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Archivos Agosto 2015

El cerebro es un gran tablero con el que jugamos a diario. No siempre mueve las fichas como queremos, ni nos deja ver el bosque de nuestras propias vivencias. Muchos lo comparan con una especie de mono loco que va de árbol en árbol y que nunca detiene el pensamiento. Ni siquiera en sueños logramos que descanse, aunque creo que si descansara nos acabaríamos muriendo de aburrimiento o hasta es posible que se olvidara de ordenarle al corazón que tiene que seguir latiendo.
Hace años que trato de jugar con todas las combinaciones cuando parece que solo hay un camino de salida. Basta un cambio de posición para observar lo que tenemos delante de otra manera. También es posible cambiarlo todo si jugamos con las neuronas como quien juega con los dados sobre una mesa de juegos. Por eso tienen razón esos mayores que dicen que los problemas hay que dormirlos para verlos con otros ojos al día siguiente. Se recoloca lo caótico y encontramos las soluciones que antes no atisbábamos por ninguna parte. Sucede como con esos objetos que no encontramos estando delante de nuestros ojos o como en los huecos de los crucigramas, que por más que lo intentas no aparece la letra que te permita dar con la pista de la palabra que estás buscando. Basta con alejarse un poco, o con salir a dar un paseo, para que ese mismo cerebro obcecado encuentre las llaves que casi dábamos por perdidas o para que resuelva el arcano que estábamos buscando en el crucigrama.
La mayoría de las veces somos nosotros mismos los que nos creamos los problemas. Supongo que eso tiene mucho que ver con nuestra imperfección humana o con el poco partido que le sacamos al cerebro. No hay pócimas milagrosas para evitar un duelo o para que no nos extraviemos de vez en cuando; pero creo que ya va siendo hora de que aprendamos a mirar con otros ojos. No hablo de negar el compromiso: esto tiene que ver más con la lucha personal de cada uno. No conozco ningún Ganges sanador, a no ser que me digan que el océano revitaliza, que en eso sí es verdad que creo, en Famara, en Guayedra o en Roque Prieto. A lo mejor si esto lo leen dentro de cientos de años se partirán de la risa con las conjeturas y con este tanteo entre sombras que es siempre el acercamiento a nuestro propio cerebro. Esa maquinaria perfecta que nos gobierna la conocemos menos que a nuestro ordenador o que al vecino que nos tropezamos por la calle. Nunca nos paramos a pensar en su grandeza y en todo lo que tuvo que suceder para que llegara a movilizar el cuerpo. También depende de ese órgano lleno de conexiones la música, la poesía o el sentido del olfato que nos orienta entre esa panoplia confusa que son a veces los recuerdos. Incluso esa percepción de que la vida no es más que un sueño acontece en el cerebro. Y a lo mejor lo es. Un sueño lejano, extraño y cada día más complejo y más sorprendente.

Buscábamos pirámides milenarias y nos adentramos en catacumbas. Nos dejamos llevar hacia la noche siguiendo sinuosos laberintos que no llegaban a ninguna parte. Siempre que cierro los ojos camino contigo de la mano. No me importa la cara ni la piel de quien esté durmiendo a mi lado. Sé que eres tú conmigo entre las sombras.

Nunca sabía por qué cantaban los gallos tan desesperados algunas mañanas. La veían pasar y se desgañitaban como si barruntaran algún naufragio mientras ella se adentraba en la ciudad ahogándose lentamente en el asfalto diario.

