por ejemplo, si comparamos las fachadas modernistas que están entre Munguía y Matula con los edificios de cristal y aluminio, podemos entender lo que estoy contando. Pero sería justo también que en los edificios que sí han tenido en cuenta la búsqueda de la belleza se colocara bien visible la placa con el nombre de esos bienhechores del urbanismo. Sería lo lógico, aunque como casi siempre los que hacen las cosas bien ya se sienten premiados con la propia obra y no buscan ningún reconocimiento. Suelen ser los mediocres y los destrozadores los que se empeñan en dejar una huella que ellos creen perdurable, y que no es más que el capricho del prepotente, la moda pasajera o una consecuencia de ese afán especulativo que se ha llevado tantos paisajes por delante.
Sucede lo mismo en los campos de la isla. Cada vez que encuentro una de esas casas de piedra y tejas reformadas con todo el cariño del mundo, me dan ganas de salir del coche para aplaudir a quienes se han empeñado en embellecer lo que les rodea. Por el contrario, cuando aparecen esas construcciones aberrantes en las que solo han colocado un ladrillo sobre otro, te dan ganas de parar pero para cantarle las cuarenta al destrozador de turno. Hace unos días, en la exposición de Luján Pérez en San Martín, había una foto del antiguo coro de la catedral que diseñó el imaginero guiense y que alguien derribó dejando el interior del templo como una especie de mausoleo solariego y sin alma. Quien decidió que se tirara ese coro nos robó a los que vinimos más tarde un monumento irrepetible que ahora solo podemos contemplar en las fotos. Y no aprendemos. Cada día vemos cómo siguen dejando caer las casonas de Vegueta para construir edificios que no se hermanan con el entorno. De alguna manera todos somos un poco corresponsables de esos desastres. Y también está en nuestra mano evitar que la belleza se la lleve por delante la piqueta y la prepotencia del que solo busca dinero debajo de cada una de esas piedras centenarias.

Si se tocaba la oreja se tropezaban todos los que estaban delante. Un roce en la nariz hacía que estornudaran los humanos que había en un kilómetro a la redonda. Si acercaba la mano a la entrepierna la gente buscaba sexo desesperadamente y cuando acariciaba su rodilla todos creían que eran Messi y empezaban a golpear al aire como si le dieran patadas a un balón de fútbol. Trataba de no moverse. Con un leve pestañeo provocaba vientos huracanados. Si reía todos lloraban, y cuando él lloraba todos se estaban muriendo de risa. Ni siquiera le respetaban sus pensamientos. Si imaginaba algo terminaba sucediendo inmediatamente. Por eso no escribía. Se sentía Dios y lo habían encerrado hacía años en un centro psiquiátrico de las afueras. Lloraba todo el día para que los demás estuvieran contentos.

Estaba empeñado en que el planeta se había parado. Todos le decíamos que el movimiento rotatorio sobre el eje no lo percibíamos los humanos, pero justamente eso era lo más que le indignaba, y ni siquiera le valía la evidencia de las noches y las mañanas, o el paso de las estaciones. Colocó unos vasos sobre la mesa y unos trozos de pequeñas maderas en un espacio al que jamás llegaba ninguna corriente de aire. Tuvo esos vasos y esas maderas en el mismo sitio durante más de seis años y todos los días nos llamaba para seguir insistiendo en que era un camelo eso de que el planeta girara sobre su eje. Lo enterramos esta mañana y ninguno de nosotros se atreve a tocar esos vasos y esos palos. Todos tememos, aunque no nos lo digamos, que se venga el mundo abajo si los rozamos.

Lo encontré en Vegueta. Seguía escribiendo alocadamente en las libretas. Yo lo miraba desde mi ventana sin que él se diera cuenta. Llamaba la atención con aquella gorra y aquel abrigo pasado de moda. Dormía en los bancos de la plaza de Santa Ana. Comencé a contar todo lo que hacía; pero alguien me dijo que yo ya estaba muerto hacía muchos años y que había escrito su historia en Puerto Rico cuando estuve en el ejército. Supongo que será otro infundio de los necios que se empeñan en que no pueda publicar jamás un libro.

61182.jpgEse niño en la orilla ha hundido el sueño. No habíamos avanzado. Solo mirábamos para otro espejo que creíamos que nos cambiaba la cara.


*Foto EFE


Le gusta sentarse en el banco para mirar con detalle cada uno de sus movimientos. Él está tan concentrado en lo que hace que nunca se ha dado cuenta de su presencia. Dibuja animales con sus brazos o hace que rema por un río que ella imagina casi paradisíaco. Cuando llega a su casa, ella imita cada uno de esos movimientos. Cierra los ojos y se imagina el sonido del agua con aquel hombre remando eternamente a su lado. A su madre le dan miedo todos esos animales que ella va trazando en el aire. Le dice que es una rara y luego se encierra en su cuarto a ver telenovelas para no pensar en nada. La hija se cae muchas veces al suelo y a veces se queja como si fuera uno de esos pájaros que extravían el vuelo y chocan violentamente contra el suelo.

Entró de madrugada por la ventana de la cocina. Atravesó la casa y se posó detrás de la mampara del baño pequeño. Yo hacía mucho tiempo que no me desvelaba. Me desperté soñando con aquella novia de adolescencia que había muerto de repente dejando solos a dos hijos menores de quince años. Miré al vencejo, lo cogí entre mis manos y sentí el mismo latido que cuando la abrazaba en la orilla de aquella costa en la que nos amamos varios veranos. Lo acerqué al balcón y voló lejos. Al día siguiente me puse en contacto con sus hijos y les prometí que mientras yo viviera no les iba a faltar nada.

Son todos solitarios, hombres y mujeres que jamás salen de sus casas. Tienen un gran grupo en una de las redes sociales más conocidas y escriben tarjetas postales cambiando los nombres de las ciudades que jamás visitarán. Ese hombre es uno de esos solitarios. Le pide a esos amigos en Londres, en Lima o en Tokio que envíen postales a amistades antiguas o a novias que ya le han olvidado. Quiere que piensen que es un hombre de mundo. Esos amigos le envían postales que él escribe con su letra y con la dirección de los destinatarios, luego las mete en un sobre y el amigo las envía en su nombre desde el otro lado del mundo. Él hace lo mismo con esos amigos. Cada uno de ellos viaja todo el rato sin salir de su casa. Solo se acercan a las oficinas de Correos y al supermercado.

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