Todos me decían que tenía que escucharlo en directo. Hasta hace unos días no había tenido ocasión de hacerlo. Lo había escuchado alguna vez en televisión y sabía que era de Agaete. Lo que no esperaba era encontrar a alguien capaz de emocionar tanto con un timple entre las manos. En la vida se tiene duende o no se tiene. Duende es lo que los gitanos nombran cuando se acaban las palabras para definir a un artista. Es algo más. Lo que va más lejos, lo que llega más allá de la orilla, lo que hace que alguien se emocione y que entienda que este planeta, a veces, es un espacio en el que vale la pena estar algunos años.
Pero para que haya duende tiene que haber técnica y muchas horas de trabajo, y tiene que haber también un compromiso diario con lo que uno hace. Son muchos los que se quedan en el camino por creerse genios, y un genio casi nunca se da cuenta de que lo es porque está todo el día trabajando. Todo esto que escribo es para hablar del timplista Yone Rodríguez. Lo fui a ver el pasado viernes a un concierto en San Martín y aún escucho los acordes que sonaban donde mismo había pintado Oramas los riscos que luego terminaron imitando su arte. Hay sitios mágicos, y el antiguo Hospital de San Martín es uno de ellos. Pero en esa magia que logró crear el timplista también son fundamentales sus acompañantes, sobre todo Néstor García, alguien que en su día lo dejó todo y se marchó a Londres en busca de sus sueños musicales y de esos aprendizajes que evitan que los vuelos se queden alicortos. En Yone también atisba uno la sombra de José Antonio Ramos y toda aquella grandeza que siempre se hace presente cuando un timple resuena en la distancia más allá de los ritmos folclóricos, y también cuando juega a ser un instrumento capaz de interpretar la música sin las etiquetas o los tópicos que siempre refrenan los acordes.
Durante años Agaete formó parte de mi vida, y no sería quien soy sin aquellos veranos. Conozco pocos lugares en el mundo donde se manifieste el talento como en ese pueblo, sobre todo el talento musical de la fiesta improvisada. No sabía quién era el padre de Yone, pero cuando me lo presentaron lo recordé con la guitarra en cualquiera de aquellas noches de boleros y canciones hasta la madrugada. Imagino al timplista cuando era niño escuchando a Los Muchachos, que era el grupo en el que tocaba su padre, o tratando de conciliar el sueño mientras en la plaza del pueblo no dejaban de sonar canciones. En San Martín encontré esos ecos del pasado unidos al virtuosismo de alguien que ha tenido que estudiar y que viajar mucho para universalizar de esa manera el timple. Vivimos buenos tiempos para ese instrumento que mi abuelo tocaba por las noches como si quisiera hablar con su propia alma. Creo que Yone también se parece a mi abuelo y a todos aquellos que prefieren entender el mundo en los acordes antes que en las palabras. Al fin y al cabo, la música es el idioma universal que hermana sentimientos, ese eco que queda incluso en los silencios como mismo permanecen los recuerdos mucho más allá de nuestra memoria. Y luego está la fusión, el encuentro de ritmos y de melodías que se entremezclan como mismo lo hacen las miradas y los abrazos. Lo que queda es música. Un timple que revive en las manos de alguien que logra armonizar esos sonidos que solo aparecen entre las notas de un pentagrama. Tenían razón todos aquellos que me decían que escuchara a Yone Rodríguez en directo. Los gitanos lo llaman duende. Los italianos maniera. Nosotros hablamos de jeito (y con esa palabra nos seguimos acordando de JAR) para entendernos. De jeito y de talento.

No cambian el repertorio desde hace veinte años, pero ese señor llega siempre una hora antes de los conciertos y se sienta en primera fila para escuchar a la banda. Todos los sábados. Antes venía con su esposa. Él es quien les paga a los músicos para que interpreten los mismos temas que escuchaba con ella. Está prácticamente arruinado y apenas tiene para comer, pero si dejara de escuchar esa música moriría. Solo se detienen los turistas de paso. El día que deje de pagar desaparecerá la banda. Todos son tan viejos como él. Y ya solo quedan diez músicos.

Cuando alguien muere de repente nunca tiene tiempo de contarle a nadie los detalles de su vida cotidiana. Si acaso ha acudido a un notario para legar sus bienes o deja dicho que quiere ser incinerado o enterrado en un determinado cementerio; pero casi nadie deja escrito lo que guarda en el congelador de su casa. Ella tenía dos pulpos enormes que habían congelado vivos en alta mar. Su casa llevaba cerrada ocho años después de su muerte y nadie se había preocupado de rastrear los fondos del congelador antes de echar el cierre. Llegó un momento en que falló la nevera y se descongelaron los filetes de pescado, los cubitos de hielo y también esos dos pulpos que después de tanto tiempo han conseguido sobrevivir fuera del agua. Todas las paredes están manchadas por las ventosas y por el vaho de sus respiraciones. Los vecinos no sospechan nunca de los cefalópodos. Sus rejos se enredan por toda la casa y ellos se abrazan en cualquier habitación como dos enamorados.

La madre y el hijo iban hacia Vegueta. Calle de Triana. 1975. Las Palmas de Gran Canaria. La madre y la hija venían hacia San Telmo por la misma calle. Las dos madres habían estudiado juntas en las Dominicas. Se paran a tomar un café. El niño y la niña juegan. Los dos tienen cuatro años. La madre de la niña muere al año siguiente y el padre se la lleva a vivir a Madrid. El niño, ya con treinta años, se cruza con la mirada de una mujer en la Gran Vía. Se enamoran y viven juntos. Ella le dice que vivió en Canarias pero que no recuerda nada. La madre de él murió el año que se trasladó a Madrid a estudiar la carrera. Ahora están por Triana. Ninguno de los dos recuerda que se habían mirado y que habían jugado en esa calle hacía treinta y cinco años.

La infancia era como una playa que no acababa en ninguna parte. Las obligaciones llegaban en otoño con las clases, los horarios y los días más cortos y alejados de esa orilla en la que se confundía la brisa del mar con el griterío de amigos improvisados que se soñaban robinsones de un tiempo inventado entre las olas. Pero posiblemente lo único idílico sea el recuerdo que mantenemos de esa niñez que creemos siempre que era un paraíso.
Ahora regresamos al mar y nos bañamos en las mismas playas, y a veces revivimos esa sensación de paraíso que queda después de sentir el contraste frío de las aguas y ese rumor de los fondos marinos que termina adentrándose en nuestros propios sueños como pecios que quedaron olvidados en un océano sin nombre y sin pasado. Con el paso de los años vamos cambiando lo prioritario por lo rutinario, y lo que era una exaltación diaria de la vida por ese dejar que sean otros los que conduzcan nuestro destino sin decirles jamás lo que realmente deseamos. Estos días de agosto están siendo extraños, me acerco al mar con una niña que me recuerda cómo era yo cuando aún no tenía memoria, ni escribía, ni había empezado siquiera a ir al colegio. Todo en su mirada es alegría y la playa no es más que un Edén interminable en donde nunca quiere salir del agua. Por otro lado, estos días a un amigo le han diagnosticado una de esas enfermedades que siempre pensamos que les tocan a los otros, sin saber que esos otros también eran como nosotros hasta que alguien les cuenta que han de pasar por un quirófano y por sesiones de quimioterapia. Ese amigo entonces te cuenta que se arrepiente de todo el tiempo que ha perdido haciendo cosas que no le interesaban. Después de un derrumbe inicial está dispuesto a luchar para tener una nueva oportunidad de ser feliz y de regresar a la playa todo el tiempo. Uno asiste desde la distancia a esos contrastes diarios que nos regalan los días, y aprende que al final solo se trata de apostar al número que nosotros queramos, aun a sabiendas de que nos podemos estar equivocando. Solo aprenderemos de nuestros propios intentos, como esa niña que da las primeras brazadas ante un océano inabarcable mientras sonríe con la sonrisa más limpia y más feliz que uno pueda imaginarse, seguro que tan parecida a la que nosotros tuvimos a su misma edad en otros veranos perdidos entre la espesura del tiempo. Mi amigo me dice que si sale de esta vivirá la vida sin volver a ponerle nombre a los días en el almanaque. Está leyendo a Séneca. Me cita algunos párrafos. Cuántas veces olvidamos a Séneca o a Marco Aurelio. Despreciamos a los clásicos por cuatro aparatos informáticos; pero cuando has de verte cara a cara ante tu propio espejo, solo te quedan los sabios para recuperar esa alegría que una vez vivimos delante de una playa en la que creíamos que nunca terminaba la infancia.

Sus hijos no se aclaraban con ella. Se mimetizaba en todos los lugares. Limpiaba oficinas y colegios. Al principio trabajó en tres colegios bilingües. En el francés y en el inglés sus hijos todavía entendían algo, pero cuando comenzó en el alemán le rogaron que dejara el trabajo. Le dijeron que preferían pasar hambre a no entenderla. Llegaba a su casa hablando como mismo lo hacían los alumnos y los profesores. Ahora limpia oficinas y ha pedido trabajar de noche para no escuchar a nadie. Sus hijos siguen preocupados porque ya no pronuncia ninguna palabra. Se ha mimetizado con el silencio y con el eco de la aspiradora. Calla o va atronando por la casa como si fuera un extraño animal salvaje.

Le dijo a su hijo que lo quería con toda el alma. El hijo la miró y le preguntó qué era el alma. Ella no supo qué decirle. Trató de improvisar algún argumento, pero a un niño no lo puedes engañar con Platones o con metafísicas. Por una vez no supo qué contestarle, y puede que el niño también entendiera por primera vez que hay preguntas que solo puede responder el silencio.

La mujer esperaba debajo del árbol con los brazos abiertos. Quería recoger las flores antes de que cayeran. Todos se burlaban de aquella insistencia diaria. La veías ir de un lado para otro alrededor del árbol cuando comenzaban a caer las magnolias. Solo podía salvar unas pocas. A las otras las acariciaba tiernamente cuando ya estaban en el suelo.

Alguien me dijo una vez que todo lo que sucede tiene sentido y que no hay ningún hallazgo azaroso. Hace unos meses, rebuscando en el trastero de la casa de mis padres, me encontré una ficha para subir al tiovivo que había justo a la entrada de Central Park a la altura del Metropolitan. Estuvo varios años instalado en ese lugar y a mí me gustaba estar subido en los caballitos de colores todo el rato. Cerraba en otoño y en invierno. Salí con esa ficha en el bolsillo. Llevaba más de treinta años en un cajón del trastero. Sabía que había un tiovivo en la avenida Lexington con la Cincuenta y cuatro. Me acerqué y miré a los caballitos que subían y bajaban. No me atreví a montarme en ninguno de ellos. Allí fue donde la conocí. Seguía con la mirada a su hijo. Cuando hablamos me contó que ella también se subía todas las tardes en el mismo tiovivo de mi infancia.

A veces parece como si no tuviéramos tiempo de ir leyendo la vida que alguien escribe en una pantalla para que nosotros nos movamos por el mundo. Apenas llegas a entender las palabras o los conflictos que se van planteando, y cuando crees que ya estás cogiendo el hilo de tu propia historia te cambian por completo los tiempos verbales, los argumentos y, sobre todo, los nombres que te acompañaban a todas partes. Incluso llegas a olvidar esos nombres que tanto marcaron algunos años de tu existencia.
Pero también es cierto que ese narrador se toma un respiro de vez en cuando. Nunca se detiene del todo, aunque sí mueve los renglones un poco más despacio. Es entonces cuando nos creemos eternos y le empezamos a encontrar algún sentido a nuestros pasos. Todo esto es metafórico, pero llega un momento en que entiendo mejor la vida en las metáforas que en las rutinas diarias.

Pasó tres o cuatro veces delante de nuestra mesa. La primera vez le dimos una moneda de dos euros y por eso no entendíamos que siguiera pasando. Ya no extendía la mano. Miraba a mi abuelo y luego seguía caminando como si hablara solo y maldijera su sombra. Al final se volvió a acercar a la terraza en la que celebrábamos el cumpleaños. "Usted me dio clase". Se lo dijo a mi abuelo. En un primer momento pensamos que quería robar el bolso de mi madre. Llevaba en la calle veinte años. Mi abuelo lo recordaba perfectamente. Le dio clases entre sexto y octavo de EGB. Todo sobresaliente y un futuro envidiable. Ni uno ni otro podían prever ese encuentro tanto tiempo después de haber compartido cientos de horas en el aula. No quiso sentarse con nosotros. Hablaba de mala suerte y de la mala vida que había llevado.

Nunca tuve intención de memorizar el vuelo de un cernícalo cerca del balcón mi casa. Yo no había cumplido los diez años y por tanto lo miraría como mismo mirábamos todo lo que acontecía a nuestro alrededor cuando el mundo parecía un estreno diario. Pero ahora, cada vez que la memoria regresa a ese balcón, aparece siempre aquel cernícalo que a lo mejor solo vi unos segundos mientras sobrevolaba fincas de plataneras y barrancos. No solo quedaron los nombres de los amigos que me llamaban desde la calle o el olor de la tierra mojada en los días de lluvia. El recuerdo también etiqueta lo que cree que es importante sin que nosotros nos demos cuenta de esos vuelos que nunca pasan de largo. Me imagino que aquel cernícalo también vería mis ojos de niño asombrado en la distancia. Y había un cielo azul entre otras casas, y otras gentes que también estarían trazando los dibujos de aquel vuelo con su mirada, y una mujer feliz, y otra mujer desgraciada, y un hombre que se creería el más afortunado del mundo y otro hombre al que, de repente, se le habría venido todo abajo. No nos pusimos de acuerdo para conocernos; pero mientras vuelan los cernícalos nosotros seguimos protagonizando historias que solo acaban en las pantallas de nuestros propios sueños. Una vida dura a veces lo que tarda un vuelo en recorrer la distancia entre dos edades que no conocemos. Son muchos los que se han ido para siempre desde aquel vuelo que vi en mi infancia. Tampoco está el cernícalo, pero sí el silencio de trinos que acontecía cuando los mirlos vislumbraban aquel vuelo que seguirá grabándose en la memoria de otro niño que aún no sabe que solo está eternizando un pájaro en su recuerdo.

Entre los sesenta y los setenta años, cuando todos pensábamos que se iba al parque Santa Catalina a jugar sus partidas de dominó, mi padre había mantenido una vida paralela con una mujer coreana. Vivía con ella cada día desde las nueve a las dos de la tarde. Tuvo dos niños. No piden nada. Solo querían conocerme. Tienen veinte y dieciocho años. Mi padre murió hace diez años. Les dejó bastante dinero que tenía en una caja B de la empresa. No les ha faltado de nada. Uno se siente extraño cuando reconoce hermanos coreanos con cincuenta años. También echa abajo la imagen que tenía de mi padre. Todo puede cambiar cuando alguien toca a tu puerta una mañana. Nos hemos abrazado y hemos quedado en vernos por lo menos una vez al año.

No le daba importancia. A veces disparaba fotos que no salían luego en ninguna parte. Lo volvía a intentar de nuevo o le fastidiaba el fallo de la tecnología de la máquina. No sabía que las fotos que no aparecían nunca en la pantalla estaban mostrando su vida en otro tiempo. Alguien miraba aquellas imágenes y se inventaba nuevas biografías y nuevos argumentos para seguir escribiendo. No se lo conté nunca. No lo habría entendido. Yo siempre encuentro imágenes con muchos miles de años en mi pantalla y sé que las que yo pierdo también las están viendo ellos en alguna parte.

Casi todo lo que plantaba en la tierra terminaba germinando. Unas veces salían flores y otras raíces o pequeñas manchas de humedad que luego secaba el sol al final de la tarde. Por eso plantó aquellas monedas y se sentó a esperar el resultado.

No fue ese el libro que dejé escrito. Con el paso del tiempo lo corrigieron, cambiaron las tramas y borraron numerosos párrafos. Solo respetaron los nombres de los personajes. Todos los libros se sueñan mucho tiempo antes de ser publicados. Yo entonces era alguien que no tenía nada que ver con esos otros que fueron corrigiendo y puliendo el estilo hasta dejar sepultadas todas aquellas palabras que yo soñé entonces. Corrigen cada nueva edición sin saber que en cada reescritura están cambiando el alma de una novela que aquel otro soñó muchos antes de saber que existían las palabras.

Nunca será lo mismo. Esa barca jamás volverá a tener la intención de su trazo. Pueden restaurar el cuadro y hasta dejarlo con mejor color o con una pincelada más precisa; pero nunca será la de aquel pintor que creó ese muelle y esas barcas sin que se existieran en ninguna parte. Los restauradores solo podrán reconstruir lo que ellos creen que puede ser real. No les dije que ese paisaje era inventado. Ese pintor era un gran amigo. No triunfó con la pintura; pero sus cuadros amplían todos los horizontes de mi casa. La humedad terminó socavando la pintura de una de aquellas falúas en las que él quiso perderse mar adentro para siempre.

Hace años, cuando empecé a escribir mis primeros libros, hubo unas cuantas personas que me ayudaron a seguir adelante; pero especialmente recuerdo a Dolores Campos-Herrero y a Federico J. Silva. Conocía sus obras y seguía el rastro de sus textos hacía mucho tiempo. Por eso su apoyo inicial, aquellas primeras reseñas en los periódicos, valían su peso en oro ante la desconfianza inevitable del recién llegado. Lola se fue dejándonos una herida abierta que solo somos capaces de cerrar de vez en cuando a través de sus escritos; pero Federico sigue reinventándose en cada libro. Ha escrito alguno de los poemas más emocionantes que yo haya leído, posee importantes premios y es, hoy por hoy, uno de los nombres que jamás puede faltar en cualquier estudio que se haga sobre la literatura escrita en Canarias. Si miramos hacia atrás solo encontraremos grandes cumbres literarias en su obra, pero como casi todos aquellos escritores que han marcado una época su mirada está puesta siempre en lo que viene, o en lo que él necesita ir buscando para no repetirse con lo que ya sabe que está suficientemente trillado.
Ha jugado a reinventarse en la poesía a través de Palabrota poeta. Ha querido ir un paso más allá, tratando de buscar lo que hay del otro lado, o de encontrar, como los niños inconformistas, los mecanismos que están dentro de algunos juegos literarios. Nadie nos quita lo que hemos conseguido, pero tenemos que improvisar nuevos pasos para seguir inventando los días que nos quedan por delante. Por eso Federico también se ha acercado a la novela a través de Las calmas aparentes. Y además lo ha hecho a lo grande, con una recreación de personajes cercanos, carnales y tan desorientados como estos tiempos que transitamos últimamente. Se acerca a la realidad del periodismo, a sus crisis y a sus vaivenes, y a esos nuevos caminos que, de momento, siguen sin llevarnos a ninguna parte. A través de la palabra y de la técnica narrativa, Federico J. Silva recrea la música que nos va llevando por la novela. No es nada fácil lo que ha hecho: se requiere un gran dominio de la lengua para variar los registros y conseguir que el ritmo se adentre en la historia sin que nos demos cuenta. Hay poesía y al mismo tiempo aparece con toda su crudeza una crítica social que busca razones en todos los ámbitos que nos rodean, desde los brokers a los educadores, desde los periodistas a los políticos. El libro es canalla, poético y rayuelo (porque juega a que seamos nosotros los que elijamos la forma de leerlo). Y, como casi toda su obra poética, también es metaliterario e intertextual; pero sobre todo es una de esas novelas que se quedan cuando todo se va apagando, uno de esos ecos que resuenan a medida que va desapareciendo ese ruido que a veces confunde las tramas y los cánones literarios.

Decía que no podía parar de bailar. Tenía solo cuatro años y era imposible que hubiera aprendido todos aquellos pasos que interpretaba casi a la perfección. Jamás había bailado antes. Sonó la música y se transformó de inmediato. Cuando cambió la melodía volvió a la impericia de quien confunde el baile con un par de saltos. La música era de un compositor ruso del siglo diecinueve. Había compuesto aquella pieza para una bailarina de la que estaba perdidamente enamorado. Nunca le hizo caso, pero se conoce que ella sigue reconociéndose cada vez que suenan esos acordes. El músico puede que se sea el que decide la programación del hilo musical de esos grandes almacenes en el que esa niña decía que no podía dejar de bailar la melodía que sonaba de fondo.

Colocaba fotos de gente que no conocía en su mesa de trabajo. Las iba comprando en los viajes o las encontraba en los contenedores. Escribía sus recuerdos, sus nombres y sus parentescos. Luego las rompía en mil pedazos y las reemplazaba por otras. Nunca le duraban las mismas fotos más de seis semanas.

Si juntas todas las frases que has ido borrando a lo mejor terminas escribiendo una vida diferente. Da lo mismo el sentido. Al final nada tiene sentido, por más que queramos ordenarlo todo con la gramática.

Solo tiene papeles. Todo lo demás lo ha quemado el tiempo. Se sienta en los bancos de la plaza y relee las hojas manuscritas como si rebuscara en las líneas de sus manos. Cada palabra trazó su destino en alguna parte y él siempre ha escrito para orientarse cuando ya no le quede nada. Por eso ha guardado todas esas libretas. Aquel que fue le resulta siempre extraño. Como si tampoco hubiera entendido ninguno de sus pasos.No tiene dinero, ni ropa, ni alimentos. Comería papeles si sirvieran para algo.

La niña tenía un perro imaginario. Un perro silencioso y leal que siempre ha estado a su lado. Lo acaricia cuando no hay nadie y cuando ya duermen sus amantes. Siempre ha querido dormir sola. En la cama jamás ocupa el hueco de su perro de sombras.

La tristeza bajaba sus defensas. Aquella sucesión de resfriados no tenía nada que ver con las vitaminas. Cuando estaba enamorada nunca había ninguna corriente de aire que la tumbara. Ahora bastaba cualquier recuerdo inesperado para que comenzara a moquear y a estornudar a todas horas. Ya no llora. Cuando lloraba por lo menos evitaba los catarros.

A veces entro a comprar botones en las mercerías para que no desaparezcan. Quedan pocas. Realmente quedan pocos comercios pequeños en Las Palmas de Gran Canaria. En Vegueta, por ejemplo, había hace unos años hasta cinco tiendas de comestibles entre Santa Ana y Santo Domingo. Solo queda una. Esas tiendas les daban un encanto especial a las calles y al mismo tiempo contribuían a que se relacionaran los vecinos. Ahora casi todas las compras son asépticas, y ni siquiera miramos a los ojos de las cajeras que nos cobran en los supermercados.
Hace tiempo, y no estoy hablando de décadas sino de unos pocos años, uno caminaba por la calle y encontraba a otros paseantes pendientes del color del cielo, de las características de una fachada o sencillamente de su propia sombra o de la sombra de los otros caminantes. Ahora casi todo el mundo va mirando pantallas o hablando por teléfono sobre supuestas cuestiones vitales que no admiten demora. El otro día me decía un amigo que parecía que todos los paseantes tenían acciones que vender en Wall Street o familiares graves en los hospitales. Se nos va la vida creyendo que somos importantes en el fondo de las pantallas, y sin embargo pasamos de largo ante todo lo que nos podría enseñar a vivir con más tino y más acierto. Yo a veces compro en esos negocios que casi están a punto de cerrar para que no dejen huérfanos los paisajes que reconocemos desde niños y que también reconocieron nuestros abuelos y nuestros padres. Quedan pocas mercerías, casi nadie cambia botones u ojales, y es poca la gente que busca esos ovillos que nos permiten seguir los hilos de Ariadna. El otro día estaba en una de esas pocas mercerías que todavía quedan en Las Palmas de Gran Canaria mientras una señora buscaba ojales para chaquetas. La llamaron por teléfono y contestó delante de la dueña y de mí. La dueña me conoce y creo que sabe por qué compro en su establecimiento. Se da cuenta de que la mitad de las veces ni siquiera sé qué es lo que voy buscando y que es ella misma, yo creo que para que no lleguemos a las confidencias que nos terminen delatando, la que me termina ofreciendo algún trozo de tela o cualquier cachivache que los dos sabemos de antemano que no tiene ninguna importancia. La señora del teléfono era una remilgada con aires de grandeza. Le dijo a quien le llamaba que en ese momento no podía contestarle nada porque estaba haciendo una gestión muy importante. Sin darse cuenta puso esa cara de impostora que ponen tantos políticos cuando salen en los telediarios tratando de hacernos creer que están decidiendo nuestro destino o nuestra felicidad diaria. Pero esa señora, sin darse cuenta, creo que decía la verdad aunque ella quisiera mentir para que la otra pensara que estaba en una reunión importante: elegía ojales. A estas alturas elegir ojales es algo importante.

Era el mejor. Lo dicen todos lo que le vieron. Dejó de jugar con diecisiete años. Hasta esa edad le perdonaron lo de los goles, pero luego empezaron a silbarle y a insultarle. Una vez lo vi llorando dentro del campo. Sus padres lo pasaban fatal en las gradas. No había quien le quitara el balón. Jamás fallaba un pase y defendía como nadie, pero le condenaron con lo de los goles. No quería hacer fracasar a ningún portero. Por eso jamás chutaba a puerta y desde que se aproximaba al área contraria siempre jugaba hacia su propio campo. Ni siquiera llevaba bien que los goles los metieran otros compañeros. Lo llevaron a psicólogo, y dicen que el presidente del equipo, totalmente desesperado, lo citó con un exorcista; pero nadie pudo hacer nada. No sé qué habrá sido de su vida. No lo he vuelto a ver desde hace veinte años. Jugaba como Maradona o como Messi, pero no llegó a ser como ellos por buena persona. No soportaba la cara de los porteros cuando encajaban goles. Y además se corrió la voz, y cuando jugaban contra él los otros equipos siempre elegían porteros tristes para que se sintiera todavía más culpable.

Me entregaron un cartel antiguo con el nombre de alguien que se llamaba como yo en otro tiempo y que interpretaba sueños imposibles en los escenarios. La obra que anunciaban se titulaba Alcasabán. He buscado el significado de esa palabra y no existe. Tal vez no sea más que un nombre inventado por alguien que ya está muerto hace mucho tiempo. El que tenía mi nombre era el protagonista de Alcasabán, el único actor de aquella extraña obra que representaban en un teatro inexistente.

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